No soy poeta, pero como si lo fuera

No soy poeta, pero como si lo fuera

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© Dody Alaydrus

A los poetas nos gusta lloriquear en las esquinas. De alguna forma hay cierto disfrute en cada naufragio. Sobre todo por esa sensación de supervivencia que entroniza la vida en su más alto podio. Forma parte de nuestra dramática existencia. No es un defecto de forma, es más bien una esencia, un requerimiento para expresar ese mundo tan angostado que nace de las emociones. No es que yo sea realmente un poeta. Siempre fui débil, perdedor y poco querido niño agotado. Es decir, tenía todas las cartas para terminar escribiendo libros y poesía. A pesar de ello, no soy realmente un poeta, pero como si lo fuera. De ahí el drama, la melancolía, la languidez. Me gusta regodearme en esos estados de ánimo bajos. Los observo con cautela, para que no se desmadre el asunto, pero anotando todo cuanto ocurre en ese cuerpo arrollador que sube y baja como una noria, perseguido por los astros, por lo astral del sueño taciturno, por el deseo, por la necesidad, por la desdicha, por el drama.

Antes del naufragio, o de la tragedia, si se prefiere, debo decir que la pasada fue una de las mejores primaveras que recuerdo. De noche y de día abarcábamos el universo entero. Las dimensiones habituales se multiplicaban. Leíamos libros, comíamos bien a la sombra del árbol, en la nueva mesa, mientras veíamos como crecían las primeras simientes. El verde se apoderaba de todo hasta que apareció nuestra primera y única rosa. La idea era construir un hogar material y espiritual para enfrentarnos al invierno de la vida. Mientras lo hacíamos compartiendo complicidades, veíamos como los pájaros se mostraban especialmente generosos con sus cantos, compensados todas las mañanas con buenas dosis de semillas que esparcíamos puntuales en el comedero.

Aunque no era nuestro fuerte, hacíamos el amor de vez en cuando, entre bromas y risas, a sabiendas de que el atardecer siempre es un buen momento para respirar cualquier misterio. Pocas veces uno se encuentra con la complicidad intelectual y con la exquisita connivencia espiritual. Se puede decir que fue todo un éxito del apoderado que realizó el casting. Le puse un diez en la puntuación que había que cifrar cuando nos llegó la encuesta de calidad. Por fin había encontrado con quien hablar de aquello de lo que no se puede hablar. ¡Qué más se podía pedir! Esa fue nuestra primavera soñada. Dos almas gemelas encontrándose en un pequeño y reducido embudo de espacio-tiempo.

Cinco meses bastaron para darnos cuenta de que nuestras diferencias no eran mayores que nuestras similitudes, y que, en el balance final, el cuadro daba positivo. El guionista, por fin, había acertado en casi todo. Faltaba pulir algunos asuntos irrelevantes, pero es fácil adivinar que el tiempo pule aquellas aristas que impiden que dos piezas encajen a la perfección. El problema es saber sortear los obstáculos que ese tiempo va poniendo sobre la mesa para ir aprendiendo en el noble arte del modelado. El amor se hace, pero también se aprende. Y para aprender, hay que salir de vez en cuando huyendo, coger distancia y valorar si el guionista ha sido esta vez generoso con nosotros.

A pesar de la excelente primavera, un malentendido, o una broma cósmica, o vaya usted a saber, hizo que el verano no diera buenos frutos. Estuvimos experimentando con todo tipo de semillas, de tierras, de lugares, de formas de riego, de tiempos de siembra según si la luna estaba así o allá. Se notaba que nuestro fuerte no era sembrar y que, deductivamente, iba a ser poca la cosecha de este año. Unos jabalíes terminaron de fastidiar la cosecha de patatas que esta temporada prometía buenos frutos. Durante una semana estuvieron minando el campo, creando cráteres allí donde metían el hocico en búsqueda de alimento. No quedó ni un triste tubérculo.

Al final marchó, quizás hastiada de la rutina, o de ese intenso compartir diario que daba poco juego para la soledad. Sentí un gran vacío y todos los universos y dimensiones con ella descubiertos desaparecieron en la noche estival. No fue este un verano azul, sino un triste opus nocturno, taciturno, sempiterno. Siempre pienso que solo fue una pausa, como las anteriores, para coger distancia e interrogar al guionista sobre sí era o no cierto todo lo vivido. Es el engaño de la esperanza, o de la ilusión, por eso de que cuando algo es verdadero, permanece.

Ahora veo pasar las horas, un día acompañado del ciudadano Kane, otro acompañado de Vito Corleone, y siempre solitario, un poco como ellos. Cierta ansiedad me obliga a comer a todas horas, y noté mi propia dejadez cuando hoy fui a comprar y todos me miraban con desconfianza. Al volver busqué un espejo y comprendí el desprecio y la distancia social que sentí mientras buscaba algún alimento. No era por la pandemia, era por mis propias pintas, dejadas de la mano de esta naturaleza salvaje que de alguna manera moldea también mi realidad ilusoria. Debo cuidar el aspecto, al menos cuando salga de la selva boscosa y me adentre en la civilización.

El verano sigue. El bosque está completamente en silencio. Los pájaros ya no cantan, habiendo sucumbido a la extraña y para mi ajena misión del procrear. Por las noches sigue viniendo el ourizo cacho. Aunque no lo veo, lo escucho comer los restos que los gatos dejan en la alacena exterior. Es la única visita que recibo con cierto agrado. Me recuerda a la primavera, cuando salíamos a saludarlo medio desnudos, coqueteando con sus púas y felices por tener un amigo del bosque.

Tengo hambre. He descubierto una crema de chocolate vegana que compensa los vacíos existenciales a base de dulzor inevitable. Descubro que nada es perfecto, al mismo tiempo que revelo que todo tiende a la perfección. Incluso este momento de hambruna interior resulta apropiado. No estoy feliz porque me falta la musa que me mostraba universos, pero la felicidad siempre es algo que puede suplirse con una buena crema de chocolate. Ya no sé si habrán más primaveras como la de este año, que fue de las mejores. Tampoco importa. La vida siempre llena los huecos de auténtica sorpresa, y de no haberla, siempre nos quedará el chocolate y algo de dramática poesía. ¡Maldito verano náufrago! Que diría aquel.

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Supersticiones de nuestro tiempo

Supersticiones de nuestro tiempo

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Supersticiones de principios del siglo XX en contra del invento de la electricidad

Hay personas inteligentes que basan parte de su vida en buscar fallos al sistema. A veces movidas por el rencor de no ver reconocida su lucidez, afirman que esos fallos son la causa de que el mundo vaya mal. Sin embargo, estas teorías conspiranoicas son muchas veces falacias nacidas de la más absoluta de las ignorancias, sin fundamentos y alimentadas por la siempre compulsiva imaginación humana.

Obvian que las verdaderas fallas del sistema no son el 5G o la teoría de la tierra plana, sino más bien otras de calado mayor como las guerras, el hambre o la miseria. Injusticias que siempre pasan desapercibidas en nuestro teatro social, tan absorbidos siempre por nuestro pequeño ego y sus múltiples preocupaciones, distracciones y desvelos sobre el qué dirán, el qué vestiré o qué perfume me pondré mañana.

De hecho, estas teorías fomentan que los que de alguna forma pudieran ser críticos con esas verdaderas injusticias, estén preocupados en analizar cosas sin fundamento y sin aporte alguno a la mejora social. Conspiraciones que solo sirven para distraer la mente, mantenernos despistados sobre la realidad y anular toda capacidad de pensamiento crítico, valga la paradoja. Potenciar la desidia y la vagancia mental en vez de la mente creativa y constructiva es la peor enfermedad de nuestro tiempo.

Podríamos decir que uno de los aciertos del sistema es tener a esas mentes, muchas veces prodigiosas, desperdiciando su tiempo intentando demostrar la existencia de los reptilianos o del nuevo orden mundial y su élite malvada. Desperdiciar una vida entera en la investigación de esas fallas del sistema imaginarias y no en las verdaderas fallas reales de por qué existe aún en nuestro planeta las guerras y el hambre, es un verdadero desperdicio y una desvalorización de la lucidez mundial.

Veamos cuales son algunas de las supersticiones más populares de nuestro tiempo, más allá de romper un cristal, pasar por debajo de una escalera o cruzarse con un gato negro, que dicho así, parecen cosas del pasado en comparación a la que se nos avecina en este tiempo:

1. 5G. La idea de que el 5G es de lo peor que el ser humano ha creado no tienen ningún tipo de fundamento científico. Ocurrió lo mismo con el invento de la electricidad, del microondas o del 2G y sus antenas mortíferas. El miedo a los avances tecnológicos siempre han estado en nuestra sociedad.
2. El chip. Ese miedo a no ser controlados cuando cedemos todo nuestro control a todo el mundo no tiene fundamento. Un chip implantado en nuestro cuerpo no será más controlador que el que ya tenemos con nuestros móviles, tarjetas de crédito, números de documentos de identidad. ¿Qué más quieren saber de nosotros si ya lo saben todo?
3. Las vacunas. El miedo a las vacunas también es irracional. Las vacunas nos han ayudado a mejorar como sociedad en salud y bienestar.
4. La pandemia. Aún hay gente que piensa que el “bichillo” no existe, o se pasan el tiempo especulando sobre si viene o no de un laboratorio artificial o si lo han creado para vete tú a saber qué.
5. Los chemtrails y si el combustible real de los aviones es aire comprimido. Este quizás sea el más divertido de todos. Van asociados porque tienen que ver con los aviones. Solo hay que ver la fluctuación del petróleo para ver como caen en picado las compañías aéreas. Menuda panacea lo del aire comprimido si fuera cierto.
6. La tierra plana. Este es el que más me intriga. ¿Cómo es posible que exista una conspiración mundial, política, económica y científica que nos tenga creyendo que la tierra es un globo y no una tortuga sostenida por varios elefantes como creían los antiguos? Las fuerzas de gravedad y centrífuga perpendicular al eje de rotación, además de su consistencia, son cosas que no tienen explicación para los terraplanistas. A nadie se le ha ocurrido pensar que quizás la Tierra sea algo viscoso, una esfera achatada que evoluciona incesantemente moldeando bajo su plasma todo cuanto existe.
7. El contubernio, los iluminati, las élites malvadas y el Nuevo Orden Mundial. Este es brutal. Cualquier que ejerza algún tipo de poder ya se le tacha de malvado e iluminati. El odio que desprende toda esta gente hacia el imaginario colectivo es proporcional a la ignorancia mundial.
8. El inminente apocalipsis. El fin del mundo es la mejor amenaza para tener acojonado al personal. ¿Cuántos finales del mundo hemos vivido en los últimos dos mil años? El miedo siempre funcionó bien para mantener a la gente controlada.
9. La bomba atómica no existe. Qué pregunten por favor a los japoneses si existe o no.
10. Los reptilianos ya están aquí. Los reptilianos somos nosotros. Menudos seres que estamos hechos.
11. Elvis Presley no ha muerto. Este es el mejor. Estoy convencido de que no murió. Debe estar en alguna playa mondándose de risa. Peor suerte tuvo Paul McCartney. Algunos ingenuos piensan que aún está vivo.

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Saliendo de la oscuridad doliente

Saliendo de la oscuridad doliente

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© Sergey Novozhilov

Trata a un ser humano tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que está llamado a ser. Goethe

Si alguna vez tuve un don fue ese de poder ver en los otros sus capacidades latentes, su potencial verdadero para ser aquello que han venido a ser. Ese don siempre marcó una trayectoria de incomprensión. El motivo de esa incomprensión nace de la idea de  aferramos a nuestros espacios de seguridad y confort, de conformidad con lo que creemos que somos. Pocas veces queremos sacar aquello que llevamos dentro, aquello que realmente somos, aquello que late en nosotros con deseos de expresarse al mundo.

Es como si con el paso del tiempo quisiéramos apagar nuestra verdadera luz por temor, por miedo a equivocarnos, por pensar equivocadamente el conformarnos con aquello que han hecho de nosotros, con aquello que han moldeado en nosotros. Siempre admiré en el otro ese potencial, esa capacidad para romper los condicionantes sociales y culturales que durante toda nuestra vida han hecho mella en nuestra psique más profunda, condicionando cada uno de nuestros movimientos, impidiendo la verdadera emancipación individual, la verdadera expansión de nuestro ser. Alejándonos, en definitiva, de lo que realmente somos y hemos venido a hacer.

A veces lo noto también en mí. Me aferro al silencio, me aferro a la oscuridad para no brillar como debería hacerlo. Escondo mi leve luminiscencia, a veces por cansancio, más que por temor. Estos días deseaba permanecer oscuro, limitado, encerrado en mi pequeña realidad. Hay acontecimientos que configuran nuestra realidad, que condicinan nuestros actos o nuestro sentir. Y luego está la rebeldía, la fuerza innata que surge de la dignidad humana, de aquello que nos presenta como seres libres y pensantes, indulgentes ante un destino que podría marcarse como inevitable. No hay nada como rebelarnos a todo aquello que oprime nuestro verdadero ser, nuestro ser esencial que desea explotar en mil pedazos para expandir su presencia en todo cuanto existe.

Unas semanas de silencio, de vuelta al camino del desapego, de vuelta al camino del loco errante, solitario, soñoliento, no han servido para liberarme de ciertas ataduras, tan solo ha servido para descansar y recordarme que nada importa, excepto la necesidad de dejar brillar al otro mientras nosotros brillamos irreductiblemente. No como un brillo soñoliento, casi apagado, sino como una luz cegadora, luminiscente, lúcida. Detectar y potenciar ese brillo es lo que nos acerca realmente a nuestra misión liberadora. Ayudar a que otros brillen es lo que nos acerca al mundo real.

Quizás la lluvia inesperada de este día de agosto me ha despertado de nuevo a esa luz. ¡Levántate y anda, pequeño Lázaro! Es hora de emprender de nuevo el camino de la vida, de confiar en todos aquellos regalos que la inmensidad tiene preparados para nosotros cuando, desobedeciendo al orden establecido, nos aventuremos por los caminos, alzando nuestra voz y nuestra luz y forcejeando con la vida nos hagamos hueco en la existencia. ¡Levántate y anda! Resucita de nuevo a la vida, abriendo los brazos, alzando la mirada al infinito, lanzando nuestro voz al paladar dimensional profundo.

Hemos venido a liberar almas de su cautiverio, me recrimina mi yo real. No pierdas el tiempo en la servidumbre social y cultural, en la sumisión a ese séquito de dormidos que nada hacen para despertar a su potencial vida. No, ese trabajo no es fácil. Como decía al principio, es una trayectoria de incomprensión. Romper con los parámetros de normalidad, con las creencias, con las supersticiones, con las ideas e ideologías, con los mandamientos y ordenanzas, con la ley y la moral, con la costumbre y con los principios temporales que no sobreviven a la inevitable evolución humana, no es tarea fácil.

Y, sin embargo, aquí estamos, de nuevo, mirando el horizonte lluvioso, con los pies embarrados, incapaces de permanecer un día más al borde del camino, suficientemente conscientes de que la vida tiene que llevarnos por el camino de superación egoica hasta abrazar el logos que somos. Sí, una vez más, hemos ganado estas alturas para seguir adelante. ¡Luz, más luz!

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Un loco


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Es una tarde mustia y desabrida
de un otoño sin frutos, en la tierra
estéril y raída
donde la sombra de un centauro yerra.
Por un camino en la árida llanura,
entre álamos marchitos,
a solas con su sombra y su locura,
va el loco hablando a gritos.
Lejos se ven sombríos estepares,
colinas con malezas y cambrones,
y ruinas de viejos encinares
coronando los agrios serrijones.
El loco vocifera
a solas con su sombra y su quimera.
Es horrible y grotesca su figura;
flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,
ojos de calentura
iluminan su rostro demacrado.
Huye de la ciudad… Pobres maldades,
misérrimas virtudes y quehaceres
de chulos aburridos, y ruindades
de ociosos mercaderes.
Por los campos de Dios el loco avanza.
Tras la tierra esquelética y sequiza
—rojo de herrumbre y pardo de ceniza—
hay un sueño de lirio en lontananza.
Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!
—¡carne triste y espíritu villano!—.
No fue por una trágica amargura
esta alma errante desgajada y rota;
purga un pecado ajeno: la cordura,
la terrible cordura del idiota.
ANTONIO MACHADO

 Encuentros Eleusinos. Hablemos de milenarismo, desde Segovia

 Encuentros Eleusinos. Hablemos de milenarismo, desde Segovia

 

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Vistas desde mi habitación en la Casa de Espiritualidad de Segovia, con su impresionante acueducto en casi primera línea

La frase célebre de Fernando Arrabal en aquel también célebre programa de Fernando Sánchez Dragó caló en la memoria de muchas personas. Un Fernando Arrabal provocador, sincero y borracho ponía patas arriba el plató de televisión ante un Dragó comedido y formal que pretendía conducir el programa con cierta dosis de heroísmo. Los jóvenes que en aquella época veíamos a contertulios cultos y extraordinarios en muchos sentidos sentíamos cierta envidia intelectual. Quién me iba a decir a mí que años más tarde editaría al primero y me sentaría en una misma mesa con el segundo para hablar precisamente, y aquí está la sorpresa del asunto, sobre milenarismo.

