El operador laplaciano


«¡Qué locura!» Goya Lámina 68 de Los desastres de la guerra

 

“El odio es un lastre, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado.”
American history X (1998)

Bueno, cabrearse es humano. No siempre todo fluye de forma armónica. Como cuando hoy esa hermosa rubia, despampanante, casi perfecta, me ha invitado a no sé qué rollos de fruta y le he tenido que decir, “lo siento, odio la fruta, soy galletariano”. A veces uno tropieza, se enfada, se despeina, sufre accidentes, las cosas no funcionan. Hoy era uno de esos días. Empieza mal y termina mal. Es normal, está lloviendo, hace frío, la soledad es abrumadora. Te desahogas con tres paseos, uno por la mañana, antes del desayuno, otro después de la comida y el último antes de la cena. Intentas trabajar algo. Claro que es difícil concentrarse cuando todo sale mal. Son días grises, qué le vamos a hacer. Pero el odio es un lastre… ¿cómo es posible que no me guste la fruta?

Luego recapacitas. Empiezas a correr tras la sombra de tu amigo canino. Te cansas y te das cuenta de que ya tienes una edad. Rozar los cincuenta ya no es una broma. El corazón se acelera. Tengo que parar. Los mareos siguen ahí, hay que tener cuidado. Y los achaques, cuando no es una cosa es otra. Y eso que para algunas cosas parezco aún joven, adolescente diría. “Debería comer fruta”, pienso para mis adentros.

Odiar no odio a nadie, excepto a la fruta. Por suerte a las personas no. Hay gente que me cabrea porque hay gente estúpida e insolente. Pero de todas, las que especialmente me incomodan es la gente egoísta que solo piensa en sí misma y en sus emanaciones. Sobre todo si luego no atiende correctamente a las emanaciones. Pero esto es un problema de perspectiva. Cuando le he dado esquinazo a la rubia ni siquiera me ha intentado convencer de las delicias de la fruta. Se ha marchado ofendida. Los egoístas deberían estar solos y no juntarse con los otros. Solo saben manipular, distorsionar y embaucar al desprevenido para sacar algún tipo de interés o rédito. Sí, un problema de perspectiva y expectativa. No se puede tener expectativas sobre nadie. Por norma, la gente tiene vida propia, y tiende a fluir según capee el viento. Ya no hay principios sólidos, ni compromisos sólidos, ni respuestas sólidas cuando uno se equivoca. Lo siento querida, no me gusta la fruta, qué le vamos a hacer.

Y es cierto, la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado. Por eso solo me cabreo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Es humano. No se puede evitar. No siempre los caminos son de rosa. Lo normal es que haya baches, curvas peligrosas, accidentes. Sobre todo si caminas. Si te quedas inmóvil al borde de la senda nada ocurre, pero nada aprendes, nada creces, nada mejora. Los que se equivocan son los que caminan, y cuando tropiezan, pues a veces se enojan. Porque si caes y caes mal te haces daño, y eso crea una reacción psicológica que produce primero dolor físico, y luego sufrimiento emocional o psíquico. Es el añadido, el extra al dolor. Podríamos evitarlo, pero no siempre es posible, porque a veces los dolores no solo son tangibles. Están los dolores que no se ven, que nadie ve, pero que están ahí.

Estos días de absoluta soledad me veo a veces hablando solo. Es lo bueno de no sentirte manipulado por nadie, ni por las noticias, ni por embaucadores vendedores o políticos de turno. Luego pienso que me estoy volviendo loco. Y luego me doy cuenta de que loco de remate ya estaba y que el hablar solo tampoco tiene nada de malo. Pero por si acaso apareciera alguien de repente y me viera hablando con las flores o con los árboles, intento disimular mis circunloquios echando unas charlas con el amigo Geo o con los patos o con las gallinas, que como no tienen gallo que las defienda, me toca a veces cacarear imitando cierta gallardía de la que no dispongo.

La verdad es que nunca me gustó la fruta y nunca fui un gallito. En el colegio los niños me pegaban cuando veía los tropezones de plátano que me escondía en los bolsillos disimuladamente. Aprovechaban que era un niño tonto para darme capones. Ocurrió lo mismo en el instituto. Por suerte esos garrulos no pasaron a la universidad, así que allí tuve cierto consuelo, y como las guerras eran más bien ideológicas, me vine arriba, porque en esas batallas casi nadie me ganaba. La logística de mi mente se hizo poderosa, y me di cuenta que, en el mundo de las ideas, podía tener cierto éxito. Y al darme cuenta, empecé a ligar algo, no mucho, pero algo. El rollo dandi intelectual atrae hasta cierto punto. Sobre todo si eres algo rarito, vegetariano, no tomas drogas ni alcohol y te codeas con gente extrañamente fuera de lo normal. Eso sí, cuando las mujeres descubren que no te gusta la fruta, desaparecen volando. Si no le gusta la fruta, algo esconde. No mola, da desconfianza. Lo sé. Una pena.

De todas formas, desde que estoy en los bosques ya no tengo ningún tipo de éxito. Ni social, ni intelectual, ni material ni varonil. He dejado de ser un macho delta (los alfas ya no están de moda) y me he convertido en un operador laplaciano, es decir, en una persona de segundo orden. En el fondo me encanta, porque es como volver a la infancia, cuando los niños más perversos te pegaban capones en el patio. Esos capones tuvieron el efecto de volverte fuerte por dentro, de hacerte inevitablemente más introvertido y por lo tanto, más espiritual. Ahora me pasa lo mismo. Me estoy volviendo más espiritual y más fuerte, aunque de vez en cuando me cabree con la gente que se empeña en darme fruta de postre. ¡Qué le vamos a hacer!

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Las fuentes de agua viva


© Vassilis Tangoulis

 

Llevo mucho retraso con las ediciones. Las reimpresiones también tienen que esperar. Hoy trabajaba afanosamente sobre la Crítica al programa Gotha. Lleva meses de retraso sobre la previsión de este año. El manuscrito de Marx me parece importante. La crítica al proyecto de programa y la carta a Bracke que la acompaña fueron enviados a Bracke en 1875, muy poco antes de celebrarse el Congreso de unificación de Gotha que daría como resultado uno de los partidos más antiguos que se conocen: el Sozialistische Arbeiterpartei Deutschlands, conocido actualmente como Partido Socialdemócrata Alemán, el SPD. El deseo era enviar esta crítica a Geib, Auer, Bebel y Liebknecht y más tarde se le devolviera a Marx para terminar de perfilarlo.

La historia no deja de ser apasionante. Cuanto más escarbas en sus avatares más puedes entender las consecuencias del presente. Desearía tener más tiempo para poder editar libros de política y economía, ensayos de cultura y ciencia, de sociología y antropología. Pero el tiempo es un recurso muy escaso hoy día, más cuando intentas abarcar todos aquellos frentes que sean posibles, que sean motivantes y, sobre todo, que sean urgentes. El activismo cultural y espiritual tiene muchos frentes abiertos y muy pocas las manos que los atienda.

Aún no sabemos del todo cual es la fuente de toda riqueza y de toda cultura. Los lassalleanos decían que era el trabajo, pero Marx, en su crítica, admitía el error como un desliz burgués, atribuyendo tal riqueza a la propia naturaleza, de la cual emanaban todas las cosas. La naturaleza siempre queda como algo abstracto. No somos capaces, ni desde la más pura superstición, ni desde la más lógica de las ciencias, de atribuirle más que mágicas conjeturas. Hablamos de ella como algo que está fuera de nosotros, olvidando, desde nuestro orgullo racial, que nosotros formamos parte de la misma. Todos los seres sintientes de alguna forma trabajan. La mayoría de ellos para abastecer sus necesidades más primarias, relacionadas todas con la obtención de calor. Nosotros, seres algo más complejos, ampliamos nuestras necesidades hasta el infinito, siendo la causa de nuestro mayor sufrimiento el no poder poner límites a nuestra ambiciosa necesidad. La mayoría de los seres abastecen el día a día. Nosotros deseamos abastecer el mañana. Somos omniabarcantes.

Las fuentes de la vida tienen una esencia misteriosa. No sabemos del todo hacia dónde se dirige el ciclo vital. Muchas veces miramos con atención nuestra existencia y no logramos captar del todo su más profunda amplitud. Vemos las orillas, los intereses que se mueven de un lado hacia el otro, de todas aquellas personas que nos rodean por puro interés o necesidad. Pero ignoramos tres cosas importantes: su origen, su profundidad y su destino. Así pasa la vida, casi sin percatarnos.

Leyendo la crítica de Marx veo como nuestra cultura ha degenerado. Sí, es cierto que tecnológicamente hemos avanzado casi de forma mágica. Ya nadie entiende cómo funcionan los píxeles o las ondas de radio. Vivimos en un mundo donde la tecnología nos ha superado, y pronto lo hará la robótica y la Inteligencia Artificial. Muy pronto. Pero culturalmente hemos involucionado hasta tal punto que lo más emocionante que nos ocurre al día es ver, pasmados, embelesados, lo que ocurre en las redes. ¡Qué nombre más apropiado el de redes! ¡Así estamos de atrapados!

El Estado Libre que añoraban los socialistas de antaño está muy lejos de ser conseguido. Primero porque nuestras condiciones de vida no han permitido liberarnos de la pesadez y esclavitud del sistema salarial. De hecho, la sociedad actual se ha aburguesado tanto, valga la paradoja, que sería impensable intentar buscar fórmulas de liberación masiva. La servidumbre se ha convertido en mansedumbre. Nadie estaría, en su sano juicio, dispuesto a pervertir ni un ápice el sistema actual. El precio todo lo sabemos. Oscuridad. Oscuridad cultural, oscuridad espiritual, oscuridad social. Un mundo oscuro iluminado tan solo por las telepantallas orwellianas. En el camino, hemos olvidado la luz, y de paso, la fuente de toda vida. Por eso esta civilización está espiritualmente muerta. Y por eso, seguramente, algo está ya agonizando. ¿Qué hacer entonces con tal moribundo? Poco. dejarlo morir mientras trabajamos de nuevo en la vida que está por nacer. De ahí la importancia de actuar hacia otro rumbo, hacia otro sentido, hacia otra dirección. Y siempre buceando en las fuentes de agua viva.

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Equinoccio. Lleva la barca más adentro.


El árbol nido, el primer árbol que apadrinamos en este lugar…

 

“Lleva la barca más adentro”. Lucas, 5,4

Hizo un día precioso. Me levanté temprano, cuando aún los cielos aparecen oscuros y los primeros trinos se escuchan tímidos en el bosque. Había un silencio especial, dulce, apacible. Fui al gallinero y saludé a las gallinas y los coquetos patos que salían a la carrera para disfrutar del estanque. Es un ritual mañanero hermoso. Es como ver la vida correr en búsqueda de experiencia, de sensación, de luz. Los patos tienen una inteligencia superior a las gallinas. Además, tienen siempre ese rostro sonriente. Me acerco a ellos. Me gusta sentir cómo palpan con sus picos curiosos los dedos de mi mano. Es un saludo cómplice, de amistad. Me alegra saber que aquí están a salvo de futuras potas, y que su muerte será natural, salvaje, libre.

Como estoy solo estos días organicé la jornada al gusto. Con tentempiés, saludos al sol e idas y venidas al bosque para ver cómo se desarrollaba el último día estival. Sin prisas, sin pausa, descansado, atávico. En pocas horas había que recibir el equinoccio, aquí, en el septentrión, el de otoño. Miraba los árboles. Los rozaba con suavidad, agradecido. Imaginaba sus raíces, todas entrelazadas unas sobre otras, y también su comunicación invisible. Miraba sus copas que ya desnudaban las últimas hojas y veía cómo la suave brisa las arrastraba de un lado para otro.

Este año tampoco habrá cosecha de castañas. Y ya es el tercero que no podemos disfrutar de ese sabroso fruto. Es como si la peste maldita que nos azota, también tuviera su réplica en los otros reinos. Sentado en la hierba y rodeado por gatos y patos, cerraba los ojos para intentar imaginar el mundo elemental y preocuparme por su estado. Elementos del agua, de la tierra, del aire, del fuego… Cada cual en su trajín por mantener el orden universal desde el mundo etérico. Cada cual en su tarea evolutiva que transcurre de forma independiente y paralela a la nuestra. Sin contacto alguno, sin posibilidad de admirar su reino, pero presentes en sus arquetipos, en sus trabajos invisibles y perfectos.

Llegaron las primeras cartas interesándose por el grupo simiente de la escuela. Eso me llenó de ánimo. Esta fase será muy diferente a la anterior. Más silenciosa, más organizada, más productiva, más armoniosa y tranquila. Quizás los representantes del mundo arquetipo deseen tocar el clarín en los corazones de aquellos que deberán pactar la construcción de este segundo lugar. Tras el éxito de la reconstrucción de la casa de acogida, no es tanto el edificio que se vaya a construir para albergar la escuela como el significado profundo de lo que allí se hará. Aún es pronto para desvelar todos sus secretos, para desplegar todo su potencial causal, pero ya se están sembrando las primeras bases, los primeros pilares de ese templo aún desconocido y misterioso. Hay mucho trabajo por delante y el tiempo pasa raudo. Hay una urgencia contenida porque el azar también juega su papel en el mundo de los ciclos.

En estos próximos siete años, tenemos que llevar la barca aún más adentro. Y el infinito océano marcará las pruebas. Y los horizontes la esperanza. El nuevo mundo solo podrá conquistarse por valerosos y pacíficos guerreros, ágiles y sin equipaje. Ligeros como plumas pero radiantes como antorchas. Cada cual preparando su viaje en tan diferentes puertos para luego encontrarnos en el ancho mar de la meditación, el estudio y el servicio. Siempre navegando hacia lo inevitable que no es otra cosa que la construcción de una ética viviente, una fase superior de la buena voluntad al bien.

Hoy empieza el equinoccio. Que la vida nos llene de esperanza, de ligereza. Los árboles se desnudan una vez más. Hagamos nosotros lo mismo. Dejemos caer lo viejo, lo añejo, lo caduco. Dejemos que nuestros cuerpos y nuestra alma se desnuden para entrar así en el reino del silencio. Llevemos la barca aún más adentro. La vida nos está esperando con entusiasmo y alegría.

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Acogida excepcional Equinoccio de Otoño


Es un error permanecer en silencio cuando es oportuno hablar.
Pero si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no hace falta que abras la boca. El silencio es el muro que rodea a la Sabiduría.
Aforismo sufí anónimo. ”99 aforismos”. Sabiduría Sufí

“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque
por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.
(Hebreos, 13-2)

Estimados amigos,

Ante todo, esperamos que estéis bien, en salud y armonía interior y con ganas de seguir progresando interiormente. Tras este largo periodo de silencio, tenemos la necesidad de comunicar que estamos recibiendo muchas llamadas de auxilio para intentar ayudar a aquellos que en estos tiempos difíciles están pasando por un mal momento. Por ello hemos decidido seguir con el proyecto cerrado hasta la próxima primavera, pero acoger excepcionalmente a todo aquel que esté pasando por alguna situación compleja o difícil. Si estas leyendo esto y ese es tu caso, no dudes en escribirnos para ver de qué manera podemos apoyar vuestra situación.

En estos meses de silencio, la casa de acogida ha avanzado mucho. Aún no está terminada ya que la crisis del Covid nos alcanzó en plenas obras. No sabemos cómo ni cuándo podremos continuar, ya que de momento lo tenemos todo paralizado. La falta de actividad no ha generado ningún tipo de recursos para poder continuar con grandes inversiones, así que estamos a la expectativa.

A pesar de ello, en este verano son algunos los Amigos de O Couso que se han acercado en turnos de no más de diez personas para echar una mano en las labores de mantenimiento y reconstrucción. Estamos realmente agradecidos por el impulso que esto ha supuesto y por la grata compañía. O Couso está cada día más hermoso y habitable gracias al esfuerzo de cientos de personas que han ayudado a su reconstrucción. Podemos decir con cierto orgullo que lo que hace casi siete años era una ruina, ahora ya es una casa habitable. Hemos podido con ello demostrar que el apoyo mutuo y la cooperación son fuerzas mucho mayores que el egoísmo y la competencia, y pueden obrar milagros colectivos cuando la buena voluntad al bien es lo que rige en nuestras vidas. Estar alineados con las fuerzas vitales de la naturaleza, de la tangible y la intangible, nos ayuda a explorar de forma equilibrada todos sus misterios, compartiendo con ello la alegría de cualquier hallazgo.

En la próxima primavera termina el primer ciclo de siete años, donde teníamos como objetivo terminar la Casa de Acogida, un objetivo casi alcanzado. Este próximo otoño lo vamos a dedicar a preparar el siguiente ciclo, que consiste en la construcción de la Escuela Dharana, un lugar que servirá para agrupar a grupos que deseen profundizar en el autoconocimiento y la exploración interior, realizando en habitaciones privadas e individuales y en un edificio construido expresamente para este propósito con fórmulas milenarias de geometría sagrada. Para ello estamos trabajando en una nueva web, además de estar preparando con un arquitecto los planos para pedir los permisos adecuados. El arquitecto tiene un coste de quince mil euros y estamos viendo cómo poder afrontar este paso. También tenemos un primer presupuesto de casi diez mil euros para hacer el vaciado de la planta sótano. Esto será lo primero que hagamos en cuanto consigamos ahorrar ese dinero. Una vez esté realizado el vaciado, empezaremos poco a poco y con un plazo máximo de siete años, la construcción de la escuela.

