El retorno a las fuentes


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Me sorprendió ver ese hermoso ser posado en la silla. Una mariposa que realmente parecía un hada, un ser de otro mundo, frágil y casi transparente. La miré absorto bajo el calor octogonal que la primavera recién estrenada desprendía a raudales. Una mariposa salida de algún sueño.

La verdad es que la vida en los bosques transcurre de forma muy diferente. El tiempo no se mide, simplemente pasa. Tanto es así que llevaba ya días sin escribir, pensando que hoy era ayer y en realidad ha pasado ya una semana. Por eso la mariposa me recordó tantas cosas. Especialmente lo frágil que es la vida, lo volátil que es todo, y lo complejidad que subyace en cada instante. Planeas cosas, pero luego las cosas pasan de forma diametralmente opuesta. Piensas que internarse entre árboles puede asegurarte cualquier recompensa, pero aquí todo se mide de forma diferente. Cogí la mariposa, la puse en la ventana y desapareció entre vientos que la llevaban de aquí para allá. A pesar de la frágil experiencia, ocurrieron otros hechos importantes.

Ese mismo día llegó el equinoccio, con su luna llena, con sus rituales ancestrales, con su celebración a la vida. El sol es cálido y amable, los árboles empiezan a despertar de su letargo y comienzan a teñirse de verde. La vida es como si de repente comenzara a fluir más rápida, más vibrante y luminosa. Si te paras un momento a mirar la belleza del entorno es como si entraras, con un poco de constancia, a otra dimensión donde los colores son más brillantes y la vida clama con un sentido misterioso. Es como si el cielo se manifestara en la tierra de forma poderosa y pudieras arriesgar un trozo de esta realidad para traspasar las barreras que nos separan de lo esencial. Puedes ver la vida, la materia, las fuerzas, las energías y los arquetipos que subyace en cada una de esas dimensiones paralelas.

En estos días he descubierto algunas cosas interesantes sobre los procesos que la existencia te anima a perseguir. He visto claramente como las necesidades pueden ser personales, o si queremos, necesidades del ego, del pequeño yo. Todo aquello que tiene que ver con nuestras inquietudes más inmediatas y egoístas se manifiestan con una fuerza alarmante en nosotros y el mundo.

Luego están las necesidades de eso que las tradiciones llaman alma. Alma es una palabra extraña pero que encierra en sí misma un poderoso significado. Y saber y atender las necesidades del alma no es fácil, porque es algo que late en potencia en nosotros, pero no en acto. Es decir, el alma es algo latente, pero incapaz de manifestarse en nosotros. Sólo en breves destellos de iluminación momentánea tiene cierto poder de manifestación. Como la mariposa que entra en la cabaña y desaparece en un instante mecida por los vientos en el día equinoccial. Pero cuando eso ocurre y lo observas de forma despierta, es posible captar cierto mensaje, cierto destello de luz, de comprensión superior sobre las cosas. Cuando el alma es capaz de asentar parte de su existencia en nosotros, nuestras capacidades y entendimiento cambian para siempre. Y descubro con asombro que el alma también tiene sus propias necesidades y alimentos, sus propias exigencias para adecuarse y asentarse en nuestras vidas.

En los bosques, ante la visión de la naturaleza plena, es posible que el alma se acomode, que te posea con mayor frecuencia, ya no como algo ajeno a nosotros, sino como algo que empieza a pilotar nuestras vidas, nuestra entrega a un propósito mayor, a algo que supera con creces nuestras necesidades particulares y egoístas del pequeño yo. Y cuando eso ocurre, especialmente en momentos de plenitud silenciosa, descubrimos un tercer agente, un factor que está por encima de la vida del alma, un pequeño y leve toque de clarín. La tradición habla de ello como la vida del espíritu, o como la cosa espiritual e inmanente que está en todo lo existente. Aquí el Misterio es poderoso, porque el espíritu, a diferencia del alma, ya no es algo tan tangible, ni tan fácil de atrapar o contextualizar al tratarse de algo que pertenece a todos, y no a una entidad definida.

