Vivir flotando


elefante

Ayer más de mil kilómetros de viaje submarino. Ida y vuelta desde las entrañas del Centro a las profundidades del Mediodía, desde el Sistema Central al Sistema Bético. Me desplacé ligero y volví ligero, cargado de paz, cargado de optimismo. Tanta era la energía que apenas dormí cinco o seis horas. A las siete estaba dando los buenos días al mundo taciturno, inclusive a ese otro mundo que discurre en la otra orilla.

Tras contestar unos precipitados mensajes, salí a la grisácea ciudad, tan cargada de frío, con sus calles rebosantes de sal por las heladas. Nada más salir estaba la secretaría de la autoescuela de la esquina intentando colocar un letrero. Le ayudé y le sonreí agradecido por la oportunidad de poder ayudarla. Fue un buen empezar.

Me dejé llevar por la Gran Vía que algún día algún sabio gobernante hará peatonal dejando el imperio del coche soterrado en las profundidades y resaltando así el sublime paseo por su ancha avenida tan cargada de mito y guardianes. Llegué hasta el ayuntamiento para hacer unas gestiones y de allí al final de la calle Mayor, disfrutando de esa otra Madrid alejada de los ruidos y el deambular.

Sin saber porqué, flotaba a dos palmos del suelo mientras de nuevo me dirigía desde la calle Mayor hasta la calle Alcalá. Allí me crucé con Lucía Etxebarria y haciéndome el loco la molesté preguntándole por donde quedaba la Plaza del Sol. Se la veía aún dormida pero me contestó con amabilidad, extrañada por no haberle preguntado la que supongo frase lapidaria: “¿tú no eres Lucia?”. No quise molestarla con esa torpeza y la dejé marchar en su anonimato invisible agradeciéndole su explicación.

Por la tarde había quedado a las cinco en el café Ruiz, en Malasaña, con una persona que había leído mi libro sobre las comunidades utópicas y quería comentarlo. Llegué, creo que por primera vez en mi vida, veinte minutos tarde a la cita. Lo hice volando, pero taciturno. De seguir así, pensaba, alguien me tendrá que amarrar al suelo. El encuentro fue radiante y hermoso. Da gusto conocer a gente bonita, a gente que derrama luz allá donde va, personas especiales y encantadoras a las que da gusto conocer y poder compartir un trozo de vida, aunque sea un trueque mínimo. Me sentí agradecido. Al menos ese librito había servido para crear sinergias y encuentros con seres finos y luminosos. No podía verlo de otra forma. No puedo ver más que la belleza en el otro, la pureza, el resplandor de sus vidas y la grandeza de su existencia. Y ella, pionera en muchas cosas, merecía ser abrazada desde el más absoluto agradecimiento.

Al salir del café, tras el té de canela y la paz de sentirme liviano, seguí caminando como lo hacía María Luisa en el poema de Oliverio Girondo: “¡María Luisa era una verdadera pluma! Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres… ¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores!”

Sí volaba, y volando le escribía a una vieja amiga: “no te juzgues por tus fallos… abrázalos con el mismo amor que haces con tus éxitos… al fin y al cabo, de eso nos componemos, de luz y oscuridad… Pero más allá de eso estamos nosotros brillando en nuestra quietud y nuestro propósito interior… Cuando buscamos esa llama, esa luz… perdemos por el camino muchas, muchas, muchas cosas… pero ganamos una cosa irrenunciable, nos ganamos a nosotros mismos, nuestra libertad y nuestra vida… Eso no tiene precio… Todos tenemos días malos, meses malos, años peores… No importa, lo importante es nuestra actitud ante esos retos… y la transformación inevitable ante los mismos”…

Así pasé el día, volando, como si la ingravidez me llevara de un lado a otro y el mundo se hubiera vuelto un trozo de mantequilla por el que flotaba y resbalaba sin caerme, como me ocurrió en la calle Alcalá y en la calle Mayor, que por dos veces, a pesar de la sal, creí caer al suelo, pero una mano invisible me elevó aún dos palmos más lejos. Y la culpa de todo un susurro, o quizás la invisible presencia del halo mágico. Ya nada importa, más que vivir flotando.

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3 respuestas a “Vivir flotando

  1. Puesto que la vida es cambio y nada permanece,hay que vivir el presente y olvidar lo pasado.
    Sabes estar y poner atención a cada instante de tu vida,vives el momento,eliges consciente y voluntariamente perderte…sabes fluir.

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