Dada la situación que estamos padeciendo, vamos a regular tanto la acogida como el voluntariado a partir de ahora, limitando la capacidad según los espacios disponibles y el reglamento que se vaya produciendo en los próximos meses a raíz de la crisis sanitaria. Para la construcción de la Escuela y la programación pedagógica de la misma, vamos a abrir un plazo de presentación de voluntariado para poder afrontar así este reto.

La idea es crear un pequeño grupo simiente de unas doce personas que puedan comprometerse durante un periodo largo para acometer el propósito de la organización de la construcción de la Escuela, tanto material como pedagógicamente. Por favor, si estás interesado en formar parte de este grupo, avísanos con la referencia “Grupo Semilla Escuela”. El resto de las plazas disponibles quedarán de la siguiente manera:

Programa de Peregrinos: 7 plazas.
Programa de Huéspedes: 7 plazas (a partir del 21 de marzo).
Programa de Voluntariado: 12 plazas (por favor preguntar disponibilidad).
Programa de Estudiantes: 3 plazas (solo para el programa de ‘21 días de experiencia’).
Programa de Grupos: 10 plazas (a partir del 21 de marzo).
Programa de Vida en Comunidad: 3 plazas (‘3 meses de experiencia’, ‘6 meses de experiencia’, ‘dos años de experiencia’).
Programa de Amigos de O Couso: 10 plazas (por favor preguntar disponibilidad).

Actualmente tenemos 50 plazas disponibles, pero los programas solo podrán solaparse hasta un máximo de 25 personas. Gracias por la comprensión y gracias siempre por vuestro apoyo. ¡Vamos a por el siguiente reto! ¡Feliz Equinoccio!

Aquí podéis apoyar a la Fundación Dharana en sus próximos retos:

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Su presencia


La persona que nos ha pedido hoy ayuda viaja con dos yeguas… 😦

 

“No os olvidéis practicar la hospitalidad, porque
por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.
(Hebreos, 13-2)

Entro en el cuarto y cierro la puerta. Leo las letras de una nueva llamada de auxilio. “Me quedé sin dinero y llueve y estoy un poco agobiado acampando por el monte y no sé muy bien a dónde ir… ¿podríais echarme una mano?” Cierro los ojos e intento buscar luz. Cierro los ojos y abro el corazón y noto su presencia. Es hora de hablar directamente con Deus.

El corazón acelerado, los secretos de la gente, la vida que se expresa. Tengo frío. Llega su presencia y tiemblo. En los montes hace frío. ¿Y qué comeré? ¿Y dónde dormiré? Ya no es él, ahora también soy yo. Porque llueve. Llueve, llueve mucho y hace frío. Lloro. Lloro ante la presencia, ante la impotencia, ante el dolor del otro, el sufrimiento. Cierro los ojos aún más. Abro el corazón. Es hora de hablar directamente con Deus.

Doblo las rodillas, me inclino. Siento su presencia. Junto las manos imitando a los que oran. No soy digno de que entres en mi casa, pero necesito Su presencia. No soy un santo, solo un mendigo más, un peregrino que necesita sanar. Pero las lágrimas vienen, el otro sufre, y yo aquí, buscando su presencia. No quiero oro ni plata. No quiero nada, excepto su presencia. Ya nada me importa. Me postro ante la grandeza y ante mi ridícula expresión. Amor, compasión… hace frío, mucho frío…

Salgo fuera, miro el cielo abriendo los ojos. Llueve, llueve mucho… Hace frío… entro en la habitación y cierro la puerta. Cierro todas las puertas para que se abra el alma, para que explote toda su grandeza, para que la compasión sea siempre gobernada por la justicia, la sabiduría y el buen obrar.

“Llueve y estoy agobiado”… No me detengo en la oración y en las lágrimas. El corazón acelerado requiere su presencia. Sin conocer sus secretos, sin poder acercar la mirada a lo más lumínico, pero sabiendo que una palabra bastará para sanarme. Su presencia es medicina. Abro el corazón, y al hacerlo, también abro el alma para que todo resplandezca en clara luz.

Y me levanto, conmovido. Abro la mano ardiente. La extiendo y abro las puertas de la casa. Todo se extiende, todo se multiplica. El frío se va, deja de llover. Sale el sol y los ángeles cantan en el coro celestial ese aleluya esperado. ¡Que vengan! ¡Qué vengan! Y que sea lo que Deus quiera…

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Una situación desesperante


El antes y el después de la Casa de Acogida

 

Estamos viviendo un tiempo complejo y seguramente a muchos nos hará cambiar la forma de ver el mundo. Pero más allá de eso, estamos viviendo un momento de mucha ansiedad, crisis y desesperación. La posibilidad de una segunda oleada de pandemia junto a las medidas que eso conlleve está removiendo a mucha gente que, de forma desesperada, busca una alternativa de vida.

En el proyecto estamos recibiendo decenas de peticiones, algunas incluso internacionales, para venir hasta aquí. Hoy alguien ha llamado por teléfono, con cierto tono de desesperación y tristeza que me ha conmovido poderosamente. Pedía auxilio, algo de comida y alojamiento a cambio de trabajo, algo de compañía desesperadamente. Casi como un robot, intentando alejarme emocionalmente de todos los que piden ayuda en estos tiempos, le he contestado con la retahíla habitual: estamos cerrados hasta el 21 de marzo, lo siento.

Pero tras colgar la llamada, me he sentido como un extraño para mí mismo. Llevo toda la vida ayudando a todo el que podía y egoístamente, he decidido ayudarme a mí mismo en estos meses de soledad y cierre. Sin embargo, he descubierto afanosamente, tristemente, que al alejarme del otro, me estaba inevitablemente alejando de mí mismo. Que al cuidarme y dejar de cuidar al otro, estaba volviéndome cada vez más inhumano, si es que esa palabra u hecho es posible, o si es que esa condición existe.

Esa voz desesperada ha removido algo dentro de mí que estaba cerrado a cal y canto. Me fui corriendo hasta la casa de acogida, ahora cerrada. Conté las camas que existen actualmente: cuarenta plazas. Miré la despensa vacía e hice un cálculo aproximado de qué costaría abrir de nuevo el lugar, acoger a todo el que pida auxilio y saltarme todas las normas anti-Covid, con sus consecuencias, y con el riesgo que ello conlleva para todos. La casa es habitable en verano pero no en invierno, aún no hemos conseguido la calefacción. Miré los espacios privados con posibilidad de calor y solo son tres, quizás para albergar cómodamente a unas seis personas en invierno. Puse en la balanza mi felicidad actual, mi paz, mi tranquilidad y mi bienestar en un lado, y en otro lado puse la desesperación del otro. Inevitablemente ganó la segunda.

Así que durante estos días voy a ver como puedo hacer, aunque sea de forma sigilosa, todo lo posible para volver a acoger al otro, abrir las puertas de este hermoso lugar y de paso también de mi corazón, y volver a retomar el amor en acción, la espiritualidad realmente válida de poder ofrecer al mundo algún tipo de paz y reposo, de esperanza y alivio, algún tipo de oportunidad e inspiración. Aún no sé como hacerlo, es algo complejo y difícil. Pero tengo que hacer algo, no puedo seguir regodeándome en este egoísmo e individualismo mientras haya gente sufriendo. No puedo seguir la senda de un mundo acabado. Debo esforzarme en construir una nueva, cueste lo que cueste. Un nuevo hogar, una nueva casa, una nueva esperanza renovada. Hay mucha gente que vive cómodamente vidas plácidas y tranquilas. Pero hay mucha otra que aún requiere cuidado y atención. Cumplamos con nuestra parte, sea la que sea…

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Pequeño tratado sobre pobreza práctica


O Couso hace unos años…

 

Sin duda hay muchos tipos de pobreza. No voy a hablar de la pobreza extrema que mucha gente padece, sino más bien de la nuestra, de la pobreza occidental, de esa de la que no se habla porque es compleja y difícil de tratar o aceptar. Somos pobres a muchos niveles, pero especialmente a nivel espiritual. No sabemos nada, ni nos interesa, sobre el más allá, sobre la gestión del universo, la creación, la resurrección de los muertos, los advenimientos espirituales de cada época, la sensibilidad hacia nuestros hermanos los animales, ni qué decir hacia nuestros hermanos bípedos. Nada queremos saber sobre la gestión del Misterio. Nada sabemos de nuestra constitución humana, de cuantos cuerpos tenemos, de cuantos egrégores nos dominan, de qué forma nos influye el alma-grupal al que pertenecemos y de cuantos componentes está clasificada toda nuestra cuenta karmática.

Sobre las leyes de causa y efecto, sobre las de atracción y genero, sobre aquellas que afectan a nuestro mundo atómico, pero también a nuestro mundo energético y astral, nada nos dicen. Hablamos de la mente pero no conocemos sus misterios. Tampoco nos interrogamos sobre la diferencia entre mente concreta y abstracta, y de las posibilidades de la imaginación o la intuición. No sabemos nada de telepatía, ni nadie nos cuenta como ejercer influencia en el mundo mediante la entrega pragmática hacia las fuerzas y energías de cada tiempo. Somos prisioneros de algo que llaman maya, glamour o ilusión, pero nadie nos explica como forjar nuestra liberación oportuna.

A nadie se le ocurre hablar de chohanes, de logos, de arquetipos, de ciudades más allá de la materia, o de sus habitantes, esos que antiguamente llamábamos santos o maestros, o de los discípulos de los mismos, que a veces se les conoce como adeptos y que puntualmente regresan a la tierra para echar una mano en cuanto avanzadilla espiritual. Nadie distingue correctamente un discípulo aceptado de un probacionista, porque las escuelas que imparten este conocimiento han sido vaciadas de inteligencia y ahora solo se dedican a buscar fama y dinero. Nadie nos habla del toque de clarín, y de como ello puede afectar a la necesaria travesía por el desierto, o a navegar por entre las aguas, que todo, a nivel simbólico y arquetípico, tiene una explicación velada.

Nuestra pobreza es tan grande que apenas distinguimos entre alguien que aspira a encontrar un trozo de luz y conocimiento y aquel que ha conseguido enfrentarse a sus primeras pruebas iniciáticas. Ya no se enseñan los ritos y la magia, ni se profundiza en el necesario contacto con la naturaleza, desde el respeto y la admiración que deberíamos sentir hacia esos seres que progresan y evolucionan de forma paralela a la nuestra en los mundos dévicos. Nada sabemos sobre los siete rayos, sobre los siete cuerpos o las siete dimensiones, ni nadie nos explica por que estamos en un mundo cíclico, dual o septenario.

Sobre los mundos invisibles, a penas podemos decir nada. Estamos tan pobres de verdades e intuiciones, de maestros y adeptos que nos puedan guiar, que jamás pensaríamos en la posibilidad, aunque fuera remota, de comprobar en nosotros mismos los velos, la alquimia y todo lo que provoca en nosotros el comer unos u otros alimentos, unas u otras energías, unos u otras emociones, unos y otros pensamientos. ¿Qué sabemos sobre el fuego cósmico? ¿Y sobre los efectos de la meditación en la construcción del antakarana?

Aún nadie nos dijo que posiblemente todo es más complejo, y dada la tamaña complejidad de todo, merecemos estar distraídos y pobres. Sería imprudente, de no haber madurez en ciertas ideas, cierta sensibilidad hacia otros reinos, cierta empatía hacia la vida, formular ideas y arquetipos que no correspondieran a nuestro nivel evolutivo. La imprudencia se podría resumir en catástrofe si, al no desarrollar cierta habilidad para las pruebas que se presentan, no tuviéramos las capacidades suficientes para avanzar. El camino es arduo, y estamos en la época de lo epidérmico y sensiblero. Nadie, en nuestros tiempos, desea riquezas que requieran embarrarse en los caminos enfangados. De ahí nuestra pobreza.

Y de ahí que estemos llenos de cosas, pero seamos pobres, al menos pobres interiormente, sin capacidad para contactar con ningún tipo de elemento que nos pudiera hacer sospechar lo más mínimo sobre la posibilidad de que existiera algo más de lo que podemos percibir desde el mundo de lo tangible. Las puertas se cierran para aquel que no quiere ver, y el mundo se torna pobre y nefasto para el que no desea avanzar más allá de sus propios límites. Como dice un viejo adagio: si queréis seguir los métodos del yoga, es necesario seguir igualmente la vida del yogui. ¡Así de pobres somos, ignorando las maravillas que nos aguardan!

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Una nota musical es un conjunto de frecuencias


 

Mirad la luz del otoño cercano. No cesa, pero es de un color diferente. Apagada, cristalina, quizás teñida por algún suspiro que se aproxima. Llueve y caen las primeras hojas, esas que durante un tiempo han absorbido pacientes la luz del sol y ahora convertirán el árido suelo en tierra. Así es como llega el sol a nosotros. La tierra fértil es la apropiación alquímica del sol mediante el mundo vegetal. Cada hoja que cae en otoño, fue un rayo de sol en primavera alimentado de agua y luz. Nada se desperdicia. Todo renace de alguna forma.

La frivolidad del mundo es de escasa utilidad cuando te enfrentas a sus verdaderas maravillas. No hay más que mirar alrededor para darse uno cuenta de que andamos inmersos en algún tipo de milagro. La sopa de miso con arroz que he comido en el almuerzo, las galletas de maíz para la merienda, las llamadas de amigos que desde México o la dehesa saludan. Hay una nota musical en todo cuanto pasa, un concierto aplaudido por el soñador, por el loco, por el peregrino, pero que se aleja de lo cotidiano, siempre inmerso en sus contradicciones. Hay algo que supera toda tristeza, cuando miras con otro tipo de ojos, cuando alzas la visión más allá de las aparentes formas. Las hojas dejan de ser hojas, la tierra deja de ser tierra, el mundo deja de ser mundo para desvelarse algo aún mucho más profundo y verdadero.

A pesar de la lluvia y el tronar hay una temperatura agradable. Compruebo en la aplicación que aún queda algo de batería, pero no mucha antes de que la oscuridad se cierna sobre todo y las placas solares dejen de funcionar. Por eso debo apresurarme ahora que aún queda algo de luz para escribir algo, para corregir algún libro o enviarlo a imprenta si ya estuviera listo. Las baterías se agotarán pronto y hay mucho por hacer.

El cúmulo de trabajo es infinito. Tenemos la suerte de que el Arquitecto, el Guionista, gratifica los tiempos que vivimos mediante el libro de la Naturaleza. Es un libro aparentemente abierto, pero cerrado para las mentes estrechas. Uno puede leer en sus páginas el Plan, el Propósito de toda la creación. Pero cada lectura le llena a uno de urgencia. Al parecer, estamos en las últimas páginas del capítulo final de algún tomo. Algo se cierra y es necesario convertirse en simiente de una nueva obra. Cambiaremos de octava, de nota musical, y hay que trabajar una por una en todas las frecuencias. Armonizarlas, hacerles entender que estamos juntos en este concierto y que debemos permitirnos la urgencia de actuar. Más allá de cada palabra, hay infinitos huecos entre ellas donde uno puede habitar. Más allá del ruido está la música imperceptible para el ciego. Y digo ciego y no sordo, porque hay sordos que ven y hay ciegos que no saben escuchar.

Encender nuestros nobles y elevados espíritus al entendimiento de la gran obra, de aquella que ha de perfeccionarnos como seres humanos, que ha de llevarnos a cuotas de mayor entendimiento, de mayor sabiduría. Caen las hojas ante mi ventana. El risueño sol ha desaparecido. Lloverá y la tierra mojada nos recordará una y otra vez la importancia de la resurrección de la vida… ¡Hay tanto por hacer a pesar de la luz y todas sus sombras! Y ahí está el libro, el nuevo libro, del cual ni siquiera sabemos su nombre. ¿Cómo entonces hacer su prólogo? No importa, ahí viene la Aurora, dorada como siempre, esperando que todas las frecuencias creen la apropiada nota.

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Comunidades utópicas en quiebra


En la Comunidad de Findhorn, octubre de 2019

 

Mientras preparamos pacientemente este lugar hermoso para dar acogida a partir de la próxima primavera, sigo muy de cerca las noticias de algunas comunidades en las que he vivido y convivido gracias a la tesis doctoral. Hoy recibía un preocupante comunicado de la comunidad de Findhorn, donde expresaban su preocupación y alarma por la crisis que estaban sufriendo a nivel interno, especialmente a nivel económico. Hacían una petición de algo más de seis millones de libras para poder afrontar con tranquilidad los próximos dos años y para ello requerían la ayuda de todos. En marzo de este mismo año, justo unos días antes de que cerraran los aeropuertos internacionales, andaba de visita por Findhorn. Unos días antes había muerto Dorothy, la última de las fundadoras. Interiormente sentía que cuando ella muriera, Findhorn entraría en una gran crisis. Al morir Dorothy, de alguna forma moría el hilo conductor de sus orígenes espirituales, y de alguna forma, moría también el sentido de su creación.

