El lujo de no tener patria


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© Neil Burnell

“En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habita un verano invencible”. Camus

El verdor y el frescor de los campos abiertos a las cinco y media de la mañana nos llenan de nostalgia. A esas horas, las extensas praderas están aún oscuras, pero se imaginan a cada lado, entre bosques y montañas. La primavera rejuvenece el espíritu y alegra los corazones. Nos levantamos tan de madrugada que aún no sabemos identificar si quien conduce nuestro vehículo es el pequeño “yo” o el verdadero Ser.

Tocamos a la puerta de la cabaña contigua. Ella ya está preparada. Despacio caminamos hacia la vieja ermita. Todas las mañanas y todas las tardes nos convertimos en auténticos ermitaños, habitantes del desierto espiritual, pobladores del misterio, como aquellos primeros anacoretas del desierto, como aquellos Padres de la Tebaida. No pudimos elegir un lugar más perfecto para crear una comunidad espiritual. Rodeados por dos imponentes castros celtas, bajo los pies del monte sagrado de Oribio. Un lugar donde ya hubiera un eremitorio, posiblemente consagrado en continuadas incursiones pasadas.

A las seis en punto suenan los tres golpes de mallete ritual en el cuenco que compramos en la India, en aquellos viajes donde la meditación cobraba un sentido diferente. Antes hemos encendido la vela, símbolo de la luz, representante de la vida que nos atraviesa, profundo arquetipo de todo aquello que representamos. La vela desvela e ilumina los secretos, alude inevitablemente a las estrellas de la bóveda celeste y nos recuerda cuando abandonamos la luminosidad del “paraíso” descandilados por los artificios e ilusión del fuego. Aquella mordida, aquella curiosidad por el conocimiento fugaz, nos arrebató la clara luz del saber. La vela está ahí para recordarnos la verdadera luz a la que debemos regresar, invocando todos los días la necesaria comunión con los mundos sutiles, con la vida superior del alma.

Desde las seis hasta las ocho y media permanecemos en profundo silencio, en profundo encuentro con nosotros mismos. El entrenamiento forma parte de la experiencia de los 21 días. En el quinto día, hay una meditación mañanera que pretende, por un instante, incitarnos al reencuentro con las profundas fuentes que habitan en nosotros y donde reside la fuerza común que mueve a todas las cosas vivientes.

La experiencia nos conduce hacia una profunda paz. Terminamos el ritual con tres golpes en el cuenco indio, siguiendo así los antiguos rituales, apagando la luz de la vela y estrechando nuestros cuerpos con un sentido y cálido abrazo. El alma se apodera de nosotros, y esa experiencia compartida se convierte en una consciente y pocas veces expresada unidad con el Ser. En nuestro interior ya se ha sembrado la semilla que engendra en los corazones ese hermoso sentimiento de paz y nos confiere una profunda cualidad de bondad hacia toda la creación. Suspiramos profundamente agradecidos. Inspiramos y conspiramos a partir de ahora en la comunión, en la unidad, en la complicidad de sabernos uno.

Todos los días, antes de las actividades diarias, intentamos fomentar la siembra de la buena voluntad, de la paz interior, del encuentro con la unidad unificando nuestras mentes en un solo sonido, en una sola intención: la quietud, el silencio. Provoca en nosotros, o debería provocar, una alineación de todos nuestros “yoes”, esos que se acomodan en lo meramente físico, o en lo anímico, o en lo emocional, o en lo puramente intelectual. La meditación diaria nos provoca una reflexión: de todos esos yoes, esos que a veces se identifican con cosas, con lugares, con familias, con estatus o con naciones, ¿cuál de todos ellos somos nosotros?

De alguna forma nos damos cuenta en las meditaciones de la mañana y de la tarde que el Ser podría estar compuesto por diferentes yoes. Esto no es algo nuevo, Jung ya lo analizó. Incluso Gurdjeff o Krisnamurti lo llamaron la consciencia fragmentada. La ausencia de unidad en nosotros tiene que ver con la ausencia de unidad con el resto de la humanidad. No somos, en nuestro devenir diario, un “yo” unificado. Tenemos un cuerpo físico producto de la evolución humana acaecida durante millones de años, con todo el bagaje y herencia de todos nuestros ancestros. Pero además, tenemos estados de ánimo, emociones, pensamientos, inquietudes. Todos nuestro yoes están en conflicto permanente, excepto cuando en ellos reina el silencio forzado por la meditación, por la quietud. Entonces comprendemos el profundo significado del oasis que provoca la calma e integramos todas nuestras voces en una sola: la voz del silencio, tan poderosa, tan efervescente, tan misteriosa.

