Seres tóxicos


toxicos

Anteponemos el miedo para no dejar pasar nuestro futuro” (R. Steiner)

Realmente nadie quiere estar al lado de personas ruines y egoístas. Ni con personas mediocres que solo saben pensar en sí mismas, en sus sombras y en sus cavernas interiores. Nadie quiere estar con personas que faltan al respeto o nos gritan o nos hablan con violencia. Sin embargo, nos empeñamos sistemáticamente en acercarnos a personas ingratas, a personas que desprenden mal rollo, antipatía o malas vibraciones.

Personas que hablan mal de unos y de otros, que ven en la crítica destructiva y falaz su disfraz acomplejado. Seres con personalidades tóxicas, que temen el cambio porque son poseedores de la absoluta verdad, que siempre pasa por sí mismos y sus filtros. Creen saberlo todo mientras culpan al resto de sus fracasos y se esconden bajo la sombra del gran sombrero de su ego. Seres que emanan cabreo y enojo y que escupen sables y serpientes por la boca.

En una especie de masoquismo interior, nos encanta ser amigos de embusteros o parejas de imbéciles. Podríamos siempre pensar eso tan costumbrista de que nosotros no somos mucho mejores que ellos y de que, tal y como está el patio de la calidad humana, eso es lo que hay.

Y lo que hay es terrible, porque hay personas que faltan al mínimo, que ensucian las calles y sus cuerpos contaminando todo lo que tocan, tufando a podrido todo lo que engullen por sus viciosas canillas, que escupen en el prado y al vecino, que hacen de la mala educación la bandera de sus virtudes o que matan o asesinan no solo con pistolas, sino también con miradas anquilosadas.

O esos que viven en sus mundos, en sus películas, en esas tabernas donde van a embriagarse de lo que sea con tal de no asumir lo que se siente, lo que se imprime en la realidad envolvente. Personas que se ocultan y se esconden a la verdadera transformación porque es más cómodo aferrarnos a lo patéticamente conseguido.

Yo mismo, al decir todas estas cosas, soy como ellos. Porque nadie escapa al virus de la propia ignorancia y a la pesadez de nuestras propias miserias. Pero mejor saberlas, para combatirlas, para estirar con fuerza de esta piel de miserables serpientes y que surja el ave que nos ha de llevar lejos, mucho más lejos de lo que ahora somos. Estiremos, y estirémonos unos a otros. Un poquito de aquí y un poquito de allá hasta que aprendamos a volar como auténticas aves libres por encima de nosotros mismos y nuestras circunstancias.

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