Lo que llevas dentro


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© Els Vanopstal 

“Dos cosas llenan mi ánimo de profunda admiración y respeto… el cielo estrellado y la ley moral dentro de mí”. Immanuel Kant

Un día de reuniones hermosas con seres hermosos. “Admiro lo que haces”, susurró uno de ellos siendo yo el gran admirador de su obra. Me sentí halagado, al mismo tiempo que pequeñito ante la inmensidad del todo por hacer. Se abrieron nuevas puertas, pero realmente solo puedo ver cielos estrellados, planetas circundantes, esferas en movimientos infinitos, inabarcables. Poesía en los márgenes del cosmos, sonidos, diría que inmaculados.

Todo va muy deprisa estos días. Viajamos de un lado para el otro. Abrazamos desnudos la inmensidad y su misterio. Nos deteníamos en los templos, en los bosques, en las alamedas. Los paisajes se desdibujaban fijando la mirada en los albores del aliento. Íbamos y veníamos de un lado para otro, persiguiendo el sueño común, admirando la vida una, su entrañable misterio.

Tras las hermosas reuniones, siempre tan inspiradoras, comimos algo abundante en la antigua Residencia de Estudiantes. Cogimos el coche y marchamos hasta el hermoso y espectacular valle del Tiétar, a los pies del no menos espectacular pico Almanzor, en la antigua comarca de la Vera de Plasencia. Tras un merecido paseo por hermosos lugares, entramos a la casa y meditamos en silencio durante un eterno sigilo. En la conversación de la cena surgió una hermosa y profunda pregunta: ¿hay amor en lo más profundo de tu ser? Mientras observaba la respuesta, me quedé mudo y vacilante, y me atreví silenciosamente a ampliar el rango de la pregunta: ¿qué es aquello que llevamos dentro? Me di cuenta de lo profundo de la cuestión: ¿qué llevamos realmente dentro? Muchas veces miedo, miedos que nos paralizan, que nos alejan de la vida. Otras pereza, o rencor hacia la vida. A veces incertidumbres que nos atormentan o simplemente nada, o casi nada que merezca la pena.

Pero, ¿hay amor en lo más profundo de tu ser? Esa cuestión sí que era realmente importante. La respuesta podría ser múltiple. Incluso positiva cuando nos preocupamos por el bienestar del otro, de la atención hacia el otro, de que el otro esté feliz y satisfecho. La cuestión del otro es siempre imprescindible para entender profundamente el amor. De amor hacia nosotros mismos siempre tenemos alguna dosis, pero conocer al ser humano en profundidad y que te caiga simpático, y que desees lo mejor para él, con entusiasmada entrega, esa es una cuestión compleja.

¿Qué llevamos dentro? ¿Qué es aquello que nos hace y realiza? ¿Qué es aquello que nos inspira? En lo profundo del ser humano se encuentra siempre lo más noble, lo más elevado. A veces es necesario el silencio para descubrir esas joyas que nos acompañan, que nos configuran. La contemplación, la meditación, la oración o cualquier tipo de vía que nos acerque cada vez más a lo que realmente somos, puede constituir un primer paso para adentrarnos en los tesoros que albergamos. ¿Qué llevamos dentro? Esa debería ser una pregunta de obligada respuesta diaria.

¿Cómo nos hemos levantado hoy? Esto podríamos preguntarlo cada mañana, en una corta sesión de silencio. ¿Cómo nos vamos a la cama? Diríamos en una meditación vespertina. ¿Qué hay dentro de nosotros en esta apasionante jornada en la que, un día más, estamos vivos? Amor… solo puede existir amor. Amor hacia la vida, hacia los seres sintientes, hacia los que nos abrazan en el lazo místico, hacia todo aquello que vive dentro y fuera de nosotros, hacia el cielo estrellado y aquello que late fuertemente en nuestro interior. Amor es una buena y necesaria respuesta que debemos llevar a la más pura práctica. No hablando de amor, sino dejándonos la vida en ello. Sólo de esa manera podrá tener sentido toda nuestra riqueza interior.

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Los fractales del destino


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© Alberto Bresciani 

Los fractales del destino responden a situaciones complejas. La vida puede ser desplegada ante un guion determinado, pero a veces, ese guion puede sufrir modificaciones emblemáticas en diferentes niveles de realidad. A nivel inconsciente y supraconsciente, la vida está entregada a una fuerza mayor. Pero en las actuaciones de la vida consciente, el libre albedrío ejerce un poder poco entendido. Ese poder nos puede poner ante el dilema de la elección continua. Hay elecciones conscientes y otras aparatosamente determinadas. Las primeras pueden cambiar para siempre nuestras vidas, o al menos, la forma de entender los supuestos que deberían haberse desarrollado de haber elegido uno u otro camino.