El sol calienta esta hermosa tierra en estos primeros días de abril. Las ramas de los castaños, robles y abedules empiezan a brotar. Los bosques de nuevo se tiñen de verde. Nacen las primeras florecillas. Las copas parecen albergar cientos de pajarillos que no hacen más que cantar que están ya hartos del invierno. Alegres, decoran las copas, pero también nuestras almas con su algarabía matutita. Este año parecen más contentos, quizás porque el aire, dada nuestra ausencia de actividad, es más puro y limpio. Miramos los pajarillos y nos preguntamos dónde están aquellos que deberán compartir todas estas experiencias con nosotros, ese alma del Simorg que deberá adumbrar algún día un ejemplar lugar para el nuevo mundo. Ojalá vengan pronto para compartir la unidad, para experimentar la quietud en este pequeño paraíso.

Las horas pasan tranquilas. Comemos en la hierba y cuidamos las simientes. Decoramos nuestras vidas, cada uno de nuestros minutos con un silencioso agradecimiento constante. Somos afortunados. Es el lujo de no tener patria y de vivir alejados de todo ruido. Es el lujo de sentirnos amantes de la tierra entera, del paraíso que reina en nuestro interior, de la unidad que experimentamos cada uno de los días con todos los seres sintientes. La unidad no es más que el producto de reconocer en nosotros lo que realmente somos. En estos días especiales de cuaresma impuesta, de silencio, de retiro colectivo, el Ser se expresa aún con mayor fuerza, la unidad de todo lo que somos fraterniza y se solidariza con toda la orbe existencial. En estos días, el Silencio se apodera de nuestras almas y nos incita a perseguir constantes el verdadero paraíso de la unidad.

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De la austeridad a la grandeza de no tener nada…


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Con los amigos de las primeras semanas de experiencia en O Couso

“He comprendido que mi bienestar sólo es posible cuando reconozco mi unidad con todas las personas del mundo, sin excepción.”  León Tolstói

 

Estimados…,

Estoy viviendo en estos días de silencio y lectura unas bonitas revelaciones. Este fin de semana, aprovechando que B. está haciendo la experiencia de 21 días de silencio, he estado leyendo algunas biografías de fundadores de comunidades y en todos ellos coincidía que llegaba un día en que tenían que abandonar sus actividades profanas y ponían todo su esfuerzo y vida en los proyectos.

Hasta ahora mi esfuerzo había sido triple, por una parte, estaba interesado en terminar la tesis doctoral para entender profundamente y teóricamente todo lo relacionado a comunidades. Por otra parte, dedicaba mucho esfuerzo en la edición de libros, muchos de ellos no de mi agrado, para poder así alimentar y promover el proyecto. Y por tercero, dedicaba todo lo que podía a cultivar y hacer crecer este lugar que por cosas de la vida se ha convertido en todo un reto. Estaba excesivamente dividido.

Ahora que ya he terminado la tesis me siento con fuerzas para dar un paso más adelante, y dedicar todo mi empeño y tiempo al proyecto y la fundación. Como todo lo que he ganado en estos últimos siete años lo he invertido en el proyecto, soportando con ello los gastos propios que cualquier empresa requiere, he pensado seguir con la actividad editorial, pero a partir de ahora anulando la sociedad y donando todo el fondo a la fundación. Es decir, seguiremos editando libros, pero esta vez tan solo libros de espiritualidad y nueva consciencia, como otra labor más de la fundación. De alguna forma “me libero” personalmente, para dedicar mi tiempo a editar libros con sentido, quizás seis o siete al año, y dedicar los próximos años enteramente a la fundación, especialmente a la escuela y al trabajo espiritual que hay detrás de ella. Con ello espero poder tener más tiempo para dedicarlo a las personas, y no tanto a las cosas.

