No somos puros, pero no importa


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No pongas muros, ni vallas, ni fosos a tu corazón. Es como está más seguro“. Bergamín.

No debemos agobiarnos por alcanzar nirvanas. No debemos apresurarnos por incidir en la luz. Ni siquiera saturarnos de técnicas, de propósitos, de búsquedas o permutas que nos harán más livianos. La oscuridad y la imperfección también pueden ser una llama. La dejadez, la pereza, la inexactitud, el llanto o la tristeza también pueden ser una esperanza.

Lo más importante es aquello que nos identifica con lo que realmente somos, no con lo que nos exigen o lo que nos conmueve o lo que nos gustaría ser. Somos, simplemente somos. Con nuestros días claros y nuestros días vagos, con nuestras horas muertas y nuestros cuerpos raros. Somos aunque la mirada decaiga, aunque no tengamos hoy fuerzas para continuar o dar ánimos. Somos incluso cuando dormimos o nos enfadamos.

Nuestra divinidad no nace de nuestra perfección, sino de la lucha constante por ser nosotros mismos. De no sentirnos adulados por la recompensa ni satisfechos con lo conseguido. De decaer y peregrinar perdidos, o equivocarnos y algún día pedir perdón.

No somos luces perpetuas porque a veces hace viento o llueve y debemos refugiarnos tras el velo, o debajo de una mesa apolillada. Tintinea en nuestro interior la luz, pero no siempre es faro. Y a veces es muy justa, pero no importa, porque es nuestra luz y no la de otros.

Y no queramos por tanto ser puros y perfectos. Eso es tarea de ángeles y dioses. Seamos humildes, amemos lo que somos, lo bueno, lo malo, lo mediocre, lo insensato, nuestra ignorancia o ceguera, nuestra vanidad y narcisismos, nuestras angustias y asperezas, nuestra cobardía y palidez.

Hay barro tras la lluvia, y no por eso dejaremos de salir al bosque y a los campos. No por eso dejaremos de labrar la tierra y de amarnos. Habrá días que el barro nos engullirá, que tendremos miedo, que sentiremos la asfixia de los acontecimientos. Pero no por eso dejaremos de ser.

¿Qué más da si hoy no tenemos ganas de agradar al mundo o si el mundo no nos agrada? Nos vamos a un bosque solitarios, paseamos por sus veredas tranquilos, sosegados. Dejamos migas de pan por si algún pájaro desea acompañarnos, pero sin la intención de seguirlas en el retorno. Porque no hay retorno en la pérdida. Aquellos días de plenitud, de ardor, de sentido amor no volverán. Se perdieron. Pero no importa, ahí están los pájaros, comiendo sus migajas. Y el bosque.

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