De cómo los impuros ahora pueden pasear


Las 850 vidas humanas que nunca más pudieron pasear. Las víctimas de ETA que no tuvieron la oportunidad de vivir en libertad.

 

A estas alturas ya sabemos, o al menos intuimos, que las patrias y las naciones son una construcción cultural y sentimental, una entelequia que pretende dividir a unos contra otros y cobijar a los nuestros por encima de los ajenos. Es un imaginario, y más allá de ese imaginario, no hay nada.

Por suerte, en algunos lugares se está cayendo el velo, desmesurando la mentira y alejando la perversidad de creer en espectros territoriales, fronteras, alambiques ideológicos, alambradas, muros y banderas. Por suerte las nuevas generaciones, especialmente desde hace diez años en nuestro país, ya no dan la vida por ninguna patria, ni la pierden a causa de ninguna nación. Lo trasnochado es sacar una bandera al balcón, sean del color que sean. Y por suerte, ya no se mata a causa de dichas banderas.

En nuestro país ya no existen Sicariis, ni Hashshashinni ni Jacobinos. Al menos desde hace tan solo diez años. La vida tiene más valor que la muerte. El color del paseo veraniego sobre cualquier playa azul es más valioso que el color de cualquier bandera. Es cierto que la paz no es pura, que el odio de unos y la rabia de otros aún rezuma en algunos corazones y que aún existe cierta sensación de división, de puros e impuros, de entre bastardos y legítimos. Quizás en diez años más, o en veinte, o en cincuenta, eso deje de existir.

Al menos ahora los impuros pueden pasear por las calles sin ser aniquilados, asesinados vilmente. Eso ha sido un gran logro de nuestra civilización. Ya no hay sicarios, ni a sueldo de una mano oscura ni a sueldo de una ideología. El terror, la sangre y el odio extremo han sido desterrados. Sí, eso ha sido un gran avance que hay que celebrar. No podremos olvidar el daño, no podremos arrinconar la pérdida. Pero sí podremos pasear libremente, sin mirar atrás de forma desconfiada, solo mirando hacia adelante, pausados, tranquilos, confiados. Sí, un gran logro de nuestra civilización el poder pasear tranquilamente, aún siendo impuro.

Camino, perseverancia, presencia, visión. Queda mucho recorrido para que el ser humano se complete. Para que la tierra sea tierra y el cielo solo sea cielo y nadie sea dueño de nada excepto de su propia elección vital, de su propia vida. Aún queda mucho recorrido para que la libertad humana encuentre su más grande horizonte. Pero al menos, y esto es un gran logro civilizatorio, en este pequeño rincón del mundo, ya se puede pasear.

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El escuadrón suicida


A las nueve de la noche llegué exhausto a la casa de acogida para saludar a nuestros huéspedes. Estuve un rato charlando con unos y con otros hasta que les dije que me tenía que marchar a trabajar, ya que aún me quedaban tres o cuatro horas de trabajo. Todos se quedaron un poco estupefactos. No entendían que a mi jornada laboral, tras un día tan largo y agotador, aún le quedara tres o cuatro horas de más actividad.

Mi admirada Alice Bailey se levantaba a las tres de la mañana para trabajar. Siempre he admirado a esas personas que influyen al mundo de diferente manera, y cuando lees su biografía, entiendes en parte porqué: trabajo, trabajo, trabajo. Alice llamaba a este tipo de personas el “escuadrón suicida”: servidores de la humanidad que, literalmente, trabajan hasta la muerte, logrando así más en un lapso corto de tiempo.

Con mi condiscípula Mayte hemos acordado estirar aún más los días. Ella se viene a vivir aquí a partir de noviembre. La idea es crear un monacato moderno, con sus propias reglas, y vivir en comunidad espiritual para inspirar algún tipo de respuesta en el campo etérico. A la meditación de las ocho de la tarde y las ocho de la mañana vamos a añadir una más, a las siete de la mañana, acompañada de algún ligero estudio inspirador. El resto del día lo dedicaremos a la construcción de la Escuela, la futura Comunidad y nuestros quehaceres cotidianos en la Casa de Acogida, las editoriales, las terapias, los escritos, …

Cuando Alice Bailey falleció en 1949, no había podido realizar todo lo que ella hubiera deseado, incluyendo la siguiente etapa de formación avanzada de la Escuela. Nosotros no estamos espiritualmente preparados para lograr terminar aquello que ella dejó a medias. Pero sí queremos empezar a poner las primeras piedras para que esa labor la puedan consumar aquellos que lo estén.

La construcción de la Escuela tiene tres dimensiones: la Escuela de Dones y Talentos, la Escuela Media o Preparatoria y la Escuela Avanzada. La Escuela Avanzada pretende recrear el escenario óptimo para que la personalidad reciba la inspiración directamente de eso que torpemente llamamos alma, ánima o consciencia. Recibir esos impactos y ponerlos al servicio de la humanidad es posible, pero se deben dar las circunstancias propicias. En esta nueva era en la que entramos existirán cada vez más lugares que provocarán esta transformación interior.

Nosotros queremos,  muy humildemente, ayudar a construir uno de esos lugares. Queremos ser una avanzadilla suicida que entregue sus vidas a este propósito. Nos mueve una fe ciega, una necesidad de ser útiles al mundo y una renuncia, a veces irracional, a nuestras propias vidas para que la Gran Obra continúe. Esa Gran Obra no es más que la construcción del ser humano completo, la transformación alquímica del animal que llevamos dentro en perfectos humanos, bondadosos, generosos, brillantes.

Para eso hace falta Camino, Presencia, Visión. Pero sobre todo, trabajo, esfuerzo y perseverancia. Ya hemos dado un primer paso sosteniendo bajo la economía del don una Casa de Acogida. En términos interiores, para nosotros se trata de la hospedería que todo buen convento tiene que tener. Pero sobre todo, de un hospital de peregrinos del alma. Un lugar sanador e inspirador que acerque a las personas al verdadero trabajo mágico del alma. Es desde esa visión a la que aspiramos, con la Escuela Avanzada, seguir construyendo la Gran Obra. Eso nos costará la vida, lo sabemos. Pero hace tiempo que no podríamos entender la vida de otra manera. Meditación, Estudio y Servicio. A eso nos debemos, con todo lo que eso significa.

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El desapego de las almas errantes


La personalidad es una distorsión de lo que realmente eres
Sraddha

Cuando haces una mudanza o cuando tienes un accidente o una ruptura sentimental comprendes profundamente el significado de la palabra desapego. Bajo el prisma de esas experiencias, esas que nos destruyen o nos vuelven más sabios, comprendemos al final de esta la importancia de no aferrarnos a nada. Descubrimos la sofisticada ley de la impermanencia, donde nada perdura, donde todo se transmuta, donde lo único que permanece realmente es el cambio.

Las almas son errantes. Deambulan de un lado para otro, de una vida a otra, de una tierra ardiente a otra. Desearíamos aferrarnos a la comprensión de esta creencia, y una vez instalados en ella, actuar como si realmente fuéramos almas. De ser así, todas las cosas se verían de forma radicalmente diferentes. Lo que antes era importante, ahora dejaría de serlo. Tener riquezas o vivir en la pobreza solo serían experiencias. No marcarían el designio de nuestras vidas, porque lo experiencial se puede potenciar cuando tenemos sentido real de su significado. Desde esta otra lógica, entenderíamos que la mayor riqueza sería disponer de nuestro tiempo, y hacerlo a nuestro antojo, de forma libre y desapegada.

Nómadas, errantes, peregrinas. Así son las almas, y así deberíamos ser nosotros. Nuestra vida limitada es un escaparate de posibilidades. Podemos en cada momento elegir radicalmente una nueva forma de vivir, una nueva existencia. Podemos potenciar las experiencias a sabiendas que nos aportarán algún tipo de conocimiento, de miel espiritual. El aprendizaje nos hará crecer hacia alguna parte. Quizás hilaremos los sentidos, afinando cada uno de ellos, y conjugándolos hacia percepciones mayores. ¿Qué encuentra uno cuando mira como alma, cuando siente como alma, sin las limitaciones de la personalidad? Uno se encuentra con la volatilidad de la vida. Como cuando vas a un parque a echar de comer a las palomas, observando lo que ocurre cuando se termina la comida de la bolsa. O como cuando nadas por un río y te dejas llevar por la corriente, como hacen al comenzar el verano en el Ródano los jóvenes ginebrinos.

Lo único que permanece es el cambio. Y cuando no aceptamos esta máxima, sufrimos. Lo que aparentemente era un problema -un accidente, una pérdida, una ruptura- se empieza, tras el demoledor sufrimiento, a convertir en más problemas. No nos enseñan a practicar el desapego. Un alma no tiene más remedio que abrazar esa verdad. Un alma se enfila con su mirada a la tierna sensación de lo perenne en lo inconmensurable. Es la personalidad la que sufre cuando pierde la riqueza, cuando pierde una relación, cuando pierde la salud. Una mirada desde el alma entiende que todo eso no son pérdidas u obstáculos, sino experiencias.

Es difícil entender lo que realmente somos. Por eso nos aferramos a la seguridad de lo que no somos. La seguridad pervierte la libertad de nuestro ser esencial. Nos reprime, nos obliga a falsear la vida, a perderla por algo que nos aleja de lo primordial. Ser como almas, sentir como almas, vivir la vida como almas. Solo de imaginarlo debería ser suficiente para transformar nuestras vidas.

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La elección de una vía


© Kalle Saarikko

En la lejana tundra del rezo. En el pequeño vergel del japa. En las olas oceánicas de cualquier meditación. Allí se encuentra la vía, el camino, el sendero. La gnosis verdadera es una perpetua desnudez. Uno se desnuda en el bosque, danzando entre el fango, entre la hojarasca seca, a los pies del roble. Uno se desnuda también en la columna vertebral de las montañas, simplificando la oración del día a un pequeño recital cotidiano, en una oda que nos recuerda al hogar.

En el llano retumba aún el eco de la saciada brisa. Los rostros callados, mirando fijamente el sol en su resplandor inmediato, cortejando con sonrisas y bailes las promesas del mañana, suspirando entre frases incompletas, esas que gustan tanto a poetas y desdichados artistas.

Uno puede invocar al conocimiento o la devoción. Puede creerse un poco más jnâna o más bhakti, hasta que un día, en la penumbra de una noche cualquiera, sintetiza, integra y absorbe ambas vías. El dualismo desaparece y nace la síntesis. No hay gnosis posible sin belleza. No hay una vía única, sino la posibilidad de integrar todas las vías.

Ocurre en toda nuestra vida. Podemos navegar por la vía del egoísmo o por la vía de la entrega. Podemos dilucidar si viajamos en soledad o en pacífica compañía. No hay amor mejor ni peor, solo oportunidades de expresar amor. Somos majestades cuando imprimimos amor a las cosas. Inclusive amor a nosotros mismos, que somos la morada del alma, de lo supremo. Amarnos a nosotros mismos es cultivar un templo sagrado para que se manifieste nuestro ser esencial. Cuando esto ocurre por la propia belleza de lo que somos, descubrimos entonces que ese ser esencial es síntesis, la síntesis de todos los seres, la unión total con todos y todo.

Por eso la vía gnóstica nos lleva irremediablemente hacia el otro, que es la parte reveladora, la parte más pura y simplificada de lo que somos. En la shanga, en el asrham, en la comunidad, en el amor hacia aquello que nos traspasa y nos penetra, nos revelamos. Porque existimos deberíamos regirnos constantemente hacia una invocación, hacia una interrogación constante. Deberíamos buscar aliento, respuestas y sobre todo, formas de hacer el bien. Lo esencial de todo se encuentra en el vergel espiritual. Y ese vergel consiste en vivir la vida desde la belleza, navegar por ella con sabiduría y empujarla siempre con buena voluntad al bien.

La elección de una vía debería ir siempre precedida por una profunda meditación. Por un deseo que pudiera ser fruto de una insondable intuición, más allá de la protodialéctica que nos conduce en el devenir diario. Debería existir un estado contemplativo que nos permitiera ver. Ver lo que somos, lo que realmente somos, y no lo que creemos que somos. Ver más allá de nuestra apariencia, de nuestros estados de ánimo fluctuantes, de nuestras emociones lunáticas o nuestros pensamientos radiactivos.

La vida es como una copa siempre llena y rebosante. Sus diez mil cosas nos distraen y nos alejan de la vía por la que deberíamos transitar. La vía de la sencillez, de la humildad, del amor infinito hacia lo más cotidiano. Lo sagrado se oculta en esa sencillez. Lo profundo se enraíza entre lo ordinario, sin que sepamos verlo. Vencer la pasividad y el deseo, saltar por los aires del conocimiento y enraizarnos en lo perenne supone avanzar hacia la vía. El discernimiento entre lo Real y lo ilusorio es la esencia de toda vía. Estamos llamados a la unión con lo Real, a nuestra conformidad sobre lo que realmente somos. Debemos saber en todo momento a qué hemos sido llamados, y caminar por esa irremediable senda que conduce hacia la síntesis, hacia el otro irremediable, hacia el nosotros, hacia el Uno Real. Esa es la vía.

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Ordo Liber Spiritus. Hacia la simplicidad de vida y el pensamiento elevado


La jerarquía angélica. Visión sexta del libro del Scivias. Códice de Wiesbaden. Facsímil de 1927.

¡Cientos de jóvenes deberán ir hacia el Norte, Sur, Este y Oeste para cubrir la tierra con pequeñas colonias, demostrando que la simplicidad de vida y el pensamiento elevado conducen a la más grande felicidad!

— Paramahansa Yogananda Beverly Hills, Julio de 1949

Las palabras quedan registradas en el éter. Los hechos, las acciones, quedan para siempre en los corazones que guían a las almas hacia la inevitable luz. Nunca podremos estar saciados cuando has hollado el sendero. Simplicidad de vida y pensamiento elevado. Así deberíamos practicar los caminos, conduciendo entre risas nocturnas y cantos mañaneros hacia la más grande felicidad.

Esas pequeñas colonias ya están naciendo. Aún tímidas, aún recónditas, aún preservadas. Se convierten disimuladamente en las receptoras del Misterio, encajando entre sus secretos mensajes ocultos. Esas colonias serán entrelazadas en el halo perenne, en el infinito sabio que perdura.