Tanto la editorial como la fundación han demostrado ser autosuficientes, esta última, gracias a la generosidad que nace de la economía del don. La fundación y el proyecto O Couso por lo tanto, una vez terminada la gran obra de la casa de acogida, es totalmente autosostenible y ya no dependerá totalmente de mis aportaciones para llevarla adelante. O Couso se ha hecho mayor y ya puede andar sola. Esto me ha llevado a las siguientes reflexiones. Primero, aprovechando este impulso que la incertidumbre nos regala, liquidar la sociedad, que por suerte está al orden en todos los pagos y donar la editorial a la fundación. Segundo, centrar toda mi energía en potenciar la fundación y sus proyectos (el proyecto O Couso -con su casa de acogida-, el proyecto de Escuela -ahora con su propia editorial- y el proyecto Simorg -aún latente-).

¿Cómo viviré yo, a nivel personal? Soy una persona muy austera. Nunca he fumado, ni bebido ni tomado drogas. No tengo ningún tipo de vicio o manía. Saco unos trescientos euros al mes con las suscripciones que tengo gracias a los amigos que apoyan este blog y eso me vale para mis gastos estrictamente personales (teléfono, gasolina, galletas y poco más). Si centro toda mi atención en el proyecto, posiblemente los esfuerzos tendrán un buen resultado para seguir acogiendo a aquellos que más lo necesiten.

En fin, estoy francamente feliz y emocionado por esta decisión. La editorial seguirá funcionando a un ritmo menor desde la fundación y yo dedicaré todo mi tiempo no a gestionar una sociedad mercantil sino a dirigir y coordinar el proyecto para que todo vaya desarrollándose en su justa medida. Voy a centrar mis fuerzas para ver si conseguimos pasar de cuatro personas a doce en los próximos dos años, y así construir un bonito egregor espiritual. Siguiendo las palabras de Jesús, toca dejar de pescar peces y empezar a pescar hombres… Personalmente, siento que tengo mi vida y mis aspiraciones cubiertas. Tanto profesionalmente como intelectualmente. Ahora solo toca entregarme en la pila del bautismo para caminar hacia la necesaria entrega y sacrificio. Es lo que realmente siento y es a lo que realmente me dedicaré en los próximos años. Ojalá pronto lleguen esos aliados maduros y capaces, entregados a una causa mayor, con capacidad para albergar la necesaria y urgente misión de actuar.

Un abrazo grande y cuidaros mucho… el mundo os necesita más que nunca…

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Vivir en tiempos de incertidumbre


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© Michel Rajkovic

Hoy he intentando vivir con sosiego mi primer día de jubilación. Quería saber qué se siente cuando realmente dejas de trabajar para ganar dinero, y simplemente entras en esa fase de la vida en la que la contemplación, la complacencia y el mirar al otro con generosidad se convierten en la premisa general. Miraba hoy mi historial de vida y solo llevo cotizados algo más de trece años. Esos cómputos me resultan increíbles cuando aún recuerdo ese primer trabajo a los dieciséis años en una panadería en el centro de la ciudad condal.

Mi primer trabajo fue amasar pan. Allí supe que hay mundos que se esconden en lo más oculto pero realizan el milagro, como la levadura, oculta en la masa, de hacer crecer el alimento. Allí me di cuenta, amasando panes y más panes, que la vida requiere de esa levadura para que todo funcione de alguna manera, para que tengamos aspiraciones, visiones futuras, conclusiones acertadas sobre nuestra existencia. Ahí entendí la necesidad de ir descubriendo poco a poco el mundo oculto que todo lo encierra.

De las cosas que más me gustan de estos días es la de cuidar a la persona que está haciendo la experiencia de retiro de 21 días. Es oportuno poder hacer esta experiencia en un tiempo tan revuelto como este. La primera semana es de profundo silencio e interiorización. Mi misión como guía y facilitador es asegurarme de que no le falte de nada, que tenga su desayuno, su comida y su cena, algo de leña y cualquier cosa que requiera. De acompañarla en las meditaciones matutinas y vespertinas y de guiñarle el ojo con una sonrisa para hacer cómodo su silencio profundo. Supongo que cuando uno se jubila puede hacer cosas con júbilo. Me produce una sensación de alivio el hecho de poder ayudar a los demás en sus procesos, de acompañar a aquellos que desean dar un giro de tuerca a sus vidas y ver qué pasa. Empujar al mundo a que descubra su lado oculto, ese que hace crecer las cosas.

