La idiosincracia de un pueblo


Este fin de semana he visto con cierta pena como todo se desmorona alrededor, sintiéndonos un poco abandonados a la deriva de los tiempos, aplacados por esa realidad que se impone aunque algunos intenten disfrazarla. Me pregunto qué pasaría si realmente mañana alguien dijera que no hay dinero y todos cayéramos en la cuenta de que realmente es así, de que hemos vivido toda nuestra vida del crédito, es decir, de la mentira y la ilusión, y de que es hora de afrontar, como se pueda, esa mentira. Y como la mentira se ha impuesto durante mucho tiempo, ahora resulta fácil reconocerla en cuanto se ha dado de bruces con la realidad. Es fácil comprobar como todo lo que pensábamos que nos pertenecía no era más que el producto de una falsa.

Evidentemente, a partir de ahora, tenemos la posibilidad de ejercitar nuestra libertad y buscar los mecanismos correspondientes para reorganizar y recolocar nuestras vidas. Me vale el ejemplo de lo que hacen unos países y otros ante unas circunstancias parecidas. Incluso me valen los indicadores económicos para ver que en Francia, tras un cambio de gobierno y una política muy diferente a la ejercida en España ha encauzado el rumbo de los indicadores. En España, en algo nos estamos equivocando y tiene mucho que ver con la poca seriedad que un país bananero como el nuestro ejerce en el exterior.

Es cierto que cuando viajamos siempre damos un poco la nota. Hace unos meses estuve en Suiza y en los trenes de Ginebra podía escuchar a los españoles desde lejos. Es verdad que llamamos un poco la atención en ese sentido. Pero me pregunto qué clase de imagen ejercemos a nivel político, cuando tenemos un jefe de Estado al que todos conocen, dentro y fuera, sus estraperlos y su falta de moral y ética en casi todos los ámbitos humanos. Sí, es un cachondo, un bonachón aparente y todo ese buen rollito que nos daba un gobernante cercano, pero eso ya no sirve, y lo más importante, no ha dado la talla en los tiempos que corren, que es cuando se demuestra realmente la valía de unos y otros.

Respecto a la clase política, más de lo mismo. ¿Qué mercado va a confiar en un país marcado por la corrupción constante de la clase política? ¿Por qué se extrañan nuestros políticos de que la prima de riesgo esté por las nubes?

No sé si se puede cambiar el carácter de un pueblo, su forma de entender la vida y de manejarla. Pero sí es cierto que como mínimo, este pueblo nuestro necesita aún muchas dosis de educación y cordura. Educación, por cierto, que estamos recortando a raudales. Así nos irá como sigamos errando en la perspectiva.

Una respuesta a «La idiosincracia de un pueblo»

  1. Imagino, Javier, que este fin de semana algo debes haber vivido para caer en ese desánimo en cuanto al pueblo español; que, por cierto, podría llamarse de cualquier otro modo, y esto lo digo porque no quiero que mi defensa a este pueblo se entienda como un ataque desenfrenado de patriotismo, puesto que de dicha «enfermedad» creo estar inmunizada.

    Yo pienso que somos un buen pueblo, con defectos sí, pero no más que otros. Conozco personas de otras nacionalidades (no soy viajera, pero vivo en un lugar que abundan personas de diferentes países, ya sea de paso o con residencia fija) y podemos estar contentos de nuestra idiosincrasia, que ya digo que todo es y será, siempre, mejorable.

    Quizá, en un pasado no nos supimos hacer respetar como era debido, pero esto ha dado un cambio muy posotivo.
    No necesitamos imitar a nadie, sí aprender de los demás, porque esa acción es la base de toda evolución.

    En cuanto a nuestro gran/pequeño jefe de estado, bueno no ha dado la talla y encima no ha sabido salvaguardarse (cosa buena para nosotros puesto que sus pifiadas nos abren los ojos), pero no es peor que otras monarquías mucho más consolidadas en tiempo y «honores».

    Y aquí y ahora, la gente de este pueblo se atreve a decir que no necesitamos una casa real para sobrevivir y menos aun con la «ayuda» que de ella nos viene.

    Creo, sinceramente, que como pueblo estamos aprendiendo de forma adecuada, sólo que caemos en los errores que todavía no hemos superado.

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