El propósito de la vida


Recibo hoy, entre la vorágine de mails que parecen ya instalados en nuestras vidas, uno que me llama especialmente la atención y que es titulado “Vivir como una célula”. Al parecer, es un extracto del libro de Deepak Chopra titulado “El libro de los secretos”. Me ha sorprendido como, de forma sencilla, las células de nuestro organismo se organizan y viven con una generosidad exquisita. La lucidez del dar sin esperar nada a cambio, tan bien expresada por los cristianos que reviven el mensaje de su maestro, parece claro en la vida ordinaria de nuestro interior. Las células viven bajo el misterioso propósito de un orden superior donde es inconcebible el egoísmo, la incomunicación, el aislamiento, el consumo excesivo, la actividad obsesiva y la agresividad. El humano, sin embargo, olvida sutilmente el propósito superior de la vida y se comporta siempre desde una perspectiva egoísta que tiende a su propia autodestrucción. Resulta difícil ser generoso en un mundo egoísta. Los menos te tildarán de estúpido, los más, de idiota. El ejemplo no cunde. Tenemos arraigado desde siempre ese instinto de conservación y territorialidad que pasa por llamar las cosas por su nombre, es decir, esto es mío y esto es tuyo. Recuerdo que en las clases de antropología estudiábamos alguna perdida tribu de la polinesia donde existía un concepto revolucionario al que llamaban Lau, es decir, era una expresión que consistía en la no diferenciación entre lo tuyo y lo mío, sino que todo pertenecía a todos. La crisis en la que estamos metidos nos viene a recordar que el sistema egoísta no aporta más que destrucción. Así, una sociedad falta de verdaderos valores, está condenada al fracaso.

Hice por segunda vez el camino de Santiago hace menos de un año. En un amanecer hermoso y mágico de otoño, nos encontramos de repente en mitad de un rebaño de reses que estaban posados en mitad del camino. De repente me detuve y me sentí uno con ellas. Existió una fusión generosa entre lo animal y lo humano. Me quedé quieto, mirando fijamente a una de ellas. Sentí que la generosidad era posible también en ese momento. Solo bastaba alzar una mano y acariciar el lomo del animal. Quizás algún día ese sólo gesto pueda conmovernos inclusive con el otro, con ese prójimo que a veces resulta tan lejano. Quizás algún día entendamos que el propósito de toda vida pasa inevitablemente por la generosidad. Veremos a ver si somos capaces de crear un movimiento revolucionario donde prime el lau al yo, y donde el nosotros sea la premisa básica para una vida mejor. Que así sea.

(Foto: Anja Meier, amanecer en San Juan de Ortega, Camino de Santiago, octubre de 2007)

2 respuestas a «El propósito de la vida»

  1. El ser humano es un fraude en si mismo, asi que lo de Deepak Chopra queda en la anecdota. Hoy, en un lugar hermoso de la India, me he sentado bajo un arbol. De repente, los mismo monos que atacaban a los turistas para arrebatarles las botellas de agua, han empezado a rodearme. No senti miedo. Todo lo contrario. Intente el contacto con ellos, mirandolos de tu a tu, es decir, de mono a mono. La empatia ha sido tanta que hemos acabado tocandonos, la manada y yo, yo y la manada. Sin darme cuenta, me he sentido uno con ellos, y he descubierto que lo que realmente tenemos en comun los humanos es nuestra animalidad. Los monos me pellizcaban con cierta dulzura mis carnes curiosos por mi piel. Yo hacia lo mismo con la suya, en un juego donde apenas habia miradas fijas, sino gestos esquivos. Una experiencia unica donde descubro el fraude humano…

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