Poema de los átomos. No hay nada más que decir…


“¡Oh día, despierta!

Los átomos bailan.

Todo el universo baila gracias a ellos.

Las almas bailan poseídas por el éxtasis.

Te susurraré al oído adonde les arrastra esta danza.

Todos los átomos en el aire y en el desierto, parecen poseídos.

Cada átomo, feliz o triste está encantado por el sol.

No hay nada más que decir.

Nada más”.

Rumi. Poema de los átomos

Otoño. Equinoccio. Haleg-Monath. Mabon. Volver a empezar


«Reciba a los niños en reverencia, edúquelos en el amor y envíelos en libertad.» – Rudolf Steiner

Llega un nuevo equinoccio. Llega una nueva energía, un nuevo ciclo, una nueva oportunidad. Un tiempo de renovación, transformación, metamorfosis. Un tiempo de oportunidad. Cae lo viejo, lo caduco. Cae todo aquello que ya no sirve. Todo aquello que servirá de abono para la tierra doliente, húmeda, oscura.

Los árboles se sacuden con el viento mientras que los pájaros recogen poco a poco su cantar esperando la próxima primavera. Las montañas se tiñen de ocre y pronto las castañas empezarán a teñir también los caminos, las dehesas y los campos. Brotarán las primeras setas, hongos y trufas. El manto verde volverá a resplandecer bajo la promesa de nuevas lluvias. Los cauces crecerán de nuevo y se llevarán todo aquello inservible.

Es tiempo de recogimiento, de chimenea, de reflexión, de castañas y fuego, de magosto. Tiempo de hogar, de abrazo, de manta, de película, ya sabes cual. Tiempo para volver a soñar, para empezar una vida nueva, ampliada y mejorada, perfeccionada gracias a los avatares de la experiencia. Es tiempo de clasificar las semillas e ir preparando, tras el reposo, la nueva tierra.

De alguna forma es tiempo de volver a abrazar lo sagrado, abandonando el mundo profano que tantos dolores de cabeza nos ha dado. Es tiempo de acercarnos a la vida del espíritu, a la profunda presencia del misterio. El equinoccio de otoño nos recuerda la necesaria oportunidad de renovación espiritual que todo ser necesita. Inevitablemente.

Hoy el día y la noche tendrán la misma duración. Equinoccio, noche igual. El calor dejará pasar poco a poco al frío. Esta estación nos va preparando para esa iniciación blanca, fría e inhóspita. Es tiempo de celebración, de dar gracias por las cosechas del verano, a veces duras y complejas. Dar gracias también por los aprendizajes, por aquello que hemos recolectado para engrandecer nuestra experiencia y la vasta vida del alma. Es tiempo de volver a nosotros mismos, a nuestra verdadera esencia, despojándonos de las máscaras y los ropajes que no son nuestros.

Haleg-Monath en la tradición celta o Mabon en las tradiciones neopaganas. El mes sagrado por excelencia que nos prepara para la llegada de Samhain, la mitad oscura del año que nos llevará hasta la mitad clara. El tiempo de renovación, la oportunidad de volver a empezar de nuevo, de hacer tabla rasa, mirar hacia dentro y reconducir nuestras vidas. El tiempo de querer mejorar, de hacer bien las cosas, de emprender una nueva vida desde un sentido más profundo y verdadero.

Es tiempo de amar otra vez, sin decepciones, sin rencores, sin miedos y de volver a soñar en aquellas praderas y aquellas montañas elevadas. Renovando el ciclo de la vida, conservando el latir profundo de la existencia, esperando ser partícipes una vez más de la Vida en toda su más amplia manifestación. Es tiempo de recibir a los niños en reverencia, educándolos en amor para que emprendan algún día el camino de la libertad. Es tiempo de retomar el Sueño.

Tiempo liminal, fronterizo entre la luz y la oscuridad. Tiempo de melancolía, ojalá que una melancolía acompañada, abrazada, amada. Nos adentramos poco a poco a la oscuridad, al frío. Debemos agitarnos para que lo viejo caiga. Debemos desnudos afrontar lo que viene, alimentarnos del fruto recogido y esperar nuevos tiempos con valentía, coraje y perseverancia. Esperaremos, pacientes, porque la Vida desea volver a manifestarse, una y otra vez. Esperaremos como siempre hemos hecho, a pesar de la dureza que este otoño promete. Servir a la luz desde la oscuridad como bonita metáfora otoñal. Servir al amor, una y otra vez, llevando la barca cada vez más adentro, encendiendo el farolillo cada vez con mayor luz y verdad. Volvamos a empezar, una y otra vez. Cuántas veces haga falta. Volvamos a hacerlo.

Mañana podríamos estar muertos


Uno puede estar muerto cuando vive una vida real que es falsa. Cuando acompasa el día a día con rutinas que pretenden rellenar los huecos inservibles, los suspiros inacabados, las promesas incumplidas. Uno muere cada día cuando se abandona al tedio, al contacto con la tierra, a lo que nos ancla a una realidad que inventamos para alejarnos para siempre de la verdadera vida.

Morimos cuando nos alejamos de nuestros sueños y del amor. Cuando nos acostamos con este o con aquel por el simple hecho de no sentirnos solos. Morimos cuando intentamos llenar vacíos con cualquiera que nos llame un poco la atención, bostezando a escondidas, cuando nadie nos ve, porque esa persona no mueve ni un ápice nuestra sangre viva.

Morimos cuando no somos capaces de dar todo nuestro amor a aquella persona que amamos en secreto. Cuando no nos atrevemos a abrazar la locura de aquel romance, la locura de una vida que nos hacía sentir vivos.

Hasta donde sabemos, mañana podríamos estar muertos, pero también hoy, si nos arrodillamos ante una vida que no es real, ante unos hechos que se repiten minuciosos, monótonos, faltos y carentes de todo.

¿Qué es real? ¿Una vida material vacía, sin esperanza, cargada de aburrimiento, hastío y languidez, o aquel sueño que se nos presentó como una fantasía pero que estaba cargado de belleza, ternura, emoción y un completo abanico de espectros cósmicos?

No podemos seguir malgastando nuestro tiempo en una vida que no nos llena, por mucho que nos ancle a la realidad, si esa realidad se aleja tanto de nuestro propósito vital, de nuestra misión de vida, de nuestra realidad más próxima al corazón. No podemos seguir añadiendo cicatrices al corazón pensando que nunca estaremos preparados, que aún no estamos listos para abrazar nuestro verdadero propósito.

¿Cuándo lo estaremos? Uno nunca está listo ni preparado para enfrentarse a la vida, es la vida la que nos prepara a cada paso. Son los pasos que damos, y no el camino, los que nos empujan a vivir plenamente.

Perder nuestro gran amor, perder nuestra gran oportunidad, perder toda una vida porque aquel verano pensamos que no estábamos listos. Perder toda una vida porque nunca tuvimos tiempo, porque había que anclarse a lo cotidiano y aplastar de golpe nuestro gran sentir.

No quiero juzgar, pero pasarán los años y veremos en nuestro fondo de pantalla aquel hogar que nunca construimos, aquellos niños que nunca nacieron, aquella vida salvaje que nunca nos atrevimos a vivir. Y sí, estaremos anclados a la realidad, pero con el paso del tiempo nos daremos cuenta de que esa no era la Vida que debíamos vivir. Esa realidad que nos mantenía firmes y seguros no era el Sueño que habíamos venido a interpretar.

Y así pasarán los años, y ahí quedará el recuerdo de aquella vida que nunca pudimos vivir, aquella vida que no era otra que nuestra verdadera vida, aquella que aquel verano se escurrió por entre los dedos porque aún no estábamos preparados.

No podemos juzgar lo que cada cual tiene en su corazón, pero si no estamos preparados para el amor, no estaremos nunca preparados para la vida. Así que amemos fuerte y amemos completamente, ahora que podemos, aunque no estemos preparados, aunque el miedo no nos deje dormir por las noches. Amemos ahora porque pronto moriremos. Porque pronto estaremos muertos.

El arte de la decepción


© @__moonglow

 “El goce decepciona, pero la posibilidad no”, Kierkegaard

Nos vamos a decepcionar unos a otros. Eso no significa que algo vaya mal. Forma parte de la vida. Escuchaba hoy en la voz de una joven y vital anciana tras más de sesenta años con su pareja. Me he quedado en silencio, saboreando sus palabras, intentando resolver y comprender su significado oculto. Han llegado precisamente en un tiempo en el que estoy aprendiendo a permanecer en lo malo y en lo bueno ante circunstancias decepcionantes, muy decepcionantes. Lo veía en mí, pero al verlo reflejado en las palabras de esta joven anciana, algo importante se ha anclado dentro de mí.

Perdonad que lo escriba en primera persona, pero es muy sanador compartir esta reflexión desde los adentros. Cuántas y cuántas veces hemos decepcionado y nos han decepcionado al mismo tiempo sin entender que eso forma parte de la vida. No es que algo vaya mal, no es que esa persona o esa situación sea mala, es que forma parte de la vida. ¿Acaso la propia vida no nos resulta a veces completamente decepcionante? Y no por ello queremos abandonarla. Entendemos que toda crisis, que toda frustración, que todo dolor, que todo paréntesis en nuestra existencia aporta un valor primordial dentro de nosotros. Para algunos un halo de esperanza, para otros, el sabor imperecedero del perdón, para los demás, una oportunidad de amar incondicionalmente, en lo bueno y en lo malo.

Seamos conscientes que desde hoy mismo vamos a decepcionar a muchas personas. Seamos conscientes de que muchos nos verán como fracasados, como inválidos, como enemigos, como perdidos, como insolentes, como malvados, oscuros o acabados. Y mucha gente nos decepcionará por sus mentiras, por su odio, por su rencor, por sus miedos, por sus enredos, por su ceguera, por sus creencias o inmoralidad.

Pero, ¿y si aceptáramos eso como parte de la vida? ¿Y si fuéramos capaces de redimir esa sensación extraña que sentimos cuando algo o alguien nos decepciona? La desilusión forma parte de la vida. Los enamorados se desilusionan cuando dejan de sentir mariposillas en el estómago, sin entender que ese ciclo ya pasó, que eso forma parte de la vida y que ahora toca querer desde la responsabilidad y el compromiso, para algún día saber amar incondicionalmente. Pero nadie nos enseña la fuerza poderosa de los ciclos. La necesaria muerte de los tiempos para que nazcan otros nuevos, renovados, mejores, aumentados, perfeccionados. El amor verdadero triunfa cuando esa revelación se suma a la sabiduría, a la fuerza, a la comprensión de esa profunda impermanencia.

Nada nos decepcionaría si entendiéramos la verdadera pureza de los cambios, de los ciclos, de todo aquello a lo que no ponemos ni una mota de expectativa ni resistencia. No nos decepcionarían los errores del otro si entendiéramos que no nacen del mal, sino de la ignorancia o la propia provocación de la vida.

Nada nos desilusionaría si comprendiéramos que cuando la llama no late, ni brilla, ni se expande, es porque está muriendo para que algo nuevo renazca. Y la renovación de ese algo nuevo no es por sí mismo malo o doliente. Es necesario, es vida. Si el tiempo y sus ciclos es poderosamente acompañado por la honestidad y la lealtad, cualquier decepción pasará a ser simplemente una nueva forma de comunicarse, una nueva forma de afrontar los retos de la vida, una nueva forma de ser felices sin arraigar ningún tipo de expectativa o resultado. El arte de la decepción es precisamente eso: saber que forma parte de la vida, y que no tiene porqué ser algo malo. Dicho esto, siento mucho si este texto te ha decepcionado. Que pases un buen día… 🙂

Los lazos que nos unen


“Journeys end in lovers meeting”, William Shakespeare.

Qué difícil resulta cortar los lazos que nos unen a otras personas cuando el destino o el caprichoso azar quiso que nuestras vidas ya no pudieran seguir juntas. Ocurre en las amistades y en las parejas. Romper los lazos, la trama entrelazada del destino, es complejo, requiere tiempo y algo de disciplina. Sobre todo, consciencia de qué es lo que se está rompiendo, pues a veces ignoramos que estamos rompiendo con un karma, un dharma o un destino, y todo lo que eso conlleva tras de sí.

También hay que tener conocimiento de qué lazos nos unen, cuál es su calidad y fortaleza y cuántos son. La calidad dependerá del tiempo que hayamos pasado juntos. No me refiero a un tiempo cronológico, sino a un tiempo que va más allá del tiempo. Si nuestros lazos vienen de otras vidas, de otras dimensiones, el tiempo no puede medirse con un reloj. Por eso, a la hora de romper esos lazos, el dolor y el sufrimiento pueden ser muy intensos si el recorrido vital ha sido muy grande, o si nos une algo más que una vida, una experiencia o un fortuito encuentro.

Es cierto que hay lazos indestructibles, son los lazos del alma. Esos lazos no pueden cortarse ni aniquilarse porque permanecen vida tras vida, ya sea por una cuestión kármica, o porque simplemente, esas almas son como gotas de agua: inseparables en cada encarnación, a pesar de que ese entendimiento no se haga realidad en cada vida. A veces se encuentran, se miran, se reconocen, y desaparecen el uno del otro por el miedo que esa visión ha suscitado. En la mitología occidental eran descritos como encuentros de almas gemelas que aún no tenían plena capacidad para reconocerse, siendo el miedo el que terminaba por frustrar cualquier acercamiento vida tras vida. Sin embargo, a nivel inconsciente, se reconocen, ya sea por el olor, por la respiración, por la mirada, por la voz, por la frecuencia de sus energías. Se escuchan, se atienden y todo el cuerpo se eriza, porque de alguna manera, hay un reconocimiento de esa frecuencia tan familiar.

Hay otros lazos más fáciles de romper. Los sexuales o los materiales, los energéticos y los emocionales, los mentales o intelectuales. Son lazos que se crean entre amigos, conocidos, familiares, o parejas que no tienen mucho en común. A veces puede ocurrir que a una pareja, de los siete lazos posibles (los cuatro materiales y los tres espirituales), solo les una uno o dos lazos. Puede ocurrir que estés con alguien muy enlazado a nivel sexual, pero sin ningún otro lazo a nivel etérico, emocional, mental o espiritual. Hay parejas que viven durante muchos años enteros, pero apenas sienten una complicidad interior, pues pocos son los vínculos o lazos, más allá de lo material, que les pueda unir.

Los lazos que nos unen a un nodo, a un destino, son aún de mayor complejidad. Hay personas que están destinadas a encontrarse y a crear una realidad juntos. Cuando esa realidad se ignora por miedo o desconocimiento, romper con esos lazos que estaban predispuestos es muy difícil, por no decir imposible. Los lazos del destino son como asignaturas que debemos recorrer. Y si no nos enfrentamos a ellas, se repiten una y otra vez. En la tradición oriental se conoce como el hilo rojo del destino. Según esta tradición, “un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper”.

