Hacia un mundo éticamente verde


Mi compra vegetariana

Si alguien busca real y seriamente vivir una buena vida, lo primero de lo cual tendría que abstenerse por siempre es de consumir carne, porque, sin mencionar toda la excitación de pasiones que provoca ese tipo de alimento, su consumo es simplemente inmoral, en la medida en que involucra la realización de un acto que va en contra de todo sentido moral: matar”. Tolstoi

El modelo fabril desde el que nacieron las ciudades intentó, mediante toneladas de cemento y asfalto,enterrar la tierra, la naturaleza y todo lo que tuviera que ver con nuestro origen más ancestral. Vivir en una ciudad, y lo estoy experimentando en estos días de tránsito por Barcelona, es vivir en un conglomerado de colmenas construido con materiales grises y oscuros. Alguna melancolía se oculta en esa costumbre de adornar las galerías y balcones con macetas que recuerdan que alguna vez, en ese lugar, había campo, naturaleza, bosques y ríos.

Las ciudades futuras ya no serán construidas alrededor de las fábricas. La experiencia humana habrá recordado la importancia de volver al respeto hacia aquello que nos creó, hacia aquello de lo que venimos, de lo que realmente somos. Ya no habrá diferencia entre naturaleza y nosotros, y por lo tanto, ya no habrá un mundo dual donde separemos ambas realidades, sino que nuestros esfuerzos redundarán en la integración de los mismos. Las ciudades futuras serán verdes, estarán llenas de jardines, de bosques, de ríos limpios y llenos de vida. Los edificios serán construidos siguiendo filosofías como la permacultura. Serán ciudades-campo, y no ciudades-fábrica como ahora. Las ciudades-dormitorio dejarán de existir para convertirse en ciudades-vivas, donde uno despierta, no duerme.

Esos cambios son muy lentos. Aún estamos saliendo de la revolución industrial y entrando en la revolución tecnológica. Pero aún nos queda empezar a soñar en la próxima revolución, que será la revolución experiencial. En esa cuarta revolución la tecnología ya habrá jugado un papel importante, acercando al ser humano hacia la necesidad de mejorar su experiencia con la vida, ya no centrada en la subsistencia propiamente dicha, como ocurrió en las anteriores revoluciones, sino centrada en vivir plenamente la vida desde un amplio consenso de bienestar, placer y convivencia ética con la naturaleza.

Experiencia y ética serán las claves de ese futuro. En mi propia tesis doctoral hablaba de Nueva Cultura Ética porque no podrá existir un nuevo mundo tecnológicamente desarrollado si no viene precedido de una profunda ética que lo acompañe. Esa ética, aunque aún tímida, ya la vamos encontrando en las pequeñas cosas del día a día. Especialmente en la alimentación. Estos días que ando solitario en mi particular retiro emocional siento pocas ganas de cocinar y recurro mucho a la llamada “comida basura”. Mi sorpresa, cuando voy al supermercado, es el poder ver productos cada vez más alejados del sacrificio animal. Salchichas vegetarianas, canelones vegetales, embutidos vegetales… La lista ya empieza a ser larga y la experiencia de poder encontrar esos productos en grandes superficies es un síntoma claro de que algo está cambiando en nuestros hábitos alimenticios.

Ese cambio, como digo, aún muy lento, es puramente necesario para que la nueva ética, cada vez más sensible con el sufrimiento animal y la destrucción a la que hemos sometido a la naturaleza, empiece a calar en nuestras consciencias. Empezar ese cambio consciencial desde un consumo de alimentos libres de sufrimiento hará que en el futuro nuestras ciudades empiecen a construirse así como pensamos y sentimos. Es decir, nuestras vidas empezarán a girar en torno a un nuevo modelo de desarrollo donde la austeridad de las cosas dará paso a la riqueza de las experiencias.

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    Encuentros angélicos


    Esta tarde cerca de Olot…

    No sé como llegué a ella, pero su música a base de mantras me ayudó. Durante días escuchaba sus sonidos y era como si la conociera de toda la vida. Sanaba mis heridas con su delicada vibración, con esa luz que viene de arriba y que llega a nosotros mediante melodías que nos transforman y nos elevan. Nunca pensé que unas semanas más tarde estaría abrazando a esa hermosa mujer en algún rincón de Barcelona. Tras su concierto, al día siguiente nos pasamos la mañana danzando y cantando. Fue sanador y un regalo. Mientras miraba sus ojos oceánicos con delicada atención, sentía cierta reminiscencia. Quizás nos cruzamos alguna vez en Mount Abu, en la India. Ella estuvo allí en varias ocasiones y yo también. O quizás fue solo un recuerdo futuro. Sea como sea, me encantó su alegría, su buen humor, su forma de bromear con la realidad. Me di cuenta de que era un ángel disimuladamente convertido en persona. Y me alegró cruzarme con su alada vida. Sin más.