El yo y el alma aún tienen cierta identidad, pero no el espíritu, que subyace en la no identidad de todas las cosas. Sin embargo, cuando un trozo de su poder es capaz de asentarse en el trono álmico, la experiencia sensitiva y vital supera con creces todo lo vivido hasta ahora. Ya no se trata de una mariposa frágil que es mecida por los vientos. Ahora es el PROCESO en el que esa mariposa, el bosque, el viento y yo mismo nos encontramos en un mismo instante dentro de otro instante mayor. Esa experiencia es como una revelación del continuo fluir de la vida, y de como nosotros participamos en ella. Esa experiencia, fugaz, primaveral, volátil, nos permite comprender las necesidades del alma y del espíritu, y participar de su concierto existencial si deseamos atenderlas. Y en ese proceso me encuentro, por eso pierdo toda noción de tiempo, de trabajo, de experiencia. Por eso pasan las horas y los días y siento rejuvenecer en vez de envejecer. Como si el volver a las fuentes dotara de sentido todo lo demás, y al hacerlo, uno se hiciera espíritu inmortal.

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Esa vida onírica


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Ayer tocó desatascar tuberías y hoy reparar un molino de viento. Parece que en el mundo arquetípico todo está relacionado y todo está lleno de símbolos. Estos días en los bosques han sido un poco de locos. Aquí el tiempo es diferente. Se podría decir que no hay tiempo, ni orden aparente, ni programación normal sobre lo que podría ser una jornada tranquila o cualquiera. Todo discurre, sin más. Y la mente analítica debe adaptarse a ese fluir inexacto, expresivo, incandescente. El tiempo de la ocasión es impermeable. Uno se desliza ante la suave atmósfera. La sensación es como si estuvieras contemplando el curso de un río desde fuera y de repente te lanzas a sus aguas dejándote llevar por su fuerza. No sabes hasta qué orilla, ni siquiera sabes qué ocurre o ocurrirá mientras flotas en la intemperie. Pero te dejas llevar mientras ríes de emoción.

Esto es realmente apasionante. Si no fuera por todo el trabajo que se empieza a acumular, por la falta de medios para intentar abarcarlo todo, por no tener casi de nada y aún así vivir una vida rica en experiencias. Y el río sigue arrastrándome con su fuerza, con su ímpetu, disfrutando de los paisajes, sin expectativas, sin mayores dramas que el fluir. Ahora ya no me cuestiono las cosas del pasado o del futuro. Ni siquiera me cuestiono las cosas del presente, como si estuviera viviendo en un ciclo natural, en un proceso supraconsciente que predomina en una psique demasiado acostumbrada a atar las cosas, a controlar las cosas.

Con el tiempo uno descubre que nada se puede controlar, que la vida se muestra caprichosa o milagrosa dependiendo de nuestra propia inclinación interior. Uno se levanta por las mañanas y decide realmente cómo será el día dependiendo del escenario que dibujemos en nuestra mente. Si miramos la vida con alegría, solo pueden ocurrir escenarios hermosos. Si miramos con tristeza, casi seguro que lloverá. Y no lo digo porque la lluvia sea algo triste en sí misma. Más bien es una alegoría de la corriente de agua que corre dentro de nosotros cuando nuestras emociones deambulan hacia las esferas acuáticas.

La vida es onírica. Se supedita a los sueños y estos a nuestra labor como creadores. Cuando el arte recorre nuestras venas, la vida puede llenarse de tonos impresionantes, sacados de otros mundos. Cuando vagamos ante la premisa del tedio, lo gris se manifiesta inevitablemente. Mañana, cuando amanezca, miraré el bosque, escucharé el canto mañanero de los pajarillos ya disfrazados de primavera. Intentaré sopesar qué merece la pena pensar, sentir y hacer. Me guiaré por cada acontecimiento, por cada nueva experiencia que se presente. Seguiré aprendiendo, como un niño que mira con atención y curiosidad el nuevo mundo. Suspiraré por todo aquello que me gustaría abrazar e intentaré que el lazo místico se manifieste con profundidad. Me siento bien, ya alejado de la tempestad, y ahora más preparado para las siguientes pruebas. Mientras, río en el río… Qué paradojas…

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Hacia un mundo amable


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Esta tarde meditando en O Couso

Domingo. Suena el despertador a las siete. Los pajarillos se escuchan en los árboles. El bosque amanece lleno de rocío inmaculado, preñado, fresco. Me estiro mientras sonrío interiormente. La noche fue bien, el reencuentro con la cabaña fue hermoso y tranquilo. Paz y silencio a esas horas. Observo atento a mi alrededor cada párpado de recuerdo. Miro por la ventana como llueve mientras se mecen los árboles con cierto aleteo alegre. Geo me mira, se levanta y se estira. Aprovecho su iniciativa y lo imito con cierta pereza. Me quito el pijama de franela. Me visto tranquilo. Hago la cama y emprendo el camino hacia la ermita. Allí ya está María silenciosa. La acompaño tras encender la vela y tocar los tres gongs.

