Sobre lo correcto y lo certero


Trabajando esta mañana en los planos de la futura Escuela

 

Aprender que un camino correcto y certero es muy diferente que un camino con paz en el alma es algo complejo. Uno puede pasarse toda una vida aplicando éxito en lo correcto y certero, en todo aquello que la buena sociedad espera de uno. Pero a veces eso no aporta paz en el alma, porque a veces lo correcto y certero no es lo que la vida espera de nosotros. A veces, y no siempre, la vida quiere que nos embarremos hasta el fondo, que nos equivoquemos una y otra vez, que anulemos cualquier posibilidad de éxito inmediato, de reconocimiento, de aceptación. A veces la vida nos pide un acto sincero de rebeldía, una capacidad sincera de derrota y sacrificio.

Arriesgarse a vivir a veces produce sendas confusas, locuras consumadas en el altar de la incongruencia aparente. Vivir no es solo respirar y comer. Si todo fuera tan simple, la existencia sería correcta y certera, pero presumiblemente incompleta. Por eso a veces nos preguntamos por qué hay un gran empeño en reducir la vida a lo correcto y certero. A respirar y comer, y poco más. Como si no hubiera más mañana, como si no pudiéramos otear un horizonte más amplio. Esa es nuestra estrechez, y ese es el mérito de nuestras vidas. Ser correctos y certeros para ir muriendo poco a poco por dentro.

Hoy teníamos nuestra primera reunión. La joven y entusiasmada arquitecta arriesgó su comodidad viniendo hasta aquí para vivir unas semanas, quien sabe si unos meses, en mitad de la nada. Desea entender mejor el proyecto para poder vincular su trabajo arquitectónico a la profundidad del espíritu que lo mueve. Es intuitiva y sabe que nuestros pasos están siendo dirigidos, de alguna manera, por algo mayor que un solo deseo, que un caprichoso camino correcto y certero. Sabe, a su manera, que hay un noventa por ciento de posibilidades de que la empresa fracase y, sin embargo, se aferra con fuerza, al igual que lo hacemos nosotros, a ese diez por ciento de posibilidades. Es ahí donde reside la esperanza, pero también la fe y la dicha. Es ese diez por ciento, tan alejado de lo correcto y lo certero, lo que nos mueve a existir.

No se trata tan solo de intentar crear un edificio, ni siquiera una nueva pedagogía en un espacio concreto y determinado. Se trata de seguir la senda de nuestras almas, y ellas, a su vez, seguir los designios del espíritu de los tiempos. Dicho así parece algo fácil, sencillo. Algo así como respirar y comer. Pero no. No lo es. El lazo místico que une nuestras vidas con nuestras almas, y estas con el gran espíritu es una malla compleja, indeterminada y alejada de lo correcto y lo certero. Es un camino angosto, difícil, diría que a veces imposible para el más despistado de los moralistas. Pero ahí está ese diez por ciento de anhelo, de incerteza, de incorrección. La expectativa es nula, pero ahí está el camino esperando, angosto, complejo. Respirar, comer y luego, avanzar, sea como sea de difícil la empresa. Eso es lo que nos mueve.

Lo cierto es que la arquitecta ya está aquí. Ahora viene un mundo de retos, de imposibles, de ensoñaciones. Hay que medir volúmenes, ajustar presupuestos, buscar plazos, dinero, recursos, personas, remover tierras, mares, aguas y vientos, desenterrar y desempolvar toda la fuerza posible. Incluso incrustar con cierto talento un trozo de utopía. Un trozo grande, muy grande, para que mientras avanzamos, tengamos el soporte de sabernos dentro de lo imposible, de lo arriesgado, de lo temerario. Lejos de la certeza y lo correcto, pero cerca, muy cerca del corazón, del alma, del anhelo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Lungta, el renacer del caballo de viento


 

Junto al trono hay estanterías llenas de libros. Se puede decir que todo este lugar es una gran biblioteca de saberes acumulados durante años y años. Quizás sea eso lo que me ha atrapado durante estos días, más de los imaginados. Un lugar perfecto para la reflexión, para la indagación y para la introspección. Miles de libros se amontonan por todas partes. Casi todos relacionados con la sabiduría perenne. Aquí me siento como en casa y me alegra mucho que el destino me haya brindado la oportunidad de permanecer aquí algunas jornadas más.

Esto ha provocado, a su vez, que se rompiera un lazo que requería ritualizar la quiebra, el final, el renacer hacia otra experiencia. Aún no somos conscientes del poder que nuestro pensamiento ejercer sobre nuestra realidad. Cualquier pensamiento puede transformar todo nuestro entorno, interior y exterior. Quizás por ello esta noche apareciera el espíritu de Lungta, el caballo de viento que representa el alma humana, disfrazada de bella dama de largos cabellos negros ondeando oníricamente. Me ha sorprendido la visión, y ha sido significativa por todo su contenido simbólico. Había algo de despedida en ella, pero también algo de renovación. De ruptura con el pasado, pero de esperanza hacia la fortuna futura. De nuevo el pensamiento transformador. Vivimos en el mundo que somos capaces de imaginar. Por eso, en este nuevo renacer, ¿qué mundo vamos a imaginar?

Lungta quería decirme algo, advertirme sobre algo. El alma humana, el caballo de los vientos, la mujer de largos cabellos que aún se añora en las largas noches de insomnio. El caballo alado es el mensajero de los dioses. Por eso apuro las últimas horas en este palacio para brindarme la oportunidad de soñar, de imaginar otros mundos posibles. La sensación es extraña, pero nace en mí un deseo de soledad absoluta, de retiro, de alejamiento del ruido para centrarme en la voz del silencio. Son procesos, son mundos, son esa siempre despierta necesidad de servir al mundo del alma, olvidando cada vez más las pasiones pasajeras de la carne. Entre las necesidades de unos y de otros, hay una que evoca con fuerza el cometido de esta vida, y es ahí donde aparece Lungta para obligarnos a recordar nuestro destino.

El mundo, con sus hierofantes y adeptos, con sus maestros invisibles e iniciados que ayudan en la construcción de la vida humana, esculpe en el universo de los sueños aquello que puede servir para el logro y el éxito común. Despertar a esa realidad requiere sensibilidad, visión y contenido. Las enseñanzas secretas de todos los tiempos nos obligan a despertar y proteger lo sentido. Mañana, de vuelta a las tierras del norte, reflexionaré profundamente sobre esa necesidad de silencio, de reconexión con Lungta, con la vida del alma.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Reyes vagabundos


 

Sigo en la ciudad fronteriza de Asta Regia, de origen tarteso y ahora dominada por grandes viñedos y campiñas exuberantes, palacios y colegiatas, catedrales y bodegas infinitas, alcázares y consulados honoríficos que inmortalizan tiempos de gloria. Evoca todo ello al recuerdo de que alguna vez, por amor o desamor, quien sabe, repudié el título de cónsul honorario y me conformé con el de embajador consorte, que aunque fuera menos pomposo, me desligaba de la tiranía de la obligación y la elegancia que todo cargo de honor requiere y demanda. Hombre libre y alejado de riquezas y títulos, prefiero los caminos a los palacios, aunque de vez en cuando haga posada en ellos.

Errante, vagabundo, persiguiendo ese camino del loco que tanto amo, pero ahora con cierta dosis y necesidad de parada y descanso, aquí permanezco. No pensé que este lugar fuera tan bello. En este pequeño palacio que yace junto a la exuberante iglesia de San Miguel, acogido por una aristócrata descendiente de la nobleza irlandesa, me siento bien y descansado, a pesar de combatir frecuentemente el síndrome que llaman de vagotismo. Ayer la noble me despertó del aposento con un bello regalo, desayuno incluido, para celebrar mi revolución solar, junto a unas bellas flores amarillas que decoraban el lugar. A veces, ante tanto mimo y cuidado, dan ganas de enamorarse, pero ni siquiera esta primavera es capaz de sacarme una mota de deseo. Apagado el apetito, solo puedo dar gracias por tanta acogida y reparo, por tanta hermandad y premio, hasta que pueda continuar andante, o errante, hacia la siguiente posada, morada o reino.

Ayer di por terminado el viaje sanador y terapéutico con una última visita a unos amigos, descendiente alguno del rey García, rodeados de nobles escuderos que, sin recordarlo, pertenecen a una saga de hidalgos perdida en los albores del tiempo. Era difícil entender la afiliación entre al-Mutámid, el último rey abadí, y aquellos nobles señores que provenían del norte. Pero ahí estaba, trepando en los planos etéricos, reminiscencias complejas de razonar y difícilmente explicables, intentando ser enlazadas con personas como Ibn Hazm u otros enlaces místicos de la época que aún permanecen, invisibles, en las ramificaciones del tiempo.

Hacía ya muchas jornadas que no veía a mi querido conde, aristócrata de los de antes, perfectamente peinado como siempre, elegante con esas camisas de puño doble bordadas con iniciales y gemelos personalizados con el escudo familiar. Agradable al trato, bromista y cariñoso, amigo de magos, vagabundos y reyes, sin distinción, a pesar de haber sido una de las personas más influyentes del siglo pasado. Sentí al abrazarnos, saltándonos cualquier protocolo de seguridad, que nada se había roto a pesar de disgustos pasados, y que el cariño, por suerte, permanece. Seguía siendo el mismo, a pesar de que ahora andaba despistado de sus labores mistéricas, pero imbuido en el amor y en la experiencia de saber vivir. Aunque no tuvimos tiempo de hablar como antaño de lo divino, repasamos lo humano después de tanto tiempo sin vernos, recordando esa frase que acompaña a uno de nuestros libros: “siendo, eso es todo”.

También me alegró compartir mesa redonda con mi querido “señorito”, descendiente, sin duda, de algún noble marquesado inglés cuya sangre azul le destiñe aún su piel blanca. Paseamos un rato, tras el encuentro, por la vieja judería, y sin él saberlo, había allí alguien más, o algo más, que nos unía en el inevitable lazo místico, invisible, intangible. A pesar de ser tan diferentes en lo epidérmico, hay una unión que traspasa lo sustancial y nos advierte de que algo extraño ocurre en los profundos aledaños de la consciencia y la hermandad. Nada es casual, ni siquiera las amistades que permanecen y se cultivan vida tras vida. Solo debemos recordar, aprender a recordar.

Y así permanezco, acomodado en este disfraz de vagabundo, como un mago que se caracteriza para permanecer invisible en los mundos profanos, no olvidando que, siendo rey, debo disimuladamente poner a prueba a todos los que alguna vez fueron aliados. Y es desde ese reinado, el de las almas emancipadas, el de la hermandad del espíritu libre, que seguimos intentando liberar a los presos del planeta. Entre ciénagas, entre claroscuros, disimuladamente.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

“Veo, y cuando el ojo está abierto, todo es luz”. Dejando penetrar la luz desde Jerez


“Soy uno con mis hermanos de grupo y todo lo que tengo les pertenece. Que el Amor que hay en mi alma afluya a ellos. Que la Fuerza que hay en mí los eleve y ayude. Que los pensamientos que mi alma crea les alcance y animen”.

No quisiéramos hablar desde una posición moral superior. Nunca es esa nuestra intención. Siempre preferimos ser agitadores de consciencias, aunque esto tuviera algún tipo de precio, antes que ser sibilinos encantadores de serpientes o flautistas de Hamelín, hechiceros y adormecedores de voluntades propias y ajenas que repiten una y otra vez aquello que la gente quiere escuchar. Preferimos agitar, despertar, incomodar antes que hipnotizar o embaucar con milongas a unos y a otros. Esto nos ha creado enemistades y recelos. Pero no importa. Somos uno con nuestros hermanos y todo lo que tenemos les pertenece.

Lo cierto es que tras unos días en la ciudad sentí cierta angustia por lo que aquí puedo ver ahora desde otros ojos, desde otra visión diferente. Decidí marcharme antes de terminar asfixiado o asfixiando a los demás con esa visión escurridiza e irreverente. Tuve la suerte de poder abrazar a algunos amigos, aunque no ha todos. No pude hacer las vacaciones que quería, pero al menos despejé mi mente y mi corazón y eso sanó parte de cualquier angustia que pudiera haber arraigado en tiempos pasados. Desde Barcelona me dejé deslizar por la costa hasta Alcora, donde pasé una noche sanando heridas invisibles. De ahí a Villareal, Ontinyent, Almería, Marbella, Málaga y algunos otros lugares hasta llegar a Jerez de la Frontera. En cada parada un amigo, un abrazo, una sanación.

Me gustaría hablar de cada uno de ellos, de todas las historias entrelazadas que surgieron en cada encuentro, algunos breves, otros necesarios, la mayoría reparadores. Quizás cada encuentro depara una historia, una idea, una reflexión para compartir peripecias o inspiraciones. De nuevo hice algo que llevaba tiempo sin hacer. Dormir en el coche. En plena pandemia no quería molestar a unos y otros, y sentía la necesidad de vivir un poco la vida de vagabundo que tanto me gusta. Es ahí cuando conecto realmente con la vida, con la incertidumbre, con la intemporalidad y la impermanencia. Es ahí cuando te das cuenta de que no necesitas nada, prácticamente nada para seguir adelante.

Me di especialmente cuenta en la ciudad. Observaba el ajetreo de unos y otros con esa extraña misión de acumular cosas, de comprar cosas. Ya no quiero nada. Solo lo justo para seguir comiendo algo, para seguir vagabundeando de vez en cuando, para seguir ayudando a unos y otros, para seguir inspirando irreverencia. Decidí, casi involuntariamente, parar en Jerez. Aquí una amiga del alma, estudiante arcana, me acoge y me deja una habitación llena de libros donde poder terminar de corregir el libro sobre los misterios. Por algún motivo que desconozco, aquí, en este pequeño palacio lleno de libros, cultura y espiritualidad, haré este año mi pequeño tránsito hacia la próxima revolución solar. Un cumpleaños diferente, improvisado, inesperado. Este pequeño palacio es como un monasterio donde se respira calma y hogar.

