Muchos mundos


La filosofía es la base primera que se contempla antes de convertirnos en sabios. No existe la sabiduría, el sophos, sin antes haber especulado en los arcanos filosóficos del mundo. En la antigüedad, no se podía aspirar a la primera y menos aún alcanzar la segunda sin antes penetrar en lo que por entonces llamaban los Misterios. Algunos de ellos tenían que ver con la reminiscencia platónica, la cual consiste en recordar todo aquello que está dentro del hombre. La anamnesia pretende llegar a las formas esenciales y prototípicas que se encuentran en alguna parte quizás no muy lejos de nosotros mismos. “Tú te crees una nada, y sin embargo, el mundo reside en ti”, nos decía el persa Avicena.

Es por ello que algunos decidieron tomar el camino más corto, el teórico, ya que el misterio, ese velo al que se llega tras filosofear durante una vida a la búsqueda de la “sacudida” perenne, conlleva indudablemente al contingente en el que todos los sabios del ayer y el hoy han volcado su existencia.

A pesar de que no todo es teoría y aún así se necesita de la misma para penetrar en la esencia común, vamos a intentar dar un paso hacia ella retomando viejas discusiones de antaño. Una que llamó mucho mi atención consistía en descifrar la ilusión de la luz para adivinar la verdadera realidad de la oscuridad. Este siempre fue un debate intenso con Mario derivado de premisas filosóficas y científicas pero sobre todo, nacido de una mística plagada de intuiciones útiles. En Cosas del Camino se dan algunas pistas: La Oscuridad Brillante, la Musicalidad del Silencio. Nuestra Raza Espiritual nos lleva envueltos en Silencio a fundirnos en la maravillosa Luz de la Brillante Oscuridad, allí donde no hay diferenciaciones, donde no viven los fantasmas creados por la fragilidad de la forma.

Podríamos caer en la fácil afirmación de un pensamiento dual o de simetría especular, siendo la oscuridad producto de la luz de forma simétrica y también viceversa. Sin embargo, Mario trasciende con agudeza esa dualidad primaria. Para los científicos, en plena coincidencia con la mística más actual, la solución es pensar en un universo diseñado en más dimensiones de las que conocemos. Utilizan supuestos como la famosa teoría de cuerdas en las que el universo y todas sus partes están unidos por una infinita amalgama o red de cuerdas o filamentos fundidos entre sí. Es decir, un átomo no es un elemento aislado en un punto con un principio y un final, sino más bien un hilo, filamento o cuerda multidimensional unido en el espacio y el tiempo a elementos de una misma naturaleza.

A escala humana, podríamos pensar que no somos puntos-partículas, sino supercuerdas que vibran en un increíble concierto silencioso de múltiples omniversos. Y la experiencia mística, al igual que la experiencia científica, pretende acercarnos a esa otra realidad que no podemos observar ni entender. Es la mecánica cuántica la que doblega la dualidad afirmando que toda materia o particula tiene una onda asociada, es decir, todo punto de luz está asociado a una cuerda de infinita oscuridad por lo que todo el universo está interconectado de alguna forma que desconocemos.

En la edad media, las cuestiones sobre esa dualidad también se expresaban. En la construcción de las grandes catedrales se intentaba conservar la luz interior entre la oscuridad de sus muros para luego, en estilos más perfeccionados, dejar penetrar la misma con la intensidad de la llama directa. Mario, acostumbrado a la sutiliza filosófica de la simbología de los arquitectos y los constructores de templos, mira más allá de la afirmación trascendiendo la simplicidad expresiva. No hay luz, no hay oscuridad, sino un Absoluto atemporal que a falta de un nombre mejor lo llama Oscuridad Brillante. “¿Será que el Absoluto es la oscuridad dentro de la oscuridad?”, nos dice en Cosas del Camino.

