Un corazón amoroso


By Philip Rebstock

“Un corazón amoroso es el requisito principal: Respetar a la gente como a un hijo único; no oprimir ni destruir; no exaltarse a uno mismo aplastando a otros, sino confortando y siendo amable con aquellos que sufren. No pensar ningún mal ni cometerlo, sino por el contrario, pensar en beneficio de todas las criaturas.” [S. W. Laden La, Diario íntimo, 19 de agosto de 1923]

Desde hace unos días el sueño es recurrente. Ella aparece de repente, tan bella y esplendorosa como siempre, se acerca de forma amorosa y sin ningún atisbo de rencor o malicia, abraza todas mis sombras. Me enseña orgullosa todo aquello que compartimos, todo aquello que nos pertenece a partes iguales. Nos contamos cómo nos ha ido la vida e intentamos buscar una solución justa a todo nuestro pesar y angustia. Es un sueño hermoso, de reconciliación, de amistad.

Luego despierto y observo que aún me duele el brazo, que la cama sigue vacía, arropada por un exceso de mantas que aligeran un poco las primeras sensaciones otoñales. Tras la meditación y el desayuno intento hacer alguna tarea. Me atrevo a subir durante una hora al tractor. Lo dejo, es demasiado pronto aún. Ayudo al que puedo y en lo que puedo. A veces dando simplemente ánimos, algún abrazo, alguna esperanza.

Trabajo en la editorial intentando rascar algún euro más para apoyar la casa de acogida. Allí ocurre de todo. Hay menos personas ahora en otoño. Hoy el testimonio de alguien que relataba cómo había vivido en la calle y cómo de alguna forma nosotros le habíamos acogido sin juicio me ha conmovido. Hacía mucho tiempo que no lloraba por nada, pero hoy saltó una lágrima de emoción al escuchar las sinceras palabras de esa persona. No se trata de dar un plato de comida y una cama, sino de dar también esperanza, dignidad, cariño. Quizás eso fue lo que me hizo llorar en silencio. Ese corazón agradecido y amoroso que se mostraba ante los demás de forma vulnerable pero sincero.

Ser amables con aquellos que sufren y no exaltarse con los que abusan de la bondad y la generosidad es algo difícil. La hospedera que hoy terminaba su experiencia de tres meses nos llamaba héroes sin capa. ¿Cómo se puede tanta entrega, fortaleza y fe para soportar todos los avatares del día? Y además sostener una fundación, dos proyectos más, escribir libros, llevar una editorial. Eso me pregunto yo mismo. Noto que las fuerzas menguan, que aquello que antes me liberaba de la presión, los viajes, cada vez son más difíciles. Pero aún me queda vocación a pesar de las trabas, de las dificultades. Aún me queda fe y esperanza.

Por la tarde voy a comprar comida. Los ingresos menguan y los gastos empiezan a aumentar. El otoño es un tiempo de desequilibrio. No lo observo desde la queja, sino desde la prudencia. Las bonanzas del verano desaparecen y llega la supervivencia. Es ley de vida en este lugar donde siempre se tiene que tirar del apaño. Compro materiales de construcción para seguir la obra y a la vuelta recojo a dos personas que se han quedado sin trabajo y prácticamente en la calle. Nos piden ayuda. Cargo el coche con todas sus cosas, incluida una maceta con alguna flor ya casi marchita. Le preparamos una habitación para que descansen, una cena, y mañana será otro día.

Pensar en beneficio de todas las criaturas casi no te deja tiempo para nada. Llego tarde, escribo estas letras para desahogarme y me pregunto si aún me quedará alguna hora para ordenar facturas y albaranes, pensar en el día de mañana y optimizar aún más los recursos. El viernes me toca encargarme de la casa de acogida. Se nos va la hospedera. A estas horas el húmero me duele algo más. Me sube algo la fiebre e intento respirar hondo para absorber del aire algo más de energía, de prana, de éter.

Un corazón amoroso debe estar alerta, nunca sabes cuanta más gente necesitará un plato de comida, una cama, pero sobre todo, fe, esperanza y cariño. Dormiré algo y seguiré soñando con todas aquellas personas a las que no pude ayudar. Con todas aquellos seres a los que dañé sin querer.  Soñaré en la reconciliación y la amistad desde un corazón amoroso, humilde, amable. Así, cuando despierte, podré seguir ayudando a mucha más gente, aunque duela, aunque me quede sin fuerzas, sin prana.

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Cuando sobreviene el esplendor


Joaquín Sorolla, El Bote Blanco, óleo sobre tela, 1905.

«[…] la experiencia del misterio no viene de esperarlo sino de abandonar todos los planes, porque nuestros planes están basados en el miedo y el deseo. Cuando los dejamos caer sobreviene el esplendor.» Joseph Campbell

El miedo y el deseo nos alejan de la vida. Tener planes, certezas y verdades nos apartan del flujo de los ciclos. El universo se sostiene ante una incertidumbre que aún no comprendemos. Su Plan no es perfecto, acabado, absoluto. Se experimenta a sí mismo e improvisa para mejorarse, para encontrar su propio esplendor. Nosotros deberíamos vivir con esa flexibilidad, con esa humildad, con esa sensación de vida inacabada. Deberíamos desprendernos de la rutina y sin vacilar, revolvernos ante la vida para empezar una y otra vez de nuevo. No con el deseo de sentirnos satisfechos, más bien sin deseos, únicamente por la experiencia de sentirnos vivos.

La incertidumbre tiene esa misión. Hacer que la vida nos recorra, nos embriague, nos exprima hasta la última gota. Coger un camino incierto, desviarnos de nuestro plan, aterrizar nuestra nave nodriza, tan cargada de prejuicios, en un lugar engañoso, fortuito, desconocido. Pero ahí están el miedo y el deseo pare tenernos subyugados a una vida vacía, formalizada, normalizada, segura pero triste.

El problema de Occidente, incluyendo en ellos el liberalismo y el comunismo, es que es previsible, organizado, vasallo de un sistema que nos esclaviza a una vida sin márgenes, sin maniobras posibles. El sedentarismo occidental nos abruma, nos supera, no importa del color que sea. Es como si a Ulises le hubieran planificado sus doce pruebas, o como si a Herodoto le hubieran obligado a contemplar el mundo desde una silla, prohibiéndole viajar y relatar las historias que le dieron fama. No, la vida no es una cápsula hermética. La vida no es miedo y deseo. No es un plan perfecto con sus horarios perfectos y sus entradas y salidas programadas.

La vida debería ser un relato alado de aventuras perdidas. No un texto petrificado en una docena de mandamientos que aprendemos a rajatabla desde niños. Nos sabemos todo el abecedario pero ignoramos la forma libre del poema, del bardo, del cantar de los cantares. Hemos olvidado caminar, sentir, experimentar la vida de forma libre y desapegada. No caminamos por miedo, no experimentamos por miedo, no avanzamos hacia nuestros adentros por miedo a descubrir cosas que puedan dinamitar nuestra pétrea vida. El devenir nos asusta, la pérdida atesora en nosotros desconcierto y pavor.

Eso nos aleja de la vida, del calor de la aventura plasmada en una luz resplandeciente. El esplendor de la existencia se aleja de nosotros, cobardes de manual, incapaces de mover un dedo por modificar lo modificable. Nos sería imposible ser partícipes de una Ilíada o una Odisea. La figura de un Ulises se aleja radicalmente de nuestro espejo interior, apagado, inamovible, estático. Eso nos aleja también de la belleza. La belleza, que es una formación armónica de una vida vivida, saludable, desaparece en nuestros tonos grises y arraigados. Buscamos seguridad porque la libertad carece de riquezas y supone siempre pérdida. Pérdida de sentido, pérdida de posesiones, pérdida de aquello que nos hace sentir seguros.

El mundo oral en el que vivimos balbucea. Tiembla. Parpadea. Es una expresión que podemos moldear a cada instante. Podemos ser una rapsoda viva, un poema celeste, una brizna de esplendor. Podemos agitar nuestras vidas y acercarnos al misterio. Podemos alcanzar el descubrimiento del renacer. Abrazar la sustancia, abandonarnos, gozar victoriosos. Podemos volvernos seres espirituales, que es lo mismos que decir, seres vivos, humanos completos, briznas de esplendor.

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Las cuatro libertades


“Libertad de culto”, de Norman Rockwell

CONSIDERANDO […] que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del ser humano, el advenimiento de un mundo en que todos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias. (Declaración Universal de los Derechos Humanos).

El “Discurso de las cuatro libertades” fue pronunciado por el presidente Roosevelt en 1941. Es una síntesis de las “cuatro libertades humanas esenciales”, de las cuales la Carta de las Naciones Unidas se hizo eco: la libertad de expresión, la libertad religiosa, la libertad de vivir sin penuria y la libertad de vivir sin miedo

Es paradójico pensar que un tiempo después debamos tirar de la nostalgia para recordar esos valores que ahora parecen tan difíciles, irreales e imposibles. La crisis del Covid nos ha demostrado que ya no tenemos libertad de expresión ante la inmensa y universal censura en la que estamos envueltos. No existe una completa libertad de sentimiento espiritual o religioso, ya que de alguna manera ese sentimiento se ha pervertido y superficializado hasta el extremo de estar estigmatizado. Vivimos cada vez más en la penuria más espantosa. Un mundo lleno de cosas a costa de ser esclavos de las mismas. Y vivimos con miedo. Miedo a atentados, miedo al cambio climático, miedo a las pandemias, miedo al vecino, al extranjero, el emigrante…

De alguna manera vivimos en la tiranía de la meritocracia. Si no tienes éxito de cualquier tipo eres un auténtico fracasado. Ahí no importan las libertades, pues alejados de toda moral y ética, lo único que importa es vencer, ser el mejor, ser el primero, aunque sea ser el primero en un mundo mediocre. La meritocracia delega al inframundo del olvido a todo aquel que no participe de ella. Lo margina, segrega y separa hasta el punto de ignorar cualquier tipo de justicia, corrompiendo todos los ideales de libertad.

La libertad es elegir todos los días entre el argumento de la corrupción y el argumento de la justicia. La corrupción de nuestro sistema y de nuestra participación en el mismo, el cual cada vez socava más las libertades individuales, o la justicia de luchar constantemente para que eso no ocurra.

En un segundo ciclo de mayor comprensión, la corrupción del egoísmo, que nos lleva al aislamiento y a la reclusión más absoluta, olvidándonos del otro, de la justicia y del valor de poder apoyar, ayudar y animar al otro a realizarse bajo la más alta de las aspiraciones humanas. El advenimiento de ese nuevo mundo al que todos aspiramos debe venir de la mano de la justicia, la generosidad y la libertad más absoluta teniendo siempre presente un mundo humano unido.

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Reflexionen sobre esto


Este escrito es solo una insinuación y una invitación. Somos monjes vestidos de modernidad. Nuestro monasterio es un sencillo bosque. Tenemos una pequeña ermita donde meditamos al alba y en el ocaso. Oramos en silencio, rezamos a los dioses de la naturaleza y dejamos que el Absoluto obre su milagrosa creación en las cosas sencillas. Como los antiguos monjes, también dedicamos horas y horas al estudio, y también a la edición de libros extraños, iconos de la espiritualidad. No ganamos dinero con ello porque no nos mueve un móvil mercantilista. Vivimos de la mendicidad, somos monjes mendicantes, afanados en la pobreza de cada día con el deseo de absorber las riquezas del alma y ayudar con ello al prójimo.

En los trajines de la vida monacal tenemos una casa de acogida. Los monjes de todos los tiempos, los verdaderos monjes, entendían que el ora y la sapientia debían venir acompañados del labora y la caritas. La caridad está mal entendida, por eso a nosotros nos gusta llamarla servicio. Acoger al desconocido, al pobre de espíritu, al que busca la luz entre tanta sombra. Acoger es renacer a la esperanza. La virtud de la acogida enriquece el espíritu de todo ser humano. Es un testimonio vivo de que todos somos hermanos, y de que abrir las puertas de tu casa al desconocido es una obra de esperanza en nosotros. El testimonio de una disponibilidad que muestra una actitud de servicio engrandece nuestra naturaleza a veces ruin y egoísta. La acogida ofrecida con humildad y paciencia despierta empatía y confianza en nuestra condición ancestral.

De alguna manera nos sentimos discípulos en probación. Somos probados todos los días ante los infortunios de la vida. Los discípulos en probación nos acercamos a la deriva de la equivocación, del error, de la caída. Nos levantamos una y otra vez y buscamos luz al mismo tiempo que deseamos ofrecerla.

Editamos en esa búsqueda libros inspiradores que arrojan ánimo a la mente curiosa, y también guía. “Reflexionen sobre Esto” es una invitación a la ciencia del alma, a la ciencia que ordena la investigación inteligente sobre las causas del misterio. No basta con pensar a Dios, no basta con servirlo, debemos esforzarnos en conocer todos sus secretos, todos sus misterios. Esto solo es posible mediante la especulación filosófica o la intromisión en los secretos arcanos, en la sabiduría perenne de todos los tiempos. Los libros azules nos ayudan a desentrañar parte de esos misterios, y este recopilatorio, el segundo que editamos junto a “Sirviendo a la Humanidad”, nos ayuda a entender la vasta obra de un hermano avanzado a su tiempo. Así se expresan las palabras que luego deberán convertirse en verbo, en casa viviente:

“Gran parte de la enseñanza dada es nueva en su forma, y otra lo es de hecho. Pero hay algo que surge con claridad, y es que las antiguas reglas a las que fueron sometidos los discípulos en el transcurso de los siglos, son aún válidas, pero susceptibles de nuevas y con frecuencia, distintas interpretaciones. El entrenamiento que se dará en la próxima nueva era, estará de acuerdo con el desarrollo más avanzado de la época. Siglo tras siglo el progreso evolutivo presenta una constante madurez y un continuo desarrollo de la mente humana, sobre la cual el Maestro puede trabajar. En consecuencia, las normas del discipulado son cada vez más elevadas. Esto exige en sí, un nuevo acercamiento, una más amplia presentación de la verdad y una mayor libertad de acción del discípulo. El elemento tiempo también es distinto. Antiguamente el Maestro hacía una insinuación al discípulo, o le seña­laba un punto sobre el cual reflexionar y meditar, o le sugería la necesidad de algún cambio en el hábito de pensar. Entonces el discípulo se retiraba -a veces durante años o una vida entera-, cavilaba y reflexionaba, procurando cambiar su actitud sin sentirse presionado. Hoy, en esta época de mayor celeridad, en que la demanda de ayuda por parte de la humanidad es tan manifiesta, la explicación es reemplazada por la insinuación, y se le confía al discípulo información que antes se mantenía en reserva. Se considera que el discípulo ha llegado a una etapa de desenvolvi­miento en que puede hacer sus propias decisiones y avanzar con más rapidez si lo decide.”

https://www.editorialdharana.com/catalogo/reflexionen-sobre-esto?sello=nous

Escribir, pensar, viajar


Joaquín Sorolla. Barcas en la arena. 1908. Óleo sobre lienzo.