La leyenda oriental es hermosa y muestra como el destino al final nos une a esas personas que están destinadas a estar junto a nosotros. Dice así:

“Hace mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su presencia. Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al dedo corazón y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo. Esta búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con una bebé en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: «Aquí termina tu hilo», pero al escuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja, empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran herida en la frente, luego ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza. Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor fuera que desposara a la hija de un general muy poderoso. El emperador aceptó esta decisión y comenzaron todos los preparativos para esperar a quien sería después la elegida como esposa del gran emperador. Llegó el día de la boda, pero sobre todo había llegado el momento de ver por primera vez la cara de su esposa. Ella entro al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente el rostro … Al levantarle el velo, vio por primera vez que este hermoso rostro tenía una cicatriz muy peculiar en la frente. Era la cicatriz que él mismo había provocado al rechazar su destino años antes. Un destino que la bruja había puesto frente al suyo y que había decidido no creer”.

Nadie se rinde cuando algo realmente le importa


© @emmanuel_enyinwa

Uno se pone triste cuando la mujer que le gusta sale con otro hombre. Incluso cuando los hijos de la viuda no comprenden nada sobre lo que estudian todo el día referente a la virtud. Uno se pone triste por cualquier cosa, como cuando piensas en esa casa idealizada que tanto esfuerzo costó y donde el debate se teje ahora sobre si hay que tener aguacate en la cocina o arroz integral en vez de intentar transformar, desde la humildad y la profunda entrega, toda nuestra condición humana. Uno se pone triste cuando le gustaría estar abrazado en aquel concierto o en aquella playa. Cuando las guerras humillan, en las tumbas de Izium, toda nuestra humanidad, mientras se ahogan a miles en las inhóspitas playas del Sahel.

Uno se pone triste cuando en aquella playa solitaria ve esa pareja desnuda, besándose bajo la lluvia, o disfrutando de un atardecer viendo los veleros surcar el infinito océano mientras la música de fondo invita a navegar por otros mares. Se pone triste al pensar que no es uno, sino el otro, el fortuito que quiso el azar poner allí para distraernos una vez más, alejándonos del sueño, alejándonos del sentir. Uno se pone triste cuando nos distraemos con tantas cosas y tantas personas alejándonos irremediablemente de nuestro verdadero, insondable e irracional deseo.

Sin embargo, nadie se rinde cuando algo realmente le importa. Y construye sus sueños a base de más sueños y navega por mares aunque esos mares sean angostos y peligrosos. Uno no se rinde nunca a pesar de las terribles tumbas de Izium o los cadáveres flotando en las playas del Sahel. Y otros vendrán y surcarán los mares y llegarán a tierra firme y de esos, algunos conseguirán su sueño y su dicha porque nunca se rindieron. Y otras generaciones vendrán y verán esas tumbas y jurarán que nunca más habrás más guerras.

El mundo esconde paisajes tristes, escenas difíciles, momentos complejos que debemos atravesar. La vida nos cierra puertas constantemente, pero si nunca nos redimimos, y seguimos adelante, y seguimos perseverantes y seguimos erguidos mirando con superación toda la fatalidad mortal, las tragedias nos abandonan y el triunfo, aunque sea efímero, termina abrazándonos. ¿Qué triunfo? Nos preguntaremos una y otra vez. El triunfo de no cesar, de empeñar nuestra vida en un sueño, en un profundo sentir, en una realidad imaginada primero en las etéricas fuentes de lo invisible para luego ser tejidas en los planos más burdos y densos. Así funciona lo insondable. Así atraemos a lo posible, lo imposible.

Hoy es un día verdaderamente triste, profundamente triste, inimitablemente triste y desdichado. Las costas del Sahel esperan nuevos despojos que algún día fueron vida. Las tumbas de Izium seguirán aumentando a medida que la tragedia se aproxime a la consciencia de todos. Y allí, en las playas del silencio, esa nueva pareja probará suerte, harán el amor bajo la lluvia, verán esos arqueados veleros, no uno, sino dos, o dous, si nos ceñimos a la realidad.

Sí, es un día triste, como otro cualquiera, pero nadie se rinde cuando algo realmente importa. Y alguien llegará desde el Sahel a la tierra prometida, y algún día las tumbas de Izium estarán llenas de flores en recuerdo y memoria de toda la humanidad doliente, y aquel otro hombre, pobre hombre, tan pequeño y tan grande bajo su condición humana, hoy triste y desolado, encontrará el gozo por ese amor prometido, por esa batalla ganada, brillando de nuevo toda luz y toda gloria por los siglos de los siglos.

Conocer, confiar, lealtad, compromiso, tocar…


© @amaro777

Estem obligats a no perdre mai l’esperança.” Arcadi Oliveres

Estos días conocí a una mujer extraordinaria, de esas personas que la vida te cruza durante un breve periodo de tiempo para animarte a algún tipo de confianza o enseñanza. Casi coincidimos, por diez minutos, en el camino del Norte. Si hubiera seguido la guía de la estrella seguramente también hubiéramos compartido algo del Camino Francés. Luego estuvimos, cosas de la vida difíciles de explicar, unas horas en O Couso compartiendo mesa y círculos y quiso el hado que coincidiéramos en casa de una amiga en la costa catalana, donde pasamos la anterior noche cenando, tocando el piano y el violonchelo, desayunando mientras hablábamos de la vida y sus misterios. A pesar de sus veinticinco años, se la notaba despierta, viva, entregada a la magia de la vida y a todos sus misterios, con una consciencia abierta a lo espiritual y lo sagrado. Su alegría desbordante y su sentido del humor producía un halo de alegría en todos los comensales con los que pudimos compartir la velada.

Nos sorprendió mucho su claridad con respecto a las relaciones. Tiene un mantra en su vida que consiste en lo siguiente: Conocer, confiar, lealtad, compromiso y tocar. Lo traduzco mal del inglés, pero más o menos viene a decir que antes de tener una relación con alguien primero tienes que conocer a esa persona. Ese conocimiento implica guardar una razonable distancia de seguridad hasta que empiezas a confiar en esa persona. Confiar es una fase importante, y para que ese punto de madurez en cualquier relación llegue a manifestarse, es imprescindible ese conocimiento previo, ese pasar muchas horas juntos, paseando, viendo una película, viajando.

Cuando la confianza ya está establecida y puedes mirar a los ojos abiertamente a esa persona, llega la fase de la lealtad. Es como una especie de pacto sincero que, sin estar escrito, explícitamente compromete a ser leales el uno con el otro. Cuando esa lealtad está establecida, cuando ya no hay duda de que en esa relación solo habrá dos personas, nace el compromiso. Ese compromiso, establecido bajo la base del reconocimiento mutuo, de la confianza mutua y de la lealtad, llega de forma sincera, aplastante, verdadera. Es entonces, y solo entonces, cuando se entra en la fase del tocar, del besarse, del acariciarse, de hacer el amor en todas sus expresiones. Esto llega al final, no al principio. Esto llega cuando se ha establecido una base profunda, sincera y verdadera. Sin prostituir nuestros cuerpos con cualquiera, sin hacer del placer la base instantánea de nuestras vidas.

Que este sea el mantra de una joven mujer de veinticinco años, oriunda de Estados Unidos y descendencia taiwanesa me llenó el alma de esperanza. En este mundo donde nadie quiere conocerse, donde nadie confía en el otro, donde nadie es leal ni siquiera a sí mismo, donde nadie desea comprometerse y donde todos se tocan antes que cualquier cosa, el saber que existen personas así, con esta calidad de visión sobre las cosas y las relaciones, nos llena el corazón con un bálsamo de confianza.

Los románticos del amor, los que pensamos en el amor y creemos en el amor estamos en un momento oscuro. Nada de lo que esta mujer describe ocurre hoy día. Las relaciones líquidas se han convertido en un mero placer instantáneo donde nadie quiere comprometerse, ni siquiera con aquellos que podrías pensar que se pudiera crear algo verdadero y duradero en el tiempo. Pensar en las relaciones y en el largo plazo es como contradictorio hoy día. Pensar en hechos como tener una familia tradicional, de esas que atraviesan todo tipo de crisis a sabiendas de que eso les engrandece, y vencer el miedo del largoplacismo para que se haga realidad una crianza sana basada en el amor, en el conocimiento, en el compromiso, la lealtad y la confianza es casi todo un reto y una entelequia hoy día. Algo retrógrado, pensará más de uno. Un reto que tras conocer a esta mujer, nos llena de consuelo a más de uno. De alguna manera, estamos obligados a no perder nunca la esperanza. Quien sabe como nos puede sorprender la vida.

Amor conexo, amor inconexo


«El amor no es algo natural, sino que requiere disciplina, concentración, paciencia, fe y la derrota del narcisismo. No es un sentimiento, es una práctica», Erich Fromm en «El arte de amar».

El amor de pareja en nuestros tiempos líquidos y fluidos es de una gran complejidad. Hoy más que nunca, debemos atender al amor no como algo natural, sino como algo que requiere verdaderamente mucha disciplina, concentración, paciencia y fe. Erich Fromm acertaba o intuía que los tiempos requerían acercarnos al amor como una práctica. Es algo que ya dijo el Buda cuando expresó la necesidad de “practicar los caminos”. El amor hay que tejerlo día a día, con intensidad e intención, manifestarlo, gritarlo, embellecerlo, amarlo. Amar el amor por encima de todas las cosas.

A veces hay amores conexos. Amores que encajan a la perfección. No sé cuántas veces os habrá ocurrido que encontráis a alguien con el cual te sientes locamente atraído. Físicamente, sin importar si es alto o bajo, viejo o joven, flaco o gordo. Alguien con el que estalla la química y la risa y el buen humor nadas más mirarlo. Donde sus energías se fusionan perfectamente con las vuestras, y los estados anímicos son lunares e idénticos a los que soléis tener en cada mañana o en cada crepúsculo. Alguien que abraza la melancolía con la misma fuerza que abraza, sin identificarse con ella, los estados alegres y felices. Alguien con el que además sientes amor, mucho amor, y deseos, y ganas. Alguien con el que deseas fusionar tu campo astral, tus emociones, toda tu aura colorida de millones de tonos que estallan nada más verle.

¿Y qué ocurre cuando además ese ser encaja perfectamente en tu forma de pensar, en sus cuestiones vitales, en tu mente concreta y analítica y en tu campo abstracto, más artístico y poético? ¿Qué ocurre cuando su mente te enamora tanto como su cuerpo? ¿Y qué ocurre cuando además las consciencias son similares, y los valores parecidos, y el espectro espiritual de ambos es capaz de compenetrarse en una fe y un idealismo similar? ¿Cuántas veces en nuestras vidas ocurre ese amor conexo, afín, análogo, complementario?

La conexión conexa va más allá cuando además de todo eso, existe un propósito común, o un marco de referencia donde el mapa indica hacia el mismo norte, un estado de consciencia donde ambos reflejan el mismo ideal de vida. Es un encaje perfecto, aparentemente, porque son almas que han nacido para crear y cocrear no importa si Vida, Amor o Consciencia. Quizás, sin darse cuenta, las tres cosas. Quizás tan solo un tipo de vida, un tipo de consciencia, un tipo de amor. No importa.

¿Y cuándo nace la inconexión? Cuando a pesar de todo eso, nos da miedo que sea más joven o más viejo, más alto o más bajo, más listo o más tonto, más pobre o más rico, más sabio o más estúpido. La inconexión, y muchas veces ocurre, nace bajo el terrible manto de la desconfianza y la ansiedad, cuando no nos sentimos merecedores de tanta sincronía mágica, o cuando, simplemente, huimos y nos escondemos detrás de las bambalinas de la vida por no querer, valientemente, arriesgarnos hacia la aventura del vivir.

Erich Fromm tenía razón: amar es todo un arte. Y en ese arte, como en todas las artes, tiene que existir ese punto de belleza, de decoro, de ternura, de valentía, de osadía, de inteligencia activa, de provocación, de riesgo, de perseverancia, de implicación, de cuidado, de decisión, y sobre todo, de esa gran derrota del narcisismo que tanto nos aleja del verdadero amor y de nuestras inertes creencias sobre el mismo. Vencer nuestros miedos, vencer nuestro narcisismo, es dejar espacio para que el amor engrandezca nuestras vidas, las haga más luminosas y nos lleven hacia mares y puertos que jamás hubiéramos experimentado ni conocido desde nuestros oscuros y opulentos palacios de cristal. Amar es abrirse a la vida, porque la vida, sin amor, no tiene respuestas.

Echar de menos los imposibles…


“Si me encandilas con tu mejor mentira, / responderé con la promesa más hermosa”. Edna St. Vincent Millay

La vida se desarrolla de forma extraña, como en un juego de la oca donde hay unas casillas establecidas, pero cuyo recorrido resulta distinto dependiendo de los dados que caigan en la rueda de la fortuna. Hay algunos factores que nos intrigan de la vida. Uno de ellos son las casillas donde caemos en el amor, en el dinero, en la salud, en el lugar que elegimos para vivir. Hay casillas que resultan imposibles, complejas, dificultosas. Sabemos que están ahí y que podemos caer en cualquier momento.

Cuando sales a la calle y cruzas tu mirada con tanta y tanta gente te viene a la cabeza la de cientos de posibilidades de vida que pueden ocurrir si conoces a unos u a otros. El hecho de elegir pareja, o de que la vida la elija por ti, ya es significativo. Salir con este y no con el otro, puede cambiar radicalmente tu existencia. Elegir pareja, compañero de vida, hará que tu existencia cambie radicalmente. Cada elección determina cada generación, cada nueva vida, cada aporte de consciencia, amor y equilibrio a la delicada cohesión entre lo material y lo espiritual. ¿Qué clase de niños queremos traer al mundo? ¿En qué ambientes queremos criarlos? ¿En qué lugares? ¿Con quién?

Ocurre lo mismo con el trabajo. ¿A qué deseo dedicar el resto de mi vida? ¿Seré perezoso a la hora de establecer mis relaciones con el mundo laboral? O por el contrario, seré proactivo, tendré ganas de superarme, de buscar realmente cuál es mi verdadero don y encontrar la posibilidad de poder desarrollarlo con entusiasmo y alegría.

La salud es más compleja, porque depende de nosotros, de nuestras circunstancias y de nuestra herencia. Nosotros podemos potenciar la salud, estar en un estado de gracia, y facilitar que nuestra vida se desarrolle y traiga bienestar. El cuidado del cuerpo, de nuestras energías, de nuestras emociones y de nuestros pensamientos hará que nuestra calidad de vida, aunque no sea una garantía al cien por cien, sea de una manera u otra.