Esta mañana, entre tinieblas y oscuridad, salíamos temprano hacia tierras de la Alcarria. La idea era aprovechar mi viaje hacia Segovia y desviarme para llevar a una joven postulante hacia su futuro hogar: el monasterio de Buenafuente, en la provincia de Guadalajara. El viaje, en silencio, fue precioso en cuanto a paisajes. Especialmente el trayecto entre la sierra de Guadalajara y Segovia, ya en solitario, admirando cada orografía como si fuera única e irrepetible. Algunos lugares me sonaban de viajes anteriores, como los paisajes de Sigüenza y Atienza, con sus espectaculares castillos, o la propia Alcarria, ahora tan añorada y que tantas veces visité en tiempos que ahora me parecen remotos.

A pesar de la larga distancia entre Galicia y el remoto monasterio, y de ahí a Segovia, llegué puntual a la cita en la Casa de Espiritualidad. Estaban los amables Sara y Javier organizando de forma dantesca un encuentro en plena pandemia. Hacía tiempo que no los veía y de alguna forma me alegró la añoranza del reencuentro. Y también Fernando, ya cambiado por el paso del tiempo, pero tan vital como siempre.

Los encuentros Eleusinos que esta hermosa triada organiza todos los años, ya van por el XXX, intentan emular en nuestro tiempo el encuentro con la gnosis, con los sabios y con la sabiduría perenne que atraviesa y sobrevive. La verdad es que estoy sinceramente agradecido a la invitación para poder mañana dar mi particular visión sobre el milenarismo, el final de los tiempos y el Apocalipsis que este momento de pandemia parece estar demostrando. Mi opinión al respecto es un poco peculiar, y espero que mañana no me echen, como buen hereje, de la sala donde impartiré dicha opinión. Como soy un auténtico aguafiestas provocador y siempre que me invitan a algún tipo de acto público termino metiendo la pata, espero que entre máscara y máscara todo pase desapercibido y vuelva pronto al recogimiento y a la ataraxia donde vivo.

En fin, espero, pase lo que pase, poder divertirme, disfrutar de la compañía de Fernando, que hacía tiempo que no veía, casi desde que éramos vecinos, el mi casero y yo su inquilino, en ese añorado barrio de Malasaña. Mañana al ruedo, triste y solitario, y que sea lo que el fin de los tiempos quiera.

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La Nueva Era como actualización de la espiritualidad de nuestro tiempo

La Nueva Era como actualización de la espiritualidad de nuestro tiempo

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En siglos pasados América se convirtió en sinónimo de libertad. Se abría ante los sueños de los colonos europeos un mundo virgen, por explorar, amplio y diverso, pero sobre todo, un mundo donde la libertad de las ideas, políticas, filosóficas o religiosas, verían una vía de escape que se alejaba del rancio y anticuado viejo continente. En antropología se habla del Gran Despertar, especialmente religioso, sufriendo cuatro etapas diferentes cargados de renovación espiritual en diferentes momentos de la historia reciente.

El mundo, tras los diferentes movimientos de secularización, ha vivido diferentes momentos de despertar espiritual. En estos momentos quizás estamos viviendo el quinto gran despertar. Quizás un despertar diferente, ecléctico, diverso, ecuménico, donde se mezclan todo tipo de creencias de un lado y otro del planeta, enriqueciendo, gracias a la globalización del pensamiento y las ideas, todo nuestro bagaje cultural. En este movimiento singular, llamado por algunos la Nueva Era, se reactualiza a nuestros tiempos el mensaje, los rituales y las creencias de las religiones pasadas, mezclando conceptos y ritos y organizando el misterio de forma diversa y diferente. La gestión de ese misterio no está en manos de instituciones o mediadores, sino que, perviviendo de forma invisible, se administra desde la emancipación privada y personal de cada individuo. El contacto con lo sagrado se hace directamente, sin intermediarios.

Esto crea a su vez dos tipos de respuestas, las negacionistas y las fundamentalistas. Las primeras intentan desmerecer el mérito o la evolución de la vida espiritual en nuestro tiempo, y la segunda intenta afianzarse con fuerza en la tradición, el culto y el dogma, rechazando y ridiculizando la nueva oleada y el nuevo revival espiritual.

La esencia del despertar no implica en sí mismo rechazar lo antiguo. El propio Jesús fue un fiel seguidor de la ley de los judíos. Pero tuvo la valentía de actualizar el lenguaje del Antiguo Testamento, el Tanak judío, a los nuevos tiempos. En esa nueva era que se dibujó hace dos mil años, no se pretendía anular lo viejo, menos aún crear una nueva religión, sino complementarlo, actualizarlo a un nuevo nivel de entendimiento y profundidad. Jesús lo expresó muy claramente: “No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir”.

El movimiento de la Nueva Era supone una reactualización de la vieja ley, esta vez universal, ecléctica, abierta, conciliadora y global, que no rivaliza con ninguna tradición, sino que pretende complementarla, revitalizarla y revivirla. La complejidad reside precisamente en la gran oferta de propuestas que intentan pujar unas con otras en un abanico inabarcable, en ocasiones excesivamente epidérmico y frívolo, en otras excesivamente oculto o esotérico, que intenta dar respuesta a todas las inquietudes interiores que en este nuevo tiempo se abre paso en el corazón de las personas.

Esto crea, como decía, afianzamientos fundamentalistas, miradas cortas que intentan negar la evidencia del nuevo tiempo, y que intentan, mediante el ridículo, competir en verdad y sacralidad. Es difícil poder comprender la dificultad que pudo llegar a tener Jesús en sus tiempos para intentar convencer a fariseos y saduceos de la nueva buena. La misma que hoy día las nuevas ideas intentan penetrar sin mucho éxito en la mente de los nuevos fundamentalistas, ya sean estos cristianos, musulmanes, budistas, hinduistas o judíos.

Lo interesante de todo es que estamos viviendo un nuevo despertar, y queramos o no, el ser humano cada vez quiere estrechar aún más los lazos con el misterio, con la sucesión de interrogantes que nos hacemos cada vez que nos enfrentamos a la vida estrecha, a la vida íntima y próxima, alejados del ruido y el tormento de las preocupaciones mundanas. Comprender el mensaje de nuestro tiempo nos ayudará a fluir más velozmente por esa actualización inevitable, creando en nosotros un nuevo molde conceptual capaz de ensanchar nuestra mirada, nuestra visión y nuestra experiencia espiritual, ya no basada tan sólo en meros sofismos, creencias o especulaciones, sino en una experiencia íntima y personal, intransferible e incomprensible si no se vive en primerísima persona.

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La actualización del lenguaje

La actualización del lenguaje

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© Michael Kenna

Antes de las lenguas estaba el silencio, la música y los números. Antes de la torre de Babel, el ser humano se comunicaba por esa misteriosa combinación que trascendía las lenguas. Actualmente la música y los números siguen siendo universales, y junto al silencio, crean una triada entre arte, ciencia y espiritualidad. Esa triada es básica para el entendimiento humano, sin embargo, está empañada por la interpretación polisémica del lenguaje. El arte provoca belleza, cortesía, humor, alegría, embelesamiento ante la creación. La ciencia nos aporta guía y razón, búsqueda incansable de justicia y saber. La espiritualidad nos acerca al misterio, a nuestra esencia, al símbolo que representa la propia existencia humana. Y  las lenguas, en casi todos sus matices, confusión.

Hay un éxtasis inevitable cuando dicha triada se conjuga más allá del lenguaje común. Saber, querer, osar y callar en el emblema místico. La cruz que ante su equilibrio une el cielo con la tierra, pero también lo eterno con lo finito. En la unidad de las cosas está la belleza, siempre contemplada desde la no-dualidad, desde el afán por ver más allá de las formas. Toda división es trágica, por eso nuestro mundo vive en una constante tragedia que el lenguaje se encarga de potenciar. Al dividir, nos alejamos de la esencia de las cosas. Al clasificar, al juzgar, al tachar, al criticar, estamos alejándonos de esa fuente subterránea que navega invisible en todas las formas. Separar siempre aporta una dosis de dolor a veces irrecuperable, y su sanación, provoca en nosotros un anhelo y una melancolía inevitable.

Cosmos es orden, unidad. Pero hay un momento que el orden desea convertirse en número, en kaos, que paradójicamente es lo primero que había, la hendidura universal. Sublevando la inteligencia, no podemos alcanzar la riqueza de todo cuanto habita. Nos resulta imposible acechar a la verdad en sus múltiples significados. Pensamos que la verdad es una unidad, pero realmente es una expresión de múltiples caras, símbolos y significados. Cualquier hecho que ocurre en nuestras vidas tiene cientos de registros y significaciones. ¿Cómo entonces entender la profundidad de la existencia limitando nuestro saber al lenguaje, a los lenguajes?

Podemos ver nuestras desgracias como axiomas de mala suerte, o prever que ese desequilibrio temporal desea provocar una vida mejor en un futuro incierto, en un lenguaje que aún no conocemos ni sabemos interpretar, o mejor dicho, un lenguaje que hemos olvidado. Más allá de la noche y el día, encontramos el érebo y el éter. Más allá de ambos, se extiende como una mancha una infinidad de capas de realidad que subyacen en dimensiones imposibles de entender. Por eso, cada acontecimiento no encierra tan solo una verdad, sino más bien un provocador estímulo para indagar en sus posibilidades. Agarrarnos a ese estímulo, con pasión, es lo que nos acerca al subterráneo vaso conductor de las cosas.

Uno no se puede quedar en el laberinto del lenguaje divisor, separador, en ese viejo orden de existencia, o trascenderlo y abrazar la unidad de todas las cosas. La vida es un regreso, una muerte que renueva constantemente todo cuanto existe. Vivir es morir, es peregrinar de un lado para otro, pero también de un pensamiento hacia otro, de una experiencia a otra. El circuito de la vida requiere experimentar esa dualidad inevitable y con ella, alcanzar la plenitud más bella. La vida es regresar constantemente, renacer constantemente, morir constantemente. Al morir, como al nacer, no eres nada ni nadie, y ahí empieza la verdadera odisea, el verdadero camino de retorno.

Podemos conmovernos con alguien o algo, podemos incluso estar una vida juntos conjugando el verbo y practicando incansablemente la búsqueda de la palabra perdida, pero si no morimos y renacemos una y otra vez, justos o separados, no tendremos la posibilidad de experimentar el éxtasis vital, el secreto del que no se puede hablar porque solo es posible entender desde la belleza, el silencio y la luz. Sabiduría, misterio, búsqueda.

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Mézclate estrechamente con la vida

Mézclate estrechamente con la vida

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© Marc Marx

En el decálogo del escritor, Hemingway nos decía estas cosas:

1. Permanece enamorado
2. Esfuérzate en escribir
3. Mézclate estrechamente con la vida
4. Frecuenta a escritores consagrados
5. No pierdas el tiempo
6. Lee sin tregua
7. Escucha música y mira pintura
8. No intentes explicarte
9. Sigue el impulso de tu corazón
10. Calla. La palabra mata el instinto creador

Permanecer enamorado es imprescindible para seguir viviendo. Uno puede enamorarse estrechamente de una persona, pero es imprescindible estar enamorado de la vida. La vida en todo su conjunto es la suma de cientos de luminarias que revolotean a nuestro alrededor y que nosotros, con nuestra visión, damos forma y color. Es imprescindible estar enamorado y sentir cada instante como único. Incluso los instantes que te llenan de dolor. Incluso los tragos amargos que a veces debemos tomar para luego comprender la profundidad del dulzor toda la existencia en su conjunto. Incluso en el dolor, uno debe estar enamorado para así poder comprender la plenitud de ser.

Esforzarse en escribir es algo complejo. Uno puede considerarse realmente escritor si hace de ello su oficio. Esto requeriría la disciplina de escribir al menos entre ocho y diez horas diarias. Este sin duda es uno de mis grandes sueños. Es cierto que he escrito algunos libros (doce publicados hasta el momento y algunos a la espera de revisión), pero especialmente desde hace seis años, no encuentro tiempo para poder sentarme a realizar lo que más me gusta. Doce años escribiendo casi ininterrumpidamente en este blog no es motivo suficiente para autodenominarse escritor. Simplemente es un vago intento para que las neuronas sigan en forma. Un pequeño ejercicio diario para mantener el flujo vital de la escritura. En todo caso, pienso que todo el mundo debería esforzarse en escribir. Especialmente en escribir nuestras vidas. Cada verso, cada frase, puede cambiar radicalmente los acontecimientos de nuestra existencia. Incluso un grito ensordecedor puede reducir algo bello en un canto desesperado. Todos los días debemos escribir nuestro relato vital, y en la medida de lo posible, hacer que sea único y verdadero.

Mezclarse estrechamente con la vida es algo inevitable. Uno debe, incluso en el momento de mayor rabia, estrechar los lazos con la vida. No debemos dejarnos vencer por lo inanimado. Debemos, en la alegría y en la tristeza, vivir con intensidad cada carga, cada experiencia, cada tregua, cada prueba que se acerca hacia nosotros para mostrarnos una realidad diferente. La alianza con la vida debe gritar dentro de nosotros, desesperadamente. Debemos mezclarnos, debemos ser vida, embajadores de la existencia plena.

Frecuenta a escritores consagrados, ya sean aquellos que viven, o aquellos que se hicieron eternos en sus obras. Nunca juzgues su personalidad, ni sus actos, que muchas veces dejan mucho que desear. Sumérgete en la apasionada lectura de su obra y vive esa doble vida, esa existencia paralela que nace al leer un libro. Lee sin tregua, y de paso, escucha música y mira pintura como expresiones inherentes a la belleza. La vida debe ser bella, y debemos rodearnos de belleza, o en su caso, ayudar a crearla.

No pierdas el tiempo, y no hagas perder el tiempo al otro si en la comunión de las almas no hay disfrute y pasión, si todo se torna apático u oscuro, o nace la reunión simplemente por un interés sin más. Si el interés está por encima de la pasión, es mejor no que no perdamos el tiempo. Y esto vale para todas las cosas de la vida.

No intentes explicarte. Muchas veces intentamos explicar cosas de las que no se pueden hablar. ¿De qué sirve una vida justificada a cada instante? Si no estás a gusto en un lugar, esfúmate. Si no te gusta una compañía, desaparece. Sin mayor cortesía ni explicación. ¿Para qué proseguir con la farsa? A veces hacemos de nuestra vida una comedia, en vez de una experiencia vital. Vive la vida, no intentes explicarla. Y para ello, sigue siempre el impulso del corazón. Esto es quizás lo más importante. La vida debe vivirse con la pasión del que siente poder experimentar el jugo último de la existencia. Y cuando eso ocurra, calla. La palabra siempre mata el instinto creador. Guarda silencio sobre tu obra, y bucea desde ese silencio en lo más profundo del Ser. ¿Para qué explicar lo que me ocurre en estos momentos? Mejor estar callado, y luego, que la vida se entremezcle en nosotros si ese es su deseo, su pasión.

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El reino de los cielos es un estado de consciencia, y está en vosotros

El reino de los cielos es un estado de consciencia, y está en vosotros

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Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? San Agustín

Estamos trabajando sobre la edición de un libro que trata sobre la figura de Jesús, desde una perspectiva abierta y considerándolo como un verdadero maestro de sabiduría. Una de las premisas que trata el libro que próximamente sacaremos a la luz es sobre la idea de que cuando Jesús hablaba del reino de los cielos, se refería más bien a un estado de consciencia, a un estado del Ser. Cuando Jesús decía que “el Reino de los Cielos está entre vosotros, cerca”, quería decir que está aquí y ahora, en nosotros. Es decir, es solo una mirada, una consciencia diferente, una visión más profunda de las cosas, un estado, si se quiere entender así, diferente.

Uno puede mirar la creación desde diferentes ángulos, pero también desde diferentes profundidades. La visión puede estar protegida o marcada por nuestra peculiar forma de ver la vida, o puede ser transparente, pura, sólidamente afianzada en una brillantez alejada de nuestro particular prisma. Son cosas de las que no se pueden hablar, pero también son realidades que se superponen unas sobre otras. Eso implica un sentimiento de disidencia hacia la realidad plana tal y como la hemos creado en nuestro sistema de creencias, desconectando al mismo tiempo de una realidad marcada por un exceso de filtros.