Siempre fui un enamorado de los orígenes de Findhorn y algo crítico, especialmente en la tesis doctoral, con su evolución posterior. Mi reflexión giraba en torno a la idea de que las comunidades que entraban en la rueda del crecimiento estaban desarrollando un modelo contradictorio con el ideal del decrecimiento, la simplicidad voluntaria, la cooperación y el apoyo mutuo, cercano, amistoso, familiar y profundamente ecológico. Una comunidad que crece excesivamente, como es el caso de Findhorn o Auroville en la India, ya es otra cosa, algo más complejo, un sistema alejado del ideal humano de sencillez, cercanía y vida espiritual.

Findhorn es un referente mundial en el mundo de las ecoaldeas, pero los británicos, inventores de la propiedad privada y de la expulsión de la vida tradicional del campo (en el norte de Escocia este fenómeno se conoció como las Highland Clearances), siempre han sentido debilidad por sacar jugo a todo lo que se cociera. Y la Nueva Era, en algunos aspectos, ha sido durante muchos años una gallina de los huevos de oro que potencialmente se ha explotado desde muchos ámbitos, incluidos las ecoaldeas.

Hay una ley de oro en el mundo espiritual que dice que no se puede mercadear con la espiritualidad. Esto es ineludible. Jesús lo ejemplarizó, látigo en mano, expulsando a los mercaderes del templo de Jerusalem. En lugares como Findhorn, se ha llegado a crear todo un supermercado espiritual donde la supervivencia de sus habitantes pasa inevitablemente por la venta de productos y servicios espirituales de todo tipo. Al mismo tiempo, la privatización de todos los logros que en un primer momento se consiguieron, han hecho insostenible la vida allí.

A pesar de esto, Findhorn sigue siendo un lugar inspirador, un lugar lleno de belleza que aporta fe y esperanza en la visión de un nuevo mundo. Los que de alguna manera amamos ese lugar, a pesar de que ese amor nos haga ver con recelo algunos aspectos del mismo, sentimos la necesidad de unirnos y apoyarlos interiormente para que resuelvan de la mejor manera su extrema situación. También sentimos la necesidad de ayudar en todo lo que se pueda, y aprender de los errores y flaquezas que como pioneros, inevitablemente, han tenido que pasar.

Supongo que una de las enseñanzas que sacamos es que deben nacer más comunidades, pero pequeñas, de no más de veinte miembros, donde la cercanía y un modelo de vida sana y compartido sea motivo de alegría común. Otra de las enseñanzas es que hay que volver a la vida simple y cercana, al decrecimiento y a la búsqueda de valores compartidos. En la vida comunitaria del futuro, la adquisición y el consumo de dinero deberán perder importancia en comparación con la realización a través de la orientación espiritual, la vida compartida y el empleo significativo de valores y experiencias. Inevitablemente, en un futuro, pasaremos de un individualismo extremo a un individualismo compartido, porque no se puede entender la vida espiritual sino es en comunión con el otro. Y aprenderemos del error del crecimiento descontrolado para poner bases sencillas y crear redes de cercanía.

Si conoces Findhorn y quieres echarles una mano, puedes hacerlo aquí: 

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Los acechos de la televisión o de como hacerse rico espiritualmente


Con los amigos Geo y Gaia… verdadera riqueza…

 

Andaba por la mañana corrigiendo un libro de Dion Fortune que pronto editaremos. Estaba programado para abril, pero con toda esta crisis sufrimos un retraso en casi todo. El mundo editorial sigue desmoronándose poco a poco, y nosotros resistimos a todos los envites, especialmente al no ser una editorial comercial, sino más bien un reducido grupo de escribas que hacen lo que pueden para que no se pierda la llama de cierta cultura y espiritualidad.

Pues andaba en esos menesteres cuando me llamó la directora de la oficina de Correos, con voz temblorosa y cara, me la imaginaba, de asustada. “Hay aquí unos señores periodistas que están grabando con sus cámaras y preguntan por ti”, me dijo. Al parecer los periodistas eran de La Cuatro y andaban buscando noticias frescas para poder cumplir con su programación. Le di las gracias a la directora de Correos por no dar mi teléfono y les dije, con pocas ganas, que ya les llamaría.

Como no lo hice llamaron al teléfono de la editorial. Primero sentían curiosidad por ciertos autores que había editado. Me decían que seguramente estaría ganando mucho dinero dada la fama mediática de alguno de ellos. Justamente esta mañana miré las telarañas de las cuentas y el panorama era pésimo. Tras pagar con algún retraso todas las facturas mensuales, en mi cuenta personal había dos euros con ochenta y un céntimo. En la cuenta de la editorial quedaban unos catorce euros y en las cuentas de la fundación, unos ciento sesenta euros. Ningún tipo de ahorro y cientos de deudas que ahogan poco a poco cada mes. Increpé al periodista para que no imaginara realidades paralelas y le dije la verdad. Los editores, al menos cuanto conozco, estamos casi todos pelados, y yo, con nuestra peculiar aventura cultural y espiritual, no iba a ser menos. Todos los meses son una aventura de pura supervivencia. Así es la vida del pequeño empresario, del superviviente autónomo.

El periodista empezó a sentir más curiosidad sobre mis particulares y sinceras respuestas y me emplazó a una entrevista. La verdad es que nunca tuve buena relación con la prensa, siempre tan exagerada y manipuladora. Ayer mismo denegué una entrevista en la radio y pocas veces atiendo a los medios, ni siquiera para intentar con ello aumentar las ventas, como sería natural en una editorial comercial. La verdad es que nunca fui un buen vendedor de nada. Así que le dije la verdad, que no aceptaba entrevistas no concertadas y que, además, era la hora de comer y no podía atenderle. El periodista insistió, que no les importaba marchar hasta Monforte de Lemos, donde tenían otro reportaje, y volver a Samos para la entrevista. La verdad es que sentí cierta compasión.

En el fondo, los periodistas, algunos buenos y otros menos buenos, son profesionales y hacen su trabajo. Así que me rendí ante su tono, cruzando los dedos para que todo saliera bien y no imaginaran historias irreales o fantasiosas sobre mi peculiar modus vivendi. Aún recuerdo cuando hace más de una década salía mi nombre es las noticias, diciendo que había construido un imperio editorial junto a un importante banquero desde mi finca rodeado de caballos. ¡En fin!

Cuando llegaron los atendí como pude. Gasté algo de tiempo en afeitarme, ducharme y ponerme algo de ropa decente. Aquí en el campo uno va siempre un poco dejado de la mano de Dios. Ellos intentaban entresacarme realidades paralelas y yo intentaba, en un duelo casi a muerte, hablarles de las bondades de la vida en el campo, de la simplicidad voluntaria, del apoyo mutuo, de la cooperación. “¿Pero te has hecho rico con tal o con cual escritor?” Yo recordaba mis cuentas y no sabía donde meterme. “Sí, claro que me he hecho rico, rico espiritualmente”. Era cierto, mi forma de vida, o mi forma de entender la vida me había dado unas riquezas difíciles de vender, difíciles de traspasar, difíciles de que sean noticia. “¿Pero cuantos ejemplares ha vendido este autor? Ahora que es famoso seguro que se han vendido muchos”. Pues la verdad es que no, que no han sido muchos, pero su amistad, su compasión, su ayuda cuando lo pasé mal, ¿no es esa la mejor de las ventas? “Pero dime, ¿de qué canal sois?” Pregunté para cambiar de tema… “De la Cuatro”, contestaron aturdidos… Cómo decirles, pobres, que llevaba más de veinte años sin televisión… En fin, si me veis en alguna parte avisadme… A ver de toda la entrevista que corta y pega han sacado… Y haber si hablan de la verdadera riqueza que les he mostrado casi, creo, sin ellos darse cuenta. ¡Qué bonito sería el mundo si eso fuera noticia! ¡Qué diferente todo!

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Los caballeros guardianes de la terra ignota


Estatua del rey Arturo en los acantilados de Tintagel

“Puede llamarse filosofía a la iniciación en los pasmosos arcanos de los verdaderos misterios”. Mario Roso de Luna

Era un frío invierno escocés de hace mucho tiempo. Alguien alzó la espada y nos regaló la fórmula. “Por los poderes que me han sido otorgados, os instituyo, consagro y recibo como caballero, guardián y procurador del bien, el arte y la nobleza. Deberás defender el honor de las virtudes otorgadas con valor, justicia, misericordia, generosidad y fe”. Antes de que la espada fuera golpeada por tres veces con el mallete sobre mi cabeza, cerré los ojos y fui transportado hacia la puerta estrecha. Recordaba el largo viaje hasta llegar allí, las pruebas, las dificultades, la ceguera. Recordaba la muerte como símbolo iniciático, porque aquel día, algo moría realmente.

Era joven, muy joven para tan semejante honor, pero alguien me dijo que hacían falta guardianes para proteger el nuevo tiempo y la premura provocó un alistamiento sin igual. Muchos fueron los llamados. Pocos los elegidos. El templo estaba esculpido en lo más profundo de las cavidades de aquel inmenso castillo. Las aguas golpeaban fuertemente en el acantilado. La humedad y el frío lo atravesaba todo. Mi mentor había surcado océanos para poder acercarme hasta aquel lugar secreto. En mi ignorancia e ingenuidad, no sabía, ni por remota idea, que el grado de caballero aún se otorgaba en estos días. Allí, en la cámara de reflexión, estaban los elementos indispensables, el grano de trigo, el pan y el agua, la sal y el azufre, el mercurio vital, el testamento. En esa cámara comenzó la aventura que debía culminar en la gran sala.

Seguía con los ojos cerrados mientras el venerable caballero golpeaba el primer toque sobre la espada y mi cabeza. Un toque de clarín que me recordaba de nuevo la dramatización de los Misterios. La perfección que existe entre la expiración y la consiguiente resurrección. El guardián del templo se había cerciorado de que ninguna mente profana pudiera invadir aquel acto sagrado. La transmisión debía ser limpia, sin mácula, guiada por el maestro de ceremonias, por las tres luces del templo, por los hermanos invisibles que en ese momento de oscuridad no podía ver. La herencia, la cadena de transmisión, se realizaría de forma justa y perfecta.

En el segundo toque recordé de nuevo las cinco partes del rito: la inevitable purificación previa de todos los cuerpos; la admisión a la participación en los ritos secretos, dura prueba que no todo el mundo logra superar; la revelación epóptica de aquellos que han tocado directamente la verdad pura; la investidura o entronización en la que ahora me encontraba. La quinta, producto de todas estas, es la comunión interna con el Misterio, y el goce de la dicha que nace de las relaciones que a partir de ese momento conducirán hacia la gloria de ser caballero.

Tercer toque. Honor, pero también responsabilidad. Ser guardián, caballero de la terra ignota requiere mucho trabajo, disciplina y esfuerzo. La perfecta contemplación de las cosas que se conciben intuitivamente es un don que te empuja a actuar, a crear encomiendas, lugares de refugio, de inspiración, de acogida al peregrino del alma, de estudio, de meditación y contemplación, de servicio. Comunidades místicas, escuelas filosóficas, gnósticas y herméticas. ¿Cómo hacerlo en estos días de tanta oscuridad? La terra ignota es un “no lugar” exigente que reclama esparcir por la faz de la tierra y allende los mares, las nuevas fuerzas que deben regir el mundo. ¿Cómo hacerlo sin que se apague la llama, sin que se pervierta su verdadero resplandor?

Hacía mucho frío. Escocia es un lugar perdido en mitad de la nada. El castillo estaba rodeado por la neblina invernal, decorado con leves antorchas que iluminaban pasadizos y cámaras secretas. Antes de abandonar el lugar, alzando las espadas hacia el cielo nubloso, se escuchó en todas las salas la exclamación escocesa: ¡uzzé, uzzé, uzzé! Ahora, ya investidos caballeros, el vasto campo de la experiencia espiritual nos aguardaba. La creación de puntos de luz en la mente de Dios, rezaba el antiguo comentario. ¡Adiós Escocia! El vasto mar nos espera…

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La cofradía de los cobardes


Uno de los espacios recuperados a la antigua ruina, aún por terminar

 

Esta mañana hacía un recorrido por toda la finca para fotografiar los avances de este último año y redactar un pequeño informe con sus detalles, una especie de memoria de actuaciones y mejoras. Viendo las fotos y el informe, la verdad es que han existido muchos progresos este último año, a pesar de los obstáculos que hemos sufrido. Avances que no siempre están a gusto de todos, pero que, a mi parecer, han sido toda una proeza. Levantar una ruina sin medios económicos, entregados al esfuerzo de todos bajo la economía del don, ha tenido su mérito. Claro que cuando vienes por primera vez, acostumbrados a vivir en auténticos lujos asépticos, limpios y cuidados, la ruina en la que estamos trabajando puede echar para atrás a más de uno.

Hace unos días vino alguien a visitarnos. Quería quedarse unos días, pero nada más llegar empezó a disparar, a criticar sin ton ni son, que si esto está mal, que si aquello está peor, que si no hacéis bien las cosas, que todo lo que hacéis es un desastre… Estuvo un buen rato salpicando la atmósfera de negatividad, mientras yo, con una sonrisa condescendiente, construía paciente el tejado de una nueva cabaña y le decía alegre: al menos lo hemos intentado. Esa respuesta le desesperó aún más y se marchó como había venido. Por dentro realmente me sentía feliz y tranquilo por hacer lo que podía. Soy editor y antropólogo, no constructor. El mérito de todo es que dónde antes no había nada, ahora hay algo. Imperfecto, claro, pero algo.

Realmente sus críticas estaban totalmente justificadas. Admiro que tuviera el valor de hacerlas y que fuera capaz de ver todo tipo de defectos en el esfuerzo titánico que se ha hecho en estos últimos casi siete años. En un mundo de cobardes que se esconden, que no dan la cara, que hacen daño en sigiloso silencio, gusta la gente clara y valiente, abierta y sincera. Bueno, gusta hacia cierto punto, porque si no haces más que criticar, llega un momento que el mensaje cansa y la actitud aturde. Cierta crítica amable siempre es positiva, siempre que venga acompañada de una acción de cambio, de un contraste, de una disposición para echar una mano.

Por eso a veces uno piensa que esa valentía vacía, carente de acción, amor o compasión viene acompañada de cierta frustración. Porque el problema, por llamarlo de alguna forma, de hacer cosas, es que cuando haces, cuando construyes algo, te equivocas, casi inevitablemente, a no ser que seas una persona talentosa o un genio. Y el que no hace, y aquí hay otra segunda cobardía, nunca se equivoca, y puede degollar desde la crítica aséptica al que se atreve a mancharse de barro. El no hacer destruye mundos. El punto insalvable entre la crítica y el no hacer solo puede contraer destrucción.

A nivel social puede ocurrir lo mismo. No paramos de criticar al gobierno, a los empresarios, a los masones, a los iluminati, a los de aquí y más allá, pero realmente, poco hacemos nosotros para mejorar las cosas. Siempre queremos que los otros las mejoren para nuestro beneficio. Siempre esperamos con cierta desesperación y falso orgullo que un empresario nos de trabajo, que el gobierno mejore nuestras condiciones, que aquello y que lo otro. Pero realmente nada arriesgamos para ser nosotros los que cambiemos nuestra propia situación.

Es como una cofradía de cobardes que se esconden debajo del santo suplicando algún milagro que mejore sus vidas. El santo, que es de madera y no entiende el idioma cobarde, sigue paciente la procesión hasta su destino. En cambio, cuando alguien se atreve a rebelarse ante ese orden establecido, el suyo propio, el yugo muchas veces inconsciente, algo conspira a su favor. Deja tranquilo a los santos, a los dioses, al universo entero y se dispone a colaborar activamente con lo invisible. No le pide nada, solo da. No espera milagros, los obra. Se equivocará una y otra vez, fracasará una y otra vez, pero siempre podrá decir, complaciente: al menos lo he intentado.

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Un día cualquiera de vacaciones



Antes las vacaciones eran de treinta interminables días. Este año no he tenido vacaciones, excepto el día de ayer, donde pude condensar en algo más de 24 horas todo un mundo de experiencias. Pasé la noche perdido en un bosque, como en los viejos tiempos. Adentré el coche en una interminable frondosidad iluminada por una luna llena exuberante. Esa sensación de incertidumbre cuando te recoges en el colchón adaptado al pequeño recinto es siempre conmovedora. La aventura de dormir en cualquier parte, como un vagabundo o como el loco de las cartas del tarot no tiene precio.

La noche fue plácida, incluso cuando descubrí a menos de dos palmos de mi rostro a una hermosa ninfa blanquecina que hacía dibujos con el vaho condensado en los cristales. Primero sentí un temor vago y pasajero, luego me adentré en el mundo onírico confundiendo los ruidos propios del crepúsculo con el complejo mundo astral. Al alba estaba rodeado de una densa niebla que lo cubría todo. El coche estaba completamente sumergido en un mar blanquecino y espumoso. Pude salir del bosque de aquella manera y desayuné de lujo en la borda de un antiguo galeón. Diéronme una gran tostada de tomate y aceite junto con un gran zumo de naranja recién exprimido. Mentalmente seguía trabajando en las Odas de Salomón, pero materialmente vivía la experiencia de sentirme servido, de vacaciones. ¡Qué gozada! No cabía de contento en aquella amplia cubierta.