El lugar donde vivimos determina también nuestra existencia, nuestra cultura, nuestra composición espiritual e íntima. No es lo mismo vivir en una gran ciudad que vivir en las montañas, en plena naturaleza. Cada elección que hagamos en ese sentido, determinará todo lo demás. Nuestra salud, nuestras relaciones, nuestro medio de vida, nuestra posibilidad de crear o no más vida…

Cuando miramos a nuestro presente podemos detectar qué cosas nos resultan insatisfechas. Hay cosas que nos afligen porque en algún momento de nuestras vidas hemos realizado una mala elección. A veces no elegimos algunas cosas porque nos resultan imposibles. Aquella persona, aquel trabajo, aquel lugar donde vivir, aquel cuidado de la salud… Parecen imposibles y pasan los años y vivimos atormentados porque no tuvimos el valor de dejarnos llevar por el corazón, por nuestro sentir, por la osadía de probar, aun con riesgo de equivocarnos, el aventurarnos por aquel camino.

Así pasan luego los años, a base de arrepentimientos continuos, de sentirnos que no arriesgamos, de frustraciones por no haber probado aquel camino o aquella otra senda. Que no tuvimos valor de apostar por los imposibles que se nos presentaban, pero que sentíamos debíamos abrazar con fuerza.

«Intentar, intentar», debería ser nuestro mantra interior. Intentar hasta desfallecer para que lo imposible se vuelva posible, y así, con el paso de los años, no nos quede esa sensación de tristeza y amargura por no haberlo intentado. Que no llegue el final de nuestros días pensando y soñando en lo que podría haber sido. Más bien, llegar satisfecho al final de nuestro camino y decir: lo intenté, una y otra vez, y ese fue mi camino. A veces exitoso, a veces fracasado. Pero feliz, porque lo intenté. Lo intenté todo, y esa fue mi ganancia en esta corta y efímera existencia.

El fuego consciente del hogar


«Hay magia en ese pequeño mundo llamado Hogar. Es un círculo místico que rodea las comodidades y las virtudes que nunca se conocen mas allá de sus límites sagrados.» Robert Southey

Hoy paseando por Girona con ese bello ángel me he sentido como en casa, como ese hogar con el que soñamos cuando cerramos los ojos y nos imaginamos junto a una pequeña chimenea calentando los corazones. El fuego de los dioses, o el fuego de los filósofos, o el fuego místico, que dirían los de antes. Es un fuego que no está compuesto por cuatro paredes, sino por aquellos que lo habitan. Y ese fuego se aviva cuando dos brasas se juntan, cuando dos mundos se anexionan en un abrazo sentido, de esos que se daban antes al alba, o junto a la vehemencia de cualquier arrojo.

Siempre imaginé la perfección del hogar como un espacio compartido. Es quizás por ello que el hogar vacío no deja de ser una colección de recuerdos que se amontonan unos sobre otros. Cuadros de aquellos viejos amores, objetos impregnados de aquellos lejanos países, fotos y postales, paisajes que intentan imitar la naturaleza perdida. Los vacíos siempre los intentamos llenar con cosas que creemos significan algo profundo para nosotros. Pero lo que siempre nos llena de calma es el recuerdo de aquel ser asociado al objeto. Es entonces cuando los cuadros pintados por aquellas amantes cobran vida, los objetos nos retraen a la mano que los empujó hacia nosotros, las fotos y las postales se reencuentran con el sabor de aquella playa, de aquellos alaridos a la luz de una vela.

La magia de un hogar a veces reside perenne en esa estampa bucólica de la familia de antaño, rodeada de campos y silvestres bosques, de ríos y montañas, de cosechas, de estaciones, de olores a pan recién hecho. De niños correteando de un lado para otro, entre prados y flores. De la mujer tejedora y el hombre labrador, del anciano que recoge los huevos del corral mientras la anciana prepara un gran estofado. Esa estampa, ahora tan lejana y tan estudiada en la antropología de la comunidad tradicional, se aleja de los fuegos artificiosos de nuestro tiempo. Solitarios, amañados, impregnados de sinsabores, casi diría que ficticios, por su falta de naturaleza y honestidad.

Ese pequeño mundo llamado hogar requiere renovación moral y espiritual. Ya no basta conformar la soledad con alguna mascota que intente sofocar la ausencia de crianza o pareja. Mujeres que hacen el amor con sus perros u hombres que se enrollan con sus gatos, pensando ingenuos que más allá de ese amor interespecies no hay nada. Con o sin mascotas, llenos de tatuajes para esconder nuestra piel abandonada, todo el día conectados a redes insulsas y mentirosas, vamos perdiendo nuestra naturaleza humana, nuestra esencia, nuestra conexión con nuestro yo real: la consciencia, el alma, el espíritu.

El círculo místico requiere volver a la unidad esencial que surge del contacto real entre dos almas que se reconocen, que se miran honestas y deciden volcar toda su pasión y vida a algo tan trascendental como es la Vida. Engendrar Vida, mantener la vida, es mantener el fuego en los límites sagrados de la consciencia. No se puede uno conformar con potenciar una vida cualquiera, sino que debe intentar que esa vida nazca en un entorno salvaje, libre, consciente y si me apuráis, filosófico, en cuanto amor por la sabiduría. Seres que encarnen un nuevo paradigma, una nueva forma de creer en el fuego sagrado del hogar.

Y para eso, no bastan cuatro paredes. Requiere del milagro de la unión, de la pura consagración a valores que ya se han perdido. De pura entrega y amor a ese deseo de renovar nuestra cultura, nuestra especie, nuestra vida. Y para eso no vale cualquier cosa. No bastan cuatro cuadros, cuatro paredes, cuatro objetos, cuatro mascotas, cuatro hijos abandonados a la desdicha. Consciencia, amor, libertad, naturaleza, compromiso, responsabilidad, entrega. Y todo aquello que pueda sumar para el nuevo mundo.

Gracias querida Laia por recordarme hoy todas estas cosas…

¿Estamos ya en la Tercera Guerra Mundial? ¿O ante el principio del Gran Colapso?


 

© @alpercukur_photography

Según la astrología tradicional, el 23 de marzo del 2023 Plutón entrará en Acuario. Estará 20 años transitando ese signo. La última vez que esto ocurrió fue en tiempos de la revolución francesa. La astrología predice grandes cambios cuando Plutón transita nuestro planeta, y al parecer, las predicciones indican que nuestro mundo está entrando en un periodo de colapso. Según las predicciones, en 2026 se completará el ciclo en el que el sistema colapsará definitivamente.

Según algunos analistas de la geopolítica internacional, en 2014, fecha que se celebra el centenario de la primera guerra mundial, empezó, con la anexión de Crimea por parte de Rusia, la tercera guerra mundial. Puede parecer aún un dato anecdótico dependiendo de cómo transcurran los acontecimientos en el próximo año, pero tal y como están las cosas, no parece que vayamos a un escenario optimista. China empieza a amenazar a Taiwan y Rusia se hace enemiga de todo Occidente, creando un nuevo eje de fuerzas que buscarán acometer un pulso para reorganizar el nuevo orden mundial. Los antiguos países del eje (Alemania/Japón/Italia), encuentran su réplica posmoderna en Rusia/China/Corea del Norte. Ya tenemos un nuevo eje del mal.

Este año empezó la guerra de Ucrania, la cual no parece tener fin dada la resistencia que los ucranianos están ofreciendo a Rusia. Esta guerra ha provocado daños colaterales en todo el mundo, elevando los precios de casi todos los productos y provocando una gran inflación mundial. La subida de precios, especialmente del gas, la electricidad y los combustibles fósiles, viene acompañada de una también mundializada sequía. Los recursos hídricos empiezan a menguar en muchas partes del planeta mientras que los polinizadores naturales se empiezan a extinguir. El cambio climático parece seguir dando señales de que algo está alterándose, nos cueste más o menos admitirlo.

Una de las señales inequívocas de que el mundo actual está colapsando reside en la propia inteligencia humana. Cada vez más son las personas y colectivos que deciden apuntarse a lo que se está llamando “la gran renuncia”. Personas y colectivos llamados “outsider”, fuera del sistema, que apuestan por una vida diferente, normalmente en el campo, viviendo lejos de las grandes ciudades con unos valores diferentes a los heredados por la modernidad. Esa inteligencia humana, o esa intuición por sobrevivir a un futuro colapso está haciendo crecer la implantación de pequeñas comunidades que quedarán fuera del sistema. Esas pequeñas comunidades que trabajan cada vez más en la autosuficiencia, se plantan como pequeñas semillas supervivientes al gran colapso que se avecina.

Con estos hechos, es evidente que la humanidad necesita actualmente una nueva cultura ética. Esto no es para nada ingenuo si se piensa en términos en los que la humanidad, nuestra sociedad actual, vivirá un caos que repercutirá en la implantación de un nuevo modelo de convivencia y quizás supervivencia. Al igual que el colapso de las dos grandes guerras mundiales del siglo pasado hicieron posible cierta emancipación material, el colapso de este nuevo siglo creará las condiciones ideales para que la nueva tecnología, presumiblemente más ecológica, se implante definitivamente en nuestro mundo.

A pesar de todos los augurios pesimistas, podemos ver cómo esta nueva cultura ética se está empezando a cultivar en nuestros corazones, y esto se logra cultivando poco a poco la mente para que las semillas de la creatividad y la virtud puedan florecer en el futuro. Ese florecimiento, tras el presumible colapso al que nos avecinamos, dará nacimiento a una nueva era completamente diferente, una era donde el espíritu heroico y libre de aquellos que se atrevieron a salir del «sistema» gobernará el destino humano bajo la plena luz de la consciencia.

Septiembre, volver a nacer… a una nueva vida


 

© Silvia Molas

«Recuerda que solo se está desmoronando lo falso. Lo real no puede venirse abajo».  Jeff Foster

Confía en la magia de los nuevos inicios, nos dice amablemente Silvia Molas en su hermosa acuarela. Septiembre tiene ese aire especial. Empiezan las copas de los árboles a desnudarse. El aire cada vez es más fresco y los pájaros acomodan el canto más a un silencio íntimo y estrecho. Es como volver a nacer a algo nuevo, renovador, necesario, mientras nos preparamos para el otoño. Es como morir a lo viejo y resucitar a un nuevo mundo.

“Nos vemos en la próxima vida”, me dijo al despedirse. “La próxima vida podría ser mañana”, le contesté. O podría ser cualquier septiembre, porque lo cierto es que cuando hace dos días miraba las estrellas y las lágrimas corrían dóciles ante el recuerdo, entendí que esa era también una hermosa forma de morir y nacer de nuevo. Un matiz necesario entre lo real y lo falso, entre lo que cae inevitablemente y lo que permanece. Y las lágrimas permanecen, porque lo que hay detrás de ellas es real.

Entre el Montseny y el Montnegre se encuentra el valle de Olzinelles. Aquí estoy, en una privilegiada casa de esas que tienen cuatro plantas y desean albergar una familia acomodada en el mundo del buen vivir. Con vistas al bosque, a la riera, a la antigua rectoría, es un espacio de naturaleza única donde poder morir y nacer de nuevo. Estos días que eran de fiesta patronal los pasamos de arriba para abajo con la “colla”, los amigos de toda la vida que se encuentran una y otra vez para celebrar cualquier cosa. He tenido que volver a hacer una inmersión lingüística para desempolvar mi oxidado catalán. Hacía años que no iba a un concierto y cuando rozaba las dos de la madrugada y escuchaba la música en esa soledad extraña que uno siente cuando está rodeado de tanta y tanta gente que vive en otra galaxia, miré el cielo estrellado y fue cuando detonó el llanto.

Supongo que hay cosas que se echan de menos, personas que se añoran e irremediablemente aparecen, a pesar de las continuas distracciones de estos días, cuando uno conecta con lo estelado, con lo celeste, con aquello que nos conecta a la vida invisible, a esos lazos que nos unen más allá de lo aparente. Uno puede distraerse exteriormente tantas veces como quiera, con unos y con otros, con aquello y con lo otro, pero interiormente, todo permanece.

La próxima vida podría ser mañana, o podría ser hoy, o podría ser septiembre. No deja de ser curioso el intentar embadurnar las emociones para no pensar en ellas, para intentar solaparlas con otros estímulos. Aquí en Cataluña pasa lo mismo. El ideal independentista se ha desinflado, pero el sentimiento profundo sigue ahí, latente, esperando nuevos tiempos, nuevas oportunidades para ser expresado. En estos días he entendido que esa expresión dará frutos cuando se haga desde el amor, y no desde el odio o la rabia o la frustración como ocurre ahora. Un pueblo no puede ser independiente de otro mientras no resuelva ese odio visceral. Y ese pueblo no se puede independizar de algo que está dentro suyo, que vive dentro del mismo territorio y la misma cultura. De ahí la frustración. El camino es el entendimiento y el sumar. ¿Para qué restar en nombre de la cultura o la política o cualquier emoción? ¿Por qué no sumamos?

Ocurre lo mismo con el amor. ¿Cómo podemos olvidar algo que fue puro y verdadero? ¿Cómo podemos, aunque hubiera un telón de fantasía que adornaba el escenario, deshacernos de ese sentir, de esa inevitable reminiscencia? No podemos, queda latente, queda ahí, esperando una nueva oportunidad, un escenario de rendición y verdad, de amor y alegría. Una suma que hubiera dado hermosos frutos. Un sueño que permanecerá con nosotros cada uno de nuestros días. Sí, habrá que morir en la frustración, el rencor y el miedo para que venza el amor, la familia, el sueño.

¿A qué vas a consagrar tu vida?


«Somos muchos los que buscamos darle algún sentido a la vida, pero la vida solo tiene sentido si somos capaces de cumplir estos tres propósitos: dar amor, recibirlo y saber perdonar. Todo lo demás es una pérdida de tiempo».

«El libro de los Baltimore», Joël Dicker

 

¿A qué se puede consagrar la vida? Creo que todos estamos de acuerdo que el amor, sea lo que sea eso tan indefinido y etérico, es lo que cohesiona el mundo, las relaciones, los universos. Es la fuerza de la gravedad de los planetas, y la elipse invisible de todos los universos. Hay una espiral de vida que nace de esa fuerza de atracción. Casi todos los que nacemos, vivimos y nos movemos en este gran ser llamado Tierra lo hacemos por esa inspiración profunda, sincera, amable. Las criaturas, cada una en su nivel de consciencia, expresa ese amor por la vida y por la necesidad de permanecer y transmitir la perpetuidad. Es aquello que aglutina el mundo de la forma con el mundo de la no-forma, lo esencial con lo superfluo, lo profundo con lo fútil. Amar es cohesionar. Es el adhesivo universal que lo une todo. Un fijador aglutinante capaz de crear mundos si viene acompañado de la fuerza de la voluntad y de la guía de la sabiduría. Es la triada universal que se intuye en todos los tiempos.