Toda la felicidad depende del coraje y el trabajo. He tenido muchos períodos de miseria, pero con energía y sobre todo con ilusiones, los superé a todos. (Honoré Balzac)

Voltaire tuvo la gran suerte de hacerse inmensamente rico jugando a la lotería. Esto le permitió realizar en vida lo que más le gustaba: escribir, pensar, viajar. Este es el sueño de todo visionario que se precie. Disponer de grandes sumas de dinero para poder ofrecer algo al mundo, para convertirse en un Voltaire o en un Bacon. El Petit Volontaire (el pequeño voluntario) pudo filosofar, pensar, viajar y escribir gracias a su pequeña fortuna.

Es cierto que otros con menor suerte crearon grandes obras en la más absoluta de las ruinas, en la más marchita de las pobrezas y en la más profunda de las miserias. Vincent van Gogh, Rembrandt, El Greco, Monet, Cézanne, Franz Schubert, Allan Poe, Oscar Wilde, Emily Dickinson o incluso el mismísimo Sócrates perecieron en la más categórica de las penurias. Siempre me fascinó el ejemplo de un Jesús de Nazaret o un San Francisco de Asís, que hacían apología de la pobreza y enfocaron su mensaje en el amor más incondicional. Bienaventurados los pobres, que decía el maestro.

El valor de la visión, del esfuerzo, del trabajo, de la genialidad, no tiene porqué venir asociado al tener. El tener debería venir asociado al dar. Es decir, tener más para poder dar más, estar llamados a ser felices a quienes son desprendidos interior y exteriormente. La única aspiración de un verdadero visionario es entregar en vida todo lo que posee, a sabiendas de que en el otro lado nada de eso podrá llevarse, excepto la virtud de la generosidad, la entrega y el sacrificio de querer dejar un mundo mejor.

Escribir, pensar, viajar, está bien si con ello atesoras una visión más amplia del mundo que pueda ayudar al resto a ampliar sus estrecheces, su inteligencia o la propia vida. La inspiración de otros debería repercutir en el manto energético de toda la humanidad. El campo etérico debería enriquecerse con la suma de todos nuestros tesoros personales, siempre entregados a los demás, como un elixir que se consigue para compartir con el resto. Como hacen las abejas cuando recolectan afanosamente el polen. No para su beneficio, sino para el beneficio de toda la colmena.

Me gustaría ser un Voltaire porque esas tres cosas son las que más me gustan: escribir, pensar, viajar. Lo único que me diferenciaría sería mi necesidad de compartir. Es por ello que nunca seré rico, por más que jugara a la lotería. Si tuviera cien millones no dejaría de pensar, escribir, viajar. Seguiría haciendo las mismas cosas, invirtiendo todo ese dinero en ayudar al otro no desde un falso ego que pretende cobijar dentro de sí alguna necesidad no cubierta, sino por un amplio sentido de compromiso y responsabilidad con toda nuestra condición humana.

No haría caridad, provocaría más agitación moral, ética y espiritual para que otros emprendieran el camino de la responsabilidad y el compromiso con la vida, con la generosidad y el compartir. Invertiría cien millones de euros para que otros hicieran lo mismo. Agitaría sus consciencias para que la riqueza algún día llegara a todos, y no solo a unos pocos. No tendría nada, porque lo daría todo. Pero sería el pensador, el escritor y el viajero más rico del mundo.

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La parca tejedora


Chicas griegas en la Orilla . 1889. Joaquín Sorolla.

Es fácil hablar sobre la vida, pero resulta extraño hablar sobre la muerte. Ver matar a un toro. Ver matar a un hombre y a su hija en una guerra. Ver matar un león en la sabana por el puro placer de disparar a bocajarro. Ver matar una gallina por se gallina o un conejo por ser conejo para celebrar un instante de sabor. Ver matar a una mujer por ser mujer. Estamos rodeados de muerte. La atraemos a nuestras vidas. En nuestra alimentación. En nuestro temor al devenir. Fumamos para morir antes. Bebemos para morir antes. Sentenciamos a muerte todos los días a seres indefensos. Arriesgamos nuestra vida con actos simples, cuyos errores pueden producir una muerte súbita, un final trágico.

Envejecemos y cuando nos damos cuenta la muerte nos espera en cada esquina, a cada momento. Y, sin embargo, vivimos ignorando su ausencia. Su propio nombre asusta, y para consolarnos, para no pensar en ella, ni en la vida, distraemos nuestra existencia con mil cosas. Dicen que los seres inteligentes piensan a menudo en la muerte para saberse cercanos a la vida, y que los ciegos, los ignorantes, se mueven como langostas ignorando la existencia.

Seamos o no inteligentes, la muerte está ahí, para todos, vestida de frac, de negro, de podredumbre. Nuestros estómagos se han convertido en cementerios vivientes, adumbrando la hora en el que algún día nosotros habitaremos uno. Sin ser del todo conscientes, este mismo instante podría ser el último, el final de todo. Un paro cardiaco, un accidente, un tumor. Cualquier cosa podría llevarnos para siempre. Solo es cuestión de tiempo, de muy poco tiempo.

La muerte es un instante. Como la vida. Civilizarnos no ayuda a comprender la extrañeza de morir. Podemos fantasear con esperanzadores mensajes de supervivencia, de reencarnación, de cielos, de recompensas futuras. Pero realmente nada sabemos. En nuestro más íntimo interior, solo tenemos duda, miedo, incertidumbre, pesadumbre, terror a morir.

Escondemos la muerte. Primero encerrándonos en nuestros últimos años de vida en aparcaderos para ancianos. Allí nos hacinan y nos olvidan. Allí escondemos nuestra vergüenza y nuestro miedo mientras que morimos en el olvido, con olvido. Después nos incineran rápidamente, para no dejar huella, para olvidar que somos finitos y mortales. Ya nadie quiere ser enterrado, ya nadie quiere ser recordado. Morir, solo morir, sin presente, sin pasado, sin futuro.

La muerte es una cesación, un óbito, una extinción, un tránsito. La muerte es Abbaddon el Destructor, la Parca, el Ángel del Abismo. Son las almas que hilan en negro los momentos oscuros y en dorado los dulces, recogiendo con una tijera el momento final. Deberíamos celebrar la muerte por el solo hecho de que estamos vivos. Deberíamos tener presente ese instante final, sea cual sea, sea cuando sea, para celebrar cada momento de aliento. Estamos de racha porque estamos vivos. Podemos respirar, podemos amar o sufrir, podemos sentir dolor o alegría. Ese es el mérito de la vida. Pero nunca olvidemos que la muerte nos espera, nos acecha, nos vigila. Pensar en la muerte es pensar con mayor fuerza en la vida. Soñar con la muerte es sabernos dignos de existir. La muerte en el fondo es hermosa, como esas chicas griegas en la orilla, siempre recordándonos con o sin inteligencia, lo bello que es vivir.

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Sin conexión


A pesar de todo, no tengo impulsos o intentos de escapar. Ni siquiera me quejo de nada. Solo observo, describo e intento averiguar qué se está tejiendo en los planos intangibles para que ocurran tantas cosas. No siento esa épica del temor a la muerte que pudo expresar en su agitada vida el rey sumerio Gilgamesh. El gran héroe de Uruk vivió una vida marcada por la locura, los sentimientos radicales, la ansiedad y el aislamiento. La búsqueda de la inmortalidad tiene sus cosas. En mi caso, es solo una cuestión de aturdimiento otoñal. No puedo quejarme de nada. La inmortalidad puede esperar.

Ayer por fin llegó el piano. Sentí cierta emoción al sentarme junto a él y ver cómo un viejo sueño se cumplía. El tener un piano, aunque sea digital, era uno de mis últimos sueños junto al de tener algún hijo. Lo de la descendencia ya casi lo descarto, a no ser que la vida de una sorpresa inesperada y pueda algún día ver crecer entre árboles y bosques algún pequeño niño salvaje. Recuerdo cuando aquella hermosa novia alemana me propuso vivir en un bosque y tener seis hijos. De haber seguido sus impulsos ahora sería un gracioso padre asalvajado, viviendo una vida extraña en los confines de la Baja Sajonia rodeado de niños y decenas de caballos. Qué raro me resulta años más tarde sentir esa llamada de la selva, y no por aquel entonces, cuando realmente los astros parecían conjurar para que se diera ese ideal.

Ayer también me dijeron que no tenían que operarme el hueso que me rompí hace unas semanas. Los cuidados de estos días han hecho efecto, el brazo está mejorando día a día y no hace falta intervención, solo una lenta recuperación acompañada de cierta rehabilitación. Aún así, desde la gran noticia de hace unos días, aquella que desplomó el ánimo bajo mínimos, parece que no hay manera de reconectar con el mundo. Es como si el otoño se hubiera adelantado unos días, o unas semanas, y hubiera calado en mi interior. Así que reposo, cansado, como un árbol sin conexión con la sagrada luz del sol y dejo que una a una todas aquellas hojas caducas vayan cayendo a la húmeda y oscura tierra. Allí todo se pudre y desaparece, creando el abono que alimentará la próxima primavera. Son los síntomas de los ciclos. Apreciarlos, incluso disfrutarlos, forman parte del paisaje de la vida.

Realmente está siendo una semana rara. Apareció una gotera encima de la biblioteca, nos quedamos sin luz en parte de la casa y perdí la electricidad en la cabaña durante unos días, hasta que encontramos la avería. Para más inri, volvió, cuatro semanas más tarde, nuestro querido ratón. Puntual, a las cuatro de la madrugada, empieza su atareada faena de hacer ruidos insoportables en toda la cabaña, despertándome desde hace tres días y sin poder pegar ojo en toda la noche. Así que arrastro algo de tristeza, cansancio y falta de ánimo por partes iguales.

Hoy también se estropeó el wifi de la cabaña. Estoy sin conexión, tirando improvisadamente de los datos del teléfono. Me da miedo despertarme mañana y comprobar que las cosas pueden seguir empeorando día tras día. Desconectar de la vida del alma, aunque sea por un instante, tiene sus riesgos. Y siento que de alguna manera ando despistado, desconectado, a pesar de la claridad mental y espiritual sobre lo que tengo y no tengo que hacer en este universo de caos y orden cósmico.

Siento como si Endiku, el gran amigo de Gilgamesh, hubiera muerto y yo mismo, imitando al cansado rey, me hubiera exiliado en la taberna del fin del mundo. De alguna forma siento que no encontraré en las inmensidades del océano la planta de la eterna juventud, de la inmortalidad añorada. Mortal, devengo en los porvenires de los astros, y dejo, con cierta ansiedad interior, que el otoño me provea de la podredumbre de las hojas muertas. Sí, ya es otoño aquí en los bosques. Y toca desnudarse de nuevo.

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Poliamor y la ética del putón


Suspiró entonces mío Cid, de pesadumbre cargado, y comenzó a hablar así, justamente mesurado: «¡Loado seas, Señor, Padre que estás en lo alto! Todo esto me han urdido mis enemigos malvados». Anónimo

El rey Filipo de Macedonia tenía un esclavo en la puerta de su dormitorio que todas las mañanas le decía: “Levántate, rey, y piensa que no eres más que un miserable mortal”. Esa mortalidad dejaba entrever muchas cosas, esas diez mil cosas que nos atañen como meros mortales y que no por ello deberíamos desconsiderar. Filipo, como buen griego que se precie, tuvo un final trágico. La tragedia forma parte de la vida, como el amor y la muerte. Sobre la muerte ya tendremos tiempo de hablar, o no. Así que hablemos un poco sobre el amor en nuestros días, que como tiempos de antaño, se ha convertido en otra tragedia griega.

Hay que dejar ir a la gente que no está lista para amarnos, decía aquel. Visto así, parece una frase anticuada, algo así como imaginar el universo supuestamente conocido, en una magnitud diez elevado a 42 respecto de una partícula quark, la más pequeña conocida, que decía el otro. Hablar de amor es como hablar de un galimatías que nadie entiende, por eso nos gusta tanto reducirlo todo al sexo. El sexo es la panacea de lo sencillo, de lo abrupto. Es algo sencillo, más irracional, no necesita de fórmulas matemáticas complejas. Y como ahora habitamos una cultura reduccionista, casi diría que vivimos en una sociedad de estúpidos, pues lo reducimos todo al sexo, porque para amar, para amar hoy día tienes que ser astrofísico, o matemático, o honoris causa en alguna materia compleja. El sexo, sin embargo, es algo que practican hasta las gallinas. No tiene ningún mérito.

Especialmente cuando ves como se está desarrollando el mundo, como está empleando sus fuerzas de liberación en una nueva ética amorosa donde casi se permite todo (cuando digo todo me refiero a todo lo que sea fácil y útil). Lo vemos todos los días. Personas que van y vienen, pasan un tiempo y en un mes se pueden acostar con tres, cuatro, cinco o seis personas diferentes. En círculos estrechos los llamamos depredadores sexuales, pero ese es un término despectivo y obsoleto que no podemos vociferar muy alto. Las autoras del libro “Ética Promiscua” los llamarían putones éticos.

Para ellas no es una forma despectiva de tratar un tema complejo, el del poliamor de nuestro tiempo (ahora se dulcifica así la promiscuidad de toda la vida). En su guía esencial para aquellos que desean explorar las posibilidades del poliamor de forma ética, nos sorprenden sus ideas abiertas y adaptadas a nuestro tiempo.