A veces uno se da cuenta de esos cambios cuánticos, y como afectan en diferentes estadios de realidad. Digamos que, en un momento de lucidez, podemos tener capacidad para observar al observado, o para contemplar al observador. Y entonces podemos decidir cambiar de fractal, modificar la realidad y navegar por otros caminos no determinados ni explorados, ni esperados. Las fuerzas y energías que se desarrollan a partir de ese momento generan un remolino de realidades diferentes. Aparentemente dentro de un nuevo guion que se va adaptando a las nuevas circunstancias.

Si miramos nuestras vidas, veremos como algunos acontecimientos sirvieron de nodos donde se podía elegir una u otra vía de realización. Algunos se preguntan de qué manera esos nodos de realidad están predeterminados, o si nacen fruto del azar. Los hechos futuros nos dan pistas sobre de qué forma ese nodo pudo organizar el resto de acontecimientos. Existe un guion establecido, eso a veces parece incluso una evidencia, pero a medida que se desarrolla la obra, podemos ir modificando paisajes y personas. La elección continua sobre una u otra decisión serán determinantes para el futuro.

Al mismo tiempo, hay un palpitar profundo que, de tener un buen afinado sentido de la intuición, nos puede ir guiando hacia aquello que de alguna forma se muestra como nuestro propósito. Entonces ahí los acontecimientos externos quedan relegados a lo anecdótico, porque por dentro, sabemos a ciencia cierta cual es nuestro verdadero deber, cual es el mapa a seguir, el sendero a hollar. Entonces las elecciones no modifican sustancialmente ninguna columna de nuestra verdadera vocación. Simplemente puede pasar que el marco de referencia, o si se prefiere, el escenario del mismo, sufre pequeños cambios en su decorado.

Cuando todo esto se junta con los propósitos de los seres que nos rodean, la cosa se vuelve más compleja, y asistimos de repente al concierto de almas que danzan al unísono en una sintonía mayor. Ser capaz de escuchar esa melodía nos hace encajar de forma más eficaz en la obra amplia y dilatada de la experiencia. Es como si dos almas estuvieran destinadas a estar juntas pero el miedo y el no reconocimiento se lo impidiera. Entonces, las fuerzas invisibles pueden provocar una y otra vez acercamientos cada vez más intensos hasta que el reconocimiento se vislumbra y la unión se consuma. Es así como esas almas se unen juntas al esfuerzo de la poderosa unión que permite provocar la realización de un ámbito mayor de entrega y esfuerzo. Dos almas juntas realizarán un trabajo más eficaz, hasta que esas almas encuentran su propio grupo de actuación. Los fractales del destino ayudan a provocar esas uniones, una y otra vez, hasta que el Orden vence a todo Caos.

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El laurel se ha marchitado. El puro amor se apaga…


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Al alba sonaba el despertador y como esposados, caminamos por los campos congelados hasta la pequeña ermita. Meditamos en silencio, con la pequeña vela encendida como símbolo de la luz solar que nos guía hacia los planos sutiles. El silencio siempre es un buen mensajero. En él podemos presenciar la sublime imagen de aquello que nos une, de aquello que nos hace vitales ante la existencia. Tras el silencio. Cogimos el coche y anduvimos por largos caminos hasta llegar al primer templo. Era majestuoso, custodiado por las figuras de Salomón y David, un templo del mismo reino disimuladamente oculto entre bosques y montañas. Allí lo profano se entremezclaba con lo sagrado, y la leyenda, convertida de nuevo en piedra, dejaba paso a una realidad inerte, casi sin sentido. Algo pesado, excesivamente grande y vacuo, cargado de sangre por su origen nacido del oro espoliado. El oro jamás podrá comprar las alas del espíritu y la piedra solo puede servir como receptáculo del cosmos vacío.

