Sobre los grupos simiente en la Nueva Era


«Olvidando las cosas que quedaron atrás, sigue adelante» Apóstol Pablo

El trabajo es lento y a veces es penoso, pero la idea es que en los próximos dos o tres siglos, se vayan constituyendo grupos simientes, grupos de trabajos de personas comprometidas con el cambio y la consciencia para que, de alguna manera, el cambio se precipite como una semilla en la mente y los corazones humanos. En este tiempo oscuro, los ensayos son mínimos y complejos, muchos de ellos basados en el carisma o ego de algún líder que somete al resto a sus propias distorsiones. Es lo que hay de momento y es con lo que tenemos que trabajar inevitablemente.

Esos pequeños grupos deben trabajar humildemente por el bien común, por la regeneración humana, por una nueva visión, un resplandor y una guía poderosa para poder avanzar como especie y alma conjunta. Un punto de luz que debe germinar en todos nuestros corazones iluminados. Además, deberá generar un primordial sentimiento de amor y responsabilidad global para que  crezca con fuerza y rotundidad dentro de nosotros. Encerrarnos en nuestros mundos, en nuestra mirada estrecha, es necesario para empoderarnos y emanciparnos de los condicionantes que la vida nos pone por delante. Pero ese empoderamiento inicial nos debe servir de trampolín para ponernos al servicio de la humanidad desde cada una de nuestras posibilidades.

La función inevitable de estos grupos es intuir de forma clara las nuevas ideas y métodos que se deben emplear dentro de la consciencia humana. Intuirlos y anclarlos desde el paradigma del ejemplo y la acción, concretando en cada espacio y tiempo aquello que debe crecer ineludiblemente.

Los diez grupos de inspiración suelen tener muchos nombres, alguno de ellos sería:

1. Los Comunicadores intuicionales.
2. Los Observadores Entrenados
3. Los Sanadores y Terapeutas
4. Los Educadores de la Nueva Era
5. Los Organizadores Políticos
6. Los Trabajadores en el campo de la espiritualidad.
7. Los Científicos
8. Los Psicólogos
9. Los Financieros y Economistas
10. Los Creativos y Artistas

Cada uno de estos grupos tiene un propósito común: el servicio a la humanidad, con la grata recompensa de sentirse unidos y entrenados para que la humanidad avance hacia la paz mundial y la concordia. Disipar el espejismo mundial, custodiar el propósito grupal, sanar la naturaleza humana, atraer conocimiento y sabiduría, actuar ante los problemas de nuestra civilización y nuestro tiempo, buscar la síntesis amorosa que una a todos las culturas en un alto ideal, proteger y potenciar el bienestar de todos los seres sintientes, poner de manifiesto la realidad de la consciencia humana, potenciar el intercambio justo y equilibrado entre todos bajo el principio del compartir y la generosidad y producir síntesis en todos los aspectos del ser humano, son algunas de las tareas diseñadas para dichos grupos.

En el futuro, en las próximas décadas y siglos, habrá muchas iniciativas que pretenderán poner en valor todas estas ideas de progreso y bienestar grupal. Será sabio descubrirlas y apoyar su trabajo, sea el que sea.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Posibilidad


© @fje

Todo es posible. Incluso lo más difícil es posible. Lo arriesgado, lo último, lo indivisible, lo impermanente, lo que nace de lo onírico, de la imaginación, del entramado invisible, es posible. La posibilidad está en todo. Lo vemos en una semilla, potencialmente árbol, flor, perfume. Lo vemos en un átomo, que en sus compuestos más complejos albergan vida, inteligencia, consciencia. Podemos observar la estructura del cosmos y asombrarnos de toda su posibilidad, de toda su potencialidad.

En esa posibilidad inherente de cada destino, existe la dispocisión de poder elegir. La libertad es poder elegir. El tener opciones entre las que escoger, nos hace sentirnos algo más libres que el tener una única vía o alternativa pero, una mente tan limitada como la humana, ¿está verdaderamente preparada para gestionar múltiples posibilidades y elecciones en nuestro día a día? ¿Estamos preparados para gestionar «un exceso» de libertad en lo cotidiano? ¿Aquí, o allí? ¿Ahora, o luego?

Acto y potencia, que dicen los filósofos. Es maravilloso poder sentarse en un sillón, junto al fuego, cruzar las piernas, cerrar los ojos y poder elegir nuestro próximo destino. Es cierto que estamos limitados por espacios y tiempos, pero también es cierto que tenemos la potestad y la potencia de poder destruir esas limitaciones. Podemos ensanchar nuestra mirada, nuestra visión, nuestra perspectiva, y sentir que podemos cambiar nuestro destino, incluso el destino ajeno. Tenemos esa posibilidad, tenemos ese poder.

Elegir entre el abismo y la luz. Esa decisión es constante, y hay momentos en la vida en los que debemos tener determinación para no elegir erróneamente, para no dirigir nuestros pasos, a veces inconscientemente, hacia el oscuro abismo. No siempre es posible. No nacimos sabios, la vida nos enseña a caminar, a tropezar, a levantarnos una y otra vez para volver de nuevo a enfrentarnos a esa fina línea roja que separa una posibilidad de otra. No podemos alternar entre el bien o el mal, solo podemos dirigirnos desde cierta consciencia a eso que potencialmente creemos como correcto.

Albergamos una posibilidad, hospedamos en nuestras entrañas un destino. Potencialmente somos dioses, en acto, mortales que desaparecen a cada instante, a cada segundo, sin saber aún, a estas alturas de nuestra limitada consciencia, si hay o no continuidad, si somos o no, como los dioses, seres inmortales. Cabe la posibilidad, pero solo una entre mil millones de posibilidades. Por eso debemos empeñarnos en aquello que somos ahora, aquí, disfrutar de nuestro exceso o defecto de libertad, siendo útiles, dóciles, amables, amorosos.

Pd.- Hace hoy dos meses tomamos ese camino, esa potestad, esa posibilidad. Mereció la pena, merece la pena, aún a riesgo de estar equivocados, de ser vencidos por nuestros miedos, de ser derrotados por la dificultad. 

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Insha’Allah


La caridad bien entendida empieza por uno mismo, me repite continuamente la amiga Dolores. Y tiene toda la razón. Uno no puede dar lo que no tiene. Y en esta última década di todo lo que tenía y lo que no tenía. Y ahora pienso lo bonito que sería ser rico para seguir dando, sin amasar fortuna, excepto si ese amasamiento sirviera para ayudar a más y más gente.

Lo importante, creo, es dar sin esperar nada a cambio, a poder ser de forma invisible, escondida, anónima. De los miles de personas que han pasado por esta hermosa casa de acogida, menos de media docena ha valorado y agradecido sinceramente todo lo que aquí se ha hecho. Por eso mi conclusión es cada vez más clara a un mes de haber cerrado el lugar: a partir de ahora solo podré dar aquello que tenga. Y ahora no tengo nada, excepto deudas y más deudas por haberlo dado todo y haber dado aquello que no tenía. Y lo siguiente que me llega a la cabeza es: llega un momento en la vida en el que uno tiene que pensar en uno mismo, irremediablemente.

Ayer me dieron una sorpresa impresionante, diría que increíble, pero con ese increíble pronunciado por un murciano o un almeriense, que le pone esa nota de gravedad agudizando así la maravilla en sí. Alguien ha dado el extra, el fuá, para los entendidos, y ha hecho algo asombroso por mi persona que de alguna manera ha logrado equilibrarme, darme paz, sentirme querido y cuidado y amado. Todo esto narrado nace de mi personalidad más agradecida, descansada y equilibrada.

Con el crepitar del fuego, el silencio y la soledad de los bosques, me llega como un susurro el Insha’Allah, lo que Dios quiera, o lo que Dios quiere, que dicen en el islam y que en nuestra lengua traducimos como ojalá u oxalá. El alma siempre nos susurra, sin infringir nuestro libre albedrío. Nos quiere libres para que aprendamos de nuestros errores y aciertos. Siento que es un acierto la caridad bien entendida empezando por uno mismo. Siento también que sería deseable poder dar por exceso y no por defecto, a no ser que seas un santo como San Francisco, que dio todo, es decir, su vida, por una fe y una esperanza por ese reino de los cielos que siempre dicen está entre nosotros.

Es complejo cumplir con nuestra parte en el trato cósmico. Pero de alguna manera había que dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. El camino del medio que decía el Buda, añadiendo además ese practica los caminos. Quizás se trata de eso, de buscar un justo equilibrio para luego transitar los caminos, sean los que sean, sean los que Dios quiera, sea ese Insha’Allah.

Dicho esto, uno merece descansar siguiendo los ciclos de la naturaleza. Ahora toca despedir el otoño y abrazar el invierno. Invernar, refugiarse, cobijarse hasta la próxima primavera y ver qué retoños nacen, qué nuevas esperanzas, qué nueva fe renovada, que mirada profunda hacia el reino de los cielos, que está entre nosotros y eso es lo importante de todo ese mensaje encriptado y único. Servirse a uno mismo es también servir a Dios, porque si no somos un buen instrumento, de poca utilidad seremos para la Gran Obra. Por lo tanto, cuidaros y enriqueceros para luego poder ser útiles y poder dar. Que así sea. Insha’Allah!!!!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

La tierra es un lugar hermoso


¿No os preguntáis sobre el sentido de la vida? ¿No os paráis a pensar que el universo primitivo se creó por alguna cuestión que ignoramos? ¿Qué sentido tiene toda evolución? ¿Qué ocurre ante una supernova, ante los ciclos inevitables, ante las fugaces llamaradas de cualquier fuego? Si fijamos la mirada hacia el orbe cósmico no podemos más que conmovernos. Si miramos hacia arriba, sentimos el mismo anhelo que nace cuando miramos honestamente hacia dentro de nosotros. Como es arriba, es abajo, decían los antiguos, como es adentro, es afuera. Pero, ¿qué significado profundo encierra esta enseñanza? ¿Qué son esas estrellas y qué son los átomos que nos mantienen en una unidad fija ante tanto vacío existencial entre ellos?

Los cantos de amistad y libertad que forman parte de la Novena Sinfonía “Coral” de Ludwig van Beethoven pueden compararse con los trazos de un Jan van Eyck, un Rafael, un Caravaggio, un Rubens, un Manet o un Rembrandt, por citar solo algunos. Y cada trazo puede compararse a un verso de un Amado Nervo, un César Vallejo, un Borges o un Benedetti. La lista de genios e ingeniosos puede ser infinita en todas las artes y todas las ciencias y todos los tiempos. Y hoy día casi nadie se pregunta por aquello que une esa genialidad y el cosmos circundante. Pocas veces miramos hacia arriba, y por lo tanto, hacia dentro, para descubrir en nosotros esa genialidad, ese don, ese talento, eso que nos une inevitablemente al origen de las estrellas.

Qué inspiradora es la vida cuando nos agazapamos a ella. Mirar la bóveda celeste en la oscura y fría noche, susurrar al oído de la amada un verso adornado de suspiro y rumor, balancear la vida junto al fuego, viendo como las llamas consumen el tiempo, y de paso, intentar abrazar toda la existencia con un apretado interrogante sobre la importancia y la urgencia del vivir.

Hay paz interior ante los cantos de amistad y libertad, de amor y compartir cómplice. Atrapar la tierra con nuestras manos, suspirar sobre ella, sentir que estamos vivos en ese hilo conductor de transmisión vital, perpetuar su canto con la intención de que el milagro sea una y otra vez. En el fondo, es algo maravilloso, a pesar de la dureza que requiere soportar la existencia entera. Si somos generosos, podemos ver que la tierra es un lugar hermoso para vivir. Sin grandes aspiraciones, sin grandes pretensiones, solo vivir, solo estar vivos, en generosidad perpetua con nosotros y con los otros y con toda la grandeza de aquello que nos sostiene en este trepidante y sempiterno viaje cósmico. La nave Tierra, la amada madre que nos protege y nos lleva por el infinito.

Claro que hay sufrimiento y dolor, no debemos acallar eso, ni ser ingenuos. Pero sí agradecidos mientras tengamos un halo de vida. Siempre agradecidos a pesar de las durezas que la existencia nos pone como pruebas. Agradecer haber nacido en nuestro tiempo, en el lugar donde habitamos. Especialmente aquellos que son conscientes de que pueden pasear por las calles sin ser agredidos, en un entorno de seguridad, y pueden asistir a un hospital y ser atendidos y no hipotecar con ello toda su vida. Agradecidos por todo ese bienestar conseguido, y desear que todos los seres sintientes puedan lograrlo.