Es por ello que la dualidad filosófica, o dicho de otra forma, la ilusión de las formas, se resuelve en una Unidad cuyo propósito, de haberlo, nos resulta ininteligible. Y este resulta un punto extremadamente importante y expresamente delicado. Sobre el mismo, se defienden posturas bien diferenciadas. Algunos apuestan por un universo o unidad sin propósito, Propósito entendido como un mandamiento cósmico implantado en nuestros genes –materiales/soma, humanos/psique y espirituales/nous-. Y están los que expresan que el Propósito es imprescindible en la esencia y en la experiencia humana. El mayor de los teosóficos lo llamaría “El Propósito que los Maestros conocen y sirven”, idea que pretende revelar un prototipo del estado superior humano al que algunos llaman de maestría o angélico, conducido ya no por una inteligencia racional esclavizada irremediablemente a su código genético y a su libre albedrío, sino guiada por ese instinto de naturaleza superior al que los más atrevidos dan por llamar intuición y que nace de un mismo punto de partida: el conocimiento de uno mismo, el gnosti te autvn o nosce te ipsum. Es decir, estamos hablando de la persecución que el sabio emprende una vez trascendida la métrica filosófica primera. En este punto, y aquí radica la diferencia entre el filósofo y el sabio, se autoaplican la regla que trasciende a la de Delfos: “quién se conoce a sí mismo, conoce a su Señor”.

“Difícilmente es concebible el Absoluto pleno de luz. Tiene que ser Oscuridad”, nos dice Cosas del Camino. Aquí la inteligencia se retuerce una vez más ya que vivimos gracias a la Luz y su producto, la ilusión, el maya hindú. Si es así, si el sentido de la vida nace gracias a la unción de la misma, ¿cómo es posible concluir que el Absoluto es Oscuridad? Sin duda, hay más vida de la que somos capaces de abarcar. La vida física, expresada en términos materiales y derivada de radiaciones cósmicas de toda índole, no puede ser una expresión tan sencilla como para despacharla a la razón de concluir que se lo debemos todo a la luz. La visión física, el alimento vital de las plantas y por lo tanto el sustento de todo cuanto ocurre en nuestro planeta, debe seguir un orden mayor y desconocido al que resulta difícil llegar, entender, racionalizar o explicar. Y dentro de ese orden mayor estamos nosotros, pequeñas larvas de un organismo cuyo sentido desconocemos y cuyo propósito no resulta velado. Siendo así, ¿qué sentido tiene el pensar sobre ello? ¿Qué beneficio obtenemos al deducir ciertas premisas filosóficas o místicas? Por supuesto, el sentido y el beneficio no pueden estar dentro de lo marcadamente humano.

La gracia del asunto consiste en trascendernos a nosotros mismos y situarnos por encima de nuestra propia normalidad. Rasgar el velo de lo racional para prender mecha a esa intuición mística que nos debe aproximar a un estadio placentero, a un lugar donde no exista más ilusión que el Silencio Absoluto y la Oscuridad Absoluta. Y en ese concierto de Silencio y Oscuridad, disfrutar de la visión palpable de algo diferente, único y extraordinario: aquello que está más allá de nosotros mismos y sin embargo, cohabita con nuestra condición humana. Y es tras la experiencia mística cuando nacerá el interrogante segundo de sabernos sabedores de un propósito vital y universal o de un desquiciado naufragio cósmico lleno de derivas.

Sea como sea, todas las escuelas pasadas, presentes y futuras, todas las religiones y todos los sistemas espirituales nos advierten de una misma cosa: “conócete a ti mismo y sean buscadores de la luz”. ¿Y de donde nace esa necesidad de luz? Quizás para conducirnos por esa inmensa e infinita Oscuridad Brillante de la que nos habla Mario. La luz interior será nuestra linterna mágica, y de ahí la nece
sidad de muchos mundos más allá de nuestro país engañoso. Platón insistía en ello: “todo lo que el hombre aprende está en él”. Siendo así, demos la luz y busquemos nuestro propósito.

(Foto: visita no guiada a las minas de la Plata, muy cerca de La Montaña, junio de 2009)

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