    En otro escenario estaba paseando por el mar, en la costa Brava. La excusa era vernos y dar un paseo, pero surgieron muchas más cosas. De nuevo el mundo angélico. De nuevo saberme afortunado por rodearme de personas que comprenden el verdadero significado de la vida, que no lo cuestionan, sino que aplican sus leyes. Unos con la música, otros con la sanación. Mirando el cielo como preñaba al mar, me daba cuenta de que los ángeles encarnados viven a medias entre dos mundos. Ella posaba todo su amor sobre mi alma calimera y yo revivía, volvía de entre los muertos para sobrevolar las circunstancias. Sentía renacer, sentía como podía volver a mí mismo por la mágica acción de la amistad, del amor, del compartir. El roce de ese amor es inmortal. No requiere nada. No espera nada. Solo se da, sin más y todo lo demás ocurre.

    Tras el mar vino la montaña. Entre cientos de volcanes se alzaba un pequeño punto de luz que pretende servir de referencia e inspiración. Me alegra saber de estos lugares. Me alegra compartir,a pesar de mi timidez, momentos con desconocidos que de repente se convierten casi en familia. Una chimenea, una guitarra, algo de comida y buena compañía para sentir que estamos vivos. La maga me llevó hasta allí y desplegó toda su belleza para compartir ese espacio. Disfruté durante horas descubriendo parte de su vida, de sus recuerdos. Los elementos me querían atrapar para que no me marchara. El fuego, el agua, la tierra y el aire conspiraron para alargar la jornada. Pero los vientos soplan fuertes y tenía que regresar ante el nuevo reto que representa que el caballero se vuelva a quedar, por motivos del nuevo guion, sin caballo. Qué le vamos a hacer.

    Es evidente que debo descansar, dejar de viajar de un lado para otro y regocijarme en el recuerdo,durante un tiempo, de esos abrazos angélicos. Toca reposar, ahorrar energías,mirar los balances con detalle para que todo cuadre, deshacerme una a una de todas las deudas pasadas hasta que pueda volver a encontrar cierto equilibrio. Toca pérdida,mucha pérdida, para en un futuro volver a remontar. Así que toca de nuevo desapego, deshacerme de todo aquello que más quiero para poder, bajo mínimos,seguir adelante. Toca respirar profundamente y llenarme de calma. En los próximos días, recordaré los momentos vividos aquí en mi querida Barcelona. Me servirá de aliciente para seguir adelante, para recordar la importancia de esta broma cósmica y hacer como hacen sus ángeles: cantar, bromear, abrazar. Eso ya me provoca una hermosa sonrisa. Guardaré todos los secretos de estos días para que me llenen de fuerza y valor. Cerraré los ojos y agradecido, invocaré al mundo angélico. 

    En busca de lo milagroso. Fragmento de una enseñanza desconocida


    (Foto: Hace unos días paseando por el Camino.)

    «El mundo como lo hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No puede ser cambiado sin cambiar nuestro pensamiento.» Albert Einstein

    En busca de lo milagroso. Fragmento de una enseñanza desconocida” no es un título original. Pertenece a un hermoso libro de Ouspensky que viene al pelo sobre las reflexiones de estos días, donde, interiormente, me debato entre la magia o el milagro. Esto me sumerge inevitablemente en fragmentos de mí mismo, en enseñanzas desconocidas que fluyen del recuerdo de lo que soy, algo en lo que el Cuarto Camino insiste: recordar. 

    Lo primero, la magia, depende de mí. Soy un mago, todos somos magos. Tenemos esa capacidad de regeneración, de transformación, de cambiar aquello que queramos a nuestro antojo, asumiendo luego sus consecuencias. Blanca o negra, para hacer el bien o solo para buscar nuestro beneficio, podemos ser mágicamente empoderados por las fuerzas del universo. Podemos alzar nuestra mirada y modificar nuestra realidad, y a veces, con ello, también la de los demás. El pensamiento, tal como dijo Einstein, tiene ese poder de cambio. Somos aquello que pensamos, somos aquello que somos capaces de pensar. Y lo mismo ocurre con nuestro entorno, con nuestro paisaje, con nuestro teatro particular. El escenario solo cambia cuando nosotros cambiamos interiormente nuestra forma de percibirlo. Esa es la magia.