La ermita es un centro de peregrinación para almas que buscan paz interior. El silencio acompaña los ritmos que creemos se expanden más allá de nuestra parte corpórea y limitada. Hay sutilezas difíciles de describir, mundos incapaces de manifestarse si no es ante una observación atenta y desapegada de todo lo que somos. La paz interior no es más que conectar la llama que nos ilumina y refleja nuestro sustento álmico con aquello que resplandece más allá de lo cognoscible. La paz nos sobrevive cuando auscultamos el universo en su magnificencia cósmica y conectamos con esa vibración compartida. Realmente funciona como la música, con sus armónicos y su oscilación auditiva. El sonido se extiende como la luz, a un ritmo diferente, pero eficaz. La voz del silencio permite esa conexión imprescindible y nos trae paz.

La vida ordinaria, el día a día, es convulso. Si estamos solos, la pelea es con nuestros miedos y fantasmas. Si vivimos con otros, ya sea con parejas, familia o amigos, la convulsión entonces puede llegar a ser violenta y descontrolada. No somos perfectos y ya sabemos que hay muchos tipos de violencia, y a veces resulta difícil controlarlas, apagarlas, dominarlas. La violencia puede ser psicológica, sutil, invisible pero poderosa. También puede ser verbal, como cuando berreas a un animal, y olvidas que, a los animales, y menos aún a las personas, no hay que berrearlas. A veces esa violencia se descontrola y pasan cosas horribles.

De ahí la belleza de empezar y terminar el día con un momento de silencio, de trascendencia, de coloquio interior con la paz. Esa música nos acomoda a un estado del ser diferente. Silencio, paz. Paz silenciosa. Gandhi sabía mucho de esa paz y la llevó al mundo como ejemplo encarnado. Nosotros deberíamos intentar, en la medida de lo posible, dejar de berrear, y aprender a ser amables, cariñosos, amorosos con los otros, sean los que sean. Ser amable con el mundo es ser amable con la parte trascendente de la que venimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Ser cariñosos y amorosos con todos aquellos que nos rodean producen un efecto multiplicador en la construcción inevitable de la paz mundial. El día que comprendamos la importancia de la amabilidad, del cariño, de los pequeños gestos, ese día el mundo empezará a cambiar. Paz al mundo, paz a los hombres y mujeres de buena voluntad para que lleven paz a todos los rincones de la esfera existencial. Feliz y pacífica vida a todos. Mi paz os doy, mi paz os dejo.

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Volver a los bosques. Rite de passage


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La lechuza de mi última revolución solar observa atenta en este bosque de aliento. Tras nueve meses de ausencia, volver a la cabaña, a los bosques, a las montañas, a la vida en comunidad, está siendo una experiencia intensa. Se lo debo en parte a Sergi, escritor de oficio, nómada y buena gente que vino a pasar unas semanas al balneario y eso me obligó a una mudanza precipitada a mi otro hogar. Dejar mi refugio entre libros y ríos allá en el valle y subir a la montaña con el corazón por fin tranquilo, la mente ligera y el espíritu con deseos de vida ha sido algo hermoso, intenso e interiormente deseado.

Hoy éramos siete personas y el ambiente no podía ser más amoroso, equilibrado y afinado. Fuimos de excursión a lugares de una belleza impresionante, que siempre han estado ahí y que, en mis cinco años de excursiones y exploraciones por estos lares, nunca había sido capaz de descubrir. Lo cual ha sido como una especie de rite de passage antes de entrar de nuevo a esta realidad, a este mundo mistérico que se está tejiendo desde los planos más etéricos. Un rito que me ha permitido ver con paciente calma todo lo hermoso que aquí se está tejiendo.

