Tres veranos en comunidad


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El tiempo pasa excesivamente rápido cuando te empeñas en vivir la vida hasta el fondo, estrujando la madeja invisible de todo cuanto ocurre. Hemos empeñado parte de nuestra vida en este loco proyecto comunitario, hipotecando quizás unos años futuros con tal de que merezca la pena el realizar un sueño colectivo. O Couso se ha convertido en una pequeña luciérnaga que ilumina en una eterna noche oscura. Atrae hasta sus mieles pequeñas luminarias que se decantan por unos días de descanso, de retiro o simplemente de compartir. Cuando ves todo lo que aquí se genera de forma humilde e invisible dan ganas de compartirlo de alguna manera.

Es evidente que esto no es ninguna panacea, ni la utopías completa ni un mundo maravilloso, pero también es evidente que nos resultaría muy difícil vivir en otro tipo de lugar. La apuesta, la entrega, el relato de una vida que se experimenta segundo tras segundo es algo que no tiene precio. Contemplarla como un observador silencioso, dejando que las cosas fluyan a su ritmo, aprendiendo de la fortaleza de los robles y buceando en la flexibilidad del agua que recorre toda la tierra húmeda es algo que ennoblece el alma y ocupa la atención del espíritu que todo lo mueve.

Son tres los veranos que hemos pasado aquí. Hemos aprendido mucho, hemos acelerado nuestros procesos cognitivos y estamos aprendiendo a inclinar con humildad todo nuestro bagaje pasado. Aquí nos damos cuenta de la minúscula atención que el universo entero muestra sobre nuestras pequeñas vidas. Nos ilumina la inmensidad a cada instante, por lo tanto, tomamos consciencia de nuestra pequeña trascendencia. Aún así, nos sentimos afortunados por ser partícipes vivos de este hermoso elemento, de esta hermosa tierra que nos acoge y dulcifica con su belleza nuestras penurias y desalientos.

Hemos aprendido a soportar los ciclos y hemos sabido adaptar al milímetro nuestras vidas a los elementos. Nos hemos llenado de coraje y valor y hemos comprendido la importancia de estar aquí, de ser guardianes de ese pequeño destello que debe sumarse a la estrellada noche del alma. Nuestro papel es bien fácil. Debemos alimentar al peregrino. Primero con un poco de cobijo y comida y luego, alentar con nuestra presencia y nuestros silencios la curiosidad del alma. Una vez abierta la brecha interna, la luz avivada, nuestro papel se limita a dar de beber al sediento con un trozo de pergamino antiguo, con un poco de esa perenne esencia.

Nos alegra poder servir para eso. Hacer unas alubias por la mañana y ofrecer un poco de aliento por la tarde. Y como mínimo, sembrar siempre esa semilla de amor y esperanza para que en un futuro, quien sabe si en esta o en otras vidas, esa semilla crezca y prevalezca como propósito vital. La luz del alma solo puede alimentarse desde el alma. Por eso, aunque aparentemente no ocurra nada ahí fuera, realmente se está librando una gran batalla aquí dentro. En los planos invisibles, un ejército de luminarias nos asisten. Por fuera, seguirá siendo todo igual de sencillo, enigmático, amable, amoroso. Por dentro nos enriquecemos a cada instante, a cada segundo. Somos privilegiados testigos de cada una de esas experiencias.

 

Sobre la naturaleza del alma


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“El Ser Supremo tiene dos naturalezas, superior y inferior, tierra, aire, fuego, agua, éter, mente, entendimiento y sentido del yo es la óctuple división de mi naturaleza, pero esta es mi naturaleza inferior, mi otra naturaleza, la superior, por la cual el mundo asciende, es el alma, la consciencia”. Bhagavad Gita

Es cierto que entregar unos años de tu vida a un propósito invisible para los ojos que se fijan en las cosas de la tierra puede resultar una pérdida de tiempo. Puedes ver a un leñador atizar el fuego de una chimenea en otoño y olvidar que durante el verano estuvo trabajando duro en la espesura del bosque. Puedes ver caer las semillas en la tierra húmeda y obviar los procesos invisibles que se desarrollarán en toda su explosión de vida futura. El agua que circula rauda en primavera se cuela por los acertijos del valle para penetrar en las profundidades calizas y albergar en oscuras cuencas el líquido de vida que muchos beberán. El aire circula afanoso transportando ideas mientras el fuego, avivado por la lucha de las estaciones, expande su calor en las estancias invernales.

