Dos de medio y una de cuarto


Si tuviera algo de dinero, o al menos si tuviera la capacidad de recuperar aunque fuera una décima parte de todo lo que he perdido en estos años, buscaría un lugar tranquilo, una casa abandonada, modesta, que pudiera rehabilitar con mis manos, perdida en alguna aldea montañosa o en algún frondoso valle rodeado de ríos y prados. Que tuviera una huerta, un poco de terreno donde cultivar algunas verduras y plantar algunos frutales. Pondría gallinas que dieran huevos y compartiría las tardes entre paseos bucólicos y viajes imposibles hacia esos lugares que imaginamos siempre como posibles.

Estas cosas pensaba mientras comíamos algo en un chino económico. Mientras tomábamos la sabrosa y crujiente ensalada verde recordaba cuando de pequeños íbamos a la panadería del barrio y comprábamos siempre la misma cantidad: dos barras de medio y una de cuarto. Nunca olvidaré el sabor de ese pan catalán tostado en hornos de leña. En contraste, los tiempos de crisis en los que estamos, compramos barras que parecen plástico y que terminamos congelando para cuando apetezca.

En el plato de los tallarines nos felicitábamos porque al final habíamos decidido reparar la cara avería del coche porque ya resultaba peligroso el conducirlo en las condiciones en las que estaba, y resultaba igual de peligroso, tal y como están los tiempos, el arriesgarnos a comprar uno nuevo. Cuando las cosas iban bien solo tenías que mirar el coche que te gustaba y comprarlo in situ, sin pensarlo mucho. Ahora ese sólo pensamiento resulta una quimera, como la de recordar el sabor único de las barras de medio y de cuarto de la “fleca”.

Al llegar al arroz y las verduras, volvíamos a las imágenes bucólicas de la vida sencilla y apartada del mundanal ruido, y pensaba en esa casita en el monte o en el valle frondoso. Una imagen que más allá del escapismo psicológico ante la presión de los mercados o la prima de riesgo, refleja el deseo de ese movimiento de autoexpresión y libertad que cada día recorre más las venas de muchos de nosotros.

En los postres, flanes y helado, solo habían ganas de seguir adelante, de trabajar honestamente para que cada día sea un reguero de ilusión y sueño, una oportunidad única de descubrir la increíble oportunidad de estar vivos. Miré a los chinos que nos atendían con cierta curiosidad antropológica. Pensaba en ellos y en todo lo que sus vidas han cambiado para llegar hasta este otro mundo y servir unos platos de tallarines. Quizás ellos algún día también piensen en esa casita tranquila donde poder cultivar hortalizas. Quizás algún día ellos también empiecen a trabajar para consumar sus sueños de autoexpresión y libertad.

3 respuestas a «Dos de medio y una de cuarto»

  1. En mi tierra hay casas con fincas muy baratitas, el problema es que para rehabilitarlas te gastas un pastón y supongo que ahora con la subida del IVA todavía será más. Me parece que una buena opción es una casa prefabricada, pues me han dicho que ésas no están afectadas por la ley de costas. Compras una parcela cerca de la playa y la montas, además cuando te cansas del lugar la puedes llevar a otro. Como casita de vacaciones y para hacer reuniones con amigos está bien.

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