Seguimos el recorrido y llegamos al segundo templo. Este era igual de majestuoso, pero no por la perfecta piedra pulida, sino por haber sido realizado por la fe de un solo hombre, por la fuerza y la constancia de décadas y décadas de esfuerzo y trabajo, de ciega fe en una obra excesivamente grande. Las grandes obras no corresponden a hombres solitarios, aunque esta rompa con esta regla. Los templos deberían ser pequeños, suficientes para albergar una pequeña lámpara de sabiduría. Templos sencillos, vacíos de cualquier tipo de ostento y exageración. Templos consagrados a la humildad, a la sencillez, a la fe y la esperanza. Templos que puedan recoger humildemente el silencio.

El tercer templo tiene que ver con el laurel de los cátaros. Estaba custodiado por uno de sus guardianes, al menos una imagen reminiscente de aquellos que fueron quemados vivos en la hoguera. Había en ese templo un espejo, y desde el mismo se reflejaba la realidad astral que gobierna al mundo. Almas atrapadas con deseos de encontrar, más allá de la luz lunar, una fuente clara y serena. Decía la profecía cátara que “al cap de 700 anys lo laurel verdejera”. Eso debería ocurrir en octubre de 2021. El laurel como símbolo del puro amor debería empezar a brotar de nuevo. La era del amor conducido con sabiduría hacia un nuevo tiempo de compartir y generosidad.

La ruta por estos tres templos en una misma jornada nos ha hecho recordar la urgencia de actuar. La verdad sobre los hechos de que estamos atravesando uno de los estadios de mayor materialismo que se conoce. La luz se esconde tras este halo de tiniebla y ceguera. Hay lugares donde aún se puede esconder la llama, pequeños y recónditos espacios donde solo unos pocos guardianes resguardan el anhelo y la esperanza de una nueva tierra. Ese trabajo de salvaguarda es necesario. Hay que resguardar lo sagrado para poder ser transmitido, una y otra vez, por todos los tiempos. Es la única forma de recordar no solo nuestros orígenes, sino también nuestro futuro irremediable. El puro amor volverá a lucir en todos nuestros corazones, aunque, como decían los cátaros antes de ser quemados: el laurel se ha marchitado, el puro amor se apaga…

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Cooperar para experimentar valores y vivir ideas


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© Jefflin Ling

Según el calendario Tzolkin, hoy es el día del Sol Cristal Amarillo de la Onda Encantada de la Luna. Este kin representa la cooperación con la luz con el propósito de purificar. La cooperación siempre es imprescindible en todos los ámbitos de la vida. Cooperar equivale a hacer juntos lo que solo no podríamos. A ayudarnos los unos a los otros para un bien mayor, para una mejora de todo y de todos. Cooperar es cuidar del otro, ser amable, comprensivo, especialmente atento con cada detalle. Cooperar juntos es experimentar los valores y vivir las ideas. No es hablar de valores e ideales, sino experimentarlos profundamente junto al otro.

Esta es una tarea siempre pendiente. Nos pasamos la vida investigando, estudiando, valorando ideas y pensamientos, estructuras y esquemas que podrían resultar útiles. El estudio siempre ha sido un pilar importante para cada civilización, pero esta muere de inacción cuando dichos ideales son incapaces de plasmarse. Ocurre lo mismo en el mundo de las creencias, siempre tan sutil y peligrosamente abstracto. Podemos creer en unas aspiraciones, es unos ideales más o menos espirituales, en una ética y en una moral a prueba de bombas. Pero si no somos capaces de perpetuar dichas visiones en la práctica, jamás habremos conocido realmente nada. Buda lo dijo claramente: práctica los caminos. Uno puede hablar eternamente sobre los caminos, pero de nada le servirá esa teoría si no es capaz de llevarla a cabo. La diferencia entre conocer y poseer sabiduría es precisamente esa capacidad de llevar a la experiencia todas las ideas propuestas, imaginadas o pensadas en nuestro interior. No importa si a veces erramos en el empeño, pero al menos, nunca dejar de intentarlo, una y otra vez.

La cooperación puede empezar en lo más pequeño. Con nuestra pareja, con nuestros amigos, con nuestra familia, con nuestro entorno. La correcta conducta, siempre tan compleja de conseguir, debe basarse en la búsqueda de la felicidad del otro mediante la culminación de nuestra propia felicidad. De ahí la importancia del autocuidado, de procurarnos siempre lo mejor a nosotros mismos con el sano deseo de procurar siempre lo mejor al otro. Si nosotros estamos bien, tendremos mayor capacidad para hacer el bien. Si nosotros gozamos de salud, de alegría, de amor incondicional, tendremos mayor capacidad para provocar bienestar a nuestro entorno.