En este sentido, Jesús vino para declarar la guerra a la simplicidad de nuestra mirada, y para obligarnos a mirar la vida con mayor profundidad. Cuando eso ocurre, se obra el milagro de estar habitando, de repente, en el reino de los cielos. Es como la kénosis cristiana, el vaciamiento. Uno se vacía de sí mismo para llenarse de lo otro, y ese otro, el reino de los cielos, nos llena la vida de un sentido más amplio y verdadero. Es como si en términos metafísicos, nuestra vida entrara en la corriente de la Vida, siendo profundamente la vibración de toda la existencia.

El reino de los cielos es una metanoia que nace desde lo más profundo de nuestro corazón y nuestra mente, y viene para transformar nuestra realidad y contemplarla, dirigirla y vivirla de forma radicalmente diferente. El mensaje de Jesús, en todo su contexto y contenido, es revelador y revolucionario. Más allá de la doctrina, a veces superficial y exagerada que las iglesias han diseñado sobre su figura, el contenido de sus enseñanzas son verdaderamente un mensaje alentador, capaz de transformarnos si acudimos a su significado profundo, y tenemos la capacidad, sobre todo, de llevarlo a la práctica, a la vida cotidiana, rebajarlo de la abstracción a lo real.

¿Cómo podemos entonces imaginar el reino de los cielos, admitiendo que puede estar aquí y ahora dentro de nosotros? Al decir que se trata de un estado de consciencia, entendemos que se trata de una consciencia diferente, llena de los valores que Jesús se encargaba de compartir sin descanso. Valores que tienen que ver con la recta justicia, con el amor incondicional, con la vida pacífica de aquellos que consiguen gobernar sus instintos y volverlos mansos. Uno se despoja de todo aquello que no tiene como intención ese reino de los cielos. Uno se vuelve ligero de equipaje, y ocupa su vida a transmitir de mil maneras esa nueva buena. A veces con el ejemplo, a veces con la palabra, a veces entregando la propia vida. Hay una inevitable gnosis en todo esto, pero también una inevitable práctica.

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Entre dos mundos

Entre dos mundos

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© At the End of an Aeon

Ayer llegamos tarde después de unos días lejos de aquí. Pasar de veinte a cuarenta grados no fue una experiencia agradable. Los primeros dos días estaba descompuesto, silencioso, desorientado. Los siguientes solo tenía ganas de dormir o volver. No era solo por los cuarenta grados. Era como si el mundo, ese mundo lejos de estos bosques, hubiera cambiado. Esta nueva normalidad es extraña. El ambiente es extraño. Las compañías igual de extrañas. Todo es extraño. Hay cierta desconfianza en el ambiente.
Incluso yo me sentía extraño después de cinco meses enclaustrado en la pequeña cabaña, en este pequeño bosque. Realmente deseaba volver.

Sentí un gran alivio al estar aquí de nuevo. Ahora somos cinco personas. Ninguna de ellas con muchas ganas de atravesar esa frontera insólita que ha nacido entre el mundo natural del campo y los bosques y el mundo de la ciudad. Este lugar se ha convertido en una especie de isla paradisíaca, en refugio de almas sensibles que desean desde la más silenciosa introspección bucear en el nuevo mundo.

Muchas voces apocalípticas creen que el viejo mundo, el antiguo paradigma, se está desmoronando. Hasta ahora no lo creía así. Pensaba que la vida se regeneraría de forma silenciosa y tranquila. Pero como si de una profecía celestina se tratara, en esta primera incursión fuera de las fronteras boscosas, he sentido por primera vez como si fuera realmente así, como si algo, sin saber exactamente qué, se estuviera desmoronando. Una sensación parecida a aquella que muchos sentimos cuando las torres gemelas de desplomaron y desaparecieron para siempre.

Hoy me sentía un poco desorientado. Ha sido un choque fuerte el viajar y salir de aquí. Me pasé casi todo el día medio dormido, con ganas de no hacer nada, cansado, aturdido, un poco errante y perdido. En diez días tengo que salir del nuevo al “mundo”, ir a Segovia para dar una conferencia y la sensación que tengo interiormente es que no me apetece volver a marcharme. Realmente no me apetece abandonar más este lugar. No al menos hasta que la gente deje de mirarte con desconfianza, no al menos hasta que podamos circular libremente, sin máscaras, sin miedo a ningún contagio, sin pandemias, no si no podemos volver a abrazarnos con normalidad.

Dicen algunos, los más alarmistas, que estamos atravesando el umbral del final de los tiempos y que las cosas se pondrán peores a partir de ahora. La sensación que tenía interiormente en este viaje corto ha sido como si el final de los tiempos ya llegó, y que algunos, quizás pocos, ya vivieran por dentro el nuevo mundo. Quizás el final de los tiempos no sea una destrucción masiva como ocurrió en tiempos de la Atlántida o de Noé. Quizás el final de los tiempos, el apocalipsis, sea una forma distinta de ver y observar la vida, una forma distinta de vivir y de entender la existencia.

Lo cierto es que he podido navegar entre dos mundos estos días. Entre el mundo de la materia densa, de lo virtual tejido por esa misteriosa Araña invisible, un mundo de glamour decadente y soberbia desmesurada, de máscaras y ahora mascarillas, de pandemias, de hambre, de guerras. Y ese otro mundo de silencio, de naturaleza, de belleza, de abrazo y de amor. Lo siento pero me he sentido extraño, aturdido, como si volviera de algún tipo de mal sueño asfixiante. Ahora, ya a salvo en esta pequeña cabaña, vuelve poco a poco la paz, la tranquilidad, la sensación de estar en un refugio a prueba de bombas, y a prueba del fin del mundo. Si todo se acaba, por favor, que se acabe abrazado a un árbol.

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Emigrantes, ¡¡no vengáis a Europa!!

Emigrantes, ¡¡no vengáis a Europa!!

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Echando una mano en los campos de refugiados de la isla de Chios, hace unos años

Cuando estuve en las islas griegas echando una mano con los emigrantes sirios y de otros países que se jugaban la vida para llegar al sueño europeo se me rompía el corazón una y otra vez. Sentí una gran vergüenza allí en el Egeo. Soy hijo de emigrantes y conozco un poco la realidad embustera de intentar buscar una vida mejor en un lugar mejor. Yo mismo con el tiempo me he convertido en un migrante de ida y vuelta, de aquí para allá, intentando acomodar mis inquietudes en aquellos lugares que generosamente me acogían. La hambruna y la guerra obligan al desplazamiento de miles de personas todos los años, lo mío es puro capricho.

Según los datos de Acnur, solo el año pasado casi ochenta millones de personas tuvieron que abandonar sus hogares y se convirtieron en refugiados en lugares extraños y lejanos. Son datos escalofriantes si tenemos en cuenta que muchos países aún viven en guerras cronificadas (más de 25 conflictos en la actualidad entre los que destacan Yemen, Irak, Siria, Sudán del Sur, Somalia, Afganistán…) y otros muchos aún están padeciendo hambruna (Líbano, Congo, Sudán, Etiopía…) Según los datos de Acnur, un 1% de la población mundial está desplazada. Nuestro propio país ha vivido diversas oleadas de emigración, especialmente en la Guerra Civil española y en la postguerra, primero a América y luego a países europeos. Huir de la guerra, la persecución o el hambre es algo que reclama soluciones radicales en este mundo cada vez más globalizado. ¿Cómo es posible que aún ocurran estas cosas? Aquí las Naciones Unidas es responsable directo de este gran fracaso. Y por supuesto, los países desarrollados que no hacen nada para paliar estas situaciones.

Una buena amiga que colabora con una organización que ayuda en todo lo que puede al tránsito de estas personas hacia lugares seguros, me pidió que compartiera una campaña de financiación para ayudar a crear una App que pueda organizar la ayuda y de esta manera ser más eficaz con la misma. Los datos para dicho apoyo están en este enlace:
https://startsomegood.com/refaidfronterasur

Mientras leía las noticias que llegan desde el Rif y la frontera entre Marruecos y España, entre África y Europa, la llamada Frontera Sur, me daba cuenta de la complejidad y el anhelo que allí se respira. Primero, la complejidad de no juzgar los motivos directos por los que cada una de esas personas arriesgan su vida para alcanzar un mundo mejor. Luego, la complejidad de ayudar a los valientes que lo intentan. Y también la complejidad de analizar las causas primeras que hacen que muchos de ellos busquen una vida más próspera. Sin análisis previo, y visceralmente me sale de las entrañas gritar eso de ¡no vengáis a Europa! Pero no como un grito racista o xenófobo, sino como una advertencia desesperada.

La advertencia pasa un poco por mi propia experiencia. No vengáis a Europa porque es verdad que nunca os faltará comida y cierta conquista de derechos fundamentales, pero a cambio de vivir hacinados en campos de refugiados, o en pisos tutelados, o quizás, si tenéis algo de suerte y podéis emanciparos recogiendo fruta de un lado para otro, viviréis bajo un puente, en pobres alamedas o tirados en la calle. Pero aún si sois de los que tienen suerte, progresaréis, y pronto podréis comprar vuestro móvil último modelo, y viviréis en unos pisos de unos treinta o cuarenta metros cuadrados, normalmente hacinados toda la familia. Y quizás encontréis un empleo y luego podáis comprar un piso algo más grande, e incluso un coche. Y así, durante muchos años, con mucho esfuerzo, habréis progresado económicamente y podréis ir a visitar a vuestras familias y llevarles regalos y algo de dinero.

Aún así, interiormente me sigue saliendo el grito… ¡¡¡no vengáis a Europa!!! Porque todo eso es una mentira, un engaño, una profunda esclavitud encubierta. Quedaros en vuestras montañas, en vuestros valles, en vuestros desiertos… Allí quizás no tengáis móviles de última generación ni coches ni pisos de cuarenta metros, pero sí tendréis algo que nosotros jamás conseguiremos: libertad.

Los emigrantes y los hijos de emigrantes siempre seremos unos apátridas, unos sin tierra, unos extraños para el otro, unos desplazados y unos desterrados. Incluso para aquellos lugares que alguna vez fueron los hogares de nuestros padres y abuelos. Esa sensación a veces resulta insoportable. Es cierto que es emancipadora, pero al mismo tiempo, es una losa que siempre se arrastra. Ojalá algún día los desplazados y emigrantes lo hagan por propia voluntad, por propia elección, y no huyendo de guerras, hambrunas o injusticias. Ojalá algún día no existan fronteras. Ojalá algún día encontremos la manera de no matarnos los unos a los otros. Ojalá…

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Vendo apartamento en Samos

Vendo apartamento en Samos

 

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Hace unos meses un juez de primera instancia decidió llevar a subasta unos pisos que compré hace unos años cerca de Santiago. Tras la ruptura de una relación y la falta de entendimiento, mi expareja decidió llevarme a juicio para que el juez atendiera sus demandas de quedarse con los tres apartamentos a cambio de una cantidad simbólica. Según la justicia, lo más justo es que perdamos todo lo invertido en los mismos y se lleven a subasta, y que además, yo me haga cargo de las costas del juicio por el hecho de no haber contestado por burofax un requerimiento (lo hice por mail). Esto supone casi la mitad del monto de lo que me costó el piso que ahora quiero vender. Así es la justicia de nuestro querido país.

Como no podré pagar esas costas y estoy cansado de pagar todos los meses el préstamo que solicité para pagar la entrada de los apartamentos que ahora ni siquiera puedo disfrutar, y casi humanamente me niego a ello por injusto y desproporcionado, he decidido vender el apartamento que tengo a mi nombre en Samos, más por miedo a que me lo embarguen en un futuro por impago al abogado de mi ex que por necesidad.

Con la venta podré pagar todo lo que me costó la entrada de los pisos y quizás me sobre algún dinerillo para quitarme alguna deuda más. Lo comido por lo servido, es decir, el pago de los errores que algunos hombres ingenuos pagamos por no saber controlar nuestra impulsividad emocional. Interiormente quiero cerrar de una vez esta etapa y no seguir pensando cada primero de mes, cuando tengo que hacer frente a las deudas de mis errores, en todas esas calamidades propias de la ingenuidad y estupidez. Necesito esa higiene mental para poder pensar en otras cosas y seguir cocreando con la vida. Volver a empezar de nuevo, volverlo a intentar de nuevo.

El piso que vendo está en Samos, uno de los lugares más emblemáticos y hermosos del Camino de Santiago. Hasta ahora había sido la sede de nuestra pequeña editorial, la cual subiré a unas habitaciones de la casa de acogida de O Couso, al menos de momento. Es un piso con mucha luz y tres habitaciones, cocina nueva y un bonito salón. El precio es de 49.500 €, más o menos lo que tengo de deudas en estos momentos gracias a mis nefastos negocios emocionales.

Si estáis interesados, poneros en contacto conmigo:

javier.leon@editorialseneca.es

Más información en:

https://www.idealista.com/inmueble/30465857/

 

 

 

 

¿Necesitamos un chip para estar controlados? Razón hechizada y supersticiones en nuestros días

¿Necesitamos un chip para estar controlados? Razón hechizada y supersticiones en nuestros días

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© Paco Garzón

 

“En un estado totalitario no importa lo que la gente piensa, puesto que el gobierno puede controlarla por la fuerza empleando porras. Pero cuando no se puede controlar a la gente por la fuerza, uno tiene que controlar lo que la gente piensa, y el medio típico para hacerlo es mediante la propaganda (manufactura del consenso, creación de ilusiones necesarias), marginalizando al público en general o reduciéndolo a alguna forma de apatía”. Noam Chomsky

Personas como Noam Chomsky o Sylvain Timsit nos han ilustrado de cómo a través del entretenimiento de los medios de comunicación masiva se logran reproducir ciertas relaciones de dominación. Las viejas sin dientes, tras las cortinas de visillo, eran quizás las mayores armas de control social que existía en nuestras sociedades primitivas. Hablo de primitivas a esas sociedades que no disponían de radio, televisión o internet. Eran las guardianas del orden y la ley, de la moral y la conducta. Los pequeños pueblos y aldeas no necesitaban sofisticados sistemas de control masivo: las viejas sin dientes soportaban esa carga, esa profesión, como delegadas imperiales del orden mundial, como custodias irremplazables de la armonía de nuestros pueblos. Cualquier cosa que pasaba era rápidamente divulgado y sancionado por el cotilleo y la moral (cambiante) de cada tiempo. En estos días de pandemia la policía de balcón, sancionadores de la ley, el orden y la moral, ha sido el mejor y mayor ejemplo de estado policial que hemos vivido nunca.

Las sociedades se han vuelto complejas y hemos tenido que sustituir a las viejas del visillo por otros mecanismos más sofisticados. El llamado “entretenimiento” esconde en su polisemia un sentido agudo de significado, una apatía de los tiempos inculcada con sofisticadas maneras. Estar distraídos, entretenidos, nos hace vulnerables y mansos. Ya nos volvimos mansos con la creación de lo que llaman televisión basura. En el país de la soberbia, la bobería y la crítica, nos encanta estar pegados al cotilleo, a la venganza, a la ira, a la destrucción moral del otro. La envidia sumada a la crítica más feroz es la mayor arma de destrucción masiva. No hay mayor control de masas que empujar nuestra débil consciencia a la inversión sistemática de imágenes que nos aturdan y nos disuaden. Fomentar la distracción e inventar problemas y sus soluciones forma parte del juego macabro del mundo zombi en el que vivimos. Nuestras frustraciones y miserias encuentran espacio en la nueva plaza pública, en la nueva antesala del control social.

Pero a veces la estrategia de infantilizarnos gradualmente no da resultado, y se requiere vampirizar todos nuestros actos, nuestros pensamientos y nuestras vidas. Para los capaces de escapar de esa normalidad del griterío, inventaron la política basura, donde, como en un programa de televisión del más bajo calibre y nivel, se repite el marco disuasorio de la algarabía y la ira, la bronca barata, el insulto y el no entendimiento. Apelar a las emociones y no a la reflexión siempre ha sido efectivo. Es una forma de vampirizar al otro, de ejercer potestad y dominio sobre el otro. El control de masas siempre viene persuadido por exagerados halagos a la patria, a la nación, a lo nuestro o a lo que sea que pueda unirnos en un imaginario colectivo y grupal que nos aporta seguridad y sensación de pertenencia, al coste de buscar un enemigo común culpable de todos nuestros males y frustraciones personales y colectivas. Lo hemos visto estos años con movimientos nacionalistas, populistas y patrióticos y lo veremos en el futuro una y otra vez. Dividir a la población en rojos y azules, de derechas y de izquierdas, de unionistas y separatistas, no es solo un modelo ideológico a seguir. Encierra argucias irracionales que intentan moldear las consciencias y crear enemigos basados en sistemas aleatorios de creencias zombis, vampirizadas. Las injusticias son iguales para todos, pero si se divide a las personas en patrias, naciones, ideologías y creencias, es más fácil culpar al otro de todas nuestras desgracias e injusticias.

