La fuerza del lazo místico


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Hay una fuerza invisible que nos une. Algo que está más allá de nuestro entendimiento pero que sirve para sabernos partícipes del gran Universo. Esa fuerza la podemos ver en todas partes, en todos los gestos que nos rodean. El ir contra esa fuerza es ir contra nosotros, porque nosotros formamos parte de ese gran puzzle universal.

El Café Ruiz se está convirtiendo en oficina improvisada donde me reciben o recibo a personas y personajes. Aunque me gustan más los primeros que los segundos, a veces resulta divertidísimo ver como cada uno interpreta debidamente su papel. Esta semana servirá de cuartel general para hablar con unos y con otros, a cual más particular y comprobar la mitificación que se puede ejercer sobre un lugar, un tiempo o un hecho concreto.

Ayer tocaba con el autor del libro Arcano. No puedo decir más de él excepto que vive y trabaja en Japón, y que por ser una persona conocida en su profesión, prefiere guardar su anonimato en secreto. Lo que empezó con un café terminó siendo una cena y un encuentro de más de cuatro horas que posiblemente continúe mañana, porque nunca es suficiente. Especialmente cuando el grado de la conversación traspasa lo cotidiano y empezamos a entrar en berenjenales extraordinarios o sobrenaturales. La luz de las estrellas puede ser contemplada con igual fervor que la luz de la luciérnaga. Solo cambia su intensidad, pero su principio esencial es el mismo.

Pasaron dos anécdotas en el acogedor café Ruiz. La primera, un grupo de personas que se unieron en el lazo místico, con los ojos cerrados a meditar durante cinco minutos. Podíamos observarlas desde nuestro particular rincón, en lo que al parecer fue una antigua cocina madrileña, habilitada ahora para los menesteres de lo cotidiano y oficina improvisada de este humilde editor. Era hermoso contemplarlos en silencio, cogidos de la mano, con los ojos cerrados en mitad del café, aludiendo cualquier complejo o sentimiento de culpa por hacer aquello que les hacía feliz. ¿Por qué alma extraviada meditarían? ¿Por qué mundo mejor soñarían? Me hubiera gustado interrogarles, o quizás, más bien, como hago ahora, acompañarles en el lazo.

La segunda fue la visita de un autor novel, quizás poeta, que deseaba vendernos algún libro. Hicimos un trueque mínimo, para sorpresa del autor. No le desvelé mi condición de editor, pero sí le compré un libro con la condición de que se lo regalara a alguien. Tímido por mi propuesta, me levanté yo mismo con el libro, busqué a la chica más luminosa y se lo regalé. Cómo el novio estaba delante, no hubo mala interpretación, así que el poeta, feliz por su venta y por la acción, fue enseguida a explicar a la pareja el motivo del regalo. A la salida ambos nos regalaron una sorpresiva y feliz sonrisa que junto al apretón de manos y la alegría por el gesto, sirvieron de recompensa. Los miré a los ojos intentando ver sus luminarias, su felicidad sorpresiva. Y estalló la magia, la comunión, el amor.

La mañana fue entrañable a dos pies de la puerta de Alcalá. Pasé un rato agradable con L. y su prometida S., recordando viejas anécdotas, buscando espacios de reconciliación entre amigos y lo que el llamó realidades alternativas. La amistad es ese tesoro oculto que debemos cuidar aunque sea a base de silencios, a veces incomprensibles para unos y a veces excesivos para otros. Pero el silencio también puede ser una llama, y cuando la circunstancia lo requiere, el emplazamiento a la soledad y la distancia nos guía hacia nuevas metas. Pero el amor y el cariño siempre permanecen. Queramos o no, aunque hagamos una tumba para sepultarlo en la tierra más profunda, el amor no puede ser escondido o mancillado. Ocurre lo mismo con esas personas que de forma íntima han recorrido una etapa importante en nuestras vidas y por pura supervivencia emocional deciden olvidarnos. Pero es un olvido engañoso. El amor, si alguna vez existió, no se puede olvidar.

Luego la noche fue larga y mágica. Me acosté tarde pero feliz. Surgió un nuevo reto y pensé en la manera de cómo gestionar lo que dios por llamar impotencia. Me refiero a la impotencia de querer abrazar a alguien y no poder hacerlo. Esa añoranza que a veces no es humana, porque no tiene que ver con la dimensión humana. Si no que es más bien una mezcolanza de ensoñación y celeste positura. Me acordé del lazo místico y me agarré a él con fuerza. ¿Cómo sino amar sin poseer, sin adueñarnos de lo tangible y lo palpable? Esa es la razón y el secreto por el cual la incapacidad de abrazar todas las luminarias nos hace humanos. Esa es la razón y el secreto por lo cual también somos divinos, como la estrella y la luciérnaga, como el bosque y el agua.

(Foto: Personas meditando ayer en el café Ruiz de Madrid)

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3 thoughts on “La fuerza del lazo místico

  1. ¡Qué vida tan interesante tienes!

    Algunas tenemos unas vidas muy distintas. Te cuento la de hoy: primero trabajo, después peluquería -donde no hablaban más que de enfermedades y funerales-, y conducir hasta casa de noche por la sierra (eso sí me gusta, para desesperación de alguien que cree que me puede pasar algo terrible, espantoso y espantable, jeje… ). De todos modos, ahora viene lo mejor: leo tu blog y unos cuantos más que me interesan y siento ese lazo místico del que hablas.

    Gracias, Javier, por estos escritos tan inspirados con los que nos deleitas. 🙂

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