Vivimos, aunque estemos siempre en la queja, en un planeta hermoso, con sus polos, con sus desiertos, con sus bosques boreales y taigas, los trópicos y las praderas y los ríos y las montañas y la belleza inexplorada de las estaciones, tan acostumbrados a ellas que apenas nos damos cuenta de la profundidad de la nieve, la exquisita otoñada, la sublime primavera y el exuberante y generoso verano. Seamos generosos y demos gracias todos los días, gracias a los dioses, gracias a los misteriosos espíritus de la naturaleza, gracias a nuestra amada Tierra y nuestro imprescindible padre Sol. Gracias al Dios único y verdadero que habita en nosotros, porque como es arriba, es abajo, y una estrella palpita sesenta veces al minuto en nuestro pecho, recordando a cada instante que estamos vivos. Respira, agradece, disfruta de la joya del loto que se despliega aún en el más oscuro de los pantanos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Black Friday Editorial Séneca/Nous/Dharana


Estimados amigos,

este año os animamos a apoyar la labor editorial con estas ofertas. Son pequeños gestos que a nosotros nos ayudan a continuar editando nuestros libros, libros que desean ser puntos de luz, inspiración y aliento.

Gracias de corazón por vuestro apoyo, siempre incondicional.

Pd. Los importes de esta venta se realizarán en la cuenta de la Fundación Dharana: ES54 1491 0001 2121 2237 2325 con la intención de apoyar las cuentas de la fundación. 

 

La resistencia no es solo aguantar sino construir algo nuevo


«Sé suave. No dejes que el mundo te endurezca. No dejes que el dolor te haga odiar. No dejes que la amargura te robe la dulzura. Aunque el resto del mundo pueda estar en desacuerdo, sostén con orgullo tu creencia de que la tierra es un lugar hermoso». ~Iain S. Thomas

Este receso está sirviendo. Es útil. Estamos descansando, estamos renovando energías, propósitos, cambiando cosas de sitio, creencias de sitio, modos inútiles de sitio. Hemos aguantado estoicamente estos años como si de una pequeña resistencia se tratara, en la montaña madre, en la naturaleza salvaje y dura, en las alturas inhóspitas y áridas para el que no tuviera un poco de fortaleza interior. Hemos resistido porque deseábamos construir algo nuevo, un nuevo paradigma. Pero ese algo nuevo se volvió viejo, inútil, inservible, y toca renovarse, cambiar el modelo, el paradigma, como diría Thomas Kuhn en su reconocido libro La estructura de las revoluciones científicas.

Cambiar el paradigma de lo que ya fue revolucionario en su día va a ser complejo. No queremos bajar el listón, sino aumentarlo, profundizar en él para que las estructuras internas sigan modificándose. Construir algo nuevo de lo nuevo, provocando que el sueño del despertar siga adelante, cueste lo que cueste. Los viejos patrones cristalizados de un pensamiento caduco y añejo ya no sirven. Tampoco sirve lo excesivamente revolucionario para los tiempos que corren. Los altos ideales deben encontrar un remedio casero para poder plasmarse con cierta coherencia en el mundo en el que vivimos.

Un nuevo paradigma puede provocar que la revolución o lo revolucionario se vuelva invisible o incluso inservible. De alguna manera, eso nos ha pasado. Lo novedoso, lo milagroso, lo increíble del proyecto al que dedicamos tanto tiempo y recursos, se volvió invisible. Lo importante ya no era lo milagroso ni lo novedosos ni lo increíble de todo lo que hicimos, sino que al final, la conclusión final, es que no había aguacates en el desayuno o arroz integral en la comida. A eso se redujo la constante revolucionaria, el sacrificio, la inmolación que algunos sufrimos por querer participar de en ese cambio de paradigma.

Thomas Kuhn pensaba que la ciencia no puede evolucionar gradualmente hacia la verdad, sino que, de manera a veces dramática, se ve obligada cada cierto tiempo a cambiar cuando un modelo dominante se vuelve incompatible con los nuevos fenómenos. De alguna manera a nosotros nos ha pasado lo mismo. Ya no podemos avanzar porque de alguna manera el pensamiento simiente se ha cristalizado y se ha perdido, en la vorágine de la normalidad diaria, el sentido profundo del mismo. No hay aguacates en el desayuno es el síntoma inequívoco de que la idea ha muerto, y que, por lo tanto, se tiene que hacer algo para resucitarla, para revivirla en ese instante dramático y liminal que toda muerte y resurrección requieren.

El milagro, lo inédito del proyecto, se ha vuelto disfuncional. Requiere una profunda revisión para que siga siendo útil. Requiere una muerte, un receso inevitablemente que provoque una renovación, una profundización en su esencia, un renovado enfoque pragmático y efectivo. La idea romántica creó su ciclo mágico. Ahora toca profundizar en la fortaleza de toda supervivencia. Cada aspecto del maravilloso diseño que inspiró a tanta gente debe ser profundamente revisado, ampliado y mejorado.

Como decía Arthur Miller, Einstein demostró que no hay un tiempo verdadero. El tiempo es un valor relativo que depende de los movimientos relativos del observador. En esa tesitura, se abre un nuevo tiempo, un nuevo y marcado propósito donde los observadores deberán diseñar una nueva realidad. Por eso entendemos que la resistencia no es solo aguantar, sino construir algo nuevo. Crisis – tensión – surgimiento. Es el proceso alquímico de transmutación, transformación y transfiguración. En esas andamos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

¿Tan mal estamos?


© @digalakisphotography

Dicen los expertos que la generación milénica vive en un malestar constante. En una especie de ansiedad y depresión que gira en torno a una rueda de hámster de la que no se puede salir. La falta de perspectiva futura, de incertidumbre económica o la nula aplicación de valores fundamentales podrían ser alguna de las causas. Un narcisismo exagerado por las nuevas tecnologías, donde el yo ante una pantalla adquiere un protagonismo artificioso e irreal, exagerado, crea vacíos existenciales difíciles de rellenar con la purpurina de nuestro tiempo.

Tan mal estamos que estas nuevas generaciones no son capaces de apreciar la profundidad y la sencillez de un atardecer, de un paseo, de una canción, de una buena lectura. Esas pequeñas cosas que sumadas creaban antaño satisfacción, ahora son meros escenarios sin sentido, carentes de motivación. La grandeza de las pequeñas cosas, la belleza de la vida cotidiana desencarna para dar paso a una queja constante, una queja que se va sumando a malestares que arrastramos y que provocan un desequilibrio constante entre nuestra personalidad y nuestra vida circundante, creando incorrectas sinapsis en nuestras mentes cada vez más enfermas.

Salir de esa rueda de hámster es complejo, porque requiere de varios saltos cuánticos y de una gran renuncia y aceptación. Decir basta a la queja, a los traumas, al lamento constante y ponerse manos a la obra con nuestras vidas es algo para lo que no nos han preparado. Las antiguas generaciones, aquellas que habían sobrevivido a guerras y auténticas catástrofes, aprendieron a tener un sentido más optimista de la vida. Habían, de alguna manera, sobrevivido al horror, y eso les hacía disfrutar de ese sentido de supervivencia. Sin embargo, las últimas generaciones nacieron con un bienestar económico inimaginable hasta hace pocas décadas. No tienen ese sentido de supervivencia arraigado y por lo tanto, no tienen entusiasmo por absolutamente nada.

Nada les motiva, nada de lo que ocurre tiene sentido, excepto aquello que pueda engrosar las filas del ego, sumando un “me gusta” más a esa epidemia digital que nos tiene enganchados al maya, a la ilusión más obtusa de cuanto hemos vivido. ¿Qué motivación puede tener alguien que no ha sufrido la aparente pérdida? ¿Qué clase de epidermis puede tener una generación cuya única preocupación ha sido la de estar a la última en tecnología?

Hay una desorientación total a todos los niveles. Cuando lo material se impone a lo esencial, la distorsión provoca quiebra, ruptura y confusión. Al alejarnos de lo esencial y surfear constantemente en lo epidérmico, rompemos con el hilo conductor de la existencia. Sin darnos cuenta, enfermamos día a día por esa falta de conexión profunda con lo esencial de la vida. No damos importancia a algo tan sencillo y radical como el respirar, a algo tan profundo y único como un amanecer.

Más allá de las creencias que podamos albergar dentro de nosotros, podemos intentar ofrecer un estímulo superior a nuestras aspiraciones. Bucear en algún tipo de don o talento que nos haga conectar con el principio universal de ser útiles al mundo, a nosotros mismos, a nuestro entorno. Ser útiles como motivación especial. Ayudarnos a nosotros mismos en mejorar y perfeccionar nuestras vidas para ayudar con ello a los que nos rodean. Intentar hacer de un mundo bueno, un mundo mejor, primero en nosotros, inevitablemente, y luego en los demás.

Alejarnos de la queja como un mantra diario y cambiar esos postulados por positivas imágenes, “como sí” la vida tuviera un sentido más profundo que debemos alcanzar. Preguntarnos todos los días, ¿tan mal estamos? La ansiedad, el estrés y la depresión constante en la que vivimos nace precisamente de esa falta de conexión con nuestra esencia profunda. Y reconectar con esa esencia es reconectar con la simplicidad de la vida, con la belleza de lo cotidiano, con la suerte y la fortuna de estar vivos, de respirar, de tener la oportunidad de volver a empezar un día más. Recordemos día y noche, ¡estamos vivos! Al recordarlo, al conectar con la respiración, estamos reconectando inevitablemente con lo más esencial de la existencia. Y eso debería ser motivación suficiente para seguir adelante. Hagamos el bien, hagámoslo empezando por nosotros con ilusión y alegría, con estusiasmo y poderosa manifestación de lo que realmente somos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

8 billones… ¿de almas?


Ayer nació el alma número ocho billones. Algo inaudito y algo que debemos atender con cautela. Según las predicciones, en cuarenta años se terminarán las reservas de petróleo. Seguramente para ese momento ya estarán en marcha los primeros reactores de energía de fusión y el carbón, el gas y el petróleo habrán sido sustituidos por hidrógeno y electricidad procedentes de energías limpias. Habrá una revolución energética, pero hasta que llegue, habrá una o dos o tres grandes crisis.

La población también seguirá creciendo, a no ser que la propia naturaleza, a base de fiebre (calentamiento global), resfriados (cataclismos de toda índole) y virus (todo tipo de pandemias y guerras) regulen ese crecimiento. Suena drástico, pero de alguna manera, nos hemos convertido en una plaga para el planeta, y de alguna manera, el planeta se está preparando para protegerse de nosotros y nuestro afán de destrucción masiva.

Los expertos dicen que el límite de población humana, aquello que nuestro planeta podrá soportar como máximo óptimo rondaría los diez billones de habitantes. Eso ocurrirá, según las estadísticas, en algún momento antes de que termine este siglo. El dato esperanzador es que la población mundial parece que se está regulando, y hemos pasado de tener cinco o seis hijos por pareja como ocurría en los años cincuenta del siglo pasado, a tener una media de 2,44 en esta generación actual. Por debajo de dos, y esa será posiblemente la tendencia futura, la población volverá a regularse hacia la baja.

Si uno tiene ciertas creencias, y subrayo la palabra creencia, sobre la vida después de la vida, inevitablemente se pregunta de dónde han salido tantas y tantas almas. ¿Rezagados de otros sistemas, de otras galaxias, de otras dimensiones desconocidas? ¿De dónde vienen, y por qué han traído vete tú a saber de qué planeta extraño, cosas como el reguetón? Ocho billones de almas respirando al mismo tiempo, a cual conspiración planetaria, encarnadas en un mismo espacio y en un planeta finito. Ocho billones de almas que aspiran a tener un móvil, un bonito coche, una bonita casa y sí, papel higiénico, mucho papel higiénico.

Los milenaristas de nuevo cuño, que a veces nos engañan con astucias y pretenden enseñar con verdades, (la astucia siempre engaña y la verdad enseña), dicen que tantas almas han encarnado en este tiempo para vivir una especie de graduación, de cambio de ciclo, de momento totalmente transformador. Como si todos viniéramos a contemplar un final de los tiempos (aún no sabemos si amistoso o catastrófico) que nos ayudará a crecer como almas. Otros más esotéricos dicen que este crecimiento se debe a que el planeta está desarrollando su campo neuronal, su inteligencia colectiva, y que nosotros somos esas pequeñas neuronas que ayudan a crecer la mente universal, eso que los ilustrados llamaban la unidad psíquica de la humanidad.

Sea como sea, lo cierto es que las alarmas están todas encendidas. Lo hemos visto en la reciente COP27 (la 27 Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) y lo estamos experimentando en nuestras propias carnes con el cambio climático. El problema del agua, de la electricidad, de los recursos limitados, la subida de precios de los derivados del petróleo y el gas, el problema de la vivienda, el problema del hambre mundial, el problema del bienestar material alcanzado e insostenible, ponen entredicho nuestro modelo depredador sin límites. El decrecimiento, la simplicidad voluntaria y la vida sencilla deberán abanderar en un futuro, más allá de creencias o mitos, el cambio necesario. O eso, o se liará, tarde o temprano, muy parda.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El último guardián


La restauración de los misterios es algo complejo, difícil, diría que una empresa imposible en los tiempos decadentes en los que vivimos, en ese desprecio a la luz que transita por lo invisible a favor de la vulgaridad, de lo material, de aquello que llamaban lo positivo, el positivismo. Desdeñar la vida exclusivamente desde los sentidos es limitar el orbe de la existencia a una estúpida razón presumida, egoica, etnocéntrica, sin mayor visión que su particularidad experiencia material. Limitar la vida a ese sentido material de la existencia es dejar atrás el sentido profundo de todo lo que somos.