Nadie nos educa para vivir en la incertidumbre. Para mí fue una maestra desde los inicios de esta existencia. Nacer y vivir en una familia humilde me aproximó radicalmente a saber lo que era la escasez, el no saber si mañana las cosas irían bien. Realmente la infancia y la adolescencia fueron duras en ese sentido. Aprendí a crecer en la incertidumbre. Por eso con mi primer sueldo compré dos cosas: una bicicleta y mi primer Camino de Santiago. Allí la experiencia de la incertidumbre, en tiempos donde no había móviles, ni internet ni prácticamente albergues en el camino sucumbió en mi interior. Tardé dos años en preparar el Camino hasta cumplir la mayoría de edad. Pero esa preparación concienzuda mereció la pena.

Durante unos años la vida me trató bien. Después de los estudios universitarios comencé a trabajar y ahorrar. Compré mi primer apartamento, luego mi primera casa adosada con jardín y más tarde diseñé y construí mi hermosa casa de diseño. Eran años de bonanza que terminaron drásticamente con la crisis del 2008. Ahí lo perdí todo y volví de nuevo a la senda de la incertidumbre. Ese mismo año hice de nuevo el Camino de Santiago. Fue una experiencia dolorosa. Tardé casi una década en recuperarme de aquella experiencia traumática que pretendía revolverme, empujarme al verdadero camino que debería recorrer años más tarde.

Ahora la incertidumbre es diferente. La tomo con calma, con la seguridad interior de que por muy mal que vayan las cosas, siempre queda un reguero de esperanza a la que aferrarse. Quizás mucho de nosotros perdamos riquezas, trabajos, amigos, parejas e incluso parte de la salud en estos días. Casi diez mil personas han perdido la vida en nuestro país en estas semanas. Cada minuto que pasa alguien se marcha al otro lado. Por eso, en los agradecimientos antes de desayunar y comer, nos acordamos especialmente de aquellos que sufren y damos gracias por estar sanos y salvos, en salud, fuertes de momento, con alimentos abundantes.

Hoy contábamos los paquetes de pasta y legumbres que nos quedan. Tenemos para un mes aproximadamente. Hemos dejado de ingresar dinero, pero nos queda una gran reserva de patatas que el año pasado no pudimos recolectar. Podríamos vivir de ellas una gran temporada. El otro día sacamos unos dos metros cuadrados de patatas y estaban en perfecto estado de conservación. Las patatas son un gran alimento y la tierra es siempre milagrosa y generosa a partes iguales. También quedan algunas castañas en el suelo y estamos descubriendo hierbas que se pueden comer en ensaladas. Llevamos dos semanas sin salir a comprar y es preferible que sigamos aquí confinados el tiempo que haga falta.

Todo es incertidumbre. Y sin embargo, la vivimos con cierto desapego y desasosiego. En mi caso, como decía un poco más arriba, con absoluta tranquilidad y paz interior, como eso que uno debe sentir cuando se jubila habiendo hecho bien las cosas. La incertidumbre es una buena maestra. Nos enseña a vivir la vida en toda su intensidad. Nos enseña a vislumbrar una nueva forma de entender la existencia con fe, con esperanza, con paz interior.

Espero que estéis bien. Os deseo fuerza y salud a todos.

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Si no ayunáis del mundo, no encontraréis el Reino


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© Julie Rey

“Buscad, pues, primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad”. Jesús

El sonido del bosque es amplio. Si estás atento, se pueden escuchar todas sus maravillas. Es algo vivo, algo que te envuelve en un sonido difícil de explicar. Hay muchas formas de escuchar cuando te invade el silencio. Hay incluso melodías intangibles que susurran palabras al corazón, especialmente cuando este yace en calma. Se puede escuchar la paz, la armonía del entorno, la belleza y la poesía de la primaveral esperanza. El verde brota a raudales por todas partes, esta vez con ese tono fluorescente propio de estas fechas. Todo parece revivir, renacer a lo nuevo.