    El milagro es algo diferente. Ya no depende tanto de nosotros. Es algo que ocurre cuando abrimos nuestro corazón a la vida. Cuando no intentamos transformarla sino que dejamos que la vida nos transforme, porque ella siempre es más sabia, y sabe lo que necesitamos a cada momento. De nada nos sirve la magia si no sabemos dirigirla, sino tenemos un claro sentido existencial. No intervenimos excepto para acondicionarnos a esa entrega desde la apertura, la fe y la esperanza. Es la existencia la que interviene en nosotros cuando nosotros abrimos nuestros canales a esa experiencia. Esto es difícil de entender y sobre todo, de aceptar, porque no siempre nos gusta lo que la vida nos ofrece. Pero a veces aquello que nos ofrece, y aquí está la paradoja, es aquello que a su vez nosotros ofrecemos desde dentro. Si somos generosos, la vida siempre es generosa con nosotros. Si somos seres oscuros, la vida parece una entidad perversamente oscura. Pero hay que estar atentos porque las cosas no son lo que parecen. Uno puede ser egoísta y, sin embargo, la vida puede dotarnos de muchas riquezas. Pero esas riquezas no son símbolo de verdadera fortuna, sino podría ser un regalo envenenado y por dentro, sentirnos pobres y miserables.

    Hablar de vida, sin más,puede resultar muy determinista. Algunos hablan de universo, de Dios, de Providencia. No importa el nombre. Sin duda la vida tiene un diseño amplio, expansivo, inconmensurable y a veces extraño para nuestras limitadas cabezas. Nosotros no podemos entenderlo y por eso es un misterio o pensamos que todo es fruto del azar. Y ese misterio encierra el poder de los arquetipos, de los guionistas, de los obradores de milagros y con un poco de enseñanza, nos damos cuenta de cuánto poder puede ejercer esa visión en nosotros.

    Hay fuerzas y energías. Saber diferenciar el poder creador de cada una de ellas, porque son muchas y diversas, es empezar a caminar por la magia del milagro. Digamos que cuando entregamos nuestra existencia a la vida, decimos eso tan sagrado de “hágase Tú Voluntad y no la mía”. Esa sentencia encierra dentro de sí un poder infinito, porque entonces nos entregamos a las fuerzas cósmicas, a las energías que nos han de llevar hacia un propósito mayor. No es fácil esa entrega incondicional porque no siempre estamos preparados para asumirla, entenderla o ejecutarla. Nunca nadie nos advirtió que la vida fuera fácil y que más allá de lo aparente, existe una ancha dimensión de experiencia que ignoramos.

    Por eso estos días me decidí estar atento, observar el escenario con suma atención para ver si era capaz de descifrar las señales, lo milagroso, más allá de la pura magia de actuar. Creo que algo entendí y por eso mañana me marcho a Barcelona unos días, siguiendo las señales e intentando descifrar sus pistas. Vamos a ver si puedo mantener la atención y ver qué ocurre. Seguiré buscando en lo milagroso el siguiente paso a seguir.

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    ¡Pobre Beethoven!


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    “Amar significa amar lo desagradable. Perdonar significa perdonar lo imperdonable. Fe significa creer en lo increíble. Esperanza significa esperar cuando todo parece perdido” G. K. Chesterton

    La gracia de los dioses se desliza en las hermosas armonías de la música. Jovial, casi primaveral, uno puede acostumbrarse a las melodías que surgen de la euforia del momento. Pero todo es vano cuando descubres lo que se encierra detrás de cada cadencia. Tras escuchar la amable y primaveral Pastoral en esta hermosa tarde soleada de otoño, me aferré con melancolía a la sonata catorce, “Quasi una fantasía”, más conocida como el Claro de Luna, de Beethoven. Todo opúsculo encierra tras de sí una vida, un recuerdo, una emoción, una fábula que pretende transmitirnos algo. Inclusive estas palabras que brotan sin control, bajo el hipnótico sonido de la música, encierran un secreto escondido, una historia que brota a raudales y que, a modo de desahogo literario, surge.