Aquí también celebramos esta mañana la meditación de la luna llena de Wesak. Con los ojos cerrados, recordando quienes somos desde nuestro Ser, uniendo las voluntades y propósitos del alma. Rodeados de libros azules, recordando que somos unos, entonando tres veces el om, permaneciendo en el centro de todo amor, resurgiendo como almas, trabajando desde el centro de la ley del servicio, dejando penetrar la luz del amor, la luz que nace de la fuente de la que venimos.

Creo que cuando uno hace un descubriendo de este calibre, el descubrimiento de que cierta visión nos penetra, lo mejor es guardarlo como un secreto hasta que dentro de nosotros nace la luz de la comprensión total. A veces no puedo decir nada, ni mostrar nada, porque en las cuestiones del alma somos recelosos, al menos hasta disponer de la prudencia y el tiempo necesario para desvelar los entresijos del Ser. Amar en silencio es mi especialidad, y reconocer a las almas forma parte de mi paciente labor… Todo lo mío les pertenece, todos somos Uno. Mañana es mi cumpleaños, mañana toca nacer de nuevo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Día de Sant Jordi en Barcelona


Hoy he sido un día muy especial. Largo e intenso. Lleno de amistad y compartir. Aunque no soy muy dado a la autopromoción, os comparto estas dos entrevistas realizadas especialmente para celebrar el día del libro. En ellas hablo del próximo libro que editaremos: la Gestión del Misterio, coescrito con el amigo Emilio Carrillo y que ayudará a financiar la futura Escuela de Dones y Talentos. Espero que os gusten…

Gent del barri


Tras casi dos años sin volver a la ciudad, penetrar en sus nieblas ha sido algo traumático. Nada más traspasar las últimas montañas se podía ver y oler a ciudad. En los bosques desarrollas cierta sensibilidad, cierta manera de ver y observar las cosas de forma diferente.

Ya desde lejos se veía la gran nube de contaminación. También la gran nube de luz que por la noche no deja espacio para poder ver las estrellas. Y los ruidos, muchos ruidos por todas partes. De coches, de personas, de fábricas, de trenes y aviones. Cuando llegué ya sentí el agotamiento invisible. La ciudad es como una losa soportada por el aura de todos sus habitantes. De repente sentí esa losa.

En este bloque de tan solo ocho vecinos, el lugar donde crecí desde muy pequeño, se captan más de treinta redes wifis. Otro tipo de contaminación invisible. Aquí cada vecino tiene su red wifi, su lavadora, su secadora, su lavavajillas, su, su, su… Es algo absurdo. Sería tan fácil poder organizarse y compartirlo todo, con todas las ventajas que eso supone.

Fuimos al parque, al gran parque de la ciudad, para intentar respirar algo. Un lugar donde antiguamente había un palacio abandonado entre un pequeño bosque cubierto todo de maleza. Ahora estaba limpio, ordenado, restaurado, con algunos árboles. Fuimos al lugar junto al pequeño estanque donde la gente suele ir a leer algún libro. El parque ahora estaba rodeado de grandes y lujosos edificios y grandes carreteras que lo circundaba. ¿Pero cómo puede nadie leer ahí con tanto ruido?

De repente, a pesar de haber nacido y crecido en la ciudad y tan solo llevar siete años fuera de ella, me sentía un poco aldeano, alejado de esta realidad, un extraño para todo. Sentí una gran necesidad de marcharme, de volver a la pequeña cabaña. Ha sido como bajar de repente a un infierno extraño donde la gente intenta vivir una vida igual de extraña.

Estuve paseando por el barrio. Ya casi no conocía a nadie. Es como si la “gent del barri” se hubiera esfumado, o como si ese pasado bucólico que uno siempre recuerda de la infancia ya no existiera. Los pocos que quedaban habían envejecido. Estaban casi irreconocibles. De mi quinta no quedaba nadie. Todos habían emigrado por la imposibilidad de costearse la vida en esta gran ciudad. La verdad es que venía con ilusión y cierta añoranza. Pero aquí todo se desploma. Todo es gris, todo es asfalto, todo es ruido.

Cuando nunca has vivido en el silencio, ese ruido no te molesta. Pero cuando has penetrado en los sigilosos rumores de la naturaleza, volver a este lugar es como volver a un mundo imposible. Quien sabe si de aquí a veinte o treinta años las ciudades serán más habitables. La revolución verde habrá llegado, los coches no serán contaminantes y ruidosos y quizás toda la vida aquí sea mejor. Aún así, el asfalto, las casas-madrigueras, la oscuridad de estos lugares y la masificación serán siempre un gran escollo para una vida más natural y verdadera. ¡Mucho ánimo a todos los que vivís en las ciudades! Mucho ánimo con todas esas comodidades que cuestan tanto poseer, conservar y proteger. Algo absurdo cuando sin tener nada, se puede vivir todo…

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

En búsqueda del don


 

Estaba pensando hablar sobre la tercera era axial, pero sentí que debía escribir sobre los acontecimientos más inmediatos, cercanos, a veces frustrantes, imperfectos, contiguos a lo más íntimo. Hoy ha sido uno de esos días locos donde dedicaba dos horas a cargar pesadas carretillas llenas de cemento y arena, salía corriendo a pagar impuestos, hacía de taxista para llevar a unos y recoger a otros, compraba víveres, contestaba llamadas e intentaba desesperadamente encontrar un depósito de agua de cinco mil libros para sustituir el que ahora tenemos que está a punto de colapsar. De cuatro a cinco tuve una hora de descanso que aproveché para ducharme, hacer lavadoras y correr veinte minutos con el amigo Geo con la intención de, mientras lo hacía, ir contestando esos cientos de wasas, llamadas o mensajes que se reciben todos los días. En esa agitación tenía tiempo de mirar cada flor, cada árbol cargado de verde, de escuchar el canto de cada pájaro y ver, más allá del bosque, las montañas y los cielos. Si por dentro no colapso es porque la naturaleza me sana y me renueva hora a hora, día a día, semana a semana.

Entre todo ese ajetreo habíamos quedado a las cuatro. Una buena amiga me pidió encerrarnos todo un fin de semana porque llevaba atascada trece años con un libro y no era capaz de salir del atolladero. Respiré hondo y le propuse estos días para emprender la difícil misión de dar sentido a algo que lleva trece años en un proceso inabarcable. Le invité a la cabaña y desplegó en ella todo su trabajo durante dos horas, ocupando cada rincón de este reducido espacio. Atendía paciente su explicación, el argumento prácticamente de toda una vida, la necesidad de esa bella mujer de querer expresar todo lo que llevaba dentro. Cuando terminó, llegó mi turno, y ahí me di cuenta de que podía ser útil. Pude identificar sus conflictos, sus miedos, sus atascos porque también habían sido los míos. Me sentí seguro con mis palabras y me di cuenta de que estos años como editor y escritor habían servido para algo. También el hacer una larga tesis doctoral sobre un tema complejo y vivido.

De repente sentí una sensación extraña, algo que me poseía y al mismo tiempo me iluminaba. La idea de querer crear una Escuela de Dones y Talentos tenía todo el sentido del mundo. Siempre he deseado ayudar a los demás a encontrar su propósito vital, pero también siempre he deseado que los demás brillaran por sí solos. Me doy cuenta de que mi vida siempre se ha centrado en hacer que otros encendieran su bombilla interior. Como en todo, cometí grandes errores, algunos de los cuales me costaron valiosas amistades, pero en esa torpeza había un don aún por desarrollar.

Ayudar a los otros, no desde un punto de vista caritativo ni compasivo, sino desde un punto de vista emancipador, es algo que me conmueve. Especialmente cuando he visto que esas horas en las que hemos estado trabajando juntos han servido para mucho. Estoy convencido, sin haber terminado aún el proceso de apoyo, que esos trece años de incertidumbre terminarán este fin de semana. No solo para mi amiga, sino también para mí. De mis trece libros escritos y editados y de los muchos empezados y no terminados, hay uno que siento como muy especial. Es uno que empecé a escribir en 2008, justo ahora, también, hace trece años. Por eso, mientras hablaba y aconsejaba a mi amiga para que terminara su libro, en el fondo me estaba hablando a mí mismo. La única diferencia es que mi libro, mi eterno libro, no me causa agobio ni estupor. Me gusta que sea una obra inacabada porque todos los meses le dedico un trozo de tiempo para colocar en él una idea o algunas palabras.

Me doy cuenta de que todos vivimos una vida inacabada por no ser capaces de enfrentarnos al reto de seguir nuestra intuición, nuestros dones y talentos, nuestros propósitos vitales. Y mientras lo pensaba y lo sentía, me daba cuenta de que esta Escuela que vamos a crear aquí en este lugar servirá para iluminar las almas, para hacernos conectar con ese mundo arquetípico y maravilloso que hará que algún día nos liberemos y emancipemos de todas las necesidades del mundo. Sentí, de repente, que ese y no otro era mi propósito, y que debía aprovechar todo ese bagaje y conocimiento para seguir ayudando a los otros a encontrar su estrella, su camino, su modelo de emancipación interior.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Matrix y la oreja de cerdo


Llegó desde México con toda su inocencia de artista, joven e iluminada, enamorada de su novio aztequense, con deseos de progresar en su profesión como cantante. Cosas de la vida, nada más aterrizar en su ciudad natal después de unos intensos años haciendo las Américas, terminó en estas montañas. Como cualquier otro que pasa por aquí, encintó paredes, trabajó en la huerta o buscó leña en los bosques. Como es joven deseaba trabajar y ganar algo de dinero. A las pocas semanas su simpatía pudo a la pandemia y bajo todo pronóstico encontró rápidamente un trabajo de camarera. Como no tiene coche, la llevo y traigo todos los días al matrix, como ella dice repetidamente. “Aquí, en las montañas, vivimos en la cuarta dimensión, exactamente igual que en la película de las nueve revelaciones”. Como si este fuera otro mundo para ella, todos los días nos describe sus experiencias en el otro lado, allí en el pueblo, en el valle, con las gentes.

Como ser sensible nacida en esta nueva era, no come animales. Hoy le tocó, con lágrimas en los ojos, cortar una oreja de cerdo y cocinarla. “Lloraba mientras lo hacía”, explicaba compungida. “¿Cómo puede haber gente que coma animalitos?”, decía totalmente estremecida. La miraba con cierta compasión mientras notaba su sensibilidad extrema, su aura diferenciada del resto, su belleza interior reflejada en ese anhelo por crear y transmitir la idea de un mundo diferente, donde la vida cobra un nuevo significado profundo.

En su conversación sentí que habitábamos en mundos diferentes. Ayer lo intentaba explicar mientras hablaba crípticamente sobre la vida de Bodhidharma. Está el valle, el mundo de la materia, el mundo donde toca experimentar la vida de forma a veces excesivamente tosca, a veces extraña y oscura. Un lugar donde la gente se alimenta de orejas de cerdo, ignorando por completo las leyes más simples de la compasión, del respeto hacia los seres sintientes, de aquello que, en el otro lado de las montañas, se asimila con normalidad.

Por la tarde llegaron los topógrafos para realizar la medición de la finca y poder situar correctamente la futura escuela de meditación, estudio y servicio, la escuela de dones y talentos donde intentaremos hacer pedagogía de este nuevo mundo, de este nuevo paradigma, de esta nueva sensibilidad que ya está calando poco a poco como agua fina. Fue una tarde muy larga donde tuvimos tiempo de hablar de mil cosas. Uno de los topógrafos compaginaba ese trabajo con el de terapeuta. Llegó sin mascarilla mientras que su compañero siguió los protocolos del “matrix”, de la tercera dimensión. Nosotros no llevamos mascarillas, ni hablamos de vacunas, ni de pandemia. Cuando viene gente alarmada y nos empieza a comentar todo lo que ahí fuera está pasando, nosotros nos miramos como si viviéramos realmente en otra dimensión, o en otro planeta.

A veces, sin malicia, nos vienen ideas inconexas. ¿Cómo no puede estar enferma una humanidad que se alimenta de orejas de cerdo? ¿Cómo no puede vivir en la oscuridad personas que no son capaces de experimentar en sus adentros un ápice de sensibilidad hacia nuestros hermanos animales? Y nunca lo decimos o pensamos desde ninguna superioridad moral, intelectual o espiritual. Lo decimos y lo pensamos con la misma naturalidad en la que ejercemos cierta consciencia crítica con respecto al esclavismo o la propia pena de muerte. La humanidad ha avanzado mucho en estos últimos cien años. La igualdad de género, la abolición de la esclavitud, el derecho a tantas y tantas cosas que hasta hace poco eran inimaginable.

Ahora la humanidad debe enfrentarse a un grado mayor de exigencia. Debe comprender que estamos entrando en una nueva época, en un nuevo paradigma, en un nuevo sentir, en un nuevo y más refinado grado de sensibilidad hacia la vida. Y en este nuevo mundo no se puede ser tibio. Con seguridad y afirmación rotunda, hay que decir claramente que no está bien el comer orejas de cerdo, ni ser cómplices de semejante aberración. Hay que levantarse y decirlo de igual manera que años antes otros lucharon por todo tipo de derechos que ahora, gracias a ellos, vemos con cierta normalidad. Hay que gritarlo una y otra vez, hasta la saciedad. Hasta que el comer orejas de cerdo deje de verse como algo normal. Hasta que toda la humanidad entera entienda que lo que ahora nos parece lo más normal del mundo, algún día deje de serlo.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

¿Por qué BodhiDharma se fue al Oriente? El ciprés en el patio. No tengas nada. Sé feliz.



En los días sombríos y lluviosos, siempre nos preguntamos lo mismo: ¿qué hay tras las montañas, bajando hacia el valle? Y la respuesta retumba entre los ecos del tiempo, más allá del umbral, junto a la puerta estrecha, en todos los recovecos: el mundo material. ¿Por qué hemos dejado el mundo material allí atrás? Porque en el mundo material no hay paz ni libertad para la mente. ¿Por qué? Debido a que la gente no tiene suficiente espacio para gobernar las cosas del alma, solo se preocupan en mantener las cosas del mundo de las formas. Todo su espacio está lleno de la idea del yo, abandonando por completo todo aquello que hay más allá de los valles. Las aficiones mundanas nos conducen a crear lazos y pasiones. Al final se pierde lo que amamos, por eso experimentamos el sufrimiento. Si dejas de tener apegos, dejas de tener dolor. Si vaciamos nuestra mente, si vaciamos nuestras vidas de cosas, podemos superar el sufrimiento.