Recuerdan algunos aquella escena en el que el último guardián templario, el último de los tres hermanos, apenas sin fuerzas para sostener su gran espada, intentaba proteger el misterio que entrañaba el Santo Grial. El precio de la inmortalidad, del secreto, del misterio, es que la reliquia no podía traspasar el umbral del gran sello. Ese precio, ese óbolo, era la carga que el último guardián sostuvo durante mucho tiempo. Es la carga que los guardianes de nuestro tiempo sostienen ante la oscuridad y el materialismo, con ese atomismo de Demócrito tan vacío y yermo que arrasa con todo.

In Deo fiducia nostra, pensaba para mis adentros cuando el último guardián, el último de los tres hermanos, se marchaba entre columnas hacia esa inevitable travesía del desierto. Miraba el cielo lluvioso, el otoño de este tiempo, y me preguntaba cómo transcurrir entre esa necesidad de asaltar el misterio y esa otra de no morir en el intento, ni atropellar con ello nuestra existencia. La decadencia de nuestro tiempo, la decadencia materialista, nos amarra a la supervivencia espiritual en lo secreto, en lo mistérico, inevitablemente.

En el zénit de estos poderosos valles, fijaba la atención en la pesada carga que toda espada que intenta defender la pureza del misterio debe soportar. Lo iniciático y lo fraternal desaparece en las arenas temblorosas de nuestra época. Entre el orden y el caos inevitable, añadía a mi reflexión ese Deus Meunque Ius.

La práctica del servicio para producir cambios sustantivos en el avance de la Humanidad hacia lo Alto, es algo que sin duda se ha olvidado. Regodeados en lo material, nos alejamos de lo consciencial. Los Caballeros Kadosch y los Príncipes del Real Secreto desaparecen. Los Capítulos de Perfección menguan o se mercantilizan en meros adornos insustanciales, carentes de espíritu y de sentido del deber con la Gran Obra, carentes incluso de transmisión de lo perenne. Los Consistorios y las Grandes Cámaras carecen de valor, perdido el sustento espiritual que los sostenía antaño. El gran templo del Sol, escondido en las profundidades atlánticas, ya no es capaz de resolver la promesa del nuevo día. Ni siquiera la ciudad Resplandeciente orienta nuestros días.

Por eso, cuando hoy se marchaba el último guardián, me encomendaba al misterio para resolver la difícil ecuación. Las encomiendas, menguantes, requieren temple. Los hospitales de peregrinos, sus guardianes y cuidadores. La llama, toda llama que se valga, requiere un cuidadoso sustento etérico, pero también una constante consagración y entrega. Si nuestro tiempo sucumbe a la oscuridad, el mundo será acabado. Si la luz resplandece, si el reguero de laureles vuelve a verdecer, habrá esperanza. Aún no hemos sido irradiados ni hemos entrado en sueños. Aún sostenemos fuerte la espada. Aún la llama sigue protegida. Tras la noche, el alba, la siempre inevitable alborada. Seguiremos escondidos en la gestión del Misterio. Como siempre.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Cuando aprendas a volar hará falta cielo…


Primero volar lejos de nosotros mismos. Ausentarnos de nuestro cuerpo, observarlo con incredulidad, con desapego, a sabiendas de que algún día dejará de existir. Alejarnos de nuestros estados de ánimo, pero sin olvidar que el filo hilo de la vida se sostiene bajo la capa etérica de eso que diferencia la vida de la muerte. El ánimo, el ánima, la vida, aquello que nos anima, puede subir o bajar, pero mientras respiramos, es constante. Podemos estar bajo de ánimos, pero podemos también, bajo capa de descanso y cuidados, recuperarlo. El ánimo es lo que nos conecta a la vida, a lo más esencial y verdadero que une a todos los seres en ese hilozoísmo imperecedero. No somos nuestro ánimo, pero atención, lo necesitamos para manifestar nuestras riquezas interiores en el mundo. Lo necesitamos para tener ganas de vivir.

Volar lejos de nosotros mismos también es volar lejos de nuestras pesadas, cansinas y repetitivas emociones. Muchas de ellas basadas en traumas de nuestros primeros siete años de vida. Traumas, heridas, repetición de patrones que no nos pertenecen, y un sinfín de sentimientos que se agudizan dependiendo del estado de salud de nuestro cuerpo y de nuestro ánimo, y también viceversa. Cuidado con las emociones, con enroscarnos en ellas, con asumir que lo que somos, es ese caldo de cultivo feriante, esa noria perpetua que marea siempre que no está disciplinada y atendida.

Qué poderosa atención ejercen las emociones sobre nosotros. La culpa, la rabia, la melancolía, esas ganas terribles de huir de nosotros mismos porque no tenemos herramientas para gestionar nuestra infinita lista de imperfecciones. Volar lejos, volar alto, volar más allá de esas aguas revueltas, o caminar sobre ellas, como hicieron antaño aquellos que dedicaron eones de vidas a superar las tempestades. Caminar sobre las aguas sin dejar que a la primera de cambio las aguas salpiquen todo nuestro mundo, haciendo tambalear nuestros frágiles pilares existenciales.

Volar lejos, volar alto, volar en lo profundo, más allá, mucho más allá de nuestros diez mil pensamientos. ¡Ay ese remolino de viento que va y viene! ¡Ese mono loco indisciplinado y pasajero! ¡Qué tendríamos que hacer para volar alto de todo eso! Quizás meditar, entrar en silencio, no identificarnos con nada de lo que pensamos, con nada de lo que creemos, con nada de aquello que damos por sentado, como si de una verdad absoluta e inamovible se tratara. Quizás solo sentarnos y respirar vida, sentirnos partícipes de la Vida, estar completamente agradecidos a la existencia entera. Fijaros, estamos vivos, ¿por qué eso nunca es suficiente?

Nuestro cuerpo es un traje, nuestro ánimo un cinturón, nuestras emociones un perfume, nuestros pensamientos un complemento. Si pudiéramos comprender eso a cada instante, ¿por qué nos deberían afectar tanto nuestras pequeñeces?

Volar alto y volar lejos y volar profundo y volar hasta el cielo… Y es ahí cuando descubres, en lo más alto, que nos falta cielo, que nos faltan estrellas, que nos faltan mundos para saciar cada uno de nuestros descubrimientos. Cuando volamos lejos de nosotros, pero con nosotros, nos faltan universos a los que llegar en nuestra amplitud, en nuestro estruendo del alma.

El ser infinito tiene siete cuerpos… y los utiliza para cocrear este hermoso mundo… no se regodea en ellos, hace uso de ellos para seguir en el Camino, en eso que los místicos llaman la comunión del Espíritu. Vuela con ellos, como si fueran partes de un traje espacial, de una nave nodriza donde guardar todo tipo de tesoros. Explora mundos, aprende, crece, ensánchate, hasta que te quedes sin cielos. Recuerda a cada instante: estamos vivos. Eso ya es motivo suficiente para sentir plenitud.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Hay una grieta en todo


«Hay una grieta en todo, así es como entra la luz».
Leonard Cohen

Di lo que sientes o esos silencios te harán ruido toda la vida, escribía alguna vez. Pero decir lo que sientes es complejo. Es necesario buscar nuevos caminos, emprender nuevas ondas semánticas para que las palabras que se utilicen no dañen, no infrinjan ninguna ley, no perturben ningún corazón. ¡Ay esa tarea hercúlea la humana! Y cuán difícil encontrar esa grieta por donde entre la luz, por donde ser suave y dulce cada vez que hablamos, que escuchamos, que atendemos, que compartimos algo de nosotros, frágil, a veces inútil, a veces innecesario, a veces imprescindible. No es fácil, porque somos complejos. Y no es fácil porque estamos vivos, sentimos y nos movemos con cierto antojo por dimensiones desconocidas, por diafragmas de enredados sentimientos que se camuflan entre pensamientos y a veces pervertidas experiencias, traumas o indolencias.

Hay una grieta en todo. Cuando algo se rompe, algo de luz entra. Cuando algo se transforma, algo de resplandor produce. Si vaciamos nuestras vidas una y otra vez, hay una implosión necesaria dentro de nosotros. En la ilusión de los hechos transitorios, siempre hay una estaca firme anclada a las profundidades que nos amarra a la vida. Lo esencial de nosotros siempre permanece invariable, aunque en apariencia todo se derrumbe a nuestro alrededor. Es una sensación vertiginosa datar cada instante de anomalía, de destrucción, de perturbada y desesperada impermanencia.

Y luego esas ganas de huir de todo, de no poder o querer o saber enfrentarnos a cada reto, a cada situación de crisis, de estrés, de cambio. Mejor huir al silencio, esos silencios que harán ruido toda la vida por no desenmascarar la naturaleza de nuestras emociones, enfrentarlas a las pruebas de la vida y subyugarlas a la anclada profundidad de nuestra esencia. Ahora me encuentro en uno de esos silencios y me pregunto qué será lo siguiente. Cómo gestionar estas nuevas grietas, estos avatares de la vida, este sentir que deseo expresar para que en el futuro no hagan ruido. De nuevo esa necesidad de kintsugi, la belleza de mostrarte roto sin pudor, sin miedo, sin pensar en el qué dirán, y que cada reparación engrandezca las inevitables cicatrices de la vida.

Los ciclos y el eterno retorno. Cuando la vida te expulsa de su regazo una y otra vez uno aprende a aferrarse a la esencia, al yo esencial. La vida nos agita, nos zarandea, nos destruye con sus leyes inmutables y sus extrañas noches. Danzas tribales golpean en nuestro pecho, poemas inacabados, amores que van y vienen, ángeles que suspiran a veces desesperadamente por no atender a sus cantos. “E que a minha loucura seja perdoada. Porque metade de mim é amor. E a outra metade também”, que decía aquel poeta cantor.

Soy un gran admirador de la Gran Obra. De ese fluir del río cósmico que nace y renace una y otra vez de fuentes desconocidas, de inteligencias que nosotros no somos capaces ni de imaginar, de consciencias sublimes, afiladas, invisibles, ocultas, cuyo sentido ignoramos. En lo bello y lo triste uno no puede esperar a que vuelva el pasado, ningún pasado. Hay que observar con delicado desapego los acontecimientos diarios, agregar e invocar buena suerte y disponer las herramientas para que la forja del trabajo diario sea bueno y permanente. Nuestras cicatrices son nuestro talento. Nuestro talento se expande como la yedra, como los páramos, como los arraigados bosques que inundan de hojas ocres toda la otoñada. Di lo que sientes, y esto siento, bajo la grieta que ahora me asola, observando como desde ella, algo de luz entra.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Antropología de las Comunidades Utópicas


Después de muchos años de esfuerzo pude doctorarme como antropólogo (diría más bien como antropoloco, tal y como me bautizó un colega de profesión). Ha sido una carrera apasionante hacia un mundo indolente (el humano) cargado de aprendizaje y aventura. Como diría Nietzsche en La Gaya ciencia, ha sido como encontrarme ante la sociedad de los últimos hombres, ante las últimas utopías, la de nuestro tiempo, que son necesarias por la urgencia en la que vivimos. Ante la religión de la indolencia y la comodidad, de lo pusilánime, de la sobre exposición de los caprichos del mercado que da la espalda a los desafíos de la transformación y sus ideales, que diría Nietzsche, aquí queda esta muestra de esperanza, de utopía, de esencia que hace que lo humano merezca la pena. Un pequeño elixir, una ambrosía necesaria para seguir viviendo.

Con este libro me despido de mi trabajo doctoral, de mi carrera académica y de mi pedagogía sobre lo utópico. Entraré en un silencio extraño, sin saber muy bien hacia donde me conducirá, como el de Siddhartha de Herman Hesse cuando decidió quedarse junto al río con Kamala. Coincide su presentación con el cierre de un importante ciclo en mi vida que empezó en 2005. Son diecisiete años de utopías, de sueños, de esperanza. Y ahora, el cuerpo y el alma solo piden silencio, reflexión, calma. La utopía de volver a reconciliarnos con el nosotros desde la dichosa distancia de los espacios imposibles.

Sobre el libro podemos decir lo siguiente:

El interés de esta Tesis Doctoral focaliza el análisis de un conjunto de comunidades utópicas contemporáneas desde perspectivas teóricas próximas a la crítica postmoderna. Etnografiadas durante años en diferentes localizaciones de cuatro continentes, este estudio socio-antropológico pondrá de relieve las características, devenir e imagen social de esta compleja y apenas conocida realidad social.