Es difícil, observando nuestra compleja naturaleza, saber a qué vamos a consagrar nuestras vidas. Podríamos argumentar, quedándonos tan anchos, que al amor. A eso que el universo en todas sus dimensiones visibles e invisibles promulga era tras era. Pero en nuestra complejidad, en nuestra falta de sencillez, eso resulta difícil. Estamos lejos de amar como ama un sol o una estrella, tan incondicionalmente. Y hemos olvidado por completo el amor natural de todas las cosas, como ese que se expresa en el canto de un ruiseñor o en el vuelo de una majestuosa águila.

Pero a todos nos gustaría, en el fondo, poder consagrar nuestras vidas a lo sencillo, al amor, y también al perdón. El perdón es algo increíblemente olvidado. Tiene que ver con la comprensión, con la tolerancia, con la compasión, con la misericordia. El perdón debería ser algo así como una medicina del alma. Una píldora que tomamos en nombre del amor incondicional cada vez que erramos o nos dañan, ese al que aspiramos, y que nos sana y nos permite abrazar con mayor fuerza la vida.

Deberíamos levantarnos en un día soleado como el de hoy, principios de septiembre, aún verano, aún calor, pero ya algo de fresquito cuando el sol está a dos luces, levantarnos y perdonar. Sin más. Consagrar nuestra vida a perdonar nuestros errores, nuestros maravillosos fracasos, nuestras sombras y nuestras locuras explosivas e irracionales. Consagrar nuestra vida al amor hacia uno mismo y hacia los demás, como si no hubiera un mañana, como si todo lo demás fuera superfluo e innecesario. Perdonar, ser perdonados, amar, ser amados.

En nombre del amor yo me levantaría todos los días y me arrodillaría de inmediato para recordar nuestra pequeñez, nuestra humilde condición humana. En nombre del amor perdonaría a todos los que me hicieron daño, consciente o inconscientemente, sin juicio, sin temor. Aún más. Ojalá algún día ese perdón pudiera realizarse mirando al otro a la cara, a los ojos, al alma, deseándole un feliz viaje por la vida. Sí. Si tuviera que consagrar mi vida a algo sería al amor. A dar amor, recibirlo y perdonar. Todo lo demás es una pérdida de tiempo.

El aliento ígneo


El ser humano virtuoso es aquel que influye conscientemente en aquello que sí puede cambiar. Y acepta con plenitud y consciencia aquello que no puede modificar. Focaliza su atención en esas cosas de la vida cotidiana en lo que puede incidir de alguna manera. El azar es un espejismo, decían en la antigüedad, que nace de la ignorancia, pues de alguna manera, el universo se teje sobre leyes naturales a las que no tenemos un completo acceso. La gnosis pretende despejar alguna de nuestras dudas, ofrecernos soluciones o adormideras para la razón, pero no puede abarcar, por sus propias limitaciones sensoriales y espaciotemporales, todo el infinito inabarcable, toda la inquietud existencial. ¿Cómo es posible entonces vivir acordes al flujo de la naturaleza y sus leyes visibles e invisibles?

No podemos enfrentarnos a los acontecimientos que superan nuestra actuación, al igual que no podemos enfrentarnos al poderoso curso de un río. No podemos luchar contra el logos universal que organiza y opera en todas las cosas, pero sí podemos abrazar lo inevitable, sin ofrecer resistencia, acotando nuestra rebeldía existencial a aquello que es posible. De lo contrario, luchamos de forma inútil y agotadora contra la vida, sea cómo sea la vida, con sus tristezas y alegrías, con su dolor y ambrosías. Nuestras mayúsculas limitaciones deben ponerse al servicio del devenir. No luchar contra lo que nos ocurre, sino buscar conocimiento y sabiduría en todo lo que nace en nuestras vidas. No es una resignación hacia el determinismo cosmológico de las cosas, sino una adaptación que nos hace mejores y más resilentes.

Desde la ataraxia, la calma y la tranquilidad a la que podemos llegar algún día, alcanzaremos a comprender que todo lo que ocurre más allá de nuestros deseos y pasiones, no son cosas ni buenas ni malas. Ocurren sin más. El aliento ígneo que crea todas las cosas está por encima de nuestro entendimiento. La sabiduría consiste en considerar nuestra ignorancia y comprender nuestras limitaciones sin luchar contra ellas.

Es nuestra misión en la vida, o debería ser, la de embellecerla. Hacerla amable y dulce, tierna a la mirada de los otros. Necesaria para ese orden cósmico que desconocemos. Que ese aliento ígneo de todo lo creado se manifieste de igual manera en nosotros, desde cierto orden y riguroso esplendor, ensanchando nuestros mundos.

Estas cosas pensaba hoy mientras el tren me trasladaba desde el Maresme y sus playas estrechas y divididas hasta el mismo centro de Barcelona. Antes mi anfitriona en la gran ciudad, una de esas amigas que te cuidan de forma tan entregada y amorosa, me había regalado una consulta en un excelente osteópata. Me ha hecho crujir todos los huesos y me ha recordado la urgencia de cuidar el vehículo, el cuerpo, los cuerpos. Llevaba años sin hacer deporte como antes lo hacía, pero al recolocarme los huesos he vuelto a sentir la necesidad de volver a mi rutina corporal. Mens sana in corpore sano. Es algo que no debemos olvidar, para que cuando nuestra alma llegue a nosotros, se encuentre en un lugar amable y bello.

Aquí, desde este hermoso ático donde ahora me encuentro, escucho los ruidos y los trajines de la ciudad. Llueve, se oscurece todo, desaparecen las nubes, se aclara el cielo. Todo pasa en un instante y me recuerda la impermanencia de las cosas, el aliento ígneo que todo lo aviva. Y cuando deja de llover a cántaros y se despeja el cielo, de nuevo el ruido de la ciudad. Volver a la ciudad es un recordatorio, una vacuna imprescindible que me despierta la urgencia de volver a la naturaleza, a mis bosques añorados, a mi pequeña cabaña. Ahora entiendo que el silencio de aquel lugar, solo ininterrumpido por el canto de los pájaros mañaneros, no tiene precio. Soy un auténtico privilegiado y no soy totalmente consciente del tesoro construido allí. Sí, el aliento ígneo está ahí, incluso detrás de esta locura llamada ciudad. Incluso en los bosques que me aguardan para abrazar mi propia vida. La diferencia está en esa necesidad de volver a la naturaleza. De volver a lo bello. De regresar a la virtud de forma amable y considerada. El azar es un espejismo, así que estaré atento a las próximas señales.

Amor fati, amar al destino


«Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No solo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo ―todo idealismo es mentira frente a lo necesario― sino amarlo«. Nietszche

Vivimos la crisis que ya predijo Nietzsche, la crisis del nihilismo, la crisis de la deshonestidad, de la mentira, del ocultamiento. La verdad se refugia, la honestidad se apaga y el mundo gira en torno a lo ilusorio, a la fantasía que no requiere de un contraste seguro en el mundo de las formas. La existencia, que siempre gira en torno a la vida, la muerte y el amor, requiere de una gran revolución, de una nueva ilustración que de luz hacia esta oscuridad actual. Si la primera ilustración fue intelectual, con la idea de disipar las tinieblas de la ignorancia que en ese tiempo envolvía a la humanidad, esta segunda ilustración debería ser moral o espiritual, con tal de que se disipen aquellos egoísmos y cegueras vitales que la razón ha producido. Deberíamos, de alguna manera, volver a la filocalia, al amor hacia lo bello, o al amor fati que dirían los estoicos, amar el destino, sea este como sea, sintiendo que todo lo que pasa es bueno, o al menos necesario, si lo enfrentamos desde la virtud.

Ayer junto al mar recapitulábamos algunos hechos importantes de nuestra vida. Ella había regresado del Magreb recientemente. Contaba con entusiasmo pero con cierta tristeza la dureza de esas gentes que intentan llegar a nuestro continente buscando un mundo mejor. El voluntariado en el desierto ayudando a los parias de nuestro tiempo es de una gran dureza. No mayor que aquella pérdida de su marido, cuando aún era joven, o de su también joven hijo en sendos accidentes, o de sus hermanos igual de jóvenes. ¿Cómo te repones a tanta pérdida? Eso solo es posible con el amor fati, con amar al destino a pesar de sus durezas y pruebas.

Hablamos también a cómo enfrentarnos a las decisiones de la vida, a esos momentos en los que tienes que elegir uno u otro destino. Pensaba en el mío propio, en cómo en unos pocos meses había cambiado todo. El discernir entre un camino u otro es lo que nos hace humanos, y también lo que determina nuestras vidas. Ese libre albedrío que nos permite equivocarnos o no ante cualquier cruce de caminos es lo que nos caracteriza y nos diferencia de los animales. Y sobre todo, el cómo nos enfrentamos a nuestras decisiones, aunque no sean certeras.

Nietzsche, y también Mircea Eliade, asoció la idea estoica del amor fati al principio del eterno retorno. La idea en sí tiene que ver con la esperanza de volver a la vida una y otra vez, sentirla bella, sentirla necesaria, sentirla única, mientras navegamos en sus recovecos y extendemos las velas para crecer y henchirnos en su ancho mal. El amor se expande, la vida se expande hasta los límites de la muerte, cuyas fronteras desconocemos. Y todo es un ciclo de eterno retorno.

Para los estoicos, nada importa si tienes buena o mala fortuna, lo que realmente importa es la virtud, es decir, permanecer indiferente ante la suerte que se nos presenta. Amar el destino. Esto es muy profundo. Los estoicos no se conformaban con aceptar el destino, sea lo que sea que venga, bueno o malo, sino que buscaban la virtud en la forma en que esa aceptación se convierte en amor. Amar lo que venga, lo que la vida nos traiga.

Amar el juego de la vida, como me susurraba la otra noche la bella dama mientras tímidos nos escondíamos hasta las tantas en una tienda de acampada entre los bosques. Fue ella la que me habló del amor fati, demostrando que se puede jugar sin esperar nada a cambio, sin ningún tipo de perspectiva. Amar incluso el hecho de que la magia de ese momento terminara de repente por el motivo que fuera. Esa noche de inspiración, esa madrugada de juegos y atrevimientos sinceros, fue toda una revelación. Se puede amar el instante, el momento, te puede gustar todo más o menos, sin necesidad de que pase absolutamente nada. Carpe Diem.

Lo virtuoso de toda la cuestión es el cómo reaccionamos ante los hechos y el azar, ante esa tirada de dados que la vida nos muestra para ver cómo reaccionamos ante ellos, si con amor, o con desesperación, miedo, rabia y frustración. En ese amor fati, en ese amor hacia el destino o el infortunio, no hay lugar para la queja. Tampoco hay lugar para conformarnos ante la buena suerte, pues sabemos que siempre será provisional, de ahí que los estoicos centraran su atención en el comportamiento, la actitud y las acciones que promovíamos en nuestro interior ante las pruebas de la vida, fueran estas buenas o malas. De ahí el deleite hacia la virtud de nuestro comportamiento ante los irremediables hechos.

¿Cómo nos enfrentamos a los contratiempos de la vida? Cuando alguien nos deja y abandona, cuando pasamos una situación delicada con algún ser querido, cuando nos arruinamos o cuando enfermamos o cuando alguien se nos muere. A partir de ahora, nos quedará la opción de pensar y soñar como lo hacen los estoicos, el amor fati. Amar el destino caprichoso y responder ante él con amor, fortaleza y valentía. En el fondo todo es un juego, en el fondo solo tenemos y nos queda esta vida.

Gracias María por la inspiración.

El amor vivo es el instante en el que ser y conocer coinciden


 

Suena Funeral Canticle, de John Tavener. Es inevitable porque aquí, junto al mar, algo debe morir para que algo pueda nacer. Hay algo de metafísica y perennialismo en estos momentos de transición hacia alguna parte. De vuelta a las fuentes, a los orígenes. Estar junto al mar, en mi Barcelona natal, me hace renovar el sentido de la existencia. El mar te acerca a la unidad trascendente de todas las cosas. Aquello que decía Teilhard de Chardin cuando escribió que somos seres espirituales viviendo una experiencia material, una experiencia que, en los textos advaitas, no se puede separar de lo esencial.

La amiga Irene me ha invitado a pasar unos días en su hermosa casa de la costa catalana antes de marcharse a su otra casa en Menorca. Nos pasamos horas en la piscina mientras me cuenta su último amorío y yo le cuento mi última esperanza. Ambos coincidimos en las ganas y el deseo de tener hijos y formar una familia tradicional, y ambos exponemos, cada uno a su manera, la complejidad de conjugar nuestras peculiares vidas en algo tan arcaico y obsoleto para los tiempos que corren como lo de formar una unidad esencial en la materia, abrazada a lo espiritual. A ver si al menos ella tiene suerte con su nuevo chico, y a mí se me pega algo de su grata fortuna en estos días de compartir sincero.

Hay un aspecto místico e iniciático en todo viaje. Pasaré unos días en la playa, luego en la capital y luego a los pies del impresionante Montseny. En el fondo es un viaje esotérico que se expresa como algo casual, pero que encierra una necesidad mística de trascender el pasado y abrazar la fortuita presencia de lo perenne. Todo viaje es una vía de realización espiritual, como lo es la música o la poesía. Por lo tanto, en el fondo, se trata de una necesidad de nuestra alma para trascender aquello que nos separa de la unidad primordial.

Ella ya no está «en línea». A pesar de mi insistencia en mirar disimuladamente, como el que no quiere la cosa, su estado, veo que ya no está. Me da pena, porque en ella había un sentido trascendente, una visión de unidad de todas las cosas expresada en su misión-labor, en su necesidad de trascenderse así misma desde la procreación y la extensión de la vida. Me resulta extraño pensar que algo tan bello no funcionara. Incluso ahora que parece que el tiempo va borrando las huellas marcadas en aquella arena superflua, a las orillas de tantos ríos, pero tan lejos de la sólida roca. Da pena porque las almas se reencuentran una y otra vez, pero luego no saben cómo actuar ante la promesa de la posibilidad. Lo posible, lo necesario, lo ideal, queda sepultado bajo un manto de miedo y carencias no digeridas. Una auténtica pesadilla para cualquier soñador. Un mal sueño para aquellos que anhelan.

El filósofo Frithjof Schuon consideraba la metafísica como algo esencial, primordial y universal. El amor es algo así. Algún día entenderemos que lo trascendente e inmanente no puede separarse de lo manifestado. Que el Atman y el Maya de la tradición vedanta se abrazan en su esencia, porque ambas realidades se permutan no separadas. Por eso no importa si me encuentro en el mar o la montaña, porque dentro de mí todo sigue “en línea”, alineado a un sentir que no puede olvidarse por muchos paisajes que se transiten.