En las montañas se tiene sed por liberar el alma. Primero, renunciando a uno mismo. Alejarnos del camino angosto del ego, donde se acumula el polvo y el hollín, para abrazar el mundo ilimitado del alma. El camino de la libertad absoluta requiere la absoluta negación del mundo material, el absoluto desapego hacia las cosas. Por ser eficaz, ¿no debe un faro estar lejos, en lo más alto? Inquebrantable, el faro permanece hasta descubrir bajo sus pies las raíces de la verdad, del camino, de la vida. Es allí, en lo alto, donde resplandece y guía. Es allí donde su propósito encuentra razón de ser. ¿Quién encerraría la luz de un faro entre el polvo y el hollín?

¿Hacia dónde va el maestro de mi ser? Se interroga la vida en las montañas, ausente y alejada del mundo material. Ferviente y perseverante, lejos de las distracciones e ilusiones, con el único fin de llegar al verdadero ser, a la verdadera unidad con el todo. La forma no difiere del vacío, ni el vacío de la forma. La forma es vacío, el vacío es forma. Uno va a las montañas para liberarse del polvo y la suciedad del mundo, de todo su ruido y aire impuro, buscando en la otra orilla un sopor de libertad. Pero todo esto es imposible si antes no has sido capaz de amar incluso la basura, el polvo del mundo y la angustia de la vida. La perfección solo puede alcanzarse abrazando todas esas cosas. Todo lo sucio, lo imperfecto, lo angosto, lo terrible. Alejarte de las cosas es entrar en un mundo de remordimiento, por eso, antes de subir a la montaña, hay que abrazar todas las cosas, hay que amarlas. A veces hay que volver al mundo, a la turbulencia de la vida, para encontrar el sentido verdadero.

Cuando los lazos que nos unen a este mundo se vayan cortando uno a uno, navegaremos entre dos orillas. La vida es para los que se quedan en el eterno fluir, la vida es para los que están vivos. El resto deambula confuso entre las tinieblas del deseo. Solo cuando no se tiene nada, se apaga el deseo, y solo cuando se apaga el deseo, se es feliz. Allí, en el patio, junto al ciprés, en lo alto de las montañas, mirando al oriente, ese lugar dónde se marchó BodhiDharma.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Cómo romper con la figura del gurú


 “Porque en esto, ni hay docente, ni alumno, no hay líder, ni gurú, no hay maestro ni salvador. Tú mismo eres el profesor y el pupilo. Tú eres el maestro, el gurú y el líder…Tú lo eres todo. Y entender es transformar lo que existe”. Jiddu Krishnamurti

Es muy difícil hoy día no caer en la somnolencia producida por un gurú, un maestro o cualquier otro tipo de autoridad carismática. En muchas ocasiones, las necesidades no cubiertas de la infancia o las carencias que en ella se vivieron se reproducen de forma análoga en la inmediatez de la edad adulta. Hay muchas personas que encuentran en alguna ideología, creencia o dogma un sustituto perfecto para esos vacíos existenciales. Y si esas ideologías, creencias o dogmas vienen acompañadas de la mano de un ser carismático, el coctel es perfecto. Esto crea una dependencia emocional que a veces incluye una dependencia económica e intelectual, siendo guiados, sin darnos cuenta, hacia una nulidad de nuestra propia identidad y propósito personal.

Es muy frecuente que por la “Hermandad del Espíritu Libre” lleguen todo tipo de personas que van buscando ese tipo de figura. Por eso, cuando se identifica esa necesidad de dependencia personal, se rompe con el glamour de cualquiera que pudiera estar ejerciendo algún tipo de autoridad carismática. Estamos convencidos de que, en esta nueva era, la autoridad debe ser grupal, y nadie, por más que destaque, puede interferir en esa idea. De ahí nuestra insistencia en la emancipación personal y en la no afiliación a nada ni nadie, si no es expresamente realizada desde la más absoluta libertad, autonomía y emancipación.

Intentar “matar al Buda”, como dice el antiguo koan oriental, es imprescindible para poder ejercer nuestra libertad. Los cantos de sirena de unos y otros a veces nos hacen modificar nuestras vidas hacia los caprichos aleatorios de terceras personas que solo nos utilizan, la mayoría de las veces de forma inconsciente, para satisfacer sus propias necesidades de aceptación y admiración, reconocimiento y vacío. Nuestras brechas emocionales, nuestros anhelos incumplidos, nuestras decepciones vitales, nuestras rupturas o carencias son caldo de cultivo para caer en las redes invisibles de la dependencia, muchas veces encubierta y disfrazada de amabilidad, conocimiento o sensibilidad excesiva.

Cuando alguien se acerca con ese tipo de necesidades, mostramos todo nuestro abanico de imperfecciones, sacamos nuestra mejor versión del payaso que llevamos dentro y rompemos con cualquier tipo de autoridad que pudiera ejercerse de forma consciente o inconsciente. A continuación, llega repentinamente una gran decepción por parte de la persona que reclama a viva voz ser víctima de los tentáculos de cualquiera que se le cruce en el camino. Para nosotros, esa decepción es un acierto, porque de alguna manera deseamos insertar la idea de que las personas sean completamente libres, independientes y pensantes, autogobernadas y soberanas.

Muchas veces no somos del todo conscientes de esas redes de dependencia que creamos en otros, o que otros crean sobre nosotros. Están tan disfrazadas que resultan difícil poder reconocerlas. Son dependencias insanas, que a la larga provocan un colapso en la personalidad. Poseer poder, o carisma, es una responsabilidad que hay que administrar con sumo cuidado para no crear codependencia. Unos por necesidad de admiración y los otros por necesidad de estima. El ego no sujeto a los designios de la consciencia a veces es tentado y tentador. Romper ese fino hilo es tarea ardua.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Como las fuerzas del mal ayudan a las fuerzas del bien


“Se mide la inteligencia de un individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”. Immanuel Kant

La dualidad es algo humano. El mal solo es una energía mal situada. Realmente, no existe en los planos arquetípicos un “mal” consciente. Existen fuerzas mal situadas, energías mal situadas, errores en los procesos evolutivos, dualidades necesarias para que la creación mantenga dentro de sí todo su poder creador. Si nos fijamos con desapego de nuestra propia dualidad humana, de nuestra propia moral y nuestra ética, no podemos juzgar negativamente los ciclos, los procesos, la dualidad en la que vivimos y tenemos nuestro ser. La noche es consecuencia de la ausencia de luz. Podríamos juzgar todo eso como algo negativo, sin embargo, esa oscuridad nos permite descansar, reposar, reflexionar sobre las acciones del día. La dualidad noche/día tiene su propio sentido. Igual ocurre con los ciclos que compaginan los solsticios con los equinoccios. La vida se recrea con fuerza gracias a las estaciones. No es malo el invierno ni bueno el verano. Cada uno, a su manera, tiene una gran función creadora.

En el invierno todo muere. El propio ser humano vive sus ciclos invernales. La enfermedad y la muerte, el sufrimiento y el dolor, la pérdida y la decadencia, forman parte de la vida. Son fuerzas de regeneración, de renovación, de procreación. Lo viejo y añil muere para que lo nuevo pueda restablecerse. Recicla lo caduco, permite la nueva vida. Vemos la enfermedad como algo terrible y la muerte como un drama, pero desde la aceptación, podemos pensar que estamos ante el propio proceso de la vida y alinearnos con desapego a sus ciclos.

El mal que hemos sufrido nos ha ayudado a crecer. Si pensamos en todo el dolor que hemos soportado en nuestras vidas, nos damos cuenta que fortalecieron de alguna manera nuestras almas, nuestra presencia integradora, nuestra voluntad de ser útiles a la vida. No hay mal que por bien no venga. Es abrumador pensar que es así. Que todo lo padecido sirvió para algo. A veces algo que no logramos comprender, analizar, visionar. A veces tiene que ver con una enseñanza sutil, algo que nos permitirá desarrollar nuestros dones y talentos en un futuro, nuestra apuesta por generar riqueza para todos, para el mundo en su globalidad. Riqueza exterior que ayude a embellecer el mundo. Y también riqueza interior, que nos ayude a ser hermosos, sensibles, desapegados.

Las fuerzas del mal nos ayudan a ser mejores. Durante siglos hemos vivido en constantes guerras, pero la peor de ellas, la guerra mundial, nos hizo comprender que ya era hora de empezar a entendernos, a dialogar, a cooperar. La humanidad, en un momento de trauma colectivo, comprendió que debía apoyarse, hacerse amiga, valorar al otro. Eso se potenciará aún mucho más en cada crisis futura. El mal que ahora perdura nos ayudará a reinventar nuestra condición humana, a vaciar de contenido todo aquello que es perjudicial, y hará que cada día más, nuevos visionarios dibujen las líneas que deberán llevarnos hacia otro estado de cosas. Un estado amoroso, pacífico, cordial, amable, alegre. Un estado que nos hará vivir en paz y prosperidad continua.

Empecemos a pensar en cual será nuestro legado, aquello que haremos que este mundo sea más hermoso y pacífico cuando no estemos. Dejemos una hermosa huella. Hagamos que el mal que nos asola, haga de nosotros personas buenas y mejores. No luchemos contra el mal, aceptemos su enseñanza y utilicemos su fuerza mal situada para crear bien. Busquemos en el jugo de la vida todo aquello que debe ensalzar la vida. Alegres, diáfanos, fuertes, sigamos el curso del devenir.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Gloria in excelsis Deo


Hoy contemplando la vida junto al antiguo monasterio de Samos

 

Miraba el reloj y parecía que no pasaban las horas allí justo en frente del antiguo monasterio. Junto al río, los árboles, ya brotados, ya verdes de nuevo, ya vestidos para la ocasión del renacer, miraban fijamente la escena. Allí no había tranvías ni ruidos. Solo una plácida brisa que se arremolinaba entre las copas. Nunca estuve en Dublín, por lo tanto nunca pude recorrer las estaciones de Blackrock ni Dalkey. Es curioso, porque una vez besé a una hermosa mujer irlandesa y recorrí casi todos los países europeos, pero siempre dejé para el final Irlanda. No es nada importante, pero hoy sentía como si de repente me hubiera mimetizado con los bosques y me hubiera convertido en una especie de elfo, o de duende/fauno, como hoy una conocida escritora me llamaba en el prólogo de un libro recién terminado. ¿Un duende/fauno? Quizás debería tocar alguna flauta y revelar el porvenir por medio de esas insospechadas voces que se escuchan en los bosques o a través de sueños.

Sí, las horas pasan. Los limpiabotas lo saben bien. Cada hora, cada instante, es un tapiz bermellón que se desgarra de nuestra cuenta vital. En ultramar tienen la costumbre de medir el tiempo de forma diferente. Pero si miramos a tientas el devenir, sabemos que estamos en una cuenta que se acaba, aunque no sepamos cuantos gramos de tiempo nos corresponden. En el fondo somos súbditos de todas esas limitaciones. Ya sabéis, el tiempo, el espacio y esa pequeña frustración por no sentirnos en todo momento libres. Siempre nos ata algo, algún reflejo, alguna emoción, algún pensamiento. Somos antorchas clavadas a una estaca en mitad de la noche. Un susurro imperceptible que ilumina centelleante en medio de una costosa nada. Como aquel estallido de sol que aparece al alba, para luego arrodillarse en el ocaso del día.

La irreparabilidad del pasado nos hace permanecer callados, contemplativos, silenciosos. Como si fuéramos responsables de todos nuestros errores y como si esos errores paralizaran toda nuestra vida. ¡Ay esos insensatos remordimientos! A cada nueva decepción, nos deprimimos aún más. En vez de gritar y liberarnos de esos grilletes que somos nosotros mismos, despejar la cuenta del mañana y saltar libres ante el indecoroso porvenir. Digo todo esto mientras escucho un canto en arameo, mientras tiro una moneda al aire y mientras bendigo la desigualdad de cada día, de cada pequeño fragmento de vida, recordando aún la tarde junto al monasterio.

Hoy es una noche extraña. Con voz baja y limitada intento comprender el aullido interior, la somnolencia de todo cuanto ocurre. Me he acordado de repente de Zoe. La vi solo una vez mientras cantamos salmos en una pequeña ermita. Su sonrisa era inolvidable, su alma exquisita. Era primavera en las altas planicies de Escocia, junto al mar, en la bahía. Aún hacía ese frío polar que arruga el alma, pero allí estaba su sonrisa inmortal. Bastaron veinte minutos de canto y cinco de paseo compartido para que su nombre y su mirada quedaran grabadas para siempre. A veces desearía tener ese poder sobre los otros. Un poder balsámico, complaciente, mágico. Sonreír y que ya nadie pudiera olvidarte, como ese evanescente reino de los olores que Jean-Baptiste Grenouille pudo crear alguna vez. A veces me pregunto si Zoe alguna vez existió, o fue producto de uno de esos inolvidables sueños. Veinte minutos de canto, cinco minutos de paseo. ¿Cómo te llamas? Le pregunté: Zoe, me respondió con esa inmortal sonrisa. Nunca más supe de ella, pero no importa, porque ella permanece.

También recordé aquel concierto donde la batuta parecía protagonista. Los recuerdos se amontonan en cada sintonía. Los tiempos han cambiado y ahora no sé cuando podré ir a Dublín. “Gloria in excelsis Deo”, era la canción. ¡Kyrie eleison!, me repito interiormente. La vida son instantes, instantes aquietados, de esos que van y vienen y se posan en tus rodillas para luego emprender el vuelo. No hay tiempo que perder, porque la cuenta sigue. Parece que no pasen las horas cuando te plantas en frente de los árboles. Pero algo nos dice que pronto o tarde, algún día, todo terminará. ¡Tu solus altissimus! ¡Cum sancto Spiritu!  Aún respiran las piedras del monasterio dentro de mí. Aún deseo vivir, y saberme inmortal, como Zoe.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Los dioses mueren y resucitan


John Collier, Lady Godiva, 1898.

