Un antropólogo en la Corte del Rey


Javier León Congreso de los Diputados

Javier León Congreso de los Diputados

Quiero arrancar la máscara de los astros y el tiempo, desentrañar el fuego de la común hoguera de la vida y la muerte, y poseer la esencia, lo absoluto, lo eterno”. Clara Janés

Ayer pasé toda la noche leyendo un estupendo guión de una amiga atlante, una historia increíble sobre las vidas que pasan entre pateras buscando la promesa de un nuevo mundo, un guión que me llevó por las américas, por África y el sur de Europa. En todo el relato aparecía la música de Miriam Makeba, así que esta mañana bien temprano me desperté bailando con los ritmos del Pata-Pata. La música africana era apropiada para un día como hoy.

Decía José Bergamín, el fundador de la primera Editorial Séneca, que la vejez es como una máscara, si te la quitas, descubres el rostro infantil del alma. Una amiga opinaba insistentemente, a veces hasta con rabia, que andaba viviendo la vida de un personaje y que había construido toda mi experiencia vital alrededor del mismo. Esa observación me sorprendía porque si bien estoy acostumbrado a tratar con todo tipo de personajes, siempre me interesó mucho más la increíble vida interior de las personas que todos los demás sonetos y artilugios de su vida exterior. Realmente el personaje que construimos alrededor de nuestra esencia no es más que el caparazón que nos protege de nuestras debilidades y de los patógenos externos. Y la única forma de descubrir lo humano que hay dentro de nosotros es con tiempo y rigor, con paciencia, muchas dosis de cariño y amor hasta llegar a eso que vagamente llamamos alma. Cosas que escasean hoy en día y por lo tanto, para muchos, resulta más interesante o cómodo quedarse con el personaje, y no con la persona. Hay personas que nunca pasan la “prueba del personaje”, o lo que es lo mismo, a los guardianes del umbral, y se pierde por ello en las lagunas de la superficialidad y el maya.

Como antropólogo, pero sobre todo, como persona, nunca he podido rechazar a unos o a otros por sus creencias o mitos personales ni por sus máscaras o personajes, sino más bien, he visto en la diversidad de este inmenso carnaval una fuente profunda de experiencias y conocimiento. Hablar con ángeles o con el mismísimo demonio si hace falta no sólo te hace ver la vida desde una óptica más amplia, sino que te enriquece en todos los sentidos. Y eso a veces requiere ponerse el mono de trabajo y tener paciencia, mucha paciencia, y amor disciplinado.

La antropología sabe algo de eso pues ya los primeros etnógrafos que exploraron  África y Oceanía tuvieron que hacer grandes esfuerzos para desenmascarase a sí mismos y desenmascarar a las culturas que investigaban. El estudio de la diversidad cultural de nuestro planeta pasa por eso mismo: desenmascarar nuestros arquetipos y nuestros velos culturales y sociales con el rigor de la experiencia de campo. Años y años de investigación tenaz te aproximan inexorablemente a lugares y personas increíbles.

Y hoy era un día perfecto para la prospección antropológica. A las doce en punto me quité los tejanos que utilizo para camuflarme en Malasaña y me puse los pantalones de pinzas y la camisa planchada (el resto está aún arrugada), es decir, la ropa de trabajo, para ir al tajo. La americana marrón de bohemio escritor intentaba disimular el brillo de los zapatos de charol que frecuentaba en la jungla del barrio de Salamanca. Debajo de la camisa llevaba una de esas camisetas a cinco euros que estiraba con disimulo hacia abajo para que sobresalieran los pelillos del pecho y disimulara los descosidos de la misma. Qué le vamos a hacer, la dura vida de antropólogo que necesita de este tipo de utillajes de faena imprescindibles para poder hablar con unos y con otros, para poder entrar a palacios o cloacas si es necesario y sin sacar conclusiones o prejuicios precipitados.

Joan Tardà es un viejo amigo que tuvo que soportar a este adolescente insolente durante los años de instituto. Vecino y profesor, los años han hecho que el cariño de aquellos días haya estado por encima de nuestras diferencias ideológicas. Un día me regaló entre bastidores el libro de Orwell, 1984, y desde entonces nació cierta complicidad. Así que cuando hoy nos hemos visto en el Congreso de los Diputados, lo primero que ha brotado de nuestro interior ha sido un sentido abrazo. Como siempre he sido un provocador, le he hecho entrega de un jugoso regalo que ha pasado con cierto disimulo los estrictos controles del Parlamento: libros del anarquista Kropotkin, del 15M, el de la tesis sobre apoyo mutuo y cooperación y otro de Gene Sharp editados por nosotros. Simbólicamente era como meter en el parlamento al 15M, al socialismo utópico y al anarquismo más puro en las entrañas de Leviatán,  haciéndole entrega de ese ideario a un diputado del mismo. Sentía cierta emoción tras haber estado recibiendo durante largas madrugadas palos por todas partes en las anteriores protestas frente al Parlamento. Así que por cada palo, un libro. Buen trueque.

Tras la visita obligada por las estancias del Parlamento, la foto de rigor en el púlpito y en la silla del presidente, disfrutando de la increíble biblioteca, de los túneles que unen unos edificios con otros y de las estancias que siempre vemos exageradamente grandes en la tele pero que luego, en la realidad, resultan más pequeñitas (la grandeza de la virtualidad en contraste con lo llano de la realidad) hemos pasado dos horas de intensa comida y sobremesa, recordando a la “gent del barri” y anécdotas de nuestras vidas pasadas. Era divertido tener una larga conversación en catalán en lo más castizo de Madrid mientras en las diferentes estancias y subterráneos de ese lugar cargado de historia y de historias nos cruzábamos con unos y otros personajes de la vida política. Surrealista que dos republicanos convencidos pasearan por la corte del Rey. Interiormente daba un “nosequé” por dentro, hasta el punto de que al regresar al zulito me he pasado más de media hora en el lavabo.

Por supuesto no hemos tenido que representar ningún personaje porque ambos nos conocemos de sobra desde hace muchos años, así que cuando he llegado de nuevo al zulito, me he quitado el mono de trabajo, me he puesto los pantalones de franela que mi ex se dejó olvidados en mi último armario y he vuelto a escuchar el Pata-Pata de Miriam Makeba.  Mientras lo hago, recuerdo con cariño a la persona, que más allá del personaje, es un hombre bueno y mejor humano. Así que gracias Joan por el paseo, el rato agradable y la experiencia etnográfica. Habrá más abrazos sentidos…

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One thought on “Un antropólogo en la Corte del Rey

  1. A veces explicamos los encuentros, físicos o de palabras desde la virtualidad, de una forma tan natural como sencilla y, posiblemente, no llegamos a transmitir en su totalidad la belleza, profundidad y trascendencia de la que van acompañados.
    Un encuentro o “una trobada”, con corazón y razón, con personas ideológicamente opuestas es señal de que estamos por el buen camino.
    🙂

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