El mundo de la Apariencia no nos puede alejar de la Realidad primordial. Y esa realidad es profunda, sentida, alineada a ese amor que se añora junto a las olas del mar o a las sombras de las grandes montañas. El amor vivo es, en su cumbre, el instante en el que ser y conocer coinciden. Y en esa cumbre me encuentro, observante, paciente, irradiado, como acogiendo una revelación necesaria e imprescindible.  Como una palabra sacramental vestida de gnosis que se repite constantemente para recordarnos la urgencia del vivir. Sí, la vida pasa rápida, y todo se tiñe de urgente. Así que aquí estoy, con ganas de mar, con ganas de amar.

Atrévete


 

Decía Camus que el buen gusto consiste en no insistir. A veces uno piensa y observa todo aquello que perdió precisamente por no insistir, por abandonar, por arrinconarnos ante el miedo, dejando la valiente osadía para otro momento. A veces pensamos que la mejor opción es sentarse a esperar que algo suceda. Es la esperanza mal entendida, sin comprender del todo que el universo se pone a danzar cuando nosotros damos un primer paso. La cuestión fundamental sería saber si ese primer paso está dirigido desde la consciencia, o en su defecto, desde cierta sabiduría basada en el conocimiento o la experiencia. La praxis siempre ayuda, pero ese primer paso, esa primera osadía, es imprescindible.

Los sueños deberían ser siempre más grandes que nuestros miedos. Siempre tenemos miedo a perder, ignorando que a veces, cuando perdemos, estamos ganando. Ya sea experiencia, ya sea conocimiento, ya sea la oportunidad de sentirnos que por lo menos, lo hemos intentado.

Ayer vi una de esas películas ñoñas que suelo ver últimamente (One Day) donde de alguna forma se detalla la importancia de intentarlo, una y otra vez. Es cierto que en la película existe un hilo conductor, algo que está tejido desde la narración que el misterio de la vida trenza en lo invisible. Ese hilo es el amor, pero no cualquier amor, sino ese que siempre es más poderoso que el miedo o las circunstancias. Eso me encantó, pues a pesar de los avatares de uno y otro personaje, al final el amor triunfa. Y el misterio de ese triunfo fue precisamente el poder de la osadía, el poder de volverlo a intentar una y otra vez, sin temor a perderlo todo.

Las acciones deberían ser más poderosas que nuestras palabras. Hablar es fácil, y es complejo mantenernos en silencio. Los sabios callan, pero, sobre todo, actúan. Actúan de tal forma que casi parece que no hacen nada, porque su actuación es invisible a los ojos de la ignorancia. La osadía es una fuerza vital que nos empuja desde la voluntad profunda a participar de la Gran Obra, mistérica y necesaria, de la propia vida. Solemos pensar que todo ya está hecho, pero en verdad, solo se hace cuando empieza el movimiento primigenio, la chispa que enciende el motor y el fuego de nuestras vidas.

Atrévete. Me repito una y otra vez. No hay nada que perder. Ser osado es una forma de amar. Atrévete a decirle lo que sientes. Atrévete a darle un abrazo a aquella persona que se alejó. Atrévete a reconciliarte con los que te hicieron daño. Atrévete a emprender tu sueño, sea el que sea. Atrévete a tener hijos si es lo que más quieres. Incluso atrévete a configurar una familia ahora que eso parece algo tan denostado.

Atrévete a estar solo si lo necesitas. Atrévete a escalar aquella montaña o a nadar por aquel río de agua helada. Atrévete a invitarla a aquel atardecer que nunca sucedió. Atrévete a empujar al otro hacia esos bosques oscuros llenos de animales salvajes para que agarrado de tu cintura pueda circunvalar cada uno de sus miedos. Atrévete a ser mentor de aquel que está perdido o simplemente de oxigenar tu vida con nuevos caminos cuando seas tú el que lo esté. Atrévete a reinventarte, a destruir todo aquello que ya no sirve y construirte una y otra vez desde tus propias cenizas.

En definitiva, atrévete a vivir, a amar la vida, e insiste, aunque sea de mal gusto, siempre que sientas que al final todo tu esfuerzo, constancia, perseverancia y paciencia habrá merecido la pena. Atrévete, no pierdes nada.

Agua que fluye, jamás se pudre


 

Eso al parecer es lo que a veces nos pide el cuerpo y el alma. Fluir como un río dentro de la corriente alterna de la vida. Ayer me desperté con un gran dolor en el pie derecho. Una dolorosa tendinitis en el empeine que tenía que soportar en cada paso. Me desperté temprano, a eso de las cinco, debido sobre todo a la colmena de madrugadores escandalosos que olvidaron eso del respeto por los demás. A las seis de la mañana, a falta de sueño, ya estaba caminando. Como era de noche me perdí durante al menos tres kilómetros. Empecé mal el día. Tres kilómetros más de cuestas en jornadas de veinte y con dolores en todas partes no ayuda.

En teoría la jornada terminaba a la una, pero cuando llegué al albergue estaba cerrado. Esperé un tiempo prudencial y viendo que no habría, seguí la marcha. Un paso más, otro, y otro. El dolor cada vez era más y más intenso. Los rayos del sol golpeaban con fuerza. Me quedé sin agua y sin provisiones. La situación parecía desesperante. De repente me vi solo caminando. Toda la marabunta de peregrinos había encontrado ya albergue y estaban descansando. Descarté seguir hasta Finisterre en un primer momento. Iba contando con desesperación cada paso, cada minuto, cada kilómetro que quedaba hasta Santiago. Cuarenta, treinta y nueve, treinta y ocho…

A las tres de la tarde pude encontrar un lugar donde me ofrecían algo de beber y comer. Fue toda una suerte porque era el último. Allí pude reposar un poco y relajar el cuerpo y sobre todo la mente. Mientras comía la ensalada y el revuelto de setas y viendo la imposibilidad que se presentaba, decidí llegar a Santiago, aunque eso suponía hacer el doble de kilómetros, más de cuarenta, el doble de tiempo y el doble de dolor. Sentí que si quería salir esta misma semana hacia Barcelona necesitaría unos días de descanso, y que si lograba llegar hasta Santiago y allí coger un autobús a tiempo podría esa misma noche dormir en una cama en silencio.

Así que doblé turno. Una proeza solo apta para persistentes y cabezones nacidos bajo la constelación de tauro. El dolor aumentó por el sobre esfuerzo, pero también aumentó el poder que ejerce la mente ante las dificultades. En el fondo estaba viviendo un símil apropiado de mi propia vida. Un dolor terrible soportado por una mente fuerte anclada a un propósito aún mayor. El dolor no se volvió sufrimiento en el pensamiento. Intentaba minimizarlo con la esperanza de poder volver a casa. Así que llegué a las puertas de Santiago y pude coger dos autobuses y un último taxi que me trajo hasta aquí. Sentí nostalgia por abandonar el Camino, especialmente mientras veía por la ventana todos los lugares recorridos y toda la gente a la que en ellos pude saludar.

Esta segunda incursión en el Camino ha sido muy diferente a la primera de hace unas semanas. Siento que se han reorganizado muchas emociones y que interiormente tengo cierta calma. Ha sido como cerrar un ciclo a la espera de que el nuevo equinoccio termine de sellarlo. Físicamente, a pesar del error garrafal de las plantillas que provocaron los consiguientes dolores en los pies, me siento bastante fuerte. El ánimo está volviendo a su sitio poco a poco y todos los elementos exteriores se están organizando en una nueva realidad. No emerge nada nuevo, pero al menos se termina de hundir todo aquello que ya no es válido. Algo muere, algo nacerá.

Siento que debo seguir moviéndome interiormente para que todo fluya hacia otro propósito. Desterrado por fin el pasado, disfruto del silencioso presente para que un nuevo futuro emerja. Lo que depare ese futuro ya no es de mi incumbencia. Solo puedo abonar la tierra de este ahora perenne para que todo prenda de forma hermosa y bella. Creo que para todos se presenta un otoño difícil. Espero no perder esa visión de conjunto y así poder asimilar cada nuevo golpe que llegue. No solo los golpes personales, también los globales. Agua que fluye jamás se pudre. Hay que seguir fluyendo con los ciclos de la vida, sean los que sean, nos gusten más o nos gusten menos. Si caminamos, si sentimos, si respiramos, es señal de que estamos vivos. Y la vida es así. Qué le vamos a hacer.

Yo soy el Camino


Atravesando el puente de Melide en la etapa que me ha traído desde Palas de Rei hasta el hermoso albergue de Rivadiso, cerca de Arzúa. 

La rutina forma parte del escenario. A partir de las cinco, los peregrinos más madrugadores empiezan a hacer sigiloso ruido. A las seis ya son más, y a las siete ya casi todo el mundo empieza a caminar. Los albergues son un universo en sí mismos. Ronquidos, suspiros, gentes de todas partes del mundo, personas con traumas, personas con mundos que se regeneran y sanan caminando.

En el paisaje de agosto abundan los turiperegrinos, los cuales han masificado y convertido algo tan sanador en una carrera de obstáculos. Se los identifica porque no llevan mochila (se las trasladan por cuatro euros el trayecto), van siempre mirando al suelo o escuchando música, sin tiempo para contemplar el paisaje, no importa si el interior o el exterior, y como tienen siempre un albergue o pensión reservadas, se pierden la magia de la improvisación. Van siempre acelerados de bar en bar, donde descansan para tomar una cerveza o una tapa. Si van en grupo o en pandilla, se les reconoce porque no guardan silencio. En estas fechas invaden el camino y algo que llama mucho la atención es que nunca saludan. Pasan corriendo como si no existieras.

El turisteo ha desacralizado algo tan bello como el Caminar en comunión con la naturaleza, con Dios, si eres creyente, o con tu consciencia interior que requiere expandirse en silencio y reflexión. Aún así, uno descubre que en el Camino caben todos. Que si no quieres ver turistas, puedes retrasar o adelantar la marcha. Puedes obviar los bares y ceñirte a las provisiones de la mochila. En estas fechas es más difícil interaccionar si eres algo tímido, ya que no hay tiempo para casi nada, pero si te lanzas, tienes un mundo de gente por explorar.

La rutina, decíamos, es siempre la misma. Cuando llegas al albergue lo primero que haces es hacer la cama con las sábanas de papel que ahora parecen un requisito indispensable tras el Covid. Luego te duchas, lavas la muda del día, la tiendes, comes algo, descansas y luego la tarde para lo que cada cual desee. En mi caso, trabajar en la editorial mientras el resto o duerme o interacciona en los albergues. Mientras los albergues privados están abarrotados y sin plazas, ocurre que los públicos están casi vacíos, lo cual es una suerte para los que como yo prefieren improvisar sobre la marcha sin reservas. No me gusta fijar la llegada en ninguna parte porque nunca se sabe qué puede aportar o sugerir cada jornada.

Las mías, como son introspectivas y sanadoras, no cumplen con ningún tipo de expectativa ni sorpresa especial. Hoy me atreví a hablar un poco con una hermosa mujer que me llamó la atención, pero mi timidez hizo que dejara escapar la ocasión de interaccionar con mayor profundidad con alguien que a priori parecía especial y diferente al resto. Así que mi única aventura fue convivir como pude, en unas de las etapas más largas y duras (la llaman la rompepiernas), con una ampolla y una rampa en el pie. Nunca en mis años de senderista o en mis otros caminos me había salido una ampolla, pero al salir cometí la torpeza de poner unas plantillas nuevas en mi viejo calzado y eso no fue buena idea.

En este Camino tomo consciencia de que debo cambiar mi vibración, cerrar la puerta del pasado y abrir algún tipo de ventana hacia una nueva energía, una nueva frecuencia, una nueva realidad. En el fondo, ahora que después de tantos años me he atrevido a abrirme al mundo, deseo continuar en esa brecha y ver qué depara el destino. Deseo que los anhelos de estos últimos meses organicen una nueva aventura personal, un nuevo matiz existencial. Siempre arraigado en el Camino de la consciencia y el amor. Porque si algo he descubierto en este caminar, es que Yo Soy el Camino.

Éramos muchos


 

En la playa nos amontonamos tras kilómetros de sudor y alguna lágrima. Había mucha gente y no encontrábamos lugar donde dormir. Mis planes mentales no habían conseguido adaptarse al medio. No había contado que tendría que dormir en la calle o en la playa o en los bosques, y regulé mi camino.

Estuve unos días intranquilo porque deseaba caminar. Sé que caminar es sanador, y si lo haces prolongadamente, la sanación es más profunda. Así que, tras unos días en la inopia, mirando a ver qué camino de mi vida tomar, decidí lanzarme de nuevo a las sendas.

Éramos muchos en el Camino del Norte y somos muchos ahora en el Camino francés. Es un poco agotador y de momento estoy teniendo suerte a la hora de encontrar posada. Quizás sea porque he cambiado mi pensamiento y he vuelto mucho más libre y mucho más flexible. Si tengo que dormir en la calle no me importará, y no será motivo de volver. Si por ello no puedo trabajar en la editorial como era mi primer plan, tampoco pasa nada. Ya recuperaré a mi vuelta. Algún día tendré, si es que eso es posible, desligarme de conjugar trabajo con vacaciones.

También éramos muchos en el proyecto, casi cuarenta personas todas estas semanas, y eso me resultaba agotador interiormente, especialmente ante esta fragilidad que soporto. Mi vulnerabilidad me alejaba del bullicio y el ruido e intentaba mantenerme aislado. Cosa tan difícil cuando sabes que ahí fuera hay tanta gente bonita.

Durante un mes entero me he refugiado en un blog alternativo, porque contar mis penas ante más de cinco mil seguidores admito que me daba un poco de cosa. Cuando uno está triste y le gusta escribir, desenfunda toda su rabia y frustración y se desahoga de cualquier manera. Así que lo hice en petit comité durante un tiempo, hasta que ahora he decidido volver a este Creando Utopías, algo mejorado, algo más tranquilo, algo más lleno de fuerza.

En estos días de caminata he reflexionado mucho en la cuestión de que éramos muchos en aquella «casa». Me he dado cuenta de que soy un antiguo y no llevo bien el poliamor, ni el sexual ni el emocional. No lo juzgo porque cada uno hace con su cuerpo y con sus emociones lo que le da la gana, faltaría más. Pero admito que soy monógamo y deseo relaciones monógamas, en cuerpo y alma, aunque esto suene carca y desafortunado. Para mí es un lío cuando una de las partes tiene frentes abiertos y no es capaz de cerrarlos para centrarse en uno solo. Eso es muy agotador para todas las partes. Terminas volviéndote loco y terminas culpando de todo al que exige algo de exclusividad. ¡Qué presión para todos! ¡Qué locura! Me alegro sinceramente sentirme libre, haber liberado al preso en el que me había convertido, y volver a los caminos de la razón y la cordura. La verdad nos hace libres, y cuando esa libertad la integramos dentro, uno se expande, inevitablemente, hacia otro lugar.