 

«Muchos de los que duermen en el país del polvo se despertarán; unos para la vida eterna; otros, para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas por toda la eternidad» (Daniel 12:2-3).

Los que viven en el país del polvo tienen una vida difícil. Todo es gris y todo se relaciona fuera de los ciclos. No existe vida realmente, sino supervivencia para acondicionar cincuenta metros cuadrados de habitáculo, mantenerlo y desear que otros lo hereden. Es en verdad una vida llena de horror eterno, porque sin ciclos de vida, muerte y resurrección, nada tiene sentido. La oscuridad se cierne sobre ellos, y la vida deja de existir.

Aquellos que viven cerca de los ciclos, en la naturaleza, en el campo, en los valles, junto al río, en bosques perdidos o en las cumbres de las altas montañas, se asemejan a los dioses que mueren y resucitan, esos dioses invisibles pero reales que encarnan el poder de la fertilidad, que ante la muerte de cada año en el solsticio de invierno, despiertan y resucitan como el grano para reinar de nuevo en cada equinoccio primaveral. Como hicieron Atis, Tammuz, Baal, Adonis, Osiris y el mismo Jesús el Cristo. Murieron y renacieron, resucitaron a la vida eterna de la vida endiosada, de la vida de las esferas, de la vida intangible que aún somos incapaces de entender.

Es el patrón de la energía solar, como nos diría Charles-François Dupuis y en el que más tarde profundizaría Frazer, el patrón de la caída del hombre en el Génesis como una alegoría de las dificultades causadas por el invierno, y la resurrección de Jesús representando el crecimiento de la fuerza del sol en el signo de Aries, en el equinoccio de primavera, donde la vida resurge de nuevo con fuerza y vigor.

Sea como sea, es tiempo de que los dioses preparen su simiente, su siembra, su semen. La semilla entrará resucitada en la oscura tierra y desde allí buscará de nuevo el anhelo de la luz. Ocurre lo mismo con la procreación, con la creación de nuevas almas y nuevas vidas. El semen entra en la cueva, más allá del pubis, y allí se entierra anhelado para crear vida, vida que buscará resucitar a la luz en un ciclo mayor meses más tarde. Los mitos de antaño quieren recrear esa sensación de renovación, de expansión de lo vital, de fluir de los rayos del sol por toda la orbe de la existencia. El cosmos entero resucita una y otra vez en cada respiración profunda. Y así como es arriba, es abajo. De ahí la llamada, la fuga, el deseo de continuar con los ciclos.

En el mundo de las almas ocurre parecido. El propósito divino es siempre universal. Si aquí en la tierra el amor surge como expresión de renovación, también ocurre allí en los cielos. Si aquí nos tocamos, nos rozamos y nos compenetramos en el ciclo de la vida, allí arriba, en los cielos celestes, se regocijan ante el jolgorio y el cancionero primaveral. No solo las aves son capaces de expresar ese vigor. También la sabia de los árboles, los enamorados perdidos en prados y valles, sobándose ocultamente bajo la sombra de cualquier árbol, besando los labios como expresión de resurrección. El beso oculto no es más que la expresión más viva de todo aquello que resucita en nosotros.

Esa necesidad de abrazar de nuevo la vida, de volverla aliada, de conquistarla con deseo y belleza, con canto y desenfreno, en esa orquesta que reclama resucitar una y otra vez ante el espesor de la existencia, esa necesidad, hay que expresarla. Enamorarse de nuevo es resucitar a la vida de nuevo, es volver a reiniciar los ciclos, es sentir que todo tiene un sentido renovado, único, impermanente. Y es así, estando vivos, como brillaremos en el fulgor del firmamento.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Impermanencia estética


Pero mientras uno mismo no alcanza la profunda convicción de que este mundo fenoménico es irreal, no puede comprender su naturaleza, ni por ende librarse del sufrimiento. Y esa profunda convicción, que algunos llaman realización, solo surge después de estudiar las escrituras con suma atención y diligencia hasta llegar a comprender que el mundo objetivo es una confusión entre lo real y lo irreal.
Yoga Vasishtha

Llega la primavera con fuerza y la vida se manifiesta de mil formas. El suelo se llena de miles de insectos que corren ajetreados de un lugar a otro. Los aires se expanden con el canto de los pájaros y las flores empiezan a retoñar un año más. Empecé la primavera con un fuerte dolor en el pecho, con un parto doloroso. Fui a urgencias y me recomendaron unas vacaciones. Por suerte no fue nada. Solo un susto primaveral. Llevo días mirando a ver dónde ir de vacaciones para descansar y seguir la prescripción médica, pero me doy cuenta de que nunca hice vacaciones, sin más. Mis viajes siempre tuvieron algún sentido o propósito, y en ese trajín, olvidé descansar, desconectar… ¿A dónde ir en plena pandemia?
Pensé en recorrer las islas Canarias las cuales no conozco, o marcharme en coche por toda la costa ibérica, o hacer el Camino de Santiago por cuarta vez… No sé aún a dónde ir, a qué lugar marcharme para descansar… Si es que eso es posible para mí, porque viendo la lista de tareas siempre pendientes y todo lo que hay siempre por hacer, me resulta difícil pensar en marcharme a algún lugar que me permita cierto silencio interior.
Al menos esta semana pude terminar el libro que llevaba escribiendo desde hacía dos años con Emilio Carrillo. Hoy escribí las últimas palabras de “La Gestión del Misterio”, con la esperanza de que su venta pueda ayudar a conseguir algún dinero para la construcción de la futura escuela. Siento cierta convicción interior en la necesidad, no personal, sino colectiva, de apoyar esta causa. Siento eso que algunos dan por llamar llamada, y siento la necesidad de sacrificio a la hora de hacerlo. Por eso me cuesta pensar en vacaciones, a pesar de que esta vez el cuerpo me empieza a avisar de que requiero ciertos reajustes y descanso.
Mirando interiormente, admito que ciertas ganas de aventura tengo, a pesar de la pereza que cualquier movimiento vital suponga. Aventura material, pero también emocional e intelectual. No sé si estoy preparado para volver a enamorarme, pero a veces no descarto esa descabellada idea. Al menos, el poder compartir algún tipo de locura, aventura o complicidad, aunque esta fuera tan sólo mística o intelectual. La primavera explota también en nuestros adentros y nos llena de vida y deseo. Forma parte de la experiencia humana y nos empuja a brillar de forma especial.
Por si acaso al final me marchara a caminar por los caminos, me corté el pelo al rape. Llevaba ya muchos meses con el pelo largo y tocaba renovación, cambio, impermanencia estética. Una forma de alejarnos radicalmente de lo irreal de las formas y empatizar con la convicción de lo profundo. Lo epidérmico también tiene sus cosas bellas. Pero lo profundo nos llena la vida. ¿Y cómo compartir, o con quién, el bagaje profundo? En ese sentido me siento algo huérfano, al mismo tiempo que privilegiado por haberme reconciliado por fin con la soledad y el deseo de abrirme de nuevo a lo que surja, si es que tiene que surgir algo, sin añoranzas, sin rencores pasados, sin arbitrariedad ni perspectiva ninguna. Estoy aprendiendo a sembrar sin esperar fruto ninguno de la siembra. Alejado del resultado, cultivo un huerto hermoso, interior, a la espera de que la vida y la verdad se expresen en todo el camino.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

El alma. Ese gran océano


© Olivier Robert

“Almas pasajeras, vais a comenzar una nueva carrera y a entrar en un nuevo cuerpo mortal. No será hado quien os escogerá (…) La virtud, empero no tiene dueño; cada quien participa de ella según la honra o la desprecia. Cada cual es responsable de su elección, porque Dios es inocente”. La República de Platón

La ley del servicio es muy clara en sus tres aspectos interiores. El primero es inofensividad, en actos, palabras y pensamientos. El segundo, es dejar que cada cual pueda servir según sienta. El tercer aspecto es permanecer y obrar desde la alegría, alejándonos de la crítica, la división y la tristeza.

Dicen que nos definen nuestras acciones, y no nuestras palabras. Nuestras acciones nos empujan a engrandecer nuestro ego o a volverlo transparente, casi invisible, para que el trabajo de la unidad cobre importancia. Dicen que si queremos cambiar el mundo, debemos empezar haciendo nuestra cama. ¡No os vayáis de la Tierra! Gritan a aquellos que creen que su misión ha sido cumplida y desean “volver a casa”. Dicen que la restauración de los misterios se hará a la luz del día, en un tiempo clamoroso, porque nadie verá. Dicen tantas cosas…

El egotismo es robusto. El orgullo nos invade. La gracia de todo es que en el fondo todo es gracioso. Todo se derrumba cuando la vida te estruja el pecho. Duele, crees morir, te desmayas de dolor hasta que de repente te levantas en un hospital y nada tiene sentido porque puedes partir en ese instante, dejando toda la obra inacabada, todo sin hacer, con todo aquello que pudo haber sido convertido en nada. El dolor te oprime y te reduce a cenizas toda ilusión, toda confusión, todo ardor. Te tumba y te pregunta si deseas seguir viviendo o, por el contrario, te rindes ante el sufrimiento, la pesadez, el tedio, y todo cesa.

¡Cuesta tanto recordar! ¡Cuesta tanto ver las vaporosas y sempiternas energías recorrer todos los cuerpos vivos! ¡Cuesta tanto rasgar el velo! ¿Cómo abandonar ahora? ¿Cómo retroceder una vez más? De nuevo el egotismo robusto.

Cuando la muerte acecha uno se rinde. Se arrodilla, se mezcla con el dolor y el karma mundial. Palidece, se ofusca. La renuncia material no es suficiente porque aún queda una renuncia aún mayor. La muerte del ego, y con ella, la resurrección del alma. El descubrimiento terrible es saber que el alma no es tuya. No hay un “yo” alma. El alma se fusiona en lo grupal, y el “yo” desaparece. De hecho, no existe realmente algo parecido a “un” alma, sino más bien al Alma, a la colectividad de Almas que conforman el Gran Espíritu, el gran océano que somos. Y allí no hay ego, ni personalidad, ni pensamientos ni emociones que uno pueda recordar amablemente. Allí nada es heredado, nada nos pertenece.

La cultura en la que vivimos nos intenta imponer la creencia de que el renacimiento incluye sobrevivir a cierta memoria. Es cierto que hay una memoria colectiva que prevalece en los genes materiales y psíquicos de la humanidad. Cuando recordamos supuestamente vidas pasadas, estamos recordando vidas pasadas de nuestros ancestros, cuyas memorias permanecen ocultas en nosotros, en nuestros propios genes, fruto vivo de su legado. Pero el alma no tiene memoria de vidas pasadas, ya que su aprendizaje es colectivo, grupal. Cuando uno de nosotros muere, lo hacemos de verdad, y al hacerlo, el alma colectiva y grupal se enriquece de nuestra experiencia y crece, se ensancha, se expande. La gota de agua que somos se fusiona en el gran océano de la vida, y al hacerlo, ensancha el río, el mar, pero no su individualidad, efecto de la gravedad, de una corta vida, de un instante de pesadez y gravitación. La gota desaparece en el gran océano, al igual que nosotros desaparecemos en el invisible mundo de las almas, del Alma océano.

La ley del servicio expresa esta realidad. Debemos disponer de una profunda inofensividad para comprender esta realidad. Debemos dejar que cada gota caiga allá donde haya sido requerida por la gravedad del instante y debemos integrarnos en el gran océano del espíritu desde la alegría de haber cumplido con nuestra parte. Al hacerlo, moriremos en la humildad más absoluta y nada, absolutamente nada, ni tan siquiera nuestra memoria, vendrá con nosotros, al Nosotros. Todo lo que es de la tierra, en la tierra queda, y aquello que pertenece a lo intangible, a lo incoloro, a lo invisible, allí rebrota anónimamente. Esa es la gran transfiguración, la gran renuncia, el gran sacrificio del que nadie habla. Esa es la inofensividad y la alegría a la que nos enfrentamos cuando hayamos cumplido libremente con nuestra parte. Realmente, aunque no lo creamos, “volver a casa” es volver a desaparecer, una y otra vez.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Escritura en la naturaleza (Nature writing). Una relación original con el universo


 

Guarda bien tus momentos libres. Son como diamantes sin cortar. Deséchalos y su valor nunca será conocido. Mejóralos y se convertirán en las gemas más brillantes de una vida útil. Emerson

Fue el trascendentalista Ralph Waldo Emerson quien nos incitó a tener una relación original con el universo. Y fue Thoreau quien nos acercó de forma directa desde Walden a esa nueva relación. La intermediaria fue la naturaleza, los bosques, las montañas. Thoreau exprimió al máximo su aventura de dos años, dos meses y dos días en los bosques. Supo sacar jugo y supo entender, de forma directa, la relación estrecha del ser humano con la naturaleza. Aunque su relación fue breve, como una especie de amor primaveral, sirvió de inspiración a muchos otros osados creadores que de alguna manera querían imitar la bucólica imagen de vida paradisiaca en los bosques, escribiendo, creando, participando de la vida de forma estrecha.

Algunos amigos me llegaron a llamar el Thoreau español cuando con mucha modestia decidí vivir en los bosques, en una pequeña cabaña construida por mí mismo. Pensé ingenuamente que vivir en una cabaña sería fruto de inspiración, pero en el trayecto sacrifiqué una condición indispensable para toda obra creadora, sea artística, científica o espiritual: la soledad. Es cierto que mi relación con la naturaleza y el entorno fue completamente estrecha, pero quise hacerlo, a diferencia de Thoreau u otros escritores afines, en comunidad, en grupo, con más gente. Así que mi sueño bucólico de escritor viviendo en los bosques se tornó un fracaso. De hecho, en los siete años que llevo viviendo aquí, no he escrito ningún libro, después de más de una docena de libros escritos cuando vivía en soledad en otros páramos. ¡Qué gran paradoja!