En la cabaña, rodeado de árboles y montañas, de soledad y sosiego, se respira algo especial. El amigo Geo respira a mi lado. La gata Meiga merodea por los alrededores. Desde que me marché, ha sido fiel y se ha mantenido firme como una guardiana viviendo en la cabaña, esperando mi regreso y protegiendo el lugar. Ahora tendré que acomodar de nuevo la decoración original, mis enseres personales y mi nueva forma de ver la vida y el sentido de todo. Por suerte pude entrar en este recinto de forma tranquila, sosegada, sin lágrimas ni deseos extraños. Ahora solo con un manto de agradecimiento, con una sonrisa alegre tras comprobar todo lo que aquí se hizo de forma bella y desapegada. Estoy bien, me siento bien, lleno de agradecimiento y con ganas de empezar de nuevo después de tanto tiempo de dureza y ausencias.

Ahora me encuentro preparado para ir entrando poco a poco a la segunda fase del proyecto: “el jardín de Epicuro”. Si la primera parte podríamos llamarla como de mito fundacional o la reconstrucción de la pequeña Porciúncula para albergar la idea de que el reino de los cielos se está acercando, ahora toca bucear en la parte etérica del proyecto y profundizar en nuestra relación con la madre naturaleza. Como ya hicieron cerca de El Pireo los “filósofos del jardín” o “aquellos del jardín”, nos toca a nosotros manifestar la parte celeste en la belleza natural de la vida tal y como lo hiciera Epicuro de Samos. Los placeres espirituales y la ataraxia debería ser el próximo objetivo primordial.

Perder el tiempo en el dolor y el sufrimiento no tiene sentido. Perder el tiempo en la violencia y la rabia no nos conduce a nada. De ahí la necesidad de conseguir tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad buscando una correcta y sana relación con el alma, la razón y los sentimientos, con el otro y lo otro, con la vida y el misterio. No merece la pena sufrir. No merece la pena gritar, expandir odio, rabia, frustración, miedo, inseguridad, arrebato o violencia. Es necesario volver a la paz interior, al refugio del alma, a la felicidad y la alegría. Eso es lo que deseo interiormente y ese será mi esfuerzo para los próximos tiempos. Luz, paz y amor para todos.

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El secreto es el vacío de todos los fenómenos


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© Pintura de Caspar David Friedrich

 

Hoy ha sido un día difícil en cuanto a la administración del tiempo. Sin embargo, he descubierto esa manera tranquila de sortear de la mejor manera todos los compromisos. En el fondo, había cierta emoción en aquello que sucedía y acontecía. Como si todo estuviera ordenado, como si todo estuviera en su sitio, como si de repente hubiera un cambio imprescindible en la percepción de todo. Una luz primaveral, un sentir riguroso de lo intangible, de lo perenne, de lo sensible al palpitar de la existencia.

Descubro un poco tarde que no se pueden forzar las cosas y que en estos últimos años he forzado en exceso algunos acontecimientos. No puedes provocar que la primavera se adelante. No puedes obligar a que la gente permanezca a tu lado si lo que desea es estar en comunión plena consigo misma, a solas, en silencio. No puedes marcar los ritmos cuando los ciclos tienen vida propia. Lo que se expande y se contrae no depende de nosotros. En nuestro haber, solo podemos arrodillarnos ante la inmensidad, humildemente, y aceptar los acontecimientos. Si alguien quiere estar a nuestro lado, vendrá. Si algo tiene que suceder, inevitablemente sucederá. Podemos desearlo, pero no forzarlo, porque la música tiene sus propios ritmos y nuestro tono, mayor o menor, debe encajar en cada concierto en el que participemos de forma siempre equilibrada y armónica.

Mientras pienso en todo esto, empiezo a comprender el secreto que existe como vacío de todos los fenómenos. Es como si todo lo que ocurre estuviera envuelto en un misterio que tiene su propia lógica. Nada ocurre al azar, ninguna brizna cae sin una historia que la envuelve y dota de sentido ese instante. Los fenómenos responden ante un vacío inconmensurable cargado de sinergias que se expanden hacia un exacto y meticuloso propósito. Todo encierra una intención que no sabemos interpretar. Por eso interiormente hoy sentía, ante todo lo que ocurría casi de forma inevitable, cierta paz interior. Respiraba con la confianza de saber que lo que tenga que suceder, sucederá.