En la vida debemos esforzarnos para pulir nuestra piedra bruta, siempre tan llena de aristas. Con ello podemos construir un hermoso templo social, comunal o familiar. Nuestra piedra debe encajar perfectamente en ese edificio construido gracias a los valores de la cooperación, el apoyo mutuo, la fraternidad, el amor incondicional, la generosidad, la oportunidad de servir y ser útil. Cuando eso ocurre, algo trascendente ocurre. Obramos el milagro de encajar perfectamente en el propósito de la vida, en la belleza profunda que nace de la obra bien hecha. Ser cooperantes con la vida es tener una relación estrecha con la existencia, y de paso, con toda su trascendencia.

Podremos siempre equivocarnos, lo haremos muchas veces a lo largo de nuestras vidas. Podemos a veces incluso obrar de forma torpe o ignorante. Pero eso debe servirnos para mejorar una y otra vez. Para despejar todas las dudas sobre nuestra verdadera naturaleza, sobre nuestra verdadera necesidad de obrar el bien, de cooperar con la existencia. Los lirios del campo cooperan, la brisa coopera, los ríos que nacen salvajes en las cumbres de las anchas montañas cooperan. Todo cuanto existen coopera para que el orden se establezca en toda naturaleza. Las nubes, la luz del sol, la savia de los árboles. Cooperar obrando el bien es una forma de experimentar los valores y de vivir las ideas. Cooperar una y otra vez, cooperar siempre, para ser activos partícipes de toda la creación.

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Que no llame Cupido, no se le espera


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© Chris Monette 

Mañana es un día bonito si le quitamos ese melodrama de lo material. El día del amor. Dicho así, dan ganas de lanzarse a esa piscina imaginaria. Pero uno se vuelve cauto con la edad, o con la experiencia. Cauto y precavido. Quizás por eso hace tiempo que no hablo de amor, de relaciones. También hace tiempo que no tengo amor, ni relaciones. Al menos no del tipo de amor y de relaciones que uno siempre imagina de forma romántica, duradera, consolidada. Hace casi dos años que algo se quebró en mí y desde entonces no he sido capaz de volver a recomponer nada. Mañana es San Valentín y supongo que Cupido pasará de largo, lo cual, en cierta forma, agradezco. Con un corazón congelado y una actitud nada favorable para imaginar bonitas escenas de amor, virgencita que me quede como estoy. Y realmente debo decir que estoy bien. Nadie diría, años atrás, que pudiera estar bien disfrutando de esta tranquila soledad, de este espacio interior que mantengo protegido. No echo en exceso nada de menos. Ni siquiera los abrazos nocturnos, ni los besos desenfrenados, ni la locura de perder la cabeza ante la belleza del otro, en este caso, de la otra, porque mira que sois bellas las mujeres. Sí, también los hombres, ya me entendéis.

No es que me sienta egoísta por no querer compartir nada con nadie, es que vivir perdido en una cabaña en mitad de un bosque en un paraje aislado no es una buena carta de presentación para nadie. Y menos si tienes oficio, pero poco beneficio. Un desastre para el ligue, o para la seducción mínima, a sabiendas que uno de los requisitos imprescindibles para ser un buen partido es ofrecer seguridad y a veces exagerarla. Y no me gusta eso de la mentira piadosa, ni de que otros se mientan con ideas que se fabrican por eso de tener un pasado de gloria o por un presente apasionante o bucólico. Lo siento pero esto es lo que hay, poca cosa si uno vive una normalidad agazapada en la seguridad.

Por un lado, pienso que esta peculiar situación mía también es una ventaja. Porque si alguien se acerca, y no se deja llevar por la neblina de lo aparente, ni por la ilusión de supuestos figurados, puede entrar con buen pie a un lugar tan recóndito y apartado. Si alguien tuviera capacidad de entender este estilo de vida, no como una huida, sino como una apuesta contundente de compromiso y responsabilidad hacia un valor y un ideal intrínsecamente profundo, podría participar del cortejo y dejarme llevar por el batir de alas. En el fondo esta cabaña me defiende de lo ilusorio, o del mundo mentiroso, como dirían los antiguos. Si alguien se atreve a llamar a la puerta, no habrá motivo para imaginar que detrás de ella hay un suculento palacio cargado de tesoros, sino una humilde cabaña de madera, de no más de veinte metros. Y eso, de cara al amor, al verdadero, me resulta importante.

