El bello júbilo floreciente


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«Realmente me darás una de las más jóvenes Cárites».Discurso de Hipnos

En un mundo acostumbrado a la palabra burda y mentirosa resulta difícil reencontrarnos con los principios mistéricos de las tres gracias. Solo cuando deámbulas solitario por un páramo cargado de naturaleza se puede admirar con detalle la belleza exuberante, la alegría en el trinar de los pájaros. El encanto, la elegancia, la creatividad, la fertilidad, el júbilo floreciente de un mundo que sigue encerrando en sí mismo todos los misterios.

En la ciudad ya no queda resquicio del piramús, esa torta de miel que se comía en la “charistía”. Se ha perdido el contacto con la gracia, con el honor, con la dulzura. Se ha perdido el contacto con el silencio, con la profunda conexión que resulta del abrazo inevitable entre la belleza, el amor y la sabiduría. La voluntad del encanto, la presencia casi divina de todo aquello que nos hace únicos desaparece a cambio de griterío, cosas, putrefacción, esclavitud.

No nos damos cuenta pero hemos convertido nuestras vidas en una estrecha y delicada mentira que no queremos ver, que no queremos comprender, que no queremos analizar. Esa mentira se alimenta de la ilusión de creernos felices, se empodera a golpe de crédito que se valoriza en cosas inútiles que tan solo satisfacen nuestro egóico deseo de posesión.

Poseemos orgullo, vanidad, egoísmo e individualismo a golpe de esclavizar nuestras vidas a un contrato que nos sujeta a un tiempo jornalero. Dedicamos nuestro mayor bien en una copla sin sentido que nos embelesa y nos promete la última novedad de la última cosa inútil de turno. Todo a cambio de mayor velocidad, de una mayor experiencia en la ficción alarmante de lo nefasto y tosco.

La moneda de cambio es costosa. Nuestra jaula de grillos nos ha alejado de la esencia, de lo útil de la vida que no es más que el amor y el compartir con diligencia y sosiego. Lo burdo se apodera de las parcelas y la vida se corrompe de un vacío esperpéntico.

El purismo renace como una opción extremista. Un purismo hipócrita que se azota los costados mientras enarbola al dios mentiroso. Nos vendemos al mejor postor y ahí se terminan los principios, los valores, el honor de ser fieles a nosotros mismos. La fiesta ya no es muda, ahora se celebra despiadada. 

Hoy la música nos recordaba que la belleza debe gobernar de nuevo nuestras vidas. Nos urgía a resucitar el arte, la cultura, las tres gracias. El profundo halo de libertad que se escucha en la cima de un monte encumbrado nos eleva a ese resplandor profundo de magia necesaria. Recobrar la naturaleza, reencontrarnos con ella, elevarnos en su fragancia perfumada por avisos del cielo. Ese azul, ese verde profundo de montañas arrojadas a la suerte humana. Ese aire que aún brota desde los confines oceánicos. Ese volcán que explota dentro de nosotros mismos como un aviso urgente. Ese baile necesario, desnudo, secreto.

Aglaya, Eufrósine, Talia. El bello júbilo floreciente. Las tres diosas que deberán ser resucitadas en esta mundo de guerra y frío, de soledad y espanto, de desgarre apocalíptico. Los poetas y los románticos siempre se enzarzaban en ese caprichoso delirio llamado esperanza. La esperanza siempre de un mundo nuevo, calmado, amoroso. Muchos terminaban, ante el fracaso, en suicidio. Otros, empeñados en cambiar al menos un ápice nuestra naturaleza humana, encerraban su codicia y despertaban de nuevo el anhelo del trabajo silencioso, respetuoso y cargado de esfuerzo en el compartir. La realeza de sus acciones, y no de sus palabras, es lo que sigue inspirando a la nueva ola de servidores del mundo. La Belleza, el Júbilo y la Floreciente vida nos espera.

Editorial Séneca, diez años apostando por la cultura


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Un 21 de septiembre de 2006, hace hoy diez años, nació Editorial Séneca. La primera Editorial Séneca fue fundada en México por emigrantes y exiliados españoles que en 1939 huían de la Guerra Civil. Fueron los intelectuales José Bergamín y más tarde Emilio Prados los que dieron forma al proyecto editorial que pretendía rescatar la cultura e identidad del pueblo español intentando difundir la literatura y los conocimientos científicos de la época. La última publicación del exilio mexicano data de 1949. Desarrolló un papel importante en la vida intelectual de los exiliados durante la década de los 40.