Así que, aunque hoy haya sido un día intenso y mañana parece que también lo será, siento ese equilibrio de las cosas invisibles, siento la fuerza de todo aquello que se sujeta en ese cambio constante. Puedo ver los acontecimientos encadenados unos con otros y percibir el sentido de todas las cosas en paz, con calma, con sosiego. Es como si las puertas cósmicas se empezaran a abrir para penetrar en la consistencia del misterio, de todo aquello que alberga el sentido de la vida.

La soledad nos permite ver el entresijo de la vida de forma diferente. Y si la soledad es acompañada por la música de la propia existencia, entonces todo se ordena. El bosque crece, el río empuja el agua, las montañas entablan comunicación con los valles y las flores empiezan a preparar el néctar que pronto repartirán en toda la naturaleza. Así son los ciclos. Y así entiendo que debemos vivir. Si ahora toca soledad, ya vendrán tiempos de compartir, de volver a las risas, de volver a la exploración conllevada. Si ahora toca mirar con nostalgia los tiempos pasados, ya vendrán tiempos en los que volvamos de nuevo a la intrínseca aventura. El misterio seguirá ahí, y los mundos. Y lo más increíble de todo: el secreto seguirá siendo el vacío de todos los fenómenos.

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Ya no sé hablar


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Ya no sé hablar. Ni siquiera sé de qué hablar. Uno se cansa de hablar. Voy al bosque y miro al árbol. Lo observo con calma, con esa calma de creernos inmortales ante ese instante nimio. Si el árbol es suficientemente grande, uno se siente anestesiado ante su fortaleza. Por eso prefiero callar y observarlo. Tiene mucho más que decir en su silencioso ajetreo con el viento que yo ante mi constante ajetreo mental. Mi mente es un reguero de emisoras que capta los diez mil pensamientos que sucumben en la frecuencia modulada del mundo intangible. Ante la robustez del árbol descubro que mis pensamientos no son míos. Se cuelan, vienen y van, pero no pertenecen a nadie, ni siquiera a mí. Por lo tanto, miro el árbol y prefiero callar. No decir nada. Para qué hablar si no somos capaces de sostener un ápice de compromiso. Para qué decir nada si no hemos aprendido a escuchar. Podría hablar mil idiomas y no tendría nada que decir porque aún nadie me enseñó a escuchar.

Pero ante el árbol la comunicación es diferente. Él no necesita decir nada ni yo necesito decir nada. Nos observamos, uno ante su naturaleza vegetal y el otro ante su naturaleza homo-animal. Siento como él me mira a su manera verde. Y yo intento mirarlo a mi manera azul. Pero no hablamos, no hace falta hablar. El árbol entiende mi mensaje oculto, mi lenguaje, mi sinceridad, mis miedos, mis alegrías, mis propósitos, mi camino. Y yo puedo entender su mudo respirar. No necesitamos nada más que mirarnos, y si nos atrevemos, si nadie nos mira, si nada extraño acontece, podemos incluso abrazarnos en silencio. Un acto de amor mudo, desnudo, sin pretensiones, sin ambiciones.

Los árboles tienen esa conexión especial con el mundo. Entierra sus brazos en la profunda tierra al mismo tiempo que sucumbe de igual manera hacia los cielos. Esa enseñanza es impresionante porque el árbol atiende a todos los requisitos de la existencia. Aprieta sus raíces en la oscuridad brillante mientras aletea sus ramas ante la luminosidad de la bóveda celeste. Hay una doble danza, un doble juego. Puede lamer ambas realidades y nutrirse de esa enseñanza. Y todo en respetuoso silencio, sin mediar palabra. El árbol quizás sea uno de los seres más admirables porque sabe escuchar. Algo tan lejano a lo que nos ocurre a los humanos. El árbol atiende, empatiza, se yergue centinela de nuestros más profundos secretos.

Un árbol no reclama su sensibilidad, sino que atiende majestuosamente a la sensibilidad de todos. Se expresa de igual forma, respetuoso con el trozo de espacio que le corresponde. Cobija y da calor a unos y otros, alimento a unos y otros, disfrute y aliento a todos. Su obra es admirable cuando el árbol es lo suficientemente grande y nos observa desde cualquier altura. Nos mira con reposada paciencia y humildemente atiende nuestras súplicas, nuestros deseos, nuestros anhelos. Crece silencioso, año tras año, invierno tras invierno. Se expande en su bosque silente.