Más allá del mundo de la forma, de la estrecha mirada fenomenológica que todo lo entiende porque muestra tan solo las partes finitas de los hechos, existe un mundo aún más rico y extenso donde las causas no tienen fin y la naturaleza se expresa de forma ascendente. Es allí donde moran, en posadas trasparentes cargadas de luz y brillantes paredes  aquello que llamamos el alma y la consciencia. Es allí donde los propósitos se apoderan de nuestras vidas y nos conducen a realizar cosas que son incomprensibles para la mirada corta.

En esas moradas viven aquellos que vigilan e inspiran nuestros actos. Aquellos que esperan ansiosos el que fijemos la mirada no en la parte carnal de las cosas, sino en los rostros invisibles de las mismas. Aquellos que implantan con paciencia la esperanza en nuestros corazones, esperando cautos que nuestra obra se fije con las columnas de la virtud, la razón y la verdad.

Hay una promesa en el aire que inspira constantemente pensamientos simientes, consciencias altamente cualificadas para regenerar la vida que está más allá de lo aparente. Hay muchos servidores cuya misión consiste en anclar en lugares fijos luminarias que atraigan a los buscadores ansiosos por elevar la mirada hacia ese cielo trasparente. La ciudad resplandeciente espera los latidos de nuestros corazones, esos que son como los tambores que dan la bienvenida a los héroes. A veces ocurre que nuestros latidos se pierden en la espesura de la afanosa vida y olvidamos el llamado que nos conmovió hacia la urgencia de actuar. La llama resplandeciente que algún día iluminó nuestro centro termina apagada por falta de ese combustible que regenera constantemente nuestra existencia.

Estamos, todos, llamados a una naturaleza superior, a un camino que tiene que ver más con la amplitud de la vida que con la estrecha rigidez de nuestra naturaleza pequeña. Hay algo que nos conmueve para seguir avanzando y creciendo hacia el mundo del espíritu. Hay algo que nos empuja más allá de los causas y los arquetipos que hace ascender al mundo. Ese algo debe latir fuerte en nosotros. Ese algo nos debe convertir todos los días en brillantes estrellas en la oscura noche.

Las Etapas de la Meditación


2.- Postura (Asana)
3.- Respiración (Pranayama)
4.- Alineamiento
5.- Fijación en un punto (Pratyahara)
6.- Concentración (Dharana)
7.- Meditación (Dhyana)
8.- Contemplación (Samadhi)
9.- Iluminación

1.- Correcta Conducta.- Es la disciplina del triple hombre inferior, la lucha con los elementales físico, astral y mental. Es abstenerse de los siguientes actos erróneos:
a) Ofensividad
b) Falsedad
c) Robo
d) Descontrol a nivel instintivo (gula, sexo, pereza)
e) Avaricia y codicia

Cultivar, en cambio, las virtudes opuestas:
a) Inofensividad
b) Veracidad
c) No codiciar bienes ajenos
d) Autocontrol de los instintos
e) Contentarse con lo que se tiene

Esto se entiende que abarca los tres planos: físico, astral y mental. Además, debe cultivarse:
1.- Ardiente inspiración
2.- Lecturas espirituales
3.- Devoción al Ser

2.- Postura.- La postura adoptada debe ser estable y cómoda. Para el occidental, no tiene sentido atormentar el cuerpo tratando de dominar alguna de las posturas del Hatha Yoga, que son tan cómodas para los orientales. Basta con sentarse en una silla confortable, de preferencia baja, con la columna recta, los pies naturalmente cruzados, izquierdo sobre derecho, la mano izquierda sobre la derecha, palmas hacia arriba, apoyadas en el regazo, los ojos cerrados y la barbilla retraída.

3.- Respiración.- Es la regulación de las fuerzas sutiles del cuerpo. Prana no es el aliento, sino la energía vital que circula por el cuerpo etérico. Lo que importa es establecer un ritmo entre la inhalación y la exhalación. Puede hacerse al estilo yoga o al estilo budista (concentrándose en el Hara).

La respiración tiene que ser inaudible y, cuando el ritmo está bien establecido, el meditante tiene la sensación de no estar respirando. Es que el acto de respirar se ha profundizado y está funcionando a nivel etérico. Esto significa que hay una sincronización perfectamente balanceada.