Es cierto, mañana es San Valentín, y según la tradición, uno podría estar disfrutando de la compañía de un ser cercano. Pero mañana no habrá celebración, ni poderosa convicción de que la pudiera haber en los próximos tiempos. De repente me hice muy mayor, y la sensación que tengo es como si el amor hubiera muerto aquella cálida noche de verano y se marchara para no volver nunca más. Ojalá esto tan solo fuera un espejismo y volviera, de nuevo, a perder la cabeza en aras del corazón.

No me quejo. Todos hemos perdido siempre algo. Todos hemos emanado alguna vez algún tipo de dolor emocional. También descubrimos que, con paciencia y calma, con algo de fortaleza interior, hasta lo más difícil se supera. Todo siempre se diluye. Ese es el gran secreto de la quietud interior. Inclusive la pérdida de un ser querido. Y si el ser querido nunca más volvió, ni dio señales de vida, es que realmente le importabas un pimiento, por lo tanto, como decía, virgencita que me quede como estoy.

¿Y el Amor? Ese no necesita mucho, y hay que celebrarlo todos los días. Así sí, en mayúsculas. Uno puede amar el silencio, los libros, las vistas al bosque, la música, los amigos, incluso a esos que vienen y van, aunque al final termines amándolos en silencio. Ya no necesitas atrapar a nadie, ni poseerlo, aunque para la mayoría el amor no puede entenderse sin cierta posesión. ¡Qué paradojas! ¿Cómo amar sin poseer? Se preguntaba el poeta… ¿Cómo amar sin adueñarse del otro? ¿Cómo amar sin hacer de su vida, tu vida?

¿Y el amor? En minúscula, el pequeñito, el de aquí te pillo y aquí te mato, a ese no se le espera. El amor en pequeño mejor que no venga. Amar para solo amar un instante no lo necesito. Virgencita, mejor así. Esos amores que te declaran vida eterna y luego, a la mínima y fugaz prevalencia desaparecen, mejor que no asomen. No tengo tiempo ni ganas para pasajes de ida y vuelta, para momentos inocuos y leves. No tengo tiempo para lo breve. No me interesa lo breve. Mejor amémonos eternamente, para siempre. Si no, amor, mejor no llames a mi puerta. Prefiero Amar, aunque sea en silencio. A los libros, al bosque, a la música, al susurro, a ríos y montañas, y por supuesto, amar a los que aman infinitamente. Que el Amor prevalezca siempre, y que el miedo nunca nos venza.

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La espiritualidad del presente


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© Joe Photos 

Estos días hemos indagado fugazmente sobre la idea de cómo sería la espiritualidad del futuro. Ciertamente es compleja la respuesta, y la sola idea. El alma cautiva mora siempre en el interrogante. Su misión es despojarse de aquello que la cautiva, lo material, sus estímulos, sus distracciones. Atrapada y dominada por la materia, sus anhelos de liberación le llevan, cuando tiene ocasión, a hollar los senderos, a veces peregrinos, que le conducen hacia la más estrecha observancia.

El estudio puede aliviar formalmente alguna idea, puede incluso guiar sobre respuestas conexas. La espiritualidad del presente puede presentarse como algo epidérmico, algo de lo que se habla, algunas vagas prácticas, algún interrogante. En general, hay mucha pérdida de luz debido a la condición de pura oscuridad en la que vivimos en este tiempo carnalmente materialista. Un tiempo de las cosas, un lugar de quehaceres compuestos por miríadas de deseos que esculpen en el ocio la panacea de la existencia. Una pérdida, diría, de verdadera vida.

Distraídos como estamos, es complejo penetrar realmente en el significado profundo de la espiritualidad. Los más atrevidos buscan hacer el bien, o encuentran en algún tipo de moral o ética aplicada una forma de aliviar un deseo elevado. Pero la mayoría de veces, la espiritualidad tan solo obedece a elementos estéticos y estilísticos, a poses, a modas, a creencias puramente modélicas totalmente vacías de contenido. Todo ello provoca una especie de acedía, de tristeza del alma. Distraídos como estamos, el alma se aleja a otras moradas y nosotros vagamos ciegos y orgullosos por un mundo banal. Nuestro deleite por las diez mil cosas que nos distraen provoca una pena inconmensurable.