Sus constructores resisten. Son la avanzadilla, la resistencia, los constructores. Allí se transmite en todas las largas noches la Ordo Liber Spiritus, como un sacramento, como una promesa, como una esperanza. La transmisión es continua, tiempo tras tiempo, etapa tras etapa. Unos la reconocen, otros la intuyen, todos la abrazan.

Hay que cubrir la tierra de lugares de paz, de amor, de luz, de inspiración. Esas pequeñas colonias, esas recónditas comunidades espirituales deben resguardar el secreto de la vida, del Ser Esencial, la demostración palpable de que el espíritu grupal será en esta nueva era la nota clave. Debemos aproximar la enseñanza hacia esa idea. Debemos procurar los medios para que se materialice. Trabajar duro, hacerlo en alegría, en gozo espiritual, desde la belleza de la más profunda alma.

Sencillez y pensamiento elevado. Es una fórmula compleja. Humildad y sabiduría cogidas de la mano, crean inevitablemente amor y belleza. El secreto más preciado de todo es hacerlo de forma común, alejados del egoísmo y el derroche de solo pensar en nosotros mismos. El reto futuro está aquí y ahora. Abrir los corazones. Simplificar nuestras vidas. Vivirlas en armonía a través del conflicto en forma grupal. No huir por derroteros ni caminos angostos. Solo  enfrentar la vida, vivirla, reírla, disfrutarla, compartirla en compañía y crear con ello el nuevo mundo. Ese será el reto de la nueva Ordo Liber Spiritus.

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Las tres etapas, las siete edades, los nueve ciclos


“Cada ser humano tiene su estrella dentro del Cosmos”. Rudolf Steiner

Hay muchas formas de contar la vida. Me gusta y satisface mucho la manera en que los antropósofos lo hacen: mediante los septenios, una especie de biografía humana particular, una manera de proyectar un acontecimiento cósmico en algo terreno. Es una forma adecuada para entender nuestro progreso humano, pero también nuestra injerencia espiritual, aquello que nos eleva y nos empuja por encima de nuestra condición humana. Podríamos resumir esta biografía de la siguiente manera:

1. Los tres septenios del cuerpo.
2. Los tres septenios del alma.
3. Los tres septenios del espíritu.

Los tres primeros septenios, los del cuerpo, serían los siguientes:

a. Primer Septenio, de 0 a 7 años. Se le conoce como el septenio del cuerpo físico, su desarrollo y consolidación. Está relacionado con el propio nacimiento, el desarrollo de la postura erecta, el hablar, etc…

b. Segundo Septenio, de 7 a 14 años. Está relacionado con el desarrollo del aspecto etérico y la maduración anímica. Se crea una metamorfosis de las fuerzas del crecimiento y el niño empieza a expandirse.

c. Tercer Septenio, de 14 a 21 años. Es el tiempo de la maduración del cuerpo astral, de las emociones y los deseos, de todo aquello que tiene que ver con la interacción social y la conducta, así como el amplio descubrimiento del sexo y su definición.

Los tres septenios del Alma serían los siguientes:

d. Cuarto Septenio, de 21 a 28 años. Es el septenio del autodominio, del alma sensible que empieza a manifestarse con timidez y requiere cierto domino sobre sus impulsos más primarios.

e. Quinto Septenio, de 28 a 35 años. Es el septenio de la autoafirmación, el nacimiento del alma racional que lo invade todo y lo cuestiona todo. Es la reafirmación del yo individual frente a lo colectivo y de la búsqueda de la propia luz interior.

f. Sexto Septenio, de 35 a 42 años. Es el septenio de la autoconfianza, del alma consciente que empieza a desplazar a la personalidad inconsciente.

Los tres septenios del Espíritu serían los siguientes:

g. Séptimo Septenio, de 42 a 49 años. Se le conoce como el septenio del Principiante. Es el tiempo de la acción, empezando a recorrer el largo camino del despertar espiritual. Es el tiempo de enfrentarse con tres de los más grandes impostores: el orgullo, la ofensa y la ambición.

h. Octavo Septenio, de 49 a 56 años. Es el septenio del Maestro, de la fuerza anímica del pensar, de la cual nace el maestro interior que todos llevamos dentro y toda la fuerza y la sabiduría que la madurez nos ha otorgado.

i. Noveno Septenio, de 56 a 63 años. Se le llama el septenio del Sabio, aquel que piensa, siente y actúa dentro del camino de la sabiduría que otorga la vida.

Más allá de este septenio se encuentra el retorno consciente, el desprendimiento, la generosidad absoluta hacia los demás, el vasto campo de la experiencia espiritual sin distorsiones, sin reclamos, sin engaños. Un sabio se desprende de todo antes de morir. Un sabio comparte todo aquello que sabe con el resto.

 

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Carta a Frithjof Schuon


Estimado Frithjof,

Allá dónde estés, todo te parecerá extraño. Debo decir que es excepcional hoy día encontrarse a personas diferentes y superiores, de esas que antaño llamaban cultas, o sabias, o maestros. La inteligencia de estos tiempos de pérdida de sentido, tan acelerada y astillada en lo inmediato, recrea la fealdad de nuestra época. Recuerdo que hace unos años alguien me decía que escribía de forma extraña, y que nadie podría así seguir o leer aquellos pasajes. Pensé que debería entonces hablar de lo cotidiano, con un lenguaje sencillo, nada culto ni enrevesado. Ahora en cierta manera me arrepiento. Diría que reniego de ese pasado literario en el que prostituí la inteligencia para llegar a más lugares, a más corazones, a más habitaciones oscuras necesitadas de calor. Incluso reniego de todas esas obras editadas que lo único que aportaron al mundo fue un aumento del orgullo y la vanidad tan opuesta a la humildad de los verdaderamente grandes.

Cuando descubres de repente a alguien noble, que imaginas rodeado de esa aura especial que recorre a los que han tenido y vivido una vida plena, uno se avergüenza, se siente pequeño, minúsculo, diría que atormentado. Ya nadie desea hablar de la religio perennis, de lo oculto, de aquello que está más allá de lo cultivable., de lo inevitable Me siento algo ridículo, diminuto, ante la grandeza de los antiguos, ante la sencillez de aquellos a los que podríamos llamar verdaderos maestros. Usted diría que hay que espiritualizar el sufrimiento, y podría hacerlo si tanto sacrificio tuviera como recompensa algún destello de luz. No podemos decir que nuestra generación haya sufrido atrozmente como la suya. Nuestras guerras son ridículas en comparación con las suyas, y nuestras causas, casi sin importancia.

La combinación de un carácter imaginativo, la profundidad y la elegancia, junto a una intelectualidad rigurosa abrazada a una sensibilidad artística es algo extraño de ver hoy día. Ya no existe en nuestro entorno inmediato esa musicalidad mística de antaño. Vivir en un mundo a la deriva nos hace pensar en la necesidad de volver a la extrañeza, al esplendor, al renacimiento del espíritu, de la belleza, del arte, a la rompedora revelación y rebeldía mística. Requiere una nueva disciplina y un nuevo rigor, una fuerza profunda capaz de romper lo añejo, lo débil, lo temporal. Falta una nueva concentración intelectual y un nuevo repunte de la acción que equilibre las esferas del pensamiento. La luz de la razón debería volver a guiarnos hacia otro tipo de inquietudes más allá del polvoriento fracaso de nuestra civilización. Una razón guiada, a su vez, por la luz del alma, de aquello que nace de la intuición superior, sin filtros, sin pesadas distorsiones nacidas de nuestras diminutas y atormentadas personalidades.

La espiritualidad de nuestro tiempo requiere también una profunda revisión. La espiritualidad verdadera es lo más fácil y lo más difícil. Lo más fácil, usted mismo lo decía, porque basta pensar en Dios. Y lo más difícil, siguiendo sus palabras, porque nuestra naturaleza caída nos aleja y aparta de Dios mismo, nos hace entrar en su olvido. Dios sigue siendo un nombre excesivamente abstracto y difícil de pronunciar en un tiempo donde se prefiere hablar de Universo o de Energía, o mejor aún, de píxeles y criptomonedas. Es todo tan ridículo. Por eso le admiro profundamente, a usted y a todos los que en siglos pasados tuvieron el coraje de rendir homenaje a la inteligencia, al valor, al compromiso y la responsabilidad de invocar el discernimiento pleno de la extensa vida. Me arrodillo humildemente ante usted, deseándole, allá dónde se encuentre, luz y paz. Sigamos, en silencio, invocando a Dios como un pájaro.

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Hacia una vida normal


“En la soledad la rosa del alma florece
En la soledad el Ser Divino puede hablar
En soledad las facultades y la gracia del
Yo superior pueden echar raíces y
florecer en la personalidad”

Mientras paseaba por las blancas calles, Dolores me llamaba y me invitaba, más allá de mi vida de sacrificio constante, a que tuviera una vida normal, como la de estos días, como la de la mayoría de la gente. Trabajar en la editorial, pasear, tomar una palmera de chocolate, sentarme en la terraza de un bar y degustar algún capricho culinario… Las ciudades antiguas tienen un aire decadente hermoso. Se conserva el aroma de lo añejo, de las riquezas pasadas que aún conservan cierto esplendor oculto.

Mis días de vida normal ya se apagan. Han sido casi dos semanas de descanso anímico. Me levantaba a una hora prudente, trabajaba afanosamente, como antaño, paseaba entre calles aún risueñas, plagadas de gente. Las imágenes se me amontonan con cierto asombro e incredulidad. El barbero pelando al niño con el cigarro en la boca, Rafael, el vecino gitano gritando por las calles y acelerado de un lado para otro mientras la madre, desde el balcón, con un acento acentuado, pronunciaba su nombre a los cuatro vientos. En cualquier esquina una guitarra y ese hondo flamenco de grito agudo y tristeza profunda. La mujer con las palmas mirando con admiración al guitarrista y al cantaor mientras toman una manzanilla o un fino o un oloroso amontillado o el Pedro Ximénez o el Palo cortado. La carta de criaderas y soleras es infinita, legado de aquellos ingleses que dejaron aquí su impronta y algo más difícil de describir.

Lo que más abunda son los bares en esta mi vida normal. Nunca había sido tan asiduo a pararme en ellos, tomar un refresco, un vaso de leche o un zumo. Siempre pasaba de largo, mirando desconfiado a esos curiosos de las terrazas que copita en mano, que mezcla sonrisas con penas dependiendo del día. Pero quería una vida normal e imitar a la gente normal y ver qué pasaba.

Lo cierto es que he podido descansar entre plaza y plaza, mirando las palmeras y las cartas de sherrys abundantes por todas las esquinas. Aquí la luz es diferente, y por un momento me atrevía a imaginarme en un país extranjero. Encontré una relojería, aún abierta, pero sin relojes. Era antigua y miré para entender en qué se basaba su línea de negocio. Había un hombre mayor, de esos que destilan experiencia, de mirada perdida, vestido elegante, con tirantes que aguantaban el peso de los años. Me pareció como entrar en un museo antiguo resguardado por un guardián que se niega a cerrar la persiana, aunque ya no tenga relojes, aunque no venda nada.

En cualquier lugar puedes tomar unos churros calientes, recién hechos. Aquí son finos, delgados, pero abundantes, no como las porras del norte. No importa la hora. También se puede disfrutar de unas excelentes palmeras de chocolate como nunca las había probado antes. Ha sido mi entretenimiento de las tardes, bucear en las elegantes pastelerías en búsqueda de la mejor. La Rosa de Oro ganaba por goleada.

Este lugar es conocido por sus múltiples bodegas. De hecho, ahora estoy escribiendo desde la que fue una de ellas. Hoy pudimos abrir el portalón de esta antigua casa y pude ver la gran bodega que se escondía tras la puerta azul. Me impresionó ver la decadencia de la que hablaba, y me imaginaba viviendo una vida normal al menos una vez al año por estos pasillos lúgubres esperanzados en una gloriosa resurrección. Me da pena que mi anfitriona venda esta hermosa morada. Si conservara algo de capital se la compraba como refugio ocasional, como cueva escondida de vida normal. Pero mi vida de sacrificio, como dice Dolores, me alejó para siempre de estas inversiones. Ahora solo puedo pensar en gestionar ese sacrificio, esa vida algo extraordinaria, pero tan carente de placeres y paseos.

En esta vida normal he podido vivir una necesaria soledad. Estaba agotado, como siempre ocurre tras los veranos en los bosques, y aquí he podido recomponerme viendo como la rosa del alma florece de nuevo. No deja de ser curioso que esa normalidad que a la gente tanto agota, a mí me de cierta vida. He podido en estos días adelantar varios libros, terminar de maquetar la tesis doctoral, ya lista para ir a la imprenta, hacer algunas portadas y poner al día cientos de cosas que tenía pendientes. He establecido una rutina amable, diferente, normal, que me ha permitido sembrar algunas semillas con la esperanza de que retoñen en la próxima primavera. Dos semanas me han sabido a poco, y ojalá, a partir de ahora, pueda revivir con más frecuencia esta nueva normalidad.

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Después del mar no hay nada


En la exposición de cuadros y peces había mucho más. Estaba Nono, amigo íntimo de Isaías, el Chapas, el cual contaba con rostro estremecido la difícil tarea de ser verdadero. La identidad suplantada es todo aquello que hacemos cuando dejamos de ser. Esas cosas que completan nuestras vidas pero que no nos dejan aspirar a mostrar lo que hay dentro de nosotros, lo que somos realmente. Isaías quería ser marinero pero su vida estaba encerrada entre lazos familiares y lealtad al negocio de su padre. No quería ser chatarrero, quería lanzarse al mar. El artista Alfonso Doncel explica en sus Aguas tranquilas esta metáfora de Isaías.

El amigo Nono, un reputado empresario que quería ser actor, cuenta desde esta hermosa bahía la desgarradora historia: “Isaías pasó su vida en una chatarrería, obligado a trabajar junto a su padre. En su encierro soñaba, todos los días de su existencia, con ser pescador. Desde bien joven, en su tiempo libre y a escondidas, hacía peces de metal. De ferralla, con restos de chapa y alambre. Encolerizado, su padre se los quitaba y, los días de limpieza, obligaba a Isaías a arrojarlos al mar de la bahía. El Chapas, ya anciano, jubilado de la chatarrería y demenciado, pasó sus últimos años pescando… los mismos peces que durante años arrojó al agua”.