La perspectiva será no solo espacial, es decir, abarcará no solo el “estar allí”, conviviendo con los sujetos utópicos en sus propias comunidades, sino también temporal, ya que se pondrá asimismo énfasis en la continuidad, en la existencia de grupos y comunidades heterodoxas a lo largo de la historia. La nueva critica ética, el problema ecológico y el temor a una inminente cuarta extinción nos guiarán hacia la exploración de creencias milenaristas de nuevo cuño surgidas de los nuevos movimientos religiosos nacidos en la llamada Nueva Era. Un detenido repaso por estos cultos, que con dificultad se ciñen a un patrón reconocible, nos permitirá comprender de qué manera algunas ideas son utilizadas en la llamada era postcapitalista o, para los más críticos, era ecocapitalista. Nos acercaremos a las comunidades utópicas entendiéndolas como reductos significativos de aquella contracultura que se ha alineado con los nuevos tiempos, exploraremos sus espacios simbólicos y su idea de progreso basado, entre otras premisas, en el decrecimiento y la simplicidad voluntaria.

El libro se puede adquirir en el siguiente enlace: 

https://www.editorialdharana.com/catalogo/antropologia-de-las-comunidades-utopicas?sello=dharana

La tercera guerra mundial será psicológica


 

© @razali_ahmadd

Ocurrirá quizás como en el cuento de la rana que va hirviendo poco a poco. Estamos medio dormidos y en esa tolerancia, en esa aceptación incondicional hacia lo que nos impone la moda o los tiempos, de alguna manera nos apagan. No morirán los cuerpos como en las antiguas guerras, morirán las almas. Psicológicamente estamos ya en alguna especie de tercera guerra mundial: la guerra del miedo. En estos últimos tiempos, más allá de todo lo que ha pasado en este planeta convulso, existe una realidad que se repite, casi como una calcamonía, con lo pasado en siglos pasados. La diferencia es que esta vez tenemos mucho más que perder -tan materialistas que nos hemos vuelto-, y tenemos, además, la posibilidad de perderlo todo si a alguien se le ocurre apretar el botón nuclear.

A la pandemia de estos años se añade ahora la locura rusa con Putin liderando algo que nos quiere recordar a la necesidad alemana de tiempos pasados de expandir su territorio con todo lo que eso conllevó. Nunca entenderemos porqué un país tan extenso como Rusia tiene necesidad de más tierra, de más espacio vital. Tiene todo el que necesita. Pero eso ya no importa, lo que importa es que alguien que no está en su sano juicio puede hacer estallar todo por los aires. Nuestros valores, nuestra comodidad material, nuestra seguridad psicológica, nuestras vidas.

A ese miedo se añade el miedo a la posibilidad de una sexta extinción, ya sea por una guerra nuclear o por un cambio climático cada vez más inclemente que acabe con todos. Este verano hemos tenido nuevos avisos de que las cosas no pintan bien. Sequías, inundaciones, incendios y todo tipo de catástrofes que se suman a las que vendrán si no ocurre algo de inmediato. Es cierto que la sociedad, especialmente la sociedad occidental, está haciendo grandes progresos, o al menos, intentándolo, pero para los más optimistas, nada de lo que hagamos será suficiente. La catástrofe parece inevitable y casi inmediata.

Uno se pregunta siempre qué puede hacer para no fomentar el miedo, pero sin ser ingenuo del todo y obviar la realidad circundante. Lo inminente es observar y actuar siempre desde lo pequeño. Aportando ideas, aportando acciones y aportando deseos de cambio. Entablar una relación de amistad con nosotros mismos y con nuestro entorno para generar ese cambio que deseamos ver en el mundo. Alejarnos del miedo sin ser ingenuos ni equidistantes con la realidad es complejo. Algo podremos hacer, aunque sea desde lo más pequeño, desde lo aparentemente más insignificante para dirigirnos hacia ese mundo amoroso del que nos hablaba Fourier.

Desde las relaciones más cercanas hasta nuestra manera de enfrentarnos al entorno, cualquier gesto, por pequeño que sea, nos puede ir alejando del miedo y acercarnos fuera de esa guerra mundial en la que estamos imbuidos. Cuidarnos y cuidar a la gente que nos rodea, empatizar con el mundo sin ignorar sus retos y problemas, buscando siempre maneras de poder potenciar la ecología y el cuidado del planeta.

El cuidado con las relaciones humanas y focalizándonos siempre en las cosas buenas y auténticas, teniendo un marcado pensamiento positivo, nos ayudará a mejorar poco a poco. Algo podemos hacer, algo debemos hacer para que como humanidad podamos vivir una vida mejor, una vida buena, un mundo amoroso y feliz. Todo está en nuestras manos, en las tuyas y en las mías, sin delegar en nadie, sin esperar nada de los otros. Cada uno de nosotros tenemos la obligación moral de propiciar el cambio, inevitablemente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

En lo oculto se encuentra el verdadero saber…


© @hengki_koentjoro_images

“¡Mirad! No me limito a dar discursos o a una pequeña caridad. Cuando doy, me doy yo mismo”. Whitman

Darse uno mismo, inclusive en estas humildes palabras, es una forma de colaborar en la Gran Obra. No se trata de alardear de ego, de personalidad o de circunstancias pasajeras. Más bien, al darnos, estamos construyendo un mundo mejor, un mundo más liviano, más sincero, más transparente. Darse, de alguna manera, es doblegar el tiempo, compartir una esencia, un reflejo de eso que nos suma como especie. Darse a uno mismo, es encontrar el significado profundo de aquello que se encuentra y hayamos en el verdadero saber.

Nosotros mismos somos una parte oculta del verdadero saber. Somos seres pensantes, sintientes, vivientes y andantes. Pero también somos seres integrados en una maraña compleja que inútilmente llamamos mundo espiritual. Lo espiritual siempre es subjetivo. No podemos abarcarlo desde ningún tipo de objetividad válida. Hablar de lo espiritual, de lo que hay más allá del puente que une la consciencia con el cosmos, es intentar estirar una gnosis inasumible. Bucear en nosotros mismos y compartir el resultado de esa búsqueda en incitar al otro a caminar en la senda gnóstica del saber.

Si nos miramos y nos compartimos, estamos compartiendo nuestro bagaje, nuestra historia, nuestra vida. Al abrirnos a los otros, creamos una especie de simbiosis donde crecer, expandirnos y aportar un grano mayor a esta obra inabarcable. Cuando nos encerramos en nosotros mismos, cuando nos aislamos, estamos ocultando algo importante para el mundo. Es apagar una luz que el mundo necesita, una descripción detallada de ese saber que debe ayudarnos a crecer y expandirnos como soles futuros.

Darse a uno mismo es contribuir a que el mundo merezca ser vivido. Si nos empeñamos en dar lo mejor, en ser transparentes y generosos, algo mejora nuestra especie, nuestro tiempo, nuestra cultura, nuestro espíritu común. Poner el candelabro de luz que somos sobre la mesa es abrir una rendija de esperanza a esta humanidad doliente. Dejar de un lado nuestra parte más egoísta para promover aquello que nos hace generosos y dóciles hace que la vida tenga un significado más amplio. Dar lo máximo que somos, lo máximo que tenemos, es dar a la vida algo de lo que diariamente recibimos. Dar vida, dar amor, dar consciencia, es darse a uno mismo, con un retorno asegurado, con una cíclica aspiración de mejora.

Hacer de personas buenas, personas mejores. Ese es el alto ideal de la virtud, del ser humano completo que aspira a crecer más y más hacia una consciencia limpia, libre, fraterna. Ser libres es sentir la capacidad de confiar y compartir nuestros sueños. Es expandir nuestras emociones más allá de nosotros, así como dispersar nuestros pensamientos e ideas como si fueran semillas que algún día crecerán.

Somos seres ocultos, que buscan en lo oculto conocimiento y gnosis, consciencia y amplitud. Somos seres que deben darse al otro, a lo otro, para que se expanda aquello que nos une, nuestra humanidad, nuestro saber común, nuestro amor mutuo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Samhain, al final de la cosecha, comienza la estación oscura


 

Estamos en la fiesta del año nuevo celta. Lo celebramos en la pequeña ermita con un ritual improvisado, rodeados de recuerdos, de tradiciones, de creencias que se elevan más allá de nuestro entendimiento. Tras el ritual de fuego y de petición de inevitables deseos para este nuevo año solar, nuestras almas decidieron por un momento desconectar la máquina de pensar. Utilizaron esa pequeña nave adimensional para viajar a otros mundos, a otras realidades. Solo un fantasma improvisado nos despertó del viaje y nos trajo de vuelta un tiempo más tarde. En una noche de muertos y fantasmas, pudimos sentir ese miedo que nos recorre siempre que pensamos en la finitud de nuestras vidas, y en la esperanza inevitable de la vida eterna.

En esta fiesta de transición se han conjugado varias cosas necesarias para la supervivencia psicológica. En primer lugar, rehacer esa vida personal tan abandonada estos tiempos, tan entregada a los demás, a las causas, a las utopías, al otro y a lo otro, sin encontrar nunca un justo equilibrio entre lo propio y lo ajeno. Lo segundo es que para conseguir esto, se ha cerrado un ciclo importante, cerrando una casa de acogida que atrajo a cientos de almas y que ayudó a transformar el corazón de muchos.

Siento que a nivel espiritual se ha cumplido un ciclo importante, y la cosecha ha sido buena. A nivel material, veo la chimenea de esta pequeña cabaña, ahora compartida con amor y cariño, y me siento satisfecho, a pesar del reto que supone volver a empezar, volver a poner orden y equilibrio en todo y arriesgarlo todo por saborear una vida nueva, un mundo nuevo, una utopía nueva.

No pensé en este duro verano que empezaría el otoño de forma tan diferente, tan especial, tan bien acompañado, tan feliz y tranquilo, en paz, en cierta armonía y con tan necesaria prudencia y esperanza. Samhain expresa un fin de ciclo y el comienzo de uno nuevo, la estación oscura. Recogimiento, acopio, meditación, silencio, provisión, abstracción, ensoñación, transición.

En la tierra que me vio nacer, el Samhain se celebra con otro nombre: la Castanyada. Castañas, boniatos y panellets forman parte de las ofrendas que se hacen a los difuntos, a los muertos, mucho antes de que las tradiciones cristianas desplazaran las tradiciones paganas. En la tierra que ahora me acoge, la tradición es llamada el magosto, y de igual manera, está asociado a los ciclos, a la recogida de la castaña, y a las ofrendas que se hacen a los muertos.

Este tipo de fiestas nos hablan de ese necesario umbral, de ese cambio de ciclo que anualmente nos quiere recordar que en este planeta existen estaciones oscuras, el otoño y el invierno, y estaciones claras, la primavera y el verano. El otoño y la primavera son estaciones de transición hacia el invierno y el verano, lo cual nos da otra pista sobre la necesaria creencia de la transición hacia el otro mundo, tan celebrado en todas partes con diferentes tradiciones y costumbres. El Día de Todos los Santos, esa forma cristiana de arropar a las tradiciones paganas, nos sume en la reflexión de que la vida pasa rápido, y de que pronto, seremos uno más en ese recuerdo inmemorial de nuestro paso por la tierra.

Qué dejamos aquí, qué sembramos en este hermoso planeta, será la cuestión a reflexionar en este tiempo oscuro. Así que pensemos con cierta solemnidad qué deseamos cocrear, y desde dónde. Dejar cosas materiales hermosas, relaciones emocionales profundas, ideas, pensamientos, inventos, lugares de luz, semillas transformadoras, consciencia, amor, vida.

De tener casas a crear Hogar


Hoy cerrábamos la casa de Muxía, en la Costa da Morte, después de meses de periplos y aventuras. Fue un trueno y su luz cegadora lo que propició el adelanto de la mudanza, que estaba programada para de aquí a unos días. Cogimos las cosas, cerramos la puerta de la gran casa y nos fuimos. En el camino brillaba la luz del sol remojado en gotas de lluvia intermitente que creaba un continuo halo de arcoíris. Una temperatura inusual para este tiempo nos acompañó.

Atrás dejábamos unos meses duros, muy duros. Un limbo en el que nunca tendríamos que haber entrado, un laberinto que nos perdió y nos alejó aparentemente. Descargamos uno de los coches. Toda una vida condensada en cosas que vamos llevando de un lugar a otro cuando la vida nos invita a explorar, a partir hacia mil aventuras. Pero no solo estábamos descargando el coche, sino invitándonos a empezar de nuevo, a cocrear de nuevo desde el deseo y el amor, desde la consciencia y la vida. Hoy nacía una invitación, una propuesta, un estímulo para dar sentido a toda nuestra existencia.

La vida invita a otra cosa. Hemos cambiado casas, muchas casas en los últimos meses para ella y en los últimos años para mí, con la idea de formar hogar. Más que una idea, diría que es un deseo ardiente, algo interior, que nace en ambos con mucha fuerza. Coincide que ambos hemos cerrado ciclos de nuestras vidas y que ambos queremos forjar algo diferente y algo trasnochado para los tiempos que corren: crear familia. Se trata de poner y fijar un hogar, un fuego, un núcleo, una puerta adimensional para que otras almas encarnen y gocen de esta escuela, de esta oportunidad, de esta aventura del vivir. Eso que hacían los antiguos de unirse para crear Vida, añadiendo el componente de que nosotros también queremos apostar por crear Consciencia y Amor.