La punta de la lengua va apoyada detrás de los incisivos superiores para conectar los dos canales principales del cuerpo (nadis) y permitir que la saliva fluya naturalmente hacia la faringe, de modo que su abundancia no sea motivo de distracción.

4.- Alineamiento.- En el alineamiento de los tres vehículos o cuerpos: físico, astral, mental, y su estabilización mediante un esfuerzo de voluntad, empieza el verdadero trabajo del yo inferior por acercarse a su Yo Superior.

Es el cuerpo mental quien mantiene a los otros dos alineados. Recordemos que el yo permanente, quien representa a la voluntad, habita en las partes intelectuales de los centros. Cuando ambos cuerpos inferiores (físico y astral) están alineados, el cuerpo mental (o mente) puede establecer una comunicación directa con el cerebro físico, libre de obstrucciones e interferencias.

Cuando el alineamiento logra que los tres cuerpos inferiores se encuentren alineados con el cuerpo causal, y mantenidos firmemente en el radio de su influencia, puede verse actuando a los grandes dirigentes, aquellos que arrastran tras de sí a la Humanidad, los que reciben el nombre de “Discípulos Mundiales”.

Al comienzo se procura lograr la coordinación física, luego la estabilidad emocional, hasta que estos dos cuerpos funcionen como uno. Al extender la coordinación al cuerpo mental, el triple hombre inferior consigue desconectarse de la mayor parte de los estímulos de los tres mundos.

En el discípulo a prueba, este alineamiento se puede producir a grandes intervalos, en momentos de intensa aspiración. Antes de que el Ego se aperciba de su sombra (el yo inferior), éste debe de haber alcanzado la capacidad de trascender los tres mundos en mayor o menor medida. Cuando esta condición involucra las emociones, está basada en la mente y hace contacto con el cerebro físico, entonces empieza el alineamiento.

El logro de esta etapa depende de la purificación y disciplina del cuerpo físico y de la subyugación del cuerpo emocional. Esto hace que la materia elemental que los constituye se vaya sutilizando y haciendo más apta para recibir las vibraciones de los niveles abstractos, las que llegan por conducto del cuerpo causal situado en el tercer sub-plano del plano mental.

En cada vida vamos adquiriendo mayor estabilidad, eso es lo que se llama personalidad integrada, pero muy rara vez conseguimos alinear la triple naturaleza inferior con el cuerpo causal. Por lo general, es el cuerpo emocional sacudido por fuertes emociones, inquietudes y desasosiegos, quien se sale de la línea. Cuando llega a estar momentáneamente apaciguado, es el cuerpo mental con su rigidez producida por actitudes, prejuicios, etc., que no deja pasar la comunicación desde el plano superior hasta el cerebro físico. Son necesarias varias vidas de paciente esfuerzo en la práctica de la meditación para llegar a aquietar el cuerpo emocional y conseguir que el cuerpo mental sea permeable. Aún conseguido esto, se necesita gran disciplina para que ambos logros ocurran al mismo tiempo. Luego se debe trabajar en controlar el cerebro físico para que actúe como receptor fidedigno de la comunicación recibida.

Cada encarnación es representada a su término por una figura geométrica parecida a la de un cubo en perspectiva. Las formas de vidas primitivas son intrincadas, burdas y de contornos torpemente definidos, como un dibujo trazado por un niño pequeño. Las formas construidas por el hombre medianamente evolucionado son de contornos bien definidos y precisos, porque los cuerpos han estado mejor coordinados. Pero en el camino hacia el discipulado aceptado, la meta consiste en fusionar todas las líneas en una sola, lo que se realiza gradualmente. Esta única línea es el antahkarana.

Al final del alineamiento, antes de pasar a la etapa siguiente, se pronuncia el OM, haciéndolo resonar en voz alta en el triángulo del pecho y, por último, mentalmente, en el triángulo de la cabeza. La O se pronuncia larga y redonda y la M se hace vibrar. Se repite tres veces en cada triángulo, imaginando el sonido como una fuerza purificadora que limpia el aura de cada uno de los cuerpos, dejándolos libres de acumulaciones obstructivas.