Si aún había personas capaces de salir de esa rueda, se inventaron los móviles, auténticos péndulos de ensoñación que nos mantienen abstraídos a un mundo virtual e hipnótico que nos aleja cada vez más de la experiencia vital del mundo real. Uno se siente poderoso cuando tiene un móvil en la mano. Es como tener una gran espada en tiempos medievales. Nos hace poderosos y con capacidad de victimizar al otro, de reconocer al otro como ignorante y mediocre si no avala nuestras consignas, nuestras creencias, nuestros dogmas. El móvil y todas sus aturdidas aplicaciones se ha convertido en un tótem de poder, en un arma arrojadiza y despiadada, en una tiranía capaz de inmolar al otro de la forma más despiadada.

¿Realmente necesitamos un chip para tenernos controlados cuando los llamados “cookies” saben todo sobre nosotros? Aceptamos los cookies como el que acepta galletas o caramelos de un desconocido a la salida del colegio y lo vemos normal. Es un acto diario que hemos normalizado. Es más, nos aterra no aceptar cookies por miedo a no poder acceder con ello a un sitio web (el ser humano siempre tiene miedo al rechazo). Realmente no sé de donde nace el miedo a ese futuro chip. No hay motivo ni razón para el mismo en un mundo dónde el control de nuestras consciencias es mundial y se ejerce mediante redes sociales sofisticadas como Twitter donde el insulto a la disidencia es gratuito o Facebook donde la complacencia comunal se satisface a base de likes monitoreados por un control absolutista donde uno debe comportarse de forma ideal, hablar de forma ideal y posar de forma ideal cuando realmente por dentro dejamos mucho que desear en cuanto a disciplina y autocontrol. Deseamos likes y seguidores para no ver la auténtica soledad en la que vivimos. Promovemos la complacencia en la mediocridad pensando que al poseer cierto control mediante una herramienta cargada de aplicaciones vivimos una vida de éxito. Eso nos aleja de la realidad, de sabernos ante una posición crítica, que vivimos una vida mediocre, precaria e injusta. No hay pensamiento crítico posible ante la complacencia de sentirnos poderosos en la falacia en la que vivimos. Nuestra vida mediocre y pobre se camufla ante el poder ilusorio del móvil, de una tarjeta de crédito o de una nómina que asfixia nuestras vidas mendicantes.

No debemos reforzar la autoculpabilidad, la cual, nos impide al mismo tiempo la movilidad y la falta de resistencia. Solo debemos ser reflexivos y observar. Hay otros estímulos de control más sofisticados que podemos analizar para ver en qué condicionantes nos movemos. Los juegos de azar, como la lotería para los pobres o la bolsa de valores para los más pudientes, son ambas promesas de enriquecimiento rápido que nos mantienen subyugados a la ilusión de que quizás algún día podamos ser materialmente ricos, o más ricos. La avaricia nos puede, a unos y a otros, porque siempre queremos más. También está el estímulo de la propiedad, que nos mantiene atados a un lugar y una hipoteca de por vida, controlando nuestros movimientos más rebeldes ante la imposibilidad de perder nuestras pequeñas posesiones. Nunca vimos mayor poder de control sobre alguien que el que ejerce el miedo a perder una propiedad por un imposible impago de una hipoteca. Solo ante ese extremo, el desahucio, alguien se alzaría fuera de control, deseando y rogando al capital por un trabajo, un salario y una seguridad que permitiera seguir pagando nuestros eslabones-cuotas mensuales y con la posibilidad de algún sobrante para ir a tomar una cañita en el bar de la esquina, porque la cañita, la cervecita, el vinito o el vermut es nuestro pequeño momento de emancipación-evasión sobre los fenómenos cotidianos, sin pensar ni por un momento que es la forma normalizada del mayor narcotizante social. Tener a una sociedad narcotizada, alcoholizada, es el mayor invento desde los tiempos de Baco, Dioniso y Hathor. Vivimos una vida embriagada, alejada de lo que verdaderamente es.

No hablaremos sobre el circo, también conocido hoy día como el dios-fútbol, donde se muestra a unos jóvenes héroes de nuestro tiempo golpeando una pequeña esfera corriendo de un lado para otro sin mayor libertad que el de golpear dicha esfera. Ese es el símil de heroicidad de nuestro tiempo: golpear un balón, el antiguo pan y circo. No hay mayor aberración de la verdadera heroicidad que esa imagen ilusoria. Y tampoco entraremos en detalle de esos otros héroes, los autónomos, que, subyugando la necesidad de un salario fijo, emprenden la aventura de enriquecerse por su cuenta, siendo sujetos y bien sujetos a base de impuestos o embargos, para evitar con eso que piensen demasiado, a sabiendas de que un autónomo o pequeño empresario debe pensar por su propia cuenta para poder subsistir. Tampoco hablaremos de la burocracia a la que uno se somete día a día para poder soportar esa sensación de que todo está en orden, y de que alguien o algo vela por nuestros intereses superiores. Ni la relación que los hombres, auténticos violadores en masa, muchas veces disimulados por la moral y la costumbre, tienen sobre las mujeres, a las que consideran auténticas prostitutas que se venden con un trapo barato en el mejor de los mercados virtuales.

En un mundo de violadores y vampiros, ¿de verdad aún hay gente que piensa que algo o alguien está maquiavelando la idea de ponernos un chip para controlarnos? ¿No estamos ya rozando el control perfecto en un sistema que se autorregula a base de miedo a no poder sublevar nuestras ansias de libertad al lado de una cervecita o viendo un partido de fútbol con los amigos de toda la vida? Por otro lado, ¿a qué clase de emancipación podemos aspirar cuando estamos totalmente atados a nuestros miedos de qué comeré mañana o qué vestiré? Miedo a ser ignorados por el grupo, a ser rechazados por la masa si no seguimos los patrones de normalidad, si no creemos el credo hegemónico impuesto y si no comulgamos con lo que supuestamente la sociedad espera de nosotros.

No nos damos cuenta, pero nos creemos inútilmente más libres por instigar supuestas conjuras o supuestas conspiraciones para controlarnos. Esa es la superstición de nuestros días, otra forma de control para los que aún se atrevan a pensar un poco, inoculando en nosotros la idea de jerarquía maléfica que intenta controlar nuestras vidas. Así somos de infantiles, de ingenuos y así llega la verdadera anulación del raciocinio y la verdad, la mutilación real de nuestro proyecto humano. Nos inoculamos el virus de la ignorancia disfrazada de verdad y nos creemos superiormente programados para escapar de este laberinto normalizado. Pero nos somos realmente mejores, ni intelectualmente superiores por gritar superstición. La hazaña de la verdadera libertad personal es una batalla que va más adentro y es más profunda que toda esa superficie epidérmica de la superstición. Vivimos en un mundo donde la razón está hechizada por esos nuevos charlatanes, ya sean políticos, casamenteros o místicos del dos al cuarto. Pero de todos ellos, los que más miedo y sorpresa deberían darnos son los que vinito en mano, con cara de buen pastor, arremeten contra el nuevo orden mundial como el que comenta la última jugada del saque de esquina del partido del domingo por la tarde.

¿Cómo rebelarnos contra esta perfección, sin convertirnos de repente en ángeles caídos, diablos o brujas? ¿Cómo someter nuestro juicio ante la irracionalidad imperante? ¿De qué manera hacerlo sin caer en las llamas del infierno, o ser sepultados en vida por no ejercer esa normalidad bruta y depravada? ¿Qué dirán de nosotros? ¿Qué será de nosotros? Seguramente la hoguera nos espera… el fuego lo purifica todo. Y el mundo, que inevitablemente arderá tarde o temprano en llamas, será de igual forma purificado.

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Desde la isla de estevia

Desde la isla de estevia

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Desde el valle del Tiétar

Hace calor en las faldas de la Sierra de Gredos, junto al río Tiétar, en este paraje que en un tiempo no muy remoto estaba lleno de plantaciones de tabaco y pimiento. El mundo está cambiando y quizás en un futuro, en vez de tabaco, se siembren otro tipo de cultivos más enfocados en la construcción de la salud, y no en su destrucción. Es paradójico el cambio, pero con el tiempo, será real.

Ahora estoy en una de esas fincas que están apostando por ese cambio de paradigma. Lo que antes eran tierras dedicadas en exclusiva al tabaco, todo rodeado de secaderos, ahora se está plantando estevia ecológica. El problema de ser pioneros en cualquier cosa es que siempre tienes que avanzar y abrir camino. Eso tiene su precio, su desgaste, pero también su pasión. La estevia sustituye el azúcar, endulza ochenta veces más que el propio azúcar pero sin sus contraindicaciones. El tabaco ya sabemos todos que mata. También sabemos que algún día, la consciencia nos hará cambiar el paradigma sobre la salud. Y ahora que el 99 por ciento de la producción de tabaco nacional se concentra en esta región, la propia tierra y sus gentes deberán transformar sus cultivos y superar el miedo a lo nuevo. Algo se está sembrando en este lugar. Algo que algún día germinará.

El mundo está cambiando rápidamente. Los valores, las consignas, los modelos, los paradigmas que hasta ahora estaban bien arraigados en nuestra psique colectiva. Esta pandemia, real o no, está ayudando a empujar el proceso de cambio. Todos y cada uno de nosotros hemos cambiado algo en nosotros. Nuestra soberbia se ha difuminado un poco, nuestro orgullo ha sido gobernado por la humildad, nuestros deseos de victoria y triunfo se han amoldado a una realidad que nos ha superado colectivamente. Siempre he defendido que este tipo de cambios de paradigma son lentos. Siempre afirmo que el cambio que todos anhelamos, el cambio futuro, un mundo sin guerras, sin hambre, sin miseria existencial, ocurrirá algún día. Siempre predije que aún nos quedaban al menos quinientos años más por delante para trabajar en valores de igualdad, de solidaridad, de fraternidad humana. Pero quizás todo esté más cerca, y la humanidad algún día pueda emanciparse de todo aquello que ahora le hace sufrir, a veces innecesariamente.

En esta pequeña isla de estevia en la que ahora me encuentro se percibe ese cambio, esa ilusión, esas ganas de modificar en algo las mentes humanas. Lo veía en la ilusión que se desprendía en la reunión del patronato de la fundación que sostiene este proyecto, lo veía en la sincera fraternidad y camaradería a la hora de comer. En los agradables paseos junto al río, tranquilos, observando la naturaleza, su fuerza, su misterio, su deseo de vida.

Quizás no estemos tan lejos de ese cambio anhelado. Si miramos en nuestro interior, vamos a descubrir que el coraje de este tiempo nos ha cambiado, que la vida nos ha llenado de esperanza, de fe. Cuando caminas y sientes esa necesidad de colaborar con la creación entera, algo se despierta dentro de ti. Ya no vale refugiarse en tus creencias, en tus mundos. Ya no es una cuestión de creer o no. Llega un momento que uno sabe a ciencia cierta sobre cierta verdad. Y entonces, toda la vida se despliega para provocar el desarrollo de la misma. El mundo cambia cuando cambiamos por dentro. El mundo se transforma cuando interiormente asumimos una conquista. Esta isla algún día se extenderá por el ancho mundo. Un mundo más ecológico, más sano, más verdadero.

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Hacia la nueva normalidad

Hacia la nueva normalidad

 

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Hoy en el valle del Tiétar

Esta mañana, con mucha pereza, hacía una pequeña maleta. Algunas mudas, el ordenador, un libro sobre la historia de la primera Editorial Séneca para prologar otro libro que pronto sacaremos, y no mucho más. Esta era mi primera salida desde que la pandemia me pilló en Escocia y tuve que volver precipitadamente en el último vuelo hacia España. Un día más y mi historia personal hubiera cambiado por completo.

Uno se acomoda a cierta normalidad. El silencio de estos meses, la compañía apropiada y cómplice, el enclaustramiento en el pequeño bosque y la atadura a la tierra, propia de estas fechas donde el campo demanda tanto trabajo, había creado un estado del ser diferente, una quietud calma, una paz interior hermosa.

Cuando abandoné la finca dirección sur estuve durante un tiempo atento a los ruidos del motor, de las ruedas, de cualquier cosa que pudiera ser sospechoso de algo. Tanto tiempo sin coger el coche para trayectos largos requería cierta atención, especialmente después de los últimos avatares sufridos con él, desde que empezara el primer día del año con un accidente.

Pronto dejé el mundo celta atrás. La pequeña sierra de Édramo, el valle del Mao, la sierra del Courel y los increíbles Ancares. El mundo se fue despejando. Entré en Castilla y las vistas se ensanchaban. Al mismo tiempo ocurría en la propia mente. Lo bueno de viajar es que de repente empiezas a coger distancia de la rutina, de la vida ordinaria, y comienzas a ver todo de forma diferente. Especialmente aquellos vicios en los que sucumbes en el día a día, aquellos obstáculos que no te dejan crecer y avanzar. Los viajes siembran en la mente inquietudes nuevas, razonamientos diferentes. Es como si algo se despejara de repente. Los problemas se ven desde otra perspectiva y siempre se alcanza soluciones rápidas para atajarlos. Siempre que tuve alguna gran idea fue viajando. Todo se ve de forma radicalmente distinta.

Atravesé media Castilla y me adentré por la también increíble sierra de Gredos, por la zona amurallada de Ávila. Disfruté del nuevo paisaje montañoso, agreste, casi sin vegetación en algunos puntos. Así anduve hasta llegar a tierras del Tiétar y la Vera, donde me esperaba el amigo Carlos, el cual tuvo la gentileza de preparar un suculento plato con frutos recién recogidos de la tierra. Me alegró verlo en su nueva vida y me alegró haber sido puente de la misma. Siempre me gustó el oficio de enlazador de mundos. Es como pura magia. La excusa del viaje, una reunión con el patronato que dirige estas tierras, me anima a seguir la marcha hacia tierras del sur, ver a la familia, que quedó atrapada en la casa cordobesa, y disfrutar de este calor, casi asfixiante, que ya empiezo a sentir en los adentros.

Se me hace extraño este viaje. La nueva normalidad ya no es como antes. Ahora una visita puede ser motivo de desconfianza o recelo. Se ha roto en muchas partes con el ritual del saludo, del abrazo sentido. La gente te mira con suspicacia, especialmente si eres un extraño ajeno. Vi a los primeros peregrinos esta mañana, muy pocos y escasos para las fechas que son, y notaba cierta extrañeza en el ambiente. Tengo la sensación como si de alguna manera hubiéramos entrado colectivamente en un nuevo ciclo. No me refiero a una nueva era, pero sí a algo nuevo y extraño. Como no soy clarividente no sé qué podrá pasar a partir de ahora, qué clase de cosas ocurrirán en los próximos meses, pero siento interiormente cierto resquemor. Como si hubiera algo que no está del todo bien, como si esta nueva normalidad encerrara una especie de sorpresa no muy agradable.

Quizás por eso, y porque ya echo de menos los abrazos sentidos que todas las noches recibo en nuestra pequeña normalidad, tengo ya ganas de volver al bosque, a la pequeña cabaña. Por suerte volveré cargado de inspiración. Y eso provocará cambios, muchos cambios futuros que seguro mejorarán algunas cosas. Mañana alguna más aventura, pasado, Dios dirá.

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Escritores conversos

Escritores conversos

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Gaspar Melchor de Jovellanos, pintado por Goya. Portada de nuestro primer libro editorial

Crónica de una crisis anunciada fue el título de uno de los primeros libros que editamos en la fallida editorial Welton. Lo escribió Marc Vidal, por aquel entonces un desconocido economista que llamaba a nuestras puertas para editar su libro. Nuestras puertas eran en aquel entonces modestas. Era el año 2009, la Editorial Séneca solo tenía tres años y Nous llevaba solo un año intentando editar libros de mayor calidad. Welton editó pocos libros, pero eran buenos y seleccionados. Nuestro socio en ese tiempo, el ahora entrañable amigo Luis Valls, hizo una gran labor. Creo que si hubiéramos seguido en el mismo barco Welton hubiera sido una gran editorial y yo una persona más afortunada.

A Marc Vidal le fue bien a partir de ese libro. Se hizo conferenciante y consultor internacional y ahora aparece en todas las televisiones hablando de la economía digital. Recuerdo que nos escribía desde Londres cuando las cosas empezaron a ir bien para él, preguntando por su libro, por los royalties, por las ventas. Welton empezaba a agonizar, pero gracias a ese sello editorial empezó mi aventura diplomática y amistades que duran hasta el día de hoy. No hay mal que por bien no venga, dicen los consolados.