Aprovechando que un fuerte dolor en el pecho me ha inmovilizado en la cama y observando la naturaleza en silencio desde esta pequeña cabaña, me surge la necesidad interior de volver a escribir como forma de transmitir ideas, visiones y nuevos paradigmas. El ejemplo pragmático de convertir esta tierra en un ideal, es un buen relato al que habría que ponerle letras, tiempo, esfuerzo y soledad. Ayer, cuando de nuevo volví a subir a los tejados para instalar una chimenea me volvía a preguntar interiormente qué hacía haciendo esas cosas. Me saltaban dudas, algunas profundas y primordiales, especialmente cuando sobre el tejado de repente me dio ese dolor que intentaba disimular para no asustar al personal. Supongo que la idea de perderlo todo de nuevo ha creado un estrés añadido en mi interior, y este se manifiesta de esta manera. Aunque psicológicamente me siento fuerte y preparado para afrontar la perdida, es evidente que la procesión va por dentro.

Quizás lleve sobre mí una carga excesiva de cosas. Quizás debería reposar, descansar, cuidarme, y pasar algunas horas sin hacer nada, o al menos, en soledad, haciendo lo que me gusta, escribiendo, paseando, observando la naturaleza desde una tranquilidad y reposo absoluto. Ayer por la tarde alguien se ofreció a darme un masaje en los pies para ayudar con el dolor. Estaba tan cansado que me quedé traspuesto tumbado en la hierba. Cuando desperté, estaba totalmente abrigado con mantas. No sé cuánto duró ese masaje, pero sentí que esos cuidados me habían beneficiado.

Por eso en el día de hoy pensaba que debía, como nos advertía Emerson, buscar una relación diferente con el universo. Me pasé todo el fin de semana trabajando en la huerta, sembrando mil cosas aprovechando que los días eran propicios. Cuando consigo robar algo de tiempo al tiempo intento poner orden en las cosas de la editorial, sufragando con ello los gastos que este proyecto requiere. Pero hoy solo me apetecía imbuirme en la escritura, en el diálogo con la naturaleza, sobre la naturaleza. Incluso retomar el libro que empecé hace siete años que trataba sobre mi vida en los bosques y que nunca pude terminar. Si lo hubiera terminado en ese tiempo hubiera creado escuela, pero ahora solo sería uno más en una tradición que ya se ha vuelto una moda: la nature writing, la escritura en la naturaleza, sobre la naturaleza, de la naturaleza.

Quizás debería descansar un largo tiempo, dedicarme a escribir desde esta hermosa cabaña, observando todo lo que transcurre en torno a este privilegiado lugar, dejándome imprimir en mí toda su grandeza y misterio. Dejando que el descanso y la contemplación sirvan de inspiración para crear cosas nuevas. Demasiadas cosas, demasiado estrés acumulado para lo que pretendía ser una vida bucólica en mitad de la nada. Iré a descansar, como decía el poeta, con la cabeza entre dos palabras, al valle de los avasallados. Toca descansar para afrontar los próximos días, que serán igualmente, difíciles.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

 

Shraddha


Krishna y Radha, la pareja cósmica… 

 

“Tu verdadera preocupación solo debe ser la acción del deber, no los frutos de la acción. Arroja de ti todo deseo y miedo por los frutos y lleva a cabo lo que es tu deber”. Krishna a Arjuna en el Bhagavad Gita.

Llega la primavera y dan ganas de enamorarse. Iríamos hasta el fin de la tierra si hiciera falta, hasta los límites de lo insospechado si se diera un solo resquicio de oportunidad. Pero luego recordamos en qué mundo vivimos y en la imposibilidad de mirarnos al espejo y no salir corriendo, y desistimos. Ya no vamos buscando por ahí una hembra exuberante como la que Bloom describía en el Ulises de Joyce. A ciertas edades, no se trata de belleza exterior lo que se busca. Más bien de complicidad, pero no de cualquier complicidad, ni a cualquier precio. La complicidad de la que hablamos tiene que ver con la shraddha oriental, la fe perfecta, la que practicaban los antiguos upāsakas y upāsikās. Es algo aún incomprensible, pero confiamos que alguna vez, tras el final de los tiempos, tras el final de la tierra, se dará.

La primavera tiene estas cosas. Ese impulso de vida exuberante, esa brillantez radiante en cada atardecer infinito. Los soles que adumbran una y otra vez en estas fechas traen consigo la resplandeciente esperanza de la vida. Añoramos aquel tiempo, ya casi pletórico, en el que la primavera era potencialmente significativa para el olfato, para el deseo, para la explosión vital. Desistir a la aventura, a sabiendas de las consecuencias finales, nos vuelve prudentes, casi diríamos que disidentes en cuanto a contingencias incontroladas. Sí, dan ganas de dejarse llevar por cualquier oportunidad volcánica, por cualquier erupción nocturna, hechicera, cargada de fuego y lava. Dan ganas de abrirse al despecho descontrolado y sofocar a base de agua y lagrimal todo cuando explote en las manos. Sí, llega la primavera y dan ganas de volver a enamorarse… pero esta vez con shraddha.

Pero luego, luego miramos el mundo… La ambiciosa meditación nos aparta de nuestra propia naturaleza y sus placeres. Nos aleja de la idea incomprendida aún de que quizás pudiéramos de nuevo enamorarnos o ser conquistados por la belleza extenuante de una ráfaga inmortal. Podríamos pensar que tras el velo de cualquier portal andará de nuevo la semilla esperando, el porvenir de la raza, el encanto de sabernos un dios al transmitir vida tras vida la inmortalidad. La saga imperecedera de la carne, interrumpida por este mundo actual, por estos tiempos, parece morir hambrienta. De forma contundente lo decía Daniel: “y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, estos para la vida eterna, aquellos para oprobio, para eterna ignominia”. Es una profecía zoroástrica sobre el fin de los tiempos, el fin de la tierra, la finisterra. Un tiempo en el que la primavera dejará para siempre de inocular vida, volcán y fuego en los amantes sempiternos, alejados para siempre de la shraddha.

Estamos de nuevo como en el final de una era caballeresca védico-aria. Un final de los tiempos donde el amor ha dejado de expresarse y de tener valor. Un momento de dolor, de cierre, de estreñimiento. Terminó la era del uncir, del verdadero yoga, del acoplar una cosa con la otra. Buda expulsó al testigo y nos llevó hacia la era del conocimiento puro, donde el amor primaveral ya no tiene sentido. El gran santo indio Ramakrishna contaba que una mujer se le acercó una vez para confesarle que había dejado de amar a Dios. “¿Entonces, no hay nada que usted ame?”, le preguntó él. Ella respondió que amaba a su pequeño sobrino, y él le respondió: “ahí, ahí está su Krishna, su ser amado. Al servir a esa criatura, estás sirviendo a Dios”. De igual forma cuenta la leyenda que el pequeño Krishna nos hizo venerar a las vacas, porque allí, en ellas, también estaba Dios.

Quizás en estos tiempos de confusión, de falta de primaveras, de volcanes y erupciones, tengamos que empezar amando lo sencillo. Todo aquello que nos rodee y produzca auténtica devoción. Y podríamos con ello pensar que, empezando de nuevo, como los antaños caballeros de la era védico-aria, quizás podamos aprender a amar, aprender a explosionar con la primavera, y llenar nuestras vidas, de vida, de shraddha.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Profecías para el 2025. “Y en Tu luz veremos la luz”



“En ti está la fuente de la vida, y en tu luz veremos la luz”. Salmo 36-9

No sabemos nada relativo a la realidad del alma. No poseemos ninguna pista ni verdad sobre su existencia. Sin embargo, dicen las profecías que, a partir del año 2025, el cuarto rayo de armonía en el conflicto tomará forma en nuestro planeta, y con ello empezará a desgarrarse los velos que nos separan de la luz y todas sus manifestaciones. Cientos de miles de personas empezarán a prepararse para convertirse en agentes transmisores de la luz del alma. Esto ahora mismo es incomprensible y carece de importancia, pero cientos de personas se están preparando invisiblemente para este importante evento en la evolución humana, evento que se irá desarrollando en los próximos dos mil años.

La preparación es básica y compete a aquellos más avanzados, canales vivos de nuevas verdades, de nuevas visiones y realidades que en un futuro conformarán el devenir en la Tierra. Pronto las enseñanzas dejarán de versar en los axiomas fenomenológicos y versarán sobre la experiencia real del alma, sobre la posibilidad de un contacto seguro con la fuente, con sus fuerzas y energías, con su esplendor, con su luz.

Y será en esa nueva luz donde veremos la luz en toda su magnificencia. Una luz que llegó tímida a nuestro planeta bajo el formato nacido de la electricidad, pero que avanzará simbióticamente con igual rapidez en nuestro interior. La lámpara maravillosa se abrirá camino dentro de nosotros e iluminará todos los recovecos de nuestro aspecto inferior, tiñendo de luz pura todo nuestro ser.

Todo esto disipará los espejismos, hará que nuestra alma ejerza poder sobre el vehículo que somos, y hará que se manifieste una realidad mayor, vasta, increíble. Habrá en este tiempo una purificación mediante el fuego, un fuego que simbólicamente será aplicado a las aguas, creando un vapor, una neblina, una confusión profunda parecida a la que ahora padecemos. Las brumas y los espejismos aumentarán en este próximo tiempo creando confusión, hasta que consigamos salvar con éxito nuestras vidas entre nieblas.

Hasta el 2025 quedan unos años de confusión y crisis. De forma paralela vivirán dos mundos. Uno que representa lo antiguo, el viejo paradigma, lo añejo y oxidado. Y otro, muy reducido aún, que verá la luz en lugares remotos, casi inaccesibles, y que serán las semillas del futuro.

En esos lugares se aprenderá a anhelar, desear y planear cosas que tienen que ver con una dimensión diferente. En esos lugares se asestará un ansiado golpe al egoísmo innato y nacerá una determinación a la hora de pensar en términos más amplios e incluyentes, generosos y colaborativos. En esos lugares el grupo comenzará a significar para cada uno de nosotros, algo más amplio, extenso e importante que el uno mismo. En esos lugares empezarán a revelarse una visión más profunda, un enfoque superior, revelándose poco a poco nuestro lugar en el todo mayor. Se revelará una nueva creatividad y la vida ya no será nunca más la misma. Los más despiertos y lúcidos crearán o vivirán en esos lugares, y serán invisibles y anónimos para el que aún no haya despertado a la realidad del alma. Las semillas de la fuente de la vida serán plantadas, y nacerá en la nueva humanidad la luz revelada.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Siete pasos seguros para la práctica de la Inofensividad


 

Magnum, o Asclepi, miraculum est homo (“Gran milagro es el hombre, ¡oh, Asclepio!”)
Cita de Hermes Trismegisto con la que comienza la Oratio Ioannis Pici Mirandulani Concordiae Contis.

 

El ser humano es un milagro que se encamina hacia un futuro hermoso, culminante de un proceso evolutivo que no terminará en él mismo, sino que continuará en estados más perfectos de consciencia, de evolución, de vida. Ese camino está marcado, y cada vez se estrecha a medida que la humanidad avanza de su estado más primitivo, salvaje y violento, a uno más armónico, evolucionado y pacífico. Para ello, el ser humano debe refinar sus cuerpos, sus vidas, su consciencia, y debe ser consecuente con su propia madurez interior. En ese trazado casi arquitectónico, el camino, los caminos, llevan inevitablemente hacia la inofensividad.

Inofensividad es una palabra incomprendida hoy día, devaluada, impertinente en un mundo que se rige principalmente por la ley violenta del más fuerte. Una ley acomodada a los tiempos, pero intransigente. Sin embargo, para crecer humanamente y acompañar nuestras vidas de un sentido más amplio, debemos profundizar en la inevitable inofensividad. Tratar de vivir inofensivamente, en pensamiento, palabra y acción, no es suficiente. Debemos examinar el efecto emocional que producimos al otro, de tal manera que ningún estado de ánimo, depresión ni reacción emocional puedan dañar al semejante. La violenta aspiración espiritual, a veces convertida y cristalizada como dogma o ciega obediencia, y el entusiasmo mal aplicado o mal orientado, pueden fácilmente herir a un semejante. Es por ello que debemos cuidar las tendencias erróneas que nos empujan a actitudes, a veces inconscientes, violentas. Debemos huir con precaución de la demostración de fuerzas concentradas en la autoimposición, el autoengrandecimiento y la autosatisfacción. La inofensividad se manifiesta en el pensamiento correcto, el cual está basado en el amor inteligente; en el hablar correcto, regido por el autocontrol; y en la acción correcta, fundada en la comprensión de la ley natural de todas las cosas.

La inofensividad permite limpiar nuestra casa interior y purificar nuestros centros de energía, atrayendo hacia nosotros una vida más amplia y sentida. La práctica de la inofensividad limpia nuestros canales obstruidos y permite la entrada de energías superiores las cuales nos llevan hacia el mágico mundo de la intuición, el cual se rige por leyes y mecanismos diferentes a los usualmente aceptados. Existen para ello siete pasos seguros para la práctica de la Inofensividad:

1. Inofensividad en la materia. Lo que hacemos en la vida cotidiana crea un campo magnético de resonancias que influyen en nuestro entorno. Todo aquello que hacemos desde la inofensividad crea campos positivos de acción global. Inofensividad en la vida cotidiana, especialmente en la alimentación, libran al mundo de la gran batalla astral, de la gran pandemia del dolor de nuestros hermanos animales. Inofensividad con nuestros cuerpos, con lo que comemos y bebemos, es un primer paso para crear cuerpos cada vez más libres, luminosos y sensibles a un nuevo mundo. La paz en nuestro planeta no llegará hasta que no comprendamos esta urgencia mundial. Uno de los grandes retos humanos de nuestro tiempo es alcanzar la inofensividad con nuestros hermanos animales.

2. Inofensividad en nuestros estados de ánimo, en nuestras energías y fuerzas, en aquello que crea en el entorno alegría y bienestar. Limpieza con agua abundante, dentro y fuera, baños de sol abundante y aire libre producen como resultado una energía limpia que acompañada por una dieta limpia, produce un campo áureo poderoso, inofensivo, radiante.

3. Inofensividad en nuestros deseos, en nuestras emociones, en nuestro torrente de sensaciones y palpitaciones emocionales. Esta es nuestra gran batalla actual. Debido a que los dos primeros escalones no están aún totalmente completos en cuanto a la inofensividad, sufrimos en exceso en el tercer y más problemático escalón: el mundo del deseo, las emociones y lo astral. Vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser en el mundo del deseo, la ilusión, el maya, el glamour.