¿Cómo atraer al alma hacia nosotros? ¿Cómo construir el inevitable puente para que su luz pueda irradiarse en nosotros? ¿Qué afanosa espiritualidad debemos dirigir en nuestras vías distraídas para que las moradas del espíritu se manifiesten en nuestras vidas? Si estamos aún apresados por las experiencias sensoriales, ¿cómo liberarnos de las mismas para atravesar el celeste acorde? Desprendimiento de las palabras, del ruido. Desprendimiento de lo material, desapego total y absoluto hacia las cosas. Desprendimiento de las pasiones. El desprendimiento psíquico con la eliminación de las opiniones que dividen y restan.

El orgullo espiritual es una de las enfermedades más comunes de nuestro tiempo. De ahí que la verdadera humildad sea un correcto antídoto para dicha dolencia del alma. Los pilares de una buena espiritualidad siempre se basarán en el silencio continúo, la humildad y la acción al bien. No hay mayor gracia interior que fijar toda nuestra vida a obrar de forma correcta, sigilosa, humilde. No hay nada como colaborar con la inevitable bienaventuranza de la propia vida.

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Déjate pintar


 

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El Angelus, de Millet

Pensamos que somos los artífices de una vida plena, entusiasta, emotiva. Si tuviéramos capacidad de acercarnos a la antesala de la música celeste, comprenderíamos que nuestra única labor sería la de permanecer quietos, en ascética posición, delegando la labor en el Pintor, el cual, observa con detenimiento, que cuando nos movemos, en vez de dibujar un ojo, dibuja un borrón. Dicho así, nosotros no pintamos nada. Somos meros instrumentos, o lienzos, donde el Creador de las cosas batalla con trazos toda nuestra vida. La vida unitiva, tras pasar por esa vida ascética, acontece cuando el alma se abandona o se deja pintar, por seguir con el símil. Cuando el ruido de nuestros intereses mengua, cuando vaciamos nuestro candor y nos volvemos diamantinos, trasparentes, se percibe entonces ese matrimonio inevitable con la unidad. Todo lo vano, lo pasajero, lo ilusorio, se estremece y disipa.

En esa unidad uno habita en dos mundos. De forma simultanea, uno vive en la ciudad celeste, en el mundo de las ideas, en el valle del amor conmensurable. Pero también en la abrumadora existencia que soporta nuestros pies. Lo ideal sería poder ser transparentes para que el mundo celeste permeara y cayera como gota fina hacia la tierra doliente. Si pudiéramos pulir nuestras vidas ansiadas de virtud, si pudiéramos despertar del sueño en el que vivimos para enarbolar la sincera disposición para ser pintados. Si al menos pudiéramos acallar nuestro ruido un poco de veces al día.

Espiritualizar el mundo es complejo. Uno nunca sabe por dónde empezar. Se regaza en la inconmensuralidad del trabajo. Se agazapa y se protege, a veces por miedo, a veces por orgullo, a veces por impotencia de sentirse inútil. Sin embargo, la necesidad de transcendencia siempre es infinita. La necesidad de una nueva ética, de nuevos valores, de nuevas motivaciones para que el mundo prevalezca en paz, amor y comprensión, para que la naturaleza sea capaz de vencer nuestras divergencias y derrotemos el egoísmo que nos diferencia.

“Déjate pintar”, me susurro. Cierra los ojos, medita en silencio, engúllete de la infinitud que lo callado expresa. El mundo silente espera cuando entendemos la necesidad de vaciarnos, de empoderar la poesía que somos, de permitir que la vida se exprese siguiendo el curso de su propio propósito. ¡Qué podemos hacer! ¡Hay tanto por hacer! Se me ocurre empezar por el vaciado de mí mismo. Se me ocurre quitar opacidad, excesos de ruidos.

Demasiadas cosas inútiles. Demasiadas cosas que nos alejan de lo natural. Demasiadas distracciones. Se me ocurre centrarme, discernir ante la voz del silencio. Se me ocurre entrar sigiloso, cada vez en mayor invisibilidad. Y luego hacer aquello que el Hacedor proponga. ¿Pero cómo saberlo? Solo se me ocurre desde la callada y atenta observación. Allí se expresan arquetipos, ideas, intuiciones. Allí brotan en grandes manantiales todo aquello que realmente necesitamos. Una vez acallados, una vez escuchado su susurro, despojarnos de todo aquello que no sirve y abrazar aquello que nos inunda de gracia, de ternura, de amor. Embriagarnos de la verdadera comunión. Son cosas que me digo. Son cosas que me vienen, porque la teoría sin la experiencia de practicar los caminos no sirve de nada. Por eso, en definitiva, me sumo a ser transparentes para que la vida nos pinte. ¡¡Bendita vida!!

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