En septiembre de 2006 retomamos el pulso a la historia rescatando del anonimato y el olvido el nombre de aquella primera editorial de exiliados tras la Guerra Civil, intentando dar continuidad a la labor de aquellos primeros editores. Fue así como recién llegados a este convulso mundo de la cultura en nuestro particular exilio intelectual y político, imprimimos el mismo carácter urgente en la tarea de rescatar esa cultura nuestra. A esta ingente labor se suman socios y amigos que junto a ellos proyectan y dan forma al espíritu senequista. En la primavera de 2008, y siguiendo con la filosofía de rescatar y conservar el espíritu de nuestro tiempo, nace un segundo sello: Editorial Nous y años más tarde, en 2012, la Editorial Dharana. Por el camino quedaron otros proyectos como la fallida Editorial Welton y la primera Phylira.

Este año, para conmemorar el décimo aniversario nos hemos actualizado a los tiempos y hemos creado un cuarto sello editorial: Editorial Phylira. Desde que empezamos nuestra labor cultural e intelectual siempre nos ha llamado la idea de dar voz a los que, por ser noveles desconocidos, no tenían acceso al mundo editorial. En esta labor nos hemos dejado la piel, especialmente por la triple crisis que vive actualmente un sector que parece estar sellando su propia extinción. De ahí que Phylira, sin olvidar nuestros orígenes y sin dar la espalda a la edición tradicional, pretende impulsar lo que algún día dimos por llamar “la escritura del no”, es decir, potenciar de nuevo a aquellos que quieran ver su libro impreso. Una plataforma fácil para hacer realidad los sueños de todos, y de paso, seguir buscando nuevos autores que algún día sean la seña e identidad de nuestra cultura, de nuestro tiempo, de nuestra identidad y espíritu.

Editorial Séneca siempre se ha caracterizado por su extensa generosidad a la hora de editar a autores noveles, arriesgando con ello año tras año y sobreviviendo, a pesar de nuestro carácter alejado de lo comercial, a todos los envites imaginables. También se ha caracterizado por dar voz a los sin voz, en una inaudita labor antropológica y etnográfica, dando la palabra a los pueblos y sus gentes, a las historias de vida que de no ser por este medio editorial, nunca hubieran visto la luz. También hemos apostado por la poesía, por el ensayo, por la narrativa, por la ciencia y la filosofía, por la política y la economía.

El talento de la escritura, el don que todos llevamos dentro, siempre ha sido una obsesión para los componentes de la editorial. Es por eso que desde la misma estamos impulsando la creación de la futura Escuela de Dones y Talentos que se está fraguando en una nueva montaña de los ángeles gracias a la generosidad de todos los que apoyan a la Fundación Dharana y su Proyecto O Couso.

Nuestro afán por avivar la llama de la paz, de la cultura y del amor universal nos lleva a celebrar doblemente este aniversario. Celebrarlo con vosotros, en comunión, en silencio, trabajando, en un gozo indescriptible.

Ahora se presentan nuevos retos, por eso Séneca, baluarte y estandarte de todo lo que ha surgido en esta década compleja, seguirá siendo el buque insignia de todo cuanto hagamos.

Un agradecimiento especial a todos los que confiaron en nosotros. Una especial mención y felicitación a todos los autores que se dejaron la piel y la escritura en esta hazaña. Gracias de corazón, y sigamos cocreando la cultura de la paz.

Una gratitud sin precio para Oscar, Sara, Carlos, Mario, Luis, César, Laura, Fran, Xio, Julia, Noe y tantos otros que han hecho posible con su esfuerzo este proyecto.

In memorian para todos los autores que nos han dejado en el camino.

 

El silencio reina en ambas columnas


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“Me doy cuenta que si fuera estable, prudente y estático; viviría en la muerte. Por consiguiente, acepto la confusión, la incertidumbre, el miedo y los altibajos emocionales, por que ése es el precio que estoy dispuesto a pagar por una vida fluida, perpleja y excitante.” Carl Rogers

Se acaban de marchar los últimos peregrinos del alma y tras un verano intenso donde las luminarias no han parado de venir a este pequeño paraíso terrenal el silencio reina en ambas columnas. La soledad, el preludio del otoño con estas primeras lluvias tras dos meses de sequía, las hojas que cubren el manto amarillento y el verde que empieza a florecer por todas partes son ya señales de que un nuevo ciclo se acerca. Recogimiento, introspección, silencio.

