En el desierto y sobre los mares


mar

Esta mañana, sobre las siete, leía las primeras cien páginas de un libro de casi mil, temas que se escapan a la mente común y del que resulta difícil descifrar atenta y correctamente todos sus significados y arquetipos. Había frases que desvelaban cierto conocimiento inusual y que devolvía mi curiosidad por las cosas de la vida.

Hay un clamor que se emite “sobre los mares”. Esta frase me hacía pensar que nuestro planeta está compuesto principalmente por agua, símbolo del mundo del deseo y las emociones. Sin duda, nuestra humanidad está combatiendo en ese plano, el astral, el emocional, y esa es su batalla. Estamos sumergidos en ese mundo emocional, en ese espejismo en el cual nos debatimos, malgastando tiempo y recursos en ordenar nuestras ambiciones y nuestras frustraciones. Nos ahogamos constantemente en ese océano de dudas y pérdidas, de fracasos y tensiones emocionales, obviando que más allá de esa marea y sus abismos existe un cielo calmo por el que poder sobrevolar.

En ese otro mundo aéreo, las cosas se ven desde otra perspectiva. Allí arriba no hay brumas, ni nieblas, ni espejismo, sino una luz “clara y fría”, refrescante, intuitiva, que nos aproxima más al concepto de “cielo”, de superación, de entrega a otro deber por encima del agua oceánico.

En ese lugar se disipa el espejismo y el sufrimiento deja paso a cierta alegría interior, liberado del reino de la ilusión y actuando “arriba en el aire y a plena luz del día”. Ya no se debate en las olas ni se hunde en las aguas profundas. Tal y como leía esta mañana, “se cierne sobre el mar, dentro del océano de luz, y vierte esa luz en las profundidades. Lleva así las aguas al desierto y la luz divina al mundo de las brumas”. A partir de ese momento todo lo hace en el desierto y sobre los mares, empleando el poder de la mente y el pensamiento.

El otro día le comentaba a una amiga que podríamos tirarnos toda una existencia profundizando en los oscuros abismos del océano. Analizar y medir el inconsciente y el subconsciente y destripar uno a uno todos nuestros conflictos. El agua de las emociones se moldea al antojo de las tempestades, por eso es preferible tener una mente sana, un pensamiento equilibrado para que así las aguas se asienten y sus abismos se iluminen con el sol espiritual. La sanación de nuestras emociones tiene que ver con ese vuelo desapegado por encima de las aguas de nuestro ser. De ahí la travesía por el desierto, un lugar donde no hay agua, donde no hay emociones descontroladas y sujetas al capricho del oleaje. De ahí la necesaria meditación diaria y la necesaria comprensión del ser como un todo mucho mayor y con un potencial infinito. Y toda esa comprensión se puede trasladar a la vida cotidiana, a las partes sencillas de nuestro devenir diario, trasladando esa paz interior en correctas palabras, en gestos armónicos, en alegría sublime en las tareas frecuentes. Se puede sanar nuestro interior, nuestra frustración, nuestro dolor, nuestro sufrimiento elevando nuestros pensamientos sobre nosotros mismos.

Un comentario sobre “En el desierto y sobre los mares

  1. En mi opinión, no hay ideal más elevado que liberar a la rata.
    Es el gesto lo que me conmueve y sirve de reflexión.
    Por lo demás, no olvido que las turbulencias del océano las provoca el aire. Por ello no encuentro lugar sin riesgos… ni falta que hace.

    Un fuerte abrazo.

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