Mientras observo el templo natural donde vivo, leo detenidamente algunos logiones del evangelio de Tomás comentados por Roberto Pla. Me detengo en el logion 27 que nos habla de ayunar del mundo. Me llama la atención porque algo parecido a eso estamos haciendo en estos momentos. Todo se paraliza y eso nos permite valorar nuestras vidas, nuestro verdadero y profundo sentido de nosotros en la misma. Jesús dice: Si no ayunáis del mundo, no encontraréis el Reino. Uno siempre puede imaginarse el Reino como algo diferente al mundo. Quizás deberíamos pensar, como se lee en Lucas: el Reino está ya en nosotros. ¿Siendo así, como poder verlo?

¡Qué gran oportunidad nos da la vida para la reflexión seria! Para el gozoso silencio capaz de perpetuar en nosotros el deseo de existencia, de trascendencia, de vida más allá de la vida. Aquí en los bosques ese sentido se agudiza. Veo que el contacto con la naturaleza entre montañas y ríos, entre valles y sendas siempre por hollar, es una gran bendición para poder comprender profundamente lo que la vida nos demanda.

Hay algo oculto y secreto en esta maraña de vida. No podemos conformarnos con lo que el mundo nos ofrece. Ahora que todo ha parado, debemos delimitar la vida, cerciorarnos de que estamos empujados a vivirla de forma generosa, de forma amorosa, de forma profunda. Discernir realmente lo valioso. ¿Cómo adentrarnos un poco más en el Reino?

Siento una profunda necesidad de seguir entregando más trozos y parcelas de mi vida a la Vida. Siento que el mundo necesita ayunar, y creo, estoy convencido plenamente, que lugares como este ayudan a profundizar en ese ayuno. Y cuando eso ocurre, nace una llamada inevitable, una chispa dentro de nosotros, una luz. Nace un profundo anhelo de seguir la búsqueda interior hacia aquello que nos eleva humanamente. Nace el deseo vivo de entender nuestro verdadero propósito interior y aunarlo con fuerza al gran Propósito que los sabios conocen y sirven.

Estas crisis ayudan, siempre lo hacen. La crisis del 2008 me empujó hacia la vida prístina en los bosques. Esa crisis me desnudó, me despojó de lo superfluo. Decidí sacudirme el polvo de las sandalias y navegar por los anchos mares de la incertidumbre. Ese camino me demostró que era posible una vida plena sin tanto artilugio, sin tanto lío, más cerca del Reino.

Ahora, con este exagerado silencio, ya casi acabada la casa de acogida, la vida desea que me vuelva a desnudar aún más. Que termine con aquellas cosas que me ataban al mundo y me codee directamente con la búsqueda incansable del Reino. Mañana dejaré de ser empresario para dedicarme a ser escriba. Dejaré de ser un editor al uso para convertirme en un amanuense. Un copista escrupuloso de los textos más sagrados de nuestra historia, un entregado constructor de la Gran Obra. Comeré de las patatas de la huerta y viviré según amanezca. A cada día su esfuerzo. Si hasta ahora había entregado todo mi patrimonio a la obra empezada, ahora ese patrimonio dejará de pertenecerme completamente.

Lo hermoso de las crisis, individuales o colectivas, es que te permiten adentrarte aún más en tu propósito interior. ¿Se pueden servir a dos amos? Ahora solo tengo deseos de servir a uno de ellos, a aquel que resplandece, a aquel que aviva el lucero del alba y nos permite adentrarnos en la vida una. No tengo motivos para quejarme. Simplemente deseo vivir de la riqueza de no tener nada, y amasar fortuna allá en el Reino, para así poder distribuir bienaventuranzas y poderosas joyas de amor y fraternidad.

Me entrego, a partir de mañana, a la Providencia, y ahora más que nunca, que sea lo que Dios quiera.

