Pensaba en la vida como en un reguero de ocasiones. Algo intemporal, eterno, que puede tocarse con tan solo cerrar los ojos y ver el paraíso que se haya ante la cúpula del reino interior. Allí todo parece plácido. Un buen refugio para desprendernos de las diez mil cosas que nos atan día y noche a las esencias de la vida. Por toda la calle Serrano se podía escuchar los ruidos de la gran ciudad. Puedes pasear hacia los adentros al mismo tiempo que escuchas los afueras. Resulta un juego divertido. Respiras y todo lo de fuera entra en ti. Inspiras y ocurre a la inversa, todo el universo interior se comparte con el mundo. Había una amiga que lo llamaba conspiración con la respiración. Resulta maravilloso conectar ambos mundos, el finito y el infinito, con tan sólo mostrar atención a la respiración. Y ese tipo de consciencia te lleva más allá, pues ocurre que cuando se tiende el puente del antakarana, ese hilito dorado que transporta todo cuanto ocurre en la memoria de la naturaleza, eres capaz de fusionar cierta consciencia con todo el mundo subatómico que te rodea. Entonces formas parte de lo que en la India llaman el Manas, ese Ser Supremo que a diferencia de Occidente carece de barba blanca y bastón. Lo increíble es que ese Manas forma parte de nosotros, en esa especie de panteísmo donde Dios lo cubre todo, y además, tiene consciencia de cuanto existe. Por eso, en la maravillosa transformación que ocurre cuando conspiramos con la respiración, es posible atravesar en un solo instante la consciencia de todas las cosas que nos rodean, y por lo tanto, del absoluto. Podemos, con el triple hilo del Absoluto, absorber desde el espíritu a través del corazón el hilo de vida. Desde el alma al cerebro el hilo de la consciencia y desde la personalidad hasta la garganta, el hilo de la creatividad. Resulta emocionante pensar en todas estas cosas mientras se pasea por la calle Serrano y se dibuja en sus suelos, ruidos y asfaltos todo un cúmulo de maravillas ocultas…

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