Ecuanimidad


Resulta difícil sentarse al borde del camino y no perturbarse por todo lo que ocurre a tu alrededor. Un gallo que grita a las seis de la mañana, un hombre que miente una y otra vez, una amiga que te llama para consolarte y darte ánimo y tú no sabes como agradecer todo cuanto hace… Es difícil ser ecuánime en un mundo lleno de conflictos, circunstancias, estímulos. Es difícil no perturbarse por nada aunque esa sea la práctica por excelencia de la meditación, del zazen, de la vida plena y de la iluminación búdica. Ecuanimidad. Dar su verdadero valor a todas las cosas, como esa noche de pasión inolvidable, como aquel canto de madrugada, como aquella mirada intensa o el susurro suave de ese aire que roza cada una de tus entrañas. Es difícil esa imparcialidad de juicio, de no prejuzgar lo que no conoces, de crearte una imagen sobre alguien en tu cabeza sin que esa imagen sea más grande o más pequeña que la persona que pretende suplantar… ¿Como conocer al otro si no nos conocemos a nosotros mismos? La actitud equilibrada y constante pretende llevarte hasta esa senda, pero ahí está el gallo que canta, que te recuerda lo débil que podemos llegar a ser cuando no somos capaces de sentarnos en nuestro trono, en nuestro centro… Madre… ¿quiénes somos? ¿qué hacemos aquí? ¿para qué hemos venido? No te perturbes por nada… decía el huracán mientras atravesaba tu casa… No te quedes inmóvil al borde del camino… decía el poeta ya desaparecido… Ahí está la muerte… ahí están los verdugos… Ecuanimidad de huracán o de poeta, pero en ambos casos, ecuanimidad…

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