En el fondo, hay tres tipos de personas: la gente que sueña con vivir en la abundancia del amor y el sexo (los promiscuos de toda la vida), los que prefieren abstenerse de ambos (ahora se les llama singles) y los que median entre el pasado y el presente, intentando llevar a cabo el imposible de amar y ser amado con cierta exclusividad, como antaño.

Hay una compleja y profunda contradicción en esta sociedad superflua donde todo es provisional y líquido, como decía Bauman. Los que viven solos y quieren seguir estando solos se contraen y expanden consigo mismos. Los que desean amar y ser amados en exclusividad han quedado relegados al olvido (demasiados complejos para los tiempos epidérmicos que corren), y el resto, simplemente disfrutan, llenando sus vidas con todo tipo de relaciones que al final, y aquí está la paradoja, les hace sentir vacíos y solos.

Aunque lo parezca, realmente no estamos hablando de fenómenos nuevos. Alejandro Magno, el hijo de nuestro Filipo, tuvo concubinas, amantes, varias esposas, e incluso relaciones homosexuales, que en aquel tiempo era algo normal. El concepto de “amante”, es decir, de aquel amor que nace fuera del contexto familiar o el decorado de pareja, siempre ha existido. Ahora nos quitamos las máscaras y hablamos abiertamente de poliamor, como si esa fuera la mejor forma de adaptarnos a una naturaleza, la sexual, que no somos capaces de dominar o sostener. Más bien lo contrario, preferimos darle rienda suelta, e incluso llamarla “ética” para justificar nuestra falta de control sobre la misma, o mejor dicho, nuestra falta de identidad sobre su estrato superior: el amor.

Para las autoras del libro antes citado, “«putón» es una persona de cualquier género que ensalza la sexualidad de acuerdo con la idea radical de que el sexo es agradable y que el placer es bueno. Los putones pueden elegir tener sexo a solas o tener sexo con un regimiento. Pueden ser heterosexuales, homosexuales o bisexuales, activistas radicales o vivir pacíficamente en barrios residenciales. Así que estamos orgullosas de reclamar la palabra «putón» como un término de aprobación, incluso de cariño”.

Bueno, seguramente Filipo y Alejandro Magno entrarían dentro de esta entrañable descripción. Y cualquiera que, sin ser rey, pueda llevar una vida mundana y simple, sin complicaciones, que a diferencia del sexo de aquí te pillo y aquí te mato, nos permite alejarnos de las complejidades del amor. Lo importante es tener una vida líquida, superflua, epidérmica, sin arriesgarnos a enfrentar las matemáticas del amor, que siempre son complejas e insondables. Y así nos va.

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El dilema de las emociones y el dolor


Hay cuatro caballos salvajes que tiran de nuestro carro anímico, de nuestra vida, de nuestra alma: el de las necesidades materiales, el de las necesidades anímicas, el de las necesidades emocionales y el de las necesidades mentales o intelectuales. El carro representa el cuerpo que sostiene al jinete, a nuestra alma. A veces ocurre que perdemos el control sobre esos caballos, o vemos cómo cada caballo tira para una dirección diferente. Es ahí cuando nace el dolor, la pena y la tristeza.

Miedo, inseguridad, ira, tristeza, amor, alegría, son solo emociones que nos hacen sentir vivos. Sentir es sabernos vivos. Se expresa muy bien en la película distópica Equilibrium: sentir es tan vital como el respirar. Sin amor, sin ira, sin tristeza, la vida es solo un reloj de arena. Y el dolor nos permite crecer, ampliar horizontes y discernir sobre aquello que nos conviene para nuestro progreso.

Los sentimientos son amplios y provocan sed. Esa sed solo podemos saciarla entregándonos a ella. Sin mesura y sin control las emociones son un caos. La posibilidad de abrazarlas, de gestionarlas, de poner cierto control sobre ellas sin intentar anularlas debería ser nuestro reto. Coger las riendas de nuestra vida y domar a nuestros cuatro caballos salvajes, insaciables, buceando para ello en nuestro propósito vital, es la proeza.

Hay un orden ético y moral en nuestras vidas, pero también hay un orden material, vital, emocional, mental y espiritual. A cada caballo hay que alimentarlo de diferente manera. Cuando uno siente una profunda depresión, una profunda tristeza, debe alimentar a su caballo anímico y emocional con especial atención. Debemos atender sus necesidades de igual forma que cuidamos de un niño. Con paciencia, amor incondicional y fortaleza interior para afrontar todo ese devenir disruptivo que nace de cada proceso existencial.

El dolor, el sufrimiento, la tristeza, son emociones que provocan un esfuerzo ascendente de aprendizaje, de contacto con la realidad, de reajuste de nuestras vidas. En este universo de incertidumbre y duda en el que vivimos, un universo cada vez más volátil y líquido, debemos aprender a reorientar nuestras emociones no como algo negativo o penoso, sino como algo que nos acerca a la continuidad del Logos, como una línea de mayor resistencia que nos empuja hacia la cima de lo que somos.

No hay que avergonzarse por estar triste o depresivo. La alegría y la paz interior, junto al amor y la empatía son emociones que siempre nos gusta compartir. Pero no debemos avergonzarnos de otras emociones que expresan dolor o depresión. Esas emociones son un proceso alquímico que mediante el fuego interior aprisionan y destruyen todo aquello que nos impide avanzar. El jugo de la existencia es encontrar aprendizaje donde otros solo ven decadencia, pérdida o ruina.

El dolor es como un arder en la hoguera para luego reinventarnos en la frescura del agua de la vida. El sufrimiento es como viajar a un país lejano donde nos vamos a encontrar de golpe con las riquezas de la eterna generosidad. El árbol sufre con la pérdida de las hojas marchitas, pero resucita en cada primavera para generar más vida y esplendor. Las emociones tienen sus ciclos, sus influencias astrales y estelares, sus ritmos. Identificarlos, abrazarlos y apaciguarlos con el aprendizaje nos ayuda a vencer y sentir la vida. La utilidad del dolor y el sufrimiento es muy útil para el alma humana.

Cuando caemos en barrena, en depresión, es una oportunidad para viajar de la oscuridad hacia la luz, de la esclavitud a la más sublime liberación y de la agonía, a la más sincera paz. El dolor es como un guardián que nos advierte de los peligros de la vida, que nos aleja de aspectos y personas indeseables para nosotros, provocando el rechazo automático hacia aquello que ya no resulta útil para nuestra evolución. El dolor, la pena, la tristeza, el sufrimiento, son agentes purificadores que liberan nuestra alma. Si lo miramos desde esta visión y lo abrazamos, estaremos preparados para volver a escalar hacia las cimas de nuestro espíritu.

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Habrá que esperar…


Corriendo por la playa’, obra de Joaquín Sorolla, 1908.

 

Hay tormenta en los bosques. Algo de viento que empieza a arrastrar las primeras hojas otoñales, aún sin ser aparentemente otoño. El verano se desliza poco a poco hacia su ocaso. Y en ese ocaso lo engulle todo. Las ilusiones, las esperanzas, los amores, la ternura, el aliento. Las parejas que se enamoraron en la playa volverán a sus ciudades. Con el paso del tiempo la mayoría olvidarán esos momentos inolvidables. Los abrazos, la devoción y el afecto con el que se besaban, los rincones secretos. Todo quedará en la matriz del recuerdo, tragados igualmente por otros y otros recuerdos entremezclados que con el paso del tiempo formarán parte de los ingredientes de nuestros sueños inconscientes. Los olores, los colores de aquellos atardeceres, la suave caricia entre sudores. Allí quedó todo, en el otro lado.

Los que no tuvimos tanta suerte no tendremos nada que contar, ni a ningún lugar donde volver. Algunos nos pasamos el verano trabajando, observando el disfrute de otros, soñando quizás con la posibilidad, aunque fuera remota, de zambullirnos en alguna hermosa historia de amor. Rozamos la ilusión, lamimos algunas antiguas heridas aún no fraguadas en las consignas del llanto. Permitimos alguna posibilidad, sin que la misma pudiera ser el resultado de algo exitoso. Más bien un fracaso, quizás por la falta de práctica o por la falta de aquello que dicen que hay que tener cuando la ambición de los caballos supera la fuerza de los dioses.

La escasez de apetencias es un síndrome extraño de la edad. Viene relacionado al número de engaños y decepciones pasadas. Cuantos más engaños y decepciones, menos apetencias. Es como fijar el rumbo hacia un norte que no promete nada y virar rápidamente en dirección contraria. Es como tener un deseo, a sabiendas de su poca posibilidad de éxito, y arremeter contracorriente con la frugalidad de todas las cosas. Todo es frágil y nada prometedor. Es la era acuática en la que vivimos. La era blanda, donde lo sólido ya no existe, y todo se reduce a píxeles de ficción.

El final del verano siempre resulta decepcionante por eso. Es volver a la rutina, a la callada amargura por no haber realizado nada especial excepto tumbarte durante algunos días, acariciar la panza torrada y disfrutar de la pesca, de haberla, en sordos compases. No hay forma de ahorrar tiempo para leer o para escuchar los sonidos perdidos del bosque o los ruidos del campo. Ya todo se va y ya todo se desliza hacia la rutina gris, tendenciosa, apagada.

La metáfora de nuestras vidas es que no somos capaces de estar nunca satisfechos, y queremos más, o lo queremos todo. Aquella persona afable y sonriente no es suficiente. Esperamos siempre algo más. Nos impacientan las limitaciones de nuestro trillado y obsoleto pensamiento consuetudinario. Nos creemos capaces de abarcarlo todo sin darnos cuenta de nuestras pobres limitaciones. Lo queremos todo, y lo perdemos todo.

Aquí en los bosques, ermitaño y estoico, templo la vida a falta de vida, de más vida. Apago las luces del deseo y perduro en la cuenta de lo inadmisible. Me encierro, cada día un poquito más, hacia el silencio abrumador. Ya no puedo ser vocero y actor de la verdad porque la verdad se cuela entre los límites de nuestra propia ficción. Hacemos un relato de nuestra vida que nada tiene que ver con lo envolvente.

Es solo un relato, a veces vacío, ensombrecido por un momento de decepción irrecuperable, y ataviado por la promesa de un mañana que nunca llega. Seguiremos esperando. Vamos a esperar. En pocos meses llegará el nuevo verano, con sus nuevas promesas, con sus nuevas aventuras inconclusas. Este año no hubo una gran cosecha. Habrá que preparar la nueva tierra, con su estiércol necesario, con su siembra irreductible. Esperaremos pacientes y leales como una roca arraigada al lecho de la tierra o como un roble que por su reciedumbre inconmovible, espera paciente el nuevo día. Sí, esperaremos… habrá que esperar…

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Aquel día en el que nació en nosotros la era de Acuario


AQUARIUS, La quinta dimensión con Subtítulos en español.

 

“Para ver un mundo dentro de un grano de arena y el cielo dentro de una flor silvestre, sostén el infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora”
William Blake

¿Os acordáis de aquel momento en el que la persona que os gustaba se marchó con otro y sentisteis cierta paz? ¿Os acordáis cuando parecía todo roto e imposible y de repente la vida brilló como nunca lo había hecho? Ese momento en el que todo parecía perdido y de repente te veías danzando en plena ciénaga, en pleno Apocalipsis como si todo el poder del universo recayera en ti.

Era aquel día en el que la luna estaba en la séptima casa y Júpiter estaba alineado con Marte. Era el día en que la presión de Barg y la electronegatividad del neón se alinearon para guiar la paz de los planetas y el amor universal se consolidaba como la única dirección hacia las estrellas, como la única esperanza posible.

Ese día fue el augurio del auténtico amanecer. Armonía y entendimiento parecían la nota clave de todo ese sentir, de toda esa explosión de poder. La confianza y la simpatía entre los diferentes reinaron por un instante que se hizo infinito. Un infinito sostenido en la palma de la mano, una eternidad que se expresó en aquel momento de lucidez, viendo el mundo dentro de un grano de arena y el cielo entero dentro de una flor silvestre, sosteniendo esa momento único e irrepetible en un rayo de luz cegadora, sempiterna.

Las falsedades y las crueldades parecían alejadas. El dolor, la ira, el engaño, la desilusión. Y sí, nos gustaba aquella persona, pero se marchó para siempre, como si un mar entero la hubiera engullido, como si en esa dejadez y descuido el mundo, en vez de venirse abajo, se reinventara. Amábamos su sonrisa, sentíamos sus abrazos mientras huía hacia otro mundo, hacia otros brazos, había otra vida, hacia otros molinos de viento que la empujaban al septentrion.

Visiones y sueños dorados amanecieron en aquel día de absoluto dolor y abandono. Como si todas las revelaciones del cristal místico nos hubieran hecho comprender el sentido de la vida y todos nuestros pensamientos encontraran la verdadera liberación. Algo poderoso estaba pasando en nuestras vidas y no éramos conscientes de ello.

Dejaste que la luz del sol entrara en ti. Que entrara la luz del sol y de todas las estrellas. En las situaciones más terribles, en los momentos de dolor más extremo, no miraste hacia abajo, miraste hacia arriba y contemplaste la inmensidad del universo. Dejaste que brillara lo más fuerte, lo más poderoso, lo más heroico que hay en ti. Abriste el corazón y cuando no pudiste más, dejaste que la luz del sol cumpliera con su misión más reveladora.

Cuando estuviste solo, abatido, derrumbado, inmerso en la más profunda de las cavernas, te alejaste de esa oscuridad doliente y huiste hacia la luz. Cuando sentiste que habías sido maltratado y todo el mundo se alejaba, resplandeciste.

Es cierto, se marchó, pero al hacerlo, ante la inmensidad del dolor y la impotencia del devenir, resplandeciste. Es ahí, cuando esa persona amada nos abandonó y supimos restablecer nuestra vida desde la compasión y la fe incondicional, cuando empezó en nosotros la verdadera era de acuario. Fue en ese instante cuando pudimos sentirlo, abrazarlo y vivirlo para siempre. Fue ahí cuando entendemos toda la complejidad del cosmos absoluto. Como si todo estuviera contenido en un grano de arena y el cielo dentro de una flor silvestre.

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Que no roben nuestro fuego



Esta mañana me llamaba temprano. Estuvimos casi dos horas de charla continua y llegamos a la misma conclusión: en este tiempo convulso, debemos cuidar de que no nos roben el fuego. Dicho en palabras de la editora del libro de Patrick Harpur, “El fuego secreto de los filósofos”, era un dato para tener muy en cuenta.

Las fuentes órficas siempre nos han ayudado a comprender mediante el mito y la lucubración encubierta, algunos aspectos de nuestra historia. Cuando la humanidad era pura e inmortal, allá por la edad de oro, algunos titanes nos ayudaron a convertirnos en lo que ahora somos: seres mortales, alejados de la inocencia inicial y, por lo tanto, llenos de vicios y virtudes. Eso en parte se lo debemos al titán Prometeo, que tuvo la osadía de robar el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos.

Un dios menor es aquel que de alguna manera conserva el fuego. Nosotros somos, para otros reinos, pequeños dioses cocreadores. Conservamos siete pequeños fuegos en nuestro interior que al ser avivados e integrados en una sola llama ardiente, se convierten en una luz poderosa. Pero al igual que los antiguos dioses del Olimpo, sufrimos el robo de nuestros fuegos casi sin darnos cuenta, apagando la identidad y la vida que recorre todo nuestro ser.

¿Qué o quién nos roba ese fuego? Observemos nuestras vidas. Normalmente solemos dedicar gran parte de nuestro tiempo al trabajo. Algo o alguien nos roba uno de los fuegos más importantes de nuestra existencia: el tiempo. Dedicamos entre ocho y diez horas de trabajo al día para ganar un sustento. Eso es una tercera parte de nuestra vida. La noche nos roba la otra tercera parte y normalmente el ocio, la televisión, el chismorreo o la vagancia la otra que nos queda. Cuando nos damos cuenta, hemos derrochado toda una vida en vivir para otros: para un trabajo insatisfactorio, para dormir y para “distraernos”.

Hay pequeñas cosas que van consumiendo nuestros fuegos. La mala alimentación, la ira, la frustración, el sufrimiento, la depresión, la incapacidad de seguir nuestros sueños o anhelos, el entretenimiento, las relaciones tóxicas de todo tipo, el egoísmo, el orgullo, la envidia, los “altos” ideales que consumen nuestra mente… Hay tantas cosas que nos roban nuestro tiempo que nunca nos damos cuenta de ello.

Hay muchos pequeños prometeos que van anulando lo que realmente somos, lo que realmente hemos venido a ser, como si nos fuéramos apagando en vida a medida que el mundo y sus diez mil cosas van apagando cada uno de nuestros hermosos y luminosos fuegos interiores. Es como si todas esas cosas que nos dividen y nos infunden miedo enfriaran nuestro espíritu y apagaran nuestra luz. Cuando nos separan los unos de los otros nos enfriamos. Cuando nos separamos de nuestra llama interior nos enfriamos interiormente.

Por eso debemos aprender a discernir en nuestras vidas, a dedicar tiempo a todo aquello que nos hace luminosos, que nos llena de vida, entusiasmo y alegría. Todo aquello que aviva nuestros fuegos, todo aquello que alimenta y calienta a nuestro espíritu, todo aquello que nos acerca al amor, a las relaciones, a la creatividad como alimento de nuestras llamas. Toda esa llama que somos, libres, relucientes, brillantes, luminosos.

Recordemos a cada instante la noción de tiempo, aquello que nos indica los momentos que aún nos quedan para estar aquí. Es poco, ridículamente poco, y debemos aprovechar hasta el último instante para ser radiantes. Cada segundo, cada minuto, debemos dar lo mejor de nosotros para ser luz, más luz. Cada segundo es una oportunidad única para amar y ser amados, para crear y ser creativos, para, en definitiva, ser pequeños dioses creadores, dadores de luz y amor.

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No seré la tumba de otras criaturas


El baño del caballo. Joaquín Sorolla. Óleo sobre lienzo, 205 x 250 cm. 1909. Madrid, Museo del Prado.

“No seré la tumba de otras criaturas”. Leonardo Da Vinci

Gozamos de los placeres del verano. Llenamos nuestros estómagos, oxigenamos nuestros pulmones, doramos nuestra piel y desconectamos del mundo ordinario del que venimos. Observamos las flores silvestres y los manantiales. A veces desnudamos nuestros cuerpos y los entregamos en ofrenda a la tierra, al mar, al agua, al sol. La vida, para muchos de nosotros, pasa plácida y sonriente, unida a un tiempo perpetuo, inextinguible, amoroso.

Los niños corren por la hierba o chapoteando en el agua. Los pájaros petirrojos se atreven a observarnos cada vez desde más cerca, especialmente si estamos tocando la guitarra en algún perdido prado verde, junto al muro de piedra. Allí descansan tomando el sol también los lagartos verdes, con sus impresionantes miradas atentas y su ver pasar la vida, pausada, calma.

Algunos de nosotros vivimos y morimos en paz. Llevamos una vida buena, con sus algoritmos, con sus subidas y bajadas, pero tranquila. Algunos de nosotros no hemos padecido nunca ninguna guerra, ningún exterminio, ninguna masacre. Algunos de nosotros ni siquiera hemos sido robados, o violados, o maltratados. Hemos pasado por la tierra como si se tratara de un eterno viaje veraniego. Hemos reído, cantado, disfrutado, aprendido. Hemos logrado prever las vicisitudes de la existencia. Logramos cierto éxito académico, luego laboral, social e incluso familiar.

Incluso algunos de nosotros llegamos a la edad adulta y decidimos meditar, ayudar al prójimo, saludar al vecino y preocuparnos por sus infortunios. Nos alistamos de voluntarios en alguna causa o creamos, a medida que nuestra consciencia se expandía, nuestra propia causa. Algunos de nosotros pudimos ver atardeceres en regiones inhóspitas, o despertar bajo el sonido de algún mantra en templos lejanos, esculpidos en estepas o valles profundos, bajo los pies del Himalaya.

Llegó un momento que la consciencia no se limitaba a nuestras pequeñas vidas, sino que trascendían nuestras existencias, y las entregábamos a una consciencia mayor, a un alma grupal, a un lazo místico envolvente, sugerente, poderoso. Incluso llegó un momento que decidimos fortalecer nuestros cuerpos mediante el ejercicio, nuestro ánimo mediante el cuidado constante, nuestras emociones mediante la prometida paz interior y nuestros pensamientos mediante el control mental, guiados por un alma excelsa.

Fue nuestra entrega tan arriesgada y comprometida, responsable y sincera, que logramos atravesar las puertas de la más delicada sensibilidad hacia todos los seres sintientes. Y en esa luz, en ese momento de lucidez absoluta, decidimos, cargados de compasión, el no ser la tumba de otras criaturas. Quizás este y no otro, fue el más verdadero y revolucionario acto de amor. Quizás este y no otro fue el acto que realmente nos convirtió en completos y auténticos seres humanos. Amar, amando, amadísimos todos, en un mundo amoroso, inclusivo con todos los seres sintientes.

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Cuando no sé qué camino de mi vida tomar: el viaje del héroe


Hace años que descubrí que el secreto de la felicidad no consistía en tener una vida cómoda, segura y cargada de riquezas. La felicidad ni tan siquiera era un camino. Encontrar la armonía en nuestras vidas, la paz interior, el punto de quietud, está completamente ligado a todo su contrario. Para encontrar paz interior primero has tenido que perder, arriesgar, enfrentarte a mil retos, mil fantasmas, mil guardianes en el umbral, cientos de enemigos que siempre están dentro de nosotros. Vencer el miedo es uno de los primeros obstáculos a atravesar. Sé que no soy feliz, que no tengo paz interior y no encuentro equilibrio en mi vida, pero por miedo, a veces incluso por pereza, no hago absolutamente nada para cambiar.

En la vida, lo único que permanece es el cambio. Cambiar nuestras vidas, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros estados de ánimo e incluso nuestro confort material debería ser algo constante. Cambiar amplía nuestra visión. La visión amplia facilita poder observar más caminos que antes ni siquiera existían en nuestro imaginario. Un viaje puede ampliar y ensanchar nuestra visión. Una ruptura, un trauma, incluso un accidente puede relativizar completamente nuestras vidas.

No estamos bien con nuestra pareja o nuestro trabajo, pero no hacemos nada para cambiar esa situación. Hay situaciones que son reflejo de nuestro interior. Aquello que hay dentro, se expresa fuera como un escenario inamovible, gris, mediocre. Entonces nace la pregunta: ¿qué debo cambiar en mí para que mi vida cambie radicalmente?

Volvamos a la felicidad para poder responder con cierta claridad. Decíamos que ser feliz no es un camino ni una meta. Más bien es una señal que nos indica que de alguna manera estamos en el camino correcto, en el verdadero camino, en nuestro propósito existencial. Todos tenemos un camino, todos hollamos una senda. Todos estamos vivos y por lo tanto de alguna manera todos caminamos juntos hacia alguna parte. Si sonreímos ante los paisajes de nuestro camino es que estamos haciendo y cumpliendo con nuestro don, con nuestro propósito vital. Si no lo hacemos, si no nace la sonrisa interior junto a nuestra pareja, en nuestros trabajos, en nuestro entorno, es que debemos cambiar algo.

Pero, ¿por dónde empezar? Quizás por un viaje, primero hacia fuera, luego hacia dentro, y viceversa. Los viajes, como el viaje del héroe descrito por Joseph Campbell, siempre nos ayudan a ampliar el campo de nuestra experiencia. Salir de nuestra zona de confort nos abre las puertas y nos da pistas sobre otras posibilidades. El viaje de todo héroe, y nosotros lo somos en nuestras propias vidas, siempre empieza por una llamada interior, normalmente nacida de una profunda insatisfacción, que nace en nuestro mundo ordinario.

Cuando la llamada es suficientemente fuerte nos atrevemos a dar el salto de fe, nos atrevemos a emprender el viaje. Empezamos ese viaje interior, hacia esa llamada, hasta que llega la primera prueba: el rechazo a la llamada. Esa primera prueba hará que vivamos durante años en el mismo círculo vicioso de insatisfacción hasta que un día consigamos vencerla, la omitamos, y continuemos el viaje.

Superado ese primer obstáculo, en algún momento te encuentras con un mentor, con alguien que te guía, que te anima y te protege en esa travesía. La figura del mentor, en el mito del viaje del héroe, siempre aparece representado por algún venerable anciano. En la vida real, ese mentor puede ser un amigo, una pareja, un familiar, o incluso un desconocido que de repente aparece en tu vida para empujar tu cambio.

Llega un momento que el mentor desaparece para que tú mismo, con tus fuerzas y esfuerzos, superes la segunda prueba: la travesía por el desierto, la soledad, la desesperación de no saber si has hecho bien o mal. Es cuando aparecen los miedos, los conocidos como guardianes del umbral, que intentarán que no abandones nunca tu zona de confort, tu mundo ordinario. Si consigues atravesar esta prueba, aparecerán los aliados, que como el mentor, te ayudarán a perseguir tus sueños. Y luego nuevas pruebas, algunos enemigos y nuevos guardianes.

En el mito del héroe, lo siguiente que sucede es conocido como el internamiento en la cueva más profunda. Es un momento de oscuridad, de muerte y resurrección. Es la propia odisea del cambio, la consumación del viaje. Atravesado este umbral, llega la recompensa, el elixir, el premio, la paz interior, la felicidad, el punto de quietud.

Habrá un retorno, una lucha final y a continuación, un compartir el elixir. Es el momento en el que, de alguna manera, te conviertes en mentor, en facilitador para que otros puedan encontrar también su felicidad. Es el momento de mayor felicidad porque te das cuenta de que la vida, en su significado más profundo, no está relacionada realmente con nuestro propio camino interior, sino con la realización del camino conjunto, grupal. Es ahí, ante esa revelación interior, cuando surge la verdadera realización. No éramos nosotros, sino la conexión de nosotros con el mundo, con los otros. Pero para llegar a ese lugar, a esa experimentación real, primero hemos tenido que perfeccionarnos, ser mejores, y solo en el camino real, en el camino del héroe, hemos podido conseguir esa hazaña.

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Diez millones de lunas


 

¿Estás bien? Sí gracias. Estoy bien a pesar del Mal. Tengo tres ventanas. Una mira hacia occidente y allí veo el bosque diminuto, las huertas y los prados que se extienden hacia arriba hasta alcanzar el horizonte situado en el más fantasioso de los atardeceres. Veo a los conocedores que ignoran al mundo y miran hacia Marte o la Luna, rechazando el mundo. No los juzgo, solo observo. La de oriente me permite ver el sol en su zenit mañanero. Amanece siempre por ahí, con un leve y tímido rayo que veo atravesar los árboles hasta llegar a mí. Allí veo a los estudiantes del camino de la paz. Intento no juzgarlos. Solo los observo. La tercera está orientada al mediodía. Contrariamente a lo que se recomienda, mi cabeza reposa en esa dirección, y atraigo los rayos del austro y la tarde, celebrando ese gusto interior cuando eres acariciado por las melodías invisibles de los elohims.

¿Y el norte? Pues ahí, en el septentrión, tengo la puerta, acompañada de una librería llena de libros de antropología y la pequeña chimenea. Tengo sobre la chimenea algunas velas que protegen la fotografía de un maestro tibetano conocido por sus iniciales, D.K. Y dos frases que le acompañan: silencio y renacimiento. Ambas muy significativas para este periodo solar que vivimos. El norte es la columna del aprendiz, del silencio, de la sombra que observa.

¿Y en el punto de quietud, qué hay ahí? En el centro del octógono hay una claraboya con forma de sol. De ahí vienen los rayos mañaneros que conectan con la tierra. Hay un cristal en el centro que conecta con la tierra y conserva tres piedras: una que había en este lugar, otra del monte sagrado de Oribio y otra que trajimos desde Shamballa, la resplandeciente, allá en los desiertos del Gobi, en Mongolia, hace muchos años.

¿Y qué más hay? Más allá de lo observable de nuestros pequeños mundos, hay diez millones de lunas con sus diez millones de sombras que intentan proyectar en mí la nube del espejismo. Pero también algunos soles, lo suficientemente importantes y poderosos para elevar el néctar del alma hacia la superficie del campo abstracto, allí donde los poetas y los músicos absorben el elixir universal, el lenguaje del quinto reino. Las lunas hacen su trabajo junto a los señores lunares, y los soles son dominados por los elohims, nuestros guías, nuestros vigilantes, nuestros guardianes protectores, aquellos que dirigen Shamballa, la resplandeciente.

¿Y qué sientes? Todo lo aquí descrito es menor ante la gran pena interior. Para lo mayor no encuentra palabras, porque tiene que ver con las diez millones de lunas. Me entristece que los estudiantes del camino de la paz, los talibanes de la sharía, hayan olvidado ambas cosas: el estudio y la paz. Y que los observadores de occidente solo piensen en la Luna o Marte olvidándose del mundo entero. Y que en vez de estudiar sobre la paz, estén de nuevo en guerra, y que en esa guerra, todos pierdan, los unos y los otros. Sería hermoso que las mujeres pudieran ganar esa guerra, y recordaran a sus hijos, maridos y padres, mediante la fortaleza del susurro, que vuelvan a estudiar el camino hacia la paz. Sería hermoso que los elohims, conectados a la fuente primera del amor-sabiduría pudieran, mediante la mediación de Shamballa, la resplandeciente, susurrar a esas madres, hijas y esposas, para que su fortaleza, para que su aliento, pudiera transformar a los estudiantes del camino de la paz, a los talibanes pastunes de la sharía. Ojalá El León de Panjshir pudiera susurrar desde las montañas del Hindu Kush la paz necesaria para su pueblo. Eso es lo que siento en la oscuridad de la noche, cuando miro a todas direcciones, y me compadezco por toda la raza humana. Es una tristeza profunda, difícil de explicar. Es una pena humana que comparto con toda la raza humana. Es algo que preferimos ignorar mientras miramos a la Luna y a Marte, a las diez millones de lunas.

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Noi viaggiamo sulle onde della Vita. Insieme


La paura?
È di chi non ama.

Noi
Noi viaggiamo sulle onde della Vita.
Insieme.

– Alessandro Maini

La mayoría habéis estado donde yo estoy esta noche, en el lugar del accidente del amor no correspondido, como decía Chris en sus reflexiones de Doctor en Alaska. Cuanto más nos prohíban tocarnos y abrazarnos, más deseos surgirán de amar. Esa es nuestra conmovedora vulnerabilidad. El miedo es de quien no ama. Es una cosa elusiva y efímera que nos aterroriza. De alguna forma nos están educando en el miedo, en el miedo en el otro, en el miedo a amar. Nos enseñan a elegir algo: preferir escondernos ante la vida y el amor. Una vida de quien se amaga en la oscuridad de la soledad y la engrandece, orgulloso, engreído superior del superlativo abstracto que defiende que la soledad siempre será mejor que la compañía.

¡Qué artimaña burda! ¡Qué insensatez proclamada! Claro que se está bien solo, siempre que uno renuncie a la vida, siempre que uno se desprenda del sabor único de viajar cabalgando sobre las olas de la existencia del otro. Sí, claro que se está bien arrinconado en nuestros espacios seguros, cargados (y cagados) de miedo por no haber querido estrujar el jugo de la existencia. ¡Solos! ¡Siempre solos por no querer vivir, sufrir, morir! ¡Ya nada enciende la pasión en el corazón humano! Ya nada, ahora que el miedo vence, nos hará vivir.

La felicidad no es tener vida, sino formar parte de la vida. El amor no mira con la mente sino con el corazón. La vida sigue siendo un juego de opuestos, de contrarios. Un lugar donde vaciar la virtud, donde saciar las proclamas al viento, donde abrazar la luz y la oscuridad por igual mientras metemos las manos y los pies en el barro y ensuciamos nuestras uñas y zapatos. La vida es un beso, no un recuerdo. La vida es hacer el amor bajo un árbol, o en una playa solitaria, o en una cama llena de deseo. La vida no es pensar la vida. La vida es poseerla, es poesía, pero esa que se expresa y se narra en las noches oscuras, acompañados, arrimados a un fuego, cabalgando sobre la pasión del viento. La vida es poseer la vida, no dejarla pasar.

La magia y el amor no se rigen por las leyes racionales. La mente fría nos conduce a otros mundos, pero esos mundos se avivan de ardiente fuego. Los antiguos se reunían junto al fuego. El amor se hacía con fuego. Un fuego que se alimenta de humeante calor volcánico. El frío universo se conmueve ante la intensidad de cada intervalo, de cada suspiro, de cada llanto de amor, de cada carga emotiva. La vida es riesgo, es vencer el miedo, es aventurarse por los claroscuros de cada instante. La vida es abrazar al otro y dejar que el otro te abrace, te preñe de vida, una y otra vez, insistentemente. Sin importar recompensa o derrota, solo arriesgando cada instante. El árbol, la flor, el río, la montaña, explotan de calor y pasión en sus dimensiones desconocidas. Uno se arrebata ante el impulso, ante el acelerado manto de ungida efusión. El ciervo brama en los valles, el viento clama su propia recompensa.

Hay muchas maneras de abrir una senda. Una senda juntos. Noi. Noi viaggiamo sulle onde della Vita. Insieme. Nosotros, juntos, viajando sobre la onda de la vida. Una vida en mayúscula, una vida que se vuelve vida. ¿Cómo no amar, si hasta las más frías primaveras se cargan una y otra vez de flores, de rocío, de verde, de dorado amanecer, de cantos y de grillos, de tormentas y ríos? ¿Cómo no amar, si hasta la vida nos obliga a salir de nuestra soledad una y otra vez para sabernos vivos? La vida no es una dialéctica, la vida es un gerundio. Podremos huir, pero no escondernos. Como dijo Nietzsche, “ser un ser humano ya es bastante complicado, así que darle un buen abrazo a la oscuridad del alma y gritad el eterno SÍ”. Sí al amor, sí a la vida, sí al ciervo que brama en los valles, sí al sabor único de viajar cabalgando… Noi. Noi viaggiamo sulle onde della Vita. Insieme. Insieme. Insieme…

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Covid y el Estado Guía


“Fotograma de la película Almas Gemelas (Equals)”

Simenon escribió en 1933 un relato titulado en su original francés como Les gens d’en face, ambientada en la Rusia soviética de aquel tiempo. El editor Roberto Calasso, cuando decidió editarla en Italia, recibió una crítica de Goffredo Parise en la cual decía: “Escrito en torno a los años treinta por un genio, esta breve obra maestra es la novela de la policía, del control, de la anulación total del hombre bajo la más poderosa, importante y fantasmagórica dictadura policial que el hombre moderno haya conocido”.

Los comunistas de todos los países encontraron en la tradición de la antigua URSS la visión de un Estado Guía, una especie de luz o camino para transitar. La tradición política que nos remonta a Gramsci decía que la revolución llegaría por una lenta conquista de la hegemonía, la cual debería obtenerse por consenso. Pero esa revolución no llegó de la manera en la que Gramsci imaginó. Más bien, los estados liberales se convirtieron en Estados Guía al estilo soviético, y la hegemonía, la revolución, fue la del consenso regido por la falta de crítica o disidencia, por el control más absoluto y por una fantasmagórica dictadura policial.

Los Estados Guía han llegado a un acuerdo hegemónico en el que la disidencia o el discurso contrario al oficial, a la hegemonía reinante, es anulado, censurado, estigmatizado. Lo hemos visto claramente con los disidentes que han decidido libremente opinar de forma diferente, o simplemente, se han negado a algo tan simple como decir no a la vacuna. No pueden viajar, no tienen carnet covid, no pueden ir a restaurantes y pronto no pueden opinar porque la hegemonía los estigmatiza por pensar diferente.

Los disidentes son cada vez más como Nia y Silas, los protagonistas de la película distópica titulada “Almas Gemelas”, donde las emociones se consideran una enfermedad, según “El Colectivo” (el Estado Guía),  y donde el ser humano está reducido a no experimentar la vida con todos sus matices, con todas sus imperfecciones, con todo el amor que se pueda expresar aunque a veces sea de forma torpe e inconexa.

Ya no se podrá, en un futuro, abrazar la imperfección, la incoherencia, la trampa de ser humanos, porque habrá un Estado Guía que nos dirá como debemos pensar, opinar, vivir, consumir, soñar… No podremos ser libres y diferentes, que es lo que realmente nos hace únicos, sino que deberemos vacunarnos contra cualquier opinión divergente, diferente, libre. Amar, la gratitud, la pasión o simplemente sentir algo por alguien serán visto pronto como algo obsoleto, caduco y vacío.

El Estado Guía pretende anular todo resquicio de pensamiento crítico para vaciarnos de lo que somos. Por eso la disidencia hoy día es más necesaria que nunca. Por eso los que aman, los que piensan, los que se enamoran de la vida o simplemente del otro y dejan de ser un individuo homogéneo se convierte en el héroe de nuestros días. Héroes anónimos que como decía Camus, aprenden a decir “no”. Hombres y mujeres rebeldes que no desean seguir la hegemonía, hombres y mujeres con opinión y criterio propio capaces de ser libres.

Ojalá algún día volvamos a aquella antigua empatía en la que a través del contacto físico, ahora que ni siquiera eso nos dejan, podamos revelar que la cura de nuestras almas libres no ha borrado los sentimientos por la existencia.

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Fantasías para un piano (Para Anna)


Para Anna, por hacerme recordar la importancia de la sonrisa interior. 

Esta inmovilidad está siendo positiva y algo productiva. La editorial necesitaba tiempo y se lo estoy dando. Roberto Calasso, un reconocido y admirado editor italiano recién fallecido, hablaba de la importancia de la marca del editor. Es algo que hay que cuidar, así como el catálogo que un editor va realizando a lo largo de su vida. Esta revisión, este tiempo de parada como voluntario en la fundación, me está reconciliando con el oficio de editor, algo abandonado en estos últimos años. Escribir y editar son pasiones que encierro dentro de mí.

Editar un buen catálogo es algo que se construye con la experiencia, con algo de dinero y con mucho trabajo y disciplina. Un editor debe ser culto, tener cierta experiencia y curiosidad vital y conocer las letras a fondo. Pero sobre todo debe ser arrastrado por una pasión desbordante. Si no existe esa pasión, ese espíritu de enorme cultura y agudeza crítica más allá de los adalides de la inmediatez, la velocidad y el propio mercantilismo, uno no puede dedicarse a esto.

El mercantilismo editorial siempre ha sido mi punto débil. Mirando las facturas veía que tengo algunos clientes que aún deben algo de dinero. No es mucho, pero repasando las deudas pensé que sería bueno, aprovechando la coyuntura de estar accidentado, de hacerme algún regalo. No suelo ser una persona caprichosa y por ello casi nunca compro cosas para uso personal excepto aquellas que considero imprescindibles para el buen funcionamiento de la pequeña empresa editorial: un coche, un ordenador, un móvil. El coche tiene ya casi veinte años y algún día lo tendré que cambiar. Tiene más de un millón de kilómetros. Siempre ha sido una buena herramienta de trabajo y un excelente amigo que me ha llevado por cientos de lugares que ahora con la pandemia se echan de menos. Repasando los ingresos editoriales y la entrega que se hace de ellos a la fundación, no queda mucho margen para cambiar de coche a corto plazo, así que miré interiormente qué otro capricho personal podría tener.

Ahora que el ratón ya no musita por las noches ni el murciélago chirría ni los reptiles sisean, tengo más tiempo para descansar y ordenar todas las ideas interiores de este tiempo hermoso y placentero. En este kairos de silencio y quietud se juntan dos pasajes conexos: el primer libro que escribí y que nunca publiqué, Fantasías para un piano, y una hermosa historia de amor. Es hermoso enamorarse de circunstancias, de personas y de momentos únicos e irrepetibles. Son momentos que no se olvidan, o personas que entran, aunque sea por un instante, y te hacen recordar la urgencia de vivir. En este último año me sentía emocionalmente apagado, pero alguien desconocido hasta ese momento, alimentó una hermosa sonrisa interior. Fue como una fantasía para un piano, una fantasía parecida a la que interpreta Ludovico Einaudi con su Nuvole Bianche. Algo breve, intenso, profundamente inesperado que estalla dentro de ti y que permanece como un pequeño elixir o perfume el resto de tu vida.

Editor pobre y humilde, no tengo dinero para comprar un buen piano, pero sí algo modesto que ayude a cumplir un viejo sueño, una especie de retorno a la inocencia, a algo que quedó enquistado en un pasado remoto y que ahora puede renacer. Un pequeño piano digital donde aprender a tocar el Para Elisa de Beethoven o incluso el Nuvole Bianche de Ludovico. Tocar el piano me ayudará a recuperar la movilidad de la mano ahora atrofiada por el accidente. Me ayudará a dar forma a un sueño y me ayudará, de paso, a disfrutar del estar enamorado de la vida, con la pasión que esto requiere, disfrutando, solo, aquí en los bosques, de la templanza y el desapego del estar vivos. Ese será mi pequeño capricho, mi pequeña fantasía, mi pequeño regalo de accidentado. Un pequeño piano donde aprender a fantasear con el idioma angélico: la música. Disfrutando de los paisajes y fantasías que se dibujen para los próximos tiempos. Sin escapar de los ciclos de la vida, de los gozos de los más profundos afectos, de la sonrisa interior que se enciende como una llama poderosa.

Gracias querida Anna por la inspiración. Me debes una sonata… 😉

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Meditar


En poco tiempo hemos pasado del oremos al meditemos. Eso está bien. De alguna manera estamos pasando del pedir, al dar. Cuidando siempre las trampas del pequeño ego, donde se encuentran algunas distorsiones como la de sentarnos sublimemente para seguir pidiendo, o para enorgullecernos de que hacemos una postura correcta, una respiración correcta y una vacuidad correcta.