La metáfora es dura, casi delirante, porque refleja nuestra propia insatisfacción humana, aquello que nos aleja de la higiene del alma, de la belleza del espíritu, de aquello que los utópicos buscaban y soñaban para la civilización y nosotros para nuestras vidas. Vivir una vida que no es la nuestra, una vida suplantada, sin apenas libre albedrío para poder elegir. Es delirante pensar que hay mucha gente que no puede elegir sus vidas, o que, de repente, se sienten atrapados en sus sueños de antaño.

Es como si después del mar no hubiera nada. Como si fuera imposible ver el dorso oscuro de los peces que Isaías durante toda su vida tiraba al agua, junto a las olas, en la espuma blanca del salpicar diario. Como si en el lecho arenoso, entre piedras multicolores y destellos de luz tenue los peces hubieran quedado enterrados, y la esperanza de poder volverlos a ver fuera solo un reflejo de nuestra imaginación. Es como si, en definitiva, nuestros sueños se hubieran apagado en las enmarañadas plantas acuáticas de un océano profundo. Como si después del mar no hubiera nada

Es difícil saber qué es aquello que realmente nos procura felicidad. Siempre queremos más, siempre deseamos aquello que no podemos poseer. Nos ocurre en el amor, con el dinero, incluso en los reinos que llamamos espirituales. Siempre queremos más luz, más inteligencia, más sosiego, más felicidad. A veces a escondidas cogemos nuestra ferralla y con restos de chapa y alambre hacemos nuestros peces de metal. Lo hacemos a escondidas, avergonzados, miedosos de que alguien nos arrebate nuestro tesoro y lo arroje a la mar.

Nos gustaría tener talento, algún don. Nos gustaría poder dejarlo todo y volver a empezar, y vivir de ello despreocupados por el resto de nuestros días. Disfrazar nuestras vidas de algo diferente. Mover las fichas hacia otro sentido. Navegar sin rumbo, sin puerto a la vista. O incluso volver a enamorarnos, por eso de sentir la vida y estrujarla hasta el fondo del meollo. Pensadlo bien. En el fondo, nos gustaría poder lanzar nuestra barca al mar, aún a sabiendas de que más allá de sus tonos grises, azulados y verdosos, no hay nada. Nos gustaría, seguro estoy, alejarnos del dócil apego y lanzarnos desnudos a la profunda metáfora. Libres, sonrientes, perseverantes.

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Lo que vio el poeta al anochecer


“No era la realidad de un hombre, sino la realidad del amor la que aparecía posible y esplendorosa ante sus ojos“… Jacinto Octavio Picón

Catalina, la vecina del primero, siempre nos hablaba con añoranza de su amado El Puerto de Santa María, la conocida como ciudad de los cien palacios, en la Costa de la Luz. De pequeño recuerdo las historias que contaba, imaginándome viajando a esos remotos lugares del sur para conocer a viva voz esos relatos. Me imaginaba las casas blancas junto al mar, rodeadas de olores inimaginables, de pescadores, de poetas, de soñadores. El Puerto de Santa María siempre había quedado dentro de mi propio relato infantil como algún lugar al que ir algún día.

Ayer pude hacer realidad ese pequeño sueño infantil aprovechando estos días de trabajo por el sur. Cuando vivía en Andalucía, Cádiz y sus playas remotas siempre se llevaban todo el protagonismo. Desde el otro lado de la bahía podía ver la soñada El Puerto de Santa María. Todos me decían que con el tiempo la bahía había caído en cierta decadencia, y que no merecía ser visitada. Sin embargo, desde el otro lado del mar, miraba siempre melancólico ante la posibilidad de algún día poder pasear por sus calles.

Ese día llegó ayer. En el mayor de los sures, bajo el crepúsculo de un sol otoñal, en el mediodía más cercano al mar, los pinares verdosos flotaban entre las brumas de un calor aún veraniego, mezclándose sus sombras entre carrascos y sabinas, retamas y lentiscos, acebuches y brezos de mar. Las campiñas de alrededor hervían vacías ya de trigo cortado y las casas blancas, aún en su estado de decadencia, parecían relucir como blanca paloma en el cielo.

En las tórridas calles, ya a la fresca, se veían parejas de enamorados deambular sin rumbo, parando algunos a tomar una tapita, una manzanilla o cualquier cosa que pudiera detener el paso del tiempo. El castillo de San Marcos presume de historia. Encierra dentro de sí una antigua mezquita de la cual aún guarda algunos restos, como la mihrab. Me quedé mirando sus paredes coralinas, su historia remota impregnada en el éter de cada una de sus piedras.

En la caleta del Agua, pasado Puerto Sherry por el paseo de la Bahía, llegas a la playa de la Muralla. Allí nos sentamos junto al mar en la Blanca Paloma, disfrutando de las vistas, viendo cómo los grandes buques salen hacia el océano y como en el ocaso del sol, se pueden ver al fondo las aves que viajan a África. Me tomé esa tarde como un paseo veraniego, de esos que este año no he tenido. Como si estuviera de vacaciones, aunque por el día la editorial demandara sus quehaceres y las tardes no sean más que remansos de más trabajo.

Me imaginaba al poeta Alberti paseando por estos lugares y observando todo aquello que uno puede ver con la mirada nostálgica de la edad cuando miras un anochecer junto al mar. Esa tímida fascinación que uno puede sentir por esos momentos en los que pierdes la mirada hacia el infinito, ese lugar que cobra vida entre la línea imaginaria que separa el cielo, del mar. Allí, rebosante de vida, se hundía el Sol, alumbrando con sus restos las aguas tranquilas de la bahía. Ese deslizar es furtivo y misterio, melancólico para aquellos que tuvieron que abandonar sus tierras de origen, como nuestra Catalina, la vecina del primero, que cambió estos majestuosos crepúsculos por el asfalto gris y triste de una gran ciudad. Siento tristeza, mucha tristeza, por aquellos emigrantes que abandonaron por necesidad sus lugares de origen y terminaron en el olvido de la muchedumbre, del asfalto, de la pobreza que uno atesora cuando te separas de lo esencial. Emigrar por necesidad es uno de los males de nuestro tiempo. Te arrebata la vida, te encarcela para siempre lejos de tus atardeceres.

Esta mañana fui a comprar algunas viandas y me paré a tomar un desayuno en la terraza de una gran plaza jerezana soleada y limpia. Lo hice porque es algo que nunca hago, y al ver tanta vida en aquella plaza, me invitó a sentarme, observar y recordar el ocaso de anoche. La filosofía, el pensamiento, la espiritualidad, no tendrían sentido si no fuera por el cúmulo de vida que derrochamos, por las experiencias que podemos disfrutar en un pequeño paseo, en una pequeña plaza, en los albores de una vida ya completa y cuyo significado solo puede ser descrito junto al mar.

Lo que vio el poeta al anochecer, como en el cuento de amor de Herman Hesse, no es tan solo un alarido del alma, sino la victoria de la vida sobre la muerte. El sol, que ayer perecía dando paso a la noche, volvió a renacer por la mañana. Los naufragios y las despedidas de la madurez tienen su recompensa en la acariciada visión del esplendor. El aplomo de los finales es la señal inequívoca de que la vida ha sido vivida. Los surcos de la frente y las mejillas, las manos agrietadas y temblorosas, el caminar lento pero seguro y la mirada… la mirada siempre fija en el mar… Solo hay que cambiar el placer por la música y la sensualidad por la plegaria, como decía Hesse, para darnos cuenta de todo aquello que un poeta puede ver. La realidad del amor, de cualquier amor, es la que aparece siempre posible y esplendorosa ante nuestros ojos.

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Leyes Superiores: la importancia de cambiar la dieta en el Sendero del Discipulado


Nicholas Roerich. Agni Yoga. Diptych. Right part. 1928.

“No me cabe la menor duda de que es parte del destino de la raza humana, en su progreso gradual, el dejar de consumir animales, de igual modo que las tribus salvajes dejaron de comerse entre sí cuando entraron en contacto con otras más civilizadas”. “Leyes superiores” Thoreau

La nave Tierra es una Escuela. En cada ritmo, en cada estación de su prolongada existencia, se rige por una fuerza planetaria que proyecta su influencia en nuestras vidas. Sería ingenuo y atrevido pensar que la evolución humana terminara en el plano mental, en el intelecto, en la razón pura, y que ahí habitaríamos por el resto de nuestras vidas. Nuestra biografía humana es una proyección terrena de un acontecer cósmico que se prolonga en un estadio evolutivo infinito, perenne.

Cuando aprendimos a cocinar nuestros alimentos gracias a la cocción de estos mediante el fuego, nuestra dentadura comenzó a modificarse y nuestro rostro se refinó. Hubo una evolución material significativa que hizo posible una evolución emocional y mental. Un cambio lento y gradual en nuestros intestinos, en nuestra forma de caminar y luego en nuestra forma de comunicarnos. Con el tiempo nos volvimos cada vez más refinados y minuciosos, más sedentarios gracias a las cosechas abundantes. En las culturas más avanzadas, sería impensable encontrar episodios de masacres colectivas o incluso de guerras entre unos y otros. El ser humano ha aprendido a dar significado profundo a la vida, inclusive a la vida de un solo individuo. Con el tiempo, esa sensibilidad se volverá aún más delicada, y ocurrirá lo mismo con la vida animal: será respetada, considerada y protegida. Al igual que alguna vez dejamos de ser animales carroñeros, algún día dejaremos de ser animales carnívoros y el consumo de carne quedará como un resquicio abominable de nuestro pasado animal.

En ese momento, y tras una evolución continua, volveremos a cambiar la dieta, dejaremos de comer animales y volveremos a dar un salto cuántico en cuanto a evolución se refiere. Habrá un nuevo cambio fisiológico, como ocurrió cuando descubrimos el fuego, que a su vez repercutirá en nuestra sensibilidad y en nuestro pensamiento. Cuando dejemos de consumir sangre y carne, el ser humano volverá a evolucionar. La pregunta es, ¿hacia dónde nos llevará ese nuevo refinamiento, esa nueva evolución? La otra pregunta sería, ¿deseo ser partícipe del mismo?

Más allá de la horda de pregoneros que anuncian su propio camino, su propia verdad, existen requisitos básicos y comunes para progresar individual y colectivamente hacia esa nueva dimensión humana. Todos los textos místicos, espirituales, áureos y esotéricos de todos los tiempos hablan de esta segunda ola evolutiva. No subrayan ni marcan concienzudamente sobre la necesidad de provocar este cambio asumiendo cambios en nuestra alimentación, pero dan pistas sobre ello. Algunas tradiciones más elaboradas, de forma aún oscura y compleja, llaman a este salto evolutivo como Sendero del Discipulado. Es una forma abrupta y extraña de indicarnos algo. Algo que está en estrecha relación con nuestro progreso, con nuestra evolución, con nuestra nueva meta como seres humanos. Un lugar, o un estado de consciencia, si queremos llamarlo así, donde desaparecen las creencias, los dogmas, los gurús, los maestros y los guías. Donde uno se encuentra a solas consigo mismo, reflejando el rostro de la personalidad en el espejo del alma.

Para los antiguos, el Sendero del Discipulado era una especie de consciencia que había atravesado las necesidades materiales, emocionales y mentales para establecer su campo de expansión en lo que siempre ha sido llamado lo “espiritual”. Esa nueva consciencia es una orientación expresa hacia lo que todas las tradiciones llaman la vida del alma. Resumidamente, podríamos decir que esa vida del alma es aquella que basa su necesidad no en satisfacer las necesidades materiales, emocionales o intelectuales de cada individuo por separado -hablamos aquí del conflicto de la separatividad-, sino de ese momento de adentrarse, una vez tenido cierto dominio sobre esas anteriores necesidades, en la satisfacción de las necesidades espirituales, en las necesidades del alma. En resumen, en eso que los políticos de hoy en día llaman trabajar para el bien común, el servicio grupal. Ser espiritual no es más que eso. Elevar la mirada más allá de nosotros mismos y empezar a mirar a los otros, al grupo, al colectivo, al ser humano en su conjunto como especie unificada y más allá, a las otras especies como entidades vivas y necesitadas de derechos, respeto y admiración.

Todas las tradiciones espirituales señalan ese camino, esa senda, ese discipulado. Cuando en Oriente hablan de Unión y en Occidente de Unción el significado oculto es el mismo. Iluminación en Oriente y Adumbramiento en Occidente. En el fondo están diciendo lo mismo, desde diferentes visiones y construcciones culturales. Orientar nuestras vidas hacia esa realidad espiritual empieza por lo más básico. Si una vez dejamos de comer carne cruda y nuestras vidas y evolución cambiaron para siempre, ocurrirá lo mismo cuando dejemos de comer carne cocinada y sustituyamos nuestros alimentos de carne y sangre por algo más sano, algo alejado de la violencia, una comida inofensiva que nos acerque a otro peldaño de nuestra evolución inmediata. A nivel individual, nadie puede hollar ese Sendero si no ha atravesado esta premisa tan básica e imprescindible. La creencia contraria es vivir en una mentira acuciante y peligrosa. En otro paso mayor, ocurrirá lo mismo con el alcohol, el tabaco y las drogas.

Un año de travesía para seguir materializando el sueño


«Tu hogar no es donde naciste; el hogar es donde todos tus intentos de escapar, cesan». Naguib Mahfouz

Hace un año hicimos un llamado para crear un grupo simiente que pretendía cocrear la Escuela en su triple vertiente. Una Escuela Preparatoria donde la persona pudiera aproximarse a sus dones y talentos (aquello que nos conecta con nuestro Ser Esencial). Una Escuela Media donde construir un puente entre la vida manifestada y la vida interior, aún por manifestar; y una Escuela Avanzada donde afianzar el sentir interior en la vida exterior mediante la meditación, el estudio y el servicio grupal. Después de un año de duro trabajo y duras pruebas, se creó un pequeño grupo simiente con dos vertientes de trabajo.

El primer grupo creado ha sido el constructivo. La arquitecta Paula facilitó los trabajos de creación de la Escuela y sus edificios. Coordinó y proyectó, junto con la supervisión de los miembros del patronato de la fundación, al resto del grupo compuesto por Franco, Eloy, Daniel, Martín y Víctor. Seis profesionales de la arquitectura han dado forma a un primer proyecto que ha servido de base para presentar hoy mismo al concello de Samos el Proyecto Básico de arquitectura. Si el ayuntamiento está de acuerdo con la propuesta, empezaremos a trabajar en el proyecto de Ejecución con la esperanza de poder empezar las obras a continuación.

Por otro lado, se creó un segundo grupo que durante los próximos años cocreará toda la pedagogía de esta compleja propuesta. Sus coordinadores y facilitadores son dos doctores en filosofía y antropología, Mayte y un servidor, que disponen de algo de trayectoria en los asuntos que les compete. Su labor, más allá de supervisar la construcción material de la Escuela, tendrá que ver con los aspectos pedagógicos, filosóficos y espirituales de la misma.

La idea de crear una escuela diferente, basada en la experiencia interior y en la revelación de la consciencia en su más amplia manifestación desde una simplicidad pedagógica y una propuesta sencilla pero contundente, será el reto de los próximos años. Su trabajo será de magnetizar esta idea para que se manifieste y se plasme en la realidad. Por lo tanto, será un trabajo triple: un trabajo silencioso, de meditación creativa y magnetizadora para provocar las fuerzas que deberán empujar el proyecto. Un trabajo de estudio concienzudo para crear la pedagogía necesaria y un trabajo de servicio desde el cual buscar los recursos necesarios, humanos y materiales, para que toda la idea se plasme en su conjunto.

Por eso queríamos compartir estas noticias con agradecimiento y gozo en el alma. De alguna manera, todo el esfuerzo de este año ha culminado con unos resultados que servirán de base para seguir construyendo el sueño grupal desde la aplicada ciencia del servicio. En este primer ciclo de siete años podemos decir que la casa de acogida está prácticamente terminada y en este segundo ciclo, profundizaremos y construiremos la futura Escuela en su parte material e intangible. Lo haremos despacio, sin prisa, porque queremos crear una propuesta firme, que resista los envites de los tiempos y que soporte una educación renovada, original y adaptada a esta nueva era que se presenta. Un tiempo nuevo requiere de unas ideas nuevas, una visión precisa y una guía para afrontar los retos del futuro.

Y en siete años más, terminado y consolidado el proyecto de Escuela, empezaremos a trabajar durante el siguiente septenio en la consolidación de una comunidad integral, capaz de asumir los retos de la convivencia y los retos de las rectas relaciones humanas desde el trabajo grupal. Un hogar donde cesen todos los intentos de escapar, un lugar donde el corazón esté alineado con la mente y juntos se pongan a trabajar en hacer de un mundo bueno, un mundo mejor. Nos equivocaremos, tropezaremos, pero dejaremos de huir y asumiremos nuestro compromiso y responsabilidad en hacer las cosas lo mejor que podamos. Ese es nuestro reto. Este es nuestro sueño colectivo. A eso hemos sido invitados. Un año después, estamos de celebración. Ahora, a por los siguientes retos.

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Hay un ejercito de ángeles con espadas y antorchas en sus manos


Hieronymus Wierix, San Miguel venciendo al Dragón, 1584.

Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. (Apocalipsis 12:7-9)

La humanidad se mueve de nuevo en una línea descendente en su proceso evolutivo. Es una caída provocada desde la ola de la espiral en la que nos encontramos. La humanidad debe con el tiempo corregir su marcha y entrar en una corriente de vida evolutiva consciente, de generosidad, de dar, espiritual si queremos llamarla así. Los verdaderos iniciados son los que sirven a San Miguel en esa corriente, al regidor cósmico de la luz y el bien desde lo dado, en contra de los seguidores del Dragón, de Ahrimán, de las fuerzas de la oscuridad, que son los que quitan, los que restan, los que oscurecen. Más allá de las leyendas áureas, la gran guerra que se libra en los cielos también se libra aquí en la tierra. Existe un grupo de ángeles encarnados que trabajan en silencio y humildemente para engendrar el bien, la paz y el amor. Cada uno con sus propias armaduras, con sus propias espadas, con sus propias antorchas de luz en sus manos. Cada uno aportando lo que puede para el bien común.

Son enlazadores de mundos. Seres que en silencio trabajan para la Gloria del Altísimo, para el Padre o para el Señor, según lo llaman en cada una de sus tradiciones. Son constructores fértiles de un mundo bueno, personas que entregan toda su cosecha y que no atesoran tesoros donde las polillas y la herrumbre destruyen, sino orbes cargados de manantiales de generosidad. No es frecuente verlos, y menos aún compartiendo en una misma mesa. Pero a veces se tiene el privilegio de estar con ellos, de compartir con ellos, y generar así inspiración para otros. Son transmisores de luz, de consciencia, de paz ardiente.

Por otro lado, hay seres que se comportan como sibilinas gorgonas, como serpientes o dragones que se enredan en sus propias vidas y enredan con bonitas palabras y melodías a los demás. Seres que solo piensan en sí mismos, en sus pensamientos, en sus emociones, en su vida material. Es imposible sacar de ellos un halo de luz, porque su vida gira en torno a ellos mismos y sus entrañas. La batalla del cielo es igual que en la tierra. Mientras unos protegen y animan la paz, el amor y la generosidad, otros solo viven en una maraña de egoísmos y perturbadora oscuridad.

Todos los días deberíamos preguntarnos si somos seguidores de San Miguel o del Dragón. Si recibimos el nuevo día para servir al otro, para ayudar al otro y al mundo, o si por el contrario, solo giramos en torno a nosotros mismos y nuestras pequeñas e infinitas necesidades. Esa es la gran batalla, la batalla de todos los tiempos. ¿Cuánto dedico a la luz y cuánto dedico a la oscuridad?

En estos tiempos de oscuridad es fácil quedar enredados en la maraña de aquellos que hablan de unas cosas y otras pero en el fondo solo hacen eso: hablar. Lo complejo de la espiritualidad de nuestros días es mancharse las manos luchando contra el Dragón. No con un libro ilustrado de bonitas páginas y palabras, sino con una gran antorcha de fuego acompañada de una gran espada. No predicando sobre la vida del Dragón, sino luchando en la cueva oscura contra él, a veces látigo en mano, como un Cristo Cósmico arrojando a los mercaderes del Templo.

Por eso la proclama para este tiempo no es enredarse en interminables capítulos de palabrería, de bailecitos de salón, de cantos gloriosos, sino de pura batalla contra el mal. Y en esa batalla no habrá tregua ni descanso. Por eso, una vez más, harán falta ejércitos de luz, de ángeles con espadas y antorchas en sus manos, arrojando de nuestras vidas todo mal, toda ignorancia, toda ilusión. Brillando la luz en la oscuridad, el bien triunfará. La generosidad, el Dar, es la mayor expresión cósmica, universal. Solo tenemos que mirar la naturaleza, el sol, la propia vida… “Dar” es comprender y fortalecer la línea evolutiva del universo. Darte a los demás, desde tu propio don, es prestar atención al ejército cósmico de San Miguel.

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El problema de la educación


“Dejen correr la imaginación por un momento, e imagínense cómo será el mundo cuando la mayoría de los seres humanos se dediquen a hacer el bien a “otros”, y no se ocupen de sus propias metas egoístas”. Alice Bailey

La cooperación, la compasión y el amor-sabiduría deben ocupar el lugar de las hasta ahora predominantes y valoradas cualidades de la competencia, la autoafirmación y la separatividad. Con esta frase podría resumirse ampliamente el problema de la educación y de la infancia. Podemos decir que los problemas de la humanidad se atajarían si tuviéramos la posibilidad de transformar profundamente todo nuestro sistema educativo. Un sistema educativo gratuito, profundo y universal, entendiendo por universal, capaz de llegar a todas las esferas de la vida humana, a todos los países y a todo el mundo por igual.

Educar en valores como el apoyo mutuo, la cooperación, la inofensividad e inclusive el decrecimiento y la simplicidad voluntaria podrían ser motivos para que las bases de la futura humanidad pudieran cambiar en varias generaciones. El problema de la infancia es básicamente un problema de pedagogía en valores. Educar en valores es pensar en un mañana esperanzador.

No solamente es un problema de educación, sino también de pobreza. La infancia de muchos niños no puede ser consolidada educacionalmente cuando no tienen comida que llevar a la boca. Gran parte de la infancia mundial vive en los umbrales de la pobreza. Erradicar la pobreza extrema es uno de los grandes retos de la humanidad, y para ello, es necesario también una reeducación a gran escala en los adultos, en los gobiernos avanzados y en las políticas de cooperación internacional, con la intención de poder asentar las bases hacia una nueva organización de la riqueza.

Desarrollar de forma paralela una nueva educación y una nueva pedagogía centrará la atención de los nuevos métodos y profesorado. Enseñar a ciudadanos del mundo, a personas libres de prejuicios, de racismos, de estrecheces mentales, de dogmas, de filiaciones políticas, profundizando en el libre pensamiento y en el libre sentimiento. Educar en la rica diversidad de todas las civilizaciones y culturas humanas nos ayudará a convertirnos en parte de esa familia universal, amando nuestra cultura particular, pero haciendo ese amor expansivo hacia las demás culturas y formas de entender el mundo.

La educación debería ser holística. Debería empezar por nuestros hogares, ampliarse a nuestro ámbito familiar y vecinal y seguir por los derroteros de lo universal. Al mismo tiempo, la educación debería ser también espiritual, entendiendo espiritual como la indagación y exploración interior sobre cuestiones fundamentales en el ser humano que atañen a nuestro devenir, nuestro contacto con la naturaleza y con los cuestionamientos básicos de nuestra vida en el planeta. La muerte, la vida y el amor deberían ser sostenidos por esa mirada interior, libre y desapegada.

Nuestra conducta, nuestras emociones y nuestros pensamientos deberán reconvertirse en posibilidades de estudio, de aprendizaje grupal y de excusa para potenciar nuestras cualidades y potencialidades. De ahí la importancia de educar en lo bello, lo verdadero y lo bueno como requisitos para una nueva educación. Las fallas de la educación actual han sido basadas en una mentalidad competitiva, nacionalista y potenciada en el orgullo y la avaricia. La codicia, la ambición y el orgullo son la base de nuestra educación actual, basada en la rapiña, destrucción o invasión de unos pueblos sobre otros o el desprecio del otro como enemigo.

En el Preámbulo de la Constitución de la UNESCO se dice: “Dado que las guerras comienzan en las mentes humanas, es en las mentes humanas donde se deben construir las defensas de la paz”. Es por ello que la educación debe basarse en los valores y principios de la paz. Crear personas comprensivas y amorosas libres de todo tipo de egoísmo y corrupción interior será el futuro que deberemos construir juntos. Ayudar a crear personas que tengan integrado dentro de sí la responsabilidad de dar, de recibir, de ser abierto, tolerante y libre ,será tarea para las futuras generaciones. Ayudar a los niños de todo el mundo en la tarea de ser los custodios de un tiempo y de un mundo que hemos heredado, y que debemos cuidar y mejorar. Es necesario encontrar nuevos caminos, nuevas visiones, y en ello, la educación abrirá puertas a esos nuevos universos.

Equinoccio. Encontrando nuevos caminos


“A todos nosotros diremos: es necesario, necesario, necesario, encontrar nuevos caminos”. Infinito, Vol. II, #84

“Aquél que vuelve su rostro hacia la luz y permanece dentro de su esplendor queda cegado para los asuntos del mundo de los humanos; penetra en el Sendero Iluminado que lleva hacia el Gran Centro de Absorción. Pero aquél que siente la necesidad de adentrarse en ese sendero, pero, sin embargo, ama a su hermano que se encuentra en el sendero oscurecido, gira sobre el pedestal de la luz y se vuelve en dirección opuesta. Vuelve su rostro hacia la oscuridad y, entonces, los siete puntos de la luz dentro de sí mismo transmiten la luz que irradia hacia el exterior y, he aquí que los rostros de los que huellan el sendero oscurecido reciben esa luz. Para ellos ya el camino no está tan oscuro. Detrás de los guerreros, entre la luz y la oscuridad, resplandece…”

Estas palabras recitadas en la luna nueva siempre conmueven. Nos sugiere la oscuridad en la que vivimos, y nos alienta a renunciar a nuestro propio sendero iluminado, a girar sobre el pedestal, volviendo nuestros pasos en dirección opuesta a la luz. Para eso hay que ser un guerrero entrenado, hábil y curtido en mil batallas. Perder el miedo a la renuncia, a la pérdida. Esto no se comprende del todo bien. La personalidad se agita cuando algo de luz le roza. En la oscuridad se está bien. La ceguera nos protege, nos proyecta hacia un entorno cómodo. Pero la luz nos revuelve, nos marca para siempre. Lo más conmovedor es renunciar a la luz, cuando ya se ha abrazado, para volver a la inerte oscuridad.

Equinoccio. Las hojas caen. Los pensamientos se retraen detrás de los párpados. Hay un colapso de la luz. El sendero de retorno se agrieta. Resplandecer en momentos de oscuridad es costoso, arriesgado, difícil. Adentrarse en ese sendero requiere disciplina, calma, paciencia, coraje, desprendimiento, como las hojas de los árboles en este tiempo cíclico. El equinoccio en el que ahora entramos nos reclama con fuerza. El equinoccio siempre es melancólico. La melancolía es hermosa. Es como cuando estás en un momento fronterizo, liminal, un umbral entre la luz y la oscuridad, entre la muerte y la resurrección.

El equinoccio es un momento para encontrar nuevos caminos. Es necesario encontrar esos nuevos caminos. Dejar el sol atrás, la luz, adentrarnos en la oscuridad, activar nuestros siete centros y de alguna manera, convertirnos en un humilde farolillo que indique la dirección, la visión, la búsqueda. En esta época oscura muchos están renunciando a la luz para traer luz. Lo vemos todos los días. Hay personas que se sacrifican. Que ya no esperan nada para ellos mismos. Seres que miran a los demás, aún cansados, con cierta fe y esperanza.

No hay tiempo para ir al Gran Centro de Absorción. Hay que volver el rostro hacia la oscuridad para ayudar a los demás en su caminar. Hay que agitar, hay que remover, hay que señalar, incansablemente. Servir a la luz desde la oscuridad es una bonita metáfora otoñal. Es como ser un fuego constante en las frías y heladas noches de invierno. Como ser un fruto de otoño. Cargado de energía para ayudar a enfrentar la larga jornada. Es la épica de la sustancia incorpórea, la vida que se expresa en los instantes pausados mientras contempla la grandeza de estar vivos. Es prepararse para el frío y la escarcha. Es recogerse, preparar la leña, preparar el fuego y encender el farolillo interior.

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Aquello que hacemos en la vida tiene un eco inmortal


Trasmíteme el deseo de los dioses, me digo mientras miro por la ventana de la cafetería y retengo en la retina la fuerza del fuego en los volcanes isleños. Son las cinco de la tarde. Llevo aquí algunas horas mientras espero a que el mecánico me diga si el coche tiene arreglo o no. Los coches viejos no paran de dar problemas, achaques, averías. Hice malos negocios emocionales en el pasado, que repercutieron a mis malos negocios materiales. Pero respiro profundamente y me entrego a los designios de los dioses.

Todo esto a la víspera de tres viajes esta semana. Preparaba feliz mi viaje al sur de Galicia para tratar temas editoriales. Al día siguiente traslado al norte, para tratar y gestionar el misterio tras un año de ausencias. Y al día siguiente viaje a Madrid para otro tipo de menesteres, de esos de los que no se pueden hablar, simplemente porque nadie los entendería. Ahora todo en el aire, como la vida misma.

Trasmíteme el deseo de los dioses. Lo digo en plural, porque debe haber sobre nosotros una vasta jerarquía celeste. No podría entenderse el mundo de otra manera. La superstición religiosa resulta ser un bálsamo apropiado cuando dignificamos nuestra ignorancia sobre el cosmos y nuestra pequeña oportunidad existencial. Al verme tan pequeñito aquí tirado, en la mesa ausente de una cafetería , buceo en el deseo de los dioses.

La Cruz Cardinal, la Cruz Fija y la Cruz Mutable se fijan hoy en la luna llena de Virgo. He quedado con mis condiscípulos para cierta celebración. Me pregunto qué tipo de influencias pueden ejercer en nosotros los ciclos lunares. La luz es dispersa en las brumas de la noche. Deberíamos celebrar la luz del sol de otra manera. Quizás de una manera más directa, sin intervención lunar. Linda Geddes habla de ello en su libro “Bajo el Sol, la nueva ciencia de la luz solar y cómo influye en el cuerpo y la mente”. Me lo envía Encarna desde Maspalomas. Doy gracias por estos regalos que llegan y me adumbran. Rompen con la rutina, alegran el corazón.

Este fin de semana no fue especialmente especial. Vi una película donde había una frase que me conmovió. La he desvirtuado, pero el héroe de turno la pronunciaba con cierta celeridad: aquello que hacemos en la vida tiene un eco inmortal. Me pregunto qué tipo de eco puede tener este instante, en la cafetería, junto al parque, en el antiguo recorrido francés. Veo peregrinos, ordeno la agenda, miro al vacío, que es como mirar al cielo y ver las estrellas centelleantes en la planicie celeste, más allá de las nubes y la niebla. ¿Será la Tierra plana? ¡Qué cosas! Plana es nuestra mente, nuestra mirada, nuestra sensación de vacío cuando perdemos vida a cambio de instantes. La vida no se piensa, se vive. Desde el libre pensamiento y el libre sentimiento. Libres, vida, cielo, infinitudes, dioses, extraños sucesos en una mesa cuarteada, en un café con música de piano, sin clientes, bajo la esperanza de todos los mañanas.

Me entran ganas de viajar, de volver a ser lo que era, un peregrino angosto, alegre, arriesgado. Pero miro el reloj y el mecánico no me llama, lo cual significa que el coche tiene algo complejo. Al mirar el reloj, me interrogo sobre nuestro propio reloj interior. ¿Qué hora estaré marcando? ¿Cuántas horas de vida me quedarán por delante? ¿Me dará tiempo a percibir con mayor claridad el deseo de los dioses? ¿Y cómo podré, de ser así, servirlos con la mayor celeridad? ¿Seremos inmortales, como ellos, o solo una vaguedad más, algo sempiterno en su imaginación, breve, rezagados de la evolución, átomos cuyas vidas son instantes apagados?

Esta mañana me levanté con mil tareas urgentes. Las atendí una a una. Ir a meditar para conectar con mi yo interior y con el yo grupal. Esto siempre es una urgencia. Realizar el círculo de consciencia para ver cómo está el ánimo de la tropa de voluntarios, cada vez menos debido a la entrada del frío, la humedad, y pronto la escarcha. Desayunar algo. Coger el tractor para limpiar la zona de la futura escuela. A media mañana, ir al ayuntamiento a solicitar permisos para legalizar el pozo del agua, necesario para los permisos de obras de la futura escuela de meditación, estudio y servicio. Vaciar antes el pozo, volverlo a llenar, coger una muestra de agua y llevarla a analizar. Pagar algunos impuestos, redactar una carta para la justificación de la obra de la futura escuela, y a la vuelta, el ruido en el motor, la avería, el mecánico, el quedarme tirado en mitad de la nada, el buscar un lugar donde comer y esperar, esperar alguna señal de los dioses en una cafetería donde alargo las horas mientras el camarero me mira con cierta curiosidad. Mientras alargo las horas le dejo una buena propina. Es una forma de forzar sus deseos y una forma de alargar mi cómoda estancia.

Todo bajo la niebla de este otoño que ya ejerce su influencia. Y bajo la luna llena de Virgo. Supongo que todo esto tendrá algún eco inmortal. Al fin y al cabo, formamos parte de un misterio que aún no somos capaces de gestionar, más allá de la superstición, de la creencia, de la fe, del no saber a ciencia cierta cuántos minutos nos quedan aún de vida. Por eso, ¡oh vida!, mientras espero, trasmíteme el deseo firme de todos los dioses. El significado esotérico de la tensión es “la enfocada e inamovible voluntad” a pesar de las dificultades y las circunstancias. Mi inamovible voluntad sigue firme, trabajando, a pesar de todo, para servir al Plan perfecto de todos los dioses. Aunque sea en una vacía cafetería, bajo la luz del atardecer y un ocaso próximo. Ese es ahora mi eco inmortal.

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En el punto más pequeño, la mayor fuerza


© Per Arne Hovland

¡Mirad, yo os enseño el superhombre! El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra! ¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!
Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche

Creemos dominar la naturaleza, sin embargo, nos decía Bacon, estamos sometidos a su necesidad. Hay una paradoja en ello, porque dichas necesidades, que se antojan infinitas en el ser humano, podría terminar destruyendo nuestra propia naturaleza. La tradición especulativa sobre si terminaremos o no con nuestro planeta se antoja caprichosa, viendo el avance corrosivo del ser humano. Ser “amos” de la naturaleza nos acarrea problemas no tan solo éticos, epistemológicos, políticos, económicos y medioambientales, sino que nuestro concepto del mundo, nuestra visión de cómo son las cosas, está siendo errática.

Crear una cosmovisión diferente es un planteamiento complejo, porque de alguna forma, es ir contra natura. Pongamos el ejemplo de la alimentación. Someter el dominio de millones de años de evolución a un antojo arrojadizo de cambio de dieta por una alimentación éticamente más permisiva es una batalla doble. Primero porque luchamos contra nuestra propia naturaleza y su herencia genética. Segundo, porque luchamos contra la naturaleza objetiva y de la que nacemos, nos movemos y tenemos nuestro ser. La paradoja llega cuando al luchar contra esa doble naturaleza, de alguna forma la salvamos.

La alimentación es solo un ejemplo. Podemos cambiar también la política y la economía, aunque sea de forma experimental, a muy pequeña escala, y ver qué ocurre. Una economía basada en el don, en el decrecimiento y la simplicidad voluntaria podría ser, aún yendo antinatura, a largo plazo, pro natura. La ciencia y la tecnología se han vuelto deterministas y no son capaces de ofrecer, por su propia naturaleza, soluciones plausibles. De ahí que tengamos que esforzarnos desde la necesidad de una nueva visión, hacia soluciones más enlazadas con el azar, lo imprevisible, lo indeterminable o lo ético.

Para ello es necesario no una mente científica, sino una mente creativa, capaz de imaginar mundos posibles alejados de la naturaleza y de la ciencia tecnológica y más enraizado en los valores y la ética. Una ética transhumana, es decir, algo que no se limite a salvar a nuestra especie de una hecatombe, sino que además, incluya en sus soluciones salvar a la propia naturaleza de nosotros mismos. Sería algo así como, siguiendo a Goethe, centrar en el punto más pequeño, la mayor fuerza.

A la idea de Nietzsche de la exaltación del “Übermensch” (el superhombre), habría que añadirle su capacidad ética para transformar su necesidad natural en algo éticamente permisivo. La necesidad es destructiva, porque busca satisfacer, por encima de todo, cualquier tipo de cuestión material o intangible. El ser humano, como la propia naturaleza, tiende a crecer y expandirse, y tan solo cuando esa propia naturaleza entra en degradación, se vence a la ambición ascendente. Solo cuando por la vejez nos debilitamos, carecemos de fuerzas para seguir nuestros mayores impulsos. La ancianidad nos retiene y regula.

Los valores más tradicionales participan en el sometimiento de las personas más débiles a una “moralidad esclava”, a un “espíritu gregario”, nos advertía Nietzsche. Ese espíritu de masa, irracional, que se conduce bajo la guía de las fuerzas inconscientes, son presa de una falta de visión amplia donde se contemple a largo plazo nuestra propia supervivencia. El crecimiento desmedido, nacido de nuestra propia naturaleza desmedida, a largo plazo es contraproducente.

Nuestra madurez moral y espiritual nos debe llevar hacia una visión ética amplia, que permita expresar, al mismo tiempo que contener, nuestra naturaleza más profunda. Contenerla para que su expansión no se convierta en una caja de Pandora, aún a pesar de la esperanza escondida en sus profundas entrañas. Permitirla para no terminar convirtiéndonos en autómatas insensibles y carentes de sueños.

Como decía Nietzsche,“el ser humano es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre —una cuerda tendida sobre un abismo. Un peligroso caminar, un peligroso mirar hacia atrás, un peligroso estremecerse y detener el paso”. En esa disyuntiva tenemos referentes éticos y morales que superaron ese abismo. Pongamos a Buda o al Jesucristo pantocrator como ejemplos. No aspiramos a tanto, pero sí al menos podemos intentar, desde el punto pequeño que somos, aplicar la mayor fuerza. Una fuerza ética, una fuerza revolucionaria, que produzca un cambio significativo en nosotros y por osmosis, en nuestro entorno inmediato. Solo así podremos salvarnos de nosotros mismos, y de nuestra más profunda naturaleza.

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Un corazón amoroso


By Philip Rebstock

“Un corazón amoroso es el requisito principal: Respetar a la gente como a un hijo único; no oprimir ni destruir; no exaltarse a uno mismo aplastando a otros, sino confortando y siendo amable con aquellos que sufren. No pensar ningún mal ni cometerlo, sino por el contrario, pensar en beneficio de todas las criaturas.” [S. W. Laden La, Diario íntimo, 19 de agosto de 1923]

Desde hace unos días el sueño es recurrente. Ella aparece de repente, tan bella y esplendorosa como siempre, se acerca de forma amorosa y sin ningún atisbo de rencor o malicia, abraza todas mis sombras. Me enseña orgullosa todo aquello que compartimos, todo aquello que nos pertenece a partes iguales. Nos contamos cómo nos ha ido la vida e intentamos buscar una solución justa a todo nuestro pesar y angustia. Es un sueño hermoso, de reconciliación, de amistad.

Luego despierto y observo que aún me duele el brazo, que la cama sigue vacía, arropada por un exceso de mantas que aligeran un poco las primeras sensaciones otoñales. Tras la meditación y el desayuno intento hacer alguna tarea. Me atrevo a subir durante una hora al tractor. Lo dejo, es demasiado pronto aún. Ayudo al que puedo y en lo que puedo. A veces dando simplemente ánimos, algún abrazo, alguna esperanza.

Trabajo en la editorial intentando rascar algún euro más para apoyar la casa de acogida. Allí ocurre de todo. Hay menos personas ahora en otoño. Hoy el testimonio de alguien que relataba cómo había vivido en la calle y cómo de alguna forma nosotros le habíamos acogido sin juicio me ha conmovido. Hacía mucho tiempo que no lloraba por nada, pero hoy saltó una lágrima de emoción al escuchar las sinceras palabras de esa persona. No se trata de dar un plato de comida y una cama, sino de dar también esperanza, dignidad, cariño. Quizás eso fue lo que me hizo llorar en silencio. Ese corazón agradecido y amoroso que se mostraba ante los demás de forma vulnerable pero sincero.

Ser amables con aquellos que sufren y no exaltarse con los que abusan de la bondad y la generosidad es algo difícil. La hospedera que hoy terminaba su experiencia de tres meses nos llamaba héroes sin capa. ¿Cómo se puede tanta entrega, fortaleza y fe para soportar todos los avatares del día? Y además sostener una fundación, dos proyectos más, escribir libros, llevar una editorial. Eso me pregunto yo mismo. Noto que las fuerzas menguan, que aquello que antes me liberaba de la presión, los viajes, cada vez son más difíciles. Pero aún me queda vocación a pesar de las trabas, de las dificultades. Aún me queda fe y esperanza.

Por la tarde voy a comprar comida. Los ingresos menguan y los gastos empiezan a aumentar. El otoño es un tiempo de desequilibrio. No lo observo desde la queja, sino desde la prudencia. Las bonanzas del verano desaparecen y llega la supervivencia. Es ley de vida en este lugar donde siempre se tiene que tirar del apaño. Compro materiales de construcción para seguir la obra y a la vuelta recojo a dos personas que se han quedado sin trabajo y prácticamente en la calle. Nos piden ayuda. Cargo el coche con todas sus cosas, incluida una maceta con alguna flor ya casi marchita. Le preparamos una habitación para que descansen, una cena, y mañana será otro día.

Pensar en beneficio de todas las criaturas casi no te deja tiempo para nada. Llego tarde, escribo estas letras para desahogarme y me pregunto si aún me quedará alguna hora para ordenar facturas y albaranes, pensar en el día de mañana y optimizar aún más los recursos. El viernes me toca encargarme de la casa de acogida. Se nos va la hospedera. A estas horas el húmero me duele algo más. Me sube algo la fiebre e intento respirar hondo para absorber del aire algo más de energía, de prana, de éter.

Un corazón amoroso debe estar alerta, nunca sabes cuanta más gente necesitará un plato de comida, una cama, pero sobre todo, fe, esperanza y cariño. Dormiré algo y seguiré soñando con todas aquellas personas a las que no pude ayudar. Con todas aquellos seres a los que dañé sin querer.  Soñaré en la reconciliación y la amistad desde un corazón amoroso, humilde, amable. Así, cuando despierte, podré seguir ayudando a mucha más gente, aunque duela, aunque me quede sin fuerzas, sin prana.

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Cuando sobreviene el esplendor


Joaquín Sorolla, El Bote Blanco, óleo sobre tela, 1905.

«[…] la experiencia del misterio no viene de esperarlo sino de abandonar todos los planes, porque nuestros planes están basados en el miedo y el deseo. Cuando los dejamos caer sobreviene el esplendor.» Joseph Campbell

El miedo y el deseo nos alejan de la vida. Tener planes, certezas y verdades nos apartan del flujo de los ciclos. El universo se sostiene ante una incertidumbre que aún no comprendemos. Su Plan no es perfecto, acabado, absoluto. Se experimenta a sí mismo e improvisa para mejorarse, para encontrar su propio esplendor. Nosotros deberíamos vivir con esa flexibilidad, con esa humildad, con esa sensación de vida inacabada. Deberíamos desprendernos de la rutina y sin vacilar, revolvernos ante la vida para empezar una y otra vez de nuevo. No con el deseo de sentirnos satisfechos, más bien sin deseos, únicamente por la experiencia de sentirnos vivos.

La incertidumbre tiene esa misión. Hacer que la vida nos recorra, nos embriague, nos exprima hasta la última gota. Coger un camino incierto, desviarnos de nuestro plan, aterrizar nuestra nave nodriza, tan cargada de prejuicios, en un lugar engañoso, fortuito, desconocido. Pero ahí están el miedo y el deseo pare tenernos subyugados a una vida vacía, formalizada, normalizada, segura pero triste.

El problema de Occidente, incluyendo en ellos el liberalismo y el comunismo, es que es previsible, organizado, vasallo de un sistema que nos esclaviza a una vida sin márgenes, sin maniobras posibles. El sedentarismo occidental nos abruma, nos supera, no importa del color que sea. Es como si a Ulises le hubieran planificado sus doce pruebas, o como si a Herodoto le hubieran obligado a contemplar el mundo desde una silla, prohibiéndole viajar y relatar las historias que le dieron fama. No, la vida no es una cápsula hermética. La vida no es miedo y deseo. No es un plan perfecto con sus horarios perfectos y sus entradas y salidas programadas.

La vida debería ser un relato alado de aventuras perdidas. No un texto petrificado en una docena de mandamientos que aprendemos a rajatabla desde niños. Nos sabemos todo el abecedario pero ignoramos la forma libre del poema, del bardo, del cantar de los cantares. Hemos olvidado caminar, sentir, experimentar la vida de forma libre y desapegada. No caminamos por miedo, no experimentamos por miedo, no avanzamos hacia nuestros adentros por miedo a descubrir cosas que puedan dinamitar nuestra pétrea vida. El devenir nos asusta, la pérdida atesora en nosotros desconcierto y pavor.

Eso nos aleja de la vida, del calor de la aventura plasmada en una luz resplandeciente. El esplendor de la existencia se aleja de nosotros, cobardes de manual, incapaces de mover un dedo por modificar lo modificable. Nos sería imposible ser partícipes de una Ilíada o una Odisea. La figura de un Ulises se aleja radicalmente de nuestro espejo interior, apagado, inamovible, estático. Eso nos aleja también de la belleza. La belleza, que es una formación armónica de una vida vivida, saludable, desaparece en nuestros tonos grises y arraigados. Buscamos seguridad porque la libertad carece de riquezas y supone siempre pérdida. Pérdida de sentido, pérdida de posesiones, pérdida de aquello que nos hace sentir seguros.

El mundo oral en el que vivimos balbucea. Tiembla. Parpadea. Es una expresión que podemos moldear a cada instante. Podemos ser una rapsoda viva, un poema celeste, una brizna de esplendor. Podemos agitar nuestras vidas y acercarnos al misterio. Podemos alcanzar el descubrimiento del renacer. Abrazar la sustancia, abandonarnos, gozar victoriosos. Podemos volvernos seres espirituales, que es lo mismos que decir, seres vivos, humanos completos, briznas de esplendor.

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Las cuatro libertades


“Libertad de culto”, de Norman Rockwell

CONSIDERANDO […] que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del ser humano, el advenimiento de un mundo en que todos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias. (Declaración Universal de los Derechos Humanos).

El “Discurso de las cuatro libertades” fue pronunciado por el presidente Roosevelt en 1941. Es una síntesis de las “cuatro libertades humanas esenciales”, de las cuales la Carta de las Naciones Unidas se hizo eco: la libertad de expresión, la libertad religiosa, la libertad de vivir sin penuria y la libertad de vivir sin miedo

Es paradójico pensar que un tiempo después debamos tirar de la nostalgia para recordar esos valores que ahora parecen tan difíciles, irreales e imposibles. La crisis del Covid nos ha demostrado que ya no tenemos libertad de expresión ante la inmensa y universal censura en la que estamos envueltos. No existe una completa libertad de sentimiento espiritual o religioso, ya que de alguna manera ese sentimiento se ha pervertido y superficializado hasta el extremo de estar estigmatizado. Vivimos cada vez más en la penuria más espantosa. Un mundo lleno de cosas a costa de ser esclavos de las mismas. Y vivimos con miedo. Miedo a atentados, miedo al cambio climático, miedo a las pandemias, miedo al vecino, al extranjero, el emigrante…

De alguna manera vivimos en la tiranía de la meritocracia. Si no tienes éxito de cualquier tipo eres un auténtico fracasado. Ahí no importan las libertades, pues alejados de toda moral y ética, lo único que importa es vencer, ser el mejor, ser el primero, aunque sea ser el primero en un mundo mediocre. La meritocracia delega al inframundo del olvido a todo aquel que no participe de ella. Lo margina, segrega y separa hasta el punto de ignorar cualquier tipo de justicia, corrompiendo todos los ideales de libertad.

La libertad es elegir todos los días entre el argumento de la corrupción y el argumento de la justicia. La corrupción de nuestro sistema y de nuestra participación en el mismo, el cual cada vez socava más las libertades individuales, o la justicia de luchar constantemente para que eso no ocurra.

En un segundo ciclo de mayor comprensión, la corrupción del egoísmo, que nos lleva al aislamiento y a la reclusión más absoluta, olvidándonos del otro, de la justicia y del valor de poder apoyar, ayudar y animar al otro a realizarse bajo la más alta de las aspiraciones humanas. El advenimiento de ese nuevo mundo al que todos aspiramos debe venir de la mano de la justicia, la generosidad y la libertad más absoluta teniendo siempre presente un mundo humano unido.

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Reflexionen sobre esto


Este escrito es solo una insinuación y una invitación. Somos monjes vestidos de modernidad. Nuestro monasterio es un sencillo bosque. Tenemos una pequeña ermita donde meditamos al alba y en el ocaso. Oramos en silencio, rezamos a los dioses de la naturaleza y dejamos que el Absoluto obre su milagrosa creación en las cosas sencillas. Como los antiguos monjes, también dedicamos horas y horas al estudio, y también a la edición de libros extraños, iconos de la espiritualidad. No ganamos dinero con ello porque no nos mueve un móvil mercantilista. Vivimos de la mendicidad, somos monjes mendicantes, afanados en la pobreza de cada día con el deseo de absorber las riquezas del alma y ayudar con ello al prójimo.

En los trajines de la vida monacal tenemos una casa de acogida. Los monjes de todos los tiempos, los verdaderos monjes, entendían que el ora y la sapientia debían venir acompañados del labora y la caritas. La caridad está mal entendida, por eso a nosotros nos gusta llamarla servicio. Acoger al desconocido, al pobre de espíritu, al que busca la luz entre tanta sombra. Acoger es renacer a la esperanza. La virtud de la acogida enriquece el espíritu de todo ser humano. Es un testimonio vivo de que todos somos hermanos, y de que abrir las puertas de tu casa al desconocido es una obra de esperanza en nosotros. El testimonio de una disponibilidad que muestra una actitud de servicio engrandece nuestra naturaleza a veces ruin y egoísta. La acogida ofrecida con humildad y paciencia despierta empatía y confianza en nuestra condición ancestral.

De alguna manera nos sentimos discípulos en probación. Somos probados todos los días ante los infortunios de la vida. Los discípulos en probación nos acercamos a la deriva de la equivocación, del error, de la caída. Nos levantamos una y otra vez y buscamos luz al mismo tiempo que deseamos ofrecerla.

Editamos en esa búsqueda libros inspiradores que arrojan ánimo a la mente curiosa, y también guía. “Reflexionen sobre Esto” es una invitación a la ciencia del alma, a la ciencia que ordena la investigación inteligente sobre las causas del misterio. No basta con pensar a Dios, no basta con servirlo, debemos esforzarnos en conocer todos sus secretos, todos sus misterios. Esto solo es posible mediante la especulación filosófica o la intromisión en los secretos arcanos, en la sabiduría perenne de todos los tiempos. Los libros azules nos ayudan a desentrañar parte de esos misterios, y este recopilatorio, el segundo que editamos junto a “Sirviendo a la Humanidad”, nos ayuda a entender la vasta obra de un hermano avanzado a su tiempo. Así se expresan las palabras que luego deberán convertirse en verbo, en casa viviente:

“Gran parte de la enseñanza dada es nueva en su forma, y otra lo es de hecho. Pero hay algo que surge con claridad, y es que las antiguas reglas a las que fueron sometidos los discípulos en el transcurso de los siglos, son aún válidas, pero susceptibles de nuevas y con frecuencia, distintas interpretaciones. El entrenamiento que se dará en la próxima nueva era, estará de acuerdo con el desarrollo más avanzado de la época. Siglo tras siglo el progreso evolutivo presenta una constante madurez y un continuo desarrollo de la mente humana, sobre la cual el Maestro puede trabajar. En consecuencia, las normas del discipulado son cada vez más elevadas. Esto exige en sí, un nuevo acercamiento, una más amplia presentación de la verdad y una mayor libertad de acción del discípulo. El elemento tiempo también es distinto. Antiguamente el Maestro hacía una insinuación al discípulo, o le seña­laba un punto sobre el cual reflexionar y meditar, o le sugería la necesidad de algún cambio en el hábito de pensar. Entonces el discípulo se retiraba -a veces durante años o una vida entera-, cavilaba y reflexionaba, procurando cambiar su actitud sin sentirse presionado. Hoy, en esta época de mayor celeridad, en que la demanda de ayuda por parte de la humanidad es tan manifiesta, la explicación es reemplazada por la insinuación, y se le confía al discípulo información que antes se mantenía en reserva. Se considera que el discípulo ha llegado a una etapa de desenvolvi­miento en que puede hacer sus propias decisiones y avanzar con más rapidez si lo decide.”

https://www.editorialdharana.com/catalogo/reflexionen-sobre-esto?sello=nous

Escribir, pensar, viajar


Joaquín Sorolla. Barcas en la arena. 1908. Óleo sobre lienzo.

Toda la felicidad depende del coraje y el trabajo. He tenido muchos períodos de miseria, pero con energía y sobre todo con ilusiones, los superé a todos. (Honoré Balzac)

Voltaire tuvo la gran suerte de hacerse inmensamente rico jugando a la lotería. Esto le permitió realizar en vida lo que más le gustaba: escribir, pensar, viajar. Este es el sueño de todo visionario que se precie. Disponer de grandes sumas de dinero para poder ofrecer algo al mundo, para convertirse en un Voltaire o en un Bacon. El Petit Volontaire (el pequeño voluntario) pudo filosofar, pensar, viajar y escribir gracias a su pequeña fortuna.

Es cierto que otros con menor suerte crearon grandes obras en la más absoluta de las ruinas, en la más marchita de las pobrezas y en la más profunda de las miserias. Vincent van Gogh, Rembrandt, El Greco, Monet, Cézanne, Franz Schubert, Allan Poe, Oscar Wilde, Emily Dickinson o incluso el mismísimo Sócrates perecieron en la más categórica de las penurias. Siempre me fascinó el ejemplo de un Jesús de Nazaret o un San Francisco de Asís, que hacían apología de la pobreza y enfocaron su mensaje en el amor más incondicional. Bienaventurados los pobres, que decía el maestro.

El valor de la visión, del esfuerzo, del trabajo, de la genialidad, no tiene porqué venir asociado al tener. El tener debería venir asociado al dar. Es decir, tener más para poder dar más, estar llamados a ser felices a quienes son desprendidos interior y exteriormente. La única aspiración de un verdadero visionario es entregar en vida todo lo que posee, a sabiendas de que en el otro lado nada de eso podrá llevarse, excepto la virtud de la generosidad, la entrega y el sacrificio de querer dejar un mundo mejor.

Escribir, pensar, viajar, está bien si con ello atesoras una visión más amplia del mundo que pueda ayudar al resto a ampliar sus estrecheces, su inteligencia o la propia vida. La inspiración de otros debería repercutir en el manto energético de toda la humanidad. El campo etérico debería enriquecerse con la suma de todos nuestros tesoros personales, siempre entregados a los demás, como un elixir que se consigue para compartir con el resto. Como hacen las abejas cuando recolectan afanosamente el polen. No para su beneficio, sino para el beneficio de toda la colmena.

Me gustaría ser un Voltaire porque esas tres cosas son las que más me gustan: escribir, pensar, viajar. Lo único que me diferenciaría sería mi necesidad de compartir. Es por ello que nunca seré rico, por más que jugara a la lotería. Si tuviera cien millones no dejaría de pensar, escribir, viajar. Seguiría haciendo las mismas cosas, invirtiendo todo ese dinero en ayudar al otro no desde un falso ego que pretende cobijar dentro de sí alguna necesidad no cubierta, sino por un amplio sentido de compromiso y responsabilidad con toda nuestra condición humana.

