El movimiento de todas las cosas



Ayer tuve un grato encuentro con J. Fui hasta su casa, nos dimos un baño en su piscina seguido de un agradable baño de sol y comimos algo en su hermoso jardín mientras hablábamos de mil y una cosas. Observaba los inmensos árboles que rodeaban su casa y el verde de todo el espesor que allí crecía. Era como estar en uno de esos jardines donde te retiras a contemplar el universo y sus mil maravillas, donde meditas sobre las causas y los arquetipos, donde transitas hacia la infinitud de las cosas. Una especie de pequeño Aleph nacido del universo borgiano, una pequeña Shambhalla llena de espíritu. Algo así como el jardín del Morya. Y esas sendas me son familiares, como el marinero que conduce su nave sin dejar caer el ancla en ningún océano. Simplemente navegar, como hoy he hecho con C. por el barrio de las Letras, fijándonos en los detalles de la incertidumbre que nos ha tocado vivir en este tiempo, aceptándola como un aprendizaje más en nuestro periplo cósmico, quizás comparable a esa generación perdida que se generó en los locos años veinte y la posterior Gran Depresión. Me imaginaba redactando un segundo “Las uvas de la ira” mientras recordábamos cuando viajábamos hacia el norte de todos los nortes y el coche nos llevó hasta las fronteras del fin. Hacía frío, todo era provisional sin saber qué ocurriría al día siguiente, ni dónde estaríamos. Pero merecía la pena la travesía. Algo así pensábamos hoy a pesar de la pérdida de rumbo. Merece la pena seguir en esta incertidumbre hasta que el universo entero señale con fuerza el rostro de la senda. Hay que estar alerta a las señales, a las marcas que se encuentran en todas partes y nos guían hacia nuevos espacios, hacia nuevas dimensiones de vida y esplendor. Hay en cada paso una aproximación a la punta elevada del péndulo. Allí arriba ya no hay perturbación, ni declinación, ni movimiento. Sólo un absoluto control de todas las causas. Por eso C. me hablaba de la necesidad de seguir escalando por el péndulo. Desde arriba ya no hay mareo, todo es paz y armonía, y el movimiento pendular cesa. La ecuación del movimiento, y por tanto del vértigo hacia las cosas incomprensibles, tiene que ver con nuestra posición en la vertical pendular. Cuanto más arriba, más sentido cobra todo, menos es el movimiento y mayor es la capacidad de situarnos en una posición privilegiada con respecto a nuestro propio destino. Esa parece ser la acción trascendente del hombre. La capacidad de ascender a la montaña mística, la capacidad de estar por encima de todas las cosas. Como cuando estaba en el jardín de J. y veía impasivo como una hormiguita subía y bajaba por mi talón… de Aquiles.

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