Casas podemos tener muchas. Algunos incluso osados nos hemos atrevido a compartirla veinticuatro horas y trescientos sesenta y cinco días con auténticos desconocidos. Un pequeño patrimonio, una casa, en el fondo son cuatro paredes que reclaman algo más. Puede ser un refugio, un cuartel general donde siempre volver, y también, puede ser un hogar.

El ignis de los antiguos, el fuego, tiene un componente místico y esencial. El fuego, el hogar, requiere algo más que cuatro paredes, algo más que una casa. El tránsito de tener vivienda a componer un hogar es muy sutil. Es casi un requerimiento místico o espiritual, si entendemos esto como algo etérico que va más allá del entendimiento material. Requiere fricción entre dos partes, roce, cariño, amor. Un abrazo, una desnudez nocturna, pero también una complicidad, un proyecto común, un anhelo de pertenencia y aplomo hacia una realidad compartida, a veces compleja, que se ensancha con el tiempo. Hogar, fuego, calor. Calor humano, imprescindible, calor compartido que, al conjugarse, provoca más calor, más vida, más unión, más profundidad, más complejidad.

Uno con los años, después de tantas casas, de tantos cambios, de tanta emigración constante, entiende que no es lo mismo tener cuatro paredes que tener hogar. También entiende que el ser humano, en su constitución, requiere, más allá de las perversiones de nuestro tiempo, crear familia. Ya lo dijo Jehová en el Génesis: no es bueno que el hombre esté solo. Y por eso creó a la mujer. Sabemos que estamos hablando en términos simbólicos y arquetípicos, pero esa conjunción natural, ahora tan desnaturalizada, es de una profundidad nada entendida. Hogar, familia, creación. Vida, amor, consciencia. Ahora, más allá de las cuatro paredes, el fuego se aviva. Podemos tener casas, muchas casas, pero crear Hogar y Familia es algo muy distinto.

Produciendo nuestro esplendor


© @walterluttenberger_fineart

«Nuestros actos están unidos a nosotros como al fósforo su luz. Nos consumen, verdad es, pero producen nuestro esplendor». André Gide

En el fondo somos como pequeñas luminarias que engrandecen la bóveda celeste, los cielos, los universos, los mundos visibles e invisibles. Nuestra luz, a veces tenue, a veces radiante, acompaña al misterio. Somos granos de arena, motas de polvo, gotas de agua y chispas de fuego al mismo tiempo. A veces somos rayo o viento, a veces montañas y a veces sombra que da cobijo. Somos luz y oscuridad, somos flor de primavera y hoja caduca de otoño. También pantanos y fuentes, bosques y humedales. Somos tanto al mismo tiempo, que muchas veces olvidamos lo importante de nuestra existencia.

Nuestros actos, por pequeños que sean, siembran en el cosmos circundante caminos de quietud, sendas de esperanza, cruces de alamedas donde progresan los interrogantes peregrinos. Hay altitud en nuestra mirada y por eso nos atrevemos a dirigirnos sin miedo hacia nuestro destino. Ahí, en alguna parte de akasha, está todo escrito. Primero recto, luego a la derecha y más tarde, al fondo a la izquierda. Hasta que encontramos el lugar, la persona, el hado.

Hay algo providencial en aquellas cosas que inevitablemente tienen que suceder. Podemos ignorarlas, podemos alejarnos de ellas por miedo o pudor, pero al final, aparecen una y otra vez, como si fuera inevitable, como si fuera necesario. Entonces nos preguntamos qué fue de nuestro libre albedrío, qué fue de nuestra independencia aparente y de nuestras ansias de libertad. Realmente no tenemos una respuesta clara. Los prados son verdes, las flores blancas, el fruto rojo. Nada escapa a su destino.

Sí sabemos que sea lo que sea que esté destinado para nosotros, podemos resplandecer, producir esplendor, algo se enciende dentro de nosotros. Quizás un don, quizás un talento, quizás tan solo una inspiración. Nuestros actos cotidianos, la manera que tenemos de tratar a los otros, de enfrentarnos a los retos, definen nuestro carácter, nuestra conducta, y nuestra correcta situación en el mundo. Ser lo que somos define nuestra luz, nuestro esplendor. Sí, consume nuestros días, nuestras vidas, pero al hacerlo, aportamos algo al mundo, algo a veces traducido en belleza, otras en amor, otras en sabiduría, otras en vida, otras en luz. Luz inspiradora, que ayuda a otros a seguir sus caminos, a enfrentarse sin miedo a sus retos, a sus pruebas, a todo aquello que los hará crecer en consciencia y vida.

Si codiciamos la sencillez y la humildad, la generosidad y la aceptación, podremos producir una vida conforme a lo que la naturaleza exige de nosotros. Y eso básicamente se traduce en felicidad, en paz, en belleza. Algún día, nuestra propia luz nos llevará hacia senderos sosegados donde lo importante será crecer en amor, y no en dolor, en belleza y no en pesadumbre.

Solo tenemos que elegir, alejarnos de las angustias y generosamente, dar gracias por cada segundo e instante de vida que nos atraviesa. Gracias por esas personas que nos ayudan y acompañan, gracias por este aire que respiramos, por esos alimentos que nos llegan, por ese abrazo que en la noche invisible atraviesa nuestro pecho cargado de amor y llama. Gracias, vida, por dejarnos brillar en esta oscura noche. Gracias por dejarnos consumir en ese nuestro esplendor.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El problema de la gente que nunca ha transgredido


© @umitulun

“Quien no ha experimentado esto de morir y nacer a la vida sin interrupción, siempre será un huésped sombrío sobre este valle de lágrimas terrestre”. Goethe

Walter Benjamín dividía los relatos en “relatos de navegantes” y “relatos de campesinos”. Los de navegantes narran “grandes descubrimientos de allende los mares: cosas extrañas e inauditas, hazañas”. Los de campesinos, “enseñanzas de lo cotidiano”, resultado de “alejar de la vista lo aparentemente familiar y así poder examinar de manera adecuada los misterios que esconden”. Nietzsche nos hablaba de la mentalidad del guerrero y la mentalidad del esclavo. Ambas narrativas, ambos relatos, nos ayudan a entender y situar nuestra psique, nuestra necesidad de aventura o nuestra necesidad de seguridad.

La gente que nunca ha transgredido, especialmente en la adolescencia, que es el momento de reconocimiento y anclaje de nuestro yo personal, arrastra con los años un problema de límites, un problema de no encontrar su lugar en el mundo por no haber contravenido el mundo que le vio nacer. Es frecuente a veces ver a personas de avanzada edad comportándose como adolescentes, transgrediendo una y otra vez, a veces rozando el ridículo, por no haberlo hecho cuando tocaba hacerlo.

Eso se traduce, con la edad, en una desubicación personal importante, ya que limita su mundo conocido, su tranquilo espacio de seguridad, a una incomodidad constante que le perseguirá para siempre. Esa incomodidad muchas veces se traduce en no saber hacia dónde dirigir la vida, hacia un vacío continuo y unas ganas de huir constante, ya sea mediante drogas, viajes, trabajo o distracciones hacia ninguna parte.

Transgredir en la adolescencia es importante, y los padres deberían comprender la necesidad de hacerlo, y su utilidad futura. Tiene que existir siempre un equilibrio entre la necesidad de autocontrol, la contención, y la necesidad de traspasar los límites, la transgresión. Muchos de los problemas mentales que la sociedad tiene en este tiempo derivan precisamente de no encontrar ese punto de equilibrio entre ambas fuerzas, lo cual deriva a su vez en no tener criterio a la hora de diferenciar entre salud, trastorno temporal y enfermedad mental.

Uno se puede pasar toda la vida corriendo buscando la belleza detrás de cualquier colina. Eso ocurre cuando de joven no se transgredió lo suficiente, buscando los límites acertados, y creando con ello adultos perdidos y desorientados que huyen constantemente de su realidad incómoda, de su yo no construido.

Los deseos adolescentes de huir, de búsqueda de libertad, no son compatibles con los deseos de un adulto sano, el cual tiene que cargar con eso tan poco apetecible como es la responsabilidad y la búsqueda de compromiso. La transgresión social y biológica que nuestra sociedad vive hace que los deseos biológicos de reproducción, lo cual conlleva una gran responsabilidad, sean mancillados a favor de esa modernidad que desprecia toda biología y prefiere huir hacia el ocio, el hedonismo o el narcisismo ombliguero de mirarse constantemente hacia sí mismo. Huir constantemente para no asumir responsabilidades ni compromisos. Ese es el sino de nuestro tiempo, el problema de toda una generación que nunca ha transgredido.

Las ansiedades claustrofóbicas y antisociales que muchas veces sentimos derivan de esa falta de transgresión adolescente. También deriva en la necesidad del viaje de aventura como huida de una realidad inconforme. Con el tiempo, esa inconformidad derivará en soledad y esa soledad en abatimiento y derrumbe del yo personal. Tanto la transgresión adolescente como el compromiso y la responsabilidad adulta tienen su propia línea divisoria, su propia edad liminal. Traspasar de un lado a otro forma parte de las crisis de reajuste constante que la personalidad vive a lo largo de su vida. Dejar de huir por falta de transgresión es asumir que el yo debe consolidarse a base de responsabilidad y compromiso hacia nosotros mismos y hacia el mundo en el que vivimos.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Semidespiertos en la era del overthinking


© @richard_hunter_photography

«Las personas, más que las cosas, tienen que ser restauradas, renovadas, revividas, reclamadas y redimidas». Audrey Hepburn

Pensamos mucho, demasiado, excesivamente. Vivimos en la era del overthinking, la era del pensar demasiado en un mundo en el que hemos desconectado de las tareas y actividades que nos mantenían en contacto con la naturaleza. Todos sabemos que tenemos dos mentes, la concreta y la abstracta, y luego un punto de quietud entre ambas. La mente concreta es la que regula nuestra actividad diaria, aportando pensamientos que organizan nuestra cotidianidad, resuelve problemas y analiza posibilidades. Esa mente funciona constantemente, siempre está en movimiento, inclusive cuando dormimos. Es imposible parar su actividad, su laboriosidad, solo podemos ralentizarla, calmarla o dirigirla. Una de las cosas más complejas es poseer cierto autocontrol sobre la mente-mono, como la llaman en el budismo.

Esta mente produce estrés y ansiedad. Nuestra mente salta, como un mono, de pensamiento a pensamiento sin ningún tipo de control. Esto ocurre cuando perdemos la atención, la concentración, el dharana del budismo, sobre los claros objetivos de nuestra vida. Cuando no sabemos qué rumbo tomar, los pensamientos recurrentes nos invaden y nos arrastran a situaciones de ansiedad constante, creando con ellos sufrimiento y desorientación. Eso puede reflejar a posteriori estados de depresión o euforia que van cambiando dependiendo de cómo el mono suba y baje de una rama a otra.

Higienizar nuestra mente, limpiarla, aliviarla, repararla, restaurarla, no es tarea fácil. El punto de quietud del que hablábamos, que a veces se consigue mediante la meditación, el silencio, dando un paseo, contemplando una obra de arte o escuchando música, es una buena forma de salir de esa mente-mono y entrar en un estado diferente de consciencia. Es un puente para saltar de la mente concreta, la mente-mono, a la mente abstracta, esa mente más amplia y poderosa que nos permite creer y crear.

La mente abstracta tiene un sentido superior de las cosas. Está más cerca de nuestro ser esencial, de nuestra alma, de todo aquello que atraviesa la consciencia como algo misterioso en sí mismo, pero también como algo que nos permite agudizar nuestro ingenio humano. Es el lugar donde nos encontramos con los valores que dirigen nuestras vidas, con el timonel que marca el rumbo de lo que deseamos realmente, con nuestra misión y propósito vital. Es ahí donde deberíamos instalar nuestras fuerzas diarias, alejándonos de esa enfermedad del overthinking.

Los pensamientos circulantes nos llevan hacia círculos viciosos de los que es complejo salir. Al vivir de forma automatizada, atados a los pensamientos recurrentes, no podemos despertar a una realidad mayor, más amplia y más plena. Algunas tradiciones nombran esta condición como la vida de los semidespiertos, aquellos que sin poder despertar a una realidad mayor, empiezan a intuirla y desearla. No han despertado aún a la misma, no han conectado aún con su punto de quietud y no conocen las vías para adentrarse completamente al vasto campo de la experiencia de la mente abstracta, pero de alguna manera, lo anhelan. De ahí que, de alguna manera, las personas debemos ser restauradas, renovadas, revividas, reclamadas y redimidas. Necesitamos resetear nuestra mente-mono, dominarla y dirigirla desde el punto de quietud, el antakarana de la consciencia, hacia la plenitud de una vida abundante, plena y expansiva.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Orientaciones Naturistas


Debido a la crisis, a las crisis, hacía tiempo que no editábamos un libro en el sello Dharana, un sello especializado en ensayo y crítica social. Siempre nos gustaría tener más recursos para poder seguir con la obra social y cultural de nuestros sellos, pero en estos años, hemos dedicado la mayoría de ellos al proyecto O Couso. Esperamos que este próximo año podamos retomar el curso y seguir editando obras únicas, en muchos casos poco comerciales, pero necesarias para el cultivo de nuestras almas.