4. Inofensividad en nuestros pensamientos, los cuales deben ser siempre inclusivos, armónicos, poderosamente positivos. Nuestra mente, aún en estado latente, está empezando a despertar a fuerzas poderosas, las cuales solo llegarán a nosotros cuando los tres primeros escalones de la inofensividad hayan sido completados. Empezaremos a crear mundos y realidades positivas cuando tengamos plenos control sobre la inofensividad de nuestro pensamiento brillante y poderoso.

5. Inofensividad en nuestra capacidad de conectar con la Inteligencia Activa del Universo. Sobre esto poco se puede decir, por ser un complejo estado del Ser que aún no hemos alcanzado del todo. Es a partir de aquí cuando se abre las puertas de los misterios y arquetipos. Es en este superior estado humano cuando la comprensión empieza a tejer nuestra realidad, creándose un compromiso verdadero con los arcanos de la creación.

6. Inofensividad en nuestra capacidad de amar desde una completa sabiduría. Esta capacidad está solo habilitada para aquellos humanos completos que han superado fases anteriores en los procesos evolutivos y que expanden e irradian el ideal del sacrificio de la personalidad para albergar el nacimiento del alma en sus vidas.

7. Inofensividad en nuestro poder, en nuestra voluntad y en nuestra capacidad de alentar a los dioses y los universos. Esta quizás sea la mayor de las pruebas y el mayor cuidado a la hora de practicar la completa inofensividad, poderosa, creadora de mundos, soles radiantes que sin quemar, protegen y alimentan mundos y vidas.

Todo esto carece de significado porque muchos confunden inofensividad con simple bondad o incluso atontamiento, flojera o debilidad. Para los que así piensen estas palabras no tienen sentido. Para los que creen en las fuerzas superiores, en la consciencia plena, en el despertar del ser humano completo e integral, el camino está marcado. La inofensividad es un estado del ser que se manifiesta a medida que nuestra alma gobierna nuestras vidas. Solo cuando esto ocurre nos conmueve de igual manera la vida de un animal que la explosión radiactiva de un astro cósmico. Dicha conmoción provoca un sentido enorme de responsabilidad y un compromiso activo con la vida y sus misterios, y una acción silenciosa que posibilita la irradiación de luz, poder y amor.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Siembra


El sembrador, Jean-Francois Millet

 

Siembra antes de que la tierra se vuelva infértil. Cuida lo sembrado, no importa si siembras una familia, una causa, una soledad, una amistad, un porvenir. Riega de a poquito, sin excesos, pero que nunca falte el agua. Busca luz para tu siembra, algún día la necesitará, al igual que ahora te cuidaste de preparar la tierra, de abonarla pacientemente y de comprobar que las fases de la luna eran propicias para diseminar la semilla. Siembra un hijo, siembra un pensamiento, una idea, un libro, un árbol, un fruto. Siembra amor, al menos una sonrisa amable. Siembra una mirada sincera, una tierna caricia inesperada o ese profundo abrazo mañanero al primero que ose rodearse entre tus brazos. Siembra una burla, una broma, un cosquilleo, nunca sabes el bien que puede hacer.

Siembra una emoción dulce, un velo oculto, un misterio. Siembra duda allí donde la certeza se torna dogma. Siembra espíritu allí donde solo hay materia y siembra alma allí donde todo es inerte. Siembra vida en la roca, siembra ardor en lo tenue. Siembra melodía en el silencio y silencio en el ruido. Siembra rumor en la noche y suspiros cuando eches de menos a aquella persona que te dejó. No dejes nunca de sembrar, ni siquiera tan solo para tu causa. Siembra para otras causas sin esperar fruto. Siembra por todas partes aquello que puedas. A veces fuerza, a veces dinero, a veces apoyo, a veces simplemente un mensaje alentador. Siembra como el sabio que planta árboles, no para refugiarse en sus sombras futuras, sino con la esperanza de que las futuras generaciones lo hagan. Siembra lucidez, pasión, verso. Siembra poesía y siembra sed de justicia. Siembra esas semillas anónimas que recibes para que den buen fruto. Siembra en ellas intención y amor.

Siembra oración. Nunca sabemos qué habrá más allá, cuando todo palidezca y se marchite. Siembra esperanza y fe, no vaya a ser que luego hubiera otro amanecer, otro despertar, otra jornada nueva de cien años. Siembra siempre pensando no en el ahora, sino en el mañana, en los otros. Siembra a sabiendas que no todo germinará, y que muchas de las semillas caerán en tierra inerte, o serán arrasadas por las heladas nocturnas, o por la insoportable sequía de un mal año. Siembra a sabiendas que quizás en uno o diez años no cosecharás nada, porque hay fruto que tarda en madurar. Sé consciente de los ciclos, y sé consciente de aquello que siembras y para qué lo haces. Cuanto más desapegada sea la intención, mayor disfrute habrá el día de la cosecha.

¿Recuerdas aquellas tardes de plácido verano, cuando dormías plácida a media tarde y de fondo se escuchaba la música de la cosecha? Melodías inolvidables que indicaban que era tiempo de disfrute y sobre todo, de pensar en la nueva siembra. Aquellos paseos inolvidables por los campos dorados, aquellas risas felices de tiempo despreocupado. ¿Recuerdas cuando aún jóvenes, había deseos inmensos de vida, de aventura, de conocimiento? Sin darnos cuenta, el tiempo pasa, pero eso ya no importa. No olvidemos los ciclos. No olvidemos seguir sembrando, nunca se sabe qué frutos nos aguardan.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Al margen del agua


Lu Zhishen arrancando de raíz un árbol, en el relato al Margen del agua, en el pasillo largo del Palacio de Verano. Siglo XIX.

 

El amor débil e incierto, que diría Tagore, nos expulsa del paraíso de la continuidad. Suplicamos abrazar las certezas mientras vemos como todo se escurre entre las manos del tiempo. Los deseos abordan nuestras vidas. Nos levantamos deseosos. Nos acostamos deseosos. Promulgamos deseos inconexos, sin sentido, abrazados a polos opuestos, divergentes. No somos capaces de honrar la sencillez, y menos aún de volvernos sencillos y dóciles a la vida. La soberbia, el glamour, la ilusión nos atrae mucho más que la propia vida. El camino se estrecha cada vez que intentamos aproximarnos a la puerta del misterio. Se estrecha y estrecha y vemos que no podemos entrar. Demasiado equipaje, demasiado peso.

Los reyes siempre nos son más propicios que los locos, los vagabundos o los payasos. El poder nos atrae más que la sencilla puesta de sol. Nos demoramos perezosamente cuando tenemos que arriesgar algo que para nosotros es valioso. Olvidamos la verdadera meta de la vida porque, tan distraídos como estamos, no somos capaces de comprender a qué hemos venido al mundo. Día a día, a base de continuos rechazos, nos apartamos de la existencia. El deseo nos puede, nos inunda, nos aparta.

Cuando la puerta se vuelve totalmente estrecha, debemos vigilar nuestro estómago, todo nuestro cuerpo. Es fácil verlo engordar cuando el deseo nos subyuga. Se crea una capa creciente que intenta apartarnos de todo lo real, y de paso, protegernos. Es una protección que deriva de nuestras propias contradicciones. Por eso, cuando vemos que el abdomen crece excesivamente o nuestras carnes se inflan hacia fuera, es importante perseguir la raíz del hinchazón. La propia sociedad engorda. Se protege, se esconde, se marchita. Adelgazar el cuerpo solo es posible cuando se adelgaza el alma, y eso solo es posible con sacrificio. Lo que uno come, lo que uno habla, lo que uno hace, deben estar siempre en sintonía. Nuestras acciones diarias deberían ser un campo de entrenamiento mucho más poderoso que aquellos que durante años ofrecían entrenamiento en duras condiciones.

Mencionan algunas crónicas que había un personaje llamado Lu Zhishen, también conocido como el Monje Loco. Era un monje apartado de la doctrina. Dejó de meditar, dejó de ofrecer servicio, dejó de practicar la enseñanza. Cometió tantas imprudencias que se vio obligado a ocultarse en los márgenes del monasterio de la montaña Wutai. Este monje que bebía vino, comía carne y al que le gustaba pelear vivía siempre al margen de las aguas del monasterio. Las crónicas mencionan abruptos relatos de muchos monjes que vivían al margen de los monasterios debido a que violaban una y otra vez las reglas y doctrinas elementales. Los discípulos que irrumpen e incumplen las reglas básicas de la iniciación viven siempre al margen, bajo el prisma del deseo, incumpliendo las reglas básicas de comportamiento iniciático, engordando con sus deseos y sus distorsiones. Sus cuerpos delatan sus hábitos, sus miradas serpentinas irrumpen con fuerza en la poderosa llama astral, atrayendo hacia sí divergentes líneas invisibles. Navegan entre la luz y la oscuridad, pero siempre fuera del templo.

Vivir al margen del agua requiere disciplina, reconocimiento de la antigua doctrina, silencio mental, silencio astral, silencio material, inofensividad. Cuando Lu Zhishen bebía vino y comía carne estaba despreciando el camino, estaba apartando la mirada de la inofensividad necesaria para hollar el sendero estrecho. Por eso lo apartaban del ashram, del monasterio, y por eso deambulaba perdido a las puertas del templo, ebrio, violento, cegado. El amor débil e incierto, que diría Tagore.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Séptimo aniversario


Primeros días en O Couso

 

Hoy hace siete años tres locos ilusionados iniciaban un proyecto visionario. Los vecinos y vecinas dudaban, flipaban y todavía no entienden. Los que hemos tenido la suerte de descubriros y de compartir parte de estos años hemos sido tocados. La magia de o Couso toca, a algún nivel, en alguna dimensión… ¡pero no tengo duda de que toca y transforma! He visto más de un “milagro” inexplicable en este espacio físico y virtual que habéis ido creando y tejiendo. Nos unen lazos no visibles a los que hemos sido tocados por esta magia. Hay dificultades … y muchas, momentos de tristeza, dolor rollos, desencuentros …. nadie dijo que el trayecto sería fácil. ¡Y con todo ello, el proyecto sigue siendo mágico … y enamora a algunos de los que nos acercamos!  ¡¡¡¡Disfrutad mucho!!!! Un súper abrazo… M.

Hoy recibíamos estas bonitas letras de una amiga del alma que llegó hace siete años a este lugar casi de paso, y ya se quedó para siempre en nuestros corazones. Su hermoso testimonio forma parte de esa argamasa que ha hecho crecer este sitio, de ese lazo místico que se ha ido tejiendo entre unos y otros, de esa magia constante, sanadora, imprescindible. Hemos crecido gracias a la levadura de todas esas personas que han hecho de este espacio un milagroso lugar. Casi no tenemos palabras para poder expresar con efectiva claridad todo aquello que ahora nos bulle. Tampoco tenemos palabras para todos aquellos que se fueron y nunca más volvieron. Esos son especialmente los que más llevamos dentro, por la tristeza, por el ardor de no haber sabido cuidar de todos ellos, por no haber sabido atender con mayor amor a todos aquellos que vinieron para enseñarnos grandes lecciones y se fueron para siempre.

Después de haber conocido esta experiencia, la vida nos ha transformado, nos ha dado una visión diferente, y nos ha permitido crear lazos infinitos con cientos de personas que van y vienen, pero que siempre están aquí, dentro de nosotros. Estamos hablando de una comunidad no residente, de una comunidad viva que se expresa en este lugar y que está presente en todas nuestras meditaciones, en cada una de las piedras levantadas entre todos. Una comunidad de ética viviente que ha crecido y se ha expandido, y que en estos meses, empezará a recoger algunos de sus frutos.

Para celebrar tan hermoso aniversario, esta mañana nos levantábamos temprano para empezar una larga meditación de tres horas en la pequeña ermita. A las seis de la mañana ya estábamos allí practicando el noble arte del silencio. Así estuvimos todo el día, a sabiendas de la importancia del cierre de este primer ciclo y la apertura del siguiente, la necesidad de honrar a todos aquellos que han  pasado  por aquí, todo el dolor, pero también toda la alegría derramada entre todos. Tres proyectos y siete años para cada uno de ellos. Terminamos la parte tosca y material, la reconstrucción de la casa de acogida, ahora ya con su fuego dentro y su calor conservado. Siete años muy duros, viviendo primero en caravanas y luego en pequeñas cabañas de madera sin ningún tipo de lujos o comodidades. Toda una prueba iniciática que nos ha dotado de cierta calma interior, de cierto anhelo para seguir adelante.

Y ahora el nuevo reto, siete años por delante para cocrear la parte vital del proyecto, la parte anímica, la parte etérica. Centraremos nuestras fuerzas en la creación del Jardín, la puesta en marcha de la Huerta y la construcción de la Escuela. Como símbolo de este cambio de edad, hoy hemos sembrado todo tipo de flores, árboles y productos de la huerta. Y mañana, acompañados de un reducido grupo de amigos, ritualizaremos este tránsito y celebraremos que el proyecto, siete años más tarde, sigue vivo y con mucha fuerza.

¿Qué ocurrirá a partir de ahora? Estamos trabajando con un grupo de arquitectos en la cocreación de la Escuela. Tendremos que buscar recursos para poder materializarla. Ese lugar ya reside en el plano etérico de esta finca, solo falta que lo milagroso permita que se manifieste. No dudes, si así lo sientes desde lo más profundo del corazón, en echarnos una mano para este segundo reto. Cada piedra conseguida es una prueba irrefutable de que estamos construyendo un nuevo mundo, un mundo milagroso.