Ya no sé hablar. Por eso voy al bosque en búsqueda de comprensión, de aliento, de luz. Allí los elementos y los elementales se aproximan curiosos. Se acercan en susurro y producen ese cosquilleo inquietante que nos hace erizar todo nuestro cabello. En el bosque, junto al árbol, cualquier árbol que sea lo suficientemente grande, podemos entablar una comunicación diferente. No es necesario hablar, porque sabemos que el árbol, cualquier árbol, podrá escuchar. Sí, podemos hablar diez mil idiomas. Pero si no sabemos escuchar, de nada nos sirve. Por eso el árbol es admirable. Escucha todos los idiomas, los atiende, los abraza y cobija. Es cierto, ya no sé de qué hablar. El árbol atiende ahora mis silencios, y comprende.

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Esa media caravana


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“El corazón del hombre es un instrumento musical, contiene una música grandiosa. Dormida, pero está allí, esperando el momento apropiado para ser interpretada, expresada, cantada, danzada. Y es a través del amor que el momento llega”. Rumi.

Nadie comprende con exactitud la grandeza de unir corazones tan distantes y diferentes en una misma mesa. Nadie puede expresar el laborioso esfuerzo de poder congregar en un mismo concierto a instrumentos tan dispares. Esa profunda magia de la armonía, de la música, de la danza, solo puede entenderse desde la profundidad de ese momento que llega a través del amor. Aunque sea un amor inconsciente, un amor no comprendido, puede manifestarse de mil maneras en una sola nota clave. Sólo los que han sido bautizados bajo el fuego de la espada, bajo las hazañas del compás y la escuadra, pueden entender o atisbar la melodiosa y poderosa fuerza de la tolerancia, del amor que se manifiesta ante lo radicalmente diferente.

Hoy en la mesa éramos infinitamente distintos. Dispares. Antagónicos en muchos aspectos. Pero había una música de fondo que nos unía. Un lazo que desea vivir más allá de nosotros, con intensa belleza y fortaleza. Los que se consideran puros y solo buscan la pureza de sus iguales, olvidan la belleza de la diversidad. Olvidan que en un concierto melodioso existen tambores que retumban fuerte, flautas que hipnotizan con su brillo, violines que danzan entre trompetas y pianos. Son tantos los instrumentos que pueden brillar con voz propia en un concierto que olvidamos ese milagro misterioso. Lo importante de cada instrumento es que esté bien afinado, y así obrar el milagro armónico.

Celebrar cinco años de un proyecto tan polifónico es toda una grandeza. Especialmente cuando hoy llegaron desde tan lejos los amigos que donaron la primera caravana del proyecto. La grandeza de seguir unidos a pesar de los avatares, a pesar de que cada instrumento toca su nota clave, se ha manifestado hoy de forma hermosa. La humildad de expresarnos como podemos, como sabemos, como nuestros pequeños egos nos permiten, forma parte del ritual del compartir. La mesa repleta de alimentos, las manos cogidas en silencio, las almas respirando y conspirando.

Sobre todo teníamos especial memoria para todos aquellos que ya no estaban con nosotros. En mi haber había dos personas que sin ellas el proyecto no hubiera existido y que ya no están entre nosotros. German y Antonio. De alguna forma, en el conspirar silencioso allí estaban, sentados en esos dos asientos que habían quedado vacíos en su honor y memoria. También estaban vacíos para María y Laura, para que sus almas poderosas pudieran sentarte junto a nosotros. Y para todos aquellos que han sufrido, que han vivido con pena y dolor el sacrificio grupal.

Desde dentro he guardado la memoria de todos aquellos que durante estos largos cinco años han formado parte de este concierto. Ni siquiera me ha molestado cuando la oscuridad ha intentando invadir el espacio con sus torpezas. En el fondo la llama seguía viva. Quizás tenue, temblorosa, pero viva. Fe y esperanza. Amor.

Gracias querida Filo y Paco por venir desde tan lejos. Gracias de corazón por esa “media caravana” que tanto calor nos ha dado y que sumaron en el amoroso acto de la generosidad, de la desmedida entrega sin condicionantes. Gracias por acompañarnos en la mesa donde los tambores sonaban junto a la flauta, donde los corazones palpitaban en un solo tono. Alegría de que hoy podáis descansar en la cabaña que con tanto esfuerzo ayudasteis a construir. Cinco años no es nada… La gran obra continua… todo momento llega tarde o temprano…

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