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La conspiración de la Tierra Entera


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© Joe Photos

«Poseerá cosas más altas que éstas: un país grande, la tierra entera… y una gran esperanza, todos los cielos». Víctor Hugo

Da gusto poder tener tiempo para leer más, para reflexionar más, para poder interiorizar tantas y tantas cosas. Sin duda, este confinamiento planetario creará una nueva mente, y por lo tanto, una especie de nuevo mundo. Al modificar nuestros patrones, nuestras ideas, nuestra forma de ver la vida, algo cambiará en nuestro interior y algo cambiará ahí fuera. El mundo está basado en patrones de pensamiento. Todo es mente, nos decía el Kybalion. Y si todo es mental, alguien está pensando el mundo. Nosotros, ahora que hemos podido parar nuestra actividad, ahora que disponemos de más tiempo para nosotros, estamos repensando la existencia, y al hacerlo, la estamos imaginando más grande, más ancha, más hermosa. De alguna forma, la profecía de Víctor Hugo se está haciendo realidad. Nuestro nuevo mundo, algún día, será la Tierra Entera.

¿De qué sirven ahora las fronteras? ¿De qué sirven los antiguos paradigmas basados en las naciones, en las guerras, en el egoísmo, en la separatividad? ¿De qué sirven ahora los antiguos dogmas? Esta experiencia, quizás por primera vez en la historia de la humanidad, está siendo global. Sólo el advenimiento de internet nos había dado esa sensación de Tierra Entera. Pero ahora es una Tierra más cercana al mismo tiempo que más grande. Y, sobre todo, ahí queda esa gran esperanza, la de todos los cielos.

Ya hay millones de residentes que habitan esa Tierra Entera. Eso nos decía Marilyn Ferguson en su ya clásico la “Conspiración de Acuario”. Ya hay cientos de miles de personas que cierran los ojos y meditan, que aman la vida en todas sus manifestaciones, cuidando de la misma con delicadeza y atención. Ya hay miles de personas que avalan una dieta vegana, sin dolor, sin sufrimiento animal, y que cuidan de los otros, de forma altruista, de forma generosa. Ya hay cientos de miles de personas que cuidan sus cuerpos, que es el producto de millones de años de evolución, y es la esperanza para las futuras generaciones. Cuerpos sanos, mentes sanas, corazones puros en intenciones. Toda esa suma de personas que piensan ese nuevo mundo lo están manifestando poco a poco. Con sus pequeños actos diarios, con sus pequeñas vocaciones interiores.

Ahora más que nunca nos estamos dando cuenta de que estamos aquí como ciudadanos planetarios. Lo que ocurre en China puede afectar en lo que ocurre en nuestras calles, en nuestros hogares. Somos vulnerables a nivel mundial, pero eso también nos hace fuertes. Las máscaras del antiguo mundo se irán rasgando poco a poco. Los velos se correrán y podremos pensar de forma diferente. Necesariamente tendrán que llegar nuevas alianzas, nuevas formas de apoyo, de cooperación entre los unos y los otros, pero especialmente, entre los que más tienen y los que menos tienen.

Ahora podemos volver a elegir. En este tiempo inaudito de pausa, de calma, de serenidad, podemos volver a elegir otro camino. Un camino con mayor sentido, con mayor plenitud, con mayor conexión con nuestras dimensiones más desconocidas. Somos una promesa silenciosa. Una semilla de aquello que debe venir. Aquello que nos hará mejores, al igual que en cada generación algo mejora en nosotros. Todos estamos llamados a esa vocación de mejora, de búsqueda de virtud, de siembra de algo nuevo y mejor. Estamos llamados a conspirar para engendrar esa nueva Tierra Entera, amplia, ancha, de todos, sin fronteras. Ese nuevo mundo amoroso al que todos aspiramos está aquí y ahora, pensándose, creando la simiente en nuestro interior.

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El virus del miedo


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© Lionel Orriols 

Ayer estuve un buen rato hablando con un buen amigo. De esos que a pesar de las circunstancias siempre están ahí, no importa cuántas brechas nos separen, ideológicas, sociales, de estatus. No importa ni siquiera el que juntos ganáramos y perdiéramos por partes iguales en aventuras comunes. El cariño permanece y la amistad perdura. Hoy me volvió a llamar para seguir recordando unos hechos que acaecieron hace casi una década. Me recordó cosas que ya casi había olvidado. Por ejemplo, aquella vez en la que hice enfadar a un ministro. El ministro, con el que había tenido algún tipo de buena relación durante un tiempo, terminó con un enfado monumental por hechos divergentes, de esos que no puedes controlar y de los que formas parte casi de forma colateral. Me reía con el recuerdo, porque el ministro era un buen ministro y, además, un buen hombre al que la mayoría admiraba.