Es divertido pensar como un hombre pobre se junto con hombres ricos que se hicieron más ricos y el pobre más pobre. Debe ser alguna especie de condición secuencial innata. Unos nacen para amasar y otros para ir tirando. Descubrimos otros autores que luego se hicieron famosos y ficharon por editoriales como Planeta. Al menos cinco de ellos ganaron mucho dinero, y en cuanto nosotros empezábamos a hacerlo, fichaban por los grandes. Viendo nuestro éxito a la hora de descubrir a personas que luego darían grandes beneficios editoriales, un buen amigo editor me dijo que quizás debía dedicarme a eso, a descubrir autores potenciales. Incluso me llegó a ofrecer el capitanear su gran editorial a cambio de un buen sueldo. Pero yo había nacido para ir tirando. Era tan exigente con las cuotas de libertad que había logrado adquirir dentro de mi propia pobreza, que pocas riquezas materiales podían persuadir o comprar, a pesar de que las tentaciones de todo tipo han sido múltiples y notorias, esa libertad pirata que ondeaba ya en mi vida cada vez más desordenada y atávica.

Admito abiertamente que sufrí un trauma cuando lo perdí todo, y desde entonces, me doy cuenta ahora, he preferido inconscientemente no tener dinero. Lo invierto en cosas, en nuevas ediciones de libros, en experiencias, en ayudar a los demás, pero nunca tengo dinero en el banco, quizás por ese miedo ancestral de perderlo de nuevo todo. No deja de ser curioso como algunas experiencias te condicionan la vida para siempre. Recuerdo cuando aquel famoso autor ganó algo más de un millón de euros y yo renuncié a mi parte, unas tres veces lo que nos costó esta finca, solo por ese miedo u orgullo ante la vida mal digerido. Podría estar viviendo en estos momentos en un lujoso lugar en Nueva York si ese miedo atávico no se hubiera manifestado de forma tan elocuente, o en una inmensa granja alemana si me hubiera dedicado a la servidumbre plácida.

Pero rebelde como soy, hoy recordaba todas estas cosas con cierta indulgencia. Lo suelo hacer a principios de mes, cuando hay que afrontar el pago religioso de todas esas deudas que uno acumula gracias a sus errores pasados, normalmente nacidas para intentar ayudar al otro de forma poco inteligente y siempre despreciando mi propia integridad y seguridad. Me acordaba de todas las personas a las que de alguna manera ayudé, directa o indirectamente, incluso a algunos que lograron encontrar días de gloria o fama; y de todo el dinero que por el camino había perdido gracias a mi idea de mirar antes al otro que a lo propio.

Lo recordaba en voz alta mientras tomábamos una horchata en la futura nueva sede de la editorial, una pequeña habitación ahora destartalada, de piedra medio derruida, sin ventanas ni puerta, aún por hacer en su totalidad, y que mirábamos con esa ilusión por transformar el sitio en lugar bello. Reía interiormente por todas las sedes que la editorial ha tenido en sus espaldas. Córdoba primero, la Montaña de los Ángeles, Madrid en tres lugares diferentes y Galicia, primero en la bonita localidad de Samos y próximamente en O Couso. Era el precio de la libertad, o mejor dicho, es el precio de esta libertad.

Tras el episodio de la horchata, y tras ponerle las pinzas a uno de los coches inmovilizado por la pandemia para resucitarlo con un eléctrico desenlace, empezó de repente a tronar y llover. Tras darle una vuelta al coche me vi corriendo bajo la lluvia entre las huertas, buscando refugio en la pequeña cabaña. Me olvidé de las deudas, de las angustias de primeros de mes y recordé el precio de esa extraña sensación de libertad del pobre. En el fondo, yo también soy una especie de escritor converso. A pesar de todos los fracasos, año tras año he sido capaz de escribir mi propio relato, mi propia historia de vida. He sido el guionista de todo cuanto me ocurre, y lo más importante, siempre he tenido la posibilidad de poder elegir. Un escritor converso, un hereje disfrazado, limitado únicamente por su pobre imaginación.

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Entre el niño y el anciano

Entre el niño y el anciano

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© Polly Chandler 

 

Casi las once de la noche y aún aprovechábamos las últimas ráfagas de luz y de fresquita veraniega para desbrozar, uno con la máquina de mano y otro con el pequeño tractor, las casi cuatro hectáreas de interminables campos. Todo ello con dolor de cabeza y cierta tristeza interior. Ayer desapareció la última pata. Ya solo quedan cinco gallinas, viejas ellas, pero aún ponedoras. En verano las alimañas acechan por el aire y por la tierra. Me dolió mucho la desaparición de la pata, pero me doy cuenta de que en el campo uno se acostumbra al dolor y a la muerte.

Me cuesta cogerle cariño cada vez más a los animales. Me asombra que los gatos, e incluso el propio Geo, hayan sobrevivido a tantos avatares. Vida y muerte, a veces real, a veces simbólica, como cuando le coges mucho cariño a las personas que transitan por este hermoso paraíso y luego desaparecen para siempre. A veces de forma vertiginosa, y a veces fulminante. Las emociones se enfatizan mucho en la convivencia estrecha. Por suerte siempre asoman los incondicionales, los imprescindibles, los que están unidos fuertemente al lazo místico y vienen una y otra vez.

Ahora somos tres personas y en unos días seremos cuatro o cinco. Aunque el proyecto sigue cerrado hasta la próxima primavera, dejamos que se cuelen personas de confianza que deseen descansar unos días o echar una mano, que comprendan y respeten el proceso en el que ahora nos encontramos y que busquen la fórmula ideal para disfrutar de este extraño silencio pandémico. Aprovechamos la crisis mundial para interiormente trabajar en la mejora de todo aquello que haya fallado en estos años y para reforzar todo aquello que ha funcionado.

Al mismo tiempo seguimos buscando fórmulas imaginativas para que el proyecto de arquitectura para la futura escuela vaya cuajando poco a poco. El temperamento gallego es complejo y a veces difícil. Olvido que vengo de la polis, de la ciudad, y que allí la mentalidad es muy diferente a la mentalidad arraigada del mundo rural. A veces busco interlocutores nativos para intermediar ante mi imposibilidad de conectar con el mundo adverso. La hostilidad que produce el venir de lejos para romper con los usos y costumbres no siempre está bien visto. El estigma del extraño aquí se afianza con crudeza. Mi carácter huraño y solitario no ayuda mucho. Por eso a veces es mejor estar callado y no hacer mucho ruido. Si estás en silencio, al final te conviertes en alguien invisible.

La actividad parece que empieza a moverse en el mundo editorial. Vendemos los primeros libros, tenemos los primeros pedidos, los clientes empiezan a pagar algunas facturas atrasadas que alivian a su vez el pago de las nuestras. Resulta difícil pensar en hacer inversiones como las de antes, cuando éramos capaces de imprimir los libros de mil en mil. Ahora nos conformamos con ediciones muy modestas que se van vendiendo a cuenta gotas. Lo complejo de las ediciones pequeñas es que el margen de beneficio es prácticamente nulo. Así que las estrategias de venta pasan por anular el angosto mundo de la distribución y buscar fórmulas imaginativas para que los libros lleguen a las librerías que aún subsisten como pueden. Solemos apoyar el mundo libresco regalando de aquí y allá algunos ejemplares. Ellos agradecen el guiño y nosotros nos sentimos satisfechos. Uno de los primeros socios editoriales siempre me dijo que nunca nos haríamos ricos vendiendo libros, pero al menos nos enriqueceríamos espiritualmente. No le faltaba razón. Ahora que asumo que la editorial siempre fue una especie de ONG que ha sobrevivido gracias a la imaginación creadora, me siento interiormente aliviado, pausado, tranquilo. Si alguien con dinero quisiera comprarla la vendería, despejaría mi futuro de deudas y crearía una editorial más pequeña, pero sobre todo, más centrada en lo que realmente me gusta y motiva. Solo editaría libros muy seleccionados y trabajados, quizás dos o tres por año, por puro placer, pero también por pura necesidad de que el arca lucis siga subsistiendo.

Algunos éxitos editoriales ayudaron a empujar el proyecto utópico. Fueron pocos y ya se esfumaron porque el éxito siempre es como un champiñón de temporada. Ahora ya no tenemos éxito, pero a diferencia de antes, tampoco lo buscamos. Uno con la edad empieza a encontrarse con sus límites, a aceptarlos, a vivirlos con dignidad. Por dentro empieza esa etapa de recogimiento, de intentar echar una mano aquí y allá, de no aspirar a grandes proezas y de alinear poco a poco el corazón con la cabeza y ambos con el alma que nos conmueve a medida que el cenit de nuestras vidas se aproxima. No aspirar a mucho o a nada te llena de cierta paz. Te aleja de las angustias propias de los principios, cuando uno cree que podrá comerse el mundo con un poco de ingenio y esfuerzo.

Es verdad que con la edad uno deja ya de distraerse. Empieza a caminar despacio, desaliñado por dentro, sin prisas por nada, sonriendo ante cada acontecimiento, asumiendo los problemas con cierta madurez y quietud, aproximando la mirada a todo aquello que por simple, se nos presenta generoso y amable. No es que exteriormente sea muy mayor, pero ya de pequeño miraba el mundo con extrañeza, como si un anciano habitara en mí. Ahora, el anciano intenta disimular todas las veces que ha muerto y resucitado en mis adentros. Y el niño sale para hacer alguna broma, para reírse interiormente del mundo entero, para jugar con el perro o echar de comer a los pajarillos todos los días como si se tratara de un ritual útil. La paz interior se conjuga entre el niño y el anciano que me habitan, resguardando entre ambos el amor secreto que enraíza extrañamente entre ambos. Mientras ese amor cuaje, la paz seguirá creciendo. Veremos qué clase de fortuna vendrá en los próximos ciclos y qué clase de vida llevaré ahora que los tiempos y los ciclos están cambiando.

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El origen del mundo y sus demonios. Apu llamando a la Tierra

El origen del mundo y sus demonios. Apu llamando a la Tierra

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Grabado de la visión de Ezequiel, por Matthaeus (Matthäus) Merian (1593-1650).

«El escepticismo debe ser un componente de la caja de herramientas del explorador, en otro caso nos perderemos en el camino. El espacio tiene maravillas suficientes sin tener que inventarlas». Carl Sagan

La fuente es siempre la misma y se manifiesta en todos los tiempos, todas las edades y todos los confines. La fuente siempre habla de los mismos dioses creadores que vinieron de las estrellas, quizás hace algunos cientos de millones de años, para lograr el milagro de la vida individualizada en la consciencia humana. Las tradiciones más antiguas nos hablan de esta fuente. Jung lo llamaba inconsciente colectivo, los esoteristas más oscuros lo llaman registros akhásicos, el físico David Bhom lo llama campo unificado, la unidad psíquica de la humanidad de los ilustrados o el campo mórfico de Rupert Sheldrake. Sea como sea, hay una fuente que lo unifica todo y que ofrece respuestas a los interrogantes sobre nuestros orígenes.

Si no fuéramos científicos y nuestra imaginación se disparara hacia latitudes incontroladas, podríamos pensar que lo que fugazmente llamamos viento no deja de ser una interacción de otros planos que arremete en nuestro mundo. Es como si un ser de cuarta o quinta dimensión comenzara a caminar por nuestro planeta y eso provocara que de repente algo se moviera en nuestra dimensión. Lo llamamos viento y lo achacamos a la influencia de la luna, de las presiones y las tensiones atmosféricas, pero si observamos detenidamente el viento desde una imaginación libre, podríamos decir que se compone casi de vida propia, de identidad, de diferentes manifestaciones. Así los antiguos debían imaginar el mundo, de forma libre, no condicionados por la presión científica de nuestros tiempos, llamada en aquellos tiempos superstición.

Lo mismo ocurre en el campo de los mitos y las creencias. Antes llamábamos a los mensajeros de los dioses con diferentes nombres. Gabriel, Miguel, Rafael, Uriel, Raguel, Sariel, Remiel… La lista es interminable según la tradición a que se adscriba. Los nombres de los mensajeros actuales son más modernos y elocuentes. El más conocido de todos ellos quizás sea Ashtar Sheran, pero aquí en España tenemos a nuestros queridos Tefilo o Geenom. Se llaman ahora hermanos mayores, maestros ascendidos o enviados. Y todos tienen algo que decirnos. El libro de Urantia o los Manuscritos de Geenom son revelaciones modernas realizadas por los mensajeros de las estrellas actuales. El fenómeno de los contactados, los nuevos profetas, se extendió por todo el planeta en las últimas décadas. Como digo, la analogía con el viento es similar, está ahí, pero no sabemos realmente qué lo produce. ¿La fuente? ¿Ángeles? ¿Demonios?

Los mitos se repiten y se alternan centuria tras centuria. Caín mató a Abel en la tradición judeo-cristiana, igual que cientos de años antes, en la traducción egipcia, Seth mató a Osiris. El mito del diluvio es universal. Aparece en todas las tradiciones, incluyendo en él la destrucción de los continentes de la Atlántida y Lemuria. También el mito de que los dioses vienen de los cielos, uno de los más conocidos y quizás el más increíble de todos. Tanto dioses como mensajeros de los mismos vienen del cielo, de allí arriba, ¿de las estrellas? Uno de los mitos actuales más moderno es el origen humano gracias a la ayuda de los habitantes de Apu y la manipulación genética que hicieron con los primeros primates. Según el mito judeocristiano, los “elohims”, los hijos de los dioses, se enamoraron de las hijas de los humanos y de allí nacieron los nephilim. Podría decirse que es la transición universal de los mitos sumerios o egipcios evolucionando por las tribus mediterráneas de aquel tiempo hasta nuestros tiempos modernos donde los alienígenas paracen invadirlo todo.

Según los seguidores de la tradición más moderna, Apu es un planeta que se encuentra en la estrella Alfa B de la Constelación del Centauro, a unos 4,3 años luz de nuestro sol. Durante miles de años, los habitantes de Apu velaron por la evolución humana hasta que, tras un gran consejo, decidieron echar una mano para que el ser humano evolucionara. Lo hicieron desde una gran ciudad que construyeron entre los ríos Eufrates y Tigris, en la actual Iraq, el antiguo paraíso bíblico. Los apunienses serían los elohims bíblicos actualizados. Pero, ¿qué ha sido de ellos? Desde que dejaron de emitir por TV las series pro-alienígenas tales como Chocky, Alf o V, el mundo del contacto ET se ha esfumado o ha venido a menos. ¿Fueron los contactos con ángeles también una moda pasajera en tierras del creciente fértil de Canaán, lugar donde se produjo la revolución neólitica y posiblemente los primeros interrogantes estelares sobre nuestros orígenes? ¿O es que los mensajeros solo pueden comunicarse con nosotros solo muy de vez en cuando, dependiendo de la alineación de los astros? O algo peor, ¿nos han abandonado los dioses a nuestra suerte? La historia y los mitos están llenos de ángeles y demonios. También nuestra historia reciente. Sea como sea, nuestro origen como humanidad y como inteligencia es como el viento, un misterio.

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No necesito nada

No necesito nada

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© Michael Schlegel

Lo decía hoy una buena amiga mientras miraba los paquetes de la mudanza. Con dolores de espalda, sufriente por la edad y los acontecimientos, y aún se aventura a cambios tajantes como esos que nos empujan a buscar en lo sencillo la vida plena. Mudo se queda uno cuando el mundo empieza a percatarse de que no necesitamos nada. Solo bucear en la sencillez de las cosas, en la promesa del mañana, en la profunda melancolía del presente que nos advierte de que aún estamos vivos, pero que todo es temporal, provisional, hasta nuevo aviso. Estar vivos, eso es lo que realmente debería importarnos. Si fuéramos humildes veríamos que con eso nos basta. No hace falta aspirar a nada, solo alinearnos con la vida, centrar nuestras promesas en aquellas pequeñas cosas que nos hagan sonreír y dejar que la vida se manifieste a cada instante.

No necesitar nada es la expresión de una gran revelación, de una especie de iluminación espiritual que nos advierte de que ninguna de las cosas conseguidas entrarán por el ojo de la aguja de la tejedora de velos. No podremos llevar nada al otro lado, ni éxitos ni fracasos, ni dinero ni riquezas ni propiedades. Habrá gente que nos amará, otra que nos envidiará y otra que nos odiará. Tanto una como la otra cosa son burlas que no podremos amasar en el horno del más allá. Nadie nos amará ni odiará en el otro lado, a sabiendas de que todo lo aquí acontecido es un juego de nenos, de seres experimentando la realidad que son capaces de imaginar.

Esto último es importante: vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Hay resortes dentro de nosotros que nos impiden imaginar otros mundos. Tenemos sembradas las semillas de la escasez o de la riqueza, y según nos creamos ese cuento, crecerá una u otra. Nos cuesta entender que esa realidad puede cambiar y que, de alguna forma, podemos ser artífices de nuevos escenarios. ¡Ay! Uno se queda mudo cuando entiende esas leyes básicas del mundo cuántico. Uno se queda desnudo y errante por no saber articular realmente los resortes que mueven la dinámica de todo tiempo y espacio. Pero el secreto es simple: vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Y cuando llegas a esa certeza, no necesitas nada. Simple y llanamente te limitas a interpretar el papel que durante tu vida has tejido. O buscas las maneras de cambiar de escenario para que la vida sea cada vez más sencilla, más simple.