Tras salir del galeón llegué hasta la orilla del mar, busqué un gran acantilado y allí me di mi primer baño en dos años, si no tenemos en cuenta el chapuzón que en pleno invierno me di en tierras de Israel. El agua del Atlántico es bien fría, pero pude nadar entre las rocas de aquella paradisíaca cala totalmente anónima y recóndita durante una brevedad. Tomé el sol y ante mi cuerpo desnudo, me di cuenta de su blancura y deformidad. ¡Tengo que cuidar el body! Me decía interiormente mientras tocaba y retocaba mis chichas flotantes. Lo de bañarme era algo que no me permitía desde hacía excesivo tiempo. Siempre trabajando y atendiendo a los demás, me había descuidado en exceso. No es que yo sea un enamorado de la playa, y a pesar de que nací a las orillas del Mediterráneo, nunca sentí una gran atracción por el mar. Ni siquiera por su forma poética, la mar. Pero un día es un día, y además, ese era mi día de vacaciones, y había que disfrutarlo.

Cuando la marea alta empezó a engullir de repente la calita rocosa, tuve que abandonar rápidamente el lugar, instalarme en una roca con mayor altura y seguir plácidamente tostándome al sol. ¡Qué rojo me puse! Cuando pensaba que esto lo hacía mucha gente por semanas seguidas, me puse nervioso y marché rápidamente de allí. ¡Qué pérdida de tiempo! ¡Y las Odas aún sin terminar! ¿Cómo puede la gente pasarse horas y días y semanas enteras tostándose sin mayor provecho que ese?

A pesar de los remordimientos, no quise que esas ideas estropearan mis preciadas vacaciones. Aún así, cierta angustia me invadió, me entró hambre y a eso de las cuatro me atreví a mendigar una pizza en uno de esos lugares donde con la crisis, son capaces de hacerte de comer a cualquier hora. La pizza, que es una de mis comidas preferidas, estaba deliciosa. Como nunca suelo pedir refrescos, a sabiendas de que era mi día de vacaciones, pedí uno de cola con hielo y esa rodajita de limón más bien decorativa que funcional. ¡Está horrible, pero admito que refresca! Y ni pensar que hay gente que lo toma todos los días, o incluso esas malolientes bebidas de color turbio que recuerda a la orina, fermentadas con ese sabor amargo que llaman cerveza. ¿Cómo hay seres vivos que pueden disfrutar con eso? “¿Café o postre?” No, gracias”, dije amable. “La cuenta por favor”. Me marcho corriendo que es mi último (y primer) día de vacaciones y tengo que continuar, pensé para mis adentros.

Dejé una buena propina, como hacen los bañistas cuando van a los chiringuitos de la playa. Era mi forma de agradecer la excelencia de la pizza y las horas de atenderme. Así que el último cliente de la mesa salió pitando, reflexionando sobre el lípido y sus misterios, y se dispuso a hacer turismo, que es lo que se hace en las vacaciones.

Surqué parte de la costa norte, paraba aquí y allá. Hice fotos en un castro celta a la orilla de un acantilado. Menudos eran los castrenses. Todo un chalecito a los pies de la playa con dos mil años de antigüedad. Tuve tiempo de rescatar un caracol y recoger algunas plantas mientras miraba las vistas profundas. ¡Cuanta agua tiene el mar! Y no se pierde, ni se cuela hacia abajo, ni se desborda hacia arriba a pesar de que nuestro planeta gira a cientos de miles de kilómetros por hora. ¡Qué misterio! Pensaba mientras me acordaba de mis amigos los terraplanistas… ¡Mira que si tienen razón y todos los científicos del mundo, en púnica conspiración, nos tienen engañados! ¡Qué misterioso es todo! ¡Cuánta agua!

Seguí mi ruta turística. El día estaba dando mucho de sí. Terminé visitando un conocido mirador desde el que se divisa una hermosa ría y un pueblo costero con mucha vida. Todo era precioso. La gente paseando, las parejas bucólicas disfrutando. El mundo parecía pararse de repente. Así son las vacaciones. Postales de poesías pastoriles, campestres, silvestres, idílicas.

Bajé al pueblo mientras veía a los caris paseando de aquí para allá, cogidos de la mano, dándose cómplices besos en las esquinas. El verano y el calor nos regala esas imágenes, esos amores de verano que se alargan hasta el comienzo del otoño y luego desaparecen como la espuma. ¡Así es el amor efímero, epidérmico, estacional!

Me compré un helado y me quité la máscara en plena calle para disfrutar del paseo chupando el almendrado. Unas buenas vacaciones no lo serían sin un buen helado. Tras la visita turística, pensé que podría rematar el día visitando una conocida comuna hippie que había no muy lejos de allí, un poco adentrado en el monte, y así seguir con mis pericias utópicas, siempre tan inspiradoras. Así que cogí el coche y enderecé la ruta hacia un paradisíaco lugar entre curvas y montañas.

Aparqué el coche cerca del río y tímido yo, admito que me hice el remolón antes de entrar en la comuna. No me gusta llegar a los sitios sin avisar. O no me gusta ir a los sitios donde alguien se ve obligado a recibirte. Pero allí eran amables. Primero me saludó un holandés muy simpático y luego el encargado del lugar me hizo un recorrido generoso por todo el recinto, enseñándome los avances, las peculiaridades y todo lo que allí hacían. El horno antiguo, la capilla, el molino de agua, la casa grande, la huerta, las habitaciones, todas individuales… Le expliqué que yo también me había vuelto un poco hippie y que regentaba una comuna bastante parecida a esa, pero donde aún escaseaban los espacios de privacidad. Eso sí, en nuestra comuna no se permiten las drogas, ni el alcohol, ni la carne. ¡Qué inspirador ver un lugar colectivo con tanta privacidad y tan lleno de cervezas! ¿Una cervecita? Me dijo el encargado. No gracias, no soporto el lípido esponjoso con olor a orina, pensé yo siempre tan aguafiestas. ¡Qué gente más rara, de verdad! Qué manía esa de beber orina.

Como me atendió bien, dejé un generoso donativo en la caja común y me marché feliz y pitando de haber conocido ese lugar. Estaba desprendido en mi último (y único) día de vacaciones. ¡Ains! Qué felicidad la holgazanería de no hacer nada, de pasear sin rumbo, de dejar pasar las horas sin pensar (excepto en las Odas), disfrutando de la vida gozosa, despreocupada, vividor en un mundo ingenuo y espontáneo, colorido, pacífico, abstemio. Así son las vacaciones. Así ha sido mi día de vacaciones, no en julio ni en agosto, sino en septiembre. ¡Qué gozo, qué disfrute! Así hasta el año que viene, o quien sabe. Siempre fui un poco rarito.

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Del proletariado al precariado. Poner en valor la incertidumbre


Cuando se habla de precariado siempre se mira como si fuera algo horrendo, como si hubiéramos denigrado aún más aquella imagen del proletariado de siglos pasados. El precariado es la nueva clase social, aún mucho más baja que la clase media que tanto bien hizo por el bienestar del que ahora disfrutamos la mayoría.

Si alguien pudiera verme sin conocerme de nada pensaría que vivo una vida precaria. Pero mi precariedad es maravillosa. Me permite trabajar en libros alucinantes como las Odas de Salomón, al que le estamos dedicando estos días un tiempo de divertimento (por no utilizar la palabra trabajo), o jugar un rato con los patos del estanque, o construir modelos de cabañas que puedan servir para solucionar el gran problema de la propiedad, de la hipoteca y de la servidumbre que eso conlleva. En pocas palabras, la precariedad de mi vida me permite administrar el mayor bien preciado que el ser humano dispone: el tiempo. Y lo administro a mi antojo, haciendo de cada día una auténtica aventura tan radicalmente diferente al día anterior que siempre resulta algo emocionante.

Esta mañana trabajaba en una vivienda de lo más precario. Es mucho más pequeña que la precaria cabaña que ahora habito, que no supera los veinte metros cuadrados. Esta cabaña experimental en la que ahora estamos trabajando no debe llegar a los diez metros cuadrados, quizás algo menos. Pero la idea es increíble. Si la cabaña que habito tenía un coste aproximado de tres mil euros, esta nueva idea de cabaña no supera los trescientos euros. Es cierto que es muy precaria, pero al mismo tiempo, es una maravillosa oportunidad para ir desapegándonos de la idea de tener que vivir en auténticas mansiones, en lujosos apartamentos hermanados con el resto de conejeras o colmenas, en el mejor de los casos, y con la oportunidad de emancipar tu tiempo para aquello que realmente uno se ve capaz.

Digamos que sería cambiar un paradigma: vivir toda la vida trabajando en algo que no te gusta para pagar una hipoteca de una casa o apartamento que algún heredero, de tenerlos, se fundirá en cuatro viajes al Caribe, o gastarte el sueldo de un mes precario en crear un pequeño espacio donde tener lo mínimo para vivir, y a partir de esa pequeña base, ir progresando, si se desea, según las posibilidades o deseos.

Si pusiéramos en valor la precariedad, en vez de atosigarnos con esa manía del progreso, del ganar, del valorar las riquezas y las posesiones, viviríamos sin duda una vida más feliz. Hay otras soluciones menos precarias que las que señalo, por ejemplo, la vida en una autocaravana o en una tiny house. Pero como digo, para empezar, añadamos dosis de precariedad en nuestras vidas, y quizás nuestras vidas se resuelvan de forma diferente.

La incertidumbre de no tener nada tiene su parte positiva. Primero, uno se vuelve totalmente discípulo ardiente del Sermón de la Montaña, cuando se decía aquello de no preocuparse por el mañana, si hasta las flores del campo visten mejor que el rey Salomón. Ese mensaje es revolucionario, pero inconveniente para el sistema social que hemos creado. Sin embargo, ¿qué pasaría si un día dejáramos de preocuparnos y nos dedicáramos a hacer lo que realmente deseamos? ¿Para qué quieres ser un gran ejecutivo de una importante empresa si lo que más te gusta en el mundo es cosechar lechugas o hacer jabones naturales?

Pero resulta que la vida que nos han inculcado es absurda, y uno se pasa toda una existencia para darse cuenta de ello. ¡Pero ahí están los pioneros! ¡Atentos a aquellos que son capaces de dejarlo todo, vivir en una choza y demostrar que se puede vivir feliz con menos! ¡Atentos a los que empezaron a construir las casas con sus propias manos! Los que aprendieron nociones básicas de fontanería, de electricidad, de autoconsumo, de huerta, de albañilería y de todas esas cosas útiles que te permiten emanciparte de la ruidosa y exigente vida del tener. Atento a los que dejaron de ser prisioneros y liberaron su alma para ensalzar la vida hacia nuevas y diferentes metas.

Pero claro, la vida precaria no se lleva, no mola, no está bien vista. A nadie le gusta vestir mal, vivir mal, envejecer mal. Todos pensamos que la riqueza nos dará felicidad. Sí, claro que sí, siempre y cuando por dentro seamos felices. Pero cuando la riqueza, o la falta de la misma, nos da infelicidad, debemos girar nuestras mentes hacia otro tipo de cosmos, de valores y de visión. Hacia una radical y visionaria nueva forma de entender la vida y sus vínculos misteriosos.

Así que me levanto con cierto orgullo, tras llevar unos días construyendo una modesta cabaña de madera por menos de lo que vale un móvil de última generación y digo: claro, claro que se puede… La precariedad es maravillosa…

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¿Y si volviéramos a empezar?


 

© Gavin Dunbar
© Gavin Dunbar

 

Estoy rozando los cincuenta y puedo decir que a nivel personal, he logrado casi todos los éxitos que me había marcado en la adolescencia. Podría pensar que ya estoy disfrutando de una pronta jubilación y que estoy haciendo acopio de todo lo sembrado. Es cierto que uno siempre puede aspirar a más, pero a veces, lo inteligente es aspirar a menos. Para algunos esto podría ser síntoma de fracaso, o de fin de trayecto. Sin embargo, para mí es como volver a empezar desde otra base, desde otra ética, desde otra posición privilegiada, desde una generosidad diferente.

Leía hoy a alguien que decía que “hay que hacer buenos amigos, mantenerlos por el resto de la vida, y que sean personas a las que admiras y te agradan “. Esta mañana salía temprano de casa de una amiga que me agrada y a la que admiro profundamente. Es una de esas personas originales, difíciles de encontrar y más difícil aún de conocer. Tuve la suerte de poder entrar en su vida de forma sigilosa y admirar toda su existencia. Exteriormente pocos pueden entender su forma de vida, pero como decía, siento una profunda admiración por lo que es y representa.

Antes de coger la moto y volver a mi pequeño paraíso por la mañana temprano le mostraba con una sonrisa abierta ese agradecimiento. Me hizo una bonita foto junto al vehículo, una foto que no se puede mostrar por su incalculable valor, pero que representaba de alguna manera el amanecer brillante de esa sensación de que siempre se puede volver a empezar. Hacía seis grados de temperatura en todo el trayecto de casi cien kilómetros de un lado a otro, pero disfrutaba alegre de las vistas, de la niebla junto al río Miño y de los frondosos bosques que rodeaban todo el recorrido.

Esta semana es motivadora. Cuando hueles a septiembre, inevitablemente las neuronas se conjugan para retraerte a esos inicios de clase, a esa aventura de volver a empezar un ciclo con nuevos amigos, con nuevos relatos, con nuevas aventuras. Son momentos de contar como nos ha ido el verano, qué hicimos y cuales fueron los amores que vinieron y se fueron. Es tiempo de cierta nostalgia pero también es tiempo de volver a empezar.

Y uno puede empezar de nuevo a los cincuenta o a los sesenta o a los setenta o incluso a los ochenta. Siempre que se tenga ganas y motivación uno puede transmitir de nuevo ese entusiasmo por la vida. Debo admitir que durante unas semanas he tenido dudas sobre casi todo. Sentía cierta nostalgia y ganas de descansar de todos los avatares. Pero de repente, empiezan las campanadas de septiembre y uno se reactiva, se llena de vida y vigor, se expande interiormente. Es algo propio del otoño. Una especie de energía extra que nos prepara pacientemente para soportar el largo y frío invierno.

Uno se va haciendo mayor, y los amigos cada vez van siendo menos. Pero observo que los que quedan son verdaderos, y además, observo con cierta alegría interior que los que hay me agradan y admiro. Aprendo de ellos, son mejores que yo y por lo tanto siempre una fuente de aprendizaje. Me enseñan a ser pacientes, a ser austero, algo más social y amable. Me enseñan a bucear en la vida sencilla o a amar con pasión aquello que hago. También a hacer las cosas bien, aún a pesar de que uno siempre se equivoca. Me enseñan a ser mejor persona y a ver en la vida un verdadero significado profundo. Me enseñan a mirar desde mi ventana el misterio que rodea todo lo que vivimos y acontece. Ese misterio me recuerda que hoy puede ser un buen día para caminar de nuevo.

Sí, mañana es septiembre queridos. Así que quizás pueda ser un buen momento para volver a empezar. No importa la edad, no importa hacia dónde dirijamos nuestros pasos. Volver a empezar es la esperanza sobre el mañana, la alegría conmovedora de sentirnos vivos, la admiración secreta por la vida. No perdamos tiempo, aún podemos volver a empezar, aún podemos sentir el viento gélido en nuestro rostro mientras surcamos las nuevas veredas.

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Leer o visualizar, escribir o grabar, esta es la cuestión. La agonía de la creación


La ‘Agonía de la creación’ ,de Leonid Pasternak

Resulta difícil seducir y emocionar desde la palabra. Me refiero, claro, a la palabra escrita, tan denostada, apartada y arrinconada en este mundo de los massmedia tecnológicos. Estamos en la era de la imagen y el sonido, del video, del youtuber que gana más dinero que el más afamado de los escritores (un dato: con más de 800 millones de reproducciones se dice que Elrubius cobra unos 2,5 millones de euros al año, lo que se traduciría en más de 208.333 euros al mes, 6.900 euros al día o 290 euros la hora). Leer ya no se lleva. Ahora se lleva “visualizar”. Las nuevas generaciones han nacido con la “maquinita” en la mano y están acostumbrados a cautivar desde la imagen y el sonido. Los youtuber, la mayoría, no dicen nada que sea especial o profundo, pero como vivimos en el mundo de la ilusión, se han convertido en ilusionistas, en magos, en auténticos hipnotizadores capaces de mantenerte entretenido durante unos minutos al día para que disfrutes de lo absurdo de aquello que se llama perder el tiempo, arrinconar la vida, perderse la existencia.

Los videos se han convertido en el pan nuestro de cada día. Si antes no podíamos dejar pasar un día sin leer alguna página de un libro, ahora no podemos pasar un día sin ver un video. Realmente las cosas no han cambiado mucho. Antes los libros eran la forma de entretener, normalmente, contando cuentos o mentiras imaginadas en la mente del escritor. Me refiero aquí, por supuesto, a las novelas, pura idolatría descontextualizada del mundo del entretenimiento en los tiempos donde la televisión era escasa y uno tenía que imaginar mundos a base de narrativas. Ahora los mundos se dibujan con imágenes y sonidos que demuestran que ya estamos en otra era, y que el libro, artilugio anticuado donde los haya, se está convirtiendo en un saurio del saber. Estamos ante la agonía de la creación, al menos de esa creación lúcida y viva que pretendía dotar al ser humano de mucha más vida que la abarcable en lo cotidiano.