El orgullo espiritual nos puede doblegar y hacer volver a la casilla de salida. Pero ya sabemos cual no es el camino de la meditación, ahora que está tan de moda, y qué debemos hacer para liberarnos de las semillas de la esclavitud del ego, el orgullo y el egoísmo. También sabemos que la meditación tiene que venir acompañada siempre de un correcto estudio y un correcto servicio hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia el mundo entero. Digamos que la meditación debe venir siempre acompañada de otras prácticas complementarias.

La meditación es uno de los yogas, llamado en la tradición oriental como raja yoga. Al mismo se llega después de haber podido entender los otros yogas, los cuales han tenido su importancia para el desarrollo completo del ser humano:

1. Hatha Yoga, el cual se creó hace miles de años para tener control sobre nuestro cuerpo físico, potenciando así sus cualidades. Aunque es un yoga que ahora está muy de moda en occidente, realmente es un yoga en retroceso, un yoga del pasado.
2. Laya Yoga. Se creó para tener dominio sobre nuestros estados de ánimo (nuestro cuerpo etérico o anímico) y cierto control de los centros energéticos junto con la práctica del pranayama;
3. Bhatky yoga, creado para desarrollar, controlar y potencial nuestro cuerpo emocional;
4. Raja yoga, también conocido como meditación, para el desarrollo y control de la mente humana, en sus dos variantes (recordemos los dos caminos Y de Pitágoras).
5. Agni yoga, mediante la práctica de la ética viviente, será el yoga que se desarrollará en un futuro para que aquello que llamamos alma, yo superior o consciencia se manifieste en nosotros, completando así el ciclo completo de la Unión o del Yoga en el ser humano completo.

Pero fijemos ahora la atención en el raja yoga, el yoga en el que ahora estamos centrados como humanidad avanzada que se esfuerza por desarrollar el plano mental, la Mente del que nos habla el Kybalion. ¿Cómo se hace esto? ¿De qué manera se practica? Los Aforismos del Yoga de Patanjali es la base para el entendimiento y el estudio del yoga en su conjunto. Decíamos que la meditación tenía que venir acompañada de otros estadios que Patanjali describió como: Yama (actitud) y Niyama (calidad) como marcos de los Asana (posturas) y Pranayama (respiración) que conducen hacia el Pratyahara (introspección meditativa) y su evolución hacia Dharana (concentración meditativa), Dhyana (contemplación meditativa) y finalmente al Samadhi (absorción meditativa). Los primeros cinco estadios, (yamas, niyamas, asanas, pranayama y pratyahara) son las practicas externas y los tres últimos (dharana, dhyana y samadhi) se realizan internamente. El ser humano en su conjunto, como raza humana, está empezando a penetrar en este camino interior.

Pero la concentración meditativa y la contemplación meditativa que nos lleva hacia el samadhi solo son un preámbulo para algo mayor. De nada sirven estas técnicas si no le damos razón de ser, si nuestra propia luz interior no se pone al servicio de una causa mayor. Os comparto una meditación creativa que practicamos en la comunidad Simorg por si puede ayudar en algo, y que de alguna manera sirve para integrar todo el conocimiento del yoga y ponerlo al servicio de la humanidad. Es una práctica sencilla de meditación que no dura más de veinte minutos, intentando organizar en ella toda la utilidad del yoga meditativo aplicado al servicio desinteresado.

ETAPA VERTICAL

PRIMER INTERVALO (CINCO MINUTOS). INTEGRACIÓN.

Buscamos una posición cómoda -sin complejas posturas, recordad que habitamos cuerpos occidentales, rígidos y cansados- y respiramos profundamente tres veces. Este primer intervalo pretende la desidentificación de nuestros cuerpos.

– Poniendo atención en la respiración, hacemos un recorrido por nuestro cuerpo físico y nos desidentificamos de él. Nosotros no somos ese cuerpo físico, su apariencia, su imagen.
– Hacemos un recorrido por nuestro cuerpo etérico o anímico y nos desidentificamos de las energías que lo envuelven. Nosotros no somos nuestros estados de ánimo ni esas energías que dan vida al cuerpo físico.
– Hacemos un recorrido por nuestro cuerpo emocional. Observamos sus deseos, anhelos y emociones y nos desidentificamos del mismo. Nosotros no somos nada de eso. Practicamos con ello el desapasionamiento.
– Por último, hacemos un recorrido por nuestro cuerpo mental en su doble vida: el cuerpo mental concreto, que nos ayuda con los pensamientos recurrentes del día a día y el cuerpo mental abstracto, que nos otorga aquello que nos hace realmente humanos. Nos desidentificamos completamente de nuestros pensamientos y nuestras ideas. Nosotros no somos nada de eso.
– Por último, comenzamos a ver toda esa personalidad como un todo integrado en un solo Ser Esencial.

SEGUNDO INTERVALO (CINCO MINUTOS). ALINEACIÓN.

– Observamos con atención concentrada ese ser unificado y desidentificado. Ya no somos un torpe y frágil cuerpo físico, ni un estado de ánimo, ni una emoción, ni un pensamiento o idea. Ahora somos algo más, empezando a reconocernos tal y como somos en realidad.
– Intentamos, con la imaginación creadora y desde el poder de sabernos unificados e integrados, construir un puente hacia nuestro Ser Esencial. Algunos lo llaman alma, espíritu, esencia, consciencia, yo superior… El nombre no importa. Hagamos COMO SI de alguna manera ese puente existiera y esa alma pudiera gobernar nuestras vidas más allá de las pasiones del día a día y sus problemas.
– Imaginamos que superamos los obstáculos para alcanzar esa alineación con nuestra alma y su luz: ignorancia, sentido de lo personal, deseo, odio y apego
– Imaginemos por un instante que esa alma, mediante la aspiración ardiente, ha tomado posesión de nuestra pequeña personalidad integrada y nos aporta mayor Visión, mayor consciencia, mayor luz, mayor equilibrio y paz.

ETAPA HORIZONTAL.

TERCER INTERVALO (CINCO MINUTOS). FUSIÓN.

– Imaginemos ahora, y tomemos consciencia durante unos minutos, de que esa alma no está sola, sino que trabaja en grupo y somos parte de ese grupo de almas que trabajan activamente por el bien común.
– Integrando nuestra personalidad alineada con nuestra alma, intentemos imaginar la fusión de grupo evocando amor grupal.
– Imaginémonos todos en un círculo de vivos puntos de luz, atrayendo hacia nosotros la luz grupal, mucho más poderosa y ardiente que la individual.

CUARTO INTERVALO (CINCO MINUTOS). PRECIPITACIÓN.

– Practicando en la meditación la impersonalidad, la inofensividad y el desapego, imaginemos y visualicemos todos los grupos que en este momento están, alrededor del mundo, trabajando por hacer el bien.
– Imaginemos de qué manera nosotros podemos trabajar individualmente desde el desapasionamiento y desde la visión del alma individual , y al mismo tiempo, trabajar grupalmente para hacer el bien. Visualicemos todos los días, durante cinco minutos, como podemos ser útiles al bien común, en grupo, con el grupo, teniendo siempre en cuenta que:
– Meditando sobre la luz se puede alcanzar la luz.
– Meditando sobre la paz se puede alcanzar la paz.
– Meditando sobre el amor se puede alcanzar el amor.
– Todo esto es meditación con simiente.

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Una comunidad no es un grupo de personas, sino un estado de consciencia


El proyecto social o cultural de O Couso es más comprensible que el proyecto espiritual. Socialmente, durante estos últimos años, hemos ayudado a mucha gente, tanto material como psicológicamente hablando para salir de situaciones complejas. Hemos contribuido a crear un hogar a aquellos que no tenían, y hemos ayudado en situaciones de exclusión social a personas que necesitaban una ayuda urgente o puntual. Por aquí ha pasado mucha gente que de alguna manera se ha sentido aliviada, sanada o dignificada. Sentirse útil, el poder ayudar a los demás, nos dignifica como personas y nos hace reencontrarnos con cierto sentido a la vida.

Espiritualmente nos gusta hablar de “síntesis”. De síntesis de todas las creencias y religiones, de todas las ideologías y pensamientos, intentando poner el foco en aquello que nos une y no en aquello que nos separa. Lo que nos une es simplemente el Silencio en las meditaciones y en los pequeños rituales de la vida cotidiana, espacios donde todo el mundo, sea creyente o no, tiene cabida. Ese silencio y esa síntesis espiritual la trasladamos a la vida cotidiana con sonrisa, alegría, fe y esperanza, otorgando a cada momento su propia experiencia extraordinaria. Nos esforzamos en que cada instante, más allá de creencias y dogmas, sea milagroso.

Es un modelo sencillo donde todos nos sentimos incluidos y donde todos podemos participar según nuestro ánimo. Intentamos entender que más allá de ser un grupo de personas, cada una con sus sesgos, con su herencia, con su cultura y con su propia y afinada personalidad, somos un estado de consciencia. Un estado unificado de consciencia donde de forma holística podemos respirar una atmósfera de familiaridad, de contacto con la esencia humana, de contacto con el Ser Esencial que somos.

Aquí lo humano participa de lo humano, pero también participa de lo natural, de lo sobrenatural, de lo trascendental. La naturaleza es una entidad viva en la que derramamos todas nuestras más profundas esperanzas, anhelos y certezas. Vivir rodeados de bosque y naturaleza nos hace partícipes de los ciclos, y nos hace interrogarnos por aquellas cosas que nos trascienden: la vida, la muerte, el amor. La naturaleza es para nosotros una madre que acompaña con generosidad nuestras vidas. Al igual que el Sol, la madre naturaleza soporta nuestras vidas y nos revitaliza cada día.

Nos gusta llamar a esta filosofía de vida “ética viviente”. La futura comunidad, el proyecto Simorg, será una “comunidad de ética viviente”, porque de alguna forma, la filosofía espiritual se basa en poner en práctica en la vida cotidiana, mediante el ejemplo, el amor y la buena voluntad, todo lo mejor de nosotros, todos nuestros mejores valores como especie humana. No aislados como antiguamente, sino abiertos al mundo, a las personas, al visitante, al peregrino. Una hermandad del espíritu libre, porque todos somos libres, emancipados e iguales, y con reunimos desde esa libertad en la fraternidad humana.

Una comunidad abierta para entre todos conseguir una práctica de ética viva abierta, universal, incluyente. Esta quizás sea una de las tareas más profundas que se nos demanda como especie humana. Volver de nuevo al trabajo grupal, desde la emancipación individual, pero bajo los valores del compartir y la generosidad. Una comunidad que mantenga en sí misma un alto grado de exigencia, pero también un acercamiento humilde hacia nuestros errores, sesgos y distorsiones. Una comunidad que crea, protegida por el trabajo de servicio, en la experiencia de los estados de consciencia grupales.

En resumidas cuentas, la espiritualidad de O Couso es una espiritualidad de ética viviente, de silencio, de acogida, de compartir y de generosidad extrema basada en la libertad individual practicada en la fraternidad grupal. Poco más añadiríamos. Esperamos que en el proceso de construcción del proyecto (21 años), lo vayamos consiguiendo siempre desde la humildad, la sencillez y el silencio, y sirva de referencia en inspiración en un futuro para próximas generaciones. Alma grupal, servicio grupal, trabajo y actividad grupal en esta nueva era que poco a poco irá naciendo desde la emancipación individual con personas libres, con una personalidad integrada, sana, equilibrada y fraterna.

GRACIAS POR TU APOYO. GRACIAS POR HACERLO POSIBLE…

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Dolce far niente


El placer de no hacer nada. Un placer extraño. Un talento extraño. Todo un arte. Algo bueno tiene que haber cuando la vida te inmoviliza. Podríamos estar quejándonos y llorando de dolor, de sufrimiento. Tan joven y tan inválido, invalido, invalidado. Uno se limita a ver pasar las horas. A saludar a unos y a otros, a echar de comer a los pájaros que reclaman sus propios regalos.

Un ratón se coló en la cabaña. Eso hace que lleve unos días sin dormir. Los primeros fueron dolorosos, los siguientes llenos de aceptación. No me puedo mover y no puedo dormir con el ruido casi insoportable del roedor.
Me gustaría asomarme a otras puertas, a otras ventanas, pero soy extremadamente tímido. Miro por la ventana y veo el anuncio: “dolce far niente”. Me saca una sonrisa porque imagino ese hermoso piano tocando a cualquier hora desde el placer de tocar solo por tocar, quizás ya sin ninguna fantasía que lo acompañe, pero con la ilusión de sentir cada nota escapar por cada poro del susurro existencial. Sonrío, amable, indulgente.

Soy tímido y entonces me encierro, me doblego. Dejo que el ratón haga de las suyas, dejo que el tiempo pase sin más, dejo que la vida se detenga y no pretenda asumir el rol valiente de aventuras imposibles. Dejo simplemente que todo pase, absorbiendo el gusto de los recuerdos, de esa emoción recién cosechada, de ese itinerario que fue de ida y vuelta, solo con una cima a la que llegar, una pequeña colina, un atardecer, un suspiro. Algo breve.

Todo cada vez es más corto y más breve. Lo digo simplemente porque ya no me gusta insistir, ni molestar, ni atormentar. Si surge bien, si vuela bien, si fluye bien, si se da bien. Pero si no surge, ni vuela ni fluye ni se da, abrimos el pecho y las manos y las canillas del alma dejando que todo pase, que todo se renueve en la pura impermanencia, en la línea de los ciclos, en las atalayas y las cimas del devenir. No tengo edad para luchar. No tengo mucho más que ofrecer.

A veces el no hacer nada es un placer. Ese punto de quietud en el que te vuelves el observador, el pasivo público, el admirador que derrama lágrimas y alegrías desde el otro lado del telón. Te caes, te rompes los huesos, te inmovilizan y la vida se para. Todo se para. El amor, la ternura, la emoción, el encuentro, lo secreto, la locura, la agitación interior y sublime. Sí, soy algo tímido, y cuando me cierran las puertas sin dejar rendijas me vuelvo pequeño y vulnerable, sensible, endeble, frágil. Y aprendo de la experiencia dulce del no hacer. Del estar quieto. Del ser, siendo.