Han sido unos meses de mucho estrés, de mucho movimiento interior y exterior, de muchas experiencias duras y profundas, algunas secretas, indescriptibles, fuertes. Ahí están para alumbrar la sabiduría, para fortalecer la voluntad y para protegernos de la ignorancia bajo el humilde manto del amor y la compasión. Hemos pagado el precio de una vida fluida, perpleja y excitante. Hemos también reclamado el salario en la columna del estudio, la introspección y el servicio.

Las columnas de todo templo que se precie están decoradas con granadas. Para los iniciados en las artes del símbolo esto denota la abundancia que es fruto de una utilización sabia de los dones que recibimos. Explorar esos dones solo es posible si somos capaces de ofrecer tiempo y espacio a esa mirada que tiene como premisa el progreso de la humanidad, intentando elevar el nivel de nuestra vida moral y social, y de paso, la de quienes nos rodean. Esos dones se manifiestan en el silencio, en el tiempo otoñal de nuestras vidas, en aquello que abarca la plenitud de lo que anhelamos.

En la quietud silenciosa damos más espacios al espíritu y dejamos que el alma, puente imprescindible hacia la vida trascendental, sucumba en sus anhelos. Es algo que está ahí, a veces de forma imperceptible. Podemos apreciarlo o no, podemos verlo o no, podemos utilizarlo o no. Eso dependerá de nuestra capacidad de vivir una vida lúcida y despierta o, por el contrario, sucumbir a una vida plácida pero estable, prudente y estática.

La Voz del Silencio siempre es buena compañera. El silencio es el antakarana, el puente, hacia lo trascendental. Dharana significa “concentración”. Es lo que precede en la meditación raja yoga a Dyana y Samadi. La iluminación, nos dicen, solo es posible desde el silencio. También la paz, el amor y eso que llaman la vida eterna. No hay mayor iluminación que la cotidiana, esa que nos lleva por las veredas de la verdad silenciosa, del susurro melódico del devenir que experimentamos a cada instante. Si nos fijamos con detalle en la vida observamos con asombro y sorpresa que todo cuanto ocurre ha sido tejido minuciosamente por una dimensión arquetípica inabarcable. No podemos entenderla al igual que el ave no intenta comprender el misterioso regalo del viento. Pero podemos observarla, navegarla, experimentarla.

Lejos del ruido y la indiscreción profana los estudiantes se reúnen para recibir su salario. Son los dones, puestos al servicio de lo trascendente, la paga ansiada. Desde una de las columnas que decoran el templo se avista claramente la cámara interior. Un secreto encierra. El secreto de la quietud, del silencio, del anhelo. Una esperanza alberga: el poder compartirlo, entregarlo, donarlo. El don nace para ser dado. Donar, dar, como lo hace el sol o la naturaleza es el mayor de los secretos aún por descubrir.

Instante frágil


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Queridos, perdonar mi silencio pero ayer tuve que ir al hospital de urgencia por un fuerte dolor en el pecho y hoy he pasado el día de reposo.

Por suerte se descartó un fallo cardiaco y todo se redujo a un exceso de estrés. Hoy ya estoy mejor y de nuevo dándolo todo.

Sobre la política de este país pues creo sinceramente que si viviéramos sin gobierno los próximos diez años nadie lo notaría. 

Por desgracia aún no somos un país moderno, ni siquiera posmoderno. Vivimos aún anclados en los reinos de taifas, algunos ya más avanzados han descubierto la pandereta y el botijo y otros siguen con sus moriscas manías de ser los mejores o los más altos y rubios. 

Creo que la mejor política es la que hacemos desde nuestras pequeñas decisiones diarias. 

El qué comemos, el qué vestimos, en qué trabajamos, a qué dedicamos nuestras horas de ocio, donde guardamos nuestro dinero o en qué lo empleamos. 

La mejor política es aquella que hace de la convivencia humana algo mágico y maravilloso. Algo así como un abrazo matutino después de una meditación silenciosa en grupo o una comida en familia, aunque la familia no sea sanguínea sino que en ella te acompañe tu perro o tu vecino o un peregrino desconocido. 

Hay mucho ruido y pocas nueces en esa otra política barrio bajera donde unos y otros se acuchillan para no se sabe muy bien qué. 