    Buceando en la historia de la sonata y en el hechizo de su música, puedo entender el amor que el compositor sentía por la joven Giulietta Guicciardi, la cual inspiró esta pieza, y de cómo ese amor pudo sacarle de aquella vida tan sola y triste en la que se encontraba hasta antes de conocer a su hermosa discípula de piano. El amor romántico nunca fue correspondido, como le ocurrió al joven Beethoven. A veces el dinero, las posesiones, lo material, se impone al ilógico criterio del amor. Giulietta era condesa y tenía que casarse con alguien de su condición. Eso hizo para amargura posterior del compositor. ¡Qué terrible vacío debió sentir! ¡Qué pérdida más grande de sentido! Como si de repente uno se diera cuenta de que la vida es un naufragio para aquellas almas que anhelan ardientemente ser correspondidas en la llama ignífuga del amor. ¡Ay pobre Beethoven! ¡Cuánto sería su dolor! ¡Cuanta su profunda tristeza!

    Pero el amor, o el amar, es algo inentendible. Quizás nunca lo fue. Tal vez todo lo que hasta ahora hemos hecho es buscar una herramienta contractual que alivie ciertos mecanismos de la vida terrenal. Un contrato donde se diga que el estar juntos nos llenará de seguridad, normalmente material, y donde se estipule que cuando una de las dos partes se vuelva un ente que estorba o no aporte nada a esa dicha material, debe ser abandonado. Me imagino con dolor la cara de Beethoven cuando la joven Giulietta decidió casarse con el conde Gllenberg. Esa es la cara que se te queda cuando descubres con tristeza que algunos se acercan a tu vida no por amor sino por ambición o por pura comodidad, y que cuando esa ambición descubre que en el pozo no hay nada más que rascar, desaparece. El amor contractual es algo que está ahí, que se apodera de nuestras vidas y que, sin saberlo, absorbe nuestra existencia. ¡Cuántas parejas están ahora juntas solo por un puro interés, por una comodidad, por una ambición!

    Uno siempre se pregunta cómo desenmascarar esa falsa. He inventado cientos de argucias para intentar engañar a la ambición, al contrato material. La última fue arriesgada. Vivir en una caravana azul, sin tener nada, sin poseer nada más que el tiempo para disfrutar de una vida sencilla. Pensé que, desde esa posición nada privilegiada, nadie se vendría a engaños. Lejos de los focos de la fama, lejos del aparentar, lejos del dinero y las comodidades materiales, lejos de la incómoda sospecha de que te quieran no por lo que eres si no por lo que tienes… ¿cómo saberlo realmente?

    A veces sueño con estar desnudo, pasear por un camino y sonreír, y ver que alguien se enamora solo y exclusivamente de esa sonrisa, de esa alma desnuda que respira por doquier ante el desguarnecido instante. Sueño tantas veces con la esperanza del amor incondicional. De amar sin condiciones, sin que nada de lo material intervenga en ese hilo de musicalidad emocional. Sin contrato de seguridad. Sin redes que nos protejan de los abismos de la vida. Sin cuerdas que nos separen en caso de que uno de los dos flojee. Ese amor con el que todos soñamos y que siempre nos pone a prueba en los momentos difíciles. Esa espera incondicional hasta que te recuperas. “Estaré a tu lado, incondicionalmente”, dice la sentencia del amor. En lo bueno y en lo malo. En la pobreza y en la riqueza. En la salud y la enfermedad. Así rezaba el pacto nupcial que nuestra sociedad ya ha olvidado. Una sociedad que se esconde tras pantallas retroalimentadas por la fantasía de sentirnos seguros y en paz en un mundo artificial y carente de realidad. Un mundo de mentira, de mentirosos que se esconden tras el frágil anonimato de la era virtual y que no desean, frágiles, aventurarse a la vida real… ¡Pobre Beethoven!

    ¡Cuántas veces tendremos que reescribir ese soneto! Cuantas veces lo real será derrotado, una vez más, por lo artificial, por la mentira en la que todos vivimos. ¡Ay pobre Beethoven! En unos años nuestras parejas serán virtuales, nuestras parejas serán androides que imitarán solo lo bueno. Seres que a todo dirán eso de “me gusta”, que es a lo que ahora nos estamos acostumbrando, al mundo irreal de que todo está bien y de que cuando algo marcha mal, mejor abandonar, “bloquearlo”. Muere lo real querido Beethoven. Muere el amor y con ello, muere la vida.