Por el mismo tiempo, qué tiempos aquellos, también hice enfadar al que fuera un conocido presidente de un conocido banco. Ese era el estrecho vínculo que me unía en la conversación de ayer y de hoy, y que recordábamos con cariño, depurando de paso cualquier atisbo o arista que hubiera quedado mal curada. Y mientras hablaba y recordaba aquellos hechos, me preguntaba por qué hay personas que se enfadan y otras no, por qué hay personas con ese agudo grado de misericordia en sus adentros, capaces de mirar más allá de las anécdotas de la personalidad, capaces de bucear en la esencia, perdonando una y otra vez las torpezas del otro.

Pensaba en ello y creo que es una cuestión de miedo. El miedo nos hace tomar decisiones la mayoría de las veces, erróneas. El miedo nos conduce hasta la frustración, la rabia, la impotencia. Eso genera situaciones extremas, sin control. Es cierto que atávicamente el miedo era una especie de herramienta psicológica de protección. En aquellos tiempos en los que vivíamos en bosques o cuevas, el miedo podía protegernos de cualquier peligro. Pero en nuestros tiempos, ¿a qué tememos? ¿A qué deberíamos temer? No a los amigos, sin duda, que pueden equivocarse y errar. No tampoco a personas de reconocida bondad y buena voluntad.

En estos tiempos de vulnerabilidad psicológica, estamos viviendo una doble epidemia. La del coronavirus y la del miedo. Nunca una epidemia del miedo había provocado tal colapso a nivel mundial. Desde un punto de vista psicológico, se harán muchos estudios futuros sobre el acontecimiento inédito de tener a gran parte de la población mundial hacinada en sus casas durante semanas. El experimento social podría marcar un precedente peligroso, y de paso, poner a prueba la docilidad mundial.

Si la epidemia del miedo se alarga, podría extenderse en no mucho espacio de tiempo una nueva epidemia: la de la desesperación. No sabemos aún hasta qué punto nuestra psicología individual y colectiva está preparada para este tipo de enclaustramiento, de encierro forzado. Estos días, hablando con unos y con otros, especialmente con amigos que están viviendo estos acontecimientos en grandes ciudades, notaba cierto nerviosismo interior. Un nerviosismo sutil, casi imperceptible, a modo de llamada de auxilio interior que ahonda aún más en la incertidumbre.

Toca sin duda fortaleza. Como la fortaleza de esos que hacen de este encierro un momento único e irrepetible para cuidar a los suyos, para llenarlos de cariño y amor. Como la fortaleza de esos que viven solos y han creado su propia rutina de esfuerzo interior a base de lecturas, de yoga, de meditación. Como la fortaleza de aquellos que viendo peligrar su futuro económico empiezan a imaginar nuevas posibilidades. O como la fortaleza de aquellos que pudiendo no hacer nada, lo dan todo para ayudar al prójimo, para echar una mano, para apoyar y sostener todo aquello que merezca la pena.

El virus del miedo está ahí, latente, al acecho, esperando su oportunidad. Seamos fuertes, seamos capaces de vencer esta pandemia colectiva para ser mejores, para ser fieles a nuestra esencia, para ser visionarios del nuevo mundo, para crecer en humanidad, consciencia y bondad.

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Somos un flujo en continua relación


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Con Geo con mirada melancólica de paseo esta tarde en nuestra secreta atalaya

Es todo una sensación extraña. Geo me sacó a pasear y fuimos hasta el milenario castro que tenemos a pocos metros de aquí. Allí hay un mirador natural, escondido, espectacular, desde donde se puede divisar toda la provincia, inclusive la lejana capital. Es un buen lugar para esconderse y meditar, para valorar las cosas desde otra perspectiva. Hoy todo parecía diferente desde allí. Samos con su gran monasterio parecía inexistente. Podía ver sus paredes, las casas aledañas, las calles, pero todo estaba silencioso y vacío. Ninguna voz atravesaba el valle hasta mi atalaya, ningún ruido que pudiera delatar actividad alguna.