5.- Fijación en un punto.- Es el recogimiento de la consciencia en un punto ubicado en el centro de la cabeza (hipotálamo). La atención debe ser tan intensa que se dejen de percibir los estímulos que afecten a los sentidos. Una vez conseguido esto:

a) enfocar la consciencia en el átomo etérico permanente, una pulgada por encima del cráneo, en el lugar que ocupa el chakra coronario.

b) llevar la consciencia al átomo astral permanente, liberándola del plano físico.

c) subir aún más la consciencia hasta la unidad mental, fuera de las auras etérica y astral. Así la mente podrá actuar con toda libertad. El resultado es una lucidez mental nunca lograda antes, porque la actividad habitual de la mente siempre está asociada a un deseo o impulso y es afectada por él. Entonces recién podrá actuar como el sexto sentido que es, llegando a constituir un receptor sensible a los pensamientos y directivas del Yo Superior al llegar a la séptima etapa, la meditación.

6.- Concentración.- Es la fijación de la mente en un pensamiento determinado (soporte). Puede ser un mantra, un koan, un símbolo, una cualidad (virtud que se desea adquirir) o una imagen sagrada.

La concentración supone mantener la mente firmemente enfocada en el soporte asignado sin desviación ni distracción. Esto, que para el principiante es sumamente difícil, se hace más fácil cuando se ejercita durante el día poniendo cuidadosa atención en todo lo que se haga (samú) y aplicando el discernimiento y la reflexión cada vez que corresponda. La atención dirigida es una actitud mental y debe ser cultivada. Es obvio que a una mente a la que se le ha consentido vagabundear durante las 16 horas de vigilia, no se le puede pedir que esté obedientemente quieta media hora diaria. La práctica constante de la concentración en las actividades cotidianas supera las dificultades de ejercer control sobre la mente y produce los siguientes resultados:

a) Reorganización de la mente
b) Polarización en el vehículo mental en vez del emocional
c) Apartar la atención del plexo solar al recibir las sensaciones aprendiendo a centrarse
en el cerebro. La mayoría de las personas, al igual que los animales, perciben a través
del plexo solar.

La mente debe ser nuestro servidor y no nuestro amo, y pasa a serlo cuando la podemos enfocar sin desviación alguna sobre cualquier pensamiento simiente (soporte) elegido.

7.- Meditación.- La concentración sostenida es meditación. La mente sólo es consciente de sí misma y del soporte que sustenta su concentración. Esto es meditación con simiente. La actitud del meditante llega a ser pura atención dirigida. Desaparecen para él su cuerpo físico, sus emociones, lo que lo rodea, todos los sonidos y percepciones sensoriales que pudieran llegarle de sus cuerpos o de su entorno. Valiéndose de la mente como de un dócil instrumento, el Ser puede influir en el campo de consciencia del meditante, quien puede dejarse dirigir conscientemente por él y esforzarse en alcanzar los resultados que su Ser espera. La mente ha pasado a ser el sexto sentido que realmente es y el cerebro actúa como una placa fotográfica receptora a la impresión interna. En ningún caso esto es un proceso fácil. Se tiene que haber alcanzado cierta etapa en el desarrollo evolutivo y haber cultivado la voluntad en cierta medida para perseverar en el intento a pesar de las dificultades.

8.- Contemplación.- El meditante ya no es consciente ni siquiera de su mente. El soporte se ha esfumado. No obstante, él está intensamente despierto y alerta, centrado en el plano mental abstracto donde no existe nada perceptible a los sentidos. Esto sólo es posible cuando el yo inferior, vibrando al unísono con la consciencia de su Ser (cuerpo causal), consigue formar un canal libre de interferencias aunque sea por un momento. A intervalos muy distantes al comienzo, pero después más frecuentes, empezarán a filtrarse ideas abstractas que irán seguidas, a su debido tiempo, de destellos de verdadera intuición, provenientes de la Tríada Espiritual (Ego o Ser). No existe en esos momentos ni el tiempo ni el espacio. El meditante realiza su unidad con todo lo que es; la expresión “consciencia de grupo” encierra algo de esa vivencia. Esta etapa se llama también: meditación sin simiente.