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    Je est autre


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    Esta semana creo que la noria me lleva hacia abajo… debe ser la luna o alguna mala configuración astral… no lo sé… pero subido a la noria miro a mi alrededor y sonrío… y me digo, “bueno, ahora toca bajar, agárrense que vienen curvas”… y sigo sonriendo viendo como caigo en la tristeza, en la melancolía, en la soledad. Son procesos inevitables con los que ahora intento convivir. Sí, hay una gran mejoría interior con respecto a meses anteriores, pero ahí está la noria, dando vueltas locamente de un lado para otro. Sinceramente, ya no me importa la noria, ahora disfruto del paisaje, sea otoñal, sea primaveral o sea como sea. Ya no importa. De verdad.

    Decía Tolstoi en su Ana Karerina que todas las familias felices se asemejan y que cada familia infeliz, lo es a su modo. La infelicidad tiene esas cosas. Hace únicas las experiencias y producen un resultado asombroso y diferente en cada persona. Esta mañana, mientras paseaba acompañado por un tramo del camino de Santiago, a la altura de Sarria, expresaba esa necesidad de saberme infeliz, pero al mismo tiempo esperanzado. Quiero decir que puedo ser consciente de que estamos vivos, y que, por lo tanto, no hay que tener miedo a expresar abiertamente lo que uno siente. Se lo decía a mi interlocutora. Nos escuchábamos, sin conocernos de nada, compartiendo secretos anímicos, sin miedo, sin tratar de juzgar ni ser juzgados.

    Creo que es hermoso desahogarse, ya sea en un paseo otoñal como el de hoy, ya sea con la escritura. Ya no me importa si me leen un millón de personas o cuatro. Yo simplemente me desahogo, por si ayuda en algo, o por si me ayuda a mí mismo. Mi acompañante, al desahogarse, al contarme su historia aún sin conocerme, me ha dado luz, me ha ayudado a comprender cosas que sin su mirada, sin su forma de entender la vida y de afrontarla, no hubiera nunca entendido. Estoy muy agradecido cuando quedas con un desconocido y abre su alma sin reparo. Cuando ves como caen lágrimas por su rostro sin miedo al juicio. Estoy francamente agradecido por el paseo, por la confianza y por el aprendizaje oculto.

    Decía Rimbaud en sus “cartas videntes” que “je est autre”, algo así como ahora soy diferente o ya soy otro. Esa es una sensación en la que meditaba estos días. Observaba mi pasado no muy lejano y me miraba ahora y notaba ese cambio inevitable. He querido compartir esa buena nueva y he escrito otras de mis patéticas cartas. Pero esta vez no me importaba parecer patético. Me daba cuenta que era yo mismo, pero diferente, y por lo tanto, mejor. Mejor para afrontar la vida con valentía, sin miedo. Mejor por acercarme hacia lo que siento sin complejos y expresarlo abiertamente. Si no hay miedo, y esto es importante recordarlo siempre, hay amor. Ya lo sabemos, así que amemos sin miedo.

    Ya soy otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín”, rezaba la primera carta de Rimbaud. “Porque ya soy otro. Si el cobre se despierta convertido en corneta, la culpa no es en modo alguno suya”, decía la segunda. Eso es muy revelador, porque siempre hay algo que nos transforma y nos convierte en otra persona, en otro ser sin perder nuestra esencia de madera o de cobre, y no es culpa alguna de nadie si eso ocurre, de lo que antes éramos. Los hechos infelices o traumáticos tienen ese poder mediador entre lo que éramos y lo que ahora somos. En estos tres meses de profundo cambio he podido descubrir ese sanador lugar donde todo cambia cuando puedes sorprendente en una vida aparentemente tranquila y tras un hecho traumático, volver a nacer a otra existencia totalmente diferente.

    ¡Cuántas veces no habremos nacido una y otra vez! ¡Cuánto hemos cambiado sin darnos cuenta! Miramos nuestros recuerdos, nuestra memoria pasada y no nos reconocemos. Lo sorprendente es tener consciencia de ello cuando todo ha pasado de forma tan rápida. Mirar unos meses atrás, ver cómo hicimos las cosas y darnos cuenta de forma brusca y humilde de tantos y tantos errores. Mirarlos, reflexionarlos y aprender de ellos. Mirarte luego al espejo y ver que algo cambió dentro y fue hermoso. Eso es maravillosamente milagroso. Y valiente poder verlo y reconocerlo, poder admitir toda tu oscuridad y traspasar sus límites sin temor al que dirán. Amor, solo amor.