Ahora que me siento desintoxicado, libre, con fuerza, deseo volver a empezar. Deseo disfrutar de este camino, pasear desenfadado, compartiendo alguna sonrisa, deseando todo lo mejor al mundo circundante y estrujar el jugo de la vida hasta donde mis fuerzas lo permitan. Se acabó el estúpido sufrimiento y se acabó compadecerme constantemente. Lección aprendida, y a seguir hacia adelante.

Somos muchos en el planeta, dicen. En Occidente esa es la sensación que tenemos cuando vemos que los recursos empiezan a escasear. Para los que no tienen ningún tipo de recursos, el problema es otro. Quizás no sea una cuestión de si somos o no somos muchos, sino de regular, cambiar el paradigma y ver el mundo desde otra perspectiva. Decrecer, aligerar la mochila, buscar personas con las que compartir en la alegría y la simplicidad, deshacernos de todo aquello que no suma, y valorar las relaciones positivas que llenan nuestra vida de sentido. No importa si tenemos que dormir en una playa o en un bosque perdido. No importa si en bien de cierta coherencia tenemos que zanjar relaciones complejas y que no aportan nada, y no importa si tenemos que cambiar nuestro paradigma y recular constantemente para hacer de este mundo bueno, un mundo mejor. Nada importa, si todo aquello que hacemos lo hacemos con corazón.

Hay que liberar a los presos del planeta, decía hace un tiempo. Hay que liberarlos del materialismo, del egoísmo y del modo narcisista en el que estamos viviendo nuestras vidas. Me siento algo liberado, así que me siento con fuerza para seguir emprendiendo nuevas utopías. Que así sea.

Moriremos de amor


«Esperanza: pequeña luz que se enciende en la oscuridad del miedo y la derrota, haciéndonos creer que hay una salida. Resplandor azulado que anuncia el nuevo día en la interminable noche de tormenta». «Historia del rey transparente», Rosa Montero

Hoy es un día muy importante para una persona que ha sido muy importante en estos tiempos. Quería hacerle algún tipo de gesto o regalo, y he decidido que el mejor regalo que le puedo hacer es volver a mi centro, al equilibrio, a esa resurrección inevitable que uno debe acometer cuando de alguna manera has muerto a un pasado que ya jamás volverá.

El ser humano tiene dos tipos de vibraciones. Unas altas, otras bajas. Cuando navega por las frecuencias altas es capaz de lo más maravilloso. Cuando se derrama en frecuencias bajas es capaz de lo más terrible. Ambas frecuencias residen en nosotros, y cada día elegimos ser una buena persona o un ser temerario. En estos meses he sido capaz de ambas cosas, y de la síntesis de ambas, he sacado un gran aprendizaje.

Así que hoy me levanté con el deseo de ser diferente, o al menos, de ser diferente a como había sido estos días, semanas y meses, donde al perder cierto centro, uno se pierde a sí mismo. Hoy quería volver al centro, al equilibrio, al amor, al ser consciente que siempre he pretendido ser. Volver, en definitiva, a mi esencia de segundo rayo, al amor-sabiduría.

Al volver a cierto centro, lo primero con lo que me topé en el ordenador era un archivo con datos astrológicos, una fecha y un mensaje predictivo: “moriremos de amor”. He sentido cierta emoción, porque no hay mejor manera de vivir, que muriendo de amor y resucitar al mismo. Algo así me ha pasado estos meses. He muerto literalmente de amor. Y al hacerlo, he resucitado a la vida.

Quizás por ello, tras el gran incendio, tras la gran tormenta, tras la gran derrota, siento de nuevo esperanza, esa pequeña luz que se enciende en medio de la noche, en la oscuridad del miedo y la derrota, en ese ocaso que es la nada. Han sido días largos de tormenta, de frío interior y de alejamiento. Ahora toca renovarse, volver al centro, volver al ser.

Y una manera de hacerlo es volver a cuidarme. Para ello estoy haciendo muchos cambios vitales en mi vida. Una de las cosas que he vuelto a retomar es el antiguo Patreon. A partir de ahora, todas las publicaciones serán apoyadas por mecenas, tal y como hacía hace cuatro años.

Lo que más me gusta en el mundo, mi don, de tener alguno, es la escritura, y deseo seguir escribiendo, inspirando, apoyando a los demás como pueda. Creo que la creatividad debe valorarse, y que, al hacerlo, es capaz de transformar más vidas, de inspirar a más gente. Este blog lleva abierto desde 2008, y sois ya más de cinco mil personas las que lo han ido siguiendo durante este tiempo. Estáis todas invitadas a seguir las aventuras de este utópico en el nuevo blog, agradeciendo desde ya todo vuestro apoyo.

Así que estaré encantado de volver a veros allí, en el siguiente enlace:

https://www.patreon.com/creandoutopias

Gracias de corazón por apoyar los sueños y las utopías.

Pd. Feliz aniversario querida A. Todo lo mejor para esta nueva revolución solar. Gracias por todo lo que has hecho en mí.

 

Cerrado por vacaciones


Al perder la esperanza, hallé la libertad. Cada noche morimos, y cada nuevo día, tenemos la oportunidad de renacer a algo nuevo y diferente. Cuando apretamos nuestros pechos contra la vida, el corazón parece latir más fuerte. Se escucha su rugido, su urgencia, su necesidad. Se puede sentir el palpitar y el aleteo de su frecuencia cardiaca. Allí se deposita el chacra verde, uno de los hilos que conducen a la vida. El chakra del corazón regula y equilibra nuestras emociones, especialmente aquellas afines al amor propio, al amor hacia los demás, a la compasión, a la armonía en las relaciones y la conexión emocional con nuestro yo superior, con nuestra consciencia más profunda, con nuestra yo esencial.

Late, late fuerte cuando pierdes toda esperanza, cuando mueres cada noche, cuando al día siguiente, resucitas de nuevo. Hay siempre un pequeño rasguño en las grietas de todo cielo. Uno mira hacia arriba y ve de nuevo las nubes, el sol luminoso, las montañas a lo lejos. Y luego imagina el mar, sus orillas y playas cambiantes. En cada nuevo día, uno aspira a ser mejor persona, a amar con delicadeza a los demás, incluso abrazar el infortunio, ese que espera en cada esquina, tras cualquier árbol o reflejo.

Desde un punto de vista oriental, casi diría que budista tibetano, todos morimos poco a poco. Cada instante que pasa es un fugaz momento que desaparece. El tiempo es la única medida posible para perpetuar un recuerdo, un intervalo, un sentir. La esperanza de la mañana no es la misma que la esperanza de la noche. La libertad de saber que vamos a morir provoca esa urgencia, provoca ese deseo, esa angustia por correr hacia todas partes.

Aún no lo sabemos, pero estamos viviendo en un mundo de sucedáneos. Nuestra propia arrogancia y languidez nos aleja de lo auténtico. De hecho, lo auténtico, lo diferente, nos da pánico. Todo aquello que no esté a la moda o que no sea aceptado por el común de los mortales, es motivo de espanto. Cuando algo o alguien auténtico se nos acerca, huimos despavoridos. Todos somos copias exactas de otras copias de otras copias. Compramos y vestimos la misma ropa, bebemos las mismas cosas, comemos exactamente lo que come el vecino. Nuestra obsesión durante décadas fue comprar cosas para estar a la moda, al día, con lo último. Ahora nuestra obcecación es la de vivir somnolientos, apartados de la vida, siendo una copia, un sucedáneo sin consciencia, sin autonomía, sin libertad.

Por eso, de alguna manera, cuando uno pierde la esperanza por todo, inclusive por el ser humano, halla cierta libertad. La libertad de estar de vuelta, de ser auténtico, de no ser ninguna copia ni sucedáneo. La libertad de ser un Buda o un Baphomet, de ser crucificado como un Cristo o de ser condenado como un Lucifer. Ser auténtico implica estar condenado al ostracismo, a la indiferencia, al caos. La libertad, cuando carece de esperanza, tiene un coste muy alto.

Lo que poseemos acaba poseyéndonos. El trabajo, la hipoteca, el bienestar, los estragos rudimentarios de la normalidad. Cuando no posees nada, cuando lo has perdido todo, inclusive la esperanza, nace un sentimiento de plenitud absoluta. Cuando has sido despojado de toda atadura, inclusive aquellas que nos imponemos en nuestro imaginario urbano, te despides del mundo y abrazas la resurrección.

Nos perdemos buscando la perfección de las cosas y nos olvidamos del gran gozo y disfrute de lo imperfecto. Esa es la trampa de nuestro tiempo. Un cuerpo imperfecto, un alma imperfecta, una tierra cadente, un cielo gris, un verano frío y silencioso. Olvidamos que el mundo está hecho de pura imperfección, y de ahí nuestra frustración constante. De ahí nuestra esclavitud hacia las cosas perfectas, inabarcables, imposibles. No existe una relación perfecta, ni un amigo perfecto, ni una pareja perfecta. Los cuentos donde la perfección roza la agonía fueron fabricados como adormideras, como somníferos para nuestra alma. No existe una verdadera metamorfosis si antes no ha existido una verdadera autodestrucción.

Es por eso que nos da pánico lo verdadero, lo real, lo imperfecto. Es como rechazar los puntales básicos de cualquier civilización, de cualquier pensamiento ilustrado, de cualquier percepción inteligente. Es por eso que no somos libres. Pero al perder la esperanza en lo perfecto, de nuevo, la libertad. Solo cuando perdemos todo, cuando ya no anhelamos ningún tesoro ni perfección, somos libres para actuar, para vivir, para soñar…

Retablos


«La verdad es que, a pesar de las dificultades insuperables, todos nosotros siempre esperamos que algo extraordinario suceda». «Y las montañas hablaron», Khaled Hosseini

Me levanté perezoso a las seis. Un día largo me esperaba. Como llovía, tras acercar al bon home a la estación de tren, volví y me quedé en la oficina, en mi querido balneario. Desde hace tres semanas no paro de trabajar en la editorial, así tengo menos tiempo para pensar, para fugarme y huir a cualquier isla paradisiaca.

Como fue su cumpleaños, me invitó a comer pizza, pues sabe que es la mejor manera de sacarme de mi atolladero. Un alma cándida y noble, de belleza exquisita por dentro y por fuera. Si pudiera y quisiera tener hijos quizás le pedía santo matrimonio. Pero más allá de nuestra profunda amistad, no hay llama que nos acompañe. Así que pasamos un rato hermoso, compartiendo bromas a sabiendas de que en todo el valle somos los solteros de oro, solteros ya casi sin remedio, no sé si por nuestra edad o por nuestras propias exigencias a la hora de elegir pareja. Si tenemos que tirarnos a la piscina, por lo menos que sepamos que va a merecer a pena, dure lo que dure y ese precio es alto, muy alto, y así nos va.

Me llamó después de once años sin saber de él. Me tiene larga estima porque según sus propias palabras, le salvé la vida publicando su poemario. Era o editar un libro o tirarse por la ventana, me dijo agradecido. Nos pusimos al día después de tantos años ausente de tantas y tantas cosas. Me recordó a la bella maga, y me decía que no debía enseñar todos mis ramales mentales. La gente se asusta cuando nota un exceso de inteligencia, me decía congojado. Nunca encontrarás pareja si no escondes algo de esa luz. Como no tengo abuela, cuando alguien me echa algún piropo me retuerzo de alegría, porque todos deseamos que de vez en cuando nos rieguen los oídos con algo bueno y positivo. Lo contrario, aunque esté vestido de sinceridad, produce malestar y destrucción. Así que mejor aprender a decir cosas bonitas, y mejor guardar los torpedos autodestructivos solo para momentos de extrema urgencia. Por cierto, gracias querida Lola por las hermosas palabras de ayer, palabras que resucitan a un muerto.

El día de antes otra amiga me llamó diciendo que debía rebajar mi lista de exigencias. Que no podía ser tan inflexible en un tema tan fluido como es el amor. Me resulta difícil explicar esto sin ser excesivamente arrogante u orgulloso. A veces la soledad es mejor compañera que la necesidad, y por necesidad, no deseo arriesgarme a compartirme a cualquier precio. De ahí que la exigencia siga inmaculada. Desde hace muchos años ya no estoy en venta, ni en lo económico ni en lo profesional ni en lo emocional ni en lo espiritual. No soporto la gente que hace turismo emocional y se vende a cualquier precio, se entrega a cualquier suma o prostituye su cuerpo y su alma solo por búsqueda de placer placebo. Solo obedezco la voz de mi alma, cuando puedo escucharla, porque a veces, el ruido de la vida cotidiana te aleja de su llanto. Y nunca sabes por qué el alma te lleva de un lado para otro, de una persona a otra, pero sé que alguna poderosa razón tiene, y a ella obedezco.

A pesar de las dificultades insuperables, siempre espero que algo extraordinario suceda. Al fin y al cabo, la vida del alma siempre resulta extraordinaria. Incluso cuando nada ocurre, si estás mínimamente en diálogo constante con tu interior, con tu consciencia, con tu yo esencial, siempre ocurre algo extraordinario. El propio hecho de estar vivos, de respirar, de sentirte expandido en el hilo vital ya es motivo suficiente para experimentar la existencia como algo extraordinario. Ojalá este sentir pudiera ser compartido de forma estrecha, en un sempiterno abrazo, en una alianza cómplice y sentida llena de vida, amor y consciencia. Todo esto me lo repito una y otra vez para no olvidarlo. Especialmente ahora, en esta fragilidad que aún debe durarme un tiempo.

En fin, retablos de estos días, por eso de seguir sanando poco a poco. Al final del día uno termina comprendiendo de que no es el tiempo el que lo cura todo, sino la comprensión. Le prometí a mi querida M. que el día uno de julio guardaba mi calimero. Ahora que ya estoy medio bien, cargado de melancolía pero bien, espero poder hacerlo. Lo prometido es deuda. Ya tengo algo de comprensión, y ya ha pasado algo de tiempo. Y quien sabe, a lo mejor a partir de mañana algo extraordinario ocurra.

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Sueños de amor perdido


© @ingefotografie

Soy un triste juguete del destino, que dijo Shakespeare. ¡Ven, noche gentil, noche tierna y sombría! Ya no me interesa la fortuna ni el éxito de ese intrépido amanecer de la vida. Ahora solo pretendo que exista dulce poesía. Poesía y amor. Amor y aventura, amor por encima de todo. Ese amor capaz de derrumbar la vida, capaz de hacer explotar el mundo en mil pedazos, desquebrajando cada retablo e impostura. Un amor impetuoso e ingobernable, como un huracán cuyo ojo se derrama por mil océanos. Ese amor que te arruina y embelesa, que te esculpe en las montañas y te derrama como líquido ardiente en los valles. Amor ardiente, amor férvido y abrasador. Como esa llama añorada, llama de melancólica avenida. La llama, decíamos ayer. La llama que no se apaga ni se extingue, ahora secreta y tímida.