9.- Iluminación.- La naturaleza del Ser es luz, y gracias al proceso de la meditación su luz empieza a fluir hacia el meditante a través del sutratma. Su cerebro físico toma consciencia del hecho. A medida que esto se vaya haciendo más frecuente y constante, se va produciendo un cambio en el sujeto. Llega a estar más y más sincronizado con su Ser, la luz en la cabeza, entre la hipófisis y la pineal, se intensifica y el chakra ajna se desarrolla y funciona.

El hombre se percibe lúcido y con un intelecto claro. Es consciente de un poder en sí mismo que le permite comprender lo que existe en el plano del Ser, imprimiendo en su cerebro físico aquellos conocimientos sólo accesibles a ese nivel. Su percepción interior le da la capacidad de penetrar los misterios de la materia trascendiendo las formas y llegando a lo que éstas encubren, porque esa Realidad es idéntica a la que representa su Ser.

Este proceso gradual culmina en una luz enceguecedora: aquel fenómeno que todas las religiones dan en llamar “Iluminación”, o Satori en el Budismo Zen, y que sucede en la tercera iniciación, El antahkarana está terminado y allí, con palabras de Ramana Maharshi: “Sólo existe el Ser y nada más que el Ser.”

Alice A. Bailey

Decrecimiento personal


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Fijaros como pasa el tiempo. No somos dueños de su devenir. Apenas podemos atrapar algo tan pequeño como un segundo. Todo se escurre, lo dejamos pasar, lo dejamos caer en acciones absurdas, cosas que distraen nuestra atención y nos alejan de la vida, de la consciencia, del nosotros.

Hemos hablado muchas veces del necesario decrecimiento material para que las futuras generaciones puedan tener un planeta lo más sostenible posible. Tal y como está el mundo constituido hoy día, donde la avaricia y el egoísmo son los protagonistas de nuestras vidas, el planeta tierra y la vida humana tienen los días contados.

Resulta difícil pensar que estas claras ideas sobre la necesidad decreciente contraste repetidamente con los mensajes antinaturales que nos vienen día a día sobre la necesidad de crecer, crecer y crecer.

Hoy, gracias a la ingeniosa interpretación de una persona que nos visita estos días, nos dábamos cuenta de la necesidad de decrecer también desde los planos del ego, como personas. Decrecer en ruido, en ambiciones, en egoísmos, en búsquedas estériles, en recursos, en emociones tristes, en pensamientos caducos, en miradas engañosas.

Quizás tengamos que expresar la vida desde otro contexto, pero entiendo que esto nos puede resultar imposible. ¿Cómo cambiar tantos y tantos patrones insertados con sangre y fuego durante miles de años en nuestra psique? ¿Cómo decrecer si eso nos puede llegar a pensar que somos vulnerables o débiles ante los demás?

El decrecimiento lo podemos experimentar de forma material, pero admitamos que resulta excesivamente complejo aplicarlo a nuestra psique, a nuestras emociones. De alguna manera, siempre queremos más de algo. Más abrazos, más cariño, más consuelo, más alegría, más pasión, más aventura, más esperanza, más amor, más prosperidad, más, más y más.

Resulta muy difícil decrecer personalmente, buscar una vida sencilla tejida por unas emociones equilibradas y una lúcida esfera de pensamiento. Es complejo vivir una vida plenamente tranquila. Es difícil saborear la paz de no hacer nada mientras el tiempo se escurre por entre los dedos. La vida se apaga, pero en nuestra distracción continua, deseamos crecer. Es como el universo que se expande hasta el infinito. Es una metáfora interesante, aunque quizás olvidemos que el universo respira… pero también inspira…

 

La poderosa llama de la luz


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La vida sigue siendo esa suma de momentos. Podemos crear momentos únicos, momentos mágicos, momentos felices. Si los momentos pueden ser compartidos resultan reconfortantes. También nos podemos permitir, si nuestro cuerpo emocional así lo necesita, momentos de recogimiento, de silencio, de duelo, de dolor, de nostalgia, de tristeza. Esos momentos, a veces profundamente dolorosos, podemos convertirlos en puentes para comprender que la vida requiere ser vivida con cierta desesperación. Quiero decir que debemos estrujar todo cuanto nos empuja a vivir, sacar todo su jugo, vencer al tedio de la pesadez emocional y entrar en el limpio campo de la mente lúcida y concentrada en el instante presente.