Es ese teatro humano, tan necesario para ombliguear, para persuadir, para seducir, olvidando los valores universales y necesarios de la buena conducta, la buena voluntad y el bien común como premisa necesaria en la convivencia humana, solo hay espacio para el tedio. 

Bueno, perdonad el rollo. Es que ayer pensé que me moría y al resucitar recordé por un instante la urgencia del vivir, y sobre todo, la urgencia de hacer el bien. 

No solo para uno mismo, sino también para el resto de los que en este mismo instante, comparten vida. 

Somos pasajeros afortunados, pero este viaje dura un instante muy corto de tiempo. 

Vivamos en lo imprescindible. 

Un amoroso abrazo,

J. 

Pd.- Si estás leyendo estas letras es porque estás vivo. A veces olvidamos que la vida es fugaz. Te puedes caer y romper la cabeza como le pasó el otro día a alguien que andaba de excursión por Islandia. Puedes coger el tren y perder la vida mientras chateabas con alguien como pasó hace unos días en Galicia. No sabemos nuestra hora, pero ahí está, aguardando pacientemente. Nos falta, lo queramos o no, ese punto de alerta, de lucidez, de consciencia despierta que nos haga entender que todo es fugaz. En esa fragilidad, en este instante donde aparentemente estamos vivos, deberías reconsiderar todos y cada uno de nuestros días. Deberíamos pensar si cada instante que pasamos en esta nave tierra ha sido único e irrepetible. Deberíamos analizar si mañana cuando vayamos a trabajar lo haremos con una actitud positiva y cargada de cariño hacia todos. Deberíamos pensar antes de hablar, antes de emitir un juicio, antes de intentar convencer al otro sobre una u otra cuestión, antes de salir a la calle para hacer ruido, antes de hablar de fútbol o toros o política o cualquier cosa. Deberíamos sentir en nuestros adentros si todo eso que hacemos a cada instante, inclusive el comer y el dormir, lo hacemos desde un inspirado y urgente amor o desde una desesperada contradicción continua. Dichosos seríamos si tuviéramos ese instante de paz, de lucidez, de destello, como el que se siente cuando crees que la vida y la muerte pende de un frágil hilo. Ayer lo experimenté, y pensé que revivía, es decir, que aplazaba la hora trágica para abrazar el instante único del ahora. En paz, vulnerable, pero con fuerza suficiente para seguir. Es hora de gobernar nuestras vidas, de emanciparnos de todo aquello que nos frustra o anquilosa. Es hora de despertar del sueño y vivir cada instante.

Imagina un mundo nuevo


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Todo empieza en la mente. Cualquier acto, cualquier cosa que realizamos de forma individual o colectiva surge de un pensamiento. La mente es la masa de arquitectura y el corazón es la fuerza que empuja la creación hacia cualquier cometido. Estamos aprendiendo a pensar, a razonar por nosotros mismos y a ser creadores de cosas, de momentos, de experiencias, de relaciones, de sueños. Estamos empoderando nuestras vidas más allá de las estructuras que nos han ido inculcando y podemos empezar a diseñar nuestras vidas de forma diferente, emancipados del miedo y la ignorancia.

El deseo nos llena de magia la existencia. El instinto lo empuja. La intuición la eleva. Porque es cierto, y esto también forma parte de ese descubrimiento, que podemos elevar nuestras vidas hacia dimensiones aún más amplias y extensas. Estamos empezando a desvelar ese nuevo mundo que necesitamos. Esto resulta ser una revelación porque podemos guiar nuestras vidas hacia un sentido nuevo.

En las antiguas órdenes religiosas, algunos hermanos se reunían en secreto para relacionar los asuntos de su causa mayor. “Gentiles señores hermanos, levantaos y rogad a Nuestro Señor que su santa gracia descienda sobre nosotros”. Esa visión divina de la vida les dotaba de una fuerza y un propósito mayor a sus propias vidas. Cuando los caballeros se reunían para glorificar a su santo Arquitecto estaban delegando sus vidas a un propósito mayor. De alguna forma estaban imaginando un mundo nuevo, ese mundo descrito por aquel al que ellos llamaban respetuosamente Señor o Maestro.

El reino de Dios era para ellos el reino del amor, el reino del respeto, la tolerancia y la justicia, la libertad y la fraternidad entre los hombres y mujeres de buena voluntad. Ese reino imaginado en los corazones ingenuos de aquellas gentes era algo realmente poderoso. Les dotaba del coraje necesario para crear y disciplinar un plano, el de la mente, aún embrionario.