No haría caridad, provocaría más agitación moral, ética y espiritual para que otros emprendieran el camino de la responsabilidad y el compromiso con la vida, con la generosidad y el compartir. Invertiría cien millones de euros para que otros hicieran lo mismo. Agitaría sus consciencias para que la riqueza algún día llegara a todos, y no solo a unos pocos. No tendría nada, porque lo daría todo. Pero sería el pensador, el escritor y el viajero más rico del mundo.

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La parca tejedora


Chicas griegas en la Orilla . 1889. Joaquín Sorolla.

Es fácil hablar sobre la vida, pero resulta extraño hablar sobre la muerte. Ver matar a un toro. Ver matar a un hombre y a su hija en una guerra. Ver matar un león en la sabana por el puro placer de disparar a bocajarro. Ver matar una gallina por se gallina o un conejo por ser conejo para celebrar un instante de sabor. Ver matar a una mujer por ser mujer. Estamos rodeados de muerte. La atraemos a nuestras vidas. En nuestra alimentación. En nuestro temor al devenir. Fumamos para morir antes. Bebemos para morir antes. Sentenciamos a muerte todos los días a seres indefensos. Arriesgamos nuestra vida con actos simples, cuyos errores pueden producir una muerte súbita, un final trágico.

Envejecemos y cuando nos damos cuenta la muerte nos espera en cada esquina, a cada momento. Y, sin embargo, vivimos ignorando su ausencia. Su propio nombre asusta, y para consolarnos, para no pensar en ella, ni en la vida, distraemos nuestra existencia con mil cosas. Dicen que los seres inteligentes piensan a menudo en la muerte para saberse cercanos a la vida, y que los ciegos, los ignorantes, se mueven como langostas ignorando la existencia.

Seamos o no inteligentes, la muerte está ahí, para todos, vestida de frac, de negro, de podredumbre. Nuestros estómagos se han convertido en cementerios vivientes, adumbrando la hora en el que algún día nosotros habitaremos uno. Sin ser del todo conscientes, este mismo instante podría ser el último, el final de todo. Un paro cardiaco, un accidente, un tumor. Cualquier cosa podría llevarnos para siempre. Solo es cuestión de tiempo, de muy poco tiempo.

La muerte es un instante. Como la vida. Civilizarnos no ayuda a comprender la extrañeza de morir. Podemos fantasear con esperanzadores mensajes de supervivencia, de reencarnación, de cielos, de recompensas futuras. Pero realmente nada sabemos. En nuestro más íntimo interior, solo tenemos duda, miedo, incertidumbre, pesadumbre, terror a morir.

Escondemos la muerte. Primero encerrándonos en nuestros últimos años de vida en aparcaderos para ancianos. Allí nos hacinan y nos olvidan. Allí escondemos nuestra vergüenza y nuestro miedo mientras que morimos en el olvido, con olvido. Después nos incineran rápidamente, para no dejar huella, para olvidar que somos finitos y mortales. Ya nadie quiere ser enterrado, ya nadie quiere ser recordado. Morir, solo morir, sin presente, sin pasado, sin futuro.

La muerte es una cesación, un óbito, una extinción, un tránsito. La muerte es Abbaddon el Destructor, la Parca, el Ángel del Abismo. Son las almas que hilan en negro los momentos oscuros y en dorado los dulces, recogiendo con una tijera el momento final. Deberíamos celebrar la muerte por el solo hecho de que estamos vivos. Deberíamos tener presente ese instante final, sea cual sea, sea cuando sea, para celebrar cada momento de aliento. Estamos de racha porque estamos vivos. Podemos respirar, podemos amar o sufrir, podemos sentir dolor o alegría. Ese es el mérito de la vida. Pero nunca olvidemos que la muerte nos espera, nos acecha, nos vigila. Pensar en la muerte es pensar con mayor fuerza en la vida. Soñar con la muerte es sabernos dignos de existir. La muerte en el fondo es hermosa, como esas chicas griegas en la orilla, siempre recordándonos con o sin inteligencia, lo bello que es vivir.

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Sin conexión


A pesar de todo, no tengo impulsos o intentos de escapar. Ni siquiera me quejo de nada. Solo observo, describo e intento averiguar qué se está tejiendo en los planos intangibles para que ocurran tantas cosas. No siento esa épica del temor a la muerte que pudo expresar en su agitada vida el rey sumerio Gilgamesh. El gran héroe de Uruk vivió una vida marcada por la locura, los sentimientos radicales, la ansiedad y el aislamiento. La búsqueda de la inmortalidad tiene sus cosas. En mi caso, es solo una cuestión de aturdimiento otoñal. No puedo quejarme de nada. La inmortalidad puede esperar.

Ayer por fin llegó el piano. Sentí cierta emoción al sentarme junto a él y ver cómo un viejo sueño se cumplía. El tener un piano, aunque sea digital, era uno de mis últimos sueños junto al de tener algún hijo. Lo de la descendencia ya casi lo descarto, a no ser que la vida de una sorpresa inesperada y pueda algún día ver crecer entre árboles y bosques algún pequeño niño salvaje. Recuerdo cuando aquella hermosa novia alemana me propuso vivir en un bosque y tener seis hijos. De haber seguido sus impulsos ahora sería un gracioso padre asalvajado, viviendo una vida extraña en los confines de la Baja Sajonia rodeado de niños y decenas de caballos. Qué raro me resulta años más tarde sentir esa llamada de la selva, y no por aquel entonces, cuando realmente los astros parecían conjurar para que se diera ese ideal.

Ayer también me dijeron que no tenían que operarme el hueso que me rompí hace unas semanas. Los cuidados de estos días han hecho efecto, el brazo está mejorando día a día y no hace falta intervención, solo una lenta recuperación acompañada de cierta rehabilitación. Aún así, desde la gran noticia de hace unos días, aquella que desplomó el ánimo bajo mínimos, parece que no hay manera de reconectar con el mundo. Es como si el otoño se hubiera adelantado unos días, o unas semanas, y hubiera calado en mi interior. Así que reposo, cansado, como un árbol sin conexión con la sagrada luz del sol y dejo que una a una todas aquellas hojas caducas vayan cayendo a la húmeda y oscura tierra. Allí todo se pudre y desaparece, creando el abono que alimentará la próxima primavera. Son los síntomas de los ciclos. Apreciarlos, incluso disfrutarlos, forman parte del paisaje de la vida.

Realmente está siendo una semana rara. Apareció una gotera encima de la biblioteca, nos quedamos sin luz en parte de la casa y perdí la electricidad en la cabaña durante unos días, hasta que encontramos la avería. Para más inri, volvió, cuatro semanas más tarde, nuestro querido ratón. Puntual, a las cuatro de la madrugada, empieza su atareada faena de hacer ruidos insoportables en toda la cabaña, despertándome desde hace tres días y sin poder pegar ojo en toda la noche. Así que arrastro algo de tristeza, cansancio y falta de ánimo por partes iguales.

Hoy también se estropeó el wifi de la cabaña. Estoy sin conexión, tirando improvisadamente de los datos del teléfono. Me da miedo despertarme mañana y comprobar que las cosas pueden seguir empeorando día tras día. Desconectar de la vida del alma, aunque sea por un instante, tiene sus riesgos. Y siento que de alguna manera ando despistado, desconectado, a pesar de la claridad mental y espiritual sobre lo que tengo y no tengo que hacer en este universo de caos y orden cósmico.

Siento como si Endiku, el gran amigo de Gilgamesh, hubiera muerto y yo mismo, imitando al cansado rey, me hubiera exiliado en la taberna del fin del mundo. De alguna forma siento que no encontraré en las inmensidades del océano la planta de la eterna juventud, de la inmortalidad añorada. Mortal, devengo en los porvenires de los astros, y dejo, con cierta ansiedad interior, que el otoño me provea de la podredumbre de las hojas muertas. Sí, ya es otoño aquí en los bosques. Y toca desnudarse de nuevo.

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Poliamor y la ética del putón


Suspiró entonces mío Cid, de pesadumbre cargado, y comenzó a hablar así, justamente mesurado: «¡Loado seas, Señor, Padre que estás en lo alto! Todo esto me han urdido mis enemigos malvados». Anónimo

El rey Filipo de Macedonia tenía un esclavo en la puerta de su dormitorio que todas las mañanas le decía: “Levántate, rey, y piensa que no eres más que un miserable mortal”. Esa mortalidad dejaba entrever muchas cosas, esas diez mil cosas que nos atañen como meros mortales y que no por ello deberíamos desconsiderar. Filipo, como buen griego que se precie, tuvo un final trágico. La tragedia forma parte de la vida, como el amor y la muerte. Sobre la muerte ya tendremos tiempo de hablar, o no. Así que hablemos un poco sobre el amor en nuestros días, que como tiempos de antaño, se ha convertido en otra tragedia griega.

Hay que dejar ir a la gente que no está lista para amarnos, decía aquel. Visto así, parece una frase anticuada, algo así como imaginar el universo supuestamente conocido, en una magnitud diez elevado a 42 respecto de una partícula quark, la más pequeña conocida, que decía el otro. Hablar de amor es como hablar de un galimatías que nadie entiende, por eso nos gusta tanto reducirlo todo al sexo. El sexo es la panacea de lo sencillo, de lo abrupto. Es algo sencillo, más irracional, no necesita de fórmulas matemáticas complejas. Y como ahora habitamos una cultura reduccionista, casi diría que vivimos en una sociedad de estúpidos, pues lo reducimos todo al sexo, porque para amar, para amar hoy día tienes que ser astrofísico, o matemático, o honoris causa en alguna materia compleja. El sexo, sin embargo, es algo que practican hasta las gallinas. No tiene ningún mérito.

Especialmente cuando ves como se está desarrollando el mundo, como está empleando sus fuerzas de liberación en una nueva ética amorosa donde casi se permite todo (cuando digo todo me refiero a todo lo que sea fácil y útil). Lo vemos todos los días. Personas que van y vienen, pasan un tiempo y en un mes se pueden acostar con tres, cuatro, cinco o seis personas diferentes. En círculos estrechos los llamamos depredadores sexuales, pero ese es un término despectivo y obsoleto que no podemos vociferar muy alto. Las autoras del libro “Ética Promiscua” los llamarían putones éticos.

Para ellas no es una forma despectiva de tratar un tema complejo, el del poliamor de nuestro tiempo (ahora se dulcifica así la promiscuidad de toda la vida). En su guía esencial para aquellos que desean explorar las posibilidades del poliamor de forma ética, nos sorprenden sus ideas abiertas y adaptadas a nuestro tiempo.

En el fondo, hay tres tipos de personas: la gente que sueña con vivir en la abundancia del amor y el sexo (los promiscuos de toda la vida), los que prefieren abstenerse de ambos (ahora se les llama singles) y los que median entre el pasado y el presente, intentando llevar a cabo el imposible de amar y ser amado con cierta exclusividad, como antaño.

Hay una compleja y profunda contradicción en esta sociedad superflua donde todo es provisional y líquido, como decía Bauman. Los que viven solos y quieren seguir estando solos se contraen y expanden consigo mismos. Los que desean amar y ser amados en exclusividad han quedado relegados al olvido (demasiados complejos para los tiempos epidérmicos que corren), y el resto, simplemente disfrutan, llenando sus vidas con todo tipo de relaciones que al final, y aquí está la paradoja, les hace sentir vacíos y solos.

Aunque lo parezca, realmente no estamos hablando de fenómenos nuevos. Alejandro Magno, el hijo de nuestro Filipo, tuvo concubinas, amantes, varias esposas, e incluso relaciones homosexuales, que en aquel tiempo era algo normal. El concepto de “amante”, es decir, de aquel amor que nace fuera del contexto familiar o el decorado de pareja, siempre ha existido. Ahora nos quitamos las máscaras y hablamos abiertamente de poliamor, como si esa fuera la mejor forma de adaptarnos a una naturaleza, la sexual, que no somos capaces de dominar o sostener. Más bien lo contrario, preferimos darle rienda suelta, e incluso llamarla “ética” para justificar nuestra falta de control sobre la misma, o mejor dicho, nuestra falta de identidad sobre su estrato superior: el amor.

Para las autoras del libro antes citado, “«putón» es una persona de cualquier género que ensalza la sexualidad de acuerdo con la idea radical de que el sexo es agradable y que el placer es bueno. Los putones pueden elegir tener sexo a solas o tener sexo con un regimiento. Pueden ser heterosexuales, homosexuales o bisexuales, activistas radicales o vivir pacíficamente en barrios residenciales. Así que estamos orgullosas de reclamar la palabra «putón» como un término de aprobación, incluso de cariño”.

Bueno, seguramente Filipo y Alejandro Magno entrarían dentro de esta entrañable descripción. Y cualquiera que, sin ser rey, pueda llevar una vida mundana y simple, sin complicaciones, que a diferencia del sexo de aquí te pillo y aquí te mato, nos permite alejarnos de las complejidades del amor. Lo importante es tener una vida líquida, superflua, epidérmica, sin arriesgarnos a enfrentar las matemáticas del amor, que siempre son complejas e insondables. Y así nos va.

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El dilema de las emociones y el dolor


Hay cuatro caballos salvajes que tiran de nuestro carro anímico, de nuestra vida, de nuestra alma: el de las necesidades materiales, el de las necesidades anímicas, el de las necesidades emocionales y el de las necesidades mentales o intelectuales. El carro representa el cuerpo que sostiene al jinete, a nuestra alma. A veces ocurre que perdemos el control sobre esos caballos, o vemos cómo cada caballo tira para una dirección diferente. Es ahí cuando nace el dolor, la pena y la tristeza.

Miedo, inseguridad, ira, tristeza, amor, alegría, son solo emociones que nos hacen sentir vivos. Sentir es sabernos vivos. Se expresa muy bien en la película distópica Equilibrium: sentir es tan vital como el respirar. Sin amor, sin ira, sin tristeza, la vida es solo un reloj de arena. Y el dolor nos permite crecer, ampliar horizontes y discernir sobre aquello que nos conviene para nuestro progreso.