Cuando en la extinción masiva del Cretácico-Terciario desaparecieron la mayoría de los dinosaurios, las aves sobrevivieron y siguieron con el linaje de los lagartos terribles de aquella época. Los youtubers de ahora son como los supervivientes en la extinción del mundo primitivo de los libros. Una nueva era reptiliana donde lo importante es adormecer las mentes, no iluminarlas. 

Como en todo, hay youtubers buenos y otros mediocres. Los que más éxito tienen, en su mayoría, son los segundos. Esto tiene que ver con el principio hermético de correspondencia. Un mundo mediocre solo puede atraer a sí mismo éxitos mediocres. Una persona que se pasa todo el día fantaseando sobre videojuegos se convierte en una estrella de actualidad. Como los futbolistas en su día, pobres, destronados y agazapados a la tercera división del éxito. El pan y circo evoluciona, ley de vida. Los intelectuales españoles del siglo XIX se quejaban con su “pan y toros”. Luego vino el “pan y fútbol” y ahora algo de “pan e internet” para todos. Sigamos, por si acaso, denunciando el circo de antaño, no por creernos o sabernos más intelectuales que nadie, sino por pura supervivencia de una especie que parece ya agotada.

¿Qué pintan entonces aquí los escritores? Hubo un pequeño lapsus de tiempo en el que autoeditar un libro se puso de moda. De repente todo el mundo era escritor, aunque su obra fuera igual de mediocre que el mundo circundante. Luego vino aquello de ser bloguero, algo nuevo, que era guay, molaba. Más tarde nacieron los tuiteros, luego los ególatras de Instagram… Pero hoy día, si no eres un youtuber, realmente no eres nadie. Lo de estar en Facebook quedó desfasado, solo acto para abuelitas aburridas que aún no se atreven con la grabación. Igual que lo de tener un blog como este que nació allá por el 2008. Una auténtica antigualla de museo. O Twitter… ¿quién mira hoy día esa caja de grillos maleducada y ruidosa?

¡Videos! ¡La gente ahora quiere videos! De uno o dos minutos mejor, pero que digan mucho, o que por lo menos nos entretengan mucho. ¡Videos, más videos! Diría Goethe si muriera en este tiempo… Esa es la triste luz de nuestra era. Ese es el preludio del fin de nuestra mente libre e inteligente, crítica y amante de la verdad. ¡Ilusión, más ilusión! ¡Mentiras, no importan cuan grandes, con tal de estar entretenidos! Y aún está por llegar lo más increíble e importante de este nuevo siglo: la inteligencia artificial de la mano de la robótica que gritará agónica ¡maya, todo es maya! Veremos qué da de sí esa revolución tecnológica y cuánto quedará para nuestra pronta extinción. Goethe, por favor, vuelve… ¡luz, más luz!

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Imaginar utopías nos mantiene a salvo


Esta foto es muy significativa… estamos celebrando la puesta en marcha de la primera cabaña comunitaria, la cabaña que ahora habito unos años más tarde… ¡pero aún hay tanto por hacer!

Creo que escribir todos los días conviene. Yo mismo no cumplo con ese precepto. Soy muy haragán, pero creo que uno debe hacerlo. Además, Eliot decía que un poeta debe escribir muchas páginas que sólo sean versos, y no de poemas, porque tiene que estar listo para la eventual llegada de la musa o de la inspiración. En cambio, si no está entrenado, digamos, cuando llega el momento puede ser indigno de esa alta visita. (Jorge Luis Borges)

Caminaba por los prados. Observaba los árboles uno a uno. Algún día me gustaría catalogarlos, pero hay cientos. Abedules, castaños y robles son los que más abundan, pero entre ellos se encuentra alguna rareza. Y habría que añadir a la lista los frutales que hemos ido sembrando a lo largo de estos años. También me encanta descubrir esas rocas blancas redondas que hay por todas partes. Algunas las recojo y las amontono en el círculo de la entrada. Las más bonitas tienen siempre cierto protagonismo. Los pájaros también son cientos y aún no logro distinguir las múltiples especies. En la ciudad solo había dos o tres pájaros muy definidos: gorriones y palomas. Luego llegaron las cotorras para dar un poco de vida a tan pobre variedad. Pero en los bosques todo es diferente. No es de extrañar que este lugar tan virgen esté plagado de incluso algunos que no se dejan ver. Contar los múltiples elementales también sería una buena forma de proteger el mundo intangible, pero para eso hay que tener una cierta sensibilidad de la que es mejor no hablar. Hay algunas formas de vida que es mejor proteger de la curiosidad del extraño o el curioso.

Aparentemente el lugar podría ser otro cualquiera si no fuera porque para algunos “no hay tal lugar”. Una utopía es un lugar que no existe, y para muchos de vosotros este sitio no es más que un puñado de árboles, prados, piedras y pajarillos que van y vienen ignorando qué es lo que aquí se cuece. Me tocó ser guardián del lugar y del “no lugar”. El “no lugar” es la utopía que se encierra en estas casi cuatro hectáreas. Hay un ideario, una promesa, una esperanza. No se trata de catalogar los árboles, sembrar algo en la huerta y pasar el rato. Se trata de escribir todos los días una posibilidad, una alternativa, una especie de eventual inspiración que pueda servir a otros para modificar algo de su visión. Escribir un boceto de piedra, árboles y promesas es algo complejo. A veces desesperante, pero siempre motivante. Es esa causa mayor a la que uno aspira cuando ha logrado mantener su vida material satisfecha. Cuando eso ocurre, siempre se abre el vasto campo de la experiencia espiritual con todas sus consecuencias. Y materialmente me siento pleno porque cada día necesito menos.

Al igual que los virus se contagian, aquí intentamos contagiar esperanza, utopía. La gente viene y va, ahora solo bajo invitación, en silencio y siempre y cuando sean amigos de estrecha confianza. Al menos será así hasta la próxima primavera. Luego habrá que aventurarse a abrir de nuevos las puertas a lo desconocido y ver qué pasa. Todo dependerá de la evolución del “bichillo”. Debo, como guardián, escribir todos los días y apuntalar en letras lo que va ocurriendo mientras ese día llega. Hay que dejar una memoria escrita, algo que pueda servir para disparar la imaginación, para ensanchar el pensamiento, para ensamblar conductas en la nueva programación humana. Esto es un requerimiento antropológico, pero también artístico.

Hay que estar preparado para todo lo que pueda ocurrir. Escribir ayuda a dosificar las ideas, las experiencias, las promesas. Los amigos que se acercan entienden el proyecto, lo dulcifican y lo hacen más agradable con su presencia. Pero luego habrá que abrir las puertas de nuevo a lo desconocido, que, a su vez, permitirá hacer crecer las redes de amistad, fortalecer los lazos místicos que aún quedan por reencontrar y apuntalar el nuevo mundo que está preñado de esperanza.

En todo caso, imaginar utopías nos mantiene a salvo de la desidia, de la desazón, del desconsuelo. Las utopías son necesarias, especialmente en estos tiempos de derrumbe, de incertidumbre, de miedo. Las utopías, aún con sus fracasos arraigados dentro de su propia existencia, requieren cuidarse, mimarse, expandirse. El ser humano no podría vivir sin la promesa de tiempos mejores, de lugares mejores, de personas mejores. Sí, necesitamos las utopías, y a los poetas, y a los escritores, que son los que dibujan el mañana de nuestro espíritu humano, el cielo en la tierra, la esperanza de un mundo siempre mejor. Así que debo seguir escribiendo, y ser digno, si llegara, de tan noble visita. Sí, la inspiración, que viene de la parte arquetípica de nuestras vidas, del ser esencial, de la chispa original.

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Ver como el mundo se derrumba también puede ser un acto de amor


© Ready Rey
© Ready Rey

Volverás a levantar viejas ruinas, cimientos desolados por generaciones; te llamarán reparador de brechas, repoblador de lugares ruinosos. Isaías 58:12

En la trimurti de la mitología hinduista, Brahma es el dios que se ocupa de crear el universo, Visnú el que lo preserva y Shiva el que lo destruye. Representan los ciclos de creación, conservación y destrucción del universo, los cuales podemos ver constantemente en nuestras vidas y en los ciclos de la naturaleza. Pareciera que en estos momentos el aliento de Shiva estuviera golpeando el viejo mundo, destruyendo sus viejas formas a golpe de damaru, como si ya hubiera llegado el fin de este tiempo.

Si esto fuera así, si el viejo mundo ya estuviera destruyéndose, quizás poco a poco, quizás paso a paso, no deberíamos de ninguna forma aferrarnos al mismo. De hacerlo, nosotros seríamos engullidos, absorbidos por su fuerza destructora y centrífuga.

Ver como el mundo se derrumba también puede ser un acto de amor. Especialmente porque tocará aprender a desapegarnos de las viejas formas, de las primitivas instituciones, de la antigua moral. Deberemos observar como aquello que cae servirá de abono inevitable para lo nuevo. En el caldo de cultivo que se genera en la podredumbre del mundo, de lo añejo, nacen los componentes, el compost ideal para crear lo nuevo. En el hedor y la fermentación del pasado renace la vida de nuevo.

Esta vida se manifiesta irremediablemente. Pero también la muerte y la destrucción. La expiración que acontece en el final de los tiempos tiene que ver con el ciclo de la savia que sobrevive al derrumbe, de la semilla que aguarda en el frío invierno para erguirse triunfante en la primavera. Siendo así, ¿para qué aferrarnos a lo antiguo? Empujemos. Empujemos una y otra vez para ayudar a su desmorone. Sobre la ruina del viejo mundo se construirá la nueva casa.

Quisimos por eso buscar una ruina que ejemplarizara lo viejo destruido. Quisimos también demostrar que es posible reconstruir sobre lo antiguo, y que, además, se puede indicar desde allí el camino hacia lo nuevo. Disfrutamos de la reconstrucción como lo hacía aquel San Francisco de Asís. Un mundo en ruinas para construir un mundo nuevo. Por eso, insisto, ver como el mundo se derrumba, también puede ser un acto de amor. Algo nuevo florecerá cuando todo haya terminado. ¡Vida, más vida! ¡Aunque duela!

 

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Hagámoslo… Cerremos los ojos, y ya verás que todo cambia


© Yalçın Varnalı

A veces merece la pena cerrar los ojos profundamente. No ver, inmiscuirse en la nada, bajar las palpitaciones al mínimo, observar lo inobservable, profundizar en el silencio, en la oscuridad, en la inmediatez, en el suspiro. Al hacerlo, hay algo de nosotros que se anula, que desaparece, que deja paso. Cuando dejamos de ser “yo”, cuando apartamos nuestros condicionantes, nuestros miedos, nuestras manías, nuestros apegos, nuestros deseos, nuestras creencias, nuestros anhelos, nuestras fantasías y nuestras exigencias, ocurre algo diferente, algo que no nos pertenece. Es como si de alguna manera dejáramos actuar una parte de nosotros que siempre está encerrada y encapsulada y mancilla entre nuestra lista interminable de cosas que nos amarran a nuestra siempre limitada y ensoberbecida realidad.

Digamos, si fuéramos magos o algo parecido, que al cerrar los ojos de forma sincera y silenciar nuestro pequeño yo, se manifiesta nuestra parte más noble y profunda. O como diría aquel, se manifiesta ese reguero de universo que nos pertenece y que, por múltiples mutilaciones, no dejamos expresarse.

Y ocurre, sí que ocurre. Ocurre algo porque de repente todo cambia. Los escenarios cambian, los personajes cambian, el ánimo cambia, cambia la alegría, el entusiasmo, el poder que uno mismo siente ante los acontecimientos. Cambia todo, y al hacerlo, se dibuja un nuevo paisaje, una nueva oportunidad, un volver a empezar.

Claro, es normal, diríamos. Se apaga el ruido y se cierra el reflujo egoico para dejar que el propio logos se manifieste a sus anchas, con sus mensajes, con sus propias normas y caminos, con sus propios requisitos para engrandecer nuestra vasta experiencia humana. Ya no somos nosotros el timonel, sino algo que tiene mayor sabiduría, mayor visión de las múltiples realidades, mayor amparo ante las inexplicables leyes universales.

La premisa es fácil, aparentemente. Buscar un lugar tranquilo, cerrar los ojos, respirar profundamente, acallar la mente, las emociones, los deseos, las fantasías, los humos, los ánimos y desánimos, y entrar, ante la estrecha puerta de la iniciación diaria, en ese necesario punto de quietud, en esa pequeña brecha abismal. Alejarnos de nosotros mismos, o mejor dicho, de la mediocre imagen que tenemos de nosotros mismos, para que entre nuestra vida expansiva, nuestra realidad múltiple, nuestra belleza más prístina, nuestro propio hierofante.

¿Por qué siempre limitar nuestras vidas a ese escenario igual de limitado que nace de nuestra limitada capacidad de imaginar? Creemos que somos esto u aquello, que hemos nacido aquí o allá, que somos así o asá y que deberíamos aspirar a eso u otrora, a lo siguiente. Siempre limitando nuestras vidas con nuestras creencias sobre nosotros mismos, como si fuéramos un mero chiste, un reducto, una sombra melancólica que deambula sin exceso de motivaciones. Obviamos siempre que la vida es esotérica, misteriosa, y por lo tanto, oculta dentro de sí cosas que aún no somos capaces ni de imaginar. O mejor dicho, cosas a las que no dejamos expresar.

¡Ay! Pero algo ocurre cuando cerramos los ojos y respiramos profundamente y contemplamos y meditamos y expandimos nuestras consciencias y empezamos a cabalgar en la ola de aquello de lo que no se puede hablar y empezamos a entender el lenguaje oculto, sus símbolos, sus arquetipos, sus señales. Atravesamos el círculo-no-se-pasa y dilatamos hasta casi la infinitud nuestra esfera lumínica. Y entonces el ser se convierte en no-ser y la nada en absoluto y nosotros, ¡ay nosotros!, en algo difícil de explicar, comprender, analizar, entender, vislumbrar, acertar, advertir, discernir…

Entonces… ¡hagámoslo! Cerremos ahora mismo los ojos y dejemos que nuestras vidas se transformen. No tengamos miedo al qué dirán o al qué ocurrirá. Dejemos que cada día traiga su propio sosiego, como diría aquel. Dejemos que cada día se manifiesta una versión diferente de nosotros, mejor o peor, no importa, pero diferente. Equivoquemos el paso entendiendo a la vez que no hay caminos errados, solo flojera para empezar a practicar sus sendas, para empezar a caminar, a correr, a embarrar nuestros pulidos y protegidos zapatos. ¡Embarrémonos!

¡Ay! Hagámoslo… Cerremos los ojos, y ya verás que todo cambia.

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De agua fría, llevo ya años mojado


© Andre Vroon

 

Llevo ya unos años mojado, así que no temo en exceso a la lluvia. Cuando llueve me gusta mirar por la ventana, observar el griterío de las hojas que caen, del viento azuzando las laderas, los troncos. Ver caer las ramas más frágiles y observar como se amontonan en rincones aparentemente aleatorios. Ocurren mil cosas a la vez cuando llueve. Hay que estar atento a todo. Especialmente a las goteras que puedan abrirse paso por algún craso despiste o simplemente, por falta de mantenimiento o vejez.

Hace tres días andaba corrigiendo un libro de próxima aparición. Trata sobre la magia blanca y su aplicación práctica en el camino del discipulado. Una cosa de locos, me refiero a una cosa de los que emprenden el Camino del Loco. Estaba leyendo algo sobre el conocimiento aleatorio y la intuición cuando de repente empezó a gotear casi justo encima de mi cabeza. Tenía dolor de espalda así que andaba recostado encima de la cama, trabajando en la horizontalidad. Lo bueno de no tener jefes ni horarios es que puedes organizar tu trabajo como quieras, inclusive tumbado. Miré hacia arriba y allí estaba, la promesa de una gran gotera que tímida se abría paso justo encima de la cama. Sentí extrañeza porque el tejado lo había construido hace unos años a prueba de bombas. Pero recordé que en verano estuvimos subiendo capazos de tierra para renovar la que se había desgastado en el techo verde con el paso del tiempo y algo debimos hacer mal. Quizás pisamos en exceso y se quebró alguna parte del mismo. A saber.

Puse un cacharro debajo de la gotera, me calcé las botas de agua, me puse el chubasquero, fui hasta el taller a por la escalera, busqué una pala y mientras el agua de la lluvia golpeaba en todo mi rostro, subí a las alturas. Recordé que estaba solo y que debía andar con cautela. Cualquier resbalón o descuido podía ser el final. Nadie se enteraría si resbalaba, me daba un golpe en la cabeza y caía al vacío. Despacio, bajo la lluvia, con las botas embarradas en el tejado de tierra, empecé a vaciar con paciencia el trozo donde la gotera había irrumpido. La tierra que en verano habíamos puesto, con la lluvia, hizo de tapón en las piedras finales del drenaje, y el agua se acumulaba en una de las partes. Retiré primero la tierra, luego las piedras del drenaje y alcé con cuidado las dos capas de aislante. Una de ellas estaba inundada. El agua había entrado, había corroído una de las capas y había calado hasta mi cabeza.