Si somos capaces de crear ese pequeño puente seremos capaces de abordar la empresa de acercar nuestra lucidez hacia eso que algunos llaman la consciencia. Estamos hablando de un plano de existencia diferente, de una forma de ver la vida refrescada por un halo de luz que atraviesa las dimensiones intangibles de la existencia. Un linaje que se transmite desde lo más profundo.

Estos días de triste duelo intentaba arrastrarme por los bosques en silencio, tumbando mi alma al reposo de los elementales de la tierra para que intentaran recoger todo aquello que de alguna forma les he arrebatado. La muerte de un ser, de cualquier ser, es algo que nunca sabemos calibrar del todo. Pero la muerte de todo aquello que pudo ser y nunca fue es aún peor. La imagen de esa pérdida nos seguirá por siempre.

Por eso me he diluido, invisible, entre los espectros de la noche, intentando aconsejar al devenir sobre la reconciliación inevitable, sobre la alianza ante aquellas cosas que no podemos manejar, esas cosas que son más fuertes y grandes que nosotros.

Mientras todos despliegan una vida normal en un mundo aparentemente normal, sentía como estas semanas huía de aquello que desde la visión de la consciencia produce cierto dolor. Habrá secretos que serán siempre enterrados en los corazones. Habrá realidades que jamás verán la luz. Habrá momentos para seguir explorando las incógnitas de la vida.

Mañana hemos decidido ir a la feria para liberar conejos y gallinas. Será un acto de transformación, de mutación. El laberinto primitivo que hemos hecho en los bordes del bosque encantado parece que ya tiene forma. En el laberinto uno se encuentra cómodo porque podría caminar por sus calles hasta el alba sin haber desvelado uno solo de sus secretos. Mañana liberaremos al reino animal en ese laberinto y seguiremos, secretamente, redimiendo nuestros misterios. La noche caerá de nuevo. Será fácil mirar al cielo y ver con claridad toda la escena posible. Será fácil, al mismo tiempo, liberar la tensión de estos días.

Mañana el bosque espera, y algo importante será liberado. Una pena, un duelo, un halo de tristeza, algo más que una emoción que necesitará volar alto para entender la poderosa llama de la luz. Sólo en ella podré encontrar consuelo. Sólo desde ella podré entender la vehemente experiencia.

El viaje del héroe


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En 2005 empezamos el viaje del héroe. El abandono de una apacible vida en el mundo ordinario, la llamada a la aventura, el rechazo a la llamada, el encuentro con el mentor, la travesía del umbral, las pruebas, los aliados, los enemigos, la caverna profunda, la odisea, la recompensa, el arduo camino de regreso, la propia resurrección y el retorno con el elixir. De alguna forma nos enamoramos del objeto de estudio. Incluso nos perdimos en la “selva” durante algunos años, viviendo como Gulliver en una hermosa granja de caballos en el norte de Alemania junto a nuestros propios y particulares houyhnhnm. Enfrentamos nuestro estudio antropológico en un momento oportuno y único.

En contraposición a todo el ideal primario, tras unos años en el campo, tuvimos que volver y enfrentarnos de golpe a otra realidad. Por circunstancias que no vienen al caso, nos vimos envueltos en un ambiente que era la contrafigura de aquel otro en el que habíamos pasado nuestros primeros dos años de investigación. En plena crisis económica abandonamos el bosque encantado y volvimos a la ciudad, esta vez viviendo una vida acomodada en Madrid, en un lugar donde disponíamos de todos los lujos posibles. Habíamos llegado a nuestra propia Brobdingnag, una tierra de gigantes. La noche del 15M, en pleno estallido de la spanish revolution, estábamos cenando con un conocido presidente de un banco, una aristócrata y una catedrática de derecho. Era un tiempo extraño donde nos sentíamos como ese héroe vencido por los guardianes del umbral. Habíamos rechazado la llamada. Estábamos atrapados en la casita de madera de Gulliver al mismo tiempo que nos exhibían entre unos y otros como esa antropología exótica.

¿Cómo podíamos vivir rodeados de tanto lujo en medio de tanta crisis? ¿Y cómo podíamos hacerlo después de haber pasado varios años explorando alternativas más justas de convivencia, más alejadas de la hipocresía de ese mundo que habíamos rechazado unos años antes? En ese tiempo de contradicción interior echábamos de menos “la selva” y “los nativos”. En un viaje a Etiopía descubrimos que con los gastos corrientes que una embajada consumía en un día podían vivir tres mil familias durante un mes. La visión de aquellos niños que morían de hambre en nuestras propias manos nos hizo retorcer interiormente y volver a cierta realidad, a cierta coherencia y equilibro interior. Así que decidimos dejarlo todo y volver al bosque, a la tribu, a la utopía en busca de respuestas.

