El oficio de escritor


Desde muy pequeñito sentía la necesidad de escribir. Ya de niño escribía mis experiencias, mis propios relatos, que solían ser autobiográficos a falta de mayor originalidad o imaginación. Contaba mis hazañas en las vacaciones, allí en el pueblo, o mis aventuras y desventuras amorosas… Puras sincronías con una adolescencia normal que podría ser la de cualquiera… Luego quise ir a más… quería editar un libro, un gran libro. Escribí cientos y nunca me dí por satisfecho con ninguno de ellos. Los dejaba reposar unos días y cuando volvía a ellos notaba disparates enormes, errores, falta de todo y carencias importantes. No los destruía, los guardo en algún lugar porque gracias a ellos descubrí que escribir, y escribir bien, es todo un oficio. Y como cualquier oficio requiere práctica, mucha práctica, y sobre todo, paciencia. Cuando escribimos por primera vez, tenemos el defecto de pensar que nuestra obra es única y verdadera y que además será un gran éxito. No nos paramos a pensar que cualquiera que haya hecho un edificio antes ha pasado por un proceso de aprendizaje largo y arduo. Escribir un libro requiere muchos aprendizajes que no pueden ser adquiridos en una primera obra a no ser que uno nazca con genio o con esa habilidad adquirida. Ser escritor, por lo tanto, no es una cuestión de generación espontánea, sino de mucho trabajo y esfuerzo. Por lo tanto, si te sientes agobiado con tu escrito, olvídate de él y vuelve a empezar, no una, sino cientos de veces, hasta que llegue un día en que el edificio presuma de hermoso y perfecto.

(Foto: escribiendo en el jardín sobre utopías, La Montaña, mayo de 2009)

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