GRACIAS POR TU APOYO. GRACIAS POR HACERLO POSIBLE…

donar

Desarrollando el ojo interior


Las tres crisis que el ente humano encarnado pasará a lo largo de su larga evolución son la crisis de la Individualización y el nacimiento de la personalidad, la crisis de la Iniciación y el nacimiento del Ego y la crisis de la Identificación con el advenimiento de la Mónada. Los antiguos lugares de culto como los tohua de las islas Marquesas servían para el rezo y profundizar en la vida sagrada pero también como lugares de reunión social. Las iglesias siempre desempeñaron ese papel de comunión entre las gentes de un pueblo, villa o comarca. Las parroquias crecieron abundantemente a medida que la socialidad requería de mayor argamasa psíquica, produciendo en su interior el crecimiento de la razón y el nacimiento de la personalidad individual. En la época de las seis dinastías los chinos buscaban mediante el taoísmo el elixir de la inmortalidad. Toda conquista del espíritu requería una interacción inevitable en templos, hasta que Descartes pronunció su célebre “Je pense, donc je suis”. Eso fue revolucionario porque por primera vez tuvimos consciencia de nuestro pensamiento autónomo e independiente, de nuestro “cogito ergo sum”. Estaba naciendo la consciencia individual, y por lo tanto, de alguna manera efectiva, la mirada interior.

Así que un día alguien se levantó y se dio cuenta de su propia existencia. Como expresa un antiguo verso berlinés, “estoy sentado en casa comiendo albóndigas, de repente llaman a la puerta. Me sorprendo, me extraño, me asombro, me dirijo a la puerta, abro y miro, ¿y quién está ahí afuera? ¡Yo!” A partir de ese instante, la vida cambia para siempre, el sujeto queda enfrentado al objeto, el individuo con el mundo y el mundo con el cosmos infinito. El poder de la razón socaba al poder de la socialización, la superstición y la creencia, y nace el individuo.

Pero ese individualismo que crea el dualismo tiene los días contados. Ese “yo” que ha dominado nuestras vidas durante decenios se asombra de nuevo ante una nueva realidad. El ojo interior se empieza a desarrollar, y al hacerlo, un nuevo descubrimiento se afianza entre nosotros, el Ego. ¡Ya no soy yo, ahora somos de nuevo nosotros, pero esta vez desde una posición más privilegiada, más aritmética, más intangible! No un nosotros supersticioso o social, sino más bien invisible, carente de identidad, forzado en el alumbramiento de una nueva cosmología. Más allá del gusto, del olor, del calor y el color, más allá de los obstáculos infinitos de la materia, con sus crisis, con sus diferentes grados de tensión, e incluso, más allá de las matemáticas, la lógica y la razón agrupados en la extensión, la figura, el movimiento y el número, subyace para la ávida inteligencia un sustrato superior. Eso provoca crisis, y por lo tanto nacimiento de algo nuevo.

La construcción del ojo interior crea un puente inextinguible entre el delicado yo y aquello que la tradición antigua llama alma o Ego. El alma, carente de limitaciones, se expresa desde una superioridad indefinida, sin ansias de poder, sin control, sin temor a una muerte violenta o a un sufrimiento indecible. Nace el sentimiento de haber sido iniciado en los misterios, los menores y los mayores, los cuales desencadenan en nosotros la construcción de algo que va más allá de los límites de la personalidad, del yo individual y el proceso de individualización.

Esa crisis crea una nueva crisis que Leibniz llama la mónada. Portador de fuerza, a este infinito átomo espiritual se la conoce de mil maneras. La claridad del reflejo de estas mónadas nacidas ante la inevitable construcción del átomo de vida, ante el poder sustancial de la mirada interior tejida en el silencio, la oración y la meditación concienzuda, provocan en el ser un apetito, un impulso, una actividad interna inconmensurable. Es la crisis de la identificación ya no con algo que somos nosotros, sino con algo que ya no nos pertenece, pero algo a lo que al mismo tiempo, formamos parte.

¿Qué miedo habremos de albergar cuando dicha construcción provoca en nosotros el nacimiento inevitable de un alma viva? ¿Qué clase de teodicea provocará en nosotros la comunicación directa con el mundo de las almas? ¿Qué clase de vía dolorosa dejaremos atrás, cuando venciendo aquellos miedos y angustias hayamos atravesado las puertas de la vida espiritual? El arte calma los deseos, decían los kantianos. Aparta el velo de la ilusión, descubriendo en nosotros, ante nuestra mirada interior, el mundo que gobierna las formas y arquetipos. El nirvana producido por el contacto profundo de nuestra alma supera los límites de toda circunstancia. Ya no hay miedo, ya no hay sufrimiento, solo entrega voluntaria a Su magnánima Voluntad. Es en ese instante de embriaguez cuando nace la entrega absoluta, la renuncia y el sacrificio en el altar monádico. No hay vida verdadera en la falsa, nos decía Adorno. Bienvenidos a la vida del alma, un alma construida con nuestra intensa mirada interior, un alma triunfante y viva, real.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Truskun Puskun


 

No puedo descifrar el verdadero significado de estas palabras. Digamos que es secreto. O digamos que es algo encriptado, oculto, irrelevante para quien no pueda entenderlo. Pero se convirtió en grito de guerra en el consejo de ancianos, donde llegamos cansados y del que nos fuimos aún más cansados tras días inolvidables. Llevábamos credenciales pero a la vuelta, viajé con el pijama de rayas, porque era lo único limpio que me quedaba. Como vivimos en un tiempo extraño, la policía me dejó pasar ante la ocurrencia, y en las gasolineras donde paraba para repostar, ni siquiera notaban mi peculiar vestimenta. Fue hermoso ver África justo en frente, a pesar de las durezas de los mensajes que iban llegando a cuenta gotas.

Así que diez años después, como si de un maleficio se tratara, vuelvo a perderlo todo. Propiedades, coches, dinero. Todo en un conjunto, como si la vida me quisiera enterrar por tercera vez en vida. Pero esta vez con una diferencia circunstancial: Truskun Puskun. Un gran desapego que viene de la experiencia y un dolor que observo con cierto grado de inofensividad, a pesar de que como ser humano pueda sufrir ante lo que se avecine, irremediablemente. Al menos recibí la noticia lejos, en un largo viaje, rodeado de gente bonita y de abrazos hermosos que me hicieron olvidar la agonía. Mientas unos se empeñan en destruir el mundo, y en ese mundo me incluyo como parte del derribo, otros nos empeñamos en construirlo, en intentar basar nuestras vidas en formatos que carguen la existencia de esperanza, de aliento, de sensatez. Así son las tres grandes fuerzas del universo. Unos destruyen, otros construyen y otros mantienen y conservan lo construido hasta que vuelven una y otra vez esos destructores inagotables.

A pesar de todo, en las horas bajas, siempre me viene el primer verso que aprendí con dureza en las clases de teatro. Era de Shakespeare y decía aquello tan molido de ¡Ser o no ser, esa es la cuestión! ¿Qué es más noble para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna, o tomar armas contra un océano de calamidades y, haciéndoles frente, acabarlas? Morir… dormir: no más… Y si se advierte que con sólo dormir ponemos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos de los que la carne es heredera, tal extinción resulta digna de ser devotamente deseada. Morir… dormir; dormir… ¡tal vez soñar! Sí, he ahí el obstáculo…

Y, sin embargo, aún cuando mi pobre personalidad se revuelve, lo recuerdo todo de otra manera: ¿qué es más noble para el corazón, dar los golpes recibidos o aguantarse y resignarse hasta morir? ¡Vencer, sufrir! Por eso respiro hondo a cada paso, y en el retorno, observo como llega la tenue primavera, aún gélida, pero con algunas florecillas que ya van naciendo en los campos. Y eso reconforta, y suspiro, y expreso el Truskun Puskun que me alivia como si se tratara de algo bueno. Así que ahora seré más libre aún para enfrentarme al fatal destino, porque no teniendo nada, despojado de toda riqueza otra vez, de todo afán, de toda posesión, mi alma vagará más ligera, aún a pesar de tamaña injusticia y aún a pesar de tamaño descalabro. De tenerlo todo a no tener nada, y todo, de nuevo, por un desamor. ¡O cómo llamar a esa región de cuyos oscuros confines ningún noble viajero retorna!

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Los guerreros que miran hacia la oscuridad


The Return of the Crusader, de Carl Friedrich Lessing

Has vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones. No estabas muerto, podías respirar cada silbido de vida que corría en cada una de las montañas escaladas, en cada uno de los abismos recorridos, algunos sin final, algunos siempre tan oscuros. Incluso allí podías gritar vida. Si estabas preparado y una vez en la cumbre volvías tu rostro cansado hacia la luz, permaneciendo dentro de su esplendor, quedabas cegado para los asuntos humanos y “volvías a casa”, desapareciendo en la estela, en el sendero iluminado, en el gran centro de absorción. Muchos deciden hollar este sendero y desaparecer para siempre. Misión cumplida.

Sin embargo, aquellos que han vivido en todos los fracasos y en todas las pasiones, y escalado todas las montañas, mirando hacia lo alto, han sentido compasión por sus hermanos, por los asuntos humanos, retornan. Han hollado el sendero de la luz, allá en la alta cumbre, pero, renunciando al mismo, han girado sus pasos en sentido opuesto, han dejado el pedestal de la luz y, vaciando sus vidas, han vuelto hacia la oscuridad, en dirección opuesta, como ángeles caídos del cielo y su luz.

Han trazado un camino de retorno, vuelven hacia la oscuridad cargados de luz fusionada en sus siete centros, transmitiendo e irradiando luz hacia el exterior. Amando a los que se encuentran aún en el sendero oscuro, sacrifican su camino y caen de nuevo a la tierra, compartiendo su esplendor, ahora reducido, con aquellos que huellan en el sendero de la oscuridad. Para ellos, los que aún viven en la oscuridad, ahora el camino ya no es tan sombrío, encuentran consuelo y amor en los que retornan con su armadura cansada, pero luminosa. Han sido acogidos por los guerreros que, volviendo de las altas cumbres, penetran en el miedo y la desolación ayudando entre tinieblas y buceando en la esperanza, el servicio, el amor. Caballeros de luz, armados de compasión, cabalgan fructuosos para apoyar al otro, para guiarlo hacia sus propias cumbres donde la luz, el amor y la esperanza resplandecen para todos.

Detrás de los guerreros, entre la luz y la oscuridad, sigue palpitando el anhelo, la superior obra, la balanza y el deseo de seguir hollando hacia nuevas cumbres. Unos eligen seguir adelante, los otros, aquellos que en la tradición budista son conocidos como los bodhisattvas, los guerreros de la compasión que se fortalecen mediante las virtudes o pāramitās, retornan al mundo para obrar el bien entre todos sus hermanos. Fe y esperanza, susurran una y otra vez. Fe y esperanza.

Es por eso que los guerreros de la compasión, en el intervalo superior de la luna llena, en lugares necesariamente secretos, silenciosos, apartados del mundo y sus tinieblas, se reúnen una vez al mes para recoger fuerzas, para atraer más luz a sus siete canales de actividad y así poder servir y ayudar con mayor fuerza. Luz, amor y voluntad al bien son las fuerzas que atraen en silencio, en profunda meditación. Cuando la luna está amplia y colmada, estrechan su vínculo con el propósito superior, entonando su canto, su anhelo de fusión de grupo:

“Soy uno con mis hermanos de grupo, y todo lo que tengo les pertenece. Que el amor que hay en mi alma, afluya a ellos. Que la fuerza que hay en mi, les eleve y ayude. Que los pensamientos que mi alma crea, les alcancen y animen.”

Hacia la restauración de la dignidad animal


 

“Llegará un día en que los seres humanos conocerán el alma de las bestias y entonces matar a un animal será considerado un delito como matar a una persona. Ese día la civilización habrá avanzado”. Leonardo Da Vinci

Cada año, más de cincuenta mil millones de animales mueren en todo el mundo para satisfacer la demanda homo-animal: cerdos, vacas y reses de todo tipo, gallinas, pollos, peces, ovejas, conejos, y muchos otros difíciles de contar forman parte de nuestra cruel cotidianidad humana.

Hemos avanzado mucho en derechos y sensibilidades en estas últimas décadas, pero aún falta mucho por avanzar. Lo que ahora nos parece una normalidad, en las próximas décadas nos parecerá una aberración. Todo aquello que ahora forma parte de nuestra vida cotidiana, en no mucho tiempo será un trago amargo en la memoria histórica de nuestra especie.

En el nombre del placer y el nihilismo cometemos atrocidades diarias. Es normal, porque llevamos haciéndolo algo más de siete millones de años, desde que el primer homo decidió volverse sapiens, aunque esa sabiduría aún no haya explotado completamente, ni definido al ser humano completo. De hecho, tenemos más de homo-animal, en cuando que estamos más cerca de nuestros primos homínidos, que de seres humanos terminados.

Lo que realmente nos separa del resto de los animales es la plena consciencia, la complejidad de nuestra afirmación, lo que los antiguos llamaban alma. Sin embargo, esa alma habita en todos los seres, al igual que las teorías hilozoistas nos advierten de que la vida se expresa en todas partes, desde todas las cosas, animando todo cuanto existe en un invisible lazo inmortal. Siendo por lo tanto aún homo-animales, centrados en las necesidades de reproducción, alimentación y seguridad, es normal que nos comportemos de forma “animal”, brusca, insensible. Es por ello por lo que aún, tal y como nos advierte Da Vinci, no hayamos desarrollado la capacidad total de conocer y reconocer el alma que habita en los animales, y de paso, en todas partes.