    Descubro en esa mirada al niño saboteador, al adolescente que se declara con derecho a no ser estimado, al adulto impaciente y casi diría que al anciano provocador. Veo todos los ciclos juntos en uno solo y veo qué fácil resulta dejarse llevar por algo añejo cuando las circunstancias nos ponen a prueba. Lo mejor es no tener prejuicio en reconocerlo, ni siquiera públicamente, especialmente ahora cuando lo público y lo privado casi han dejado de existir como entidades propias.

    Qué más da lo que hayamos hecho si nos ha servido para aprender, o mejor aún, para ser algo distinto y diferentes, para liberarnos de lo viejo y caduco. Aún no sabemos si el aprendizaje ha hecho una mejor versión de nosotros. Eso la experiencia futura lo dirá. Pero al menos ha gestado un cambio inevitable, un acierto de vida que clama movimiento y metamorfosis. Sí, ahora soy otro, qué le vamos a hacer.

    (Foto: visita inesperada de mi querido amigo Geo aquí a mi lugar de retiro). 

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    ‘I’m a nationalist’. Aniversario del armisticio de la Primera Guerra Mundial


     

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    «No puedo creer que se haya evaporado completamente aquella ternura que llenaba de inquietud nuestra sangre, aquella incertidumbre, aquel encantamiento, aquella ansia de futuro, los mil rostros del porvenir, la melodía de los sueños y de los libros, el deseo y el presentimiento de la mujer… No es posible que todo se haya hundido definitivamente en los bombardeos, en la desesperación, en los burdeles para soldados». (‘Sin Novedad en el Frente’, Erich María Remarque).

    Hoy se cumplen cien años del armisticio de la Primera Guerra Mundial. Unos años antes, Gavrilo Princip, un joven nacionalista serbio asesinó a destajo al archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa Sofía Chotek. Quizás ese acto duró pocos segundos, pero desencadenó la hasta ese momento más sangrienta de todas las guerras. Un siglo después, ¡como pasa vanamente el tiempo!, volvemos a ver con cierto recelo como viejas tendencias humanas vuelven al tintero de la vida política y social de nuestro mundo convulso. En la vieja Europa se reavivan los nacionalismos como hace cien años. También en todo el resto del mundo se clama, como clama Trump: “I’m a nationalist”, como si ese clamor nos hiciera mejores frente al otro, como si nos hiciera especiales.

    No. No somos mejores, ni especiales. Hablar un idioma, pertenecer a una tribu, a una comunidad, a una cultura, no nos hace insignes, ni diferentes. Por suerte la genética demuestra que todos somos iguales y que las únicas diferencias entre unos y otros solo provienen del puro azar. Y ese puro hado no puede condicionar nuestra ideología, nuestra perversa manera de ver al otro como un enemigo o agente extraño ni de ver al mundo, un mundo cada día más libre, abierto y cercano, como un reducto cerrado y oscuro.

    Diez millones de muertos fue el recuento tras cuatro años de guerra entre hermanos. Diez millones de muertos por defender, cada cual, su parte en la eventualidad de haber nacido aquí o allá. Absurdo. Muy absurdo. Y aún así, cien años después, no somos capaces de honrar esos muertos y vencer la tentación de sentirnos diferentes al otro. Seguimos enarbolando nuestras patrias, nuestras naciones, nuestras banderas con ciego orgullo. Como si tener una bandera u otra fuera síntoma de pertenencia a algo necesariamente sobresaliente.

    Me pregunto cuándo esas banderas, esos símbolos patrios, esas fronteras y esas orgullosas emociones por pertenecer a uno u otro sitio dejarán paso al abrazo entre razas, culturas y religiones, a la tolerancia y al amor. Me pregunto por qué personas como Trump se enorgullecen de ser nacionalistas. Hijo de emigrantes escoceses y alemanes, debería sentirse orgulloso de haber sido acogido en esa hermosa tierra y haber podido proclamarse presidente de uno de los países que representa el futuro de la humanidad: la integración de todas las razas y culturas en un solo territorio sin distinción jurídica o legal con respecto a su procedencia. Un mundo de libertad y respeto hacia la diferencia e idiosincrasia privada y personal mostrada de forma pública desde la ciudadanía.