Nada se puede comparar a un día de verano donde la brisa agita y los corazones gritan desesperados. No hay verano sin beso, que decía aquel. Cómo podríamos desterrar de nuestro corazón el sentir hinchado. Todo se ensancha en los atardeceres, aguardando el infortunio desesperado de la noche, del sueño. El amor negado destruye el alma. Es un nuevo día, claman unos. ¡No! Es un nuevo mundo, dicen otros. Qué luz asoma en esa ventana, qué brillo despierta en ese rincón teñido. Qué insoportable espera, qué sofocante despertar cuando uno solo desea soñar, dormir y soñar.

Es el oriente el que nos despierta, con sus brisas y sus sabios, con sus rayos y su belleza. Es el oriente el que porta la luz al mundo y el que nos aleja de los sueños. Amanece pues sol y a la envidiosa luna mata, decía el poeta. Eso pretendo, que haya poesía y amor, y aventura, pero amor por encima de todo, y sueño, porque sueño, yo no lo estoy. Sueño, sueño alborotado, de noche y de día.

Quién eres tú que de nocturnas sombras, sorprende mis secretos. Quien eres que no dejas mi pensamiento, ni abandonas el pecho que alguna vez robaste de su aposento. Jurémonos los dos amor eterno, oh amor mío, amor mío, decía la canción. Corazón que inunda la aventura, que copia los versos de aquellos que lograron perpetuar la oda incluso en las noches donde el amor profundo se desnudaba frágil y trémulo. Porqué erramos y decidimos permanecer tan pobres, cuando nos sentíamos tan afortunados y ricos. ¡Ay amor mío, amor mío! Clamaba la canción. ¡Dónde quedaron los aullidos de la noche, los paseos de la manada, los lobos de esa estepa solitaria!

Siempre temí que al ser de noche solo fuera un sueño. Un sueño demasiado dulce y afable, profundo y perpetuo. Ser sensible es un poder, no una debilidad. Quien ama y sueña no pierde. Quien ama y sueña alcanza la inmortalidad. ¡Ven noche gentil, ven de nuevo! ¡Ven noche tierna y sombría!

Esa luz no es la luz de la mañana. Las crestas de los montes no hierven en niebla trémula. Es la nocturna expedición que parte hacia imposibles caminos. Hiende sus carnes en el grito solitario. Sacude la mirada, siempre perdida, en los océanos celestes. Por qué partir tan pronto. Quédate aquí, en el sueño, esa no es la luz de la mañana. Es la llama que incandescente ilumina nuestras noches cuando no sabemos qué camino tomar.

Oh triste paz, que nace con el día, de la que el sol no quiere ser testigo. La escena nocturna es para soñadores. Y ya veis todo lo que nos ha traído los sueños. Todo cuanto ocurrió fue obra nuestra, obra verdadera, sueño verdadero. Y ahora, bajado el telón, soy un triste juguete del destino. ¡Ven, noche gentil, noche tierna y sombría! ¡Ven, sueños de amor perdido! ¡Ven, llama mía!

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A veces un abrazo es la palabra exacta


© @adso.cc

«A veces un abrazo es la palabra exacta». Nerea Delgado

Uno a veces se arrepiente de algunas cosas. Por ejemplo, al calcular mal el ángulo de tangencia energética del bosón de Higgs o al asumir que la poesía fue creada solo para los poetas. O como aquella vez que mi amada aristócrata embajadora me invitó a una recepción con el Rey y yo me negué a asistir arguyendo mi postura republicana. O aquella otra vez que el tren cerraba sus puertas para siempre y no me atreví a subir al último vagón por miedo a… ¿a qué? Nunca olvidaré aquella escena de amor y lágrimas. O esa otra vez que, en vez de ofrecer palabras dulces, quizás por cansancio o por advertencia, salió un agravio malsonante que lo destruyó todo. O aquella otra vez que no abracé, cuando sabía que un abrazo era la palabra exacta, lo único que cualquier situación extraña requiere para redimirse.

Quienes conocen el significado profundo de dar un sentido abrazo saben de lo que hablo. Un abrazo verdadero, de esos que duran una eternidad porque son sentidos y engullen a cualquier alma, son realmente pura sanación. No requieren palabras, no requieren excusas ni argumentos: solo un sentido y prolongado momento de amor.

A los que no nos educaron en la cultura del abrazo nos faltó algo. Es difícil de explicar, pero crecimos faltos, carentes, o con un sentido menos desarrollado, por supuesto, un sentido anímico, emocional. La cultura del abrazo en la infancia debería ser una asignatura obligatoria, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Los abrazos cumplen con una función social amable, reconciliadora y esperanzadora. Ante cualquier disputa, un abrazo sentido podría sanar las diferencias, los puntos de vista errantes, las locuras que se cometen cuando uno pierde todo sentido y percepción de la realidad. Uno dejaría de perder la razón ante un sentido abrazo. Resolver la falta de cariño evitaría seguramente muchos males de nuestra sociedad.

Un abrazo nos sanaría de la falsedad y la mentira, porque ahí no se puede uno ocultar ni esconder. Un abrazo sentido te desnuda, por eso quizás no es algo bien permitido en una sociedad tan mediocremente mentirosa. Al abrazar, al mirar profundamente al otro desde la percepción extrasensorial del abrazo, uno ve lo que hay y descarta inmediatamente todo aquello que no existe. En un abrazo se nota cuando hay trasparencia. En un abrazo se difumina toda la duda.

Toco a diario el piano e improviso melodías mientras observo atento todo lo que ocurre en el bosque. La música siempre acompaña y de alguna manera abraza nuestros instintos, nuestra consciencia, nuestra intuición. La música es como un abrazo sentido porque te transforma, te aligera, te llena de vida y esperanza. Ahora imagino esas notas de piano que se despliegan por los árboles de este pequeño bosque de robles y blancos abedules y viajan hacia ese lugar donde habita lo milagroso. Y me imagino que cada nota abraza aquello que mis manos no pueden abrazar. Imagino que cada octava supura esa transparencia que siempre anhelamos.

A veces un abrazo es la palabra exacta, el sonido necesario, la música de nuestras vidas. Un abrazo, un almabrazo, como decimos y practicamos por aquí tras los cantos y las meditaciones. Un suspiro del alma que alienta a otra alma. Un alimento que pocos comprenden, tan aislados en sus soledades y enredos, en sus abismos, en sus oscuras travesías por desiertos interminables. Aún hay fuego en las almas que abrazan, y vida en los sueños que despiertan sin miedo cada mañana.

Un abrazo, en términos matemáticos, es la relación trigonométrica entre el lado adyacente y el lado opuesto de un triángulo rectángulo que contiene ese ángulo. Musicalmente es un Do sostenido atravesado por un Re mayor. Para un poeta, es la fusión de dos mundos atrapados por un isótopo de imposible tamaño. Como las puertas de aquel tren, o aquellas palabras que faltaron cuando no se podía decir nada más. Nuestra vida media es del orden de un zeptosegundo para el universo infinito. Abracemos cada instante. No hay tiempo para mucho más. Abracemos la vida, y sanemos con ello todo cuanto nos duela. Abracemos al próximo prójimo.

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Aguardo paciente el próximo milagro


© @olivierrobertphoto

«Espero que el amor verdadero y la verdad sean finalmente más fuertes que cualquier infortunio». Charles Dickens

Me levanto temprano y hace frío. Apenas ocho grados y bajando en las profundidades del bosque. Voy a la meditación, pero aún no dispongo de ánimo suficiente para acudir también a los cantos mañaneros. Poco a poco. Abrazo el dolor mañanero con mucha paz interior y mucho amor para ella, a la que le deseo el mejor de los caminos. Ha sido mi maestra y amiga estos meses, y se lo agradezco profundamente. Al fin y al cabo, de eso se trata. De ser maestros unos de los otros, el tiempo que determinemos y el grado de profundidad que seamos capaces de soportar. Maestros en el dolor y en la felicidad. Maestros en lo bueno y en lo malo. Maestros de nuestros amigos y de nuestros enemigos, para que así todos aprendamos a vivir, a experimentar, a relacionarnos algún día desde la paz, el respeto y el amor. Desde la verdad, lo original y lo esencial, hasta que nuestro verdadero maestro interior despierte y resplandezca.

Así que abrazo el dolor con cariño, sin exponerlo al sufrimiento constante. Duele, porque hubo amor. Duele porque hay amor. Duele porque habrá amor. Y ese amor infinito requiere esfuerzo y aprendizaje, requiere entrega y sinceridad, requiere proximidad y coraje. Duele, claro que duele, porque hubo amor y esperanza y deseo. Y eso ya no se olvida, permanece sempiterno a cada instante.

Y cuando el amor ya no se puede abrazar, ya no se puede estrujar entre las manos ni soportar entre las sábanas, entonces duele. Y es ahí cuando aprendes a amar en silencio, una de nuestras grandes especialidades cuando la falta de coraje y el temor vencieron la batalla. Amar callados, amar en algún rincón boscoso, bajo el roble, a su izquierda, en el frío de la mañana y la templanza de la tarde.

El viento de las horas barre los caminos. El tiempo pasa inexorable. Es algo en lo que pienso mucho últimamente. El pasar del tiempo, el ocaso de aquellos dioses que decidieron abrir el canal de la vida a un constante devenir. ¿Cuánto nos quedará realmente? ¿Días, semanas, meses, algunos años más? No lo sabemos, de ahí la siempre urgencia de vivir, de amar, de enloquecer a cada instante.

Por eso estoy eternamente agradecido. Sin tiempo de guardar ningún rencor, ni odio, ni resquicio. Solo amor, solo paz, solo deseos para que la vida le sonría y sane sus dolencias. El bosque es terapéutico. El manto verde, la piel de la tierra, los olores y el canto de los pájaros, la belleza de las flores, el susurro del aire, la brisa mañanera. Todo se balancea y abraza. Aquí no puede haber queja, solo agradecimiento infinito. También algo de espera, porque sabemos que la vida, cuando te abres a ella, siempre es milagrosa. Y aguardo paciente el próximo milagro.

El milagro de la metamorfosis. El milagro de la transformación. El milagro del cambio necesario para seguir adelante. Ya vendrá el amor, y el abrazo, y la sonrisa, y la complicidad. Ya vendrá todo aquello que dota de sentido al mundo. Porque un mundo sin amor se extingue, desaparece. El amor es la fuerza que brota de todos los resquicios. Empujada por la voluntad de vivir y guiada por la sabia consciencia, el amor emerge en cada rincón, desde cada cobijo. En el azul de la mañana, en el manto verde de la cálida tierra, en las montañas y en los ríos. Todo fluye y se expande gracias al amor. Los seres humanos vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en este cálido y acogedor deseo amoroso. Amarnos a nosotros mismos y amar al otro. Hacer el amor por la mañana, y todo el día. No cabe otra posibilidad si realmente estamos vivos. De ahí que aguarde pacientemente al próximo milagro.

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¿Y ahora qué hacemos?


© @ccseyes

«Ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera. Hasta hay un momento, al principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio. Si uno reflexiona, no lo hace. Sé que nunca más saltaré». «La náusea», Jean-Paul Sartre

La madurez, decía John Houston, es la capacidad de aceptar la incertidumbre. Alguien también decía que la madurez era el comenzar a hacernos responsables de los hechos probables, de tomar decisiones y de comprometerse con sus resultados. Después de cuatro años huyendo de cierta realidad, hace cuatro meses decidí arriesgarlo todo a una y tomar una decisión arriesgada en medio de una gran incertidumbre. Al principio parecía que la decisión, el riesgo, había merecido la pena y había sido mágicamente acertado. Sentía que era justamente lo que tenía que suceder, casi diría que era algo inevitable, porque ya llevaba meses sintiéndolo. Pero al final resultó ser todo un auténtico fracaso, un auténtico fiasco, una de esas mentiras burdas de la vida.

Cuatro largos años esperando esta oportunidad para fracasar al primer intento después de descartar cientos de posibles oportunidades. He venido a pasar unas horas a la biblioteca de mi particular balneario porque hoy sentía que debía pensar sobre estas decisiones, sobre estas incertidumbres. ¿Debo ahora esperar otros cuatro años o debo apresurarme a vivir y salir a las calles en búsqueda de esa felicidad añorada? Desde que todo terminó hace casi tres semanas me han llovido todo tipo de ofertas, a cual más motivante. Podría elegir entre todas ellas alguna que pudiera distraer mi cabeza y mi corazón. Podría volver a arriesgar y ver qué pasa, o saltarme todas las reglas autoimpuestas y dejar de ser tan exquisito y pusilánime a la hora de elegir una u otra realidad.

Llega el verano y repaso uno por uno todos los sueños rotos en tan solo unos días. Sueños profundos, sueños locos, pero verdaderos. Los sueños rotos te crean una sensación extraña. Pensar que todo fue una fantasía o una mentira te crea de nuevo un escudo protector, una especie de defensa que te aleja de la vida.

Aún así, mi exigencia sigue en pie, y tiene que ver con el amor, la vida y la consciencia. ¿Cómo volver a retomar esa difícil tarea? Parecía todo tan fácil hace unas semanas. Y ahora, me parece todo tan complejo y difícil y arriesgado. Me dijo una amiga en un paseo reciente que cuando dejara de desearlo esa realidad se manifestaría. Pero a veces pienso que las cosas muchas veces suceden a base de desearlas. Que la realidad muchas veces se construye porque la imaginamos, porque la deseamos ardientemente, porque es algo que viene de un sentir profundo.

Intento sanar estas heridas distrayéndome con mil cosas. La experiencia me dice que es el tiempo el que lo cura todo. Pero ahora el tiempo apremia, porque uno ya no tiene veinte años, y sigo preguntándome porqué tardé cuatro años en dar estos pasos. ¿Qué me hizo esperar tanto, más allá de un dolor y un fracaso aún mucho más profundo que el actual? Interiormente siento que no puedo volver a esperar otros cuatro años.

La vida corre deprisa, y luego no habrá un después. Es ahora o nunca. Es hoy y no mañana. Es aquí y ahora. Así que supongo que, de nuevo la conclusión será, el volver a empezar, el volver a salir al mundo y no dejar pasar el tiempo. ¿Para qué esperar? Las heridas se irán sanando, pero hay que ponerse de nuevo el traje de guerrero y salir a esa batalla. Y lo que tenga que suceder, inevitablemente sucederá.