Seguro que algún beneficio tiene que tener este de mirar desde la cama como pasa el tiempo, como transcurren los acontecimientos mundiales sin que nada te afecte, sin que nada perturbe la quietud asumida. No hay mayor estímulo que levantarte tras una dura noche sin dormir, mirar al bosque y esperar a que ocurra algo. Quietud ante la vida, timidez ante la vida, disfrute invisible, anónimo y placentero por el mero hecho de no hacer nada. El no hacer nada es un arte. Los italianos lo llaman “dolce far niente”. Los holandeses “niksen”. Nosotros… ¿cómo lo llamamos nosotros? Pasa el tiempo, pasan las horas, y aquí seguimos, esperando a que el ratón ponga su música. Buenas noches.

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La vocación ante una vida aparentemente quebrada



Durante estos últimos siete años recibí alguna queja ante la situación aparentemente angustiosa de mi vida. ¿Qué estás haciendo con tu vida? Era la pregunta más recurrente. Si basamos el éxito y el progreso individual en los paradigmas antiguos, es decir, en tener una buena posición social, un buen trabajo y una buena familia, podría decir que mi vida ha sido una quiebra en los últimos años.

Un fracaso, un aparente atolladero sin salida que simbólicamente se ha quebrado estos días con el pequeño accidente sufrido y la rotura de un hueso próximo al hombro. Los hombros son los que soportan la carga de toda nuestra vida, y era natural, ante toda la carga que me había impuesto en este tiempo, que algo se quebrara. El hombro quebrado es el símbolo de una quiebra.

Durante estos siete años me movió algo que no tiene que ver con ningún paradigma, modelo o ideal. Me moví única y exclusivamente por los impulsos y dictados de mi corazón, que podríamos identificar con eso que algunos llaman alma, consciencia o Ser indecible. Llegué a un pacto con la vida, llegué a una situación de total libertad para poder albergar en mi pecho el deseo de ser útil a un propósito ajeno a mis intereses personales. Esto es complejo de explicar y de entender bajo la normalizada aspiración de todo ser humano, pero fácil de aplicar para aquellos que emprenden el camino de la vocación, de cualquier vocación.

Cuando es la vocación lo que te mueve, lo que te impulsa, el mundo y la visión del mismo sufren un registro diferente, un cambio profundo. Ya nada que hasta ese mismo momento tenía algo de valor o sentido continúa teniéndolo. El dinero, las relaciones, el estatus, las propiedades, el trabajo, la familia… todo, absolutamente todo queda subordinado a la vocación.

La vocación nace de un impulso irracional. Siempre es un impulso transgresor, rompedor de moldes y modelos, apertura de visiones hacia aquello a lo que el ser humano debe caminar. Una llamada, una potente inspiración que sientes procedente de una fuente desconocida, con la profunda misión de llevar una forma de vida completamente diferente y ajena a lo que se considera normal, lógico o racional.

Posiblemente en el futuro me quebraré muchas más veces. Llegaré agotado a todos los lugares, exhausto y derrotado. Pero como todo guerrero vocacional, descansaré en alguna atalaya, en algún lugar cerca del camino, para luego volver a empezar. Esa es la condición del rebelde, de aquel que dice no, de aquel que se levanta una y otra vez a pesar de las pérdidas, de las derrotas continuas. Caeré mil veces y mil veces me romperé los huesos de puro cansancio. Pero mientras haya vida, habrá vocación, mientras haya vocación, seguiré caminando, hollando los senderos, una y otra vez.

En el camino vocacional ya no importa ganar o perder, tener o no tener, recibir o no la compasión de los otros, su cariño, su amistad, su amor. La obstinación por perseguir el sueño del Soñador, por comprender su profundo significado y por allanar los caminos que conducen al mismo nos hacen seguir adelante. Duele, claro que duele, pero así de desnudo es el camino de toda vocación.

Alegre en la mañana, con un gran gozo en el alma, nada tengo y camino, oh Gran Espíritu, hacia tu sempiterno propósito.

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Dame la perseverancia de las olas del mar


 

Dame la perseverancia de las olas del mar, que hacen de cada retroceso un punto de partida, para un nuevo avance. Gabriela Mistral.

Nunca pensé que jugar al pimpón fuera un deporte de alto riesgo. El resultado de una caída tonta fue la fractura del húmero proximal izquierdo. Romperse un hueso es muy doloroso. En diez días me dirán si me tienen que operar. Me esperan unos meses de recuperación y rehabilitación, de reposo, quietud y reflexión. Postrado en la cama es poco lo que se puede hacer. Estoy escribiendo este texto gracias al dictado del procesador de textos. Todo se hace difícil cuando la vida te pide quietud, y de alguna manera te obliga a ella.

Los amigos de este lugar me ayudan con todo. Me hacen las comidas, me ayudan con el aseo… Un autónomo no puede permitirse el lujo de dejar de trabajar. Pero en estos momentos me resulta casi imposible hacer cualquier tipo de trabajo. Hasta leer un simple libro resulta una tarea compleja. El dolor consume cualquier tipo de ánimo. Las noches se hacen eternas, sin poder dormir por el dolor y las molestias. Cambiando de postura cada diez minutos, soportando el peso de las horas, segundo a segundo, minuto a minuto.

Me pregunto qué ocurre con esas personas que están solas y no tienen a nadie que les ayude en momentos de enfermedad o crisis. Me pregunto qué ocurrirá con esta generación que no ha tenido hijos y me pregunto cómo envejecerá. Ahora que la institución familiar está desapareciendo, me inquieta pensar qué será de nuestras vidas cuando seamos mayores y nadie pueda hacerse cargo de nosotros. El movimiento de los singles se tendrá que enfrentar algún día a esa realidad.

Al igual que un faquir, me siento pobre en estos momentos. No tengo nada más que al Amado, como decían los sufís. De alguna forma, el absolutamente pobre, es el absolutamente rico. Siento ese tremendo desasimiento hacia todo aquello que no sea el pensar e indagar sobre el misterio. Ni buscaré las flores ni temeré las fieras, que decía San Juan de la Cruz. Quietud, dolor, paciencia, perseverancia.

La gnosis arquetípica de todo lo que nos ocurre es un misterio. La meta de todos es vaciarnos. Me siento pobre y vacío. Como una mariposa quemada por el abrazo de la llama. Reconozco en esta quietud a los verdaderos maestros que me rodean. El verdadero maestro es aquel que te recoge los zapatos y te prepara el té, es aquel que sirve en silencio y humildad. Siento que este retroceso será un nuevo punto de partida. Un nuevo avance hacia algo nuevo. Seré paciente y perseverante. Como las olas del mar, como las gacelas que pacen en los valles, como la piedra quebrada que yace junto al río.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura… y a este pobre inválido… 🙂

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Las clases de monjes


La Regla de San Benito nos advertía de los cuatro géneros de monjes. Actualmente, existen muchas personas que, sin saberlo, tienen una vida espiritual cercana a la de los antiguos monjes, ahora tan absorbidos por la historia y los tiempos que corren. Una vida disimulada y vestida de modernidad, pero no muy lejana a las cuatro categorías que antiguamente se describían en esta regla, en su capítulo primero.

Más allá de las dos últimas categorías, en casi todas las tradiciones existe la diferencia entre los que viven en comunidad o aquellos que prefieren vivir de forma solitaria. El monacato solitario (anacoretas) y el comunal (cenobitas) tiene ciertos paralelismos con la tradición oriental. El camino del arhat o el camino del bodhisattva tienen algunas coincidencias.

Los primeros sacerdotes cristianos que llegaron a Oriente y hablaron de Jesús se sorprendían al ver la reacción de los budistas que identificaban a Jesús como un bodhisattva. Hay relatos e historias de bodhisattvas musulmanes, bodhisattvas taoístas o de cualquier tradición. Un bodhisattva es un ser que relega cualquier aspiración personal anteponiendo la liberación del sufrimiento para todos los seres. Es alguien que renuncia a su iluminación en una entrega generosa y compasiva para que los demás puedan llegar a cierto progreso en la vida.

Si para el budismo Theravāda el convertirse en arhat es la meta del progreso espiritual, para el budismo Mahāyāna esta idea, la del camino del arhat, es egoísta, considerando al Bodhisattva como alguien que se queda en el ciclo de renacimientos para trabajar por el bien de otras personas.

Esta es básicamente la diferencia, a grandes rasgos, entre las clases de monjes occidentales. Los cenobitas, que trabajan conjuntamente en comunidad para expandir así el egregor de luz y compasión con mayor fuerza, y los anacoretas, que viven una vida en solitario y un camino espiritual que podríamos denominar de egoísta, ya que solo persiguen su progreso espiritual sin contar con el resto. Serían los arhats de nuestra tradición.

Sobre los sarabaítas y los giróvagos, poco podemos añadir, excepto acentuar que muchos de los que hoy día se consideran “espirituales”, estarían dentro de estos grupos. Son personas que mezclan la vida del espíritu con sus necesidades personales. Viven ataviados y atascados en el paradigma de la necesidad personal, y alejados del paradigma del compartir con el resto. Su espiritualidad, amañada y epidérmica, enriquece sus egos pero les alejan del verdadero conocimiento espiritual, la cual siempre es una senda que requiere sacrificios, disciplina y generosidad.

Dicho esto, veamos como Benito de Nursia describía los diferentes tipos de monjes:

1. El primero es el de los cenobitas, es decir, los que viven en un monasterio y sirven bajo una regla y un abad.

2. El segundo género es el de los anacoretas, o, dicho de otro modo, el de los ermitaños. Son aquellos que no por un fervor de novato en la vida monástica, sino tras larga prueba en el monasterio, aprendieron a luchar contra el diablo ayudados por la compañía de otros, y, bien formados en las filas de sus hermanos para el combate individual del desierto, se encuentran ya capacitados y seguros sin el socorro ajeno, porque se bastan con el auxilio de Dios para combatir, solo con su brazo contra los vicios de la carne y de los pensamientos.

3. El tercer género de monjes, y pésimo, por cierto, es el de los sarabaítas. Estos se caracterizan, según nos lo enseña la experiencia, por no haber sido probados como el oro en el crisol, por regla alguna, pues, al contrario, se han quedado blandos como el plomo. Dada su manera de proceder, siguen todavía fieles al espíritu del mundo, y manifiestan claramente que con su tonsura están mintiendo a Dios. Se agrupan de dos en dos o de tres en tres, y a veces viven solos, encerrándose sin pastor no en los apriscos del Señor, sino en los propios, porque toda su ley se reduce a satisfacer sus deseos. Cuanto ellos piensan o deciden, lo creen santo, y aquello que no les agrada, lo consideran ilícito.

4. El cuarto género de monjes es el de los llamados giróvagos, porque su vida entera se la pasan viajando por diversos países, hospedándose durante tres o cuatro días en los monasterios. Siempre errantes y nunca estables, se limitan a servir a sus propias voluntades y a los deleites de la gula; son peores en todo que los sarabaítas. Será mucho mejor callarnos y no hablar de la miserable vida que llevan todos estos.

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La última pregunta


Asimov respondió claramente: datos insuficientes para respuesta esclarecedora. Así, era tras era, iba respondiendo a diferentes cuestiones existenciales la inteligencia artificial ideada por el escritor. ¿Es posible revertir el inevitable final del Universo, o el mundo debe acabar de todas formas? Esa era la pregunta que, desde un día cualquiera del siglo XXI, hasta generaciones y generaciones posteriores en el tiempo, hacían los humanos a los ordenadores. A veces uno se puede preguntar, ¿y si Dios fuera un ordenador? Y de ser así, ¿qué significado profundo tiene todo cuanto ocurre?

Hace unas semanas pude ver en el firmamento una estrella fugaz que me hizo sonreír interiormente. Hacía más de un año que este acontecimiento celeste no se reproducía en mi bóveda interior. Una estrella fugaz es una partícula pequeña, que según los expertos, mide entre milímetros y algunos centímetros. Al entrar a la atmósfera terrestre a gran velocidad, se quema debido a la fricción con el aire. El brillo fugaz es causado por ionización, produciendo una trayectoria luminosa que pasa rápidamente por el cielo.

Cuando la estrella en su caída se quema produce grandes dosis de emociones. La miramos, cerramos los ojos por un momento ante su inevitable desvelo y pedimos algún deseo. Cuando la vi aparecer sentí una gran emoción. Era una estrella especial, hermosa, llena de fuerza y carga ionizante. Por fin mi corazón se ilusionaba por algo, aunque fuera fugaz, aunque fuera un destello lejano en un firmamento aún más lejano. Luego vino el deseo, el cerrar los ojos y desear profundamente, y luego, de nuevo, la oscuridad, el silencio, la nada.

Y ahí es cuando aparece Asimov con su pregunta: ¿es posible revertir el inevitable final? ¿Podría esa estrella fugaz, aunque fuera desde una ilusión o desde una ficción simulada, permanecer más tiempo en la bóveda celeste? ¿Pueden los inevitables acontecimientos de nuestras vidas revertirse? No encuentro una respuesta esclarecedora. Como la computadora de Asimov, solo tengo datos insuficientes.

Ya sé que parece extraño, pero en ese agotamiento que produce el exceso de velocidad, y la quemazón debido a la fricción con el aire, en un sueño peregrino una oropéndola se posa en mi hombro izquierdo. Recupero la sonrisa, porque de alguna forma resuena en mis adentros una llamada del alma que me avisa de lo sorprendente: no te puedes apegar a lo fugaz. Hay que dejarlo ir sin apegos, sin aferramientos imposibles. Y recuerdo la frase que me acompaña siempre, y que hace alusión a la necesaria impermanencia: lo único que permanece es el cambio.

La duda que aún poseo, y que me perseguirá durante algún tiempo, es intentar comprender porqué motivo surgió la sonrisa interior después de tanto tiempo ignorándola, evitándola, interponiéndome a ella. ¿Qué fue lo que hizo que esa poderosa llama fugaz me hiciera sonreír?

