Caso Barcenas: cuando lo mediocre asalta el poder


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No culpemos a Bárcenas. Realmente no tiene culpa de nada. Ni siquiera al gobierno. Tampoco son culpables de que nosotros merecidamente o no los votáramos. Y tampoco culpemos a los votantes que sistemática e ininterrumpidamente seguimos confiando en lo mismo: en lo mediocre. Porque en el fondo se trata de eso. De esa oscura y anodina corriente gris que domina nuestro espectro social.

Siempre me pareció una imagen mediocre y deplorable el ver a Felipe González o a José María Aznar o a Marino Rajoy fumando ostentosamente un gran puro. No por el respetable arte de fumar lo que sea, sino por el arquetipo que ambas cosas juntas, puro y poder, reflejan en la psique colectiva. El puro es síntoma de impotencia, es una forma de querer alargar aquello que nos falta, una interpretación fálica -falo como producto de poder y creación- a los que muchos se aferran para demostrar ese poder falso que nace de la mentira y la ilusión y no del propio carisma. El poder carismático no necesita complementos fálicos. Su poder nace de otra fuente.

Realmente eran mensajes que venían de pobres mentes mediocres y que llegaban fuertemente a cientos de miles de pobres mediocres que en su fondo, deseaban lo mismo: un gran puro y una gran silla de poder. Por ley de afinidad, lo demás venía por añadidura. Votar a los de siempre y ejercer ese maldito hábito de la norma, la costumbre, por ese miedo atroz al cambio necesario.

Por suerte, y los hechos y los tiempos lo demuestran, lo que ese arquetipo encerraba era precisamente eso, mediocridad. Y es eso lo que, también por suerte, el colectivo social está empezando a sospechar de sí mismo. Y ven en el otro ese hartazgo de seguir una vida ruin, egoísta y perdida. Y puede que con el tiempo ocurran algunas cosas. Quizás los mediocres se vayan retirando poco a poco o la justicia se encargue de colocarlos en su verdadero lugar si logran obrar de forma independiente y justa. O exista un asalto al poder de la lucidez y la coherencia, de la razón y la generosidad. Ello implicará necesariamente el dejar de ver en la imagen estúpidamente ostentosa de ese “quiero y no puedo”, de ese puro embalsamado y perfido, más propio de un estereotipo caduco que de una verdadera esencia de los tiempos, una posibilidad real de cambio y transformación.

Y creo que la naturaleza humana y social de nuestro país está cosechando un caldo de cultivo apropiado para ennoblecer nuestro necesario comportamiento social. Las nuevas generaciones han nacido con otra estructura mental, alejada de esa imagen fanfarrona y falsa que pretende bajo el arquetipo del falo-puro agredir al otro bajo el mandato de poder. ¿Quién la tiene más grande? Siguen diciendo los habitantes del paleolítico. En pocos años, esa pregunta cambiará y será otro: ¿cómo puedo ayudarte? Por eso todo lo que en estos días está saliendo con respecto a la corrupción hará mella en nuestra psique colectiva y será el caldo de cultivo para una verdadera revolución interior y exterior. Todo es cuestión de tiempo.

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One thought on “Caso Barcenas: cuando lo mediocre asalta el poder

  1. Y yo me pregunto:
    ¿en qué valores han sido criados toda esta panda? Y, desde luego, pidiendo disculpas a sus progenitores porque, seguramente, la mayoría habrán inculcado cosas buenas, pero y Ellos? qué inculcan Ellos a sus hijos, qué ejemplo les están dando, qué educación, la de la bondad hacia el prójimo, la que te enseña a que no te “pillen” con las manos en la masa, la de la excusa de “lo hice porque todo el mundo lo hacía”?

    No he metido nunca a grupos enteros en el mismo saco, simplemente porque no es justo. Sin embrago hoy, cuando iba por el paseo marítimo, me he cruzado con el señor Maragall y algunos políticos de mi pueblo y he sentido una sensación muy extraña: la de que no tenían ningún derecho a estar paseando por donde pasean los ciudadanos, la gente del pueblo. No tenían derecho a molestarnos con su presencia.
    También tengo que decir que me he alegrado de ver a este señor con buen aspecto a pesar de su enfermedad.

    Tienen una ardua tarea en limpiar la imagen. Se lo han trabajado bien en ensuciarla y, sintiendo que así sea, pagan justos por pecadores. Más que nada, porque los libres de pecado no se revelan ni enfrentan con los culpables y esto hace que formen parte de todo el tinglado.
    ¿Por qué encubrir y por qué no denunciar? Ellos sabrán.

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