La obra que ponemos a disposición de los lectores, más de un siglo después de su primera edición, con el patrocinio de la Asociación Española de Médicos Naturistas, recoge los textos de las conferencias que el Dr. Casiano Ruiz Ibarra impartió, durante la primavera de 1920, en su visita a las sociedades naturistas vegetarianas de Valencia y Vizcaya.

La primera parte intenta dar al gran público una definición correcta del naturismo, de la medicina naturista, neohipocrática o fisiatría, lejos de los tópicos y estereotipos que mostraban al naturismo como una caricatura contraria a la ciencia, el raciocinio y el progreso. En la segunda parte se aborda una cuestión fundamental en la terapéutica del naturismo médico, el tratamiento de las enfermedades agudas, entendidas estas como parte del proceso vital y no como un ente inconexo y externo que se ha de suprimir por cualquier medio.

Se da una curiosa coincidencia: esta obra se publicó cuando aún el mundo estaba en la postrimería de la penúltima pandemia. Hoy, la OMS, aún no ha declarado el final de la pandemia de Covid-19. Reencontramos pues, una obra de divulgación, que sorprende, más de cien años después, por su vigente actualidad, nos muestra una realidad, la de la medicina, que en su esencia no ha cambiado, nos da las claves para una verdadera regeneración de la práxis médica y nos orienta en la preservación y recuperación de la salud.

Casiano Ruiz-lbarra nace el 14 de agosto de 1878, en Épila (Zaragoza), siendo por entonces su padre notario de dicha localidad. Mientras estudia el Bachillerato en Zaragoza, descubre la obra de Letamendi, lo que le conduce a elegir la carrera de Medicina, que acaba en Madrid en 1901. Hasta 1907 ejerce de médico rural en diversos pueblos. Se especializa en Cirugía y Obstetricia. En 1908 hace los cursos de ampliación del Dr. Recasens y Girol (Catedrático de Obstetricia y Decano de la Facultad de Medicina de Madrid). En 1913 y 1914 sigue estudios en Francia de Electroterapia y Fisioterapia. Y durante la guerra europea actúa en el Servicio Central de Radiografías. Hacia el final de su vida completa su labor de autoformación con el estudio de Aristóteles. Hacia 1918 inicia su actividad como médico naturista, estableciendo su consulta en Madrid, en la calle Fuencarral.

En 1919 funda con los doctores Enrique Jaramillo y Eduardo Alfonso, la revista “Acción Naturista”, que dirigirá hasta 1936, los últimos años con el nombre de ‘La Fisiatría”. Buscador infatigable, de orientación sociopolítica conservadora, participa durante aquellos años en la Masonería y en la Teosofía. Es el Venerable de la logia en la que también están los Dres. Jaramillo y Alfonso, el Dr. Remartínez, Roso de Luna, etc., por lo que se dice de aquella que es la “logia de los cerebros”; posteriormente abandona la Masonería que, como afirmó Roso de Luna, había perdido las claves iniciáticas del pasado, volviéndose hacia el Catolicismo. Es autor, además de numerosos artículos publicados en la prensa naturista de la época, de las obras Alimentación de los enfermos con fiebre (1941), Conceptos fundamentales de Hidroterapia (1958), El materialismo en las ciencias naturales y su influencia en la Deontología Médica (1934), Hacia la sabiduría médica (1938), Hipocratismo (1933), Influencia de la filosofía positiva en el desarrollo de las ciencias naturales (1935), Medicina biologista (1958), Naturismo y Homeopatía (1931) y Sobre un criterio médico (1933).

Se puede adquirir este libro en el siguiente enlace:

https://www.editorialdharana.com/catalogo/algunos-detalles-sobre-orientaciones-naturistas?sello=dharana

 

Una vida sin amor habría sido desastrosa


© @djeffact

«Si me preguntan qué es el éxito, respondería que viví, amé y respeté y fui respetado por los otros a los que amé y respeté. El éxito de una vida completa es el éxito en las relaciones humanas. Una vida sin amor habría sido desastrosa». Tzvetan Todorov

Si somos sinceros, al final del camino uno siempre hace balance sobre las cosas esenciales de nuestra vida. Muchos pensarán que acumular objetos, dinero o bienes de cualquier tipo pudo ser algo exitoso. Al final de nuestros días nos damos cuenta de que el cementerio o el crematorio no opinan lo mismo. Nada de lo atesorado podrá acompañarnos allá donde vayamos, sea la vacuidad, el hado o la reminiscencia álmica. Así que existe una ridícula fórmula, propia de los tiempos materialistas en los que vivimos, donde se equipara el éxito al tener, al poseer o, en definitiva, a la avaricia del logro y la ostentación.

Muchas tradiciones nos invitan a vivir una vida sencilla. No por una ridícula humildad o una necesidad ecologista de ayudar al planeta a su supervivencia. Tiene que ver más bien con una aproximación a nosotros mismos, a nuestra esencia, sin el ruido que conlleva el estar pendientes de las diez mil cosas que nos juzgarán al final de nuestros días con grotesca conclusión. Tampoco hay que asociar una vida sencilla a una vida pobre. El bienestar no está reñido con la sencillez. Uno puede ser sencillo en un palacio o en un monasterio humilde. La sencillez no trata de desenmascarar nuestra complejidad humana o nuestro afán por entender el mundo, ya sea filosóficamente, o materialmente, o metafísicamente. La sencillez va más allá, y tiene que ver con lo más misterioso de nuestro origen humano: el amor.

El verdadero éxito humano es amar y ser amado. Respetar y ser respetado. Encontrar ese lugar donde uno se cobije seguro de sí mismo, porque nosotros siempre vamos a ser nuestro peor enemigo, como nos recuerdan tras el espejo todos los rituales iniciáticos. Por eso amarnos y amar al otro es la metempsicosis que nos llevaremos al otro lado. Reencarnaremos una y otra vez en el amor que hayamos podido dar, ese será nuestro único éxito y balance si es que sobrevivimos al hado.

Solo el amor puede tocarnos en medio del corazón, trastornar y transformar lo más profundo de nosotros mismos. El amar y ser amados es la fórmula celeste para que los mundos se habiten, para que el cosmos se expanda, para que la línea divisoria entre la vida y la muerte tenga algún tipo de sentido, para que la existencia humana tenga valor.

La vida despierta siempre en nosotros una emotividad y un halo poético. No siempre somos conscientes de este hecho, pero siempre hay algo o alguien que nos despierta un sentimiento de recogimiento y gozo. Y el amor, aunque no entendamos muy bien toda su profundidad y envergadura, es lo más exitoso que tenemos al final de cualquier jornada, al final de cualquier existencia. Por ello, no perdamos nunca el tiempo en cosas banales, y centremos toda nuestra capacidad y atención en lo que verdaderamente importa. Amemos y seamos amados. Es lo único que podremos llevarnos al otro lado. Es lo único que merece la pena.

Destrúyete para conocerte


© @opa_firman

«Destrúyete para conocerte, constrúyete para sorprenderte, lo importante no es ser, sino transformarse». Franz Kafka

Destruirse una y otra vez es cansado, pero reconfortante. Uno se sorprende con cada nueva versión que hace de sí mismo. Con cada nueva vida que emprende, con cada momento de realización y transformación. La vida es pura impermanencia, pero también es esperanza, como la esperanza de sembrar la semilla de un grano de mostaza y que en el futuro crezca un gran árbol que de sombra. Podemos buscar la dualidad en las cosas, pero también la síntesis. Podemos ver los amaneceres y los atardeceres, los ciclos de la naturaleza, pero también la oscura luz brillante que ilumina todos los cielos de todos los mundos. La vida es contradicción y complejidad. Uno cierra los ojos y escapa a la posibilidad de entender la finitud de las cosas. Nos aferramos a personas, a ideas, a proyectos, a sentires, y es complejo destruirlo todo para volver a empezar. A veces la vida no es una línea, ni un círculo, no es cristianismo o budismo, a veces la vida puede ser espiral, una gran espiral que todo lo abarque.

¿Qué ocurre cuando te destruyes a ti mismo? ¿Qué residuo queda? ¿Qué sobrevive a esa purificación necesaria? Esto es revelador. Es sorprendente ver qué pocas cosas quedan cuando empiezas de nuevo, cuando todo se viene abajo, se derrumba, y de entre las cenizas, recoges algunas pequeñas perlas que sobrevivieron. En esa transformación inevitable algo permanece. Y siempre permanece lo mismo: lo sencillo, lo esencial.

Los derrumbes son necesarios. Nos ayudan a discernir lo verdadero de lo falso. Cuando alguien se derrumba, los que creíamos amigos desaparecen, las parejas desaparecen, todo lo falso e irreal desaparece. Es una buena purga, un punto necesario para enfrentarnos a lo real, y para comprobar qué o quién queda ahí. Lo real, lo esencial, sobrevive a todo tipo de terremotos, crisis, derrumbes, destrucciones.

La transformación es necesaria, imprescindible en nuestras vidas, siempre teniendo en cuenta qué cosas son aquellas que nos sujetan firmemente a la vida. Hay cosas que no se pueden negociar con el destino, con la vida, con la fortuna de los acontecimientos. Valores, situaciones, personas. Hay cosas imprescindibles, irrenunciables. Mientras que todo lo demás cae ante el primer derrumbe. La vida es un gerundio que camina, un siendo, eso es todo. Un presente continuo, un aquí y ahora, un carpe diem, algo ingobernable por su propia naturaleza impermanente. Pero la paradoja de todo es que se puede sembrar esa semilla de la que hablábamos, y tener esperanza.

En el pronaos del templo de Delfos aparecía el conocido nosce te ipsum. Destruirse es una forma de autoconocimiento. El autoconocimiento a veces nos pide soledad, travesías en el desierto inevitables, oscuras noches del alma. A veces se suceden trampas del ego que nos alejan de toda esencia. Luego viene la construcción, o la reconstrucción de lo que somos, de lo que vamos a ser tras la ampliación de las paredes de nuestro templo interior.

Conócete a ti mismo y conocerás a los dioses y los universos. Eso es una tarea hercúlea que puede durar cientos de vidas, miles de ciclos de existencia. Por eso puede ser ridícula en nuestra escala pensar que vamos a conseguir ni tan siquiera un gramo del reino de cualquier cielo. Por eso, quizás no debamos nublarnos ni agobiarnos pensando que en un futuro alcanzaremos algún día alguna ataraxia, algún bienestar superior o alguna sabiduría perenne. Podemos sembrar semillas, pero nunca sabremos cuál ni cuándo será la cosecha. De ahí el espíritu desapegado de cualquier agricultor. Lo importante es el día a día, lo que hoy tenemos, lo que hoy nos ofrece la vida con todas sus duras pruebas y toda su mágica existencia. Lo importante es aquello que permanece en la completa impermanencia en la que vivimos. El amor, la amistad, la familia, lo sencillo, lo esencial.

Proyecto X


Amarse a uno mismo también es una forma de amor. Amar al prójimo, sí, pero como a uno mismo, que dijo el galileo. Es decir, el amor sano, el correcto, sin volverse egoísta ni estúpido, empieza por uno. Si uno no tiene, nada puede dar, y para tener, debemos obligatoriamente amarnos, protegernos, cuidarnos. Esto es una ley de vida que los que tendemos a ser dadores, debemos registrar profundamente en nuestra memoria.

La generosidad bien entendida empieza siempre por uno mismo. Y debo reconocer que en estos últimos diez años he pensado prácticamente nada en mí. Eso me ha llevado a un gran colapso, material y anímico. Un colapso material de cien mil euros y un agotamiento anímico tremendo. Este año he reflexionado mucho sobre esto y por fin me armé de valor para decir basta, ya no puedo más, necesito descansar. Así que decidí cerrar las puertas del proyecto por el que he dado todo en esta última década para empezar un nuevo proyecto: el de mi persona.

Este próximo año voy a descansar, a disfrutar de los míos, de mi vida, de mi tiempo, de mi soledad, de mi compañía, de mi compañera, de lo que sea sanador y me restablezca. Pensaré en mí y en los míos, pensaré en mí y en ella, y pensaré luego en mí y en ellos. Puede parecer extraño que diga esto, después de tantos años de entrega y extrema generosidad. De hecho, desde los dieciséis años, desde que era voluntario en Cáritas y la Cruz Roja. Siempre pensando en los demás, en cómo mejorar el mundo, en cómo incluso mejorarme a mí mismo para ser mejor, de mayor utilidad para el orbe.

Pero estoy agotado, y por eso este año mi proyecto será mi vida, ordenarme materialmente, anímicamente, emocionalmente, mentalmente, espiritualmente, dejándome mimar y cuidar. Pensar en esa familia que ya está llegando; en esa pareja que parece que por fin ya se está instalando en el corazón, entregada; pensar en cómo construir un mundo nuevo desde lo pequeño, lo simple, lo sencillo, lo bello.