Una vida simple que nace del mundo que somos capaces de imaginar. Pero, ¿hay alguien que imagine nuestras vidas? Esta cuestión aún resulta más peliaguda e inquietante. ¿Realmente somos nosotros los que imaginamos el mundo, los que dirigimos la gran obra de nuestras vidas, los mandamases de este cotarro, los verdaderos guionistas del cuento? ¿O hay algo más? Claro que hay algo más. Cuando observo el crecimiento lento de los robles, abedules y castaños que rodean esta pequeña cabaña, veo que su mundo está condicionado a las fuerzas de la naturaleza, a los elementos que la tejen, a la luz que viene y se precipita desde el astro sol. El árbol por sí mismo no podría vivir, y al abrir sus hojas hacia el cielo, de alguna forma es consciente de esa necesidad de luz, de ese reconocimiento, de esa certeza.

Nosotros deberíamos asimilar esa sabiduría innata y abrir nuestros corazones hacia el cielo, hacia la luz que ilumina nuestras mentes. Deberíamos recordar a cada instante que nuestras vidas dependen en gran manera de otros grandes seres que velan por nosotros. Así que somos capaces de imaginar nuestras vidas, nos volvemos de repente sencillos y terminamos agradecidos por toda esa oleada de existencia en la que vivimos y tenemos nuestro ser. Damos gracias, como recompensa al éxito de vivir una vida humilde y sencilla. Gracias por estar vivos, gracias por tener el valor y la necesidad interior de elevar nuestras miradas al cielo en señal de reconocimiento y admiración. Gracias por imaginar un mundo que se eleva sencillo por encima de toda complejidad. ¿Qué más hacer? Uno se puede sentar en una silla, junto a un libro, encender una vela, cerrar los ojos e imaginar mundos…

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Vender libros en nuestro tiempo

Vender libros en nuestro tiempo

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“Don Quijote leyendo libros”, de Adolf Schrödter (1834)

«Desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad». Stefan Zweig

Si hay editores dignos de admirar uno de ellos sería el masón alemán Hermann Böhlau (1826-1900). Cometió la gran hazaña de publicar en la editorial Böhlau los 143 volúmenes de la obra recopiladora de todos los trabajos de Goethe. Fue llamada Sophienausgabe, edición de Weimar o edición de Sophien, en honor a la mecenas de este proyecto ingente, la Gran Duquesa Sophie von Sachsen-Weimar-Eisenach.

Hoy en día es muy difícil encontrar editores que se lancen a este tipo de aventuras. Tampoco existen escritores actuales de la categoría de un Goethe, ni mecenas como la Gran Duquesa, que auspicien desinteresadamente, tan solo por amor a la cultura o al arte, la edición de libros. También sería difícil encontrar a ávidos lectores capaces de penetrar en la compleja obra de un gran autor. Vivimos en un tiempo extraño donde cada vez es más difícil encontrar grandes autores vivos, grandes lectores, grandes editores capaces de arriesgarlo todo para continuar con la difícil tarea de editar buenas obras y grandes lectores de esos que antiguamente devorábamos los libros a pares.

Los libros han sido durante cientos de años nuestra fuente de información, conocimiento, transmisión de valores y cultura. También nuestros amigos, nuestras reservas imaginativas, nuestro toque de gracia, nuestra fuente de inspiración y nuestro anhelo espiritual. Pero esto no ocurre con todos. Hay personas que pueden vivir sin libros. Diría más, hay personas que no tienen libros en sus casas. En los tiempos que corren, los libros están siendo sustituidos por bytes de información, por píxeles. Cada vez más están siendo desterrados de casas y hogares. Ni siquiera se utilizan como medio decorativo como antaño. Los libros están siendo cada vez más motivo de desprecio y olvido.

El oficio de editor es extraño en nuestros días. Los libros dejan de tener alma y se convierten en mercancía. Lo que importa es vender, y los editores publican cualquier cosa con tal de permanecer vivos. Las librerías cierran (la última en caer fue la bella “El olor de la lluvia” de Madrid), los distribuidores quiebran dejando miles de euros sin pagar a editoriales que sobreviven como pueden.

Estos días he decidido dedicar algo de tiempo a los libros. El desánimo por la depresión económica no invita a muchas alegrías, pero hemos estado sigilosamente corrigiendo libros, traduciendo algún clásico aún no editado en nuestro país y hoy, viendo que entramos en julio y los clientes no pagan sus facturas, me dedicaba a bucear en posibles cauces de venta. Me aventuré a ponerme en contacto con distribuidoras americanas. Dicen los amigos editores que están sobreviviendo gracias a las ventas en aquel continente. Nunca se me había ocurrido pero el hambre agudiza el ingenio y así me pasé toda la mañana, llamando a las puertas de América.

Tengo un centenar de libros comprometidos para editar en los próximos dos años. He descartado aquellos que me será imposible atender. También he descartado la autoedición, que tantos quebraderos de cabeza me ha dado en estos dos años de experimentación. Cerramos hace unos meses el sello Phylira, una idea que nació en 2008 en Alemania, que tardó en cuajar pero que chocó frontalmente con mi nulo espíritu de mercader y vendedor. Puedo ser un editor más o menos bueno o malo, pero lo que no sé es vender un libro. Si en estos tiempos apareciera una Gran Duquesa podría editar grandes libros y afianzar con ellos las ventas. Pero la obra cultura es tan compleja, que mis aspiraciones bajan la libido intelectual y las expectativas se reducen a la mínima expresión. Así que compaginaré la vida en el campo con pequeños arrebatos editoriales, sobreviviendo como se pueda y cuando se pueda. Vender libros en nuestro tiempo es como ver a Don Quijote leyendo libros de caballería, algo para volverse loco.

Si aún no conoces nuestros sellos editoriales te invito a que ojees nuestras obras, y si hay alguna que te llame la atención, no dudes en comprarla. Llega el verano y un buen libro siempre puede ser un amigo.

www.editorialdharana.com 

Gracias de corazón por apoyar la escritura… llega el verano y los editores tienen que vivir como puedan… este escaparate siempre resulta un lugar imaginativo para potenciar el Arte en la Palabra… Una particular ventana al mundo… Gracias por apoyarlo… 🙂 

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La sombra y el obstáculo

La sombra y el obstáculo

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© Moonglow

«Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad» Carl Jung

Desde los tiempos de Carl Jung, padre de la psicología analítica, se ha escrito mucho sobre el arquetipo de la sombra, sobre ese lado oscuro de nuestra personalidad que de alguna u otra forma, todos poseemos. En muchas terapias actuales se nos habla insistentemente de la sombra, de nuestro lado oscuro. Normalmente como aquella parte tabú que todo ser posee, de la que somos incapaces de ver y que solo desde una sincera y objetiva mirada ajena, podemos acceder a ella. A veces resulta sanador encontrar a personas honestas, ya sean terapeutas o amigos sinceros, que nos hablan directamente de la misma, sin tapujos, sin miedos. También resulta sanador estar abiertos a la escucha, a que el otro nos hable tranquilamente de esa zona que a nadie gusta y que muchas veces no deseamos reconocer.

Sin embargo, resulta paradójico que no sepamos ir más allá de nuestros propios defectos, ni enfrentarnos a las causas de aquello que a veces ennegrece nuestras vidas. Toda sombra está producida por un obstáculo que la provoca. Cuando alguien nos dice que somos un ser oscuro, que tenemos rabia, rencor, egoísmo, narcisismo, vicio, o cualquier otra cosa que de cara al mundo virtuoso no sea algo agradable, debemos preguntarnos, -más allá de la ley del espejo donde el otro muchas veces solo ve en nosotros lo que tiene dentro, incluso magnificado-, qué es aquello que produce que en nuestro interior existan esas cosas.

El obstáculo que produce nuestras sombras a veces son cosas que quedaron encalladas en nuestra más tierna infancia. Algo que ahora en la edad adulta pueda ser nimio pero que cuando se estaba gestando en nosotros las emociones y los primeros racionamientos, pudo provocar una auténtica catástrofe interior. La muerte de un ser querido, la ofensa de alguien al que apreciamos, algún tipo de injusticia tan típica en los juegos infantiles, algo que quedó enquistado en nuestra psique y que, con el paso del tiempo, se volvió un auténtico obstáculo en nuestras vidas.

En ocasiones solo desde experiencias traumáticas podemos despertar no al análisis absorto de nuestra sombra, sino a la realidad de ese obstáculo que no podíamos ver. Aquello que se interponía entre nuestra luz virtuosa y nuestro ser esencial. Aquello que estaba ahí pero no podíamos ver, porque lo único que intuíamos era la presencia de la sombra, de la oscuridad, de la penumbra en nosotros, pero sin poder observar aquello que lo provocaba.

Estos meses de retiro obligado hemos tenido la oportunidad de darnos cuenta de cuantos obstáculos impiden que avancemos en nuestras vidas. Ya no analizando nuestras sombras, sino aquellos obstáculos persistentes que las provocan. ¿Por qué tenemos rabia? ¿Qué es aquello que nos la produce? ¿Por qué ese empeño de culpar al otro, o a lo otro, de todo aquello que nos pasa? ¿De dónde surgen nuestros recelos, nuestra ira, nuestros miedos, nuestra sensación de pensar que los otros nos van a fallar, cuando somos nosotros los que siempre elevamos excesivamente nuestras perspectivas sobre ellos? Si miramos al otro con honestidad, sin juicio, podremos ver maravillas de seres humanos en cada una de las personas que pasan por nuestras vidas. Si aceptamos que todas sus sombras son provocadas por algún obstáculo, por algo que entorpece que la luz llegue directamente a su vida, podremos amar siempre incondicionalmente, sin juicio, sin maldad, sin falsedad.

Cuando se llega a cierta paz interior, cuando uno descubre no ya sus sombras, sino los obstáculos que la provocan, deja de culpar al mundo, a los otros, de todo aquello que nos ocurre. Es entonces cuando, de forma inteligente y asertiva, empezamos a modular nuestra conducta, nuestra interpretación de las cosas, nuestra forma de afrontar la vida. Dejamos de tener expectativas, dejamos de culpar al otro de nuestros fracasos, dejamos de ver en aquel que nos ha mostrado nuestras sombras como a un enemigo a batir. Vivir en la luz perpetua es simplemente apartar de nuestras vidas los obstáculos pasados y presentes que no dejan penetrar lo verdadero. La vida está llena de obstáculos, conscientes e inconscientes, pero al tener presente esta máxima, esta realidad, podemos andar por ella con más cuidado, con más atención, con mayor tacto, y de paso, ir sanando por dentro, como un árbol que va creciendo reparando sus heridas.

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En el 75 aniversario de las Naciones Unidas

En el 75 aniversario de las Naciones Unidas

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Este año se cumplen 75 años desde la constitución de las Naciones Unidas. Tras las grandes guerras mundiales, este intento de paz y unidad marcó un gran hito en la historia de la Humanidad.

Desde la fundación Dharana, junto a la Editorial Dharana, llevamos unos años imprimiendo y regalando la Declaración Universal de los Derechos Humanos como forma de expandir valores universales.

Este año, vamos a realizar una edición especial de 75 aniversario en papel reciclado y multilingüe (inglés, castellano, catalán, gallego y euskera) que regalaremos igualmente a todo el que lo solicite, así como a todas las personas que vengan a visitar nuestro proyecto en los próximos años.

Si quieres apoyar esta nueva reimpresión o deseas ejemplares para regalar y así ayudar a expandir los valores de buena voluntad, tu apoyo será siempre bienvenido.

Sigamos compartiendo los altos ideales y los valores que deberán regir realmente a nuestro mundo en los próximos tiempos.

Cumplamos con nuestra parte en ello. Gracias de corazón.

 

Formas de apoyo a la impresión:

Compra amigo: 10 ejemplares al precio de 50 euros.
Compra colaborativa: 20 ejemplares al precio de 100 euros.
Compra corporativa: 100 ejemplares, con posibilidad de sello o logo corporativo en la contraportada y mención especial en la tripa, al precio de 500 euros.

Otra forma de apoyo: donativo a la Fundación Dharana

TRIODOS BANK (BANCA ÉTICA): ES54 1491 0001 2121 2237 2325

Vencer el sufrimiento. La ley del devenir.

Vencer el sufrimiento. La ley del devenir.

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© Brych Photography

Nacer, sufrir, morir. Así podríamos resumir la vida corta, la vida mecánica, la vida que nos espera. Me di cuenta especialmente el sábado. Una de las gatas había cazado al simpático petirrojo que solía visitarnos con frecuencia. Los petirrojos son excesivamente curiosos y confiados. Y en algún descuido, en algún error, sucumbió a las garras gatunas. Cuando lo vi muerto no me lo podía creer. ¡Sentía tanto amor por ese pequeño animal!

Me marché triste, embriagado de rabia e incertidumbre, a alguna parte y en el caminar, me topé con otro pajarillo muerto. Y al día siguiente un tercero. Y ayer mismo, la gallina Clarita había muerto en manos de algún gavilán que le dio caza en el propio corral. Cuando vi su cuerpo muerto, frío, tieso, destripado, sentí un gran dolor. Clarita no era una gallina como las demás. Destacaba por su simpatía y confianza. En carácter era muy parecida a la famosa gallina Negri, que también murió hace unos años en manos de algún rapaz. ¡La muerte azota una y otra vez! Y me acordé de todas esas criaturas que son sacrificadas en fábricas de hacer comida y sentí mucha tristeza. Al menos Clarita, como el petirrojo, llevaron una buena vida libre y salvaje.

Aquí en la naturaleza la muerte forma parte de la vida constantemente. Van unidos, son inseparables. La ley del devenir es una deformación a veces cruel. La cadena trófica resulta insoportable cuando el que muere es alguien cercano. No importa que ese alguien, con su propia personalidad, sea un pato o una gallina. Aquí los animales viven en condiciones muy parecidas a los humanos con los que cohabitan. Se podría decir que somos todos una gran familia donde nos cuidamos y protegemos mutuamente. Al no participar en la cadena trófica, los animales viven felices, a veces durante muchos años, hasta que al azar provoca una muerte inevitable.

Leíamos hoy en los últimos capítulos de un libro que andamos estudiando que “la sombra es la luz bajo la forma de aquello que la estorba”. Nuestras sombras nos sirven para identificar ese obstáculo que está frente a nosotros y no deja pasar la luz. A veces, el sufrimiento es un síntoma parecido a la sombra. Surge cuando no tenemos capacidad de comprender que la vida en sí misma es sufrimiento, y no nos queda más remedio que aceptarla. En el budismo se conoce como duḥkha, y las cuatro nobles verdades nos hablan del origen del sufrimiento y de cómo extinguirlo gracias al noble óctuple sendero. Sin embargo, la primera noble verdad es en sí misma una gran advertencia: el malestar en todas sus formas, dolor, sufrimiento, pena, aflicción, angustia, estrés, es inherente a la existencia en el mundo. Por ello, debemos aceptar y comprender que el sufrimiento está ahí, en cualquier lugar, en cualquier parte, esperando.

Una persona que está en su centro no significa que haya vencido al sufrimiento, significa, como nos dice Dürckheim, que ha aprendido a sufrir. Vencer el sufrimiento, para una persona realizada, es que ha sido capaz de sufrir el dolor. Esto es una forma de aceptación, de respirar profundamente la vida. Aceptar el sufrimiento y el dolor como parte de la vida, es un gran paso de desapego y de aceptación hacia el siguiente paso: la propia muerte y extinción. Respirar la vida significa que aceptamos que nos estamos preparando para la muerte. Estar poseídos por la vida es mantener la atención plena en esa cuenta atrás hacia el final. Amar en la crueldad del mundo es aceptar el sufrimiento.

El sufrimiento nos hace humildes. Nos creemos iluminados, pensamos que hemos vencido los avatares de la vida, pero de repente, algo nos detiene y nos doblega. Entonces, primero nos retorcemos, y luego, aceptando el dolor y la derrota, inclinamos nuestra cabeza hacia la tierra en señal de humildad y aceptación. Con una suave aceptación, aprendemos a asumir nuestro propio destino. Vida, sufrimiento y muerte se entremezclan una y otra vez en nuestro aparatoso devenir. Lenta y secretamente, la muerte nos espera en alguna parte. No podremos vencerla, pero podremos aceptarla a medida que vayamos aceptando el inevitable sufrimiento del mundo.