A la hora de estar dando palazos me sentí abatido. Bajé, me fui hasta la pequeña cocina de la cabaña y me hice una buena merienda. No paraba de llover y el ánimo andaba por los suelos. Me quité las botas, me sequé la cara con una toalla, dejé el chubasquero todo embarrado a buen recaudo y volví a tumbarme mientras veía como la gotera poco a poco iba remitiendo. Tardó unas horas en desaparecer. Antes de que lo hiciera, fui hasta la casa grande. Allí habían aparecido siete goteras más en el tejado nuevo. Era desesperante, porque esas goteras son difíciles de reparar, especialmente en un tejado recién puesto todo de pizarra. Y especialmente ante el pensamiento de que aún no había llegado el invierno ni la temporada de lluvias. Esta había sido una pequeña tormenta de verano y ya teníamos las primeras goteras. Predicción seguramente de que me espera un invierno movido y complicado. Volví a la cabaña, dejé la corrección del libro y me fui a dormir, separando la cama de la gotera por si la noche fuera especialmente lluviosa.

Al día siguiente llegó el nuevo termo eléctrico. La idea es ir sustituyendo los calentadores de agua que funcionan a gas por los eléctricos. Si viene el fin del mundo, al paso que vamos, seguramente muy pronto, debemos estar preparados y no depender de terceros. Al haber aumentado el doble la capacidad eléctrica de las placas solares, ahora podemos también ir sustituyendo poco a poco el gas por la electricidad, con el ahorro que eso supone. Inmediatamente, ante la alegría interior de por fin poder ducharme con agua fluida, sin cortes, sin miedo a quedarte sin gas y sin el aparatoso viaje de ir al pueblo a comprar las botellas de butano, fui a la ferretería a por los materiales que necesitaba para su instalación. Una uve, dos grifos, manguera, teflón, … Siempre fui un auténtico inútil con todo lo que tuviera que ver con el bricolaje o las manualidades. Lo mío es el mundo del pensamiento, de las ideas, de los libros. Pero en estos últimos casi siete años en la montaña y los bosques he aprendido casi de todo. Incluso he aprendido a que, en el caso de que se derritieran los casquetes polares y viniera la gran ola, en la montaña estaríamos a salvo. Hay que estar preparado para todo, incluso para el Apocalipsis.

Esta mañana, emocionado porque la gotera no había vuelvo a aparecer a pesar de que aún no he podido reparar el tejado, ordenaba todas las herramientas. Primero corté el agua y la luz, saqué el nuevo termo eléctrico del embalaje y me puse a su montaje. Anclé los soportes, luego me puse con la fontanería y por último con la electricidad. Cuando volví a dar al agua había tres piezas que perdían. Volví a cerrar la toma y me puse con su reparación. Lo conseguí con algo de paciencia, cosa de la que no dispongo para este tipo de menesteres.

Ahora los termos son modernos y tienen wifi desde el cual poder controlar su encendido, apagado o programación desde una app. Le llaman el internet de las cosas. Puede parecer algo inútil a primera vista, pero para mí es toda una ventaja. Desde el móvil puedo controlar el flujo de las placas solares, puedo ver por la cámara si alguien viene a la puerta de la finca o puedo programar el calentador de agua dependiendo de si hay luz solar o no. Hay tecnologías que son completamente inútiles, como por ejemplo empalmar dos trozos de cable, ¡diosanto qué horror!. Pero hay otras que son una maravilla.

Acoplé por fin la app al aparato e hice el primer encendido. A las dos horas ya estaba terminado el proceso de calentamiento, pero al abrir el grifo, no salía agua caliente por ningún lado. Estuve una hora entera analizando dónde podía estar el error. Había acoplado las tuberías al viejo sistema de gas pensando que sería fácil la conducción de ambos sistemas, por si en invierno hubiera muchos días sin luz solar y debía tirar del gas, a falta de que para esos casos podamos comprar un molino de viento que recargue las baterías cuando falte sol. Pude encontrar el error, lo resolví, me quité la ropa apresurado y me tiré un buen rato bajo un flujo continuo de agua caliente sin interrupciones, sin prisas, simplemente disfrutando, tranquilo, en paz.

Es cierto que me vine a vivir a los bosques buscando la simplicidad voluntaria, el decrecimiento y la vida en la naturaleza. Lejos del sistema y sus comodidades, viviendo en una humilde cabaña de madera construida con mis manos, a lo largo de los años he aprendido que hay cosas a las que no puedo renunciar. Una de ellas es el papel higiénico y la otra, un buen chorro de agua caliente sobre mi desnudo cuerpo. De agua fría, como decía al principio, llevo ya años mojado.

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Reiniciando el Sistema


a
© Michal Giedrojc

Las crisis son provocadas cuando lo antiguo se aferra al pasado y lo nuevo golpea para ofrecer oportunidades de futuro. Ocurre en los países, en las empresas y en las relaciones. Esta vez está ocurriendo a nivel mundial.

Todo cambia, esa es una ley universal, o mejor dicho, lo único que permanece es el cambio, como dice el Tao. Aquello que no abraza el cambio, entra en crisis. Es por eso que vivimos lo que puede llegar a ser una de las mayores crisis conocidas. En estos momentos, estamos entrando de lleno en el futuro, en la quinta revolución industrial, en la revolución de las máquinas, de los robots, de la inteligencia artificial, de la emancipación total del individuo frente a las instituciones tradicionales como la familia o el Estado. Esto es una realidad palpable, de ahí que muchos individuos y sociedades estén viviendo, aún sin saberlo, un reseteo individual y global, una reiniciación de los sistemas operativos a los que hasta ahora nos habíamos aferrado, una iniciación a una nueva era de cambios inevitables.

De no abrazar ese futuro que ya se está haciendo presente y patente, viviremos un gran colapso a nivel mundial e individual. No se acaba el mundo, pero sí un mundo, el mundo antiguo, el mundo de las cosas, el mundo del consumo irracional y compulsivo, el mundo de lo epidérmico, de lo artificioso, de lo superficial, el mundo de la destrucción masiva de nuestros ecosistemas. Esta crisis va a provocar sin duda una recesión inevitable. Tendremos por delante unos años difíciles que deberemos enfrentar con cautela, al mismo tiempo que en ese tiempo cambiamos nuestros paradigmas interiores.

¿Qué tipo de modelo social y económico surgirá de esta crisis? Hay cosas que antes parecía de pocos y que ahora se ampliará hacia todo el mundo. Las redes de apoyo mutuo y cooperación empezarán a desarrollarse con mayor fuerza. La solidaridad se volverá inevitablemente mayor. También la ecología y el respeto hacia la naturaleza y los animales. Los que más tienen cederán ante los que no tienen nada y los que no tienen nada buscarán nuevos modelos de supervivencia, pero, sobre todo, nuevos modelos de convivencia y cooperación. El modelo de propiedad privada hipotecada estallará tarde o temprano, y se buscarán fórmulas de vida en comunidad, de compartir espacios y recursos. La necesidad engendrará el cambio inevitable hacia un mundo más solidario, natural y verdadero.

El Sistema no va a desaparecer, pero sí va a tener que reiniciarse. Toca vivir un tiempo de paciente resistencia. De observar el presente y el futuro con optimismo. De intentar buscar fórmulas nuevas para que nuestras vidas empiecen a cobrar un nuevo sentido. Habrá que buscar aliados, personas afines con las que juntas se pueda imaginar un nuevo modelo de vida. Vendrán tiempos difíciles, de apagón general, pero también tiempos de esperanza, de volver a empezar, de romper con nuestro modelo antiguo de vida y empezar una vida nueva de forma diferente.

Estos cambios deben llevarnos a pensar que habrá mucha mano de obra sobrante y que tendremos que buscar alternativas económicas para soportar el día a día. Reducir los gastos no es tan solo desterrar de nuestras vidas las tarjetas de crédito, las hipotecas y los préstamos. Supondrá tener que compartir el gasto y repartir los ingresos. Habrá que olvidar el endeudamiento masivo que hemos vivido en estas décadas y empezar a mirar más por el compromiso social, por la solidaridad entre todos, por la simplicidad voluntaria y por el inevitable decrecimiento. Los modelos de cohousing y de vida en comunidad inevitablemente crecerán a medida que la crisis acampe y las consciencias se amolden al nuevo panorama. ¿Estás listo para reiniciar tu sistema de valores, de creencias, de vida, de conciencia? En estos tiempos, tener menos será tener más.

 

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Los siete caminos espirituales o vías de realización interior


 

a

Muchas veces sentimos curiosidad por saber en qué lugar de nuestra evolución consciencial y espiritual nos encontramos. No existen reglas fijas o determinadas, pero los sabios de la sabiduría antigua nos han dado algunas pistas para poder situarnos en uno u otro camino, en una u otra consciencia, dependiendo de cual sea nuestro trabajo a nivel del alma. Esta visión facilita nuestro trabajo interior, y nos da pistas y soluciones para enfrentar nuestra labor y formas de servicio. Para unos será dominar la propia materia, para otros el aspecto etérico y vital, aquella energía que nos mueve y da vida. Para otros el mundo del deseo, las emociones o cuerpo astral. Unos pocos estarán intentando dar vida a la mente concreta y los menos, a la mente abstracta. Aún menos serán los que ya estén en el camino mágico del alma, desarrollando la intuición y la entrega más absoluta, gobernando el propio ego y dejando que sea el alma y su propósito vital el que lleve las riendas de nuestras vidas, de nuestra expresión más pura y trasparente, ya dentro del Gran Plan o la Gran Obra, como se conoce en la tradición antigua.

En esta breve síntesis intentamos plasmar algunas pistas que nos puedan orientar sobre nuestro camino, según nuestras tendencias o vías elegidas. No son caminos rígidos ni exactos, ni pretenden condicionar nuestra visión, pero sí adquieren significado en cuanto pueda llevarnos a cierta guía interior. Ninguno es mejor que otro, son solo aspectos que debemos trabajar en nuestras vidas. Y el que uno pertenezca, por ejemplo, a una escuela del camino azul no es indicador de que interiormente esté realmente en ese camino. Uno podría pertenecer, por ejemplo, a una escuela masónica pero poseer una consciencia del camino rojo. O viceversa, uno podría utilizar las artes adivinatorias y estar en una consciencia índiga. En todo caso, aquí dejamos esta aproximación por si sirve de guía y apoyo en nuestro camino interior.

  1. Camino Rojo (chakra raíz). Representa el aspecto de poder y voluntad en la naturaleza humana. Anclados en la materia, y dando los primeros pasos en el mundo de lo intangible, pretende desarrollar los poderes del cuerpo etérico mediante el contacto con las fuerzas de la naturaleza y la práctica de disciplinas como el hatha yoga. Aún fuertemente fondeados en la tierra y la materia, es el camino de todos los cultos y magias primitivas, de la superstición, de los chamanes, los médiums, la adivinación y el espiritismo que da acceso al plano astral inferior una vez gobernado el plano de la materia etérica. También es el camino de las tradiciones egipcias y los misterios griegos, de las creencias atlántidas y lemúricas, los cultos panteístas y los primeros cultos al sol. Es la senda de aquellos que emprenden su búsqueda espiritual mediante el consumo de plantas alucinógenas que conectan el plano físico con el plano etérico y el astral bajo. Con ello provocan unas primeras visiones de lo intangible de forma no natural ni evolutiva, pero suficiente para comprobar que ese mundo existe. Igualmente, es el camino de aquellos que emprenden las artes adivinatorias o el contacto con los muertos. Son las personas que conectan con la pachamama, con la tierra húmeda y doliente, con el mundo mágico, con los seres elementales del mundo sutil como las hadas, el camino de donde surge el panteísmo y el holizoismo, la wicca, la brujería, la magia, la adivinación, la mediunidad o la clarividencia. Algunos se identifican porque sus seguidores son asiduos al consumo de psicodélicos u otras drogas de aproximación. Les encanta los cantos de percusión, los ritmos alterados y todo aquello que genere una alteración de la consciencia como la música, el baile o el consumo de sustancias alucinógenas. Está relacionado con las tradiciones chamánicas y amerindias. Igualmente, con las tradiciones druidas y celtas. Los que están en este plano de consciencia les separan seis capas de maya o ilusión antes de la realización integral. Son personas que tienen sus primeros contactos con el mundo etérico mediante estas prácticas o creencias y empiezan el camino del dominio del plano físico. Sin aún ser aspirantes en la tradición primordial, su búsqueda seguirá de un lado para otro hasta encontrarse con un aspecto de mayor compromiso espiritual.

 

  1. Camino Naranja (chakra sacro). Representa el aspecto amor. Es reconocido en algunas tradiciones como el bhakti yoga o camino devocional, también señalado como el camino del yogui o la vía mística. De aquí nacen los primeros aspirantes, según la tradición, que empiezan un camino serio en la búsqueda espiritual. Tiene que ver con las religiones devocionales como el cristianismo, el islam, el sintoísmo o el hinduismo, que intentan atraer hacia sí las energías, desde el plano astral inferior, del plano astral superior, donde reinan los buenos deseos y las emociones elevadas de amor y fraternidad. También con los practicantes de yoga y el misticismo, sufismo o el tantra, y la magia ceremonial. Se les reconoce por su afición al canto devocional, a la quema de incienso, a la práctica del yoga, al servicio y ayuda al prójimo, a ciertos rituales. Suelen ser alegres y divertidos, muchos de ellos enfocados aún en el reconocimiento y el ego y otros en su anulación mediante la ayuda y el servicio a los otros. Su vida suele ser de entrega y sacrificio, de servicio y devoción, de práctica, purificación y disciplina del carácter. Aún no son capaces de percibir el camino interior, pero exteriormente, dan sus primeros pasos hacia el mismo mediando con instituciones, normalmente religiosas, que facilitan su desarrollo.

 

  1. Camino Amarillo (chakra del plexo solar). Este camino representa el aspecto sabiduría y desarrollo de los primeros poderes intelectuales, especialmente los de concentración y aquellos que tienen que ver con el arte. Es el camino que rige el plano astral superior, cuyo objetivo es empezar a dominar esas fuerzas y subliminarlas hacia la mente. Está relacionado con las religiones enfocadas en la mente concreta tales como el budismo, el taoísmo, zen o judaísmo, pretendiendo así alejarse de los instintos más básicos, ejerciendo cierto poder sobre los mismos. Suelen ser personas rígidas, serias y a veces excesivamente doctrinales dada la necesidad de controlar su aspecto animal o astral. Se pueden encontrar entre ellos los amantes de la astrología, el tarot, la cábala, la ufología y la parapsicología. Buscan serenidad y contemplación, pero es un camino, a diferencia del anterior, egoísta y centrado en la personalidad o en la búsqueda personal, individual y solitaria. Si el camino anterior era el del bodhisattva, este es el camino del arhat. El camino de la mente fría. Algunos eremitas o solitarios emprenden esta vía para bucear en los aspectos de la compasión y el amor a la vida, y para ejercer control sobre sus aspectos emocionales atraídos por el naciente aspecto mental. Según la tradición primordial, aquí estarían los primeros probacionistas, discípulos aún no conscientes del camino interior, pero profundamente dispuestos a hollarlo.

 

  1. Camino Verde (chakra del corazón). En él nace el aspecto armonía y concreción de la mente concreta mediante la sanación de los cuerpos físico, etérico y astral. La principal tarea de las personas que pertenecen a este camino es armonizar las nuevas ideas con lo antiguo, para que no haya ningún vacío peligroso o ruptura traumática. En este camino están todos los que basan su espiritualidad en la sanación, el contacto con la naturaleza, las plantas medicinales, las terapias de todo tipo, el reiki, el veganismo, la acupuntura, el ayurveda, la homeopatía, … Son los buscadores de belleza y armonía. Es un primer acercamiento hacia la consciencia más allá de uno mismo, más allá del frío intelecto y más allá de la mente concreta. Se empieza a desarrollar el amor al prójimo desde el desapego y desde la búsqueda desinteresada. También se tiene preocupación por la naturaleza y su protección. Este camino sería el punto álgido del camino rojo, integrando en él la primera triada de la personalidad y siendo ya conscientes de la necesidad de emprender el camino interior. Son probacionistas, según la tradición, altamente cualificados para hollar el sendero espiritual y enfrentarse a las primeras pruebas iniciáticas.

 

  1. Camino Azul (chakra de la garganta). Desarrolla el aspecto del conocimiento o ciencia y la construcción de la mente abstracta. Este camino tiene un significado especial para la humanidad, debido a que opera en el plano de la mente abstracta y pretende estimular el intelecto de los seres humanos, agudizándolo e inspirándolo hacia la consciencia y la intuición y separándose con ello de la esencia homo-animal. Es el camino del jñana yoga en la tradición oriental, el camino del primer contacto con la iniciación objetiva. También conocido como el camino del conocimiento, está vinculado al esoterismo, al ocultismo, a las ordenes iniciáticas, la teosofía, la antroposofía, el gnosticismo, la masonería, los rosacruces, la alquimia, el hermetismo, el Cuarto Camino… En este camino se empiezan a rasgar los últimos velos antes de comprender el significado oculto del mundo espiritual, y se empieza a tener los primeros contactos reales y conscientes con el mundo intangible. Si los otros caminos pertenecen a los aspirantes que buscan la verdad, este camino sería el que nos conduce hacia el sendero del discipulado y la conocida como puerta estrecha, aún en fase probacionista, pero con altos compromisos personales y primeras pruebas iniciáticas. Aquí el toque de clarín es más fuerte y claro, pero aún no es contundente.