La suprema consciencia descansó al séptimo día; las pequeñas consciencias humanas también lo necesitan. Restablecerse, renacer, respirar para volver al nuevo día renovado. Yacer en el manto cálido de una promesa, volverse hacia uno mismo, sostener el relato de la vida y sus hilos adyacentes, sus vasos comunicantes, sus cantos celestes. Pulir nuestra piedra bruta para culminar en una piedra pulida, una piedra que encaje perfectamente en el gran edificio, en la gran obra. Mirarnos a nosotros mismos para ser mejores, y así, desde esa fuerza interior, poder contribuir de mejor manera al nuevo mundo que ya viene.

Sí, este año que viene mi proyecto seré yo mismo y lo que me importa. No tengo pudor en decirlo. Más bien necesidad imperiosa de ejecutarlo. Silencio, familia, paz, Vida, consciencia, amor. No se necesita mucho más. Y al ser yo mismo mi prioridad, nacerá una nueva luz, una nueva vida, una nueva esperanza, una nueva aurora. Cada noche oscura espera ansiosa un nuevo amanecer. Y este que viene está ya muy cerca. Proyecto X, proyecto 1+1=8/9.

La belleza: resultado de la simplicidad


No debemos idealizar aquello que no nos hace felices. Es algo que deberíamos tener siempre en nuestra mente y nuestro corazón. Aprender que en la vida, a veces, hay que renunciar a casi todo para así ser más nosotros, más esencia. Renunciar a las expectativas, a las cosas, incluso a algunas personas. La renuncia es una fuerza poderosa que nos libera, que aligera nuestras vidas. Renunciar a propiedades que nos atan, a sueños que nos esclavizan, a realidades que ya no significan nada para nosotros. Renunciar a la seguridad, a nuestro estado emocional, a nuestras verdades, con tal de encontrar en esa renuncia un alivio o un sustento espiritual, una razón de ser.

La belleza de nuestras vidas siempre es resultado de nuestra simplicidad, de nuestra perfecta complicidad con lo natural. Cuanto más simple hagamos nuestra existencia más bella será. Lo podemos ver en la simplicidad de una flor, en la simplicidad de un vuelo o del canto de un petirrojo, en la constante simplicidad de la naturaleza. Una montaña es simple y al mismo tiempo bella y majestuosa. Una nube, en su simpleza flotante, puede desmontar cualquier canon de perfección.

La simplicidad voluntaria es algo revolucionario. Simplificar nuestras vidas, nuestras compras, nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras metas, nuestros prejuicios, nuestras ataduras, nuestros pesares. La belleza atiende a esa simplicidad que ejercemos en nuestros actos diarios. En lo que comemos, en lo que bebemos, en lo que respiramos, en lo que ejercitamos.

La simplicidad en nuestros pensamientos, siempre tan ocupados en las diez mil cosas, que diría el Tao. Siempre tan cansinos y apresurados como un mono loco sin rumbo y sin dirección. A veces tener un buen norte evita tanto tormento, tanta incapacidad para no hacer nada. A veces un norte sencillo nos ayuda a minimizar nuestras fuerzas y nuestros caminos. Nuestros pensamientos a veces son tormento y cobijo de miedos por cosas que no pasan, que nunca pasarán, que nunca pasaron.

Simplicidad en todo, también en nuestra forma de vestir, de andar, de comunicarnos, de trabajar, de vivir, en definitiva. Simplicidad en las relaciones, en el tacto, en los mensajes que ofrecemos al mundo, en nuestra música interior, en nuestros silencios, en la forma de encender una vela o un incienso, en la manera de tumbarnos para escuchar simplemente el sonido del bosque.

Una vida simple, sin tantos aparatejos, sin tanto ruido, sin tantas cosas. Una mirada sincera, un manojo de flores silvestres, un te quiero llano, sin amuletos ni sortijas. Un paseo con los lobos o con la familia, en manada, entre sendas y prados verdes. Una casita de madera, pequeña, no muy grande, con sus infusiones y sus tardes de lluvia y su chimenea. Una mantita tejida en sueños, un abrazo, siempre un abrazo. Qué hay más simple, profundo y bello que un abrazo sentido, de esos que atrapan el sueño y el tiempo, de esos que no quieres que nunca se acaben, por necesario, imprescindibles. Un abrazo paraliza la vida, porque es simple, porque es bello, porque es inexcusable, sempiterno, forzosamente silencioso y por ello, profundo, infinito, bello. Un abrazo es una llama, que enciende vidas, que enciende esperanza.

O Couso cierra sus puertas hasta el verano


a

Estimados amigos,

Durante estos casi nueve años hemos hecho lo imposible por mantener a flote el proyecto O Couso y ha sido todo un milagro haberlo conseguido y haber restaurado de la nada la gran ruina con la que nos encontramos al inicio del proyecto. Cientos de personas en estos años han pasado por el proyecto, beneficiándose de sus inspiradoras enseñanzas, principios y experiencias. Han sido unos años apasionantes y llenos de riqueza interior y exterior. Muchas personas, según sus testimonios, han vivido momentos transformadores que han cambiado para siempre sus vidas.

Nos sentimos enormemente agradecidos y satisfechos por el logro conseguido, habiendo podido crear un referente inspirador donde los valores y principios de buena voluntad y nueva cultura ética han servido de instrumento transformador. Una ética viviente que hemos intentado plasmar en cada una de las experiencias que el proyecto ha ofrecido a todos los visitantes, desde la Semana de Experiencia, pasando por los 21 días de Experiencia, los Tres meses de Experiencia, los Seis meses de Experiencia y los Dos años de Experiencia. Toda una Escuela transformadora que deseaba crear un cambio positivo en todos nosotros. Una Escuela donde los dones y talentos se han podido manifestar de forma libre y desapegada, donde la meditación, el estudio y el servicio han servido como pilares suficientes para sostener esta utopía necesaria en nuestros días.

En estos momentos nos vemos en una situación donde deseamos reajustar y definir todos estos años de aventura. En primer lugar, deseamos anular la deuda contraída con terceros para ponernos al día con las cuentas. De forma directa, tenemos una deuda de algo más de 65 mil euros que la fundación ha asumido para poder comprar y restaurar la casa de acogida. De forma indirecta, los residentes asumieron una deuda personal de algo más de 40 mil euros, que sumado al coste de compra de la finca (125 mil euros) y al coste de restauración y mantenimiento del proyecto en estos casi nueve años (unos 400 mil euros), han supuesto un gran esfuerzo para todos.

Es por ello por lo que en este tiempo de otoño e invierno que se presenta, vamos a cerrar la casa de Acogida hasta el verano, reabriendo sus puertas el 21 de junio. La intención es no seguir entrando en gastos y poder así asumir la deuda pendiente, amortizando poco a poco todo lo que queda antes de entrar en nuevos gastos.

La economía del don y la consciencia que en ella hemos depositado todos los participantes del proyecto no ha sido del todo suficiente para poder mantener y conservar el proyecto con toda la dignidad que hubiéramos deseado. Es por ello por lo que preferimos mantener las puertas cerradas durante un tiempo hasta que podamos ponernos al día con todo. Dicho todo esto, en el año 2023, O Couso solo estará abierto los meses de verano, volviendo a cerrar de nuevo en el próximo otoño. Cerramos por lo tanto del 1 de noviembre de 2022 hasta el 21 de junio de 2023.

Agradecemos profundamente la comprensión y esperamos poder vernos pronto.

Buscando la paz del hogar


«El hombre feliz es aquel que, siendo rey o campesino, encuentra paz en su hogar”. Goethe

Siento que en estos años he cumplido con un propósito que supera con creces mi propósito personal y cualquiera de mis perspectivas. Digamos que he sido partícipe de un propósito mayor, al que siempre he llamado ideal utópico, y que aspiraba a crear una semilla de valores y consciencia más allá de nuestros pequeños valores y consciencias individuales. Ha sido un sobre esfuerzo titánico que en un principio debía ser grupal, pues esa era la naturaleza de su idea primera, y que al final se ha convertido en una trampa compleja que ha terminado por desgastar todas las fuerzas que cualquier persona pueda albergar para cualquier obra mayor.

Noto, interiormente, que el agotamiento es excesivo. También el desgaste y el comprobar que durante unos años tendré que ordenar toda la economía personal para poder volver a cierto equilibrio. Nunca pensé que las utopías fueran a costarme diez años de ahorros, esfuerzo y trabajo, y todos los que puedan quedarme por delante antes de volver al menos a como estaba antes de emprender esta locura. Solo pensarlo ya es agotador.

Eso me plantea muchos interrogantes interiores. Por un lado, la necesidad personal de reordenar mi vida, de pagar esos más de cien mil euros que hay de deuda entre lo personal, lo empresarial y lo utópico que ha nacido de este proyecto. Lo segundo, asumir la pérdida de todo lo invertido personalmente en el mismo, que fácilmente puede llegar a ascender a más de quinientos mil euros. Estoy desapegado de la pérdida, pero me crea inquietud lo que pueda ocurrir con todo lo demás.

Sí, las utopías son caras. Ya antes muchos otros se arruinaron con ellas. Tenemos los ejemplos de Robert Owen y Charles Fourier a los que no les fue nada bien. Y de cientos más. Me pregunto y me interrogo en estos días cual sería el camino correcto, qué debería hacer realmente para no terminar crucificado de la misma manera que terminaron otros antecesores. Y no es por una cuestión económica. Sería muy fácil pervertir los principios del proyecto y recuperar parte de lo invertido en cualquier momento. Pero me niego rotundamente a esa perversión y a esa traición. Prefiero la pérdida, la derrota y la sensación de fracaso antes que pervertir uno solo de los principios.

Entre lo blanco y lo negro hay muchos claroscuros, muchos tonos grises que aún no logro definir. Entre el orden y el caos, están los principios de la termodinámica, las misteriosas leyes causales, la base de toda creación, conservación y destrucción, que inevitablemente ejercen influencia en todos los procesos de nuestras vidas. Y en todo eso me debato en estos meses, quizás ya años, de incertidumbre imperfecta.

También está la cuestión de ese sentimiento de falta de hogar. Uno no se puede sentir en su hogar cuando vienen otros de fuera a decirte como debes hacer las cosas. Esto me ha pasado muy recurrentemente, diría casi a diario en los últimos nueve años. Gente que viene e intenta imponer sus manías, sus antojos y rarezas a los que llevamos años viviendo en ese lugar. Es algo que ahora me desquicia y que cada vez me cuesta más tolerar. Esa falta de intimidad constante, esa falta de delicadeza hacia la privacidad.

En definitiva, esa falta de hogar, ese lugar donde llegar y poder poner la música alta o bailar desnudo si te place o gritar si te viene en gana sin que nada ni nadie te imponga una forma de vivir, una disciplina de vida, unos horarios o una manera de existir determinada. Está bien por una semana, por una semana de experiencia, pero no está bien para toda una vida. E ahí la cuestión de todo, el meollo de todo. La falta de libertad, la falta de hogar, la falta de aquello que se aproxima siempre a los lisos parámetros de la felicidad individual. Y aun siendo rey o campesino, necesito para los próximos años esa paz, esa libertad, ese hogar. Ese inevitable equilibro para ser totalmente feliz, vivir con entusiasmo y estar impregnado de la alegría suficiente para seguir adelante.

No se equivoca el que cae…


«No se equivoca el ave que ensayando el primer vuelo cae al suelo, se equivoca aquel que por temor a equivocarse renuncia a volar por la seguridad del nido.»
Rabindranath Tagore

Luna llena en Aries con Venus como regente. Inolvidable. Es cierto que caímos en algunos vuelos, pero nos atrevimos a alzar las alas y volar alto. El resultado fue hermoso e inolvidable, y por lo tanto, digno de recordar por mucho tiempo. No hubo miedo, solo detalle, gestos, y todo aquello que hace que toda parte del camino sea única e irrepetible. Un despliegue de amor donde lo bueno se hizo mejor.

No se equivocó el ave, aquella ave que impulsada por su instinto sigue el ímpetu del deseo, de la atracción hacia el vacío perenne que subyace en toda provocación espacial. Ese hilo inmortal que nos empuja a seguir los caminos que llevamos dentro de nosotros. Todo aquello que parece escrito en algún libro misterioso, de tapas muy duras decoradas con dorados amuletos, como si fuera un precioso grimorio cargado de sabiduría esotérica sobre los secretos más ocultos del universo entero.

El destino es invocador, la llamada es inexorable. Nos reúne a unos y a otros para festejar lo incomprensible en aquel círculo no se pasa. Cuando rechazamos la llamada nos puede ocurrir como a la ninfa Dafne, podemos convertirnos en un árbol de laurel. O podemos terminar en ese laberinto lleno de faunos y minotauros hambrientos. Perdidos, derrotados, ofuscados por sus altas paredes sin poder ver más allá, sin poder alcanzar el hilo dorado de la Vida.