Me sentía como un pequeño intruso en ese espacio-tiempo inusual, como una especie de visitante extraño que aterrizaba de repente en un mundo vacío. Alzaba la mirada hasta el infinito, a sabiendas de lo afortunado que podía ser. Miraba el ocaso del sol entre nubes blancas y cielo azul. Miraba las suaves curvas de las antiguas montañas, con sus bosques, sus valles, su verde intenso y sus caminos ahora desocupados. Veía las huellas humanas pero no veía a los humanos. Era extraño observar que el Camino estaba ausente de peregrinos. Una leve brisa soplaba y removía las blanquecinas flores, las tímidas copas que empiezan en primavera a llenarse de verde. La naturaleza, ajena a todo, se reproduce igualmente, fortaleciendo su belleza increíble. Lo miraba todo anestesiado, lo sentía todo como un predecible recuerdo de otro tiempo.

De repente sentí una gran soledad. Una conmovedora sensación yerma, angustiosa. Un vacío inusual. Me preguntaba cómo sería la vida sin nadie a quien abrazar, sin nadie con la que compartir un mundo. Observaba al amigo Geo que suspiraba en la deriva de su mirada ante el majestuoso horizonte y me interrogaba qué sería de nosotros si el mundo de repente desapareciera. Si solo pudiéramos escuchar el chasquido del arroyo, el serpenteante fluir de los tiempos, a solas. Si todo se detuviera y un segundo origen empezara sin nadie.

La soledad voluntaria es hermosa. Diría que es necesaria para conectar con nuestro propósito interior, para escuchar a nuestra esencia, aquello que realmente somos, y así, poder ser mejores, más auténticos, más sabedores de nuestro verdadero lugar en el mundo. El silencio forma parte de esa disciplina de autoconocimiento, de superación, de búsqueda de la verdad, de seducción por la vida. Pero cuando las circunstancias te imponen la soledad y el silencio, algo interior se quiebra. Esto tiene que ver con nuestra inevitable pertenencia al logos. Aunque vivimos en una sociedad de absolutos individualismos y egoísmos, donde la moda es ser un “single” independiente y autosostenible, cuando nos falta el inevitable contacto con el otro, nos quebramos.

La individualidad es solo una ficción, especialmente la ficción del ego fuerte, del ego orgulloso, del ego que se cree estar por encima de todas las cosas. La soledad humana que vivimos desconecta nuestras vidas de lo que realmente somos: unidad. Si tuviéramos capacidad para percibir la mónada a la que pertenecemos, nos daríamos cuenta de que nuestras vidas separadas es tan solo una ilusión. Nuestra verdadera substancia es solo una gota indisoluble en un vasto océano de almas. La prueba a la que la vida está sometiendo nuestra individualidad quizás sirva para darnos cuenta de que no podemos seguir viviendo un mundo huraño donde todo gira alrededor nuestra sin importarnos nada el otro. Ahora podemos percibirlo: el otro existe y siempre estuvo ahí, a pesar de todo.

Quizás la gran lección de este tiempo sea el sabernos realmente interconectados con el otro, a sabiendas de que el yo no puede sobrevivir sin el tú. Aquello que constituye el dominio de la ontología, lo que hay realmente, es precisamente eso que define el mundo fenomenológico como una ilusión. Una ilusión que separa. Una ilusión que nos separa. En la naturaleza no existen las dicotomías ni la dualidad. Todo fluye en un magma de unidad, en una relación inevitable. Por eso nos resulta insoportable el rechazo del otro. Cuando alguien niega nuestra existencia, cuando alguien nos da la espalda o nos hace el vacío, sentimos morir por dentro. Esa emoción, esa sensación, equivale a conectar por un momento con lo que realmente somos. El darnos cuenta de que no somos entidades aisladas, sino almas unidas en un flujo. Un flujo de (1) inteligencia activa, de (2) amor-sabiduría, de hermosa (3) voluntad que se desarrolla en una profunda (4) armonía, en una (5) ciencia concreta, en un (6) amor devocional hacia la existencia bajo un (7) orden ceremonial orquestado desde los mundos arquetípicos. Como siete rayos que se unen en un crisol y forman un manto multiforme al que pertenecemos aunque no lo percibamos. Ese es el flujo. Esa es la relación. Esa es la vida que se manifiesta desde todos los mundos.

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