La adoración y la disciplina hicieron que la vida fluyera hacia los mundos abstractos de la creación. El ser humano pasó de creer en Dios a endiosarse con su aparente infinito poder creador. Al mismo tiempo que esto ocurría la creencia, que antes era institucional y compartida, se volvía cada vez más privada y silenciosa. De alguna forma el Señor, el Maestro del que hablamos predijo lo que pasaría en un futuro: “pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Aquel que se desvanecía en el desierto para orar en secreto, aquel que se despedía de la multitud y subía al monte a solas para orar; y al anochecer, estaba allí solo, no era más que un profeta del futuro, un ser que entendió la evolución humana, su papel en la creación y el desarrollo que la mente tendría en un futuro. El Señor, el Maestro, era un instructor del futuro, un pedagogo de todos los tiempos.

Los adeptos más destacados siguieron sus pasos. Sabían que el corazón del místico solo podría expandir toda su gloria bajo el tupido manto del conocimiento, del esotérico y del exotérico. Corazón y mente unidos para escalar a las montañas del silencio y la plenitud y descubrir el verdadero sentido de toda la existencia. Adeptos que superaron el estadio místico y esotérico y se entregaron en vida a una causa desconocida, pero necesaria para crear ese mundo nuevo. Entregados e integrando el amor y la sabiduría mediante la voluntad al bien, hacen progresar en silencio al conjunto de la humanidad. Su inspiración y su proclama bandera de la paz seguirán instruyendo siempre nuestro futuro, nuestro particular nuevo mundo. Sus plegarias, sus oraciones silenciosas allá en el desierto construyen la realidad futura. Contribuyamos con ellos imaginándola.

La cabaña: un refugio para los sueños


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“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido. No quería vivir lo que no fuera la vida; ¡es tan hermoso el vivir!; tampoco quise practicar la resignación, a no ser que fuera absolutamente necesaria. Quise vivir profundamente y extraer toda la médula de la vida, vivir en forma tan dura y espartana como para derrotar todo lo que no fuera vida”. Thoreau

Todo bohemio que se precie sueña con su propia cabaña. El ideal de vida en el bosque ha sido siempre un motivo para crear y sumergirse en la profundidad metafísica de la vida. Algunos consideran el romanticismo de la vida en los bosques como el privilegiado retiro de soñadores. Sería algo así como el heimat alemán, la vida en el hogar que nace alrededor del fuego, insertado en un paraje privilegiado donde poder contar las horas de forma desahogada y plácida. La cabaña y los bosques sirven como profunda confrontación entre el artista filósofo y la propia existencia. Un reconocimiento del espacio y el tiempo medido emocionalmente y alejado del mecanicismo de la ciudad. Ve en la naturaleza esa entidad superior que acoge la gnosis oculta de la vida. Necesita ese retiro privilegiado para poder inspirar sus obras.

Filósofos como Wittgenstein y Heidegger, compositores como Mahler y Edvard Grieg, el poeta Dylan Thomas, el dramaturgo August Strindberg o los escritores Knut Hamsun, Bernard Shaw y Virginia Woolf son algunos autores que se inspiraron bajo el abrigo de un reducido espacio.

En la naturaleza encontraron esa paz que gotea lentamente. Como decía el poeta irlandés William Butler refiriéndose a su propia cabaña: “desde los velos de la aurora hacia donde el grillo canta; allí la medianoche es toda un tenue brillo, y el mediodía es de un fulgor púrpura, y el atardecer se llena de las alas del tordo”.

Grandes escritores y poetas soñaron y vivieron en su propia cabaña. La cabaña de Heidegger en Rötebuckweg sirvió para inspirar sus grandes obras. Allí, en la profundidad de la Selva Negra alemana, en su particular die Hütte (la cabaña), pasó más de cinco décadas escribiendo, reflexionando y dando a la luz obras como “Ser y tiempo”. Reclamar la intimidad y la soledad necesarias para escribir grandes obras solo es posible en entornos privilegiados como el suyo.

