GENEROSIDAD


Esta mañana estaba concentrado en poner orden en mi tesis doctoral. Epistemologías, unidades de observación, marco teórico… De repente, vi desde mi ventana a un gran saltamontes revolotear por el patio trasero. Parecía atrapado entre sus grandes paredes blancas mientras me preguntaba como había llegado hasta allí… Decidí intentar atraparlo para llevarlo hasta la yerba del monte que tengo a dos pasos de aquí. Cuando llegué al patio, había caído casualmente en una cuba de agua y estaba medio ahogándose. Lo recogí con mis manos, lo sequé como pude con mucha suavidad y lo liberé en la yerba, en un lugar de sol. Ese acto podría haber transcurrido por muchos caminos. Me podría haber asustado del feo animal y haber pedido a alguien que lo eliminara. O yo mismo podría haber ido a pisotearlo, como tantas veces he visto hacer. O haber disfrutado de como se ahogaba en el agua… Pero hubiera sido incapaz de esas cosas… Y es que los actos generosos deben empezar por pequeñas cosas. Un saltamontes, una mosca cansina, un mosquito imparable… todo pueden llegar a ser pruebas diarias para ver hasta qué punto ejercitamos nuestra generosidad o, por el contrario, nuestro egoísmo macabro, nuestra violencia instintiva o nuestra falta de sensibilidad.

Precisamente hoy, Ana, una gran mujer y un ser de lo más generoso que he conocido, me ha enviado un relato hermoso que deseo compartir con vosotros. Espero que os guste y espero que su reflexión nos vuelva a todos un poquito más generosos, y sobre todo, un poquito más humanos.

¨Un viejo chino pidió un deseo antes de morir: quería ver el infierno y el paraíso. Como toda su vida había sido honrado, su deseo le fue concedido. Primero fue al infierno y allí se encontró con unas mesas enormes, repletas de todo tipo de manjares, a las que estaban sentados los que allí habitaban, todos tristes, irascibles y desesperados. Sus dedos terminaban en una especie de palillos muy alargados, de forma que aunque podían coger la comida no podían llevársela a la boca. Por mucho que estiraban los brazos hacia delante, los palillos siempre llevaban la comida muy atrás de sus bocas. Cuando salió de allí subió al cielo, donde encontró las mismas mesas y los mismos manjares. Los que allí habitaban también portaban en cada dedo esos largos e incómodos palillos. Pero todos estaban muy alegres y contentos. Habían descubierto algo maravilloso: cada uno tomaba los alimentos con sus palillos, pero en vez de intentar llevárselos a su boca alimentaban al que tenían enfrente.¨

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