 

  1. Camino Índigo (chakra del tercer ojo). Aspecto idealista o de búsqueda del alto ideal mediante la construcción del antakarana, el puente que conecta la mente abstracta con la realidad espiritual del alma. Este camino dota al ser humano de la capacidad de percibir el ideal, la realidad verdadera que existe detrás de la forma. Son personas que entrenan y ayudan a la humanidad para reconocer los ideales, inspirando las nuevas formas y los nuevos caminos desde la senda del discípulo ya aceptado. Representa el camino del raja yoga en la tradición oriental, el de los meditadores conscientes, los contemplativos comprometidos, los arcanos que han experimentado dentro de sí la segunda muerte, algunos, muy pocos aún, canalizaciones experimentados, algunos que han integrado el conocimiento advaita de la no-dualidad, aquellos que practican el mindfulness y el potencial humano de forma comprometida. Las creencias en los maestros ascendidos, la jerarquía espiritual y el movimiento nueva era estarían integrados en este camino. En este camino empiezan las primeras renuncias de la personalidad y las primeras aproximaciones a la vida del alma de forma clara y sin duda. Empieza el camino del guerrero, el camino del loco, el camino de aquel dispuesto a desprenderse de todo para centrar sus fuerzas en el propósito interior. Es un camino de total desprendimiento y búsqueda de la razón pura, la entrega voluntaria, el compromiso claro y abierto con el vasto mundo de la experiencia espiritual. Aún cometerá torpezas, pero las mismas le ayudarán a progresar intensamente hacia el devenir interior.

 

  1. Camino Violeta (chakra corona). Representa el aspecto de la magia ceremonial y la integración de los opuestos. El agni yoga en la tradición oriental o la ética viviente y la espiritualidad integral serán representativos de este camino. Es el camino de los primeros iniciados y los verdaderos intuitivos, los adeptos que ponen en práctica todas las enseñanzas y entregan su vida en ello, totalmente desapegados de los aspectos de la materia, el deseo y la mente. Es la espiritualidad por llegar, integradora de todas, sincrética, aglutinadora, basada en la realidad del alma integrada en la vida cotidiana. Es el camino del adepto, de aquel que fusiona la vía mística con la ocultista, entregando su vida a la construcción del nuevo mundo bajo la tutela de una fuerza mayor, a veces llamada en la tradición como fuerzas de un asrham, maestro o rayo. Este camino rige la verdadera obra mágica, la espiritualización de las formas y de la vida cotidiana, siendo el primer camino hacia la realización angélica. El ser se manifiesta en su plenitud e integra todos los caminos. El método de la nueva espiritualidad será evocar el idealismo grupal, el trabajo grupal y la búsqueda de realización comunal.

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Confinados en un sistema enfermo, reconectemos con los vivos

Confinados en un sistema enfermo, reconectemos con los vivos

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Paseando con el amigo Geo por el mundo real

No podemos quejarnos. No tenemos derecho. Lo sabemos y por eso, cómplices, obedecemos cualquier consigna, cualquier mandamiento. Sabemos que somos copartícipes y parte de la destrucción masiva de nuestro ecosistema. Secuaces encubridores de todas las injusticias del mundo. Siempre nos queda el grito desarmado para culpar al otro, al político inepto, al capitalista avaricioso, a mengano o fulano. Siempre son ellos mientras que a escondidas jugamos a su juego, bebemos de su misma sangre, como vampiros que absorben poco a poco la savia de este planeta.

Nos hemos vuelto perezosos. Sentados en nuestros sillones después de una larga jornada de esclavitud encubierta, ¿quién tiene tiempo y ganas para provocar cualquier cambio? Solo queremos estar distraídos con todo tipo de telepantallas. Solo queremos que las horas pasen, obviando cada segundo de vida, cada único e irrepetible instante. ¿Quién desea cambiar nada si la pereza y la desidia se ha apoderado de nosotros? Preferimos ocultarnos tras emoticonos, preferimos encerrarnos en la oscuridad de nuestras vidas, iluminadas únicamente por la pobre luminiscencia de las pantallas.

Pero este ya empieza a resultar ser un mensaje aburrido y trasnochado. Siempre con ese sentimiento de culpa por hacerlo todo mal. En las relaciones, en el trabajo, en la vida en general. ¡Claro que lo hacemos mal! No somos perfectos. Pero venga, ¡ánimo! Que tan poco es para tanto. Reconcíliate con tu prójimo o tu prójima, dale un beso, una caricia, abrázala. El ser humano solo pide un poco de cariño, y cuando se lo negamos, se entristece, se abruma, se pierde en la desidia. ¡Y tan poco es para tanto! No somos perfectos. Pero busca aliados de carne y hueso, de esos que ríen y lloran, que se enfadan y se alegran, que derraman sudor en la noche oscura.

El planeta sobrevivirá a nosotros. Si todo esto se nos va de las manos en los próximos cien o doscientos años vendrá la gran ola, o el gran terremoto. La tierra estornudará y la mitad de nosotros nos iremos al otro barrio. Pero no dramaticemos, sería algo merecido. Si convertimos nuestra especie en una plaga, el ecosistema se autorregula y todo continua hasta la próxima Sodoma y Gomorra. Es la ley de los ciclos.

Por eso debemos recapacitar individual y colectivamente, pero sin dramas. Bien, soy partícipe de un sistema enfermo. Un sistema que ya no se soporta así mismo. Un mundo distraído en lo que llaman la maya de la distracción, el mercado del entretenimiento. Estamos entretenidos, sin hacer mucho por salvar el planeta, o sin hacer mucho para salvarnos a nosotros mismos. Preferimos escondernos, cobardes de la pradera, bajo el mundo virtual, aséptico, pulcro, esterilizado. Un lugar donde nada nos puede hacer daño. Solo tenemos que pasar las horas mirando una y otra vez las mismas tonterías de siempre. Pasar de una pantalla a otra, de una viñeta de la vida virtual a otra. Pero ahí no está el verdadero conocimiento, ni la verdad sobre la existencia. Esa verdad solo se encuentra en el barro de la vida real, en la suciedad de las relaciones fallidas, en el sufrimiento y el dolor que causa escalar una montaña, sea la que sea, manchando tus manos y tus pies a cada paso, a cada sudor.

Bueno tranquilos, no nos pongamos serios. La vida pasa, moriremos, seguramente solos. Porque el mundo va cada vez más hacia la soledad individual. Nadie irá a nuestro entierro, porque la muerte será real y el mundo virtual no podrá competir con ella. Pero no importa. No importa si nuestras mugres se secan, si nuestros pechos dejan de ser acariciados, si dejamos de escuchar los ronquidos o el grito alado de la compañía. No importa mientras sigamos viviendo una vida irreal.

No sé, quizás aún estemos a tiempo de reconectar con los vivos. De apretar sus manos, de pasear entre los bosques, de enfadarnos cuando yerran, de frustrarnos cuando la pifian en la cama olvidando el calor y el sudor previo. Tal vez aún estemos a tiempo de reír y dejar que el mundo sea nuestra verdadera razón de ser. Y si no es así, no pasa nada, no dramaticemos, la vida sigue, a pesar nuestra.

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No soy poeta, pero como si lo fuera

No soy poeta, pero como si lo fuera

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© Dody Alaydrus

A los poetas nos gusta lloriquear en las esquinas. De alguna forma hay cierto disfrute en cada naufragio. Sobre todo por esa sensación de supervivencia que entroniza la vida en su más alto podio. Forma parte de nuestra dramática existencia. No es un defecto de forma, es más bien una esencia, un requerimiento para expresar ese mundo tan angostado que nace de las emociones. No es que yo sea realmente un poeta. Siempre fui débil, perdedor y poco querido niño agotado. Es decir, tenía todas las cartas para terminar escribiendo libros y poesía. A pesar de ello, no soy realmente un poeta, pero como si lo fuera. De ahí el drama, la melancolía, la languidez. Me gusta regodearme en esos estados de ánimo bajos. Los observo con cautela, para que no se desmadre el asunto, pero anotando todo cuanto ocurre en ese cuerpo arrollador que sube y baja como una noria, perseguido por los astros, por lo astral del sueño taciturno, por el deseo, por la necesidad, por la desdicha, por el drama.

Antes del naufragio, o de la tragedia, si se prefiere, debo decir que la pasada fue una de las mejores primaveras que recuerdo. De noche y de día abarcábamos el universo entero. Las dimensiones habituales se multiplicaban. Leíamos libros, comíamos bien a la sombra del árbol, en la nueva mesa, mientras veíamos como crecían las primeras simientes. El verde se apoderaba de todo hasta que apareció nuestra primera y única rosa. La idea era construir un hogar material y espiritual para enfrentarnos al invierno de la vida. Mientras lo hacíamos compartiendo complicidades, veíamos como los pájaros se mostraban especialmente generosos con sus cantos, compensados todas las mañanas con buenas dosis de semillas que esparcíamos puntuales en el comedero.

Aunque no era nuestro fuerte, hacíamos el amor de vez en cuando, entre bromas y risas, a sabiendas de que el atardecer siempre es un buen momento para respirar cualquier misterio. Pocas veces uno se encuentra con la complicidad intelectual y con la exquisita connivencia espiritual. Se puede decir que fue todo un éxito del apoderado que realizó el casting. Le puse un diez en la puntuación que había que cifrar cuando nos llegó la encuesta de calidad. Por fin había encontrado con quien hablar de aquello de lo que no se puede hablar. ¡Qué más se podía pedir! Esa fue nuestra primavera soñada. Dos almas gemelas encontrándose en un pequeño y reducido embudo de espacio-tiempo.

Cinco meses bastaron para darnos cuenta de que nuestras diferencias no eran mayores que nuestras similitudes, y que, en el balance final, el cuadro daba positivo. El guionista, por fin, había acertado en casi todo. Faltaba pulir algunos asuntos irrelevantes, pero es fácil adivinar que el tiempo pule aquellas aristas que impiden que dos piezas encajen a la perfección. El problema es saber sortear los obstáculos que ese tiempo va poniendo sobre la mesa para ir aprendiendo en el noble arte del modelado. El amor se hace, pero también se aprende. Y para aprender, hay que salir de vez en cuando huyendo, coger distancia y valorar si el guionista ha sido esta vez generoso con nosotros.

A pesar de la excelente primavera, un malentendido, o una broma cósmica, o vaya usted a saber, hizo que el verano no diera buenos frutos. Estuvimos experimentando con todo tipo de semillas, de tierras, de lugares, de formas de riego, de tiempos de siembra según si la luna estaba así o allá. Se notaba que nuestro fuerte no era sembrar y que, deductivamente, iba a ser poca la cosecha de este año. Unos jabalíes terminaron de fastidiar la cosecha de patatas que esta temporada prometía buenos frutos. Durante una semana estuvieron minando el campo, creando cráteres allí donde metían el hocico en búsqueda de alimento. No quedó ni un triste tubérculo.

Al final marchó, quizás hastiada de la rutina, o de ese intenso compartir diario que daba poco juego para la soledad. Sentí un gran vacío y todos los universos y dimensiones con ella descubiertos desaparecieron en la noche estival. No fue este un verano azul, sino un triste opus nocturno, taciturno, sempiterno. Siempre pienso que solo fue una pausa, como las anteriores, para coger distancia e interrogar al guionista sobre sí era o no cierto todo lo vivido. Es el engaño de la esperanza, o de la ilusión, por eso de que cuando algo es verdadero, permanece.

Ahora veo pasar las horas, un día acompañado del ciudadano Kane, otro acompañado de Vito Corleone, y siempre solitario, un poco como ellos. Cierta ansiedad me obliga a comer a todas horas, y noté mi propia dejadez cuando hoy fui a comprar y todos me miraban con desconfianza. Al volver busqué un espejo y comprendí el desprecio y la distancia social que sentí mientras buscaba algún alimento. No era por la pandemia, era por mis propias pintas, dejadas de la mano de esta naturaleza salvaje que de alguna manera moldea también mi realidad ilusoria. Debo cuidar el aspecto, al menos cuando salga de la selva boscosa y me adentre en la civilización.

El verano sigue. El bosque está completamente en silencio. Los pájaros ya no cantan, habiendo sucumbido a la extraña y para mi ajena misión del procrear. Por las noches sigue viniendo el ourizo cacho. Aunque no lo veo, lo escucho comer los restos que los gatos dejan en la alacena exterior. Es la única visita que recibo con cierto agrado. Me recuerda a la primavera, cuando salíamos a saludarlo medio desnudos, coqueteando con sus púas y felices por tener un amigo del bosque.

Tengo hambre. He descubierto una crema de chocolate vegana que compensa los vacíos existenciales a base de dulzor inevitable. Descubro que nada es perfecto, al mismo tiempo que revelo que todo tiende a la perfección. Incluso este momento de hambruna interior resulta apropiado. No estoy feliz porque me falta la musa que me mostraba universos, pero la felicidad siempre es algo que puede suplirse con una buena crema de chocolate. Ya no sé si habrán más primaveras como la de este año, que fue de las mejores. Tampoco importa. La vida siempre llena los huecos de auténtica sorpresa, y de no haberla, siempre nos quedará el chocolate y algo de dramática poesía. ¡Maldito verano náufrago! Que diría aquel.

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Supersticiones de nuestro tiempo

Supersticiones de nuestro tiempo

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Supersticiones de principios del siglo XX en contra del invento de la electricidad

Hay personas inteligentes que basan parte de su vida en buscar fallos al sistema. A veces movidas por el rencor de no ver reconocida su lucidez, afirman que esos fallos son la causa de que el mundo vaya mal. Sin embargo, estas teorías conspiranoicas son muchas veces falacias nacidas de la más absoluta de las ignorancias, sin fundamentos y alimentadas por la siempre compulsiva imaginación humana.

Obvian que las verdaderas fallas del sistema no son el 5G o la teoría de la tierra plana, sino más bien otras de calado mayor como las guerras, el hambre o la miseria. Injusticias que siempre pasan desapercibidas en nuestro teatro social, tan absorbidos siempre por nuestro pequeño ego y sus múltiples preocupaciones, distracciones y desvelos sobre el qué dirán, el qué vestiré o qué perfume me pondré mañana.

De hecho, estas teorías fomentan que los que de alguna forma pudieran ser críticos con esas verdaderas injusticias, estén preocupados en analizar cosas sin fundamento y sin aporte alguno a la mejora social. Conspiraciones que solo sirven para distraer la mente, mantenernos despistados sobre la realidad y anular toda capacidad de pensamiento crítico, valga la paradoja. Potenciar la desidia y la vagancia mental en vez de la mente creativa y constructiva es la peor enfermedad de nuestro tiempo.

Podríamos decir que uno de los aciertos del sistema es tener a esas mentes, muchas veces prodigiosas, desperdiciando su tiempo intentando demostrar la existencia de los reptilianos o del nuevo orden mundial y su élite malvada. Desperdiciar una vida entera en la investigación de esas fallas del sistema imaginarias y no en las verdaderas fallas reales de por qué existe aún en nuestro planeta las guerras y el hambre, es un verdadero desperdicio y una desvalorización de la lucidez mundial.

Veamos cuales son algunas de las supersticiones más populares de nuestro tiempo, más allá de romper un cristal, pasar por debajo de una escalera o cruzarse con un gato negro, que dicho así, parecen cosas del pasado en comparación a la que se nos avecina en este tiempo:

1. 5G. La idea de que el 5G es de lo peor que el ser humano ha creado no tienen ningún tipo de fundamento científico. Ocurrió lo mismo con el invento de la electricidad, del microondas o del 2G y sus antenas mortíferas. El miedo a los avances tecnológicos siempre han estado en nuestra sociedad.
2. El chip. Ese miedo a no ser controlados cuando cedemos todo nuestro control a todo el mundo no tiene fundamento. Un chip implantado en nuestro cuerpo no será más controlador que el que ya tenemos con nuestros móviles, tarjetas de crédito, números de documentos de identidad. ¿Qué más quieren saber de nosotros si ya lo saben todo?
3. Las vacunas. El miedo a las vacunas también es irracional. Las vacunas nos han ayudado a mejorar como sociedad en salud y bienestar.
4. La pandemia. Aún hay gente que piensa que el “bichillo” no existe, o se pasan el tiempo especulando sobre si viene o no de un laboratorio artificial o si lo han creado para vete tú a saber qué.
5. Los chemtrails y si el combustible real de los aviones es aire comprimido. Este quizás sea el más divertido de todos. Van asociados porque tienen que ver con los aviones. Solo hay que ver la fluctuación del petróleo para ver como caen en picado las compañías aéreas. Menuda panacea lo del aire comprimido si fuera cierto.
6. La tierra plana. Este es el que más me intriga. ¿Cómo es posible que exista una conspiración mundial, política, económica y científica que nos tenga creyendo que la tierra es un globo y no una tortuga sostenida por varios elefantes como creían los antiguos? Las fuerzas de gravedad y centrífuga perpendicular al eje de rotación, además de su consistencia, son cosas que no tienen explicación para los terraplanistas. A nadie se le ha ocurrido pensar que quizás la Tierra sea algo viscoso, una esfera achatada que evoluciona incesantemente moldeando bajo su plasma todo cuanto existe.
7. El contubernio, los iluminati, las élites malvadas y el Nuevo Orden Mundial. Este es brutal. Cualquier que ejerza algún tipo de poder ya se le tacha de malvado e iluminati. El odio que desprende toda esta gente hacia el imaginario colectivo es proporcional a la ignorancia mundial.
8. El inminente apocalipsis. El fin del mundo es la mejor amenaza para tener acojonado al personal. ¿Cuántos finales del mundo hemos vivido en los últimos dos mil años? El miedo siempre funcionó bien para mantener a la gente controlada.
9. La bomba atómica no existe. Qué pregunten por favor a los japoneses si existe o no.
10. Los reptilianos ya están aquí. Los reptilianos somos nosotros. Menudos seres que estamos hechos.
11. Elvis Presley no ha muerto. Este es el mejor. Estoy convencido de que no murió. Debe estar en alguna playa mondándose de risa. Peor suerte tuvo Paul McCartney. Algunos ingenuos piensan que aún está vivo.