    Algún día este alto ideal se extenderá por toda la humanidad. Las fronteras desaparecerán, las banderas formarán parte del nostálgico folclore popular y el orgullo nacional dejará de dividir a las personas. Las tradiciones identitarias a las que nos aferramos para sentirnos parte de un grupo, y por lo tanto, diferentes a otros grupos, quedarán eclipsadas por el sentimiento de pertenencia al mayor grupo al que podemos pertenecer: la propia humanidad, un mundo de identidades múltiples, complejo, humano. De aquí a cien años, un nuevo Trump nacerá y dirá algo así: “yo soy parte de la humanidad una, y mi propósito es servir a todos los hombres y mujeres desde la buena voluntad”. Y el viejo Trump y todos los servidores del viejo mundo serán enterrados en la memoria colectiva, celebrando, cien años después, la paz mundial, la fraternidad y el amor humano como principal bandera de todos. El mundo, por suerte, nos acerca cada vez más…

    (Foto: Un niño violinista posa en las calles de Belgrado durante la Navidad de 1918).

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    Huir por los caminos


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    “Hay que dejar el mundo si deseamos seguir al Señor. Debemos dejarlo, digo, no como lugar, sino como modo de pensar; no huyendo por los caminos, sino avanzando en la fe.” Orígenes

    Llueve. Y lloverá durante algunos días. Quizás ya no deje de llover hasta la primavera. Lluvia, incienso, música y soledad. Ingredientes perfectos para el otoño. Melancolía, añoranza, reposo, colores ocres y olores arrojadizos, pausados, melosos. Libros, muchos libros. Tantos como gotas de lluvia que no cesa. Palabras, conocimientos, historias, leyendas, mitos, frases que se amontonan como ríos en sus valles, con sus meandros, con sus lágrimas recogidas en un cauce. Uno podría crear mundos con estos elementos, imaginar realidades, sentir caminos.

    Y ahí fuera la vida ahora pausada. Por la ventana veo las montañas y los bosques que abandoné hace unos meses. Allá arriba las cabañas ya deben oler a chimenea. Las castañas deben estar ya en el fuego asando el sabor único de la tierra. Las paredes están frías. La tarde se aposenta en el lecho nupcial que precede a la noche. La oscuridad llega pronto, sin sabores, sin alicientes especiales. Podría contar uno a uno los momentos y no dejarme nada por nombrar, porque son pocas las cosas que pasan. Casi prefiero que así sea. Los sobresaltos del ajetreo de antaño terminaron menguando las fuerzas. Tantos frentes abiertos que ahora resulta difícil ordenarlos, administrarlos con prudencia, con sabia respuesta a los tiempos. ¡Ay los tiempos!

    En la soledad algunos encuentran su palacio, su reino, su retiro. Esta soledad, la mía, es como vivir en el exilio, lejos de tu tierra, lejos de todos. Me doy cuenta en estos momentos lo que significa vivir en un país extranjero donde eres extraño hasta para ti mismo. Lejos de tu gente, de tu familia, de tus amigos. Lejos de todo aquello que te hizo como persona. Siempre lejos de todo y de todos. Pasear por las orillas del río es darse cuenta de lo lejos que puede llegar a estar uno de aquello que te hizo, de aquello que te dio forma y vida. Es otoño y la añoranza se acumula por tactos, por formas y tamaños. A veces vienen olores o recuerdos que se aíslan para tomar fuerza, para transportarnos a otras realidades posibles. Porque todo es posible, incluso volver atrás, incluso abrazar aquello que se marchó para siempre. ¿Cómo se puede marchar algo que estuvo tan sujeto a ti? ¿Cómo puede desaparecer ese abrazo profundo y cómplice?

    Quizás debería dejar el mundo como modo de pensar, pero ahora me siento aliviado regodeándome en la otoñal estampa. Me alivia huir por sus caminos. Me calma no hacer nada, no pensar en nada excepto en aquello que alguna vez tuvo un sentido único y verdadero. Me regocija imaginar posibilidades ahora ya casi imposibles mientras la lluvia no cesa de caer. Todo amanece gris y pronto la oscuridad volverá a teñir los recovecos más secretos y ocultos. Así es el otoño. Triste, melancólico, expectante. Pero hay algo que todos sabemos, que todos intuimos. Pronto vendrá la primavera. Pronto vendrá el nuevo tiempo. Vamos a esperar, tranquilos. Vamos a esperar.

    (Foto: © Bill Smith)

     

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