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Style

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Ya no tengo estilo. Realmente, creo que nunca lo tuve. Pero ahora menos aún. Siempre desaliñado, con barba de muchos días, casi semanas, el pelo, el poco que queda, anárquico y libre, los pelos en el pecho enroscados unos con otros. La ropa, ¡ay la ropa! Si estoy asalvajado, lo que menos miro es la ropa. Siempre sucia por el trabajo duro del campo, cuando no es arrastrando piedras es haciendo mil cosas. Como no hay dinero para editar nuevos libros, me tomo la labor editorial con una calma extrema. Cuando llama algún cliente, jamás se imaginaría que está hablando con el mismísimo editor, y que ese editor lo mismo está encima de un tractor, o de un tejado, o arreglando algún cable en el sótano. Por dentro me río cuando llama alguien importante o reverente que se imagina extrema seriedad al otro lado del teléfono.

Me gustaría decirles algo así como “Aló, aquí el doctor, el editor, el responsable, sí, ultimando las últimas novedades, pactando la venta de derechos, asumiendo la compra del que será seguramente un gran éxito”. Pero no, el doctorsito hace de todo menos lo que supuestamente tendría que hacer. Y el mes que viene tengo que dar una conferencia ante gente selecta, escrupulosa, medianamente civilizada, de esas que suelen tener altas dosis de exigencia. Y ya ni siquiera sé de qué hablar. Si fuera valiente diría algo así: “sepan ustedes que desde la antigüedad clásica no se ha dicho nada nuevo, así que pregunten”. La conferencia podría durar diez segundos, una frase, y luego, tras haber ido a la peluquería, haber comprado alguna camisa nueva y haberme duchado y afeitado, contestar amablemente cualquier duda sobre el final de los tiempos, el Apocalipsis inmediato o del porqué la necesidad inmediata de crear islas de salvación, utopías que puedan sobrevivir a la purga.

Es verdad que no tengo estilo. Me daba cuenta esta mañana cuando bajé a enviar algunos paquetes y me topé en la oficina de correos con el prior del monasterio. Me miró de arriba abajo pero saludó amablemente, disimulando su asombro. No caí en la cuenta de que siempre bajo corriendo al pueblo tras arrastrarme por la tierra o tras llenarme el cuerpo de grasa de cualquier máquina. Carmen, la directora de la oficina, me mira siempre amable, acostumbrada como está a mis elocuentes apariciones. Al fin y al cabo soy su mejor cliente y me trata con cariño. Nunca me enfado cuando le digo que muchos paquetes nunca llegan a su destino, y tampoco cuando le indico que a México especialmente y a Latinoamérica en general no llega casi ninguno. Aquello es otro mundo, por eso cuando algún cliente de esos países compra algo, suspiro y rezo, me encomiendo a San Ajún Bendito, santo apostólico de los imposibles y las utopías.

Para disimular mi falta de estilo, y cambiando de tema y de mirada, le dije al prior que me debe una visita a la biblioteca del monasterio. Ya que nos hacemos competencia en lo espiritual, al menos deberíamos crear lazos de amistad, quedando claro que la herejía, es decir, nosotros, somos buena gente, y que el pensar de forma libre y diferente no difiere mucho del dogma y la doctrina, porque en el fondo, lo ortodoxo y lo heterodoxo, creen en lo mismo: el gran misterio de la vida. El prior, amable, sin saber muy bien quien soy, más allá del hippie-jefe, como por aquí me conocen, se limitó a contestar un “cuando quieras”. Así que, emplazado quedo. Prometo afeitarme para esa primera visita informal al monasterio, porque formales ya hemos hecho algunas. Y prometo remirar mi vestuario para parecer una persona normal y civilizada. ¡Qué tiempos aquellos en los que semana sí y no iba a comprar modelitos para no ir más de dos días al trabajo con la misma ropa! ¡Cuanto dinero y tiempo ahorro con esto de no tener estilo, ni vestuario! Siempre las mismas camisetas del primar, las que valen a tres euros y te compras diez y te duran una década, casi todas del mismo color. Y siempre esos pantalones del decaslón, eso sí, todos iguales excepto los de invierno, que difieren en tamaño con los de verano, de esos que la gente utiliza para pasear por la montaña y que para mí son como una segunda piel, casi diría que como una segunda residencia.

Es cierto, cuando vives en el campo a veces te descuidas. Pero mi descuido es casi patológico, porque las gentes de por aquí que cuidan de las vacas y los prados, aunque tengan las manos manchadas y huelan de forma contundente, suelen vestir decorosamente. Mis atuendos, de ciudad, modernos, pero convertidos en harapos sucios y rotos, no pegan con el entorno. Debería vestir con esas camisas gruesas de cuadros negros y rojos que aparecen en las películas y con recios pantalones de hombre de verdad. Entonces no importaría que fuera sucio, porque de seguro, que con pinta de leñador de foto de calendario para señoras, seguro que impresionaría. Convencido quedo de que tendría estilo. Ahora no, ahora ya no tengo estilo. ¡Qué le vamos a hacer!

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Vivir de otra manera

Vivir de otra manera

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Esta mañana se me pegaron las sábanas. La verdad es que llevo una semana de cansancio acumulado, o de necesidad de dormir un poco más. No sé si tiene que ver por el calor, o porque desde hace ya un tiempo he dejado de consumir lácteos y huevos y mi cuerpo se está readaptando a la nueva dieta aún más vegana. Lo cierto es que como hemos tardado en abrir a las gallinas y la pata, en el estanque estaban todos los peces felices, danzando de arriba abajo, jugando con las hojas que habían caído la noche anterior tras los fuertes vientos. Ha sido una bonita imagen ver la felicidad de esos peces que han sobrevivido a casi todo tipo de avatares.

Eso nos motivó, aprovechando a que en estos días hemos ampliado la instalación fotovoltaica con tres placas más y un inversor más potente, a reciclar el viejo estanque, juntarlo con el nuevo y crear, mediante un pequeño circuito, una cascada con la intención de oxigenar el agua. Esperamos que eso haga más felices a los peces que vivan en él. Da gusto ver la riqueza animal, sin colaborar en la cadena trófica y dejando que vivan felices en un entorno privilegiado.

Las gallinas se enfadan cuando llegamos tarde. Tienen una manera peculiar de llamar la atención cuando ven que pasan las horas y nadie les abre el corral. Luego corren contentas por toda la finca, buscando suculentos bocados de aquí y de allá. En la casa, los gorriones han hecho varios nidos. Uno de ellos, con cinco polluelos, se puede ver cuando vamos a regar las frambuesas que hemos sembrado en el interior del patio. Es una imagen bucólica, un síntoma de que la vida sigue, de que la vida se expresa y se regenera a su manera.

Nosotros como especie humana alguna vez caímos de las ramas de los árboles, y en esa caída, olvidamos la felicidad natural, la que se conforma con contemplar un atardecer, dar un paseo entre la hierba o tirarse sobre ella sin hacer nada. Desde que caímos de los ramas y los árboles, hemos perdido el contacto con lo sencillo, con lo natural, y nos hemos alejado excesivamente de la naturaleza, creyendo incluso que es algo ajena a nosotros. Pero cuando vives en ella de forma respetuosa, edificando pequeñas cabañas para vivir, intentando no agredir el medio envolvente, te das cuenta de que somos parte de ella.

Gracias a la nueva instalación fotovoltaica, aún insuficiente, pero mucho mejor que la que teníamos, ahora podemos poner lavadoras de más de media hora. Y poner la bomba del agua mientras se carga la moto eléctrica. Además a la vez, sin tener que gritar de un lado para otro para desenchufar todo cada vez que queremos limpiar la ropa o enchufar algo que requiriera fuerza. Hemos adquirido un inversor que dobla la potencia -hemos pasado de una instalación de 24V a una de 48V- y hemos juntado las viejas baterías que teníamos en las cabañas con las nuevas que llegaron hace unos meses y que instalamos en la casa. Más las tres placas nuevas, suman ocho placas, ocho baterías y un inversor de cinco mil vatios. Llevamos seis años siendo autosuficientes energéticamente, y ahora también unos meses, algo más autosuficientes en cuanto a movilidad.

El progreso trae cosas buenas, no hay que renegar de él, sino alinearse con sus cosas buenas. Seis años sin pagar factura de la luz, ni factura de agua, y ahora, seis meses sin pagar gasolina gracias a esa pequeña moto eléctrica que nos lleva y nos trae para desplazamientos locales. En estos años habremos ahorrado unos quince mil euros en factura de agua y luz, a lo que habrá que sumar el ahorro en gasolina. El siguiente paso será doblar la potencia eléctrica para librarnos de las botellas de butano y poder cocinar y calentar el agua solo con electricidad. Seguiremos buscando soluciones económicas para la calefacción de invierno, algo que el año pasado quedó pendiente. Y de aquí a unos años, un coche eléctrico recargado con nuestro sistema de placas solares hará que el ahorro sea considerable. Seremos lo más ecológicos que la tecnología permita.

Todo es un experimento cuya pedagogía consiste en contar que se puede vivir de forma diferente. Los peces pueden vivir sin ser comidos. También las gallinas, y los patos, y las vacas y todos los animales. Además, se puede vivir energéticamente de forma autónoma, y también, en cuanto a movilidad, nos podemos desplazar sin contaminar. Hoy hice un viaje con la moto eléctrica de más de setenta kilómetros y fue un placer el pensar que no se contaminó nada, que no hacía ruido en mi desplazamiento y que la misma se recargará con la luz solar de mañana.

El siguiente paso gigante será la comida. El tema de la huerta será un reto importante a desarrollar en los próximos años y ver de qué manera se puede hacer un vergel de alimentos. Paso lento pero seguro. Poco a poco. En esas andamos, preparando la tierra para el futuro.

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Oj, Šope, Šope


 

Los coros femeninos a capella son una de las riquezas más bellas del pueblo búlgaro. Aunque hay canciones tradicionales que se disputan serbios y búlgaros, sea de dónde sea, Oj, Šope, Šope fue para mí un bonito despertar en mi temprana juventud. Es cierto que la música te transporta siempre a alguna parte. No son solo movimientos, vibraciones lo que uno escucha. También son tonos, ritmos, melodías. Hay una magia numérica que aún no entendemos pero que la música expresa. ¡El Danubio es ancho, pero no profundo! Dice la canción. Un río que atraviesa pueblos diversos como Alemania, Austria, Eslovaquia, Hungría, Croacia, Serbia, Rumania, Bulgaria, Moldavia o Ucrania. Hay canciones que son como el Danubio, anchas, inmensas, inabarcables.

La música posee calidades afectivas. Esta en concreto me retrae a cuando era voluntario en la Cruz Roja y en Cáritas. Teníamos un pequeño grupo de teatro donde intentábamos, gracias a la ayuda de un actor profesional, quitarnos las vergüenzas que el actuar siempre trae consigo. Para prepararnos, recitábamos versos de Shakespeare que aprendíamos de memoria o emitíamos unos aullidos desde lo más profundo de nuestros pulmones con una luz tenue. Primero tímidos, casi apagados, y luego, con el ánimo del profesor, iban subiendo de tono y fuerza. Era como expulsar algo que se tiene dentro y que solo mediante la voz puede manifestarse y repeler hacia fuera. Luego, con los ojos cerrados y la luz apagada, el ejercicio consistía en escuchar el Oj, Šope, Šope y dejarnos llevar por su música. Al principio de nuevo de forma tímida, hasta que de repente, el alma de esa música tradicional se apoderaba de nosotros y el cuerpo fluía de forma libre. Era como si el propio Danubio entrara en nosotros y fluyera por cada una de nuestras cavidades. Pero no solo el Danubio, también su afluente, el río Iskar, y las montañas de Pirin y Vitosha.

Para los que éramos más tímidos y retraídos, este ejercicio era totalmente liberador. De alguna forma, y quizás por primera vez, podíamos vencer nuestros miedos más atávicos, podíamos romper con ese escudo protector que nos mancillaba y anegaba en la sepultura de nuestra seguridad. Podíamos lanzarnos al vacío y vencer nuestras limitaciones. De repente el cuerpo se expresaba de forma diferente, y cuando las luces se apagaban y la música empezaba a vibrar, una gran luz interior se encendía para demostrar al mundo de que no hay montaña más alta ni río más profundo que el que uno lleva consigo en su interior. La música nos liberaba, pero también nos engrandecía, ensanchaba, de alguna manera, toda nuestra alma. Los pulmones se llenaban de akasha, y al anima mundi vibraba incesante dentro de nosotros.

Si eres una persona extremadamente tímida o retraída, recomiendo encarecidamente el ejercicio, porque cuando uno se deja poseer por la música y por aquello que representa, es como si todo un egregor, toda una cultura, todo un tiempo, entrara de repente en nosotros, y dejando de un lado nuestra pequeña personalidad, nuestros miedos y turbaciones, pudiéramos entrever algo superior a nuestra pequeña existencia. Cerrar los ojos, apagar la luz y escuchar el Šope, Šope. Liberador.

Ej, Šope, Šope

Ej, Šope, Šope, našensko Šope !

1.
Ozdole idat Šopi ergenje,
oj, Šope, Šope, Šopi ergenje,
na glavi nosat ovči kalpaci,
oj, Šope, Šope, ovči kalpaci,
u râce dâržat gegi krivaci,
oj, Šope, Šope, gegi krivaci,
nozete im u svinski opinci,
oj, Šope, Šope, svinski opinci,

Oj, Šope, Šope, Oj, Šope, Šope !
Hej, hej, hej, hej !

2.
kato si ’odat, ’odat i ’okat,
oj, Šope, Šope, ’odat i ’okat,
če ot Vitoša po-visoko nema,
e pa nema, nema, e pa nema, nema,
če ot Iskaro po-dlâboko nema,
e pa nema, nema, e pa nema, nema.
če ot Vitoša po-visoko nema,
če ot Iskaro po-dlâboko nema,

3.
De gi začula moma Bojana,
vikom se provikna i na Šopi duma :
« Oj, Šope, Šope, opako Šope,
kako da nema, koga ima, ima !
E pa ima, ima, Pirin planina,
oj, Šope, Šope, Pirin planina,
Dunava ot Iskaro e po-dlâboka,
oj, Šope, Šope, e po-dlâboka. »

4.
Šopite ne čujat, sal edno si znajat,
sal edno si znajat, sâs jaziko câkat,
sâs jaziko câkat, i glavite klimat,
i glavite klimat, na Bojana dumat :
« Pirin e visoka, ama e daleko,
Dunav e široka, ma ne e dlâboka !
— Oj Šope, Šope, djavol si, Šope,
oj Šope, Šope, umen si, Šope. »

 

1)

Desde abajo viene Šope el soltero,
oh, Šope, Šope, Šope el soltero,
en su cabeza usa sombrero de piel de oveja,
oh, Šope, Šope, sombrero de piel de oveja,
en sus manos sostiene una azada de pastor,
oh, Šope, Šope, una azada de pastor,
en sus pies, zapatos de piel de cerdo,
oh, Šope, Šope, zapatos de piel de cerdo,

2)

Cuando camina, camina y grita,
oh, Šope, Šope, camina y grita
que no hay más alto que su montaña Vitosha,
oh no, no hay ninguna, oh no, no hay
que no hay más profundo que su río Iskar,
oh no, no hay, oh no, no hay
que no hay más alto que su montaña Vitosha,
que no hay más profundo que su río Iskar,

3)

Sucedió que la niña Boyana lo escuchó,
ella gritó tanto como pudo y dijo a Šope:
“Oh, Šope, Šope, Šope intratable,
¡cómo no hay ninguno, ya que los hay!
Sí, hay montaña de Pirin,
oh, Šope, Šope, montaña de Pirin,
y el Danubio es más profundo que el Iskar”.
oh, Šope, Šope, es más profundo.

4)

Pero Šope no escucha, persiste,
persiste, mueve la lengua,
agita su lengua y asiente,
asiente, habla con Boyana:
“El Pirin está alto, pero está lejos,
¡El Danubio es ancho, pero no es profundo!
– Oh, Šope, Šope, eres un demonio, Šope,
oh, Šope, Šope, eres inteligente, Šope. ”

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Contaminación, movilidad, plásticos y consumo de carne. Cincuenta años para regenerar el planeta

Contaminación, movilidad, plásticos y consumo de carne. Cincuenta años para regenerar el planeta

 

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Ha sido hermoso ver como ha descendido la contaminación en estos meses de encierro. Eso puede dotarnos de cierto sentimiento de optimismo, no esperando a que de repente toda la humanidad se ilumine y se encierre para que el planeta entero se regenere, pero sí esperando que al menos en las próximas cinco décadas, el ser humano en su conjunto busque alternativas al caos climático que ahora impera.

Existen actualmente cuatro problemáticas que generan desequilibrios en nuestro planeta: la contaminación, la movilidad, el consumo de plásticos y el consumo de carne. Los cuatro componentes requieren una revisión importante no sólo en nuestra moral y ética personal, sino también en la tecnología que hasta ahora impera en nuestras vidas. Realmente las cuatro realidades contaminantes están relacionadas entre sí. El consumo de plástico está muy relacionada con la contaminación en general. También la movilidad, movida actualmente por derivados del petróleo en su mayoría. Veámoslas por partes y miremos con optimismo como mejorar nosotros mismos para que mejore así el planeta.