Cuando algún día nuestra especie llegue a tal grado de conocimiento y/o sensibilidad, será una atrocidad perpetuar un asesinato en masa como el que ahora estamos ejerciendo hacia el reino animal. En un futuro no muy lejano veremos las terribles granjas de animales, explotados para el consumo humano, y nos aterrorizarán de igual forma que ahora nos aterroriza el ver ciertas imágenes del exterminio que se produjo en la Segunda Guerra Mundial. La supremacía humana hacia nuestros indefensos hermanos animales ha sido una de las peores pesadillas de nuestro planeta. De pasar hambre en décadas pasadas, hemos colmado el engorde de nuestra propia especie a costa del dolor de millones de animales que son sacrificados diariamente para nuestro disfrute y placer. La muerte industrializada es una de las mayores aberraciones de nuestro tiempo. Y algún día, nuestros nietos nos preguntarán qué hicimos para evitarla.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

Construyendo el paisaje interior


 

“Siento que bulle y que se agita, lleno de ideas y de anhelos de un vivir nuevo y fecundo, transparente y amplio un mundo hermoso, bello y noble en mí”. Alejandro Urrutia Cabezón, en Amanecer

Hoy he tenido una bonita conversación con la que fue mi primer amor, mi primera novia, mi primera locura emocional. Han pasado casi treinta años de aquella hermosa aventura y ahora nos queremos como hermanos, nos amamos como seres luminiscentes que se encuentran y reencuentran en el cariño y la amistad. Por suerte, son más las exnovias con las que tengo ese tipo de relación que con aquellas de las que nunca más volví a saber de ellas. Eso me da cierta pena y tristeza, porque dos personas que alguna vez se amaron y compartieron lo más íntimo que se puede ofrecer al otro, deberían, a pesar de los corazones rotos, inevitables, amarse de igual manera con el tiempo, aunque fuera en amor silencioso. Nunca nadie nos enseñó a dejar de amar, al menos yo no sé hacerlo, por eso mis mejores amigas en este tiempo son aquellas con las que alguna vez compartí una relación estrecha. Eso me enorgullece y me hace vivir en un mundo fecundo, transparente y amplio. Algo bello y noble, un paisaje hermoso que merece conservar y ser transitado.

El fracaso asociado a las relaciones, ya sean estas relaciones personales, de pareja, de familia, de comunidad o incluso de grupo o nación están estrechamente vinculadas al fracaso de la construcción del paisaje interior de cada persona. El deterioro de todas las relaciones humanas nace de la deconstrucción del individuo, de la propaganda destructiva, de la información sesgada, de la falta de visión y empatía hacia el otro o lo otro, de la falta de abrazos interiores, primero hacia uno mismo y luego hacia los demás. La falta de generosidad hacia el otro es lo que nubla nuestras vidas. Sin embargo, cuando somos humildes y generosos con el otro, la vida se dibuja con otros contornos. Solo hay que ser valientes y reconocer ese amor, expresarlo y compartirlo, sin miedo, sin aspavientos.

Si vemos que la sociedad se autodestruye es precisamente por eso, por falta de paisaje interior, por falta de generosidad. Basamos toda nuestra vida en una planificación exterior que no tiene como base una profunda y arraigada estructura interior. Falla la base, la profundidad, los cimientos, y cuando eso ocurre y algo falla en esa obscena vivencia de lo exterior, todo se derrumba. No hay pilares interiores, fuertes y maduros, que sostengan aquello que creamos fuera.

Lo vemos estos días en las calles, en la política, en la economía. No existen lazos sociales, no existe construcción real de algo que suponga comprensión, apoyo, valores, empatía. Nos invaden los mensajes por doquier que glorifican y endiosan lo superficial, lo material, lo epidérmico. Pero nos faltan referentes interiores, nos faltan abanderados de la dignidad, guías de la raza humana que indiquen el camino de la colaboración, la franqueza, la escucha y el afecto. Alguien que nos guíe hacia lo bello, inclusive en los peores momentos.

Por eso ha sido un día hermoso. De alguna manera siento que bulle y se agita un poderoso nuevo mundo cada vez que ocurre este tipo de reencuentros hermosos. Poder hablar un buen rato con aquella mujer que una vez me robó el corazón ha sido balsámico, alentador, hermoso. La amo con respeto, en silencio, con cariño. Y también a su actual pareja, con la que lleva casi veinte años compartiendo su vida y con el que hemos pasado muy buenos ratos. Nos queremos, porque tras el fracaso bien recibido, puede florecer la belleza de un amor amplio, generoso, puro. Son esas hermosas relaciones que, a pesar de sus crisis, luego resucitan para embellecer nuestras vidas y mejorarlas. Son las lecciones aprendidas junto a ellas las que nos hacen crecer y maravillarnos ante la vida. Son ellas las que construyen con su generosidad un hermoso paisaje interior, una florida y hermosa primavera en nuestros ocultos jardines.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

donar

“La noche polar de helada oscuridad”. Algo sobre la jaula de oro, la jaula de hierro y la jaula de goma


 

Yin: Moriría por defender el sistema. Esa es la seguridad de mi noche polar, de mi helada oscuridad.

Weber describió la burocratización del orden social como “la noche polar de helada oscuridad“. El aumento de la racionalización de la vida social, algo que ocurre con dureza en nuestro tiempo, crea un sistema basado en la eficiencia teleológica, el control y el cálculo racional. Weber llamó a este proceso la jaula de hierro. Esta jaula, invisible pero real, ha creado desencanto en la sociedad despierta. Y el desencanto del desencanto es lo que el antropólogo Ernest Gellner denominó la jaula de goma. Jaula porque implica coacción y de goma porque a diferencia de lo que creía Weber, las condiciones de ahora son algo más flexibles, más elásticas, más líquidas, como diría Bauman. En esa flexibilidad entra en juego las crisis que padecemos en estos tiempos, normalmente fundamentadas en la automarginación, no como algo realmente disidente, sino como una forma de antisistemas que luchan por defender el sistema. Una paradoja que compramos, y a la que nos vendemos al mejor precio (un trabajo, un salario, cierta seguridad).

La verdadera disidencia, la real, sería marcharnos del sistema, no luchar, inclusive con piedras, para defenderlo. Esto es una paradoja de nuestros tiempos. Los que se automarginan y luchan en las calles no lo hacen para pervertir el status quo, sino para protegerlo. Es una indignación falsa, porque nace de la precariedad, de la desconfianza, del miedo a perder la burocratización del orden social establecido. No se lucha por alcanzar la libertad, sino por no perder los privilegios y la seguridad que el propio sistema, en época de bonanza, establece. O inclusive, en paradojas e iluminadas somnolencias, para mejorarlo.

Aquí es donde nace la jaula de oro, más allá de la jaula de hierro y la de goma. ¿Cómo ser disidentes de nosotros mismos, si hemos conseguido un estadio de bienestar inimaginable para nuestros abuelos? ¿Cómo destruir y desapegarnos de nuestro bienestar alcanzado? Tenemos agua caliente, una casa que nos protege, un trabajo, un vehículo, alimento en abundancia como nunca se ha tenido e incluso hospitales gratuitos donde nos atienden a la mínima de cambio. ¿Cómo renunciar a todo eso y marcharse a las montañas, a los bosques, fuera del sistema? Nadie en su sano juicio podría dar un paso de tal envergadura, ahora que hemos descubierto que el alma y sus ansias de expresión tiene un precio (repito, un trabajo, un salario, cierta seguridad).

Yang: Me marcho, libre, a la incertidumbre de los bosques, al día brillante de clara luz. Solo así podré construir mi paisaje interior y contribuir a un mundo bello y armónico.

Eso solo es posible ante una especie de revelación más allá de lo inmediato, lo cercano, lo material. Una revelación mística, si se quiere. Un indicio, un descubrimiento sobre algo que atañe al ser, y no a las cosas que rodean al ser. Una experiencia verdaderamente transformadora y reveladora. Uno no deja su jaula de hierro (conceptos, programas, cultura, educación, valores, herencia) ni su jaula de goma (ilusiones, futuro, progreso, bienestar) ni su jaula de oro (seguridad, dinero, trabajo) por una hipotética libertad fuera del sistema. Amamos el sistema, luchamos por el sistema. Cuando nos enfadamos porque el sistema no es capaz de dotarnos de lo suficiente, tiramos piedras y enrabiados rompemos cristales y escaparates. Realmente no deja de ser una engañifa, una queja de niños malcriados incapaces de plantarse ante el propio sistema y abandonarlo. Un acto cobarde, un desahogo primitivo, ancestral, infantil.

La verdadera disidencia no es romper un cristal. La verdadera disidencia es coger el báculo y danzar alegres hacia el camino de la incertidumbre. Alejados del ruido, de la contaminación, del dinero, del brillo del oro y sus placeres, cabalgar desnudos hacia los bosques. Abandonadas todas las jaulas y sus pesados juicios, volver al origen, a lo genuino, a la libertad verdadera.

 

Amar a la patria en tiempos de desolación. Amor tóxico, amor revuelto


«Oh Gran Patria mía, todos los tesoros tuyos Espirituales, todas tus bellezas inenarrables, toda la infinidad tuya, en todos los espacios vastos y en las cimas, lo vamos todo a defender. No se verá un corazón tan cruel como para decirme: no pienses en la Patria. A través de todo y por encima de todo encontraremos pensamientos para construir, y ellos, fuera del tiempo humano, fuera del egoísmo, -en conciencia auténtica- dirán al mundo: conocemos a nuestra Patria, estamos al servicio de ella y daremos las fuerzas nuestras para defenderla en todos sus caminos». Nicholas Roerich

Hoy no era precisamente un tiempo para celebrar. Quizás sí para recordar. Estas generaciones presentes no tienen tiempo para pensar en la patria. Algunos pierden el tiempo en intentar recomponer la “pequeña patria”, la nación, el atisbo rencoroso del prelado nocturno. El “todo por la patria” se ha convertido en “todo por mí mismo”. En esa incompleta definición, se olvida el sentido de permanencia y pertenencia. Y cuando se consigue, se distorsiona, creando enemigos para poder autorizar un amor perverso y tóxico hacia ese nuevo patriotismo que enarbola banderas en contra de otras.

En estos tiempos de desolación se confunden los términos, los símbolos y las imágenes. Patria lo achacan a primitivos modelos feudales. Lo asimilan a reyes, tricornios o banderas con aguiluchos perennes. Brazo en alto, cara al sol, dispuestos a romper con el patrimonio intangible cultural en nombre de la patria. Esa confusión arbitraria y atroz aleja al individuo de la comunidad, lo aísla, lo encierra, o lo adoctrina hacia otras patrias más permisivas y paternales, donde la patria buena lucha contra la patria mala, creando la somnolienta imagen, ahora débil pero atemporal, de un enemigo odioso.

Las patrias ya no están de moda. Ahora el espíritu de los tiempos es de proximidad. El clan cercano, lo mío, lo inexcusable. La superioridad de unos sobre otros, siendo lo propio verdadero y lo extraño motivo de destrucción. Aunque las patrias ya no tienen mucho sentido, luchar o morir por ellas se ha convertido en una estampa que renueva el ansia de revancha, la histórica y desnutrida manía de anular nuestra emancipación personal a costa de un ideal añejo, rancio, una protuberancia que en mil años se recordará con cierta extrañeza. La distorsión de nuestro tiempo sigue siendo el problema de las naciones. El no sabernos amigos del vecino, el no comprender la diversidad humana, el no querer asimilar la idea de que el otro no es mejor ni peor que uno mismo.

Como cada uno ama a su pequeña patria, a su pequeño país, a su pequeña nación, escondiendo bajo ese amor, siempre infecto, las pequeñeces de sus vidas. Uno se aferra a lo grande para disimular su ridiculez. No es un amor sano donde la patria podría sumar a otras patrias, donde lo común podría alinearse hacia el bien y la verdad. No se trata de eso. Se trata de amar algo odiando a otro algo. El amor a “mi” patria está basado en el odio hacia la “otra” patria. Es como si tuviéramos una pareja y la amáramos bajo la base de que hay que odiar a las otras, a los otros. Es un ridículo histórico que ha funcionado durante siglos, y que aún rememora atisbos viscerales nacidos en la oscuridad de los tiempos remotos.

Hace cuarenta años, unos que amaban su particular visión de la patria deseaban exterminar a la otra patria, a la díscola, a la democrática, que así la llamaban en aquel entonces. Hoy vuelve la paradoja de los tiempos, y una parte de esa patria desea autodeterminarse en contra de la otra patria. De nuevo el odio, pero ahora revestido y maquillado, asimilado como lo natural, al igual que lo natural hace cincuenta años era gritar ¡todo por la patria! con el brazo alzado. Ahora el brazo se alza con piedras, y la historia se repite, tristemente, por ese amor dañino hacia aquello que debería unirnos, a unos y a otros.

Algún día amaremos sanamente a todas las patrias, y entonces, ellas mismas desaparecerán en el inmortal lazo de una sola raza, una sola nación, un solo mundo. Un amor silencioso, que no requerirá expresión y cuyo deseo, íntimo y explosivo, correrá por esas alcobas pacíficas, ocultas, secretas, donde los amantes se expresan sagradamente en sus bellezas inanerrables.

Volver a la tribu


 

Cuando dejamos de ser tribus, la unidad se rajó. Creímos que la pareja, o el núcleo familiar iban a ser suficientes, mientras amistades y círculos de pertenencia nos daban las migajas de efímeras convivencias.

La tribu es mucho más que amigos, y hermanos de sangre. La tribu es la pertenencia espiritual a una hermandad que sostiene y nos invita a sostener. La tribu es donde los roles naturales se comparten, intercambian e interactúan.

Las madres hoy maternan solas sin el grupo de contención y apoyo. Los hijos tienen hermanos que son siempre los mismos, los de la sangre, y los hermanos espirituales que son muchos deberían estar jugando juntos, cocreando. Nos separamos en pequeñas propiedades privadas, corriendo de un lado al otro para buscar el sustento para el núcleo familiar.

Lo natural es agruparnos y mientras unos siembran, otros educan, otros construyen, algunos cocinan, y en el momento indicado nos juntamos a comer, a celebrar, a seguir tribando.

El amor que tanto buscamos, además del amor a sí mismo que se cultiva, no es el de pareja, hijos, familia, sino que al no tener tribu para practicar el amor en infinitas facetas, sobrecargamos la idea de que la pareja, los hijos, y la familia, nos darán el terreno para canalizar el amor.

Sin tribu es como un cuerpo humano desmembrado intentando funcionar, cada miembro por separado.

Tenemos que volver a las tribus donde los abuelos son dignificados y los tíos somos todos. El comercio, la propiedad privada, y el individualismo nos arrancó como ramas del tronco que nos une.

En la tribu todos los dones son bienvenidos, y los roles rotativos no crean aburrimiento ni saturación. En las tribus hay tantos hermanos y hermanas que el compartir es riquísimo y los modelos se alternan.

Ahora se empieza a usar el envejecer entre amigos, y eso es apreciar la tribu. Podemos empezar antes y darles a los niños el entorno saludable donde compartir es natural y donde hay muchos referentes de quienes aprender.

La tribu: Es para crear el amor.”

Texto de Laura Losada