Queridos hermanos del espíritu libre


ceguera

Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.” José Saramago

En la calle San Bernardo, justo dos calles de donde vivo actualmente, se creó el primer taller para hombres libres allá por 1728. Las Tres Flores de Lys, nombre vulgar que adoptó del hotel francés donde se hospedaban, fue el primer taller que se fundó fuera de Inglaterra y por lo tanto, la primera sede internacional de los hombres libres. Su nombre real, la Matritense, es el que pervivió a los avatares del tiempo.

San Bernardo también era el nombre del barrio donde vivía en las faldas de Montserrat, y San Bernardo era también el nombre del barrio en el que vivía en la Montserrat del Mediodía, la conocida como Montaña de los Ángeles, sede espiritual de místicos, eremitas y herejes.

Hoy se celebraba el aniversario y me invitaron para asistir a los trabajos. Sin embargo, y quizás por la pesadez que aún arrastraba del lunes negro, me sentía más un miembro de la Antigua y Noble Orden de los Gormogones que cualquier otra cosa. De hecho cada vez me siento un poco más hereje allí donde voy. Con ganas de romper las reglas del juego si eso sirve para crear un poco de luz allí donde solo hay carcasas de algodón disfrazadas de egoicas paradas ambulantes.

Rompiendo las normas del juego saludé de una forma sorpresiva e inhabitual, pronunciando, sin complejos, esa frase mía: “queridos hermanos del espíritu libre”.

Realmente es una frase que no gusta porque pretende romper con una lanza que la inteligencia no siempre soporta. ¿Quién es hoy día realmente libre? ¿Y quién se siente hermanado con todas las cosas? La combinación es explosiva en corsés que pretenden ceñirse a la norma o a lo normal, como si eso fuera, dentro de la podredumbre de la ignorancia, el marco a seguir.

Desde hace días me viene fuerte una imagen: una mujer y un hombre, abrazados con fuerza y siendo quemados juntos en el “prat dels cremats”. Esa es la llama purificadora que por dentro me hace algo más libre. Esa imagen profunda de antiguas reminiscencias son las que me catapultan a ese tratado del fuego cósmico, algo tan incomprensible y tan alejado de lo humano que resulta difícil descifrar. Sea como sea, ahí están los arquetipos, las señales y el camino. Ahora solo hay que fluir con lo que tenga, inevitablemente, que suceder.  Mientras tanto, dejemos que los burros sigan portando el tesoro, como decía el sabio. Su misión es llegar a la Montaña para ser transmitido a aquellos que, limpios de corazón, aprecien sus humildes ropajes. La ceguera es congénita a la ignorancia. El perdón de la misma es la esperanza de los estúpidos.

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