Al igual que el capitán Lemuel Gulliver, durante todo ese tiempo nos encontramos en situaciones paradójicas: en algún momento nos sentíamos como un gigante entre enanos, y a veces como un enano entre gigantes. Pero sobre todo, seres humanos avergonzados de nuestra condición, un yahoo sucio y salvaje que reclamaba algún tipo de redención.

El heroísmo no consiste en vivir en cierta coherencia interior. El verdadero heroísmo nació el día en que despertamos de un sueño y decidimos caminar hacia esa otra realidad. No fue el sueño en sí, fue el impulso que nos condujo a caminar.

La revolución de una brizna de paja


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Entre los jóvenes que llegan a las cabañas de estas montañas están los que, pobres de espíritu y cuerpo han abandonado toda esperanza. Sólo soy un viejo agricultor que siente no poder darles ni siquiera un par de sandalias… aunque todavía hay algo que sí puedo darles. Una brizna de paja. Recogí un manojo de paja de enfrente de una de las cabañas y dije: “Con sólo esta paja puede empezar una revolución”. (Fukuoka, “La revolución de una brizna de paja”).

En estos tiempos de cambio se ha puesto de moda todo lo que tenga que ver con lo ecológico. De alguna forma, se está comercializando con la etiqueta “eco” y se intenta mercantilizar algo tan serio como la consciencia dentro de los alimentos. A modo de crítica, o quizás con ansias de espiritualizar algo tan importante como la agricultura y los alimentos, el japonés Fukuoka ideó un método inspirado en el wu wei, la filosofía oriental del no hacer o de la no intervención, que llamó agricultura natural. Este fin de semana hemos tenido la oportunidad de leer dos de sus libros y de entender como el ser humano se ha alejado del sentido natural de la colaboración con la tierra. Hemos tiranizado nuestra relación con la naturaleza, convirtiéndonos en explotadores de algo que debería ser cuidado con sumo amor y cariño.

El método de Fukuoka consiste no tan solo en trabajar la tierra desde otra perspectiva más conectada con la propia naturaleza, también nos habla de una agricultura que reconecta y reconcilia la naturaleza humana. Es decir, un sistema donde el ser humano no se vea a sí mismo como parte ajena de la naturaleza, sino como algo dentro de la misma.

En O Couso estamos intentando aplicar su sabiduría y sus métodos de la mejor manera posible. Estamos intentando seguir los cuatro principios de la agricultura natural que consisten en:

  1. No arar la tierra: de esta forma se mantiene la estructura y composición del suelo con sus características óptimas de humedad y micronutrientes
  2. No usar abonos ni fertilizantes químicos: mediante la interacción de los diferentes elementos botánicos, animales y minerales del suelo, la fertilidad del terreno de cultivo se regenera como en cualquier ecosistema no domesticado.
  3. No eliminar malas hierbas ni usar herbicidas químicos: éstos destruyen los nutrientes y microorganismos del suelo y sólo se justifican en monocultivos.
  4. No usar pesticidas: también matan la riqueza natural del suelo. La presencia de insectos puede equilibrarse en el propio cultivo.

Es algo muy nuevo e innovador y estamos empezando a experimentar para ver los resultados. De momento, es un placer poder comer fresas y todo tipo de productos de la tierra totalmente naturales, que han nacido libres de pesticidas y de químicos. Nos encanta poder trabajar así la tierra, pero sobre todo, nos emociona la idea de poder aplicar los principios de espiritualidad y de consciencia a los elementos propios de la naturaleza. Agua, tierra, sol y viento mezclados con una forma diferente de hacer las cosas, con esos momentos de silencio cuando regamos por las tardes o de consciencia cuando por las mañanas trabajamos con nuestras manos la tierra. De alguna forma respetuosa, nos sentimos agradecidos por esta reconciliación necesaria entre lo humano y su parte más esencial.

(Foto: el huerto-mandala de O Couso cubierto por una capa de paja, siguiendo el método de Fukuoka).