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Saliendo de la oscuridad doliente

Saliendo de la oscuridad doliente

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© Sergey Novozhilov

Trata a un ser humano tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que está llamado a ser. Goethe

Si alguna vez tuve un don fue ese de poder ver en los otros sus capacidades latentes, su potencial verdadero para ser aquello que han venido a ser. Ese don siempre marcó una trayectoria de incomprensión. El motivo de esa incomprensión nace de la idea de  aferramos a nuestros espacios de seguridad y confort, de conformidad con lo que creemos que somos. Pocas veces queremos sacar aquello que llevamos dentro, aquello que realmente somos, aquello que late en nosotros con deseos de expresarse al mundo.

Es como si con el paso del tiempo quisiéramos apagar nuestra verdadera luz por temor, por miedo a equivocarnos, por pensar equivocadamente el conformarnos con aquello que han hecho de nosotros, con aquello que han moldeado en nosotros. Siempre admiré en el otro ese potencial, esa capacidad para romper los condicionantes sociales y culturales que durante toda nuestra vida han hecho mella en nuestra psique más profunda, condicionando cada uno de nuestros movimientos, impidiendo la verdadera emancipación individual, la verdadera expansión de nuestro ser. Alejándonos, en definitiva, de lo que realmente somos y hemos venido a hacer.

A veces lo noto también en mí. Me aferro al silencio, me aferro a la oscuridad para no brillar como debería hacerlo. Escondo mi leve luminiscencia, a veces por cansancio, más que por temor. Estos días deseaba permanecer oscuro, limitado, encerrado en mi pequeña realidad. Hay acontecimientos que configuran nuestra realidad, que condicinan nuestros actos o nuestro sentir. Y luego está la rebeldía, la fuerza innata que surge de la dignidad humana, de aquello que nos presenta como seres libres y pensantes, indulgentes ante un destino que podría marcarse como inevitable. No hay nada como rebelarnos a todo aquello que oprime nuestro verdadero ser, nuestro ser esencial que desea explotar en mil pedazos para expandir su presencia en todo cuanto existe.

Unas semanas de silencio, de vuelta al camino del desapego, de vuelta al camino del loco errante, solitario, soñoliento, no han servido para liberarme de ciertas ataduras, tan solo ha servido para descansar y recordarme que nada importa, excepto la necesidad de dejar brillar al otro mientras nosotros brillamos irreductiblemente. No como un brillo soñoliento, casi apagado, sino como una luz cegadora, luminiscente, lúcida. Detectar y potenciar ese brillo es lo que nos acerca realmente a nuestra misión liberadora. Ayudar a que otros brillen es lo que nos acerca al mundo real.

Quizás la lluvia inesperada de este día de agosto me ha despertado de nuevo a esa luz. ¡Levántate y anda, pequeño Lázaro! Es hora de emprender de nuevo el camino de la vida, de confiar en todos aquellos regalos que la inmensidad tiene preparados para nosotros cuando, desobedeciendo al orden establecido, nos aventuremos por los caminos, alzando nuestra voz y nuestra luz y forcejeando con la vida nos hagamos hueco en la existencia. ¡Levántate y anda! Resucita de nuevo a la vida, abriendo los brazos, alzando la mirada al infinito, lanzando nuestro voz al paladar dimensional profundo.

Hemos venido a liberar almas de su cautiverio, me recrimina mi yo real. No pierdas el tiempo en la servidumbre social y cultural, en la sumisión a ese séquito de dormidos que nada hacen para despertar a su potencial vida. No, ese trabajo no es fácil. Como decía al principio, es una trayectoria de incomprensión. Romper con los parámetros de normalidad, con las creencias, con las supersticiones, con las ideas e ideologías, con los mandamientos y ordenanzas, con la ley y la moral, con la costumbre y con los principios temporales que no sobreviven a la inevitable evolución humana, no es tarea fácil.

Y, sin embargo, aquí estamos, de nuevo, mirando el horizonte lluvioso, con los pies embarrados, incapaces de permanecer un día más al borde del camino, suficientemente conscientes de que la vida tiene que llevarnos por el camino de superación egoica hasta abrazar el logos que somos. Sí, una vez más, hemos ganado estas alturas para seguir adelante. ¡Luz, más luz!

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Un loco


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Es una tarde mustia y desabrida
de un otoño sin frutos, en la tierra
estéril y raída
donde la sombra de un centauro yerra.
Por un camino en la árida llanura,
entre álamos marchitos,
a solas con su sombra y su locura,
va el loco hablando a gritos.
Lejos se ven sombríos estepares,
colinas con malezas y cambrones,
y ruinas de viejos encinares
coronando los agrios serrijones.
El loco vocifera
a solas con su sombra y su quimera.
Es horrible y grotesca su figura;
flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
ojos de calentura
iluminan su rostro demacrado.
Huye de la ciudad… Pobres maldades,
misérrimas virtudes y quehaceres
de chulos aburridos, y ruindades
de ociosos mercaderes.
Por los campos de Dios el loco avanza.
Tras la tierra esquelética y sequiza
—rojo de herrumbre y pardo de ceniza—
hay un sueño de lirio en lontananza.
Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
—¡carne triste y espíritu villano!—.
No fue por una trágica amargura
esta alma errante desgajada y rota;
purga un pecado ajeno: la cordura,
la terrible cordura del idiota.
ANTONIO MACHADO

 Encuentros Eleusinos. Hablemos de milenarismo, desde Segovia

 Encuentros Eleusinos. Hablemos de milenarismo, desde Segovia

 

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Vistas desde mi habitación en la Casa de Espiritualidad de Segovia, con su impresionante acueducto en casi primera línea

La frase célebre de Fernando Arrabal en aquel también célebre programa de Fernando Sánchez Dragó caló en la memoria de muchas personas. Un Fernando Arrabal provocador, sincero y borracho ponía patas arriba el plató de televisión ante un Dragó comedido y formal que pretendía conducir el programa con cierta dosis de heroísmo. Los jóvenes que en aquella época veíamos a contertulios cultos y extraordinarios en muchos sentidos sentíamos cierta envidia intelectual. Quién me iba a decir a mí que años más tarde editaría al primero y me sentaría en una misma mesa con el segundo para hablar precisamente, y aquí está la sorpresa del asunto, sobre milenarismo.

Esta mañana, entre tinieblas y oscuridad, salíamos temprano hacia tierras de la Alcarria. La idea era aprovechar mi viaje hacia Segovia y desviarme para llevar a una joven postulante hacia su futuro hogar: el monasterio de Buenafuente, en la provincia de Guadalajara. El viaje, en silencio, fue precioso en cuanto a paisajes. Especialmente el trayecto entre la sierra de Guadalajara y Segovia, ya en solitario, admirando cada orografía como si fuera única e irrepetible. Algunos lugares me sonaban de viajes anteriores, como los paisajes de Sigüenza y Atienza, con sus espectaculares castillos, o la propia Alcarria, ahora tan añorada y que tantas veces visité en tiempos que ahora me parecen remotos.

A pesar de la larga distancia entre Galicia y el remoto monasterio, y de ahí a Segovia, llegué puntual a la cita en la Casa de Espiritualidad. Estaban los amables Sara y Javier organizando de forma dantesca un encuentro en plena pandemia. Hacía tiempo que no los veía y de alguna forma me alegró la añoranza del reencuentro. Y también Fernando, ya cambiado por el paso del tiempo, pero tan vital como siempre.

Los encuentros Eleusinos que esta hermosa triada organiza todos los años, ya van por el XXX, intentan emular en nuestro tiempo el encuentro con la gnosis, con los sabios y con la sabiduría perenne que atraviesa y sobrevive. La verdad es que estoy sinceramente agradecido a la invitación para poder mañana dar mi particular visión sobre el milenarismo, el final de los tiempos y el Apocalipsis que este momento de pandemia parece estar demostrando. Mi opinión al respecto es un poco peculiar, y espero que mañana no me echen, como buen hereje, de la sala donde impartiré dicha opinión. Como soy un auténtico aguafiestas provocador y siempre que me invitan a algún tipo de acto público termino metiendo la pata, espero que entre máscara y máscara todo pase desapercibido y vuelva pronto al recogimiento y a la ataraxia donde vivo.

En fin, espero, pase lo que pase, poder divertirme, disfrutar de la compañía de Fernando, que hacía tiempo que no veía, casi desde que éramos vecinos, el mi casero y yo su inquilino, en ese añorado barrio de Malasaña. Mañana al ruedo, triste y solitario, y que sea lo que el fin de los tiempos quiera.

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La Nueva Era como actualización de la espiritualidad de nuestro tiempo

La Nueva Era como actualización de la espiritualidad de nuestro tiempo

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En siglos pasados América se convirtió en sinónimo de libertad. Se abría ante los sueños de los colonos europeos un mundo virgen, por explorar, amplio y diverso, pero sobre todo, un mundo donde la libertad de las ideas, políticas, filosóficas o religiosas, verían una vía de escape que se alejaba del rancio y anticuado viejo continente. En antropología se habla del Gran Despertar, especialmente religioso, sufriendo cuatro etapas diferentes cargados de renovación espiritual en diferentes momentos de la historia reciente.

El mundo, tras los diferentes movimientos de secularización, ha vivido diferentes momentos de despertar espiritual. En estos momentos quizás estamos viviendo el quinto gran despertar. Quizás un despertar diferente, ecléctico, diverso, ecuménico, donde se mezclan todo tipo de creencias de un lado y otro del planeta, enriqueciendo, gracias a la globalización del pensamiento y las ideas, todo nuestro bagaje cultural. En este movimiento singular, llamado por algunos la Nueva Era, se reactualiza a nuestros tiempos el mensaje, los rituales y las creencias de las religiones pasadas, mezclando conceptos y ritos y organizando el misterio de forma diversa y diferente. La gestión de ese misterio no está en manos de instituciones o mediadores, sino que, perviviendo de forma invisible, se administra desde la emancipación privada y personal de cada individuo. El contacto con lo sagrado se hace directamente, sin intermediarios.

Esto crea a su vez dos tipos de respuestas, las negacionistas y las fundamentalistas. Las primeras intentan desmerecer el mérito o la evolución de la vida espiritual en nuestro tiempo, y la segunda intenta afianzarse con fuerza en la tradición, el culto y el dogma, rechazando y ridiculizando la nueva oleada y el nuevo revival espiritual.

La esencia del despertar no implica en sí mismo rechazar lo antiguo. El propio Jesús fue un fiel seguidor de la ley de los judíos. Pero tuvo la valentía de actualizar el lenguaje del Antiguo Testamento, el Tanak judío, a los nuevos tiempos. En esa nueva era que se dibujó hace dos mil años, no se pretendía anular lo viejo, menos aún crear una nueva religión, sino complementarlo, actualizarlo a un nuevo nivel de entendimiento y profundidad. Jesús lo expresó muy claramente: “No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir”.

El movimiento de la Nueva Era supone una reactualización de la vieja ley, esta vez universal, ecléctica, abierta, conciliadora y global, que no rivaliza con ninguna tradición, sino que pretende complementarla, revitalizarla y revivirla. La complejidad reside precisamente en la gran oferta de propuestas que intentan pujar unas con otras en un abanico inabarcable, en ocasiones excesivamente epidérmico y frívolo, en otras excesivamente oculto o esotérico, que intenta dar respuesta a todas las inquietudes interiores que en este nuevo tiempo se abre paso en el corazón de las personas.

Esto crea, como decía, afianzamientos fundamentalistas, miradas cortas que intentan negar la evidencia del nuevo tiempo, y que intentan, mediante el ridículo, competir en verdad y sacralidad. Es difícil poder comprender la dificultad que pudo llegar a tener Jesús en sus tiempos para intentar convencer a fariseos y saduceos de la nueva buena. La misma que hoy día las nuevas ideas intentan penetrar sin mucho éxito en la mente de los nuevos fundamentalistas, ya sean estos cristianos, musulmanes, budistas, hinduistas o judíos.

Lo interesante de todo es que estamos viviendo un nuevo despertar, y queramos o no, el ser humano cada vez quiere estrechar aún más los lazos con el misterio, con la sucesión de interrogantes que nos hacemos cada vez que nos enfrentamos a la vida estrecha, a la vida íntima y próxima, alejados del ruido y el tormento de las preocupaciones mundanas. Comprender el mensaje de nuestro tiempo nos ayudará a fluir más velozmente por esa actualización inevitable, creando en nosotros un nuevo molde conceptual capaz de ensanchar nuestra mirada, nuestra visión y nuestra experiencia espiritual, ya no basada tan sólo en meros sofismos, creencias o especulaciones, sino en una experiencia íntima y personal, intransferible e incomprensible si no se vive en primerísima persona.

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La actualización del lenguaje

La actualización del lenguaje

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© Michael Kenna

Antes de las lenguas estaba el silencio, la música y los números. Antes de la torre de Babel, el ser humano se comunicaba por esa misteriosa combinación que trascendía las lenguas. Actualmente la música y los números siguen siendo universales, y junto al silencio, crean una triada entre arte, ciencia y espiritualidad. Esa triada es básica para el entendimiento humano, sin embargo, está empañada por la interpretación polisémica del lenguaje. El arte provoca belleza, cortesía, humor, alegría, embelesamiento ante la creación. La ciencia nos aporta guía y razón, búsqueda incansable de justicia y saber. La espiritualidad nos acerca al misterio, a nuestra esencia, al símbolo que representa la propia existencia humana. Y  las lenguas, en casi todos sus matices, confusión.

Hay un éxtasis inevitable cuando dicha triada se conjuga más allá del lenguaje común. Saber, querer, osar y callar en el emblema místico. La cruz que ante su equilibrio une el cielo con la tierra, pero también lo eterno con lo finito. En la unidad de las cosas está la belleza, siempre contemplada desde la no-dualidad, desde el afán por ver más allá de las formas. Toda división es trágica, por eso nuestro mundo vive en una constante tragedia que el lenguaje se encarga de potenciar. Al dividir, nos alejamos de la esencia de las cosas. Al clasificar, al juzgar, al tachar, al criticar, estamos alejándonos de esa fuente subterránea que navega invisible en todas las formas. Separar siempre aporta una dosis de dolor a veces irrecuperable, y su sanación, provoca en nosotros un anhelo y una melancolía inevitable.

Cosmos es orden, unidad. Pero hay un momento que el orden desea convertirse en número, en kaos, que paradójicamente es lo primero que había, la hendidura universal. Sublevando la inteligencia, no podemos alcanzar la riqueza de todo cuanto habita. Nos resulta imposible acechar a la verdad en sus múltiples significados. Pensamos que la verdad es una unidad, pero realmente es una expresión de múltiples caras, símbolos y significados. Cualquier hecho que ocurre en nuestras vidas tiene cientos de registros y significaciones. ¿Cómo entonces entender la profundidad de la existencia limitando nuestro saber al lenguaje, a los lenguajes?

Podemos ver nuestras desgracias como axiomas de mala suerte, o prever que ese desequilibrio temporal desea provocar una vida mejor en un futuro incierto, en un lenguaje que aún no conocemos ni sabemos interpretar, o mejor dicho, un lenguaje que hemos olvidado. Más allá de la noche y el día, encontramos el érebo y el éter. Más allá de ambos, se extiende como una mancha una infinidad de capas de realidad que subyacen en dimensiones imposibles de entender. Por eso, cada acontecimiento no encierra tan solo una verdad, sino más bien un provocador estímulo para indagar en sus posibilidades. Agarrarnos a ese estímulo, con pasión, es lo que nos acerca al subterráneo vaso conductor de las cosas.

Uno no se puede quedar en el laberinto del lenguaje divisor, separador, en ese viejo orden de existencia, o trascenderlo y abrazar la unidad de todas las cosas. La vida es un regreso, una muerte que renueva constantemente todo cuanto existe. Vivir es morir, es peregrinar de un lado para otro, pero también de un pensamiento hacia otro, de una experiencia a otra. El circuito de la vida requiere experimentar esa dualidad inevitable y con ella, alcanzar la plenitud más bella. La vida es regresar constantemente, renacer constantemente, morir constantemente. Al morir, como al nacer, no eres nada ni nadie, y ahí empieza la verdadera odisea, el verdadero camino de retorno.

Podemos conmovernos con alguien o algo, podemos incluso estar una vida juntos conjugando el verbo y practicando incansablemente la búsqueda de la palabra perdida, pero si no morimos y renacemos una y otra vez, justos o separados, no tendremos la posibilidad de experimentar el éxtasis vital, el secreto del que no se puede hablar porque solo es posible entender desde la belleza, el silencio y la luz. Sabiduría, misterio, búsqueda.

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