Nos hablaban los antiguos del vuelo mágico. Inaplazable, deseoso, necesario. Ese vuelo que en varias ocasiones en nuestras vidas emprendemos para llegar más alto, más sabios, más profundos, más conscientes, más vivos. Ese vuelo que se nos exige para renovar nuestros votos existenciales, nuestra responsabilidad y compromiso con esa misión-labor a la que venimos, con ese propósito inexorable escrito desde las plumas del alma.

Se equivoca aquel que renuncia a volar. Aquel que queda atrapado en la seguridad del nido, temeroso, apartado del río de la vida, lejos de poder comprender la necesidad de equivocarse en cada salto para algún día, emprender el vuelo real, el vuelo mágico, el vuelo sempiterno. Se equivoca el que queda conforme, el que no desea más que amarrarse a lo conocido y superficial, sin mayor aspiración que esa.

Por eso esta luna llena en Aries con Venus como regente ha sido inolvidable. Hubo vuelo mágico, hubo vida, consciencia, compromiso, gesto, riesgo, amor. Hubo algo que creó un puente indestructible, un antakarana que une inevitablemente los designios del cielo con la premura de la tierra. Esa necesidad de crear una puerta para que toda semilla crezca, para que toda alma luminosa pueda encarnar en un mundo mejor, en una vida adelantada en sencillez y belleza, en ternura y delicada comprensión. Vale la pena dar el salto, vale la pena caer al suelo cuantas veces hagan falta. Vale la pena saber que algún día, el vuelo llega, y es profundamente inolvidable y hermoso.

Discernir, priorizar, focalizar, perseverar


«El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante». El Principito.

Todos soñamos, todos deseamos mejorar día a día, todos anhelamos un mundo nuevo, bueno y mejor. Todos, de alguna manera, miramos los horizontes con esperanza, aún a sabiendas que algún día ese horizonte se borrará y dejará de existir para nosotros. Cada uno de nosotros suspira siete veces siete al día, implorando que todo vaya bien, que no falte comida, que no falte trabajo ni calor ni hogar, que no falte amor e ilusión. Muchos acostumbramos a quedarnos esperando a que ocurra algo, a que alguna especie de milagro acontezca mientras vemos pasar la vida. Otros, los menos, se calzan las botas de caminar y no esperan al milagro, van en su búsqueda hasta alcanzarlo. Caminan y perseveran hasta ollar todas sus sendas.

Esos, los más osados, los más valientes, interiormente han comprendido que la propia existencia produce magia si conseguimos empaparnos de sus corrientes de vida. La vida hilozoísta que recorre todo cuanto existe, la vida que todo lo impregna, la vida que todo lo salpica, aún cuando no seamos totalmente conscientes de ello.

Hay un diálogo que se teje constantemente entre nuestra parte más profunda, muchas veces invisible a los ojos de nuestra consciencia, y la parte más profunda y misteriosa del cosmos. Ese diálogo, ese lenguaje de los pájaros o lenguaje verde, como lo llamaban los antiguos, está cargado de arquetipos, de matemáticas, de geografía sagrada. En ese coloquio con la naturaleza misteriosa, se puede atisbar la fragancia sublime entre lo que somos y nuestros sueños, nuestros anhelos, es decir, aquello que deberíamos ser, desde el Ser.

Algunos consiguen descifrar los códigos ocultos de dicho lenguaje, y comprenden que para conseguir que la magia actúe, que los sueños que imaginamos en lo más profundo se vayan tejiendo en el plano de la forma, en la realidad palpitante, se necesitan algunos ingredientes básicos: discernimiento, priorización, focalización y perseverancia.

Discernimiento porque nuestra mente pequeña está siempre ideando, pensando, maltratando nuestro ser con mil razonamientos, síntomas inequívocos de que estamos en un tiempo donde aún no tenemos pleno dominio sobre nuestro pensar. La mente se catapulta hacia todo tipo de interferencias, algunas provenientes de la necesidad, otras del miedo más ancestral, otras de los resquicios de nuestros ancestros, esas voces que aún permanecen en nosotros y no somos capaces de desenmascarar. Discernir significa concentrar en un solo pensamiento aquello que verdaderamente anhelamos y deseamos, dejando a un lado todo lo demás. En la tradición del yoga se llama Dharana, concentración de todas nuestras energías en un solo punto, despreciando todas las demás distracciones e interferencias.

Una vez hemos conseguido despejar, mediante la fuerza del discernimiento, aquello que verdaderamente anhelamos, lo ponemos en primera posición de salida en cada uno de nuestros días. Priorizamos esa idea, ese anhelo, ese deseo, esa prevalencia. Esto es muy importante, porque puede ocurrir que podemos discernir claramente lo que deseamos, pero no llegamos a priorizarlo por miedo, por falta de entusiasmo, por falta de valor. Priorizar nuestros sueños es sentirnos capaces de poder llevarlos a cabo, descartando de nuevo todo aquello que nos distraiga de ello.

Volvemos a discernir, a priorizar y luego, irremediablemente, debemos darle foco a esa prioridad. Eso significa dar el extra, apuntar todas nuestras fuerzas y recursos para que esa prioridad se ponga a caminar. Cuando ponemos el foco en nuestra prioridad, todo el universo se pone a nuestro favor. Todas las energías disponibles, todas las fuerzas que somos capaces de atesorar, se ponen a trabajar para nosotros. Ahí empiezan a reclutarse todos los ingredientes necesarios para que se obre cualquier tipo de milagro. Ahí nace el mago que todos llevamos dentro, porque empezamos a atender con fuerza lo que verdaderamente anhelamos.

Y luego el gran secreto de todo sueño: perseverar. La perseverancia es esencial, porque todos sabemos que no existe en la naturaleza la generación espontánea. El secreto de los ciclos nos enseña que todo fruto llega cuando somos capaces de trabajar la tierra, sembrar correctamente en ella, cuidar aquello que amamos día tras día, y perseverar para recoger todos sus frutos. A mayores cuidados, a mayor atención y perseverancia, a mayor foco, prioridad y discernimiento, mayor será el logro en nuestras vidas. Es el tiempo que dedicas a una cosa lo que hace que sea importante. Y eso que es importante para nuestro corazón, para eso que es esencialmente invisible a los ojos, debemos lanzarlo con fuerza para que se haga realidad.

La delicadeza de las cosas


Todo es delicado. La sensación de finitud. La muerte. La vida. El amor. Las emociones son completamente delicadas. Los estados de ánimo, nuestros cuerpos, nuestras fatigas, nuestros anhelos, nuestras inquinas. Las plantas son delicadas, las flores, sus inmediatos perfumes. Los animalillos del bosque, el cauce de un río, el extenso horizonte de un mar que atardece o amanece. Nuestros deseos, nuestro despertar diario, nuestros anocheceres con sus noches oscuras y sus días complejos y sus vacilaciones y suspiros.

Cuando abrazamos a otro ser humano, debemos hacerlo pensando en su fragilidad, en su delicadeza. Cualquier cosa nos puede afectar, cualquier gesto, cualquier equivocación, puede provocar un abismo de oscuridad. También viceversa. Cualquier gesto de amor puede provocar en el otro una inmensa felicidad, un reencuentro consigo mismo. Solo tenemos que tomar consciencia de la exquisitez y finura de las cosas, de las personas. Coger a un niño recién nacido con ese cuidado escrupuloso es un reflejo de la ternura que nace naturalmente de nuestro interior. Así deberíamos abrazar la vida y todas sus extensiones a cada instante. De la misma manera con la que se abraza a un bebé recién nacido. Como si todos los días naciera un niño, y tuviéramos la responsabilidad inmediata de su cuidado y atención.

En nuestros pensamientos, en nuestro ánimo, en nuestros deseos y en nuestros actos. Estar siempre atento para que nuestras palabras no sean ofensivas, para que nuestros actos diarios sean completamente inofensivos y amorosos. Empatizar con el dolor del otro, con la vida del otro, con la visión del otro. Abrazar, sin castigar, cada error cometido. Al igual que ya no castigaríamos a un niño pequeño por tropezar cuando está aprendiendo a andar. Más bien lo sostenemos felices por sus avances, aunque se equivoque una y otra vez, aunque tropiece y caiga y se ensucie. De igual manera deberíamos sostener los errores de los otros, advirtiéndoles con amor que quizás las cosas se pueden hacer de otra manera, se pueden tejer de diferente forma, se puede mejorar día a día, siempre. Es en esa mejora continua, en ese aprendizaje, donde damos valor a las relaciones, a los espejos que los otros producen en nosotros, en todo aquello que nos hace crecer en consciencia y amor y vida.

La madeja de relaciones siempre es compleja. No puede haber amor si no hay relación, y toda relación requiere roce, fricción, rozamiento, desgaste. Por eso amar es un arte, un arte delicado, un arte que requiere entrenamiento y disciplina. Amar desde la buena voluntad, sin rencor, sin juicio, amar amando, amorosamente, con ternura, con suavidad, con delicadeza, desde la belleza del amor, el perdón, la compasión.

Honrar la vida en el sagrado cotidiano, en las relaciones, en todas las experiencias diarias, es llenar cada instante de espíritu, de consciencia, de ternura, de delicadeza. La belleza es un arte, un don que la naturaleza pone a nuestra disposición para que alcancemos la meta de ser felices, de tener una vida plena y consciente, una existencia donde podamos valorar cada segundo que pasa. La belleza es resultado de la simplicidad, del tacto y del cuidado, del amor, del esfuerzo acompañado de inteligencia, y del respeto por cada partícula de vida. Ser seres bellos, elegantes, armoniosos, cuidadosos, quizás sea una de las tareas más complejas que existan. Cuidar nuestro cuerpo como si fuera un templo, embellecerlo, volverlo inofensivo, trasparente, luminoso. Cuidar de nosotros, para cuidar de otros. Somos delicados y frágiles, cuidémonos todos los días, con amor.

Avivando el fuego de la vida


«Conservar el fuego desde que fue inventado. En eso consiste, cada día, esta tarea de vivir.» Begoña Abad

En el tránsito del solsticio de verano al equinoccio de otoño escribí estas palabras que ahora recupero algo asombrado:

“Acabo de llegar a Hendaya, en el sur de Francia, hermoso lugar fronterizo con nuestro país. Aquí participaré en un pequeño ritual de transición, de cambio de ciclo, de cambio de fuerzas y energías que deberán acompañar esta nueva etapa. Mañana ese ritual se complementará con los ancianos del Arco Real en San Sebastián, una forma de transitar mediante los augustos misterios hacia dimensiones más vastas del ser. Y por la tarde, una nueva transición en las altas montañas de Cantabria, aislado posiblemente de cualquier cosa que pueda separar el cielo de la tierra. Estos viajes, estos cambios, seguro que son un reflejo de lo que de alguna manera se está tejiendo dentro.

Ayer tuve una muy grata sorpresa. Algo que no esperaba y que me ayudó a transitar desde el cariño y el amor este nuevo ciclo. En la parte fantasiosa del relato es como si dos almas se hubieran reencontrado desnudas, despojadas del pasado, y hubieran atravesado durante tres largas horas un hermoso umbral. Siguiendo con la fantasía, es como si hubieran paseado por una hermosa playa, hubieran recogido de entre los pinares piñas y hubieran encendido algunas velas junto a un ramillete de incienso. Es como si se hubieran apagado las luces del mundo y sonara la música ancestral que conmueve a las almas en su baile mágico, en su fuego vital. Nos imaginábamos danzando junto al fiel amigo peludo, el cual nos miraría con cara de incredulidad ante nuestra felicidad y alegría. Ayer es como si nuestras almas bailaran poseídas por el éxtasis. Es como si todos nuestros átomos estuvieran poseídos y fueran capaces de trasladarse por infinitos universos, por llamaradas de fuerzas encantadas.

Fuera como fuera, real o fantasía, fue el broche de oro para despedir un solsticio muy difícil para los dos, y empezar con una nueva energía, con una nueva esperanza, con un sueño renovado. Agradecí mucho el gesto, el regalo, todo aquello que recibí entre risas y llantos, entre sueños y esperanzas. Agradecí empezar este nuevo ciclo a su lado, aunque nos separara un abismo”.

Nunca pensé que estas palabras escritas en el sur de Francia hace tan solo unos días fueran tan premonitorias, tan intuitivas y valedoras de un nuevo renacer necesario y justo. Qué importante son los ciclos. Qué importante resulta morir y renacer una y otra vez. Comprender esa fuerza cíclica, esa impermanencia constante, ese devenir transformador. De alguna manera, la fantasía se convirtió en realidad y apareció la grandeza del fuego vivo, aquello por lo que el ser humano ha luchado por mantener encendido desde que se descubrió. Primero el fuego físico, el dador de calor, luego el fuego místico, la llama espiritual que todo lo envuelve. Y ese fuego nos llega en forma de amor, de compasión, de entrega. El verdadero sentido de todo ser es avivar la llama de ese fuego y ser dador del mismo. Avivar el fuego de la vida es lo que nos dota de sentido y nos lleva hacia la meta última. El amor, el amar.

A %d blogueros les gusta esto: