Los guerreros que miran hacia la oscuridad


The Return of the Crusader, de Carl Friedrich Lessing

Has vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones. No estabas muerto, podías respirar cada silbido de vida que corría en cada una de las montañas escaladas, en cada uno de los abismos recorridos, algunos sin final, algunos siempre tan oscuros. Incluso allí podías gritar vida. Si estabas preparado y una vez en la cumbre volvías tu rostro cansado hacia la luz, permaneciendo dentro de su esplendor, quedabas cegado para los asuntos humanos y “volvías a casa”, desapareciendo en la estela, en el sendero iluminado, en el gran centro de absorción. Muchos deciden hollar este sendero y desaparecer para siempre. Misión cumplida.

Sin embargo, aquellos que han vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones, y escalado todas las montañas, mirando hacia lo alto, han sentido compasión por sus hermanos, por los asuntos humanos, retornan. Han hollado el sendero de la luz, allá en la alta cumbre, pero, renunciando al mismo, han girado sus pasos en sentido opuesto, han dejado el pedestal de la luz y, vaciando sus vidas, han vuelto hacia la oscuridad, en dirección opuesta, como ángeles caídos del cielo y su luz.

Han trazado un camino de retorno, vuelven hacia la oscuridad cargados de luz fusionada en sus siete centros, transmitiendo e irradiando luz hacia el exterior. Amando a los que se encuentran aún en el sendero oscuro, sacrifican su camino y caen de nuevo a la tierra, compartiendo su esplendor, ahora reducido, con aquellos que huellan en el sendero de la oscuridad. Para ellos, los que aún viven en la oscuridad, ahora el camino ya no es tan sombrío, encuentran consuelo y amor en los que retornan con su armadura cansada, pero luminosa. Han sido acogidos por los guerreros que, volviendo de las altas cumbres, penetran en el miedo y la desolación ayudando entre tinieblas y buceando en la esperanza, el servicio, el amor. Caballeros de luz, armados de compasión, cabalgan fructuosos para apoyar al otro, para guiarlo hacia sus propias cumbres donde la luz, el amor y la esperanza resplandecen para todos.

Detrás de los guerreros, entre la luz y la oscuridad, sigue palpitando el anhelo, la superior obra, la balanza y el deseo de seguir hollando hacia nuevas cumbres. Unos eligen seguir adelante, los otros, aquellos que en la tradición budista son conocidos como los bodhisattvas, los guerreros de la compasión que se fortalecen mediante las virtudes o pāramitās, retornan al mundo para obrar el bien entre todos sus hermanos. Fe y esperanza, susurran una y otra vez. Fe y esperanza.

Es por eso que los guerreros de la compasión, en el intervalo superior de la luna llena, en lugares necesariamente secretos, silenciosos, apartados del mundo y sus tinieblas, se reúnen una vez al mes para recoger fuerzas, para atraer más luz a sus siete canales de actividad y así poder servir y ayudar con mayor fuerza. Luz, amor y voluntad al bien son las fuerzas que atraen en silencio, en profunda meditación. Cuando la luna está amplia y colmada, estrechan su vínculo con el propósito superior, entonando su canto, su anhelo de fusión de grupo:

“Soy uno con mis hermanos de grupo, y todo lo que tengo les pertenece. Que el amor que hay en mi alma, afluya a ellos. Que la fuerza que hay en mi, les eleve y ayude. Que los pensamientos que mi alma crea, les alcancen y animen.”

Hacia la restauración de la dignidad animal


 

“Llegará un día en que los seres humanos conocerán el alma de las bestias y entonces matar a un animal será considerado un delito como matar a una persona. Ese día la civilización habrá avanzado”. Leonardo Da Vinci

Cada año, más de cincuenta mil millones de animales mueren en todo el mundo para satisfacer la demanda homo-animal: cerdos, vacas y reses de todo tipo, gallinas, pollos, peces, ovejas, conejos, y muchos otros difíciles de contar forman parte de nuestra cruel cotidianidad humana.

Hemos avanzado mucho en derechos y sensibilidades en estas últimas décadas, pero aún falta mucho por avanzar. Lo que ahora nos parece una normalidad, en las próximas décadas nos parecerá una aberración. Todo aquello que ahora forma parte de nuestra vida cotidiana, en no mucho tiempo será un trago amargo en la memoria histórica de nuestra especie.

En el nombre del placer y el nihilismo cometemos atrocidades diarias. Es normal, porque llevamos haciéndolo algo más de siete millones de años, desde que el primer homo decidió volverse sapiens, aunque esa sabiduría aún no haya explotado completamente, ni definido al ser humano completo. De hecho, tenemos más de homo-animal, en cuando que estamos más cerca de nuestros primos homínidos, que de seres humanos terminados.

Lo que realmente nos separa del resto de los animales es la plena consciencia, la complejidad de nuestra afirmación, lo que los antiguos llamaban alma. Sin embargo, esa alma habita en todos los seres, al igual que las teorías hilozoistas nos advierten de que la vida se expresa en todas partes, desde todas las cosas, animando todo cuanto existe en un invisible lazo inmortal. Siendo por lo tanto aún homo-animales, centrados en las necesidades de reproducción, alimentación y seguridad, es normal que nos comportemos de forma “animal”, brusca, insensible. Es por ello por lo que aún, tal y como nos advierte Da Vinci, no hayamos desarrollado la capacidad total de conocer y reconocer el alma que habita en los animales, y de paso, en todas partes.

Cuando algún día nuestra especie llegue a tal grado de conocimiento y/o sensibilidad, será una atrocidad perpetuar un asesinato en masa como el que ahora estamos ejerciendo hacia el reino animal. En un futuro no muy lejano veremos las terribles granjas de animales, explotados para el consumo humano, y nos aterrorizarán de igual forma que ahora nos aterroriza el ver ciertas imágenes del exterminio que se produjo en la Segunda Guerra Mundial. La supremacía humana hacia nuestros indefensos hermanos animales ha sido una de las peores pesadillas de nuestro planeta. De pasar hambre en décadas pasadas, hemos colmado el engorde de nuestra propia especie a costa del dolor de millones de animales que son sacrificados diariamente para nuestro disfrute y placer. La muerte industrializada es una de las mayores aberraciones de nuestro tiempo. Y algún día, nuestros nietos nos preguntarán qué hicimos para evitarla.

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Construyendo el paisaje interior


 

“Siento que bulle y que se agita, lleno de ideas y de anhelos de un vivir nuevo y fecundo, transparente y amplio un mundo hermoso, bello y noble en mí”. Alejandro Urrutia Cabezón, en Amanecer

Hoy he tenido una bonita conversación con la que fue mi primer amor, mi primera novia, mi primera locura emocional. Han pasado casi treinta años de aquella hermosa aventura y ahora nos queremos como hermanos, nos amamos como seres luminiscentes que se encuentran y reencuentran en el cariño y la amistad. Por suerte, son más las exnovias con las que tengo ese tipo de relación que con aquellas de las que nunca más volví a saber de ellas. Eso me da cierta pena y tristeza, porque dos personas que alguna vez se amaron y compartieron lo más íntimo que se puede ofrecer al otro, deberían, a pesar de los corazones rotos, inevitables, amarse de igual manera con el tiempo, aunque fuera en amor silencioso. Nunca nadie nos enseñó a dejar de amar, al menos yo no sé hacerlo, por eso mis mejores amigas en este tiempo son aquellas con las que alguna vez compartí una relación estrecha. Eso me enorgullece y me hace vivir en un mundo fecundo, transparente y amplio. Algo bello y noble, un paisaje hermoso que merece conservar y ser transitado.

El fracaso asociado a las relaciones, ya sean estas relaciones personales, de pareja, de familia, de comunidad o incluso de grupo o nación están estrechamente vinculadas al fracaso de la construcción del paisaje interior de cada persona. El deterioro de todas las relaciones humanas nace de la deconstrucción del individuo, de la propaganda destructiva, de la información sesgada, de la falta de visión y empatía hacia el otro o lo otro, de la falta de abrazos interiores, primero hacia uno mismo y luego hacia los demás. La falta de generosidad hacia el otro es lo que nubla nuestras vidas. Sin embargo, cuando somos humildes y generosos con el otro, la vida se dibuja con otros contornos. Solo hay que ser valientes y reconocer ese amor, expresarlo y compartirlo, sin miedo, sin aspavientos.

Si vemos que la sociedad se autodestruye es precisamente por eso, por falta de paisaje interior, por falta de generosidad. Basamos toda nuestra vida en una planificación exterior que no tiene como base una profunda y arraigada estructura interior. Falla la base, la profundidad, los cimientos, y cuando eso ocurre y algo falla en esa obscena vivencia de lo exterior, todo se derrumba. No hay pilares interiores, fuertes y maduros, que sostengan aquello que creamos fuera.

Lo vemos estos días en las calles, en la política, en la economía. No existen lazos sociales, no existe construcción real de algo que suponga comprensión, apoyo, valores, empatía. Nos invaden los mensajes por doquier que glorifican y endiosan lo superficial, lo material, lo epidérmico. Pero nos faltan referentes interiores, nos faltan abanderados de la dignidad, guías de la raza humana que indiquen el camino de la colaboración, la franqueza, la escucha y el afecto. Alguien que nos guíe hacia lo bello, inclusive en los peores momentos.

Por eso ha sido un día hermoso. De alguna manera siento que bulle y se agita un poderoso nuevo mundo cada vez que ocurre este tipo de reencuentros hermosos. Poder hablar un buen rato con aquella mujer que una vez me robó el corazón ha sido balsámico, alentador, hermoso. La amo con respeto, en silencio, con cariño. Y también a su actual pareja, con la que lleva casi veinte años compartiendo su vida y con el que hemos pasado muy buenos ratos. Nos queremos, porque tras el fracaso bien recibido, puede florecer la belleza de un amor amplio, generoso, puro. Son esas hermosas relaciones que, a pesar de sus crisis, luego resucitan para embellecer nuestras vidas y mejorarlas. Son las lecciones aprendidas junto a ellas las que nos hacen crecer y maravillarnos ante la vida. Son ellas las que construyen con su generosidad un hermoso paisaje interior, una florida y hermosa primavera en nuestros ocultos jardines.

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“La noche polar de helada oscuridad”. Algo sobre la jaula de oro, la jaula de hierro y la jaula de goma


 

Yin: Moriría por defender el sistema. Esa es la seguridad de mi noche polar, de mi helada oscuridad.

Weber describió la burocratización del orden social como “la noche polar de helada oscuridad“. El aumento de la racionalización de la vida social, algo que ocurre con dureza en nuestro tiempo, crea un sistema basado en la eficiencia teleológica, el control y el cálculo racional. Weber llamó a este proceso la jaula de hierro. Esta jaula, invisible pero real, ha creado desencanto en la sociedad despierta. Y el desencanto del desencanto es lo que el antropólogo Ernest Gellner denominó la jaula de goma. Jaula porque implica coacción y de goma porque a diferencia de lo que creía Weber, las condiciones de ahora son algo más flexibles, más elásticas, más líquidas, como diría Bauman. En esa flexibilidad entra en juego las crisis que padecemos en estos tiempos, normalmente fundamentadas en la automarginación, no como algo realmente disidente, sino como una forma de antisistemas que luchan por defender el sistema. Una paradoja que compramos, y a la que nos vendemos al mejor precio (un trabajo, un salario, cierta seguridad).

La verdadera disidencia, la real, sería marcharnos del sistema, no luchar, inclusive con piedras, para defenderlo. Esto es una paradoja de nuestros tiempos. Los que se automarginan y luchan en las calles no lo hacen para pervertir el status quo, sino para protegerlo. Es una indignación falsa, porque nace de la precariedad, de la desconfianza, del miedo a perder la burocratización del orden social establecido. No se lucha por alcanzar la libertad, sino por no perder los privilegios y la seguridad que el propio sistema, en época de bonanza, establece. O inclusive, en paradojas e iluminadas somnolencias, para mejorarlo.

Aquí es donde nace la jaula de oro, más allá de la jaula de hierro y la de goma. ¿Cómo ser disidentes de nosotros mismos, si hemos conseguido un estadio de bienestar inimaginable para nuestros abuelos? ¿Cómo destruir y desapegarnos de nuestro bienestar alcanzado? Tenemos agua caliente, una casa que nos protege, un trabajo, un vehículo, alimento en abundancia como nunca se ha tenido e incluso hospitales gratuitos donde nos atienden a la mínima de cambio. ¿Cómo renunciar a todo eso y marcharse a las montañas, a los bosques, fuera del sistema? Nadie en su sano juicio podría dar un paso de tal envergadura, ahora que hemos descubierto que el alma y sus ansias de expresión tiene un precio (repito, un trabajo, un salario, cierta seguridad).

Yang: Me marcho, libre, a la incertidumbre de los bosques, al día brillante de clara luz. Solo así podré construir mi paisaje interior y contribuir a un mundo bello y armónico.

Eso solo es posible ante una especie de revelación más allá de lo inmediato, lo cercano, lo material. Una revelación mística, si se quiere. Un indicio, un descubrimiento sobre algo que atañe al ser, y no a las cosas que rodean al ser. Una experiencia verdaderamente transformadora y reveladora. Uno no deja su jaula de hierro (conceptos, programas, cultura, educación, valores, herencia) ni su jaula de goma (ilusiones, futuro, progreso, bienestar) ni su jaula de oro (seguridad, dinero, trabajo) por una hipotética libertad fuera del sistema. Amamos el sistema, luchamos por el sistema. Cuando nos enfadamos porque el sistema no es capaz de dotarnos de lo suficiente, tiramos piedras y enrabiados rompemos cristales y escaparates. Realmente no deja de ser una engañifa, una queja de niños malcriados incapaces de plantarse ante el propio sistema y abandonarlo. Un acto cobarde, un desahogo primitivo, ancestral, infantil.

La verdadera disidencia no es romper un cristal. La verdadera disidencia es coger el báculo y danzar alegres hacia el camino de la incertidumbre. Alejados del ruido, de la contaminación, del dinero, del brillo del oro y sus placeres, cabalgar desnudos hacia los bosques. Abandonadas todas las jaulas y sus pesados juicios, volver al origen, a lo genuino, a la libertad verdadera.

 

Amar a la patria en tiempos de desolación. Amor tóxico, amor revuelto


«Oh Gran Patria mía, todos los tesoros tuyos Espirituales, todas tus bellezas inenarrables, toda la infinidad tuya, en todos los espacios vastos y en las cimas, lo vamos todo a defender. No se verá un corazón tan cruel como para decirme: no pienses en la Patria. A través de todo y por encima de todo encontraremos pensamientos para construir, y ellos, fuera del tiempo humano, fuera del egoísmo, -en conciencia auténtica- dirán al mundo: conocemos a nuestra Patria, estamos al servicio de ella y daremos las fuerzas nuestras para defenderla en todos sus caminos». Nicholas Roerich

Hoy no era precisamente un tiempo para celebrar. Quizás sí para recordar. Estas generaciones presentes no tienen tiempo para pensar en la patria. Algunos pierden el tiempo en intentar recomponer la “pequeña patria”, la nación, el atisbo rencoroso del prelado nocturno. El “todo por la patria” se ha convertido en “todo por mí mismo”. En esa incompleta definición, se olvida el sentido de permanencia y pertenencia. Y cuando se consigue, se distorsiona, creando enemigos para poder autorizar un amor perverso y tóxico hacia ese nuevo patriotismo que enarbola banderas en contra de otras.

En estos tiempos de desolación se confunden los términos, los símbolos y las imágenes. Patria lo achacan a primitivos modelos feudales. Lo asimilan a reyes, tricornios o banderas con aguiluchos perennes. Brazo en alto, cara al sol, dispuestos a romper con el patrimonio intangible cultural en nombre de la patria. Esa confusión arbitraria y atroz aleja al individuo de la comunidad, lo aísla, lo encierra, o lo adoctrina hacia otras patrias más permisivas y paternales, donde la patria buena lucha contra la patria mala, creando la somnolienta imagen, ahora débil pero atemporal, de un enemigo odioso.

Las patrias ya no están de moda. Ahora el espíritu de los tiempos es de proximidad. El clan cercano, lo mío, lo inexcusable. La superioridad de unos sobre otros, siendo lo propio verdadero y lo extraño motivo de destrucción. Aunque las patrias ya no tienen mucho sentido, luchar o morir por ellas se ha convertido en una estampa que renueva el ansia de revancha, la histórica y desnutrida manía de anular nuestra emancipación personal a costa de un ideal añejo, rancio, una protuberancia que en mil años se recordará con cierta extrañeza. La distorsión de nuestro tiempo sigue siendo el problema de las naciones. El no sabernos amigos del vecino, el no comprender la diversidad humana, el no querer asimilar la idea de que el otro no es mejor ni peor que uno mismo.

Como cada uno ama a su pequeña patria, a su pequeño país, a su pequeña nación, escondiendo bajo ese amor, siempre infecto, las pequeñeces de sus vidas. Uno se aferra a lo grande para disimular su ridiculez. No es un amor sano donde la patria podría sumar a otras patrias, donde lo común podría alinearse hacia el bien y la verdad. No se trata de eso. Se trata de amar algo odiando a otro algo. El amor a “mi” patria está basado en el odio hacia la “otra” patria. Es como si tuviéramos una pareja y la amáramos bajo la base de que hay que odiar a las otras, a los otros. Es un ridículo histórico que ha funcionado durante siglos, y que aún rememora atisbos viscerales nacidos en la oscuridad de los tiempos remotos.

Hace cuarenta años, unos que amaban su particular visión de la patria deseaban exterminar a la otra patria, a la díscola, a la democrática, que así la llamaban en aquel entonces. Hoy vuelve la paradoja de los tiempos, y una parte de esa patria desea autodeterminarse en contra de la otra patria. De nuevo el odio, pero ahora revestido y maquillado, asimilado como lo natural, al igual que lo natural hace cincuenta años era gritar ¡todo por la patria! con el brazo alzado. Ahora el brazo se alza con piedras, y la historia se repite, tristemente, por ese amor dañino hacia aquello que debería unirnos, a unos y a otros.

Algún día amaremos sanamente a todas las patrias, y entonces, ellas mismas desaparecerán en el inmortal lazo de una sola raza, una sola nación, un solo mundo. Un amor silencioso, que no requerirá expresión y cuyo deseo, íntimo y explosivo, correrá por esas alcobas pacíficas, ocultas, secretas, donde los amantes se expresan sagradamente en sus bellezas inanerrables.

Volver a la tribu


 

Cuando dejamos de ser tribus, la unidad se rajó. Creímos que la pareja, o el núcleo familiar iban a ser suficientes, mientras amistades y círculos de pertenencia nos daban las migajas de efímeras convivencias.

La tribu es mucho más que amigos, y hermanos de sangre. La tribu es la pertenencia espiritual a una hermandad que sostiene y nos invita a sostener. La tribu es donde los roles naturales se comparten, intercambian e interactúan.

Las madres hoy maternan solas sin el grupo de contención y apoyo. Los hijos tienen hermanos que son siempre los mismos, los de la sangre, y los hermanos espirituales que son muchos deberían estar jugando juntos, cocreando. Nos separamos en pequeñas propiedades privadas, corriendo de un lado al otro para buscar el sustento para el núcleo familiar.

Lo natural es agruparnos y mientras unos siembran, otros educan, otros construyen, algunos cocinan, y en el momento indicado nos juntamos a comer, a celebrar, a seguir tribando.

El amor que tanto buscamos, además del amor a sí mismo que se cultiva, no es el de pareja, hijos, familia, sino que al no tener tribu para practicar el amor en infinitas facetas, sobrecargamos la idea de que la pareja, los hijos, y la familia, nos darán el terreno para canalizar el amor.

Sin tribu es como un cuerpo humano desmembrado intentando funcionar, cada miembro por separado.

Tenemos que volver a las tribus donde los abuelos son dignificados y los tíos somos todos. El comercio, la propiedad privada, y el individualismo nos arrancó como ramas del tronco que nos une.

En la tribu todos los dones son bienvenidos, y los roles rotativos no crean aburrimiento ni saturación. En las tribus hay tantos hermanos y hermanas que el compartir es riquísimo y los modelos se alternan.

Ahora se empieza a usar el envejecer entre amigos, y eso es apreciar la tribu. Podemos empezar antes y darles a los niños el entorno saludable donde compartir es natural y donde hay muchos referentes de quienes aprender.

La tribu: Es para crear el amor.”

Texto de Laura Losada

La inmortalidad de la patata


A Lola, madre y abuela.

Nunca lo habíamos hecho, pero la sugerencia nos pareció tan ocurrente que lo intentamos. A las cinco y media de la mañana caminábamos hacia la ermita. Encendimos la vela que este año, como todos los años, habíamos cambiado justo después de las doce campanadas. Nos sentamos en la incomodísima postura del loto, no apta para occidentales, más acostumbrados a la postura del rey Salomón. Nos abrigamos ante el frío invernal con las mantas e hicimos tres respiraciones profundas.

Ritualísticamente tocamos el gong tres veces. Para los profanos, es importante hacerles entender que son tres los toques, no uno, ni dos, ni cuatro. Son tres las luces que hay en todo templo, tres las columnas y tres los malletes que golpean con fuerza el tablero. El sonido es un lenguaje, y cada sonido tiene una razón de ser. Así que para meditar, mejor tres invocaciones con el cuenco tibetano. En la meditación se crea, y para crear, siempre hay que conocer el lenguaje creador. Dejando una suave pausa entre cada sonido, que como ola de mar, va penetrando el pequeño y poco iluminado recinto, nos preparamos para meditar sobre la frase simiente: la inmortalidad de la patata, inspirada por nuestra querida Lola.

Cuando se es misionero o constructor (estamos hablando de la compleja construcción de templos espirituales), siempre hay que guardar un diezmo para poder satisfacer nuestras pequeñas necesidades diarias, y dedicar, con gran tesón, un noventa por cierto de nuestro esfuerzo a la Gran Obra. Esto pocos lo entienden y menos aún pocos lo practican. Algunos invierten la fórmula, pensando que ofreciendo un diez por ciento de su riqueza podrán entrar fácilmente por la puerta estrecha que todo templo resguarda. Es aquí cuando entra en juego la inmortalidad de la patata y su inconexa relación con el relato de hoy.

No es la cosa en sí (la patata) y su orden cósmico predeterminado (su inmortalidad), lo que nos interesa. El fruto de la meditación de tres horas seguidas acompañada de una cuarta justo al atardecer, en el mismísimo momento del ocaso, tenía que ver más bien con la profundidad de la originalidad de su procedencia. ¿Por qué esa patata había entrado esta mañana tan especial en nuestras meditaciones?

La meditación cocreadora es de suma importancia. Un arquitecto no puede consumar su obra sin antes pensarla. Nadie hace nada en la vida si primero no lo ha soñado. Un beso, un hijo, una puesta de sol, un abrazo, una empresa, una cena. Todo ha pasado antes por el registro de nuestra mente, o de nuestros sueños, o de la mente o un sueño de un Creador. Si uno piensa o imagina una patata y la posibilidad de que se haga inmortal, está creando una posibilidad. No sabemos cuál de ellas. Podríamos decir que, por el solo hecho de meditar sobre ello o de escribir sobre ello, esa patata ya es inmortal. Es decir, el sueño produce el acto.

Aquí de nuevo entra en juego el diezmo del constructor, que ha podido imaginar hoy mismo en la posibilidad de enamorarse de una bella dama solo por el hecho de que esta le invitara a patatas fritas. ¿Qué relación puede haber en todo esto? La hay, pero para tener la conexión precisa es necesario tener la visión precisa, para tener visión es necesario silencio, para tener silencio es necesario concentración, y para tener concentración, es necesario meditar. Lo decía Patanjali hace dos mil trescientos años.

Seguramente bajo ese conocimiento, podemos entender la simplicidad de las cosas, y la necesaria indagación en todo aquello que pensamos o imaginamos. ¿A qué dedicamos nuestras vidas? ¿A qué dedicamos nuestros sueños? ¿A qué dedicamos nuestros esfuerzo, traducido en trabajo, tiempo y dinero? ¿Cuál es nuestro diezmo y cual nuestra entrega? Siendo la patata inmortal, deberíamos reflexionar seriamente sobre todo esto y de paso, y porqué no, enamorarnos de todo su espectacular mensaje. No es la patata en sí, es todo lo que encierra cualquier pensamiento simiente, cualquier meditación, cualquier sueño. Pero la cuestión es aún más compleja: ¿qué sueño queremos realmente vivir, el nuestro, siempre pequeño y ridículo, o el sueño del que nos Sueña? ¿Es la patata inmortal algo inconexo o pertenece, sin aún saberlo, a un oculto mensaje de nuestro Soñador? Soñemos en la patata inmortal… y veamos hacia donde nos conduce…

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La perpetua adolescencia de las naciones y su destino


Las naciones tienen vida propia, pero también personalidad, carácter, ideales, doctrina, ambición egoísta o autoridad. También tienen un cuerpo al que llaman país o territorio y un alma al que llaman cultura. Hay naciones que tienen dentro de sí otras naciones, o hay territorios o países que albergan en su seno diferentes naciones, o diferentes personalidades. Hay naciones maduras y ancianas y otras adolescentes. Hay naciones sabias y otras ciegas. Hay naciones más devocionales y otras más intelectuales o ideológicas. Y hay un alma grupal en todas ellas que moviliza fuerzas y energías para su propia y particular evolución.

En la historia de todos los tiempos hemos visto diferentes versiones nacionales. Aquellas que nacieron mediante la aplicación de la violencia, la ambición egoísta y la autoridad. La mayoría de las naciones son fruto de batallas, guerras, conquistas y violencia. Aquellas otras que nacieron bajo ideas como el nazismo, el fascismo, el comunismo, el capitalismo o el socialismo. Suelen ser naciones donde lo prioritario son los Estados por encima de los individuos y los grupos que lo componen, los cuales pueden ser sacrificados para defender el llamado bien general. Luego, y aquí entran las naciones más desarrolladas, están las llamadas democracias modernas, donde, supuestamente gobierna el pueblo a partir de sus representantes. Los gobiernos, en condiciones de normalidad, una normalidad aún no alcanzada del todo, representan la voluntad del pueblo, de toda la nación.

En todo caso, las naciones, la mayoría de ellas, con o sin estado, viven en una perpetua edad adolescente, aún “marcando” territorio, deseando controlar la gobernabilidad o deseando anular las libertades en nombre del bien general o en nombre, últimamente muy recurrente, de la seguridad nacional. Esa adolescencia, esas luchas de egocentristas posiciones son el fundamento de las relaciones internacionales actuales. Pero esto no será así para siempre. La desintegración paulatina de las naciones está favoreciendo la implantación de un alto ideal, aún más intuido que razonado, sobre la unidad de toda la humanidad.

El futuro, siempre alentador, se encamina hacia un inevitable Estado mundial, un gobierno mundial dividido en secciones, en grupos, donde la división será tan solo algo del pasado, algo ilusorio. La madurez de las naciones nos llevará en un tiempo lejano a la muerte de las mismas, dejando paso a unas naciones unidas que velará por todos los pueblos en paz y consonancia, en libertad, igualdad y fraternidad. Y aún más lejano en el tiempo, mucho más lejano, llegará el gobierno de los sabios, de los maestros de la compasión, el gobierno añorado por aquellos que aman la belleza y la sabiduría por encima de todas las cosas. Un gobierno que no veremos en mil años, pero que, inevitablemente, será. Es así como se terminará con esta constante y cansina adolescencia perpetua de las naciones. Es así como los seres libres podrán disfrutar de todos los países, de todos los territorios, sin que nadie pueda decir este es mío o tuyo. Será el tiempo en el que no existirán fronteras, y los dogmas de la tribu, la construcción nacional, no se basará en mitos y leyendas del pasado, sino en vibrantes anhelos de fraternidad.

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Esperanza


“Vosotros ofrecéis un nido para los que están sin fuerza, sin amor, sin pensamientos positivos. Conseguimos recuperarnos y así después es posible volar otra vez con fuerza y el poder de un amor que no es de este mundo. Gracias”.

Esta es la nota que Anna nos dejó hace unos años. Cuando llegó abatida y sin fuerzas a nuestro hogar parecía derrotada por la vida. Como Anna, muchos encontraron en este lugar una oportunidad para volver a empezar. “Gracias a estos días de sanación he comprendido la importancia de la fe y la esperanza”, nos decía. Su testimonio fue suficiente para sentirnos útiles y satisfechos y para obrar el bien con mayor compromiso y responsabilidad. Para ver la delicada línea roja que separa el salir victoriosos de una tragedia o el enfrascarse en la ruina de una vida entera. No todo son éxitos aquí. Algunos se marcharon con el corazón roto. La convivencia siempre es compleja, las condiciones en las que nos encontramos son adversas, el mundo gira siempre rápido y los conflictos no cesan. Es complejo ahondar en la inofensividad sin errar en ella, pero somos persistentes, tenemos coraje y nada nos detiene a pesar de las dificultades que durante estos siete años hemos enfrentado.

Seguramente ahora en la calle hay muchas personas que no tuvieron la suerte de toparse con la madre fortuna que en un momento de crisis extrema abrazó a Anna. Que en vez de una mano tendida están encontrando el desprecio o la desconsideración de una sociedad que no puede hacerse cargo de situaciones límite y extremas. Y posiblemente la mala fortuna obre en muchos seres la desesperación y la desesperanza. En este momento de crisis, nos preguntamos cuál es nuestro verdadero rol, nuestro verdadero propósito, más allá de ofrecer un lugar de sanación y un punto de inspiración donde la generosidad sea el motor que nos impulse.

La profunda y radical transformación que la bondad y el bien pueden obrar en la vida nos acerca cada vez más a la tarea que nos ha sido encomendada como seres, como humanos, como almas errantes de este cosmos infinito. No podemos renunciar a la ayuda mutua, no podemos renunciar al don de colaborar con el bien, a instancias de que esa, y no otra, es nuestra mayor honra. Hacer el bien, motivar la bondad, profundizar en la compasión y en el amor desinteresado no es más que la puerta a nuestra verdadera función humana. Es complejo, es difícil. Incluso en lugares como este, cada vez más abundantes, donde se pone el énfasis en la transformación y el cambio, resulta extremadamente complejo.

Anna ya no está con nosotros, pero quedó para siempre en nuestros corazones. Nos alegró enormemente ser partícipes de esta hermosa transformación y de muchas otras que durante estos años han ocurrido en estas bellas montañas. La echamos de menos, es cierto, como a mucha otra gente que ahora es imposible ver por la pandemia, pero nos alegra que su destino se resolviera con fe y esperanza y nos alegra pensar que este duro invierno pasará y algún día volveremos todos a abrazarnos. La luz que arroja esa fuerza interior es capaz de hacernos volar lejos, muy lejos, y ser partícipes, con ello, de la cadena de unión y transformación humana.

No dudéis en ayudar al desamparado tanto como vuestras fuerzas os lo permitan. Los astros se alinean cada día para que podamos entender esa profunda enseñanza de empoderar al otro con la gracia y el don de la generosidad, a sabiendas de que el espíritu que nos anima es Uno con diferentes rostros. No dudéis en alejar de vosotros el miedo. La esperanza siempre es más fuerte y poderosa. No dudéis en dar la mano al otro, en ayudar al otro, en vencer y ser victoriosos con ello en el reino del amor.

Nosotros seguimos humildemente trabajando en silencio. La casa de acogida sigue mejorando día tras día, a pesar de la complejidad que entraña conservar una casa del siglo XVI. Una de las novedades de este invierno es que por fin tenemos calefacción en algunas habitaciones y por fin hemos podido ampliar el sistema fotovoltaico para no quedarnos sin luz a media tarde. Un pequeño grupo de amigos y voluntarios apoyan el lugar con las labores de mantenimiento, a la espera de que pronto llegue la primavera y podamos abrir el proyecto. Si las cosas van bien, esto ocurrirá el 21 de marzo, coincidiendo con nuestro séptimo aniversario y con el inicio del proyecto de la construcción material y pedagógica de la Escuela Dharana, una Escuela de Dones y Talentos, de Meditación, Estudio, Servicio y una Escuela de Misterios para poder interrogarnos sobre aquello que es más grande que todo lo que podamos abrazar o comprender.

El Grupo Simiente Escuela sigue avanzando. Ya se ha formado un grupo de coordinación y otro de construcción, a la espera de que el resto avance. Financieramente este será un año difícil, parecido al anterior, pero esperamos poder al menos mantener la llama vida, cargada de fe y esperanza, y consagrando nuestro modelo de economía del don, inclusive en tiempos difíciles. Todo un reto, toda una inspiración.

Si las cosas van bien, este año intentaremos solicitar los permisos de obras para la Escuela gracias al maravilloso trabajo que los arquitectos están realizando.  Si conseguimos esos permisos, la idea es que antes de que finalice este año, podamos haber realizado el vaciado de la planta sótano de la Escuela, y empezar así el año que viene con las obras. Este es el propósito y este es el plan.  Si todo va bien, pronto tendremos 24 habitaciones privadas para potenciar los programas pedagógicos de la Escuela, y cocrear así la alquimia necesaria para este nuevo tiempo. Un mundo nuevo está naciendo, y queremos ser partícipes del mismo para que, como Anna, mucha más gente vuele otra vez con fuerzas, junto al poder de un amor que no es de este mundo, un amor indestructible y compartido.

GRACIAS POR TU APOYO. GRACIAS POR HACERLO POSIBLE…

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La cadena áurea y su linaje espiritual


Accolade, Edmund Blair Leighton

 

Las distorsiones de la personalidad ya no pueden confundirnos, ni atraparnos, ni doblegarnos. Ahora tenemos ya la confirmación, el anhelo, la fuerza que nace de la visión de nuestras almas liberadas. En medio de todo ese ruido, en mitad de las necesidades de la personalidad y sus diez mil pequeñas cosas, cada vez se hace más fuerte la llamada al servicio, el inequívoco reencuentro del linaje, de la estirpe de aquellos que sobrevivieron al primer diluvio y anduvieron hacia las tres direcciones señaladas, siempre hacia el Oriente, conquistando grandes montañas y resguardando el Secreto.

Ya nacen de nuevo esas pequeñas albercas, esas fuentes de agua viva, esos pozos de Jacob con ese hermoso encuentro entre tan diferentes realidades. Ya pueden de nuevo verse esos nacimientos de agua viva: el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se hará en él una fuente de agua que brote para vida eterna, dijo el avatar, el más grande entre los grandes.

Y ahora de nuevo volvemos a despertar, no solo en esta luna de acuario, sino en todas las siguientes lunas, las cuales nos harán recordar nuestro linaje solar, nuestra armadura y lanzas, nuestras batallas una y otra vez con escudos solares, promulgando aquí y allá el nacimiento, época tras época, del alimento que brota de manantiales y fuentes. A pesar de las distorsiones de este tiempo de oscuridad, muchas empiezan a reconocer dentro de sí esa ascendencia y ese tributo para resucitar la cadena áurea.

Los testigos del conocimiento original despiertan inevitablemente de nuevo, protegiendo el Aula de Sabiduría que nació del arcano colegio invisible de sabios. Los dragones se reencuentran, los caballeros empuñan de nuevo la espada y la rosa y los monjes-guerreros reconstruyen con sus manos los templos que otros derribaron. Los Pobres Compañeros crean de nuevo sus encomiendas. Los observantes y frailes menores retoman sus hábitos, aún tímidos, y remueven la tierra con sus manos buscando fruto. Los discípulos e iniciados dan muerte al buey y prosiguen sigilosamente los caminos alentando a unos y a otros, gritando en silencio para que despierten, más allá de dónde canta el gallo, el resto de obreros. La rosa se reencuentra una vez más con los ciclos de la cruz, y el hermético secreto vuelve a florecer entre los llamados hierofantes y sus gnósticos acompañantes.

Es la Gracia de los tiempos, la barakah revelada, la anunciación que a grito de alma hace resucitar a los dormidos, a los dolientes, a los que nunca olvidaron su verdadero linaje. Despiertan las luces nocturnas, los guías de las razas, las almas libres llegadas de todos los confines. Suenan de nuevo las trompetas y se alza la mirada a los cielos esperando la nueva revelación. Ejércitos de miríadas renacen, se reconocen y se ponen manos a la Obra, a la Gran Obra. Hay mucho por hacer, y pocas las manos. No hay tiempo que perder, los Tiempos lo reclaman. La cadena, una vez más, continua en su dorado amanecer. ¡Despertad! ¡Reconoceros! ¡Hollad los caminos juntos!

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La innegable capacidad destructora


“Pero existe algo que el tiempo no puede, a pesar de su innegable capacidad destructora, anular: y son los buenos recuerdos, los rostros del pasado, las horas en que uno ha sido feliz”. Julio Cortázar

Es de consejo apropiado alentar a los que atraviesan malos momentos, sobre la necesidad de reactivar las energías que desprenden sus cuerpos abatidos a base de paseos y carreras. Algo tan simple y aparentemente nimio, puede salvar vidas. Así que hoy, tras la tregua entre tempestad y borrasca, con día soleado, corríamos por la senda larga, aquella que atraviesa la antigua aldea, el bosque de los ancianos, el prado de las hadas y algún que otro rincón secreto entre abedules, castaños y fuertes robles. El agua corría por todas partes gracias a las fuertes lluvias, y aunque aún es invierno y hace frío, podíamos ver los primeros tímidos brotes verdes en las delgadas ramas que rozaban nuestros cuerpos.

Interiormente nos encontrábamos ante dos difíciles noticias. Ambas capaces de destronar al más fuerte de los reyes, al más astuto de los héroes y al más intrépido de los generales de cualquier batalla. Así que respirábamos profundamente, cerrando los ojos y atravesando la puerta estrecha de este momento con prudencia, en silencio, con lealtad a los propósitos que a este año habíamos ofrecido. Todo son enseñanzas, todo son ajustes, todo es necesario.

Minutos antes, mientras salíamos de la cabaña, observábamos despacio cada detalle del paisaje. Los patos, las gallinas, los árboles, la frondosa hierba… Un poco más arriba, los bosques, las montañas aún nevadas y el agua por todas partes. La innegable capacidad destructora del tiempo no había anulado la esperanza y la fe en poder conciliar todo lo que en este instante se había roto. Imaginábamos poder abrazar a los enemigos, a los que nos odiaron, a los que nos maldicen en las noches oscuras. Nos obligábamos a redimir todo aquello que había causado mal, y a mitigar en el futuro la fatiga del necesitado, del hambriento, del que, desconfiadamente, había situado el mal en un lugar equivocado.

En el paseo anocheció. El frío era compensado por la belleza que colmaba cada imagen, cada relato, cada paso dado. No ocurrió nada especial, excepto que llegamos al mismo punto de partida. Los patos y las gallinas esperaban que cerráramos las puertas. Volvimos a la cabaña, y solos, mi alma y yo mismo, cerramos los ojos para escuchar la travesía del tiempo, la escaramuza de las horas, el porvenir incierto, la flaqueza del pasado, los errores que aún deberemos cometer, y ese sin fin de relatos que nacen cuando el alma te arrastra a pasear y, con ese plural corporativo, no tienes más remedio que envejecer juntos.

Miramos las manos frías y agrietadas, el rostro cansado tras las siembras del último día menguante, el trabajo aún por hacer. Queda poca leña y algo de invierno. Aquella mujer nos salvó del frío, pero al mismo tiempo, nos llevó hasta la noche helada. La recordamos con cierta melancolía mientras cerramos las canillas al llanto, en la bruma nocturna, esperando aún inocentes el cándido aroma a hogar añorado que nunca fue. Nos sentamos en el sillón que llamamos de los buenos ratos, porque es ahí, junto al fuego, donde calentamos el trozo de vida merecedora. Y es ahí donde contemplamos el mundo desde un aleph borgiano diferente, desde una visión altanera, compacta, sensoria, escudriñando siempre el lejano horizonte, su infinito. Es ahí, en ese lugar, donde todo parece perecer, donde el mundo deja de girar y el universo entero se contempla entre suspiro y aliento. Es en la trémula noche de invierno cuando la esperanza equinoccial se presenta cada día más posible y soportable. Seguiremos, alma y ego, solos, apartados del mundo, sigilosos e invisibles. Seguiremos paseando porque es un consejo apropiado, una necesidad para reactivar la parte más etérica de nuestros cuerpos, esa que nos conecta con el principio vida a base de movimiento, ritmo y cadencia. Algo tan pequeño puede salvar vidas. Algo que nos lleva a los buenos momentos, a los rostros pasados, al punto en el que la leña se acumuló y las ausencias helaron esta estancia. Sí, seguiremos paseando, recordando las horas en las que por un instante, fuimos felices.

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Construyendo el conciliábulo secreto


Antiguamente, fueron transmitidos los más profundos secretos. Desde tiempos inmemoriales se entregaron en sociedades secretas arcanos misterios. Tan solo aquellos que habían pasado por una dolorosa iniciación, eran verdaderos recipiendarios de los mismos. Ahora ese dolor sigue igual de agudo, estrecho, penetrante, pero más oculto si cabe. Los escuchamos en la canción de cuna nórdica. En los aullidos de lobos lejanos, en la nieve, el fuego, en el temblor de los árboles mecidos por la inclemente tempestad, y en los suaves pasos de peregrinos que incesantes, se reúnen una y otra vez en los bosques.

Todo se conjuga por fuera como un momento de destrucción desolada, acompañado, paradójicamente, por un momento de eterna calma en el interior, junto al fuego. La soledad se hace aguda, pero ahora es llevadera, incluso agradable ante las sombras del ímpetu. Hay un punto de quietud donde la necesidad desaparece y donde los ritmos se vuelven calmos, atrayentes, simpáticos. Por fuera todo se cae, mientras que por dentro todo se reconstruye. Es una sensación hermosa, que nace de otro lugar, de otro tiempo, más cercanos a los aullidos de los lobos lejanos y la nieve, más próximos a la ocultación del misterio y, por lo tanto, a su protección inevitable, una y otra vez, por los siglos de los siglos.

Es cierto que la fragua y el cobertizo han cambiado, pero solo es una ilusión. Son la misma fragua y el mismo cobertizo de todos los tiempos. Unos pasos más allá, junto a la logia ahora de piedra antigua, se encuentra el conciliábulo, aún por construir. Será secreto, y tal vez, su masa crítica será invisible para los ojos profanos. Pocos comprenden la necesidad de dicha construcción. La piedra es un símbolo, pero también es un proceso, un receptáculo, una gorra mitraica para los misterios. Los antiguos conocían el secreto de construir con piedras vivas, que sirven, en otros planos, como imanes o antenas que atraen las fuerzas cósmicas que resplandecen desde los siete rayos de aspecto y atributo. Los siete constructores creadores no son herejes ni cismáticos, pero es cierto que se reúnen en secreto, y en el futuro conciliábulo, en la gran casa común, encontrarán refugio para la adoración en común de sus dioses especiales. Allí habrá un pequeño altar y también la incomprensible cámara del medio, protegida siempre por tres luces.

Para que todo sea efectivo, debe tratarse con discreción. Se debe recordar el arte de construir la gran casa de todos sin ofender a los espíritus de los árboles abatidos. El arte de forjar metales para poder conciliar a los espíritus hostiles. Los secretos de los alimentos y los de las ceremonias que aseguren su éxito. El arte de enseñar el origen de los misterios y la manera secreta de mantener a raya la naturaleza oscura de los que transitan por el lado tenebroso. Todas aquellas cosas que fueron en el pasado remoto artificios y oficios que requerían del secreto para ser efectivos, ahora deben tratarse aún con mayor cuidado y recelo, pues estamos en los tiempos de la tribulación, y la destrucción creará confusión y un profundo sentido de desorientación.

Todo se destruye ahí fuera, excepto el calor del fuego remoto, perdido en los bosques. Los arcanos misterios resuenan temblorosos en los arrullos de las largas noches. Pacientes, se espera el momento para poner la primera piedra, la que llaman angular. Ella guardará a aquella rosada misteriosa, escondida ahora en lugar secreto, protegida. Tierra, cimientos, estructura, vacío. Todo para cobijar el misterio. Todo para dar espacio a la luz cubierta, al fuego, al aullido, al canto cósmico creador.

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Los tipos de consciencias en la evolución humana


Hay diferentes tipos de consciencias, diferentes modos de ser, diferentes realidades y diferentes vías de evolución. El tipo de consciencias se pueden dividir en siete, dependiendo del poder de adaptación consciente a las circunstancias que nos rodean y de nuestra capacidad de ver más allá de las formas que nos aprisionan en la materia.

1. La primera consciencia tiene que ver con la adaptación inconsciente al medio ambiente. Estamos hablando aquí de la consciencia básica del homo-animal que se rige aún únicamente por el instinto más primitivo. Son personas que viven solo para la subsistencia material y la reproducción, basando sus vidas en ello, sin ninguna otra motivación.

2. En esta segunda etapa, nace la consciencia en el ser humano que empieza a tener ciertos destellos de percepción inteligente y alguna actividad mental más allá de la propia adaptación al medio. Aquí estamos hablando del primer contacto con el egoísmo y el amor propio. Existe mayor consciencia del “yo”, y por lo tanto, una mayor independencia, habilidad y astucia para ver aspectos del ser más allá de la pura subsistencia.

3. A partir de aquí, pasamos a la etapa de la consciencia puramente egoísta. El ser humano empieza a tener móviles más allá de la pura subsistencia, pero se rige exclusivamente por el deseo de tener comodidad en todos los sentidos, material, emocional e intelectual. Se lleva bien con todos y se adapta a todas las circunstancias, pero desde la consciencia egoísta, sin mayor implicación que esta.

4. En este tipo de consciencia empieza a nacer la consciencia grupal no instintiva. Existe el reconocimiento de grupo más allá de los puros egoísmos personales y un primer reconocimiento de los derechos y sensibilidades de los otros. Es donde empezamos a interactuar con los otros de una forma más desapegada hacia los resultados.

5. A partir de esta fase evolutiva nace la consciencia del ser humano realmente bueno, que intenta adaptarse a las relaciones y responsabilidades grupales desde la inofensividad y el trato constructivo. Ya no basa únicamente su vida en actitudes egoístas, sino que va explorando poco a poco posibilidades de ayuda mutua y cooperación grupal.

6. Aquí tenemos a los aspirantes de aquellos que anhelan realizar un trabajo más profundo sobre su propia consciencia. Están completamente entregados al trabajo grupal en sus diferentes aspectos y siente la necesidad de ser completamente útiles a esta labor. Es cuando nace la necesidad de realizar un trabajo consciente para disciplinar la naturaleza inferior, instintiva, egoísta y de supervivencia para poder aspirar a un trabajo de mayor responsabilidad y compromiso. Se puede decir que es a partir de aquí cuando el ser humano empieza a tener cierta consciencia “espiritual”, es decir, consciencia de pertenecer a algo superior a sí mismo. Es cuando empieza un verdadero entrenamiento para acceder a sus poderes latentes con la intención de poner dichos poderes al servicio grupal. Nace entonces cierta llamada, aún confusa y débil, que lo guía en la búsqueda de este nuevo sentido más allá de sí mismo.

7. En este tipo de consciencia tenemos a los que en la tradición antigua se denominaban discípulos e iniciados. Son los que han alcanzado cierto grado de evolución significante y su interés ha dejado de ser personal, dedicando sus vidas al desarrollo, necesidad, propósito y evolución grupal. Enfocan su atención mental en la vida “espiritual” y en el aún desconocido mundo de las almas. Son aquellos que conocen la Gran Obra, y disciplinan sus vidas personales para ser unos perfectos constructores de la misma. Intuyen y conocen el Plan, actuando en cada momento y época según las necesidades del mismo. Es la consciencia de los llamados hermanos mayores de nuestra raza humana o también conocidos como los grandes compañeros, los guías que con su trabajo silencioso y su ejemplo debe acompañar al resto desde la inconsciencia a la consciencia de lo que realmente somos. Son los que unifican y no dividen, los que integran y no destruyen. Son los verdaderos constructores de la raza humana.

Sintetizando podríamos decir que hay dos caminos bien definidos, los caminos de la personalidad y sus necesidades, y los caminos del alma y sus propósitos. Ese que llaman el camino del alma es lo que algunos conocen como el camino del corazón, porque da respuestas a algo que nos supera como personalidades. Ya no servimos, de alguna manera, a los intereses egoístas que todo individuo posee, sino que nos aferramos a una causa mayor que en la mayoría de los casos, por nuestra falta de visión, no podemos ver ni entender en su conjunto. Pero ahí está el alma, susurrando a nuestro corazón, para que tomemos ese difícil camino, inevitablemente, a medida que nuestra propia consciencia se va expandiendo. Algunos lo llaman el toque de clarín, otros la llamada, y una vez sentido, dejamos de ser esclavos de las necesidades de la personalidad y nuestros inconscientes egoísmos y sentimos la liberación que este tipo de consciencia nos ofrece para evolucionar.

En el mundo de los arquetipos, esto es conocido con el nombre del “secreto de traslación”, relacionado muchas veces con el poder de elevación y libertad que ejerce la aspiración espiritual. No hablamos aquí de una ciega y a veces inútil aspiración emocional, sino más bien de un proceso evolutivo que tiene que ver con nuestras conciencias y nuestra cada vez mayor evolución como seres humanos. Esta transfiguración es una liberación, subordinando nuestras vidas a la expansión ininterrumpida de la consciencia grupal.

 

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«Respice post te, hominem te esse memento» (Mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un humano)


Vanitas (1636), de Antonio de Pereda, Museo de Historia del Arte de Viena

 

“Para cuidar de los demás y servir al cielo, lo mejor es la moderación. La moderación empieza con la renuncia a las ideas propias. Esto depende de la Virtud que se haya acumulado en el pasado. Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites”. Tao Te King

Memento mori (“recuerda que morirás”) es un recuerdo constante hacia la fugacidad de la vida, hacia lo temporal de nuestra existencia. Lo repetían los esclavos a los triunfadores romanos, especialmente al triunfante Marco Aurelio cuando desfilaba victorioso por las calles de Roma: “recuerda, solo eres un hombre, mira siempre hacia atrás”.

¡No hay nada nuevo bajo el sol! En los templos, uno se postra una y otra vez. En las primeras iniciaciones, el recipiendario se inclina en sus primeros pasos hacia el altar de consagración. No cabe la soberbia, no entra el orgullo, solo somos humanos, y solo el alma inmortal que nos habita puede ser consagrado en el verdadero templo, ese templo de piedras vivas. Recordar nuestras limitaciones nos arrodilla ante el altar de la existencia. La vanidad y el hinchazón de creernos por encima de las circunstancias a veces degrada nuestras vidas. La humildad siempre es la señera del triunfo espiritual. Una vida humilde en todas sus condiciones, en todas sus esferas. Es la humildad, y no la soberbia, la llave del triunfo espiritual. Es el silencio y no el ruido de las batallas mundanas el que nos elevará hacia el verdadero trono.

De nada sirve dedicar una vida a la punta de un iceberg cuando tienes la oportunidad de bucear en toda su profundidad… Más, si somos sabedores de que el verdadero poder radica en aquello que el derecho romano llamaba auctoritas, habremos entendido el meollo de la vida. No hay mayor poder que la sabiduría legitimada, la autoridad moral que deriva del respeto y el reconocimiento. Su contraparte, la potestas, nunca es un poder real, sino más bien un poder burócrata, temporal, limitado. Viene con un cargo, no con un reconocimiento. Cuando el cargo desaparece, también desaparece el aparente poder.

Un buen líder tiene auctoritas. La auctoritas permanece, la potestas es temporal y desaparece. El postestas logra la sumisión de otros mientras dura el cargo o rango adjudicado temporalmente por otros. El auctoritas conlleva el respeto que nace de su propia fortaleza, de su ejemplo, de su templanza en los momentos más difíciles. No es valiente el que tras un cargo o un rango temporal ejerce poder, sino el que, sin cargo y sin rango, ejerce poder sobre el resto. Pero un poder inclinado, silencioso, incluyente, justo. La verdadera autoridad, el verdadero poder nace siempre de la templanza, del amor, del interés real por el otro, de la humildad.

Por eso el camino de la moderación y la virtud serán siempre estrechos, más poderosos que cualquier otro que tenga que ver con la vanidad o la ambición. El poder radica en la fuerza que somos capaces de transmitir, en aquello que somos capaces de inspirar en el otro desde el amor y el respeto. Y esa fuerza proviene siempre de ese más allá que nace del centro de cualquier infinito. ¿Qué clase de virtud hemos acumulado en el pasado? Si se tiene un acopio de Virtud, no hay nada imposible. Si no hay nada imposible, no hay límites…

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DOMANDO AL BUEY. Una visión de la iluminación budista


En los prados de este mundo, buscando al buey, sin descanso, voy apartando las altas hierbas. Siguiendo ríos sin nombre, perdido entre los confusos senderos de lejanas montañas, desesperado y exhausto, no puedo encontrar al buey. Oigo únicamente el canto nocturno de los grillos, en el bosque.

 

El pastor de bueyes busca, luego doma, monta y finalmente transciende a un obstinado buey. Esta parábola representa uno de los más importantes principios del Budismo Zen. Bellamente ilustrada en pinturas, esta famosa historia decora las paredes de los templos por toda Corea. Originalmente desarrollado por el maestro del budismo Zen (Son en coreano) en China durante la Dinastía Sung (960-1280) las series de pinturas de la Doma del buey (llamada shim-oo-do en coreano) usan la metáfora de un pastor de bueyes y un buey para ilustrar los estados del progreso espiritual hacia la budeidad o iluminación. Debido a la propagación de enseñanzas Zen, las versiones de la serie de pinturas abundan en Japón, a menudo con comentarios, algunos discursivos, algunos lacónicos, muchos en verso.

En la primera pintura de la serie, subtitulada La Búsqueda del Buey, el buey en sí mismo no se ve. En cambio, vemos un hombre, el pastor de bueyes, buscando en un amplio paisaje cubierto de bruma. Como la bruma sugiere, la visión del mundo del pastor es confusa y distorsionada. Confundido por sus sentidos, distraído por sus pasiones, ha perdido contacto con su verdadera naturaleza. En las palabras de un comentador clásico del siglo XII, el monje Zen Kakuan, de la escuela Rinzai: “El deseo por ganar y el miedo de perder queman como el fuego, las ideas de correcto y equivocado aúllan como un ejército”. Aunque no se de cuenta todavía, el objeto que busca el pastor de bueyes, que de algún modo siente que ha perdido o de que se ha sido separando, es su verdadera naturaleza. En las palabras de Kakuan: “El buey nunca se había perdido, así que, ¿cuál es el uso de buscarlo?” Nosotros no vemos al buey porque hemos caminado en dirección contraria a nuestra verdadera naturaleza.

Junto a la orilla del río, bajo los árboles, ¡descubro sus huellas! Incluso sobre la fragante hierba veo sus pisadas. Y en lo profundo de las remotas montañas también se las encuentra. Su rastro a nadie puede pasar desapercibido.

 

En la segunda pintura, Mirando las Huellas del Buey, el pastor encuentra las huellas. Está en la pista del buey. Por el estudio, la meditación y las experiencias ha llegado a entender algo: “Ahora él sabe que las cosas, a pesar de su multitud, son de una sola sustancia, que el mundo objetivo es un reflejo del yo mismo”. Aunque él no puede ver todavía al buey, conoce su presencia. Ha tenido una visión de su origen en su dolor y confusión, una intuición de que estos pueden ser transcendidos

En la enramada lejana, un ruiseñor canta alegre. El sol es cálido, la brisa suave, los sauces verdean a lo largo de la orilla del río. El buey está ahí, ¿cómo podría ocultarse? ¿Qué artista sabría dibujar esa espléndida cabeza, esa majestuosa cornamenta?

 

El buey hace su primera aparición en la tercera pintura, Viendo al Buey. No mucho en realidad, ya que está oculto en la espesura, solo se puede ver una parte de él: fundamentalmente marrón con algunas trazas de blanco, que dan una idea del aspecto simbólico del animal. “Cuando el ojo se dirige adecuadamente encontrará que no es otra cosa que él mismo”. Lo que el pastor de bueyes ha percibido, de acuerdo al comentario es que nada existe fuera de sí mismo. Reconociendo que no hay distinción entre sí mismo y el mundo, está en camino de disolver las confusiones nubladas del ego y percibir que no es una entidad individual y separada.

Lo atrapo tras una implacable lucha. Su ruda voluntad y su fuerza son inagotables. Y se lanza hacia la colina distante, tras las lejanas brumas. O se dirige hacia un barranco impenetrable.

 

El buey es capturado en la siguiente pintura, Cogiendo al Buey, pero no está todavía domado en su totalidad. Su color es crecientemente blanco, lo que indica una espiritualidad mayor, pero su naturaleza salvaje permanece sin gobierno. La pintura ilustra la lucha: la batalla por trascender el ego. El domador de bueyes ha alcanzado su propia agresiva naturaleza, dominada por los sentidos y está luchando por controlarla. En las charlas esotéricas de los monasterios zen, domar al buey siempre ha significado tratar de subyugar la propia naturaleza sin gobierno de cada uno. Esto, el objetivo esencial del ejercicio Zen, es algo que no es sencillo. Kakuan describe esta lucha en un verso: “Con la energía de toda su alma, al fin ha conseguido tomar al buey: Pero, ¡qué salvaje es su voluntad, ingobernable su poder!”

Necesito del látigo y la soga. De lo contrario podría escapar en los polvorientos caminos. Bien adiestrado, es de espíritu dócil. Entonces, sin dogal, obedece a su dueño.

 

La quinta pintura, Domando al Buey, continúa con el tema de la lucha espiritual por la trascendencia del ego. El buey aparece más dócil y su color blanco se ha extendido, pero la búsqueda por la iluminación no ha acabado; el pastor y el buey no son todavía uno. El comentario de Kakuan a esta pintura nos proporciona un discurso excepcionalmente claro sobre los objetivos y frustraciones del ejercicio espiritual del Budismo Zen: “Cuando un pensamiento se mueve, otro lo sigue, y luego otro hay de esta forma una cadena interminable de pensamientos. A través de la iluminación todo esto se vuelve verdad: pero la mentira se intentan afirmar cuando la confusión prevalece. Las cosas nos oprimen no porque son parte de un mundo objetivo, sino porque son parte de nuestra propia mente engañada. No dejemos que esta cuerda se libere, mantenedla firme y no te permitas indulgencias. Nunca te dejes a ti mismo separarte del látigo y de la traba para que el buey no vague en el mundo de la deshonra. Cuando está adecuadamente domado, crecerá puro y dócil. Incluso sin cadenas te seguirá fielmente”.

A lomos del buey, lentamente regreso a casa. El son de mi flauta llena la tarde. Marco con la mano la armonía que me acompaña, y dirijo el ritmo eterno. Quien oiga esta melodía me acompañará.

 

Y tal exitosa doma, con pureza y docilidad es ilustrada bellamente en la siguiente escena, Montando al Buey hacia Casa, con el pastor de bueyes tocando calmadamente una flauta, sentado encima del buey, ahora casi de un blanco inmaculado. “Sus ojos están fijos en cosas que no son de este mundo. Incluso si se le llama, él no torcerá su cabeza, aunque sea tentado, no regresará. Él es ahora uno de los que sabe, ¿es necesario decirlo?”. Esta es, sin duda, la más conocida de las pinturas del pastor de bueyes. El pastor bendecido, tocando la flauta sobre un buey casi blanco está entre los motivos más populares del arte inspirado en el Budismo coreano. Desde camisetas a ceremonias del té, la rendición del Montando el Buey hacia Casa tiene su lugar en todos los estratos de la cultura coreana.

Montado sobre el buey, vuelvo a mi hogar. Estoy sereno. El buey también puede descansar. El alba ha llegado. En este dulce reposo, en mi cabaña, dejo a un lado el látigo y la soga.

 

Pero el buey, desde luego, nunca fue real, como la siguiente pintura refleja, El Buey Transcendido/ El Pastor de Bueyes solo, que muestra al Pastor en una plácida soledad. “Montando en el Buey, por fin, ha llegado a casa. ¡Dónde! El buey no está más, y que serenamente se sienta en soledad”. Habiendo recuperado su verdadera naturaleza, esto es, la trascendencia de su ego, la percepción de su unidad con el mundo, el pastor de bueyes no necesita más al buey simbólico. “Lo que necesitas no es la trampa o la red, sino la liebre o el pescado” es como Kakuan lo señala. Otros comentaristas Zen citan al Sutra Surangam diciendo que las enseñanzas del Budismo son “como un dedo que señala la luna; una vez que la luna se ha visto, el dedo no es ya más de utilidad”. O, en una formulación budista moderna: “Cuando has entendido el mensaje, puedes colgar el teléfono”.

El látigo, la soga, uno mismo y el buey, todos, se funden en la Nada. Este cielo es tan vasto que ninguna palabra lo puede abarcar. ¿Podría un copo de nieve subsistir en el ardiente fuego? Aquí están presentes los vestigios de los antiguos maestros.

 

Y para el observador, que busca el significado de las pinturas, el pastor de bueyes, también es meramente simbólico. En un verdadero estado de iluminación, él no es más un individuo distinto al gran orden universal. De hecho, el universo en sí mismo es una unión infinita sin separación entre la mente y el sí mismo, sin ningún dualismo. De esta manera, en la siguiente pintura, El Buey y el Domador Transcendidos, no vemos al buey, ni al domador, no hay ningún elemento figurativo. En cambio, la pintura muestra un círculo vacío, el símbolo esencial del Zen de plenitud. Los maestros Zen Chinos han dicho que dibujar círculos en el aire con sus dedos es como un recuerdo del objetivo de su búsqueda espiritual, lo mismo que los cristianos hacen con el signo de la cruz. Este círculo vacío que todo lo contiene y todo lo transciende es la pintura final en las primeras versiones de la Doma del Buey, pero maestros posteriores, preocupados por el que la imagen pudiera favorecer un falso entendimiento de la iluminación budista como simple inactividad y vacío pasivo, sumaron a la serie otras pinturas para mostrar el retorno del pastor de bueyes al mundo. De esta manera, en muchas versiones la siguiente pintura muestra una escena de montañas, nubes y árboles sin sujetos animados.

Se han dado demasiados pasos para volver a la raíz y la fuente. ¡Más habría valido ser ciego y sordo desde el principio! El hogar en la más verdadera morada de uno mismo, indiferente a las cosas exteriores. Sin esfuerzo, fluyen las aguas del río y las flores son rojas.

 

Esta es seguida comúnmente por una pintura final En el Mundo, de un ser humano, presumiblemente el domador de bueyes, pero a menudo considerablemente transformado. En muchas versiones aparece como un monje ascético, meditando en la posición del loto en los altos de una montaña. Otras versiones ofrecen un retrato más mundano, sugiriendo una misión después de la iluminación para servir a otros y compartir los frutos del entendimiento: “Él se encuentra en compañía de comerciantes y carniceros; él y ellos, están todos convertidos en Budas”. Esto está en concordancia con el principio esencial del Budismo Mahayana: la iluminación individual no puede ser considerada completa mientras queden seres sufriendo en el mundo. De aquí que la idea del Bodhisattva que alcanza la iluminación, pero en vez de escapar al renacimiento, elige renacer de nuevo caminando en ayuda de otros seres vivos hasta que todos sean liberados.

Descalzo y con el pecho desnudo, me mezclo con la gente del mundo. Mi ropa está remendada y cubierta de polvo, y soy más dichoso que nunca. No uso magia para alargar mi vida, pero ahora, ante mí, los árboles marchitos se cubren de flores.

 

Describir el proceso de iluminación a los no iluminados es una tarea claramente complicada. Explicarlo con el lenguaje es, según la frase deliciosa de Sam Goldswyn: “en dos palabras: ¡imposible!”. La imaginería visual y metafórica puede trascender el lenguaje y llevarnos un poco más lejos, pero hasta un límite. Como un texto de la era Tang dice: “Esta materia no puede ser mostrada con la mente y no puede ser conseguida sin la mente; no se puede contar con palabras y no puede ser reflejada por el silencio”. De cualquier manera, las pinturas de la Doma del Buey en las paredes de los templos budistas coreanos, junto con su deliciosa capacidad evocativa, nos ofrecen intrigantes intuiciones al respecto.

Por David Kosofsky

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¿Serán como nosotros, compuestos de carbono y nitrógeno?


La creencia común de que el Universo posee numerosas civilizaciones avanzadas tecnológicamente, combinada con nuestras observaciones que sugieren todo lo contrario, es paradójica, sugiriendo así que nuestro conocimiento o nuestras observaciones son defectuosas o incompletas. (Paradoja de Fermi)

Según los expertos vivimos en lo que algunos llaman la Tierra Especial. Nuestro Sol es solo una estrella solitaria en la abundancia de 7×1022 estrellas en el universo observable, nos dice la ciencia. La Vía Láctea es solo una de entre las 2 000 000 000 000 de galaxias observables por nuestra limitada tecnología. Una mente limitada podría imaginar que la vida pudiera tan solo componerse de los mismos materiales que la vida presume en nuestro planeta, una minúscula mota de polvo estelar circundando un anónimo Sol. Aún a pesar de la infinita diversidad que la vida despliega en nuestro planeta, cuando imaginamos a seres de otros mundos, siempre lo hacemos con la torpeza ingenua de pensarlos a nuestra imagen y semejanza. Incluso en algunas atrevidas taxonomías, los incluyen altos y de ojos azules.

No hace mucho apareció en los cines una película, Arrival (La llegada) que nos dejó un poco impactados. En esa película, unos seres altamente evolucionados tenían forma de pulpos. Esa forma de presentar vida inteligente extraterrestre resultó como mínimo impactante para el temible etnocentrismo antropomorfo. Pero ahora la pregunta va mucho más lejos: ¿serán como nosotros, compuestos de carbono y nitrógeno?

Descartamos aquí la pregunta de si existen o no, siguiendo con la paradoja de Fermi. Un universo tan increíblemente infinito y una vida tan increíblemente compleja deja poco espacio para el azar. El azar de que exista vida tan solo en nuestro planeta competiría inexplicablemente con la infinitud de soles, galaxias y mundos, sin contar aquí la posibilidad de dimensiones paralelas o universos aún no detectados por nuestros sentidos más agudos que pudieran albergar vida, cualquier clase de vida. La pregunta se amplia y se vuelve compleja si entendemos como vida a la unidad básica de carbono. El mecanismo vital de nuestro planeta está basado en los cuatro peldaños fundamentales de la espiral de ADN. ¿Cómo es posible que un ADN cuya esencia es un material inerte como el carbono produzca vida? Vida, inteligencia y consciencia.

Podríamos entonces imaginar, porqué no hacerlo, a extraterrestres que no necesiten de carbono ni nitrógeno para subsistir. Podrían ser ondas de luz, gases amorfos o neblinas en el cielo. ¿Una nube? ¿Un espectro? ¿Una irradiación? ¿Un pulpo? Las hipótesis que señalan que objetos como el famoso Oumuamua fue un artefacto extraterrestre podría ser verdad, pero igual de probable el que no lo fuera. Todos los textos antiguos siempre hablan de que los dioses llegaron de las estrellas. En nuestra ingenuidad primitiva, los dibujábamos subidos a “vimanas” o carros de fuego. Pero, ¿y si todo fuera aún más complejo y extraño?

Evidentemente esta reflexión se propicia a principios de nuestro siglo porque este año, probablemente, o el que viene, llegarán por fin los añorados extraterrestres. Tal y como se está sucediendo todo, es posible que en unos meses las famosas naves por fin aterricen. Pero planteemos otras hipótesis. ¿Y si los extraterrestres fuéramos nosotros? ¿Y si fuéramos nosotros sus hijos? ¿Y si la vida basada en el carbono solo fuera un tipo de vida, nada más que eso? ¿Y si la vida se desarrollara en otras dimensiones con otras características diferentes? Según la ecuación de Drake, en los últimos 7.500 millones de años en el universo observable han existido al menos 819 mil millones de civilizaciones con tecnología muy parecida a la nuestra en torno a una estrella de tipo G, es decir, parecida a nuestro Sol. Esta ecuación solo habla de la vida que pudiera formarse a partir de elementos como el carbono, pero, ¿y si hubiera otros tipos de vida? ¿Hadas, devas, ángeles, dioses todos ellos invisibles a nuestra limitada visión?

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Nacimiento, Bautismo y Transfiguración. Iniciación en el día de la oportunidad


Gustave Courbet, “L’immensità”, 1869.

 

En nuestro planeta existen dos tipos de iniciaciones. Las menores y las mayores. Podríamos decir que en nuestro ámbito más inmediato hay tres iniciaciones que nos afectan profundamente. En total se podrían enumerar hasta siete iniciaciones, pero podrían ser cinco o doce, dependiendo de la perspectiva y del nivel de comprensión de cada uno. Antes de llegar a ellas, hemos realizado una gran travesía por el desierto de la vasta experiencia espiritual. Hemos sentido la llamada del toque de clarín de nuestra alma, hemos sido probados antes de atravesar la estrecha puerta, y nos hemos convertido en meros aspirantes en todo nuestro caudal de vida.

Las tres primeras iniciaciones son fáciles de enumerar. La primera tiene que ver con el pleno control de nuestro aspecto material. La segunda con nuestro aspecto emocional y la tercera con nuestro aspecto mental. Dicho así, parecería algo simple, pero cada aspecto encierra dentro de sí pequeñas subdivisiones y subplanos que hay que tener en cuenta y superar poco a poco.

La primera iniciación, el Nacimiento en la cueva, tiene subdivisiones, momentos de tensiones y crisis que tienen que ver con el control completo no solo de nuestro cuerpo físico, sino también de la materia circundante. No tan solo de los instintos más primarios, sino además, del correcto mantenimiento de un cuerpo sano, puro y dócil al dominio del alma. Durante un tiempo, debe prepararse para la soledad, para la renuncia, para el desapasionamiento, para el autocontrol de sus centros motrices, productores, incluyendo una alimentación sana e inofensiva. La persona que se prepara para la primera iniciación debe alejarse de la gula, del tabaco, del alcohol y las drogas, del libertinaje sexual, alejándose en todo momento de las exigencias de nuestro cuerpo. Ese control crea sus propias rigideces y distorsiones, pero es necesario antes de continuar hacia adelante. Un cuerpo físico fuerte es imprescindible para soportar las fuerzas y las energías con las que más tarde vamos a trabajar, sea en los planos que sea, por eso, en esta primera fase, corresponde cierta exigencia en la dieta y en el control de todo lo que entra en nuestro cuerpo.

La segunda iniciación, también conocida como el Bautismo, es destacada porque constituye la crisis del control y dominio del cuerpo astral, de las emociones, de los deseos. Es quizás una de las más complejas de todas. El sacrificio y la muerte del deseo no ha sido totalmente comprendido. Elevar las emociones, mantenerlas puras y sin máculas y liberarnos del yugo del deseo del que tanto nos hablaba el Buda, forma parte de esta iniciación. La muerte de la ilusión no solo de nuestro yo sino de la ilusión del mundo es un punto álgido. Desprendernos uno a uno de todos los hilos que nos atrapan en lo ilusorio, de las trampas emocionales y de los apegos inevitables a la materia y el deseo es quizás la parte más compleja. Ese control añade necesidad de servicio y aspiración, además de una clara voluntad para progresar y ayudar al prójimo, pero siempre desde la inofensividad y la entrega.

La tercera iniciación, denominada a veces Transfiguración, tiene que ver no solo con el control mental, de nuestros pensamientos e ideas, sino, además, con la posibilidad de dirigir dichos pensamientos hacia la creación. Manejar la materia mental y aprender las leyes para construir pensamientos creativos mediante una correcta meditación e introspección, suele ser una de las tareas de esta etapa evolutiva humana. Todo este desarrollo ayuda al despertar espiritual mediante la intuición y la construcción, más adelante, del puente que nos acerca a la realidad del alma. Cuando el cuerpo físico es completamente puro y libre de interferencias, el cuerpo emocional estable, firme y cristalino y ejercemos cierto control sobre el cuerpo mental, es posible que podamos utilizar sin riesgos fuerzas y energías nuevas que antes escapaban a nuestra visión.

Ante la visión del alma, estas tres primeras iniciaciones son necesarias, pero menores. Es decir, es un completo dominio de nuestra parte más bruta para luego ejercer dominio sobre lugares más sutiles de nuestra existencia. Es un primer trabajo de devastación al que, por desgracia, pocos se atreven a hollar. La verdadera prueba empieza a partir de la cuarta iniciación, donde la persona que ha derivado su vida hacia el servicio requiere de mayores sacrificios personales y de una completa dedicación a una causa mayor aún no entendida del todo. La persona que recibe la cuarta iniciación, también conocida como la Crucifixión, tiene una vida compleja y de total renuncia, a veces difícil, tensa, penosa e intensa. Renuncia a todo tipo de estatus, comodidades, amigos, riquezas, reputación, posición social y a veces, incluso renuncia a su propia vida. A partir de la cuarta iniciación podríamos decir que empieza el ciclo de las iniciaciones mayores en nuestro planeta, esa en la que una vez que nos hemos conocido a nosotros mismos, podemos conocer todo el universos y sus dioses.

Muchas órdenes que actualmente se autodenominan iniciáticas no son más que una puerta de acceso a estas verdades, un espejo imperfecto del verdadero Aula de Sabiduría. Más allá de las iniciaciones simbólicas, estas puertas están totalmente alejadas de la primera y real iniciación. Para entender todo esto de forma desapegada, debemos observar nuestros impulsos y nuestro carácter de sacrificio. Sabemos que nos definen nuestras acciones, no nuestras palabras, y es ahí donde podemos ver con claridad en qué lugar real nos encontramos. Cada día es una oportunidad para ir despejando el camino, para hollar poco a poco la senda de la renuncia y el sacrificio. Un sacrificio aún no entendido, pero responsable de todo avance. Cada día es una oportunidad para enfrentarnos al verdadero ser que somos.

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Imbolc, desde el ombligo, la esperanza de la luz


 

En el mundo gaélico, es uno de los cuatro festivales estacionales: Samhain (1 de noviembre), Imbolc (1 de febrero), Beltane (1 de mayo) y Lughnasadh (1 de agosto). Podemos viajar a Irlanda, a Escocia o incluso a Galicia y escuchar alguna música común, algún espíritu primario. Puede sonar una marcha escocesa en la apertura de los ritos sagrados. Las gaitas, los tambores, el violín, el acordeón, el puntero, la guitarra, el clarsach… El Ceòl Mór y Ceòl Beag, la música grande y la música pequeña. La luz empieza a crecer mientras las pequeñas ovejas empiezan a ser gestadas. A mitad de camino entre Yule, el solsticio de invierno y Ostara, el próximo equinoccio de primavera, es tiempo de celebración en el mundo celta, en las tradiciones neopaganas y en el universo wicca, todas asociadas al Camino Verde.

Brighid se manifiesta en esta época como fuerza y diosa del fuego. Un fuego iniciático, naciente en los templos naturales del verde y la montaña, de los ríos que corren cargados gracias al deshielo. Es un tiempo de emoción porque la vida vuelve a latir, de forma latente, gestante, en los espacios que va dejando la nieve.

El sol alcanza quince grados en Acuario. La trémula noche empuja al silencio. Las tribus lejanas se reúnen mientras las almas danzan perturbadas por la inmensidad estelar. Hay que preparar el hogar para recibir a la diosa. Escudriñar los antiguos pozos de sabiduría y adivinar los presagios futuros. Es tiempo de profecía y acompañamiento. Algunas almas despiertas encontrarán a su familia y desfilarán por las acometidas del espíritu. El alma grupal que las conmueve guiará sus pasos hasta el reencuentro e, inevitablemente, se unirán para festejar la vida.

Los vientres de las mujeres tienen preparado el santo cáliz. Los hombres, con su vigoroso yugo, respiran profundamente para esparcir la semilla. Son los ciclos, que se combinan una y otra vez para que la vida perdure y coexista. Es tiempo de limpieza ritual, de preparación, de iniciación hacia una nueva orbe espiritual.

Encuentro, candelaria. Para los cristianos, es hora de ir al encuentro, purificarse, y encontrarse en el recinto sagrado, en el templo. Es tiempo de que nazca la Luz del Mundo. De que el mensaje de esperanza llegue a todos los rincones posibles. Las tradiciones se unifican y se abrazan en la festividad. Los grandes secretos se tejen en los tiempos y ciclos estelares. Los astros se conjugan una y otra vez para que el mundo reviva por siempre.

Si observamos estos días con detalle, veremos los primeros y tímidos brotes, escucharemos los cantos alegres de los primeros pájaros sobre las ramas. Quizás alguna tímida flor empiece a aparecer en los próximos prados. La hierba empezará a volverse fluorescente y la vigorosa naturaleza comenzará a expandir su dominio. Es un tiempo de disfrute, de contemplación, de observación. De nuevo, un tiempo sagrado, de instrospección, de preparación para los nuevos retos.

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Las dos cosas que nadie tiene: espacio y tiempo


 

Es necesario para mí vivir aquí solo, porque el silencio del bosque es mi novia y la dulce y cálida oscuridad del mundo entero es mi amor. Y del corazón de esta cálida oscuridad surge el secreto que solo en silencio se escucha. Pero es la raíz de todos los secretos que susurran todos los amantes de todo el mundo en sus lechos. Tengo la obligación de preservar la quietud, el silencio, la pobreza, el punto virginal de la pura nada que está en el centro de todos los demás amores. Cultivo silenciosamente esta planta, en medio de la noche y la riego con salmos y profecías en silencio. Se convierte en el más hermoso de todos los árboles del jardín, a la vez el árbol del paraíso primordial, el axis mundi, el eje cósmico y la Cruz. Thomas Merton

Y es así, orando, suplicando, como el silencio te arropa. Te embriaga la belleza inexpugnable de la bóveda celeste. Toda conjetura desaparece en los abismos de la quietud, rogando poder compartir, al menos con las estrellas o con el susurro del aire todas estas cálidas y dulces profecías.

En este eje de silencio y soledad nos sustraemos de todo sustento. Aquí hay dos de los mayores tesoros posibles. Por un lado, todo el espacio del mundo. Bosques y montañas conforman el abanico de habitaciones de esta infinita estancia. Por otro, tiempo. Un tiempo diferente, sincrónico, adimensional, alejado de la prisa y el temor. Hay un punto de conexión que converge entre el cielo y la tierra, entre el tiempo y el espacio. En este ombligo, en este lugar donde todos los puntos de la brújula miran, existe una comunicación entre los mundos superiores y los inferiores. De hecho, la comunicación resulta ser una sinfonía donde uno no sabría diferenciarlos. Se trata de una psicosíntesis, de un estado diferente, sin tiempo, sin espacios capaces de congregar todo cuanto existe. En esta geometría sagrada, solo existe anhelo.

Miramos hacia todas partes y nos encontramos con lo infinito. Se expresa en las montañas, en los árboles retorcidos por la nieve, en las columnas de humo y fuego que azotan los hogares en invierno, en los tallos circulares, agarrotados, y también en los vuelos nocturnos de la lechuza. Es un misterio poder ver las cosas de forma diferente, con esa visión que alarga la realidad hasta lugares imposibles. Es como si la proporción áurea se congregara al mismo tiempo con el sagrado fresno perenne de Yggdrasil, justo aquí detrás, casi invisible para los ojos profanos.

Nos gustaría, sobre cualquier pilar, construir un campanario. Los campanarios nos recuerdan el sonido creador, la inminente renuncia, el parar toda actividad para enfocar nuestra mirada al rezo y la contemplación. Construirlo es como un ejercicio alquímico, como una muestra de bondad hacia los designios del cielo incógnito. Los ríos, que ahora corren afortunados llenos de agua, imitan de alguna forma los ríos de la lava que corren en las entrañas de todos los soles. Y de igual manera, riegan nuestras venas esa rojiza mezcla de fuego y agua. Aunque no lo parezca, hay una profunda relación entre unos y otros. La lechuza, el campanario, el pilar, el tallo, el río, la sangre, el sol, el fresno y…

Y luego la puerta. La puerta de todo misterio, apartada del tiempo y del espacio que antes habitaba, quien sabe durante cuántos siglos. Una puerta que llevaba a alguna parte y que imaginábamos transformadora de mundos. La puerta siempre nos resulta misteriosa. Hay mundos y universos enteros tras cada puerta. Hay una fórmula, una iniciación, un descifrar los códigos. La puerta estrecha, la puerta pequeña, la puerta irascible. Toda puerta es un centro. Un lugar inhabitado, de tránsito, de prueba. Toda puerta, por lo tanto, es un lugar sagrado, por encima de todo. Y en ese tránsito, uno demuestra que no tiene nada. Uno sabe que ningún tiempo ni ningún espacio podrá nunca atraparte. Cuando no se tiene nada, y es ahí el misterio, se abraza todo. Las dos cosas que nadie tiene, el tiempo y el espacio, dejan de ser importantes. Y es así, orando, suplicando, como el silencio te arropa. Junto al fresno, tras la puerta, entre las montañas, bajo los árboles, en la orilla del río, hacia el sol.

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Poeta en Nueva York


Ha sido un esfuerzo de años, y al final ha merecido la pena. No sabríamos decir de qué forma se pueden tejer historias. Esta ha sido una historia tejida con esfuerzo y constancia. Primero porque Lorca nunca vio publicada su obra en México. Ya lo habían asesinado vilmente antes de que eso ocurriera. Segundo porque nunca pudo ver el éxito que esa obra cosechó. Y tercero porque jamás podría imaginar que, ochenta años después, otra editorial Séneca, esta nacida en su tierra, publicara la misma obra en edición especial facsímil.

Sentimos cierta emoción por el hecho en sí, por haber tejido la historia y de alguna forma, por ser, a partir de ahora, testigos de la misma. Cuando se mata a un poeta, se está matando algo más. Cuando la poesía muere, cuando la cultura envilece y se esconde, cuando el libre pensamiento debe apagarse a punta de pistola, algo más está muriendo, algo mucho mayor e intenso.

Pero la historia puede resucitarse. Puede acontecer de otra manera, se puede restituir, honrar, elevar. De alguna manera hemos querido hacer algo así. Honrar y elevar la poesía, ser testimonios vivos de un mundo que requiere resucitar a los poetas muertos. Por justicia, por honor, por necesidad. El mundo debe seguir soñando. Los poetas deben seguir mostrando el camino de las estrellas, de la esperanza, de la vida. Una vida que debe continuar aportando dosis de cultura, de belleza, de luz.

Hemos querido estar ahí, compartiendo aquellos momentos, resucitando al poeta muerto, rememorando un idilio entre el cielo y la tierra, ejerciendo de teloneros de una obra inacabada, pero necesaria. Si pudiéramos al menos con ello aportar nuestra pequeña estrofa, nuestro pequeño verso a este mundo necesitado, ya nos sentiríamos satisfechos.

Aquí está, por fin, Poeta en Nueva York. Un honor haber podido editar esta edición facsímil que celebra el ochenta aniversario de la primera edición realizada en México en 1940 por la primera Editorial Séneca. Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca. Una edición única y especial.

https://www.editorialdharana.com/catalogo/poeta-en-nueva-york?sello=seneca

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Determinada determinación


 

“Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar al final, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare…” Camino 21,2. Madre Teresa de Jesús.

Cueste lo que cueste, la determinada determinación nos lleva a despojarnos de aquello que no somos. Resulta difícil entender esto, pero no somos lo que somos, o mejor aún, no somos lo que creemos que somos. Por eso el desprendimiento más desgarrador es la desidentificación con aquello que pensábamos que éramos. No somos nuestros pensamientos. No somos nuestras emociones. Tampoco nuestro estado de ánimo. Ni siquiera somos este vehículo provechoso que llamamos cuerpo. Y, sin embargo, todo lo que hacemos, todo lo que pensamos, todo lo que soñamos, todo lo que sentimos, circula alrededor del vehículo, olvidando siempre el viaje, las metas, los caminos, y sobre todo, olvidando al piloto, al jinete, al que va dentro del carromato cuerpo.

Determinada determinación para encerrarnos en el silencio, para arrodillados ante la inmensidad de la vida, desapegarnos de todo, de todos. De aquellos que te elevan en sus pensamientos y de aquellos que te utilizan y te olvidan. De aquellos que subliman tu ánimo y de aquellos que descaradamente intentan minarlo. Cuando en arrebato súbito tenemos la certeza de que algo poderoso fluye en nosotros, entonces ya no importa nada. Ni nuestras posesiones que no son nuestras, pobres ingenuos. Ni nuestras melancolías, ni nuestro descarado motor de vida.

No importa nada, excepto nuestra determinada determinación. Y esa determinación es un arrebato del alma. Es una bomba estelar que subyace bajo nuestra epidermis, escondida, camuflada, disimulada en cada átomo de nosotros. Y cuando por casualidad, o por sublimación, llegamos a ella, ¡ay!, que desazón nos acompaña. Y algo se mueve en nosotros, y algo empieza a arremolinar entre nuestras manos. Ya no soy esto, ya no soy aquello, ya no soy nada, excepto esa grandeza interior que siempre, pobres incrédulos, permanecerá escondida.

Determinada determinación para seguir adelante en ese arrebato por alcanzar los cielos (ese lugar donde estamos todos, y sin saberlo aún, somos solo Uno), despejando la duda de que aquí en la tierra solo las polillas podrán ejercer algún tipo de dominio sobre nuestros ilusorios tesoros. ¿Qué posesión más fútil podrá llenar nuestras alforjas verdaderas ante nuestra inminente partida? Todo es tan baladí cuando nos engañamos a nosotros mismos. Luchar toda una vida para dar cobijo y satisfacción a esa ilusoria manía de identificarnos con lo que no somos. ¡Qué ingenuos aún! Tanto por hacer para alcanzar el cielo… Tanto por comprender la urgencia de esa Unidad ahora ausente en nuestra mentira ilusoria. Es tan urgente despertar a esa determinada determinación… ¡ay!

No sabría que más decir cuando descubres que nada importa nada, excepto la determinada determinación.

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Coraje y voluntad. El ejemplo de los que siguen vivos aún rozando la muerte


Este tiempo nos está poniendo a prueba. En las altas montañas y en los valles, el mal avanza impecable, sigiloso, desnudo. Solamente un gran poder puede contener todo mal: el poder de la buena voluntad, del coraje de estar vivos. Hemos aprendido que los pequeños gestos, la vida sencilla, la amabilidad de lo cotidiano, puede salvarnos. Son los actos sencillos de amor los que encuentran un cauce para elevar nuestras vidas. También el coraje y la voluntad de aquellos que, a pesar de su edad, siguen con deseos de ser útiles a la sociedad. Leo en alguna parte cinco definiciones breves y concisas sobre la voluntad:

Voluntad es poder en cuanto concentra en sí mismo aquello necesario para actuar.
Voluntad es fuerza concentrada que nos empuja hacia la acción.
Voluntad es energía que consumimos en el camino hacia la acción.
Voluntad es sacrificio o proceso de integración, lo cual requiere renuncia inevitable.
Voluntad es discernimiento porque nos conduce hasta la meta a sabiendas del recorrido correcto.

La voluntad es una fuerza del universo cargada de poder. Dirigirla mediante el amor-sabiduría y la inteligencia activa deben ser requisitos indispensables para poder superar los entresijos en los que nos encontramos. Levantarnos todos los días con optimismo requiere disciplina y autocontrol, requiere voluntad. El optimismo es necesario porque aviva el ánimo. El ánimo es una esencia que viene directamente del alma, de aquello que nos impulsa a vivir, aquello que da sentido a nuestras vidas. Alejarnos de la ilusión, de la separatividad, de todo lo que nos aleje de esa fuerza anímica, es algo que debemos cuidar.

Ayer veíamos a un señor de casi ochenta años desfilando en uno de los roles más complejos de la humanidad y en uno de los lugares de mayor poder. Vimos su coraje y su voluntad a tan anciana edad, vimos su optimismo y su esperanza por trabajar sin descanso, sin tregua. Es admirable poder ver a personas entradas en edad con deseos de seguir siendo útiles, asumiendo cualquier tipo de responsabilidad con fuerza y coraje, con una gran voluntad de vivir. No sumido en la queja, ni en los achaques, sino en la valentía de darlo todo hasta el último minuto de sus vidas. Independientemente de la simpatía que podamos tener hacia unos y otros, el entrante y el saliente, ambos ya entrados en senectud, han demostrado que cuando la mayoría de personas deciden apagar sus vidas, ellos deciden avivarla hasta el final.

Aunque en sus vidas no hayan sido ejemplares, esto nunca lo sabremos con exactitud, podemos decir que su ejemplo de fuerza y coraje, más allá de sus políticas o de sus formas, tan diferentes en uno y otro, pueden servirnos de ejemplo para seguir adelante. Si miramos nuestras vidas, las cuales quizás no aspiren a tan altas cuotas de poder ni responsabilidad, podemos añadirle un plus de confianza, de voluntad, y repasar con prudencia y ánimo todo cuanto podemos aún hacer por mejorar, por ayudar, o por ser útiles al mundo. Si alguien que rozando los ochenta años puede convertirse en presidente de uno de los países más poderosos del mundo, qué no podremos hacer nosotros en lo que pueda quedarnos de vida útil. A cuantas más personas podremos ayudar, con cuantas causas podremos colaborar, de cuantas misiones podremos ser embajadores sin tregua, sin descanso, sin queja. Hay mucho por hacer en esta urgencia mundial. El mal es una energía mal situada, y hay mucho trabajo por volverla a su lugar. El mundo requiere de mucha voluntad, de mucha fuerza, de mucho poder para contener ese mal. Y eso solo es posible, como decíamos, haciendo el bien incluso en lo más pequeño.

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Sobre la Caridad y la Solidaridad


“Ante el portal de cada nuevo día, que encierra en sus selladas horas una responsabilidad ordenada, cada mañana permanezco y exclamo en voz alta: ‘Señor de mi vida, ¿cómo puedo cumplir el deber de este día y sin embargo lograr el desapego? ¿Satisfaré toda necesidad y, sin embargo, me liberaré de las ligaduras y las obligaciones?’ Dios dijo: El sol se acerca y vivifica la tierra. Nada puede extraer de la tierra. Vive tú así. ¡Da y nada pide!” (Antiguo comentario)

Dicen que la buena caridad empieza siempre por uno mismo. Cuidando nuestros siete cuerpos, manteniendo dominio sobre la materia, el ánimo, las emociones, los pensamientos, nuestra actitud más interior y espiritual. Amarnos a nosotros mismos hace de nosotros una piedra pulida perfecta para luego poder, solidariamente, ejercer caridad hacia los otros, es decir, ofrecer amor, ofrecer ayuda, sostén, apoyo cuando se requiera. Amor hacia nosotros mismos primero, hacia nuestro entorno después y, elevando la visión y la perspectiva, amor hacia nuestras gentes, familias y amigos, aliados y compañeros, pueblos y naciones hasta poder abarcar el planeta entero incluyendo todos sus reinos, manifestados y no manifestados, visibles e invisibles.

Ese instinto de amar se convierte inevitablemente en un valor, en un principio, en una visión cuando, más allá de nosotros, atraviesa fronteras lejanas. Esas fronteras a veces están ligadas al sexo, a nuestra condición social, a nuestra raza, a nuestra religión o ideario político, pero también a otros reinos como el animal, componente y campo de expresión del amor más profundo, hacia el otro inocente, al diferente, a lo diferente. Cuando nuestra caridad pasa esas fronteras del círculo-no-se-pasa de nuestra propia condición humana, entonces nos volvemos solidarios con causas que requieren mayor atención y sabiduría, mayor consciencia y expresión.

El ser humano puede vincularse a diferentes grados de consciencia. Dependiendo de las fronteras y límites de su consciencia, tendrá mayor visión sobre los asuntos internos del trazado de la Gran Obra. Y a mayor visión, mayor responsabilidad en cuanto a la necesidad de ayudar al prójimo, en cuanto a la necesidad de ser actor importante en la ejecución del Plan que el Gran Arquitecto del Universo a puesto sobre el tapete de nuestras vidas. Es ahí cuando la primera e inocente expresión de caridad, de amor, se extiende hacia una realidad más profunda, hacia una visión más amplia y hacia una estrecha colaboración con ese Plan. Es ahí cuando nos volvemos unos solidarios del crisol que se muestra ante nosotros como puertas estrechas que conducen a otra realidad ampliada, a otro campo de servicio más extenso.

Es ahí cuando entran en juego lo que llamamos iniciación. Iniciación no es más que la entrada a un campo de visión mayor, y por lo tanto, a un campo de experiencia y consciencia mucho más profundo, de mayor responsabilidad. Es ahí, cuando pasadas ciertas pruebas, asumimos mayores compromisos no solo en nuestras vidas profanas, sino también en nuestras vidas espirituales.

¿Qué significado puede tener esto para el ignorante que omite todas las realidades y visiones posibles? Ninguno. El avaro, el egoísta, el ignorante, el mal en general, es una energía mal situada. La pedagogía de la caridad, del amor, de la solidaridad, son necesarias para situar esa energía en su correcto lugar: la consciencia humana. Y esa consciencia, ese amor expresado desde las siete fuerzas que nuestro universo local desarrolla, requiere de algo que muchas veces no se comprende: sacrificio. Algo hay que sacrificar para seguir creciendo, para seguir ampliando nuestra visión y por lo tanto, para comprender la realidad profunda de la acción grupal y su correcto dominio. Algo debemos dejar atrás (apetitos, actitudes incorrectas, vicios, sufrimiento innecesario hacia otros reinos, etc), algo debemos sacrificar en el altar de la renuncia para que una nueva visión se apodere de nosotros, y sepamos ver, junto a ella, los siguientes pilares del templo.

El sacrificio tiene una enseñanza profunda sobre el esfuerzo, el trabajo, la perseverancia y el coraje. Y ese esfuerzo siempre desemboca en una correcta caridad y un inteligente servicio solidario hacia los demás. Meditación, estudio y servicio. Componentes básicos para entender correctamente la necesaria visión de la caridad y la solidaridad, deberán regir correctamente nuestras vidas para así crear correctas relaciones humanas. ¿Cuál es nuestro campo de servicio para ejercer dicha visión? ¿De qué forma vamos a desarrollar la ineludible y urgente necesidad de caridad y solidaridad mundial, más allá de nuestras pequeñas vidas, a veces excesivamente egoístas y aisladas?

 

Desde el susurro del aire


Precioso atardecer hoy en O Couso entre nieblas y nieve…

 

Una buena amiga me preguntaba casi todos los días cuando volvería a escribir. No sabía qué contestar. Leía estas tímidas letras desde el año 2008 y como ella, hay, sin yo saberlo, personas que de alguna manera gustaban de leerlas ya fuera por curiosidad, simpatía o amistad. Algo en mí me decía que alargara el silencio todo lo que pudiera, o al menos, hasta que me viera con fuerzas de escribir desde otro lugar. Un lugar más amigable, más tranquilo, más armonioso.

Si eres una famosa presentadora de televisión, algo sabes de voces. Hoy me llamó después de tiempo sin saber de su vida y mientras paseaba con el amigo Geo por estos contornos aún cargados de nieve y niebla, me contaba los avatares en televisión. Cuando tocó mi turno, por eso de ponernos mutuamente al día, dijo que notaba mi voz algo cambiada, como más tranquila y armoniosa, como en paz. Interiormente sonría. Lo vi como una clara señal de que este silencio había servido de algo.

En mis tareas de editor, ayer corregía un libro de DK y leía lo siguiente: “Estén de parte de los que construyen silenciosa y constantemente para el nuevo orden -orden que se funda en el amor, construye bajo el impulso de la hermandad y posee la comprensión de la misma, basada en el conocimiento de que cada uno y todos, no importa cuál sea nuestra raza, somos hijos del Uno. Hemos llegado a comprender que los antiguos modos de trabajar deben desaparecer y proporcionar una oportunidad a los nuevos métodos. Si no saben enseñar, instruir o escribir, aporten ideas y dinero para que otros puedan hacerlo. Ofrezcan sus horas y minutos de ocio para que otros queden libres y puedan dedicarse a servir al Plan; contribuyan con su dinero para que pueda progresar con mayor rapidez el trabajo de quienes pertenecen al Nuevo Grupo de Servidores del Mundo. Se pierde mucho tiempo en cosas no esenciales. La mayoría de ustedes dan poco o nada de su tiempo. Lo mismo pasa con el dinero. Deben dar como nunca han dado antes, a fin de posibilitar la parte física del trabajo. Hay quienes ofrecen lo único que poseen, y el poder que tal actitud libera es muy grande”.

Durante estos siete últimos años he dado tanto que ahora, tras unas semanas de auténtico silencio, me siento pleno, lleno, rebosante. Porque siempre es el que da, y no el que recibe, el que termina siendo afortunado. He observado desde el silencio la nueva etapa que nace en estos tiempos y he buscado la fórmula para intentar seguir ayudando, cueste lo que cueste, a ese nuevo mundo. Es cierto que aún me quedan algunos importantes asuntos de la personalidad que atender, pero igual de cierto es que cuando ahora veo un amanecer o un atardecer como el de hoy, es el alma la que, sujeta a su manifestación, suspira. Y es su susurro el que me empuja día a día a resistir a tantas pruebas. Es ese susurro el que me hace deleitar en la perseverancia.

Así que no puedo esconder este gozo debajo de una mesa. De alguna forma debo compartirlo, y aprender que, en la vida, solo se es pleno cuando la compartes definitivamente en toda su extensión. Así que abrazo con cierta alegría, pero también precavido, este nuevo lugar, este nuevo tiempo, esta nueva incógnita que se presenta. Espero poder compartir este susurro del que hablo con ligereza y amabilidad, desde un centro inequívocamente inofensivo y amable. Este aire nuevo que se aproxima sigilosamente entre las nieblas de la personalidad, pero también entre la fortaleza de cada amanecer del espíritu. Toca soplar de nuevo. Toca seguir navegando y compartiendo. Toca abrazar la vida en toda su plenitud, de nuevo, compartiendo. Que así sea por muchos años…

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El componente épico de volver a empezar


Así hemos amanecido hoy (4 de diciembre).

 

Para la mente iluminada, el mundo entero arde y brilla con luz”. (Ralph Waldo Emerson)

Las palabras son poderosas. Pueden dotarnos de fuerza e inspiración, pero también nos pueden llenar de vulnerabilidad. El verbo reverdece nuestra sangre. Muta nuestra vida una y otra vez.

Tras más de doce años escribiendo ininterrumpidamente en este Creando Utopías he decidido volver a empezar. Unas semanas alejado de las redes, penetrando en la soledad y el silencio de estos bosques, me han dotado de fuerza e inspiración para abrirme a un nuevo diálogo. Pero también me he llenado de vulnerabilidad. Decidí, en un acto de rebeldía interior, destruir mi propia obra. Más de siete mil entradas cosechadas pacientemente durante doce años han dejado de existir. Al menos aquí, en este lugar. Soy consciente de que algo quedó en muchos corazones, en algún edificante lazo místico, en algún edificio invisible.

Hubo un componente épico en todo ello. Una decisión drástica y un silencio oportuno. Estas letras, que aún no sé si serán de despedida o bienvenida a otro tipo de letras, a otro tipo de verbo, surgen desde una sincera reinterpretación de los tiempos que nos están tocando vivir. Unos tiempos duros, preludio, quizás, de un futuro incierto y complejo.

De momento, tras el borrado, tras el reset, permaneceré en silencio un tiempo indefinido. Quizás unos días, unas semanas, unos meses. Mi cuerpo me pide seguir compartiendo, pero mi alma, aquejada de todas mis irreverencias, me suplica sosiego y calma, concentración para poder asumir los retos que se presentan y así servir de la mejor manera a la necesidad mundial que en estos momentos vivimos.

No me da miedo volver a empezar. Tampoco el desapego de la pérdida. La vida nos dice que cuando perdemos algo, siempre ganamos algo, por muy pequeña que sea la ganancia.

En mi corazón, la ganancia de estos años ha sido infinita. Más de cinco mil personas recibían todos los días estas letras y otros tantos miles buceaban en cada rincón de esta utopía, quizás buscando algo de luz, algo de inspiración o simplemente, algo de consuelo o compañía. Espero haber sido útil y espero poder seguir siéndolo en los próximos tiempos, sea de la manera que sea.

Han sido muchos años y muchos de vosotros os habéis mantenido fieles a este lugar. Algunos conocéis quizás mi vida mejor que yo, y otros, habéis podido abrazar los suspiros de mi propia alma, que también es la vuestra. Esa alma mía, que también es la de todos vosotros, me suplica un cambio, un rumbo nuevo, una vida nueva. Aún no soy capaz de intuir hacia dónde ni cómo, pero entiendo la súplica y me inclino ante la inmensidad humilde de lo nuevo.

Solo me queda daros las gracias, de corazón a corazón, por vuestra constancia y apoyo en estos años. Solo me queda invitaros a que sigáis siendo fieles a vuestro corazón, que es la puerta por la que alma accede a nuestro interior, y el lugar desde el que nos susurra constantemente sus deseos de ardiente luz. Sed buenos. Sed mejores.

Ahora toca muerte y resurrección. Inevitablemente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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