Dejar de mirar hacia atrás y hacia dentro y empezar a mirar hacia fuera y hacia adelante. Caminar, caminar, caminar siempre con fe y esperanza, acertemos o no. Así que adelante, sigamos nuestros sueños, una y otra vez, que las almas aguardan impacientes el momento de poder atravesar el portal de la vida, el amor y la consciencia. Sigamos, sin miedo, hacia adelante, porque no habrá un después. Saltemos a ese precipicio, ya no hay tiempo para otra cosa.

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Hacia una octava superior en la espiral


© @ninapapiorek

«Confié en ti… te dije mis debilidades, te mostré mis defectos, mis cicatrices, te conté mis recuerdos más dolorosos y tú… tomaste nota, y me golpeaste justo en esa herida que mil veces te dije cuánto me estaba costando sanar». Gilraen Earfalas

Nuestras vidas a veces se desarrollan en auténticos laberintos de los cuales no podemos escapar, o en auténticas espirales que nos impulsan cada día hacia una octava superior.

La sensación de estar en un laberinto sin salida es la de agobio, cansancio, desesperación, tristeza y agonía. A veces, cuando la situación es desesperante y tienes la intuición de que ese laberinto supera con creces tus fuerzas y expectativas, la vida te ofrece la posibilidad de torpedearlo. Cuando torpedeas un laberinto por su base de flotación todo se hunde de repente, y todo desaparece, descubriendo con ello que nada era real. Es doloroso, pero también nace una sensación de alivio y libertad. Un buen torpedo a tiempo hace que todo explote por los aires, y al hacerlo, algo se libera. Es punzante, sí, pero es necesario. La mentira, la ilusión y la fantasía, esas poderosas armas que nos llevan a laberintos sin salida que pueden durar semanas, meses o incluso años, requieren a veces de una implosión perfecta. Si esa implosión perfecta no produce ningún daño, es que era nuestra percepción la errónea, y todo permanece o se transforma para mejor.

Tener un momento de fuerza e iluminación nos permite romper con algo caduco, falso o innecesario en nuestras vidas. Ese instante de revelación a veces requiere destruir lo añejo para empezar a construir lo nuevo. Lo nuevo siempre revela la unicidad esencial que existe en todas las cosas. Es algo que nos conecta con el aspecto interno de la vida, del amor y de la consciencia, negando completamente la apariencia externa que nace de la separatividad. Cuando llegamos a este grado de comprensión en nuestras vidas, hacemos explotar y destruir todo aquello que ya no está en nuestra frecuencia de unidad, de amor, de vida, de consciencia. Trabajos que no nos aportan nada, relaciones tóxicas que nacen y se desarrollan en una continua mentira, situaciones de cualquier tipo que nos alejan de nuestra esencia y de nuestro ser…

Cuando ocurre ese momento de destello, logramos viajar y navegar lejos del laberinto, para subirnos a la ola de una nueva octava superior en la espiral de la vida. Nos agarramos con fuerza al hilo de Ariadna y buscamos a la tejedora que nos debe elevar hacia una nueva dimensión de experiencia y oportunidad. Si vencemos y aprendimos la lección, nos elevamos en la profundidad del ser y la experiencia vital. Si fracasamos, la experiencia volverá con mayor virulencia.

Este tipo de confusiones vitales, de laberintos de la vida, ocurren cuando no logramos separar el mero deseo de las cosas con respecto al profundo anhelo y propósito de nuestra alma. Cuando estamos con personas o en situaciones únicamente por la búsqueda de un deseo y su posibilidad de satisfacción, es posible que esto al final termine en un gran sentimiento de frustración. Si conseguimos lo deseado, nos vendrá una inevitable pregunta: ¿era esto lo que realmente deseaba nuestra alma, nuestra consciencia, o era tan solo un capricho, un deseo banal? Esa frustración nos conduce al laberinto del que hablamos, a una eventual pasividad en nuestras vidas, pareciendo todo depresivo o de una gran futilidad. La frustración nos puede llevar a una vida insulsa, sumisa, donde todo se acepta, incluso lo cruel o lo mentiroso. ¿Cuántas veces nos hemos sentido engañados, golpeados, maltratados cruelmente? Ahora cambiemos el sentido de la pregunta: ¿cuántas veces hemos dejado que nos engañaran, que nos golpearan, que nos maltrataran? ¿Y durante cuánto tiempo?

A veces esa frustración nos lleva a desesperantes caminos de escape, los cuales nos empujan a mundos ilusorios, de ensueño, mundos igualmente mentirosos y engañosos. Un encarnizado conflicto de esta naturaleza puede llevarnos a nuestra propia autodestrucción. Incluso el no querer ser moldeado por las circunstancias y el medio ambiente nacidos de ese deseo mal entendido pueden provocar una trágica ruptura con la vida.

Deseo estar con esa persona, deseo ese trabajo, deseo más dinero, deseo una vida tranquila, deseo una familia feliz… pero… ¿son esos deseos realmente reales, o son fruto de una fantasía, una necesidad o un trauma? ¿Cómo poder discernirlo?

Si nos hace sonreír, si nos aporta paz y alegría interior, ese es el camino, esa es la vía hacia una octava superior en la espiral de la vida, el amor y la consciencia. Somos expresión y existencia, actores dramáticos de una realidad increíble. Encontremos nuestra espiral, nuestra voz, nuestro camino y dejemos lejos de nosotros los laberintos sin salida. Absorbe, domina y utiliza toda tu fuerza para seguir avanzando y busca la felicidad merecida con situaciones merecidas y personas amables, sinceras, sanas y merecidas.

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El Sendero de Purificación


© @caetanophoto

“El que no se esfuerza cuando es el momento de esforzarse; el que, aún joven y fuerte, es indolente; el que es bajo en mente y pensamiento, y perezoso, ese vago jamás encuentra el Sendero hacia la Sabiduría”. Dhammapada, 277 – 282

“Hollamos el Camino de Purificación y, poco a poco, se nos despoja de todo lo que apreciamos: la codicia por la forma, el deseo de ser amado y el gran espejismo del odio y la separación”. AAB

Muchas almas se están preparando para tener pleno dominio de la materia antes de pasar a tener pleno dominio sobre sus estados de ánimo y sus emociones. Más tarde vendrá la ardua tarea de tener dominio también sobre los pensamientos y así poder anclar algún tipo de consciencia en sus vidas.

Antes de que todo esto ocurra, se debe atravesar lo que la tradición antigua llamaba “el sendero de purificación”. Es un periodo en la evolución humana donde mediante el empleo de algunas disciplinas, se consigue cierto autocontrol. En nuestra época moderna, dichas disciplinas físicas están asociadas a lo que ahora llamamos deporte. Antiguamente, todo lo relacionado con lo militar pretendía de alguna manera conseguir ese autocontrol. La disciplina militar en muchas épocas ha sido, en tiempos de paz, cambiada o transformada por la disciplina deportista.

Estas disciplinas han ayudado al ser humano a evolucionar hacia la consciencia de sí mismo. También se han sofisticado mediante dietas vegetarianas o métodos higienistas, la práctica del yoga o la propia meditación, herramientas o técnicas que pretenden crear un mayor dominio sobre nuestros cuerpos. Por suerte para todos los seres sintientes, las dietas vegetarianas o veganas están en boga en nuestro tiempo, y poco a poco se van consolidando como una alternativa sana y saludable en nuestras sociedades desarrolladas, no solo para nuestros cuerpos físicos y dolientes, sino también para la salud de todo nuestro planeta.

La inofensividad hacia otros reinos y la impersonalidad son pruebas imprescindibles en el sendero de purificación. Este sendero es imprescindible antes de empezar a hollar el sendero de probación y más tarde los llamados por la tradición antigua como el sendero del discipulado y el sendero de iniciación. Las complejidades de cada uno de estos senderos son difíciles de exponer si antes no se ha podido poner en práctica el abc del sendero de purificación: una dieta basada en la inofensividad y un cuerpo físico sano y equilibrado, libre de sustancias y abusos de todo tipo.

Realmente el sendero de purificación es complejo porque no se trata de atraer hacia nosotros ciertas disciplinas, sino, en términos más profundos, alinear todas nuestras dimensiones humanas, todos nuestros cuerpos tangibles e intangibles, para volverlos transparentes, dóciles y amables para la luz. Digamos que los antiguos entendían que cada cuerpo de la personalidad: el físico, el etérico, el emocional y el mental debían purificarse para que la luz de la consciencia o de nuestra alma pudiera atravesarlos y dirigirlos de forma correcta o clara. Entendamos el término de «luz» como una fuerza o energía que provoca en nosotros mayor visión, desarrollo interior y consciencia.

Cualquier distorsión en alguno de esos cuerpos provoca inevitablemente un atasco de esa consciencia, que de no ser tratada mediante la correcta acción o “purificación”, puede provocar trastornos (mentales o emocionales), enfermedades, dolencias de todo tipo o dificultades. Algunas enfermedades propias de este sendero están asociadas a problemas con el cerebro o la glándula tiroides. Los verdaderos buscadores encontrarán fórmulas adecuadas para equilibrar estos desequilibrios o contradicciones.

Los que hallan en la espiritualidad cierto consuelo y alivio, deben comprender que adentrarse en sus senderos requiere esfuerzo y disciplina, trabajo, preparación y perseverancia. Las bases de ese trabajo y esa preparación pasan inevitablemente por el sendero de purificación.

Men sana in corpore sano. Una mente sana en un cuerpo sano, que decían antaño. Una mente sana no es necesariamente una mente inteligente y audaz, sino una mente que basa su vida y actuación en la verdad, la consciencia y la disciplina. Un cuerpo sano no solo pide pan y deporte, también que ese pan sea inofensivo y ese deporte adecuado a nuestras limitaciones diarias.

Antes de enfrentarnos a cualquier tipo de progreso espiritual o de consciencia, el Morador del Umbral acechará para ver si hemos cumplido con nuestros propósitos nobles y con nuestra meta interior. La acrecentada sensibilidad hacia los reinos animales en los próximos tiempos será una de las pruebas que la humanidad en su conjunto deberá enfrentar. Mientras eso ocurre, la avanzadilla humana ya nos está indicando el camino a seguir: una vida más sana, equilibrada, impersonal e inofensiva.

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Litha, un momento para quemarlo todo



Dice la tradición que algunas enseñanzas secretas sobrevivieron al gran diluvio. Algunos tuvieron la responsabilidad de mantener y conservar el Arca de la Antigua Sabiduría a través de todos los ciclos y todas las mareas del tiempo. Esos servidores de la humanidad, llamados por los sufíes el “círculo interno de la humanidad”, enseñaban que toda la sabiduría es una sustancia que se puede recolectar y almacenar como la miel. Un fuego secreto de los dioses capaz de sobrevivir en el tiempo. El conocimiento de la ley del siete y la doctrina del mantenimiento recíproco son siempre conservadas por aquellos que leen y portan la antorcha de la luz que impera en los mundos tenebrosos y oscuros.

Según relata la tradición órfico-pitagórica, una vez es liberada el alma por la muerte, asciende y entra al cielo por la Puerta o Solsticio de Cáncer, desde donde desciende a sufrir una nueva encarnación en el mundo de las formas.

En las tradiciones paganas, Litha, la noche más corta del año, es precedida por el sabbat conocido como Beltane. Es un momento donde la trayectoria del Sol, vista desde nuestra perspectiva, se detiene antes de invertir su dirección. A lo largo de toda la historia humana, las escuelas de misterios y los mitos enseñaban sobre los ciclos vitales de la vida. Ciclos de nacimiento, vida, muerte y resurrección, ejemplarizando lo que ocurre en toda la naturaleza, primero desde nuestro infantil temor, y más tarde desde la exploración consciente más audaz hacia la luz de la sabiduría. Es la luz, el calor y el fuego lo que resalta todo rito como símbolo de nuestra vida interior, de nuestra alma, de nuestro verdadero rostro ante la realidad confusa.

En la tierra que me vio nacer, esta noche de verbena, la de San Juan, es quizás una de las noches más importantes del año. También lo es para esa otra tierra simbólica en la que nací dos veces, siendo el solsticio de San Juan un punto de referencia, llamándose incluso ellos discípulos directos de San Juan, aquellos que trabajan en las logias de San Juan. Es decir, aquellos que trabajan en la luz, para con ello ahuyentar las tinieblas.

Lo importante de esta noche, que casi suele coincidir normalmente con el solsticio de verano, la noche más corta del año, es que es un tiempo para quemar en la hoguera de la purificación todo lo añejo, todo lo antiguo, todo lo que ya no vale o ya no nos pertenece. Es llevar hacia la luz purificadora todo aquello que con el tiempo se ha vuelto oscuridad.

Esta noche he sido invitado a un sarao para celebrar la noche con unas meigas muy especiales. Además de celebrar la adquisición de una finca que servirá de punto de luz en esta tierra celta, danzaremos alrededor del fuego para purificar nuestras almas y para resaltar lo importante de volver a empezar.

Las fiestas del fuego siempre son purificadoras y protectoras. Las hogueras que se encienden, simbolizando la bóveda celeste y una llamada de atención a los dioses para que protejan las cosechas, son también momentos para quemar aquello que ya no sirve, aquello que hay que abandonar y enterrar, para que de sus cenizas retoñe lo nuevo. Encender hogueras es dar fuerza al sol para que, en su declive, en ese menguar hasta el próximo solsticio, nunca se apague. Simbólicamente ocurre lo mismo con nuestro sol interior, con nuestra alma, con nuestra consciencia. Dotar de fuerza a la misma para que en el devenir de los días y las pruebas que surjan a partir de ahora, sean asumibles y exitosas. Quemar la mentira, en resumen, para que surja lo verdadero.

Esta primavera ha sido una de las más hermosas, al mismo tiempo que una de las más duras y difíciles que recuerdo en mucho tiempo. Por eso hoy es un día muy especial. Un día para dar gracias por todo lo aprendido, por todo lo sembrado y recolectado, por todo lo compartido y soñado. Y un día para quemar aquello que debe volar hacia otro destino, hacia otro merecido lugar.

Nunca como en estos meses había estado tan cerca de la última Thule, como la describía nuestro Séneca. Nunca había estado tan cerca de cumplir con los últimos sueños, un sueño individual pero también grupal. Nunca, en tanto tiempo, el amor se había abierto de forma tan clara y sincera hacia el camino de la vida y la consciencia.

La fórmula geométrica y mágica (1+1=8/9) que tanto poder e influencia ha ejercido en mi en estos meses debe quemarse en los anales del no tiempo. Romper con el hechizo, romper con el sueño, con la fantasía, para empezar de nuevo, esta vez más atento, más consciente, más despierto, desde lo Real, que diría Gurdjieff, porque la vida es real cuando yo soy. Sí, quemarlo todo, y quemarlo bien, para volver a empezar, y ser, en esencia, lo que somos.

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