Todas las paradojas pueden reconciliarse


luz

“El corazón del hombre es un instrumento musical, contiene una música grandiosa. Dormida, pero está allí, esperando el momento apropiado para ser interpretada, expresada, cantada, danzada. Y es a través del amor que el momento llega” Rumi.

Uno de los principios herméticos más profundos es el principio de polaridad: “Todo es doble; todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semi-verdades; todas las paradojas pueden reconciliarse.”

Ayer hablaba casi una hora por teléfono con un amigo que si algo somos es antagónicos en muchos aspectos. Pero defendía mi postura de que amo los opuestos, amo las diferencias, y amo a aquellos iguales que por su grado o condición pertenecen a dimensiones diferentes. Es la única forma de abrazar la diversidad, y luego, de cara al aprendizaje, reflexionar sobre las paradojas que nos unen o nos separan a unos y otros.

Ayer también le decía a una amiga que el amor sin voluntad y sin sabiduría no puede llegar muy lejos. Toda energía necesita de una fuerza, como el cincel que es golpeado por el mallete. El cincel representa la sabiduría, pero de nada sirve si no está la fuerza del mallete. Solo con la combinación de ambos se talla la belleza y nace la armonía. Lo mismo ocurre con todas las cosas y con todas las relaciones. Podemos ser diferentes, pero podemos también tallar las aristas que nos separan hasta confluir en la profundidad de todo aquello que nos une. Aquello que más allá de nuestros propios egos, nuestras imperfecciones y nuestras deformaciones, son la base desde la que poder construir un hermoso edificio.

¿Por qué temer entonces a la diferencia? ¿Por qué no amarla y abrazarla hasta confluir en la paradoja, hasta encontrar el punto de equilibrio y conciliación? Iguales o distintos, la llama del aprendizaje siempre estará dispuesta a iluminar nuestros caminos. Sólo debemos abrirnos sin temor hacia el profundo conocimiento de nosotros mismos, es decir, del cosmos, del Absoluto.

La poderosa llama del conocimiento ilumina los trabajos para que la magia del cincel golpeado sabia pero rotundamente por el martillo pulan nuestra piedra interior y ofrezca un cubo perfecto para el edificio cósmico. Y cuando eso ocurre, aparece inevitablemente la piedra que encaja a la perfección en nuestra pared, en nuestro edificio. Porque cuando nos hemos pulido y desechado las aristas del ego, inevitablemente encajamos a la perfección con todas aquellas piedras que a su vez han sido pulidas. Y el encuentro, o mejor dicho, el reencuentro en la construcción es inevitable.

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