Nuria me decía, allá en los puertos de las Rías Baixas, que se trataba de algo tejido, y que por lo tanto, esa estrella, por fugaz que fuera, estaba encerrando un claro mensaje para mí. Lo curioso es que, sea como sea, después de muchos meses sin mirar el cielo, y tras esta fugaz llamarada, siento la necesidad de volver a protegerme, de no volcar la ilusión egoica en lo fugaz, y de adentrarme de nuevo en la conquista de lo permanente. Lo fugaz no me sirve, no me llena, no me permite expandir la estrecha mirada hacia el horizonte. No me gusta lo breve, mis proyectos siempre son a largo plazo, y mis apuestas, mis miradas, solo pueden ser creíbles con el paso de los años. Esto es una paradoja en mí. Apostaría una vida por algo que fuera certero, seguro, apropiado. Pero la vida, en su continuo devenir, sigue siendo completamente impermanente. Esa es mi paradoja, ese es mi dolor, esa es mi pena. Por eso, de alguna manera, me aferro a la última pregunta: ¿es posible revertir el inevitable final de todas las cosas?

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Amar a los equilibristas


Se había roto una cadena del tractor. La miré compasivo, paciente, desapegado. Me acordé de esa hermosa madre con sus dos hijos, casi sin tiempo para vivir, para respirar, casi rota por dentro, como las cadenas, fijando siempre toda su atención y su existencia en sus hermosas criaturas. Había cierto reproche a la vida porque cuando eres madre te anulas y vives solo para ellos. Te trasciendes, te sacrificas para que los otros salgan adelante. En mi caso solo se trataba de unas cadenas. Unas tristes, frías y rotas cadenas. Cogí la moto, surqué los vientos hasta ese lugar donde venden tractores y cadenas. Pedí cuatro cadenas. Pensé que la vida podría resultar triste si basaba todo el reproche del día en esas cadenas rotas. Así que aproveché el viaje. Compré algunos aguacates, un par de dulces de chocolate y una horchata. Me fui al borde del Camino para ver pasar a los peregrinos. Es hermoso ver todas esas vidas pasar e imaginar alguna bonita historia de amor. Aparqué la moto silenciosa, eléctrica, moderna. Saqué los dulces y luego tomé la horchata mientras iba repitiendo con amabilidad eso de “buen camino” a unos y otros.

Sentado en ese inmenso prado, rodeado de árboles, viendo unas juguetonas cabras enanas comiendo las cortezas de los árboles, cerrando los ojos mientras escuchaba la ternura del momento, sentí ganas de llorar. Era una emoción extraña. Quizás muy cercana a esa que uno siente cuando se encuentra solo en el mundo, realizando mil malabares para que nada se derrumbe, para que todo esté bien, para que nadie sufra más de lo necesario. Me di cuenta por un momento de esa necesidad tan humana de la compañía, de la creación de una familia, de la necesidad de tener una complicidad profunda con alguien a quien abrazas todas las noches. Sentí cierta pena por no ahogar la vida en la creación de más vida. Sentí cierta sensación de fracaso por no haber proyectado una sana razón por la que levantarse todos los días, más allá de los sueños propios y egoístas, casi necesarios, casi imprescindibles para dotar de algún sentido a todo cuanto hacemos.

Tras el último trago de horchata me perdí por caminos imposibles. La moto me lanzaba a esa aventura de lo ilusorio, de la búsqueda, del imaginar encuentros imposibles capaces de derrotar al más profundo de los pesimismos. Miraba tras los árboles, en los lejanos prados cubiertos de manto verde, en las veredas, hacia el cielo. El sol se iba derrumbando sin que pasara nada. El teléfono callado, la música ausente, la vida pasando. Incluso me perdía en aldeas abandonadas, con los tejados caídos por el tiempo, con las paredes cubiertas de madreselvas, casi imposibles de salvar. Imaginaba la vida que siglos atrás recorrió esas aldeas y me vi reflejado en ellas. Una ruina, una casa que no fue capaz de soportar la vida y el tiempo, hasta caer, derrotada.

Se habían roto dos cadenas y compré cuatro, y dos dulces, y una horchata. Esa era mi forma de alimentar mis vacíos. Esa es la manera, no mía, sino de muchos, de llenar aquello que solo la vida puede llenar. De arriesgar aquello que solo el abrazo puede arriesgar, de soportar aquello que solo el amor puede soportar. La flor da perfumes, el árbol frutos. Ese es su sentido, su propósito. Nosotros ya no damos nada. Nos hemos convertido en equilibristas de la soledad, de la falta de sentido, de la ausencia de propósito. Por eso ya solo nos queda amar a los equilibristas. A esos que solitarios, desnudos, apagados, rompen sus cadenas día tras día y se escapan al borde del camino, mirando pasar la vida, llenando los vacíos con algún dulce, con alguna escena, con alguna ensoñación. Cuando hay falta de equilibrio, nacen los equilibristas, tan necesarios como urgentes. Tan verdaderos como falsa es la realidad que solo pueden vivir en sí mismos. Hoy se había roto una cadena del tractor, y con ella, otras muchas.

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La creación es silenciosa


 

“Antes de que el alma pueda comprender y recordar, debe unirse a aquel que habla en silencio, así como la mente del alfarero se une primero a la forma que le dará a la arcilla. Entonces el alma oirá y recordará. Y entonces hablará la Voz del Silencio al oído interno”.
La Voz del Silencio

El silencio es un estado de consciencia. Es el sonido real del Universo. Es la palabra perdida de la que hablan los antiguos constructores y el Verbo creador de toda Obra. El silencio no es dejar de hablar, sino entrar en una dimensión diferente de las cosas. Es observar el alarido invisible de la naturaleza, el susurro del aire impermeable entre nuestros sentidos, la berrea imperceptible de las montañas.

El sonido perceptible por nuestros limitados sentidos no es más que el rasguño de un haz de luz. La luz no es más que una forma de dilatar los espectros dimensionales de lo imperceptible. Más allá de la luz, se halla la sede inmortal del Silencio creador y provocador de mundos.

Lograr la armonía interna nos acerca a cierto silencio. El alma escucha y recuerda. El alma, esa gran desconocida, eso que se manifiesta ante el silencio, ante la dicha y el gozo de estar en calma, en ausencia de ruidos, en presencia auténtica con nosotros mismos. El alma nace cuando el silencio reina en las columnas de nuestra personalidad. Cuando acallamos nuestros pensamientos, nuestras quejas, nuestras prisas, nuestras emociones, nuestros desánimos, nuestros malestares continuos. El alma regresa a nosotros cuando el silencio se amontona a raudales en los arroyuelos de nuestra vida, empujando las ondas silenciosas de nuestra vibración tranquila.

La naturaleza crece en silencio, se desarrolla en silencio, sin hacer ruido. Los árboles crecen en silencio, las flores comparten su majestuosidad y belleza en silencio. La reina madre se inclina ante el ejército y la cohorte, silenciosa, imponente ante su enjambre. El elixir de la experiencia se comparte de forma callada, como máxima para todo aquel que desee osar, querer y saber a la hora de hollar cualquier senda.

La brisa que decora los acantilados de nuestros sueños es silenciosa. Su rugido no es más que un azar entre los mil puentes que se tejen en nuestras venas. Es la hebra vital, es el manto terrenal, es la promesa de un mañana. Los sueños se susurran, las fantasías se musitan con cierta música imperceptible, toda la imaginación explosiva ruge en silencio. ¿Cuál es el canto del sol y las estrellas? ¿Cómo es la música de las esferas celestes, de los planetas, de los espirales universos?

El amor es hermoso porque es silencioso. Amar al otro, acariciar al otro, mirarle fijamente a los ojos en una tarde de hechizada primavera. En la ciega templanza del verano, los enamorados se esconden entre la cosecha para musitar amor. Un sonrisa basta, una sonrisa ardiente, sigilosa, silenciosa. Se encajan los labios húmedos en secreto pactado, como un rasguño, como un haz de luz. En silencio.

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No dejemos que un virus nos separe


© Pierre Pellegrini

 

Las enfermedades son crisis que nos paralizan y nos obligan a padecer, la mayoría de las veces, grandes sufrimientos, al mismo tiempo que grandes cambios interiores. El dolor, la pesadumbre y la angustia son inseparables compañeras de cualquier tipo de dolencia. Enfrentarnos a la enfermedad sin abusar de las recetas buenistas de intentar tratar la situación como una oportunidad de cambio es algo complejo. En primer lugar, porque cuando estás mal, no deseas hacer nada, ni siquiera cambiar algún aspecto de tu vida que quizás requiera algún tipo de reajuste o respuesta. Tampoco te quedan fuerzas para pensar, para reflexionar, para digerir situaciones o simplemente para cambiar.

El Covid ha tenido la facultad de aislarnos, de fastidiarnos, de obligarnos a paralizar media humanidad. Ha sido capaz de hacernos pensar que el mundo en sí mismo no merece la pena, que todo da asco, que todo podría estallar en mil pedazos y nada nos importaría. No solo ha sido un simple resfriado, sino que ha tenido la capacidad de sacar de nosotros aquello que más nos pesa: el pesimismo, la rabia, la impotencia, la tristeza, la angustia, la desilusión, la separación, el aislamiento.

Nos aísla y nos aparta de los demás, a veces físicamente, pero a veces también psicológicamente. No queremos ver a nadie y notamos al mismo tiempo que nadie se atreve a cuidarnos, a estar con nosotros, aunque sea con una llamada, un mensaje, un toque de ánimo. Aborrecemos la situación y al mismo tiempo aborrecemos cualquier tipo de atención, cualquier tipo de situación que intente englobar la suma de pesares.

La presión social está surgiendo efecto. Cada vez son menos los grupúsculos que quedan por vacunar. Incluso los más rebeldes sucumben a la primera, a la segunda, y seguramente, más adelante, a la tercera y a la cuarta dosis. Es posible que las vacunas se instalen en nuestras vidas para quedarse. Porque estos años será el Covid con sus múltiples variantes y de aquí a unos años más, será otra cosa. En ese sentido, creo sinceramente que deberíamos prepararnos interiormente para la que se avecina, y sentir hasta qué punto estamos dispuestos a ceder en todo a la falta de libertad y al chantaje emocional y grupal al que estaremos sometidos.

Interiormente también deberíamos enfrentarnos a nuestros demonios. Aguantar la enfermedad estoicamente, fijando la atención en nuestro carácter, en nuestra actitud, en nuestra fortaleza interior, sin que nuestro ánimo nos haga sucumbir. Esa fortaleza será la que nos ayude a soportar todo lo que pueda venir a partir de ahora y nos ayude a mantener relaciones sanas con las personas que apreciamos.

¿Qué clase de pruebas le espera a esta generación humana? Aún no lo sabemos. Tras el SIDA en los años ochenta, ahora nos toca enfrentarnos a este incómodo y molesto resfriado que nos hace pasar unos días totalmente desagradables a los más leves y complicaciones o muerte a los que tienen un sistema inmunológico débil. En todo caso, deberíamos prepararnos, exterior e interiormente, para lo que pueda venir. Y si nos toca padecer la enfermedad, fortalecer nuestros vínculos, aprovechar el aislamiento para provocar aquello que nuestra vida requiere, para sabernos valedores del existir. No dejemos que un resfriado nos aísle, nos atormente, nos aleje del otro. No dejemos que un virus nos separe.

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Vida


“La existencia es lo único que está en proceso de existir”. Kierkegaard

En las ramas de los árboles, sujetas a una pequeña hebra, ahí se manifiesta la vida. Entre runas y raíces, tierra y barros, ceguera nocturna, permanente, ahí está la vida. En el aire esponjoso, en la brisa corriente, entre escarpadas nubes que sucumben a la conmoción diurna, ahí pace la vida. En fragosas montañas, en la nieve o en los ríos, brava corre entre pinares o savia verde entre ramales. En el gran lanzamiento de aquel piano que voló en Alaska, vida tras el recuerdo de aquel instante único e irrepetible. Recordad, no se trata tan solo de la visión, se trata de tantear, seguir tanteando y avanzar. La vida es un río que avanza, bombea, nos expulsa.

La existencia, la vida, es lo único que está en proceso de existir. Es un proceso complejo, difícil. “La tarea debe hacerse difícil, pues solo la dificultad inspira a los nobles de corazón”, nos decía Kierkegaard. De ahí que la vida sea compleja, extraña en sí misma. Un noble de corazón se asemeja a la pequeña hebra que soporta el peso de toda una hoja. En su fragilidad está su grandeza, porque ahí, en esa fina hebra, reside la fortaleza y el alimento de todo un árbol.

Joyce lo expresó de forma grande y amplia: “Bienvenida, ¡Oh, vida! Salgo a buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza.” Lo que importa no es lo que lanzas a la vida, sino el propio lanzamiento de todo tu ser, de toda tu consciencia, hacia ese instante único e irrepetible que se forja en lo más profundo de la existencia. Ese momento de alegría que te conecta con la vida, con la pequeña hebra, con la fragilidad de nuestra absoluta debilidad e imperfección.

Bailamos en el coro de la vida y nos pasamos todo el tiempo suponiendo, expedientando cada acontecimiento, olvidando que el secreto siempre está en el centro, en el meollo de la propia respiración, de la propia asignación puntual de aliento. La vida es un alegre devenir por el mundo insertado en momentos dolorosos, en momentos de transformación y expansión, de sufrimiento retorcido que nos recuerda la urgencia de vivir.

Es la substancia que nos anima, que nos recorre y se fija en nuestra mente y nuestras emociones como un pegamento. Es eso que se revela en el viento entre los árboles, con su rostro entre las sombras, ante el rechazo devastador del fuego volcánico, en ese lugar del accidente del amor no correspondido, en esa siempre conmovedora vulnerabilidad que nos acecha en las noches solitarias y oscura, en el dolor, en la enfermedad, en la tristeza desesperada…

Todo es efímero en las pasiones de nuestro corazón, hasta que llega el recuerdo, la disidencia, la verdadera potestad de estar vivos. El alimento perfecto para el alma es dejar correr la vida dentro de nosotros, dejar que se exprese, dejar que nos permeabilice y se apegue a nuestra piel. La vida en las ramas de los árboles, sujetas a una pequeña hebra, se manifiesta. También en nosotros, pequeños hilos de nuestra especie, pequeño himno de nuestra alma inmortal.

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