1. La contaminación tiene muchas fuentes. Los plaguicidas, los plásticos, el humo de las fábricas y de los coches, los incendios descontrolados. La contaminación atmosférica sufrirá un importante cambio cuando el paradigma hasta ahora imperante cambie de forma generalizada. Primero cambiando la forma de movilidad. El coche eléctrico tendrá mucho protagonismo en las próximas décadas, y para esto ya no hay marcha atrás. El modelo de agricultura intensiva debe cambiar hacia un modelo de agricultura ecológica libre de plaguicidas. Igualmente, debemos interiorizar en nuestro interior la búsqueda de alternativas a los plásticos de un solo uso, así como el consumo de productos ecológicos y éticos.

2. La movilidad. Más del 30% de la contaminación por CO2 proviene del uso del automóvil. El problema de la movilidad está estrechamente ligada al problema de la energía. Como decíamos anteriormente, esto podrá solucionarse en un primer momento cuando los coches empiecen a dejar de quemar combustible fósil y todo el parque automovilístico funcione con electricidad. El abastecimiento de electricidad supondrá un problema en las primeras décadas de este cambio revolucionario, pero ya se está trabajando en la tecnología de la fusión nuclear y es posible que en cincuenta años esta tecnología no contaminante y casi infinita esté disponible. Mientras tanto, el uso de la bicicleta, las motos eléctricas y el coche eléctrico compartido serán soluciones para todos.

3. Los plásticos. Una botella de plástico tarda unos quinientos años en descomponerse. Esto es algo inaudito e insostenible. ¿Cuántas botellas de plástico utilizamos al cabo del año? Cada año se vierten al mar doce millones de toneladas de plástico. Esto genera un gran problema en los océanos, especialmente por el vertido de los microplásticos que utilizamos en muchos productos de higiene o en la propia y lenta descomposición de los plásticos más voluminosos. Mientras se encuentra una tecnología apropiada para restituir el plástico por otros productos más ecológicos, muchos gestos diarios pueden librarnos de cientos de plásticos. Solo tenemos que cambiar ciertos hábitos de consumo y tener más consciencia a la hora de comprar productos a granel que no utilicen tanto envoltorio. Hay muchas soluciones para reducir drásticamente el consumo de plástico.

4. La industria ganadera genera tantos gases de efecto invernadero como todos los coches, trenes, barcos y aviones juntos. Este solo es un dato que afecta a la contaminación, pero más allá de eso, el ser humano debe tomar consciencia ética en cuanto al consumo indiscriminado de carnes. Sobre este punto no voy a extenderme, porque me parece insoportable pensar que la mayoría de los seres humanos, en pleno siglo XXI, aún se regodee placenteramente con el consumo indiscriminado de animales muertos. No una vez al mes o a la semana, sino prácticamente todos los días del año. Ojalá esta tendencia cambie radicalmente en nuestras consciencias y los animales puedan vivir y morir en paz.

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Fuerza, sentido y protección. Cuando el Ser se hace experiencia

Fuerza, sentido y protección. Cuando el Ser se hace experiencia

 

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Si esta fuera la mitad de mi vida, admito que ha sido muy difícil tener una experiencia real del Ser. Dürckheim, en su libro “El Maestro Interior”, nos da algunas pistas de cómo debería ser ese contacto real con el Ser Esencial, y de como, de alguna manera, ese Ser se manifiesta en el Camino interior, en el camino espiritual, especialmente acotado dentro de la vida cotidiana.

Para estar en el Camino del que nos habla Dürckheim, se tiene primero que asentar uno en su centro. Encontrar el centro es complejo, especialmente ante las mil necesidades y los cientos de miles de estímulos que recibimos todos los días. Estímulos que nos distraen, que nos ponen a prueba y que nos sacan de nuestro centro. Estar en el centro, en el punto de quietud, que dirían los budistas, es difícil. Requiere disciplina, fortaleza y una constante necesidad de búsqueda interior. Requiere, además, un convencimiento absoluto de que la realidad profana en la que vivimos es trascendida por una realidad sagrada, espiritual, profunda.

El centro somos nosotros cuando hemos integrado en nuestra personalidad todos los aspectos relevantes. Nuestro cuerpo físico está en sintonía con nuestra energía, esta con nuestras emociones y estas últimas con nuestros pensamientos. Ahí se encuentra el centro, y nosotros, en nuestra máxima expresión como seres humanos, nos convertimos de repente en el centro del universo, de donde todo emana y todo se conjuga. Al ser seres constituidos como hologramas, todo lo que ocurre en nuestro exterior no deja de ser un reflejo fiel de aquello que expresamos interiormente. Nuestro enfoque cuántico determina la realidad que experimentamos. Y la profundidad de ese enfoque determina la profundidad de las experiencias que recibimos y experimentamos. Realmente existe una correlación de fuerzas y energías que ordenan el escenario en el que vivimos, dotando al mismo de fuerza, sentido y protección cuando el Ser se expresa y se hace experiencia.

Por ello, el reajustar todos los días nuestro mundo interior mediante técnicas como la meditación o la contemplación, de alguna forma ayuda a ordenar toda la pantalla holográfica que se expresa en nuestro exterior. Si dentro hay conflictos, a veces conflictos no resueltos de nuestra infancia o juventud, esos conflictos se manifestarán una y otra vez en el cinemascope de nuestras vidas. Solo cuando desde la calma conseguimos alinear nuestras fuerzas, la proyección exterior se reordena y reaparece un mundo en equilibrio. Integrar ambos mundos, el interior y el exterior, lleva tiempo, pero esa integración necesaria forma parte de la búsqueda del centro.

Nos dice Dürckheim que el ser humano tiene tres necesidades fundamentales: la primera es la necesidad de vivir, que sería como decir la necesidad de prestar atención a la subsistencia diaria, la cual nos da fuerza; la segunda sería el dotar a nuestras vidas de sentido; y la tercera, sería la búsqueda de comunidad. El ser humano busca un “tú”, un diálogo donde la soledad no tenga cabida. En ese diálogo, siempre entre iguales, entre prójimos que se entienden, se establece una relación de seguridad y protección.

Cuando uno se hace adulto, hay un momento de ruptura con la comunidad tradicional, normalmente establecida por el parentesco, la familia o la patria de nacimiento. Sin embargo, cuando el Ser se hace experiencia en nosotros, la necesidad de una renovación de nuestros lazos afectivos sufre una intensa crisis, buscando esa nueva comunidad que dote de sentido a nuestra nueva visión. Esa búsqueda de familia espiritual no siempre se encuentra satisfactoriamente, porque aquel que ha experimentado el alumbramiento de una nueva realidad debe pasar inevitablemente por esa oscura noche del alma, hasta que al final de la misma, al final de ese oscuro túnel, una nueva familia nos espera.

Cuando estas tres necesidades, la de vivir, la de encontrar sentido a la vida y la de estar en comunión en el seno de una comunidad se satisfacen provechosamente, uno encuentra su verdadero centro. Entonces el Ser encuentra su plenitud, su orden y su unidad, y es capaz de expresar la consciencia de su fuerza, de su valor y la consciencia del “nosotros” como una comunión primordial, un lazo místico que une a unos y a otros en esa unidad psíquica, muchas veces inconmensurable, incomprensible, invisible. Es a partir de ese momento cuando volvemos a tener esa confianza primordial ante la vida, esa seguridad que nos lleva inevitablemente a un destino común, y de paso, a comprender que esa nueva consciencia requiere inevitablemente del apoyo de una verdadera comunidad. Esto es apasionante, porque de alguna forma, esa comunidad, la veamos o no, la sintamos o no, la comprendamos o no, existe. Y cada vez se amplia con mayor fuerza a medida que nuestro ser se expande en la experiencia del vasto mundo espiritual. No hablamos aquí de una comunidad de vida cotidiana, sino de una comunidad del lazo místico, en lo intangible, unidas por un propósito de mejoramiento, de ayuda mutua, de cooperación.

Termina Dürckheim diciendo que cuando esto ocurre, el ser humano descubre otra vida en la cual el absurdo es sustituido por un verdadero sentido vital y profundo, y la sensación de abandono por una inmensa sensación de protección que muchas veces no parece de este mundo. Es así como el Ser esencial se expresa en nosotros, viviendo una vida llena de seguridad y sentido.

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Tiempos de siega

Tiempos de siega

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Junio es el mes de la siega. La hierba, con las lluvias primaverales, están altas, listas para recoger. Estamos rodeados de hermosos prados y en estos días, vemos con estupor como los vecinos se afanan para segar con sus potentes tractores toda esa belleza de flores y hierba. El ciclo de la hierba marca tiempos, fiestas, alimento para el ganado que se almacena en los silos para pasar el invierno con sus nieves y falta de prado.

El ciclo de la hierba comienza en enero, mes en el que el pasto queda lánguido y helado por la crudeza del invierno. Es tiempo de empezar a quitar las ramas caídas de los árboles que muchas veces dividen las lindes, las posibles piedras, todo aquello que pueda estorbar en la crecida y recogida del manto verde. A partir de ese momento, empiezan a abonarse los prados con el abono de las cortes, con los desechos que el propio ganado produce. Esto no deja de ser paradójico. De alguna forma, es como un ciclo que se cierra y se abre en cada estación. El abono, desecho de la cosecha del año anterior, sirve para alimentar la comida del próximo invierno. Vida, muerte y resurrección.

Quitar las toperas, arreglar los muros de piedra, arrancar las silvas. Todo el año al cuidado de extensos prados verdes que dan vida a estas zonas del norte. Todo el año al cuidado del manto que dará de comer al ganado, especialmente las vacas, vacas que más tarde se convertirán en comida para los seres humanos.

Nosotros somos una anomalía en el terreno. No tenemos vacas, somos vegetarianos y no necesitamos la hierba para alimentar ningún tipo de ganado. Sin embargo, la ley dice que tenemos que tener los prados limpios para evitar incendios. Los vecinos siempre se molestan porque ven que nuestros campos andan algo descuidados. De vez en cuando contratamos los servicios de algún vecino para que nos desbroce los prados, pero siempre está todo un poco salvaje, pues la naturaleza, al igual que el ser humano, tiende siempre al crecimiento, a la expansión, a la dilatación. Como este año de transición deseamos terminar la casa y empezar con el cuidado del jardín y la huerta, hemos hecho números y vemos que nos sale más económico comprar un pequeño tractor, aunque sea de segunda mano, que seguir pagando a los vecinos. Así que eso hemos hecho. Hemos comprado un modesto y humilde minitractor y hoy mismo, justo cuando los vecinos se afanaban para recoger la hierba de los prados,  nos ha llegado el apero para desbrozar.

La verdad es que lo nuestro parecía de caricatura en comparación con los grandes tractores vecinales. Pero tampoco nosotros nos queremos dedicar a criar vacas, así que ese pequeño juguete es suficiente para mantener limpia la finca. Debo decir que he sentido un poco de pena cuando a primera hora empezaba con las labores de desbrozado, que iba compaginando, hasta que el sol se puso, con la construcción de dos muros de piedra seca que estamos haciendo a la entrada. El mundo mineral y el mundo vegetal trabajados en un mismo día. El cansancio no puede ser mayor. Digo lo de la pena porque de repente veía como todo un ecosistema de hermosas flores salvajes, mariposas, saltamontes, cientos de animalillos, incluso grandes y hermosos lagartos, desaparecían bajo los pies del tractor o salían corriendo hacia lugares más seguros. He sentido una gran contradicción interior que aún no he podido resolver. Es evidente que no se puede ser tan sensible. Es un sin vivir.

Seguramente todos estos esfuerzos servirán para que la próxima primavera, todos los que vengan puedan disfrutar aún más de este lugar y su exuberante belleza. Si todo va bien, limpiaremos la finca y sembraremos muchos árboles, frutales y autóctonos, flores y todo aquello que pueda servir para potenciar aún más la armonía, la belleza, la inspiración y el contacto pleno con la naturaleza. Hay mucho trabajo por delante, pero como en este tiempo no tenemos que atender a nadie, los días se hacen muy largos y el trabajo muy intenso. Pronto veremos sus frutos, a pesar del agotamiento y el cansancio al final de cada jornada.

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Gracias madre

Gracias madre

antonia

Hoy hace setenta y tres años que mi abuela materna dio a luz a mi madre. No me imagino como debió ser esa épica en tiempos de postguerra en nuestro país y de plena Segunda Guerra Mundial a pocos kilómetros de nuestras fronteras. Aquel era un mundo difícil. Apenas había comida, e imagino lo complejo que debía ser sacar adelante a cuatro hijos en el mundo rural andaluz. Mi abuela murió muy joven y dejó huérfanos a aquellos niños, tres hembras y un varón. Supongo que mi abuelo se convirtió de repente en un héroe que tuvo que tirar de todos, con la ayuda de sus hijas mayores. Mi madre se casó con 24 años. Era una niña. Al año siguiente tuvo su primer hijo, el que ahora escribe. Pensándolo fríamente, no me imagino lo difícil que tuvo que ser tener un hijo a esa edad, recién casada y recién emigrada al norte del país, donde casi no conocía a nadie y donde tenía que buscarse la vida, empezar de cero, crear un hogar y luchar por un futuro.

Las proezas de nuestros padres fueron múltiples. Debemos honrar su memoria día y noche. Rozando los cincuenta, no he tenido la oportunidad de tener descendencia y no sé lo que realmente es tener un hijo, pero sí sé, por intuición, que debe ser algo muy complejo y difícil. Quizás para un padre o una madre, una de las mayores frustraciones sea el ver que sus genes, su esfuerzo, se extingue de repente. Para los padres del siglo pasado, eso debe ser algo frustrante, porque de alguna manera, se deben interrogar sobre el porqué de tanto esfuerzo y sacrificio. Ninguno de sus hijos ha tenido hijos, y las perspectivas futuras no son muy halagüeñas, al menos de momento.

Tuvo la mala suerte de que su pareja de toda la vida, mi padre, desarrolló la enfermedad del alzhéimer siendo muy joven, y aún joven, murió, no hace muchos años. Tras años de sufrimiento, la muerte de mi padre debió ser un momento de liberación, de calma, de quietud. No hay cosa más compleja que la de cuidar a una persona con alzhéimer, especialmente en las últimas fases de la enfermedad. A los pocos años, rehizo su vida y ahora vive feliz, contemplando el paso del tiempo con su nueva pareja, viajando a mitad de caballo entre su casa del pueblo, con maravillosas vistas a Sierra Morena y la campiña andaluza, con sus olores y colores intensos, y Barcelona, ese mundo de ciudad y ruido que la acogió y donde vivió la mayor parte de su vida.

Como hijo me siento feliz de ver que su vida se desarrolla en calma y tranquilidad. Nunca fue una persona que se quejara, y siempre mantuvo una actitud fuerte, positiva y optimista ante la vida. Aunque sus tres hijos le han salido raritos, ella se siente orgullosa de los mismos. No espera impaciente nada especial de nosotros, nos mira con cariño y se ríe aún con las gracias de unos y de otros, con las anécdotas, y sufre, como todas las madres, cuando a alguno de los tres la vida nos trata de forma injusta.

Al final yo seguí sus pasos, pero a la inversa. Me volví emigrante, primero a su tierra, descubriendo tristemente que no era la mía, y luego a una tierra extraña que es la que ahora me acoge, una tierra hermosa pero totalmente ajena a mi doble cultura, la andaluza y la catalana. Quizás de aquí a unos años, pienso que aún es pronto, pueda presumir, de echar raíces aquí, que poseo una triple cultura, incluyendo en esa riqueza de emigrante a la cultura gallega que ahora me abraza y protege. No me di cuenta hasta ahora, pero lo único que hice fue intentar imitar las proezas de mis padres, valientes emigrantes que buscaban en la ciudad una vida mejor.

¡Qué paradojas tiene la vida! Resulta que la vida buena, la verdadera vida estaba en el campo que abandonaron, en ese mundo de olores intensos y luz especial. Era allí, y no en la ciudad, donde la vida se desarrolla en su mayor expansión. Eso pude verlo en los regalos que todos los años, en agosto, nos hacía la vida cuando, como buenos emigrantes, volvíamos al pueblo a pasar unas semanas de vacaciones. Era allí donde la vida se mostraba en todo su esplendor, en plena naturaleza salvaje. En esos pueblos blancos cuyo aroma aún recuerdo con añoranza. El resto del año era gris, muy gris. Por eso ahora vivo en el campo, entre montañas y valles y ríos y bosques. Vivo aquí porque mis padres vivieron en ese paraíso, y yo seguí sus pasos, sus orígenes, su buena vida.
Feliz cumpleaños Antonia, gracias por darme la vida y esta oportunidad única de experiencia plena. Ser emigrante es hermoso. Es una forma de ser almas libres.

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