Los sentimientos son amplios y provocan sed. Esa sed solo podemos saciarla entregándonos a ella. Sin mesura y sin control las emociones son un caos. La posibilidad de abrazarlas, de gestionarlas, de poner cierto control sobre ellas sin intentar anularlas debería ser nuestro reto. Coger las riendas de nuestra vida y domar a nuestros cuatro caballos salvajes, insaciables, buceando para ello en nuestro propósito vital, es la proeza.

Hay un orden ético y moral en nuestras vidas, pero también hay un orden material, vital, emocional, mental y espiritual. A cada caballo hay que alimentarlo de diferente manera. Cuando uno siente una profunda depresión, una profunda tristeza, debe alimentar a su caballo anímico y emocional con especial atención. Debemos atender sus necesidades de igual forma que cuidamos de un niño. Con paciencia, amor incondicional y fortaleza interior para afrontar todo ese devenir disruptivo que nace de cada proceso existencial.

El dolor, el sufrimiento, la tristeza, son emociones que provocan un esfuerzo ascendente de aprendizaje, de contacto con la realidad, de reajuste de nuestras vidas. En este universo de incertidumbre y duda en el que vivimos, un universo cada vez más volátil y líquido, debemos aprender a reorientar nuestras emociones no como algo negativo o penoso, sino como algo que nos acerca a la continuidad del Logos, como una línea de mayor resistencia que nos empuja hacia la cima de lo que somos.

No hay que avergonzarse por estar triste o depresivo. La alegría y la paz interior, junto al amor y la empatía son emociones que siempre nos gusta compartir. Pero no debemos avergonzarnos de otras emociones que expresan dolor o depresión. Esas emociones son un proceso alquímico que mediante el fuego interior aprisionan y destruyen todo aquello que nos impide avanzar. El jugo de la existencia es encontrar aprendizaje donde otros solo ven decadencia, pérdida o ruina.

El dolor es como un arder en la hoguera para luego reinventarnos en la frescura del agua de la vida. El sufrimiento es como viajar a un país lejano donde nos vamos a encontrar de golpe con las riquezas de la eterna generosidad. El árbol sufre con la pérdida de las hojas marchitas, pero resucita en cada primavera para generar más vida y esplendor. Las emociones tienen sus ciclos, sus influencias astrales y estelares, sus ritmos. Identificarlos, abrazarlos y apaciguarlos con el aprendizaje nos ayuda a vencer y sentir la vida. La utilidad del dolor y el sufrimiento es muy útil para el alma humana.

Cuando caemos en barrena, en depresión, es una oportunidad para viajar de la oscuridad hacia la luz, de la esclavitud a la más sublime liberación y de la agonía, a la más sincera paz. El dolor es como un guardián que nos advierte de los peligros de la vida, que nos aleja de aspectos y personas indeseables para nosotros, provocando el rechazo automático hacia aquello que ya no resulta útil para nuestra evolución. El dolor, la pena, la tristeza, el sufrimiento, son agentes purificadores que liberan nuestra alma. Si lo miramos desde esta visión y lo abrazamos, estaremos preparados para volver a escalar hacia las cimas de nuestro espíritu.

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Habrá que esperar…


Corriendo por la playa’, obra de Joaquín Sorolla, 1908.

 

Hay tormenta en los bosques. Algo de viento que empieza a arrastrar las primeras hojas otoñales, aún sin ser aparentemente otoño. El verano se desliza poco a poco hacia su ocaso. Y en ese ocaso lo engulle todo. Las ilusiones, las esperanzas, los amores, la ternura, el aliento. Las parejas que se enamoraron en la playa volverán a sus ciudades. Con el paso del tiempo la mayoría olvidarán esos momentos inolvidables. Los abrazos, la devoción y el afecto con el que se besaban, los rincones secretos. Todo quedará en la matriz del recuerdo, tragados igualmente por otros y otros recuerdos entremezclados que con el paso del tiempo formarán parte de los ingredientes de nuestros sueños inconscientes. Los olores, los colores de aquellos atardeceres, la suave caricia entre sudores. Allí quedó todo, en el otro lado.

Los que no tuvimos tanta suerte no tendremos nada que contar, ni a ningún lugar donde volver. Algunos nos pasamos el verano trabajando, observando el disfrute de otros, soñando quizás con la posibilidad, aunque fuera remota, de zambullirnos en alguna hermosa historia de amor. Rozamos la ilusión, lamimos algunas antiguas heridas aún no fraguadas en las consignas del llanto. Permitimos alguna posibilidad, sin que la misma pudiera ser el resultado de algo exitoso. Más bien un fracaso, quizás por la falta de práctica o por la falta de aquello que dicen que hay que tener cuando la ambición de los caballos supera la fuerza de los dioses.

La escasez de apetencias es un síndrome extraño de la edad. Viene relacionado al número de engaños y decepciones pasadas. Cuantos más engaños y decepciones, menos apetencias. Es como fijar el rumbo hacia un norte que no promete nada y virar rápidamente en dirección contraria. Es como tener un deseo, a sabiendas de su poca posibilidad de éxito, y arremeter contracorriente con la frugalidad de todas las cosas. Todo es frágil y nada prometedor. Es la era acuática en la que vivimos. La era blanda, donde lo sólido ya no existe, y todo se reduce a píxeles de ficción.

El final del verano siempre resulta decepcionante por eso. Es volver a la rutina, a la callada amargura por no haber realizado nada especial excepto tumbarte durante algunos días, acariciar la panza torrada y disfrutar de la pesca, de haberla, en sordos compases. No hay forma de ahorrar tiempo para leer o para escuchar los sonidos perdidos del bosque o los ruidos del campo. Ya todo se va y ya todo se desliza hacia la rutina gris, tendenciosa, apagada.

La metáfora de nuestras vidas es que no somos capaces de estar nunca satisfechos, y queremos más, o lo queremos todo. Aquella persona afable y sonriente no es suficiente. Esperamos siempre algo más. Nos impacientan las limitaciones de nuestro trillado y obsoleto pensamiento consuetudinario. Nos creemos capaces de abarcarlo todo sin darnos cuenta de nuestras pobres limitaciones. Lo queremos todo, y lo perdemos todo.

Aquí en los bosques, ermitaño y estoico, templo la vida a falta de vida, de más vida. Apago las luces del deseo y perduro en la cuenta de lo inadmisible. Me encierro, cada día un poquito más, hacia el silencio abrumador. Ya no puedo ser vocero y actor de la verdad porque la verdad se cuela entre los límites de nuestra propia ficción. Hacemos un relato de nuestra vida que nada tiene que ver con lo envolvente.

Es solo un relato, a veces vacío, ensombrecido por un momento de decepción irrecuperable, y ataviado por la promesa de un mañana que nunca llega. Seguiremos esperando. Vamos a esperar. En pocos meses llegará el nuevo verano, con sus nuevas promesas, con sus nuevas aventuras inconclusas. Este año no hubo una gran cosecha. Habrá que preparar la nueva tierra, con su estiércol necesario, con su siembra irreductible. Esperaremos pacientes y leales como una roca arraigada al lecho de la tierra o como un roble que por su reciedumbre inconmovible, espera paciente el nuevo día. Sí, esperaremos… habrá que esperar…

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Aquel día en el que nació en nosotros la era de Acuario


AQUARIUS, La quinta dimensión con Subtítulos en español.

 

“Para ver un mundo dentro de un grano de arena y el cielo dentro de una flor silvestre, sostén el infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora”
William Blake

¿Os acordáis de aquel momento en el que la persona que os gustaba se marchó con otro y sentisteis cierta paz? ¿Os acordáis cuando parecía todo roto e imposible y de repente la vida brilló como nunca lo había hecho? Ese momento en el que todo parecía perdido y de repente te veías danzando en plena ciénaga, en pleno Apocalipsis como si todo el poder del universo recayera en ti.

Era aquel día en el que la luna estaba en la séptima casa y Júpiter estaba alineado con Marte. Era el día en que la presión de Barg y la electronegatividad del neón se alinearon para guiar la paz de los planetas y el amor universal se consolidaba como la única dirección hacia las estrellas, como la única esperanza posible.

Ese día fue el augurio del auténtico amanecer. Armonía y entendimiento parecían la nota clave de todo ese sentir, de toda esa explosión de poder. La confianza y la simpatía entre los diferentes reinaron por un instante que se hizo infinito. Un infinito sostenido en la palma de la mano, una eternidad que se expresó en aquel momento de lucidez, viendo el mundo dentro de un grano de arena y el cielo entero dentro de una flor silvestre, sosteniendo esa momento único e irrepetible en un rayo de luz cegadora, sempiterna.

Las falsedades y las crueldades parecían alejadas. El dolor, la ira, el engaño, la desilusión. Y sí, nos gustaba aquella persona, pero se marchó para siempre, como si un mar entero la hubiera engullido, como si en esa dejadez y descuido el mundo, en vez de venirse abajo, se reinventara. Amábamos su sonrisa, sentíamos sus abrazos mientras huía hacia otro mundo, hacia otros brazos, había otra vida, hacia otros molinos de viento que la empujaban al septentrion.

Visiones y sueños dorados amanecieron en aquel día de absoluto dolor y abandono. Como si todas las revelaciones del cristal místico nos hubieran hecho comprender el sentido de la vida y todos nuestros pensamientos encontraran la verdadera liberación. Algo poderoso estaba pasando en nuestras vidas y no éramos conscientes de ello.

Dejaste que la luz del sol entrara en ti. Que entrara la luz del sol y de todas las estrellas. En las situaciones más terribles, en los momentos de dolor más extremo, no miraste hacia abajo, miraste hacia arriba y contemplaste la inmensidad del universo. Dejaste que brillara lo más fuerte, lo más poderoso, lo más heroico que hay en ti. Abriste el corazón y cuando no pudiste más, dejaste que la luz del sol cumpliera con su misión más reveladora.

Cuando estuviste solo, abatido, derrumbado, inmerso en la más profunda de las cavernas, te alejaste de esa oscuridad doliente y huiste hacia la luz. Cuando sentiste que habías sido maltratado y todo el mundo se alejaba, resplandeciste.

Es cierto, se marchó, pero al hacerlo, ante la inmensidad del dolor y la impotencia del devenir, resplandeciste. Es ahí, cuando esa persona amada nos abandonó y supimos restablecer nuestra vida desde la compasión y la fe incondicional, cuando empezó en nosotros la verdadera era de acuario. Fue en ese instante cuando pudimos sentirlo, abrazarlo y vivirlo para siempre. Fue ahí cuando entendemos toda la complejidad del cosmos absoluto. Como si todo estuviera contenido en un grano de arena y el cielo dentro de una flor silvestre.

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Que no roben nuestro fuego



Esta mañana me llamaba temprano. Estuvimos casi dos horas de charla continua y llegamos a la misma conclusión: en este tiempo convulso, debemos cuidar de que no nos roben el fuego. Dicho en palabras de la editora del libro de Patrick Harpur, “El fuego secreto de los filósofos”, era un dato para tener muy en cuenta.

Las fuentes órficas siempre nos han ayudado a comprender mediante el mito y la lucubración encubierta, algunos aspectos de nuestra historia. Cuando la humanidad era pura e inmortal, allá por la edad de oro, algunos titanes nos ayudaron a convertirnos en lo que ahora somos: seres mortales, alejados de la inocencia inicial y, por lo tanto, llenos de vicios y virtudes. Eso en parte se lo debemos al titán Prometeo, que tuvo la osadía de robar el fuego a los dioses para entregarlo a los humanos.

Un dios menor es aquel que de alguna manera conserva el fuego. Nosotros somos, para otros reinos, pequeños dioses cocreadores. Conservamos siete pequeños fuegos en nuestro interior que al ser avivados e integrados en una sola llama ardiente, se convierten en una luz poderosa. Pero al igual que los antiguos dioses del Olimpo, sufrimos el robo de nuestros fuegos casi sin darnos cuenta, apagando la identidad y la vida que recorre todo nuestro ser.

¿Qué o quién nos roba ese fuego? Observemos nuestras vidas. Normalmente solemos dedicar gran parte de nuestro tiempo al trabajo. Algo o alguien nos roba uno de los fuegos más importantes de nuestra existencia: el tiempo. Dedicamos entre ocho y diez horas de trabajo al día para ganar un sustento. Eso es una tercera parte de nuestra vida. La noche nos roba la otra tercera parte y normalmente el ocio, la televisión, el chismorreo o la vagancia la otra que nos queda. Cuando nos damos cuenta, hemos derrochado toda una vida en vivir para otros: para un trabajo insatisfactorio, para dormir y para “distraernos”.

Hay pequeñas cosas que van consumiendo nuestros fuegos. La mala alimentación, la ira, la frustración, el sufrimiento, la depresión, la incapacidad de seguir nuestros sueños o anhelos, el entretenimiento, las relaciones tóxicas de todo tipo, el egoísmo, el orgullo, la envidia, los “altos” ideales que consumen nuestra mente… Hay tantas cosas que nos roban nuestro tiempo que nunca nos damos cuenta de ello.

Hay muchos pequeños prometeos que van anulando lo que realmente somos, lo que realmente hemos venido a ser, como si nos fuéramos apagando en vida a medida que el mundo y sus diez mil cosas van apagando cada uno de nuestros hermosos y luminosos fuegos interiores. Es como si todas esas cosas que nos dividen y nos infunden miedo enfriaran nuestro espíritu y apagaran nuestra luz. Cuando nos separan los unos de los otros nos enfriamos. Cuando nos separamos de nuestra llama interior nos enfriamos interiormente.

Por eso debemos aprender a discernir en nuestras vidas, a dedicar tiempo a todo aquello que nos hace luminosos, que nos llena de vida, entusiasmo y alegría. Todo aquello que aviva nuestros fuegos, todo aquello que alimenta y calienta a nuestro espíritu, todo aquello que nos acerca al amor, a las relaciones, a la creatividad como alimento de nuestras llamas. Toda esa llama que somos, libres, relucientes, brillantes, luminosos.

Recordemos a cada instante la noción de tiempo, aquello que nos indica los momentos que aún nos quedan para estar aquí. Es poco, ridículamente poco, y debemos aprovechar hasta el último instante para ser radiantes. Cada segundo, cada minuto, debemos dar lo mejor de nosotros para ser luz, más luz. Cada segundo es una oportunidad única para amar y ser amados, para crear y ser creativos, para, en definitiva, ser pequeños dioses creadores, dadores de luz y amor.

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