En el abrigo de una cabaña el espíritu encuentra su refugio para poder inspirar a otros, para ser foco y luz en la oscura noche del alma, para proclamar con urgencia que otro mundo es posible. Thoreau inspiró con su Walden, mi vida en los bosques, mis primeros días en esta pequeña caravana desde donde ahora escribo. Pude leer en aquella primera primavera su obra al son de la lluvia, la soledad y la sorpresa. Thoreau construyó con sus propias manos su pequeño refugio junto al lago a las afueras de Concord, Massachusetts, y desde que leí su proeza pensé que algún día yo mismo podría hacer algo parecido.

Esta mañana rematábamos una de las paredes de la cabaña. No podía creer que alguien venido de la ciudad y que nunca había clavado un clavo pudiera levantar una cabaña. Si todo va bien pronto ese lugar servirá de inspiración para seguir creando. Ya no se trata de vivir soñando, sino de vivir dentro del sueño, ampliar las miras y ayudar a otros a seguir su senda, el camino que se expande inevitablemente en la mente abstracta. Ese puente tejido de corazón podrá ahora desarrollarse aún más profundamente.

Toca buscar medios para terminar de comprar los cristales y hacer un pequeño lavabo en esta hermosa cabaña octogonal. Pronto su pequeño tamaño se convertirá en mi propio palacio junto al bosque. Pronto también será vuestra casa, como siempre.

Tres veranos en comunidad


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El tiempo pasa excesivamente rápido cuando te empeñas en vivir la vida hasta el fondo, estrujando la madeja invisible de todo cuanto ocurre. Hemos empeñado parte de nuestra vida en este loco proyecto comunitario, hipotecando quizás unos años futuros con tal de que merezca la pena el realizar un sueño colectivo. O Couso se ha convertido en una pequeña luciérnaga que ilumina en una eterna noche oscura. Atrae hasta sus mieles pequeñas luminarias que se decantan por unos días de descanso, de retiro o simplemente de compartir. Cuando ves todo lo que aquí se genera de forma humilde e invisible dan ganas de compartirlo de alguna manera.

Es evidente que esto no es ninguna panacea, ni la utopías completa ni un mundo maravilloso, pero también es evidente que nos resultaría muy difícil vivir en otro tipo de lugar. La apuesta, la entrega, el relato de una vida que se experimenta segundo tras segundo es algo que no tiene precio. Contemplarla como un observador silencioso, dejando que las cosas fluyan a su ritmo, aprendiendo de la fortaleza de los robles y buceando en la flexibilidad del agua que recorre toda la tierra húmeda es algo que ennoblece el alma y ocupa la atención del espíritu que todo lo mueve.

Son tres los veranos que hemos pasado aquí. Hemos aprendido mucho, hemos acelerado nuestros procesos cognitivos y estamos aprendiendo a inclinar con humildad todo nuestro bagaje pasado. Aquí nos damos cuenta de la minúscula atención que el universo entero muestra sobre nuestras pequeñas vidas. Nos ilumina la inmensidad a cada instante, por lo tanto, tomamos consciencia de nuestra pequeña trascendencia. Aún así, nos sentimos afortunados por ser partícipes vivos de este hermoso elemento, de esta hermosa tierra que nos acoge y dulcifica con su belleza nuestras penurias y desalientos.

Hemos aprendido a soportar los ciclos y hemos sabido adaptar al milímetro nuestras vidas a los elementos. Nos hemos llenado de coraje y valor y hemos comprendido la importancia de estar aquí, de ser guardianes de ese pequeño destello que debe sumarse a la estrellada noche del alma. Nuestro papel es bien fácil. Debemos alimentar al peregrino. Primero con un poco de cobijo y comida y luego, alentar con nuestra presencia y nuestros silencios la curiosidad del alma. Una vez abierta la brecha interna, la luz avivada, nuestro papel se limita a dar de beber al sediento con un trozo de pergamino antiguo, con un poco de esa perenne esencia.

Nos alegra poder servir para eso. Hacer unas alubias por la mañana y ofrecer un poco de aliento por la tarde. Y como mínimo, sembrar siempre esa semilla de amor y esperanza para que en un futuro, quien sabe si en esta o en otras vidas, esa semilla crezca y prevalezca como propósito vital. La luz del alma solo puede alimentarse desde el alma. Por eso, aunque aparentemente no ocurra nada ahí fuera, realmente se está librando una gran batalla aquí dentro. En los planos invisibles, un ejército de luminarias nos asisten. Por fuera, seguirá siendo todo igual de sencillo, enigmático, amable, amoroso. Por dentro nos enriquecemos a cada instante, a cada segundo. Somos privilegiados testigos de cada una de esas experiencias.